Diario de un cazafantasmas

By WillBGood

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«Tengo 17 años y mi hermano 12. Hasta hace dos días no teníamos idea de todo lo que en este documento se rela... More

El brazo izquierdo de Susana Monasterio
Capa y aguja
Mi querido Martin
Cenaduría "Doña Leticia"
Miedo, polvo y penumbra
Hilo y fantasma
Parche
A la mañana siguiente
Diario de un caza fantasmas

El viejo baúl de Justino Monasterio

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By WillBGood




La curiosidad de Miguel Monasterio era más grande que su bolsa de canicas, superaba por mucho su miedo, le motivaba más que su necedad a la hora de hacer las cosas y fue justamente su curiosidad lo que le hizo querer entrar al cuarto del abuelo Justino el día que encontró la manera. El abuelo había muerto cuando Miguel tenía apenas cinco años pero desde entonces ya había pasado tiempo y ahora el chico, quien contaba con doce años, era capaz de hacer cualquier cosa que quisiera, podía alcanzar con facilidad la parte alta de la alacena e incluso lo mandaban solo al mercado.

Era por eso que se propuso la meta de conseguir el baúl del abuelo. Un viejo cajón de madera que se encontraba en el antiguo cuarto de este, opacado por el tiempo, enterrado por el polvo y abarrotado gracias a la imaginación de Miguel por los artefactos más valiosos que pudiera encontrar. Lo había visto años atrás. Recordaba vagamente como el abuelo le mostraba fotografías de su juventud, monedas antiguas y artilugios varios a los que el viejo nunca les prestó atención cuando Miguel le preguntaba para que servían.

Cuando el viejo Justino Monasterio murió, su cuarto paso a ser la bodega de casa pues era bastante conveniente debido a que se encontraba hasta el final del pasillo, muy cerca del patio. La familia no se expandió más haya de Miguel, que era el menor, quien además dormía en el mismo cuarto que su hermana Susana. Aparte de eso, no recibían muchas visitas a las cuales tuvieran que mandar a otro cuarto, pero si acumulaban demasiadas cosas. Por eso podían permitirse utilizar el cuarto extra de la casa como bodega.

Así que todo lo que se acumulaba en la casa se guardaba ahí: «Ponlo en el cuarto de tu abuelo» decía la madre a Susana la hermana mayor y le daba la llave para abrir y guardar lo que estorbara en ese momento, una vez almacenado dentro del cuarto, Susana le regresaba la llave a mamá.

Alguna que otra vez, el niño trato de entrar detrás de Susana, pero esta no mantenía la puerta abierta mucho tiempo. Solo abría, guardaba y cerraba. Miguel sabía que algunas de las cosas del abuelo seguían ahí, enterradas debajo de todo lo acumulado. Como la cama sobre la que ahora había columnas de libros viejos o la mecedora que estaba cubierta por trapos, vestidos y demás ropa desgastada. El baúl seguía ahí, cerrado con un grueso candado, lo había visto siempre en el mismo lugar, ahora cubierto de polvo y semienterrado entre esferas rotas, series de focos de colores fundidas y demás adornos navideños.

Sus padres no le habían puesto atención, simplemente pasaba desapercibido. Tal vez se hubieran visto forzados a abrirlo para buscar dinero o papeles de la herencia, pero no. La herencia ya había sido reclamada por lo cual el dinero les era más abundante que antes. Miguel no tenía la llave para abrir el candado, pero esa era la menor de sus preocupaciones, se encargaría de eso en su momento, por ahora le preocupaba encontrar una manera de entrar al cuarto sin ser visto y tener suficiente tiempo para abrir el baúl y así nadar en las maravillas que escondía.

Su plan consistía en entrar a hurtadillas un día que Susana fuera a guardar algo, esconderse en algún lugar hasta que cerrara la puerta, una vez dentro abrir el baúl de un modo u otro para finalmente salir por la ventana hacia el patio con su tesoro y esconderlo todo debajo de su cama, el baúl se quedaría ahí, intacto. Nadie notaria siquiera que lo había tocado.

Y todo había salido bien, Susana entro a dejar unas cajas de regalo mamá dijo, volverían a usar en alguna ocasión. Miguel entro despacio detrás de ella y a la primera oportunidad se metió debajo de la cama, no salió hasta escuchar la puerta cerrar, dejándolo totalmente a oscuras. Afortunadamente era sábado en la noche, sus padres lo hacían dormido en cama, no lo buscarían hasta la mañana siguiente para ir a misa.

Tomó una pequeña lámpara que traía en su bolsillo y la encendió, el lugar olía a polvo y papel viejo, además de ser muy caluroso. A lo lejos podía escuchar ruidos provenientes de la cocina, probablemente su mamá o Susana lavando y acomodando los trastes de la cena. Dio unos cuantos pasos tropezando con zapatos viejos, se sostuvo de la cama, dirigió la luz al piso para ver mejor por donde caminaba pues resultaba imposible no aplastar algo al andar en ese lugar.

