Entre más lo pensaba, menos se lo creía... los nervios invadían cada fibra del cuerpo de Jimin sin siquiera dejarlo respirar con normalidad. Esa noche tenía algo, era diferente a las otras. La única explicación racional para ello era que tendría una cita.
Pero no una con cualquier persona, era una cita con Min YoonGi. Ése chico pelinegro de ojos gatunos por el que estaba perdidamente enamorado desde que se cruzó en su vista.
La ocasión era apremiante y perfecta para ambos. Un restaurante fino y elegante sería el lugar donde se daría tal evento. La fantástica velada terminaría con un baile en pareja al ritmo de una suave melodía encantadora ¿Qué podría salir mal?
Jimin se metió en baño para retirar sus prendas con lentitud imaginando al mayor. Corrió la cortina y se metió en la tina para sentir el agua recorriendo su cuerpo, restregándose jabón en todos lados para quedar limpio.
Una vez finalizó, se puso una toalla y regresó a su habitación en la que le esperaba ese conjunto negro formal reservado para ocasiones especiales. Se secó en su totalidad y fue poniéndose el traje evitando arrugarlo en la medida de lo posible.
Miró su reflejo en el espejo y ladeó la cabeza extrañado por verse de tal manera aunque soltó una pequeña risa ya que le hacía gracia su apariencia. Agarró un peine de la mesa de noche, se arregló el cabello, procedió a echarse colonia y salió del cuarto.
Bajó las escaleras y se dirigió a la salida de su casa, asegurándose de haber apagado todas las luces además de dejar todo en orden. Quizá no volvería esa noche, así que lo ideal era dejar la casa arreglada.
Esperando en el corredor exterior, miró su reloj en el teléfono indicando que eran las 7:43 pm. Su reservación era para las 8:00 así que imaginaba que YoonGi no debía tardar en venir para recogerlo.
En dos minutos, el mayor llegó en su auto gris y aparcó en frente de la casa de Jimin. Salió y se podía apreciar el asombro en su rostro por la manera en que el pequeño estaba arreglado. YoonGi sonrió y tomó la pequeña mano de su acompañante con delicadeza, plantándole un beso en ella. Al volverlo a ver, lo saludó con sumo cariño:
— Buenas noches Jiminnie ¿Listo?
— Buenas noches Yoonie hyung. Sí, estoy listo. ¿Nos vamos?
YoonGi asintió sonriendo. Lo llevó de la mano para abrirle la puerta, esperó a que se subiera para cerrarla después como todo un caballero.
Arrancó el auto y se fueron al restaurante, llegando justo a tiempo para su reservación. La cita ya estaba empezando y Jimin ya se sentía feliz y satisfecho por estar con el mayor. La recepcionista les indicó que su mesa estaba lista y los condujo hasta el salón en donde cenarían.
La mesa estaba lista, pero era la única del lugar. No había otras y por lo tanto no se encontraban más personas. El menor se extrañó un poco y le preguntó a su acompañante por ello:
— Yoonie hyung ¿Por qué no hay nadie?
— Hoy es una noche especial, sólo para nosotros. No quiero que nadie nos interrumpa.
— Aw, eres el mejor.
— No, tú lo eres.
El pequeño no pudo evitar sonreír por esas palabras y sus mejillas tomaron un sutil color rojizo. Un mesero se acercó con una bandeja llena de exquisita comida preparada especialmente para ellos, era justo la cena favorita de Jimin. Para crear un ambiente mucho más romántico, el camarero encendió un par de velas y música clásica sonaba envolviendo el salón.
El menor disfrutaba como nunca antes. Se le cruzaban por la mente los tristes recuerdos de sus relaciones pasadas, lamentándose por lo pésimas que fueron, pero YoonGi por su parte, era diferente a cualquier chico que haya conocido. De hecho, llegó justo en el momento indicado.
Jimin estaba a punto de resignarse y dejar el amor a un lado pensando que no era para él, sin embargo, cuando el mayor entró en su vida, su corazón volvió a confiar. Sus destinos eran tan diferentes y no encajaban en lo absoluto pero, contra todo pronóstico, ahora se encontraban en la mejor cita de sus vidas y nada ni nadie podía arruinarlo.
Terminaron la cena y ya era hora del baile. Sonaba una balada lenta de vals, apropiada para el momento. YoonGi tomó la cintura del menor, quien enrolló sus brazos en el cuello del contrario acercándolo más a él.
Se movían al compás de la tonada sin hablar mientras daban vueltas por aquí y por allá sin parar hasta que terminó la canción. Ambos sonreían y se declararon su amor de la forma más dulce que puede existir. De repente, el mayor se acercó a Jimin y creyó que lo besaría pero no...
Lo que hizo fue acercarse a su oído para susurrarle:
— Pronto amanecerá... Debemos terminar.
— Por favor, no. No quiero que acabe nunca. — suplicó el pequeño en tono melancólico.
