Héroes

By SaraHeat

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El mundo está a punto de ser destruido. La gente ha empezado a desarrollar misteriosos poderes sin ninguna ra... More

Prólogo
Capítulo 1: Despertar

Capítulo 2: Una fría despedida

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By SaraHeat

Una explosión desveló a la chica que dormía sumida en una pesadilla. Sarah despertó envuelta en sudor y temblando. Salió de su cama y bajo corriendo hasta el salón. Su madre hablaba con un hombre que Sarah no había visto antes. Elisabeth la vio y la invitó a sentarse sobre su regazo como cuando era pequeña. Se abrazó a su madre medio adormilada y escuchó algunas partes de la conversación intentando no quedarse dormida.

-Matt, ella es muy joven para algo así –dijo su madre ligeramente alarmada.

-Lo sé pero Peter lo dejó bien claro, ella es la única que posee el poder suficiente –explicó el hombre.

-¿Qué poder tiene Sarah para ser tan importante? Es solo una cría –susurró Elisabeth.

-Eso es algo que desconozco Elisabeth –reconoció Matt-. Tendrá que descubrirlo ella misma.

Sarah se movió sobre Elisabeth y dieron por finalizada la conversación. El hombre se fue tras despedirse de Elisabeth y las dos se quedaron a solas. La mujer zarandeó suavemente a su hija hasta que pareció reaccionar.

-Vamos, tenemos que irnos –musitó al oído de Sarah.

-¿Qué? –respondió la chica de golpe-. ¿A dónde vamos?

-Lejos de aquí, a un lugar seguro –contestó Elisabeth tranquilamente-. Pero antes de irnos tengo que arreglar algunas cosas.

Sarah reconoció aquella expresión en el rostro de su madre; estaba planeando algo serio. Elisabeth la cogió del brazo y la arrastró hasta el monovolumen. No tenía fuerzas para replicar así que se dejó llevar.

Durante el viaje vio los destrozos por toda la ciudad; apenas quedaban edificios en pie, los árboles se tambaleaban antes de caer y decenas de cadáveres yacían en el suelo. Sarah se obligó a apartar la mirada, ver todo aquello le daba náuseas. Pasaron junto al parque West y Sarah miró por la ventana en búsqueda de Percy y Giselle, pero no vio a ninguno de los dos.

Llegaron hasta un gran rascacielos de cristal y Elisabeth le pidió a Sarah que se quedase en el coche. Pero Sarah no tenía la menor intención de quedarse allí sentada. Intentó abrir la puerta, pero por desgracia Elisabeth la había cerrado. Golpeó el cristal con fuerza esperanzada de que alguien la escuchara. Por mucho que sacudía el cristal no conseguía hacer nada. Y de repente se congeló. No solo el cristal, todo el coche se había congelado. Apretó suavemente el crital y se rompió en pedazos. Salió del coche por la ventana intentando ignorar los cortes que se había hecho y vio a la persona que la había ayudado. Era la chica sobre la que se había caído el día anterior cuando la explosión. La niña se dio la vuelta y Sarah vio sus ojos blancos; ladeó la cabeza en señal de gratitud y la niña sonrió amablemente antes de desaparecer en una esquina. Sarah se dio cuenta entonces de que a su alrededor todo estaba congelado, desde el suelo hasta los enormes rascacielos. No disponía de tiempo para aquello así que entró en el edificio rompiendo una de las cristaleras. Todo se había congelado en el interior, incluso las personas. En ese momento se dio cuenta de algo. ¿Por qué todo había quedado en aquel estado excepto ella? Carecía de sentido que fuese la única inmune a aquel poder. O tal vez era que la niña simplemente no quería hacerle daño.

Pasó junto a las estatuas de hielo y rozó la cara de un hombre bastante joven que había sufrido el poder de la cría. Sus ojos reflejaban miedo, como si hubiesen sido capaces de prever segundos antes lo que iba a ocurrir. Llegó hasta las escaleras y subió con cuidado hasta la última planta; la única que no había sido completamente cubierta por el hielo. Escuchó gritos procedentes de la sala del fondo y se agachó tras la puerta para escuchar lo que decían; reconoció la voz nerviosa de su madre y otra de un hombre (probablemente de unos cuarenta años).