Pisaba zapatos, trapos que se le enredaban en los pies, cosas pequeñas que hacían «crack» y terminaban en montones de pedacitos. Viejos muñecos de peluche que otrora fueran compañeros de aventuras infantiles, proveían una macabra visión desde la alta repisa, iluminados solo por la tenue luz de la lámpara. Cubiertos de polvo y deshilachados, ahí estaban «Capitán Cuernos», ese peluche de toro que su madre le dio para que espantara a los monstruos de abajo de la cama, a su lado estaba «la niña mala», una vieja muñeca con la que su hermana solía asustarlo cuando era más chico. Hubiera sentido miedo y salido corriendo a como pudiera por la ventana, pero como ya se había cerciorado, el Capitán Cuernos estaba ahí, si a esa vieja muñeca se le ocurría darle un susto, de seguro él la detendría al instante.

No era momento para el miedo y recuerdos felices, tenía poco tiempo para ver como abrir el baúl. Sin ponerse a curiosear entre todas las demás cosas, se dirigió hasta este. Era tan pesado que de seguro sería una de esas cosas que dejarían atrás en un mes más, cuando gracias al trabajo nuevo de su padre partieran hacia la capital para «vivir mejor». Sacudió la cabeza evitando divagar en asuntos que en ese momento no importaban y se concentró. Toco el viejo candado, al moverlo hizo un rechinido que casi le pone los pelos de punta. Las palabras de Susana retumbaban en su mente: «El miedo a la oscuridad es solo miedo a que algún animal salvaje que se esconde en ella te atrape», se lo decía siempre que se iba la luz en casa, si le reclamaba ella al instante decía « ¡Es verdad!, me lo enseñaron en los Scouts». Esa era la frase favorita de Susana para confirmar que estaba segura de algo.

Ilumino a todas partes buscando algo que sabía que no estaba ahí, pero tenía la esperanza de encontrar. Un par de pinzas para cortar el candado, pero por más que recorrió el piso con la mirada, no pudo encontrar nada parecido. Un viejo alfiler y Susana le abrían ayudado mucho en ese momento, pero no tenía ninguno de los dos.

La luz de la luna que entraba por la ventana llamo su atención, una idea se formó en su mente, sacar el baúl por la ventana esconderlo en el patio y abrirlo al otro día con más calma. Después de todo el único problema que tenía era que el cuarto no era accesible con facilidad. Así que empezó a apartar las cosas desde el pie de la cama hasta la ventana, las formo como un grupo de guardias a cada costado esperando ver pasar a un rey. Pero con lo que el pequeño Miguel no conto era el peso del baúl. Incluso a su abuelo y su padre les costaba levantarlo juntos. Por más que intento con todas sus fuerzas no pudo, simplemente parecía pegado al piso.

Entonces opto por empujarlo, se movió entre la tenue luz que entraba por la ventana en la oscuridad envolvente del cuarto para colocarse detrás de uno de los costados del baúl. Había abierto la ventana, el aire que llegaba desde fuera le resultaba tranquilizante, además de permitirle respirar con mayor comodidad. Con sus pies, aparto objetos del piso cuidadosamente, pues no quería resbalar. Debajo de todo eso, el piso estaba cubierto por una alfombra muy acolchonada y por un momento pensó en recostarse en ella aunque fuera una vez, sin embargo la suciedad que vio al alumbrarla le esfumo de inmediato cualquier entusiasmo que hubiera sentido con ese pensamiento. Se colocó en una pose firme, flexionando levemente las rodillas y con todas sus fuerzas contra el enorme baúl, lo empujo. La tarea parecía incluso peor que levantarlo, pues este apenas se movió de su lugar.

Se le ocurrió que tal vez no estaba utilizando la fuerza adecuada. Así que volvió a empujar, pero fue inútil o más bien poco útil, pues si había logrado avanzar, pero menos de un metro. Así estuvo durante unos diez minutos, empujando poco a poco, hasta que un pensamiento llego a su mente. Si apenas podía empujar el baúl, ¿Cómo haría para sacarlo por la ventana?

Darse cuenta de eso le desilusiono totalmente, pensó por largo rato lo que podría hacer. Pero no había manera de lograrlo, sin llave y fuerzas lo único que le quedaba era hacer algo que casi no le gustaba: rendirse. Entonces empezó a jalar el baúl de vuelta a donde estaba, pero ilumino antes la vieja alfombra, viendo las marcas que había dejado el incesante «hiss hiss» hecho por el pesado baúl al empujarlo.

