Era verano, hacía calor, mucha calor, aunque, eso era algo normal de por allí. Siguió andando un poco mas hasta encontrarse con un banco a la sombra, lo cual agradecía mucho ya que él no estaba acostumbrado a ese sol tan fuerte, tan vivo, cosas del sur, se dijo. Se sentó en el banco agradeciendo que debajo de ese árbol se estuviera de maravilla. Inclinó su cabeza hacia atrás, pensando que estaba haciendo allí, había ido por impulso, pero ahora que lo pensaba bien había hecho una estupidez, no sabía a ciencia cierta si el español estaría allí o no, que imbécil era. Se quedó unos minutos más debajo de ese árbol, ya no solo pensado que hacía allí, sino aprovechando también para descansar, miró sus manos, totalmente blancas, tan diferentes de las suyas, suspiró y se puso de nuevo en marcha.
Seguía caminando entre esas paredes tan blancas y juntas, de vez en cuando decoradas con alguna que otra planta, que bella era Andalucía, aunque eso nunca lo admitiría en voz alta.
Cuantas más calles iba recorriendo podía ver que no había nadie en ellas, eso le extrañó, se supone que los españoles estaban todo el día de fiesta, al menos eso tenía entendido, quizás era por la hora, no lo sabía.
Sin comerlo ni beberlo, ya estaba delante de su puerta, tocó la madera, se notaba que esa puerta llevaba allí durante años, quitó su mano de ella y respiró, quizás no estaba en casa y estaba haciendo una tontería, pero no, no se iba a quedar allí como un estúpido, iba a tocar la puerta, esperar si le habrían y lo arreglaría, por una vez admitiría que la culpa fue suya y pediría perdón, si eso haría. ¿Pero por qué le era tan difícil? Dio varias vueltas sobre sí mismo, y de repente la puerta se abrió mostrando a un español recién levantado, genial, lo había levantado mientras hacía la siesta, con lo de mal humor que se ponía cuando lo despertaban, simplemente genial.
El español se le quedó mirando, parecía sorprendido, normal, el también estaría sorprendido si de repente se apareciese delante de su puerta la persona con quien horas atrás se había peleado.
-Pasa. -dijo y se fue hacia adentro de la casa, parecía molesto, no tenía claro si era por la pelea o por haberle despertado de su siesta, pero de igual formas entró dentro de la casa siguiendo al español, mientras avanzaban se fijó en las paredes, todas llenas de fotografías, con él, con sus amigos, y se fijó en una donde salían España y Italia del Sur, parecían felices, parecía feliz sin él, sacudió su cabeza intentando alejar esos pensamientos de su mente y volvió a fijar la vista al frente, a decir verdad, era la primera vez que estaba en esa casa, no os confundáis, había estado en muchas otras casas del español, pero nunca en esa, cada vez que le decía de ir siempre le contestaba con un no, y no sabía por qué, aún estando en su mente el español le habló y se fijó que habían llegado a lo que parecía ser el salón, estaba decorado sin llegar a ser muy excéntrico para ser el español que siempre tenía sus demás casas llenas de cosas inservibles – Hey, Inglaterra, ¿estás ahí? – mierda, no le había prestado atención antes y ahora había quedado aún mas idiota.
- Sí, sí que estoy aquí, ¿acaso no me ves?- joder, si es que, no lo hacía aposta, pero siempre contestaba mal, era algo que no podía evitar, por suerte el otro ya estaba más que acostumbrado a ese tipo de respuestas y no le dio importancia.
-Ya, ya lo veo… -el español se había callado, creando un silencio que puso al inglés bastante incómodo- Y, bueno, dime, ¿Qué haces aquí?- se notaba que intentaba ser amable, pero estaba más que claro que España quería irse de ahí lo antes posible.
Inglaterra se quedó mirando a un punto aleatorio de la sala, intentando no hacer contacto con la vista del español, y ahora había salido la pregunta que había estado rondando su cabeza desde que llegó a aquel pueblo, él ya lo tenía claro ¿no?, quería disculparse con el español, sí, a eso había venido, ¿pero porqué era tan difícil decirlo en voz alta?
Al ver que Inglaterra no diría nada España cogió unas llaves que reposaban encima de un pequeño mueble y se volvió a dirigir a Inglaterra.