-Me da igual quien sea Elisabeth, no pienso hacer ninguna excepción. Tu marido fue uno de los responsables de todo este lío, ¿por qué iba a tener que creer su palabra? -preguntó el hombre enfadado-. Me decís que ella es quien puede salvarnos, pero nada me lo garantiza. ¿Y si Peter se equivocaba?

Pasaron unos segundos en silencio, Sarah pensó que su madre iba a dejar allí el tema. Sin embargo volvió a hablar, aquella vez mostrando seguridad en cada una de sus palabras.

-Matthew, si Sarah fuese incapaz de lograrlo, ¿crees que Peter se habría sacrificado por ella? -clamó Elisabeth haciendo temblar el hielo del suelo. -Mi marido confía en ella, y yo también. No voy a cambiar mi opinión y te aconsejo que tú hagas lo mismo.

El hombre suspiró y miró a Elisabeth; ambos tenían los ojos vidriosos.

-Lo siento Elisabeth, pero ella debe seguir el mismo plan que los demás -fue su respuesta.

-Te estás equivocando, ¡no sabes hasta que punto! -vociferó Elisabeth indignada y se escucharon sus tacones resonar en el cristal del suelo.

-Ninguna de las dos saldréis de aquí Lisa.

-¡No vuelvas a llamarme así! -gritó llorando.

La puerta que había tras Elisabeth se abrió y aparecieron dos hombres vestidos de negros con pistolas. Elisabeth pedía ayuda a Matthew, pero el hombre se mostró impasible. Sarah dejó de escuchar voces y abrió la puerta de golpe. Uno de los hombres sujetaba a Elisabeth por el cuello y el otro le apuntaba con la pistola. Su madre giró la cabeza y al verla sonrió dulcemente. Tenía los ojos rojos de llorar, pero esbozó una sonrisa por su hija.

-Sarah vete de aquí, es el final para mí, pero tú aun puedes vivir. Eres la última esperanza, no te rindas. Busca apoyo y consigue descubrir la verdad, el secreto que tu padre dio la vida por proteger. Confío en ti, sé que tienes el poder para lograr lo que quieras. Mantente fuerte... -dijo y su voz se apagó con el sonido de la bala.

Su cuerpo cayó al suelo con un ruido sordo y en su rostro quedó una sonrisa sincera que Sarah grabó en su mente. La chica cayó de rodillas llorando, no le salían palabras, solo lágrimas. Su madre, la única persona que le quedaba, estaba muerta; y delante de ella estaban los responsables.

Se levantó temblando de ira, solo quería hacerles pagar, que sufriesen. Sus ojos vidriosos se transformaron; ya no mostraban temor, mostraban la frialdad y soledad que sentía en aquel momento. La lágrima que corría por su mejilla se congeló,  al igual que sus manos. Y poco a poco el suelo a sus pies y las paredes. El hielo avanzaba congelando todo a su paso, sin rastro de piedad. Los hombres salieron corriendo y saltaron por la cristalera de la ventana. Sin embargo Matthew permaneció en su sillón mientras el hielo le cubría lentamente. En dos minutos la habitación había sido totalmente congelada.

Sarah se miró las manos aterrada, ¿cómo había hecho aquello? Era el poder de la niña, ¿también era el suyo? No había otra explicación, los poderes debían de poder repetirse. Se acercó hacia el cuerpo de su madre y le apartó el pelo de la cara con suavidad. Sus ojos  habían perdido el color y su última sonrisa seguía en su rostro. Las lágrimas de Sarah se deslizaron por su mejilla y cayeron sobre la frente de Elisabeth. Cada vez estaba más pálida y fría. Ella no quería verla así, quería que su madre hubiese tenido una muerte más digna. Era cierto, no había sido la mejor madre del mundo, sin embargo la quería y había dado su vida por ella. Rozó con su mano el rostro de Elisabeth y se empezó a congelar lentamente. Cuando acabó, Sarah se levantó y se fue de allí corriendo intentando contener el llanto.

Salió del edificio y se apoyó contra el monovolumen congelado; estaba sola. Percy y Giselle habían desaparecido y su madre había muerto. La ciudad seguía sumiéndose en la destrucción y se suponía que ella tenía que detenerlo. Rió histéricamente, solo tenía dieciséis años, ¿qué esperaban que hiciese? Golpeó con el puño el cristal del conductor e ignoró la sangre que corría por su brazo. Estaba completamente perdida.

