La reunión se produjo dos días más tarde, cuando yo no estaba. Nico insistía que tenían que hacer algo cuando los demás decían que yo me valía por mí misma. Bueno, en realidad solo necesitaba un empujón. Como todos alguna vez.
El caso es que se les ocurrió la brillante idea de ponerme a hablar delante de unos estúpidos adolescentes. Bueno, a todos les decía que eran estúpidos pero en realidad les tenia miedo. Había hecho prácticas -durante el máster- y cada vez que intentaba hablar me cortaban. Además, me había discutido con varios niños y también con alguna profesora -y eso que yo no soy de discusiones- pero claro yo no tenia suficiente autoridad como para decirles qué hacer. A ninguno de los dos. Había pensado en desistir y me preguntaba qué diablos hacía yo allí. Así que, en ese momento, trabajar como profesora no era una opción.
Por eso ni me planteaba ir a dar una charla a los alumnos de Pablo. Pablo era profesor de secundaria desde hacía un año o así y, para motivar a sus alumnos, decidió que iría gente de diferentes profesiones ya que los chicos de 15 años se tenían que enfrentar a la idea de ir escogiendo qué hacer en la universidad.
-Y por eso creo que tu eres perfecta.- argumentó.- Ha venido un médico, un científico, un bombero, un policía, un comercial... Pero no una escritora.
-Es que...
-¿Por qué no?- dijo Clara. Para ella todo era positividad.
-Sí, hombre. Para plantarme allí delante y que se pasen toda la hora hablando e ignorándome. Además, no tengo ni idea de qué les podría a decir.
-Venga, vamos. Hazlo por nosotros, Júlia.- me pidió María.
Así que me convencieron para hacerlo. Como siempre. Esa noche subí a casa y me planté -¡como no!- delante del ordenador. Escribí todo un texto que describía e invitaba, más o menos, a los chicos y chicas a querer ser escritores. Basura, todo eso era basura. Pero eso era lo que debía hacer, ¿no? Después de que Pablo diera el visto bueno al texto programamos con el director del centro el día para hacer la charla. No estaba del todo segura pero lo hice.
Y una semana más tarde puse un pie otra vez en el colegio. Era la hora del recreo: casi me como a varios adolescentes por el camino, tres chicas que vestían como a un pedófilo le gustaría me asesinaron con la mirada, criticándome en voz baja, dos chicos me silbaron -no hace falta decir que ni les miré a la cara, desgraciados-, pisé un bocadillo tirado en el suelo y se me cruzó un gato el cual también casi piso. El instituto era grande y recogía a más de 900 niños, patios amplios, clases viejas pero útiles. Subí varias plantas hasta encontrar la clase donde habíamos quedado Pablo y yo. Un cartel al lado de la puerta ponía "Aula 26" y en la puerta había uno que decía "cuarto C". Llamé a la puerta.
-¡Pasa!- pronunció una voz del interior.
Abrí la puerta para encontrarme con una clase. A la derecha una pizarra y una pantalla en frente de la gran mesa donde se apoyaba Pablo -la mesa del profesor- sobre la cual se situaba un proyector. Las ventanas iluminaban las mesas verdes del interior y los murales de historia que los chicos de la clase habían hecho: "España, del absolutismo al liberalismo" en catalán -estamos en Barcelona-. Pablo me sonrió.
-Bonitos, ¿eh?- dijo al ver que los miraba- El profesor de historia ha hecho un buen trabajo.
-Sí...
-¿Estás preparada?
-Pues, yo... me he traídos estos papeles por si... se me olvida y...
La alarma que anunciaba el final del recreo me asustó y di un bote en mi sitio. Mi amigo rió.
-Tranquila.
-Es que no estoy muy acostumbrada a hablar en público...
Unos niños entraron por la puerta. Eran de estatura más bien baja, me miraron como si fuera una extraña -en realidad lo era- y se miraron entre ellos.
-Pero, ¿quién es ésta?- dijo uno.
-Ésta tiene un nombre.
-Perdona, profe.-dijo el otro. Al fin y al cabo no son tan malos, pensé.