-Voy a salir un momento aprovechando que me has despertado,-suspiró-tu si eso quédate aquí, haciendo, pues no sé, lo que hagas normalmente cuando estas solo. Si necesitas cualquier cosa ves a la casa de al lado y di que me conoces, es una ancianita muy amable, no te preocupes. Tardaré unas horas, y eso… Me voy, adiós.
Y sin mas, se escuchó cómo se cerraba la puerta de la entrada dejando un silencio. Inglaterra se dirigió al sofá y se tiró, dejando su cara enterrada en su almohada, era un imbécil, no había dicho casi nada desde que había entrado y para colmo lo que había dicho no habían sido palabras agradables precisamente. Se quedó bocabajo en el sofá unos minutos más, hasta que recordó que no había comido nada desde que salió de su casa, y no sabía cuánto tiempo había sido pero empezaba a tener hambre, se dirigió a lo que creía que era la cocina y empezó a rebuscar entre los cajones y armarios que había por allí a ver si había algo que comer, desafortunadamente no encontró nada mas que ingredientes para cocinar, y sabía que si se ponía a cocinar el moreno se enfadaría con él, aún mas, si es que eso era posible, así que lo dejó estar. Se dirigió de nuevo al salón pensando que podía hacer, ahora ya tenía hambre, dejarlo estar no era una opción, se fijó en la hora, las cinco y media pasadas, refregó sus manos por su cara, se había pasado la hora del té, suspiró y pensó en lo que le dijo España, que si quería algo se lo dijera a la abuela que vivía en la casa de al lado, le parecía algo maleducado, pero tenía hambre, así que se movió hasta el mueble donde el otro había sacado unas llaves hacía unos momentos y rebuscó entre los cajones hasta dar con otro par de llaves.
Salió de la casa del español y se fijó en que había una fuente fuera de esta, parecía una especie de mini plaza, seguramente era eso ya que habían varias sillas alrededor.
Tocó al timbre una vez esperando que le hubieran escuchado, para su mala suerte de ahí no salía nadie, resignado quiso volver a la casa y cuando puso la llave en la cerradura de ésta no encajaba, su día iba de mejor en mejor. Se sentó delante de la puerta, pretendía esperar allí sentado al español, pero se fijó de nuevo en la hora y se dio cuenta de que tan solo habían pasado unos veinte minutos desde que el otro se había ido. Puso su vista al frente y decidido se levantó, iba a dar una vuelta por el pueblo, iba a hacer algo hasta que llegara el español. Se metió por la primera calle que vio y empezó a subir por aquellas empinadas cuestas.
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Seguramente llevaría una hora escasa dando una “pequeña vuelta” por aquel pueblo cuando llegó a una especie de mirador desde donde se podía ver todo el pueblo, se quedó embelesado por la vistas y se imaginó como serian aquellas mismas vistas pero al atardecer, quizás le podría decir a España de ir, con un poco de suerte lo convencería, sonrió, y tuvo en cuenta que seguramente ya habría vuelto de donde fuera que se hubiera ido, así que deshizo todo el recorrido que había hecho anteriormente para llegar hasta la casa. Una vez llegó al umbral de la puerta le dio al timbre, rezando para que España estuviera ahí. Parecía que alguien por fin le había escuchado y el moreno le abrió la puerta.
-Hola, pensé que te habías ido.
-¿Cómo me voy a ir si he venido para hablar contigo? Además, sería bastante estúpido venir e irme la misma tarde.
-Así que te quedarás a pasar unos días… Tendrás que dormir en el sofá, ya que en mi habitación no entrarás y en el estudio no hay ninguna cama. No suelo invitar a nadie a esta casa, considérate afortunado. –se le escapó una pequeña risa haciendo que el otro se quedara embobando mirándole- Anda pasa, que estamos en la calle.
- ¿Y qué más da? Si total no pasa nadie por estas calles, he recorrido todo el pueblo y no me he cruzado con nadie, ni las tiendas estaban abiertas.
-Eso es porque por si no te habías dado cuenta, hace bastante calor idiota, la verdad te mereces una medalla por ir por ahí paseándote sin que te haya dado un golpe de calor, tienes mi respeto. –lo último lo dijo con un ligero tono de burla, por lo menos parecía que no estaba tan enfadado como antes.
-Hacía calor, pero ya estoy acostumbrado, no es la primera vez que vengo tan al sur.