-Mirad a quien tenemos por aquí –dijo una voz.

Se dio la vuelta y vio tres chicos con chaquetas de cuero acercándose a ella. Sarah dio un paso hacia atrás y se chocó contra la pared del vehículo.

-No huyas princesita, no vamos a hacerte daño.

Los tres chicos la acorralaron y el chico más alto se acercó a ella hasta que sintió su aliento en la cara.

-Largo de aquí si no queréis morir –dijo intentando parecer calmada y fría, sin embargo los tres chicos se echaron a reír.

-Lo dudo princesita, nosotros somos más fuertes de lo que imaginas –replicó el chico y le cogió el rostro con las manos. Sarah le cogió del brazo y en segundos se lo congeló.

El chico retrocedió visiblemente alterado, pero luego sonrió y el hielo se deshizo. Sarah miró como su brazo emitía vapor; producía calor de su cuerpo.

-Vaya, vaya, así que tenemos a la chica de hielo. Lástima que te hayas encontrado conmigo, mi cuerpo genera calor –explicó el chico volviendo a acercarse a Sarah.

Sacó una navaja de su bolsillo y la colocó junto al cuello de la chica. Sarah estiró el cuello y le dedicó una mirada de desprecio que él ignoró.

-Dejadla en paz, pringados –vociferó alguien sobre su cabeza.

Los cuatro miraron hacia arriba y vieron un chico de la misma edad de Sarah de cuclillas sobre el techo del coche. Sonreía desafiante y miraba a los acosadores con frialdad.

-¿Tú qué eres, un intento de superhéroe? –preguntó irónicamente uno de los chicos.

-No –respondió secamente-. Pero si veo que tres idiotas como vosotros molestan a alguien, acabo con ellos. 

El chico más fuerte dio un paso dispuesto a golpear al misterioso joven que se había interpuesto entre ellos y la chica pero antes de que pudiese tan siquiera rozarle, se quedó inmóvil. Sintió un escalofrío profundo que le recorría la espalda y se tiró al suelo alarmado. El joven bajó del automóvil con un salto y se colocó delante de Sarah con aspecto amenazador. Sarah contempló asombrada a su salvador, cuando se fijó, vio que era un chico alto y esbelto; tenía cuerpo de modelo. Su pelo dorado a la luz del sol, emitía reflejos que le daban un aspecto atractivo y encantador. Sin embargo lo que más le llamó la atención a la chica fueron sus ojos. Eran de color verde, profundos y repletos de vida. En ellos pudo ver dureza pero también un punto de dulzura que turbó la mente de Sarah, ¿cómo podía reflejar aquellas dos sensaciones tan opuestas a la vez?

Mientras Sarah parecía embelesada en la belleza del joven, este se había cruzado de brazos y miraba amenazante a los dos chicos restantes.

-¿Q-qué le has hecho? –consiguió articular el chico alto visiblemente aterrado.

-Control mental –explicó el joven-, puedo meterme en vuestras mentes y destrozarlas poco a poco. Vosotros escogéis si preferís quedaros o marcharos ahora que tenéis tiempo.

Los chicos no se lo pensaron un momento y salieron corriendo antes de que aquel joven cumpliese su amenaza.

Él se acercó a Sarah y sonrió ampliamente; la chica aún seguía perdida en sus ojos.

-¿Estás bien? –preguntó con tono amable y le tendió una mano a Sarah que aceptó con gusto.

-Sí –afirmó ella con un hilo de voz. No era de las que se ponían nerviosas con facilidad pero aquella vez no podía evitarlo.

-¿Cómo te llamas?

-Sarah Sanders, ¿y tú? Necesito saber el nombre de mi héroe –respondió ella riendo y poco después se le unió el joven.

-¿Héroe? Solo hice lo que cualquiera habría hecho por una chica tan guapa –contestó y Sarah se ruborizó levemente-. Soy Mark. Mark Ryan.

Ambos chicos se miraron con complicidad y Sarah entendió que después de todo no iba a estar sola. Era la hora de empezar a descubrir que estaba pasando, por ella, por su madre y por toda la gente que estaba sufriendo las consecuencias de aquella “nueva era”.

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