Varios grupos entraron en la clase hasta que estuvo llena. Todos hablaban los unos con los otros, ya sea sobre mí o sobre cualquier otra cosa. Pablo endureció su cara y los mandó callar. Segundos después ya no hablaba ni uno. Les explicó quién era yo y qué hacía aquí. Después me dio paso y yo me adelanté hasta el centro de la clase. Todos callaban. Yo me quedé paralizada, totalmente en blanco. Pablo me tocó el hombro y yo desperté y empecé a buscar entre los papeles lo que tenia que decir, nerviosa. Algunos alumnos rieron y, acto seguido, todos empezaron a hablar. Miré a Pablo pero él me miró como diciendo que ahora estaba en mis manos hacerlos callar. Me estaba poniendo a prueba. Entonces recordé algo que aprendí cuando yo tenía la edad de esos chicos, quince años. Utilizaría la misma técnica que uno de los mejores oradores de toda la historia: Hitler. Recuerdo que mi profesor nos puso un vídeo sobre uno de sus discursos y describió la manera en la que él actuaba para hacer callar a los alemanes antes de que él hablase, muy característica de él. Hitler solía subirse al podio y alzar la cabeza, cruzar los brazos y callar. Y así hice. Todo para crear expectación. En efecto, todos los alumnos callaron, esperando a ver lo que decía. Miré los papeles.
-Bien, levantad la mano todos los que queráis ser escritores en el futuro.
Ni uno.
-Vale. Levantad la mano todos los que estéis interesados en saber sobre esto.
Ni uno.
-Como esperaba. Mirad, se supone que yo tengo que haceros querer ser escritores, es decir, hacer propaganda sobre mi trabajo. Pero, ¿sabéis qué? No lo voy a hacer. Porque ni vosotros estáis interesados en el tema ni yo estoy interesada a que me salgan más competidores en el mercado.
Algunos rieron. Miré a Pablo y asintió así que continué con mi discurso.
"Creo que lo mejor es que os hable del futuro porque muchos de vosotros, por no decir la mayoría, tenéis que elegir aún lo que vais a ser. Seguro que muchos de vosotros no lo sabéis, ¿verdad? Y los profesores presionándoos con muchísima, demasiada información sobre el futuro. Quiero que cada uno me diga lo que más le gusta hacer de todo lo que podéis hacer cada día. Algo con lo que os sentís bien haciéndolo. Vale. Entonces, pensad en dedicaros a ello. Sí, se os da mal. O hoy en día eso no sirve para nada, no tiene muchas salidas. O no tenéis ninguna oportunidad. ¿Sabéis por qué han sido creadas todas estas cosas como el ordenador o, no sé, simplemente la rueda? Porque las personas que lo crearon tenian una necesidad. Y eso es lo que tenéis que hacer. ¿No tenéis oportunidad para dedicaros a lo que os gusta? Muy bien, pues creadla. Y aunque nadie crea en ella. Seguid. Seguid y callad la boca a esos que os digeron que era imposible."
Ahí me di cuenta de que, en realidad, estaba dando consejos cuando la que más los necesitaba era yo. Iba a crear una oportunidad. Estaba decidido. Y, ¿por qué no crear esa oportunidad mientras la explicas? En ese momento decidí qué era lo que quería escribir y cómo lo tenia que hacer. Explicaría el reto. Lo escribiría en un libro.
Después hice que los chicos y las chicas participaran más y la verdad es que les gustó mucho. Explicaron muchas cosas, creo que creé mucha confianza y eso es lo que les hizo divertirse. No les hablé con autoridad pero tampoco con amistad, es decir, les hablé como hablaría a un conocido mío de la misma edad que yo. Y, al final, hasta me preguntaron por mi carrera como escritora. Claro que tampoco va muy lejos. Acabé mi charla con el lema "el futuro es vuestro" escrito en la pizarra y salieron todos de la clase menos Pablo y yo... y una chica.
-¡Vaya! ¿Qué haces aquí, Diana?- Pablo fue el primero que notó su presencia.
-Bueno yo... me... me gustaría que leyera estos textos, Júlia. Yo quiero ser escritora pero no... quería decirlo delante de la clase. Además yo... no estoy segura si soy lo suficientemente buena.
-Verás, Diana, no se trata de si eres lo suficientemente buena. Se trata de si le pones la suficientemente pasión. Mira, aquí tienes mi email. Así, puedes enviarme todos los que quieras y yo enviaré mi opinión.
-Pero yo no quiero molestarla.
-No me molesta en absoluto. Y, si tienes alguna duda, no tienes más que preguntar.
La chica salió de la clase, toda contenta, y entonces me recordó cuando yo era pequeña. Me habría encantado que alguien a quien admiraba me hubiera dado voz y me hubiera escuchado. Hubiera escuchado todo lo que tenia que decir y todo lo que opinaba. Porque a veces las ideas más brillantes -como las soluciones- están donde menos te lo esperas. ¿O no es así?