-Ya… -mierda, la había vuelto a cagar- Bueno, dime, ¿qué quieres hacer? Recuerda que aquí se cena mas tarde. Si quieres podemos ir a una cala que queda por aquí cerca, como mucho el trayecto serán unos veinte minutos.
El rubio asintió pero se dio cuenta de que no había traído nada para la playa, o mejor dicho, no se había traído absolutamente nada ya que aquel viaje había sido totalmente improvisado, lo único que había llevado había sido su cartera y poco más. Quiso llamar al español pero este ya se había dirigido escaleras arriba, seguramente a buscar el bañador y alguna que otra cosa más. Miró el reloj que había en la pared, las siete y cinco, ¿y España pretendía ir a esa hora a una playa?, menudo idiota, pero no se iba a quejar, no señor, había venido en son de paz, ya podía agradecer que el moreno no le hubiera mandado a la mierda, y hablando del rey de Roma, justo estaba bajando las escaleras, era el momento de decirle que no había traído absolutamente nada.
-Em, España, no he traído bañador, bueno, mejor dicho, no he traído nada. –bajó su vista hacia el suelo, la verdad es que se sentía avergonzado, había sido muy estúpido por su parte el no haber llevado nada consigo, volvió a subir su mirada cuando escuchó al otro reír. Había echado mucho de menos esas risas, y tan solo habían pasado unas horas desde la última vez que lo había escuchado reírse, no se imaginaba un día sin él a su lado, bueno, si se lo imaginaba, pero era todo demasiado aburrido y silencioso.
-Ya sé que no has traído nada, me he dado cuenta desde la primera vez que te he visto, que no soy tan idiota como para no darme cuenta de que has venido sin nada. –le revolvió el pelo, produciendo que el otro se ruborizase ligeramente- Anda vamos, y tranquilo, que no nos vamos a bañar. ¿Acaso no has visto la hora que es?- Se dirigió al pasillo para ir hacia la puerta de la entrada y así poder salir, el rubio lo siguió y al salió, cerrando la puerta tras de sí.
Se dirigieron al coche que estaba aparcado un poco lejos de la casa, se subieron y España arrancó el coche, haciendo que el rubio se quedase dormido al poco tiempo, si es que con la tontería no había dormido nada.
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Inglaterra se despertó y giró su vista hacia el asiento del conductor viendo que allí no había nadie, vio también que ya estaba atardeciendo. Salió del coche queriéndose acercar al agua, pero antes de poder tocar el agua escuchó el sonido de una melodía que sabía muy bien, así que, guiándose por el sonido se fue acercando, hasta ver al susodicho tocando aquella melodía en una guitarra. Se acercó hacia él y se sentó a su vera, apoyando también su cabeza en el hombro del contrario. El moreno seguía tocando la guitarra, era el momento, así que sin hacerse esperar más lo dijo.
-Lo siento.- el español dejó de tocar la guitarra y miró hacia delante, ya que había tenido sus ojos cerrados en todo momento, luego de unos segundos miró hacia él, se notaba que estaba sorprendido, ya era la segunda vez hoy desde que había llegado. El rubio no dijo nada más, esperando que el otro dijera algo, tampoco había cambiado la posición en la que estaba.
España negó con su cabeza y dijo:- No hay nada que perdonar, tenías razón, es estúpido que nosotros celebremos una fecha. –al acabar de decir eso volvió a cerrar sus ojos y continuó con la melodía que estaba tocando anteriormente.
El inglés suspiró y dejó aquella posición en la que estaba para coger al otro de sus mejillas haciendo que le mirase.
-Escúchame, aquí el único que tenía razón eras tú, tú no te equivocabas y es que lo he pensado y es verdad, siempre hay una razón para celebrar, y más siendo nuestro aniversario. Así que no me importa en absoluto lo que me digas, ahora lo vamos a celebrar por todo lo alto, y no porque tú quieras, sino porque me apetece, ¿vale? –el moreno, que estaba un poco atontado por lo que el inglés le había dicho, le miró a los ojos y luego a sus labios, poco a poco fue acercando mas su cara hasta que quedaron a escasos centímetros, asintió despacio con su cabeza y besó esos labios que le estaban llamando. El otro, ni corto ni perezoso, le siguió gustosamente aquel beso, feliz de saber que España estaba feliz, al final sí que había servido de algo aquel viaje inesperado.