Y fue cuando la vio, pequeña, plateada y brillante gracias a la luz de la lámpara. Su sonrisa se extendió más de lo que veinte pasteles de cumpleaños y cincuenta regalos de navidad podrían extenderla. Sus ojos brillaron del mismo modo que lo hacían cada que papá llegaba tarde a casa. Era una llave, una sola. Medio enterrada entre la gruesa alfombra, había estado todo el tiempo debajo del baúl y no se necesitaba ser un genio para saber o imaginarse lo que se abría con esa llave.

Su entusiasmo casi le hace tropezar, sus dientes atraparon entre ellos la risita de emoción que surgía de su boca. Extendió la mano hacia la pequeña llave y al tomarla casi sintió que la arrancaba de ahí, dejando una marca del lugar donde había estado, como indicando que no debería de ser movida. Era ligera y una vez en su mano la empuño, pues sintiendo que desaparecería en cualquier momento.

Sin más, dejo de prestarle atención a todo y se apresuró a abrir el candado. Se llenó una satisfacción al escuchar el «click» que indicaba la efectividad de la llave en este. Lo retiro con cuidado, dejándolo en el piso y se dispuso a abrir el baúl. Por un momento se sintió como ese niño de ropas verdes en ese videojuego que su hermana jugaba tiempo atrás, y sentía que una música intrigante sonaría al momento que un destello de luz salía desde dentro del baúl. En lugar de eso solo se escuchó un rechinido y el leve sonido de objetos que estaban encima de la tapa cayendo al piso. No hubo destello proveniente desde dentro, en lugar de eso solo oscuridad. Una oscuridad aún más profunda que la del cuarto. Con la mano temblorosa de la emoción, tomo la lámpara e ilumino el interior.

Su sonrisa desapareció al instante, no había más que trapos viejos, papeles y libros que se veían tan aburridos como pesados. Escarbo un poco y no encontró nada más, solo eso. Agacho su cabeza decepcionado y estaba a punto de cerrar el baúl cuando la llave que tenía en su mano izquierda se le resbalo de los dedos. Callo justo en la esquina que no tenía nada, aquella que había despejado en su desesperación de encontrar algo y el sonido que hizo retumbo en la habitación. Un sonido hueco, como ese de una puerta al tocarla.

Miguel era fanático de las novelas de misterio que su padre solía leerle de vez en cuando en las tardes de domingo. Sabía muy bien cual era ese sonido, indicaba que el baúl tenía un falso fondo, como esos que usan los ricos para ocultar su fortuna o cosas muy importantes. Entonces decidió sacar todo del baúl y revisarlo de nuevo. Le costó sacar casi todas las cosas pero al final lo consiguió.

Volviendo a iluminar el interior, se dio cuenta que dentro de este había una pequeña cuerda, colocada dentro y salía desde uno de los costados donde se suponía era el fondo del baúl. Sin más, tomo la cuerda y la jalo bruscamente hacia arriba. La cuerda trajo consigo la madera que, como Miguel había atinado, era la tapa del falso fondo.

Debajo de esta había algo, muy oscuro y abultado, lo toco y era muy suave además de cálido. Parecía ser un abrigo, así que decidió sacarlo para verle mejor. Al extraerlo se extendió aún más largo que sus piernas. Seguía sin encontrarle forma hasta que decidió iluminarle. Para esto lo coloco en la cama completamente extendida, tomo la lámpara y dirigió la luz hacia él.

No era un abrigo, era totalmente de color café oscuro y tenía solo un cuello apretado que adornaban un par de botones grandes y plateados en cada lado. Tomándolo con la mano izquierda le examino mejor. Parecía ser una capa, o algo así. Se veía cálida pero nada más, una vieja capa de color café oscuro. Sin embargo, pensó que podría jugarle unas cuantas bromas a Susana con ella, por lo cual decidió que su expedición al cuarto del abuelo no había sido totalmente en vano. Con meticuloso cuidado coloco las cosas de nuevo en el baúl, todo menos la capa, incluso se tomó la molestia de poner el falso fondo de nuevo en su lugar. Le tomo un tiempo, pero coloco el baúl en la misma posición que lo había encontrado, incluso dejo la llave debajo de este que es donde (él pensaba) que debería estar. Lo cerro con el candado nuevamente y puso todos los objetos que había movido de nuevo a como los había encontrado. Probablemente alguien muy observador se daría cuenta de que no todo estaba igual que antes, pero se relajó sabiendo que la única que podría entrar en el mes que le quedaba viviendo ahí era Susana, y ella no era muy observadora.

Salió por la ventana de un brinco y moviéndose por la oscuridad del pasillo con suma cautela, regreso a su habitación con la gran capa hecha bola en sus brazos, como si cargara una gran bolsa de dinero. Seguía pensando que podría haber encontrado algo más valioso, pero no tenía idea de que lo que esa noche llevaba entre sus manos, eso que oculto bajo su cama antes de dormir, era tal vez más valioso que cualquier tesoro.

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