— Jimin, tu alarma sonará. — habló YoonGi de forma cortante, como si nada de lo anterior hubiera ocurrido.
— Está en vibrador, no la oiré. No te vayas todavía. — a Jimin se le quebraba la voz, implorando mientras las lágrimas empezaban a brotar de sus ojos, las cuales eran limpiadas por los dedos del mayor.
— Si no despiertas, tu madre vendrá al cuarto y...
— Lo sé. Quiero disfrutar el poco tiempo que me queda contigo.
YoonGi sonrió con pena y lo soltó para alejarse, caminando hacia atrás sin dejar de mirarlo. Jimin le pedía que volviera pero él negaba con la cabeza.
— No puedo. Debo irme Jimin. Ten buenos días al despertar.
— YoonGi...
— Jimin...
— Te amo.
— Adiós.
YoonGi volteó y sin mirar atrás se fue y lo dejó... Otra vez.
Al pobre chico se le resbalaban las tremendas lágrimas empapando sus mejillas rellenas. Ahora él estaba solo, en medio de un gran salón vacío cuya iluminación se iba apagando gradualmente hasta que todo se tornó en la más densa oscuridad.
Abrió los ojos hinchados por llorar enfrentándose sin ganas a su cruda realidad. Una en la que no era un chico con la fortuna de tener una cita con Min YoonGi. Una en la que era un simple estudiante de último año y su única razón para ir a clases era ver al mayor, al menos de lejos y al menos un segundo.
Todo fue una cruel y maldita mentira, brindada con cortesía por parte de su subconsciente el cual lo castigaba en muchas oportunidades por las noches. Todo fue un sueño.
Quería creer que pasó de verdad e incluso deseaba que YoonGi hubiera soñado lo mismo que él, pero eso no era posible. Nada de lo que pasó se haría realidad jamás.
Sólo una parte si era verdad: Jimin si amaba al pelinegro de pequeños ojos gatunos. Estaba loco por él y gozaba los pequeños momentos en que admiraba su presencia. Desde que vio al mayor por primera vez, se enamoró como nunca lo hizo antes. Su corazón latía descontrolado por su causa y nada podía evitarlo.
Lo triste y real de ello es que no era correspondido. ¿Cómo lo sería si YoonGi ni siquiera sabía de su existencia? La sola idea de pensar en acercársele le aterraba a Jimin como nada en éste mundo.
La alarma empezó a vibrar tal como todas las mañanas pero el chico no la apagó, se limitó a dejarla ahí hasta que se apagara por su cuenta. Su madre, al no notar la presencia de su hijo en ningún lado, entró a su cuarto y lo regañó por verlo acostado:
— Oye ¿a qué hora piensas levantarte, flojo de mierda?
— No quiero ir... Me siento mal.
Tal vez sonaba como la típica excusa que se dice cuando se finge estar enfermo para librarse del trabajo o las clases. Pero lo cierto es que él si estaba mal, no físicamente, pero lo estaba.
Su madre bufó de mala gana y le quitó la sábana de un tirón.
— No me importa si quieres ir o no. Puedes sentirte todo lo mal que quieras pero irás. No vas a perder clases, mocoso inútil. Apúrate, se hace tarde.
— Ya voy.
La mujer salió de la habitación y Jimin gritó en su almohada, la cual ahogó el ruido. Estaba harto de su madre pero no tenía de otra que hacerle caso.
Desanimado, fue al baño y se quitó su pijama para meterse en la tina. En vez de un baño relajante con aceites aromáticos y agua tibia, lo que tenía era uno apurado con agua fría y una esponja mojada la cual ni siquiera tenía nada ya que su madre gastó el dinero de su salario en alcohol en vez de cosas para la casa, como jabón.
De vuelta en su cuarto, se secó con rabia y sacó ropa de su armario. No era un bello traje negro para una velada inolvidable sino un uniforme escolar raído que usaría en un perfectamente olvidable día de clases.
Se arregló, no para una cita perfecta como quería sino para ir tratar de lucir decente, aunque lo poco que tenía no le ayudaba en nada. Se puso un poco de la colonia barata de catálogo que compró a escondidas. Miró su reflejo en el espejo sin sonreír en ningún momento.
Su aspecto demacrado era pésimo, sus ojeras eran notorias y sus mejillas no tenían relleno alguno. Hace años, desde que su padre murió, perdió su jovialidad y parecía mayor de lo que era.
Una vez listo, tomó su mochila y salió de su casa sin dirigirle palabra alguna a su progenitora. No salió para esperar a YoonGi tal como en su sueño porque nunca vendría. Salió de su casa únicamente para enfrentarse a su realidad.
Su realidad era que él estaba ahí... y YoonGi allá, en algún lugar y en otro destino. Sus caminos eran tan distantes que jamás podrían cruzarse, o eso era lo que pensaba él.