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Llegó el gran día de la unión y Cristina estaba preparada y mentalizada. Todo el reino estaba de fiesta, tanto dentro como fuera de las murallas que separaban la zona adinerada de la clase obrera. Los colores blanco y morado adornaban las calles y los soldados vestían acorde a la ocasión.
Jamás se había imaginado Cristina una celebración de tal calibre. Miles de miradas fijas en ella. Los ojos azules de su hermana destacaron por encima de todos los demás y la joven no pudo evitar sonreír al ver a Helena después de tanto tiempo. Las dos hermanas cruzaron la mirada y una sonrisa, pero no pudieron intercambiar ni una sola palabra en medio de la celebración, y todavía pasaría bastante tiempo antes de que pudiesen reunirse de nuevo.
La fiesta duró un día entero. Tras la boda se celebraron bailes, y tras los bailes un banquete descomunal. Esa noche, como muchas otras, el rey bebió demasiado y avergonzó a Cristina delante de las personas más importantes de la corte.
-Este muslo no será el único que me coma esta noche – dijo levantando el muslo de pollo y provocando risas incómodas por parte de los invitados. Cristina le observó con tensión – Aunque he de reconocer que ya he probado ambos, pero aún no podría decantarme por el sabor de ninguno, no sin una buena copa de vino.
Terminó con una carcajada ahogada, mientras que las risas forzadas iban decreciendo, hasta desaparecer, siendo sustituidas por un silencio incómodo. Cristina desvió la mirada del rey con una mueca de asco y centró su atención en el plato. Era la primera vez que la ridiculizaban de aquella manera, y más delante de otras personas.
Pero ese no fue el único momento en el que el monarca consiguió que Cristina se arrepintiese de haberse casado. Jamás olvidaría aquella noche. La primera noche en la que el rey le puso la mano encima. Ya fuese porque el alcohol le había vuelto excesivamente agresivo, o porque se sentía frustrado, cuando ambos estaban bajo las sábanas, el rey comenzó a gritarle con una furia descontrolada a la que Cristina no supo enfrentarse, tras lo cual levantó la mano y se la estampó en la cara. Una vez. Y otra, y otra. Hasta que la reina consiguió esconderse debajo de la almohada y el rey se sintió demasiado agotado como para continuar.
Aquella noche Cristina no tuvo el valor de salir de la habitación. Estaba dispuesta a soportar ella misma aquella humillación antes de dejar que otros viesen escapar a la reina de los dormitorios el mismo día de su boda.
Con el paso del tiempo Cristina fue acostumbrándose a su nueva vida. Había aprendido a alejarse de la política y de las relaciones interesadas. Esquivaba con gran destreza los intentos de los cortesanos por ganarse su favor y se centró más en sus tareas como reina, su formación y la moda, convirtiéndose con diferencia en el mayor icono de influencia del reino. Aunque desarrolló una extraña relación con Dafne Brain, quien, a pesar de no entablar amistad alguna, se presentaba todas las mañanas para desayunar con ella en sus aposentos y hablar de cosas tan banales como el tiempo de ese día.
Descubrió también que cuanto más complacía a su marido, más libertades obtenía de este, y fue por esa razón por la que consiguió permiso para asistir a alguna de las fiestas de familias importantes celebradas fuera de palacio. Y aquella noche iría, ni más ni menos, a la casa de la familia Harrinton.
Ansiosa por poder salir del palacio y ver de nuevo a su hermana y nerviosa por tener un encuentro con su ex-prometido, llegó por fin a la casa donde Lady Harrinton llevaba más de media hora esperándola, acompañada de su madre, Rebecca, y seguidas de un séquito de mujeres y jóvenes damas que ansiaban poder intercambiar alguna palabra con la nueva reina.
-Cristina, querida – su madre no obedeció a las normas de cortesía y cogió el brazo de su hija mientras se regodeaba de ver a Lady Harrinton hacer una leve reverencia.
La mujer ocultó su sonrisa con el abanico y con un pequeño gesto incitó a Cristina a caminar hacia el interior.
-Mi hija, la reina – recalcaba Rebecca – nunca se olvidaría de su familia. Por eso está aquí. El rey la consiente tanto que incluso le permite salir del palacio para asistir a nuestras fiestas.
Cristina habría detenido el atrevimiento de su madre si no fuese porque su hermana pequeña apareció en ese mismo momento. Se había acercado a toda prisa con una sonrisa enorme en la cara, contenta por poder hablar con su hermana mayor después de tanto tiempo. Pero se detuvo a un par de metros de distancia, confundida y avergonzada por no saber muy bien cómo proceder. Hizo una torpe reverencia que sacó una sonrisa a su hermana mayor.
-Te eché de menos – dijo Cristina a su oído tras acercarse y abrazarla. La pequeña la apretó con más fuerza de la debida y sus ojos se humedecieron.
-Por fin puedo verte – dijo intentando controlarse – no sabes qué de cosas tengo para contarte.
Las dos hermanas tuvieron que esperar bastante tiempo antes de poder sentarse juntas y poder ponerse al día, pues como reina, tuvo que aceptar muchas cortesías de los presentes y disculparse infinidad de veces cuando alguien intentaba, de manera muy sutil, incluirla en sus conversaciones.
Cristina sabía que aquellas personas no tenían maldad alguna y su interés en acercarse a ella consistía simplemente en poder presumir más tarde en haber tenido un encuentro con la misma reina y probablemente, inventar alguna absurda conversación que no había existido. Pero ella debía de tener cuidado, pues tampoco estaba en una situación en la que pudiese permitir ninguna tergiversación de sus palabras ni chismorreos absurdos, y por esa razón, se abstuvo de involucrarse en ninguna conversación que fuese más allá de un simple saludo. A excepción, por supuesto, de su hermana pequeña.
-¿Cómo es la vida en el palacio? – preguntó emocionada.
-Increíble – mintió – Pero cuéntame. ¿Cómo has estado últimamente?
Helena hizo un gesto de exasperación y Cristina sonrió al pensar que su hermana pequeña no tenía ningún tipo de filtro y era la inocencia personificada.
-Pues ha sido agotador - respondió la pequeña – No te haces a la idea de la cantidad de pretendientes que me envían cartas todos los días. ¡Incluso hay jóvenes a los que jamás he visto la cara! ¿Te lo puedes creer?
-Me lo puedo creer – respondió Cristina – pero... ¿hay alguno que haya conseguido llamar tu atención? – Al ver que su hermana se sonrojaba, entendió que sí – No me digas que ha sido ese Conde libidinoso.
-¡Hermana! – Le reprendió Helena – deja a Carlos en paz, él no es así. Pero no, no es él. He conocido a un joven extranjero.
-¿Extranjero? – Eso le llamó la atención a Cristina y Helena asintió - ¿De Rima?
-Exactamente. Es un marqués muy rico, guapo, elegante y muy amable. De hecho puedo afirmar con precisión que asistirá a la fiesta de esta noche.
Cristina se sorprendió y, tras aquella confesión, las dos hermanas se dedicaron a buscar con la mirada al joven en cuestión. Helena con la emoción característica de una joven de su edad que busca con anhelo al causante de sus desvelos y Cristina con una curiosidad irrefrenable por conocer qué caballero de origen incierto estaba intentando ganarse el corazón de su hermana pequeña.
Su aspecto destacó por encima del resto de los invitados y eso fue lo que le delató ante Cristina, a pesar de que habría sido descubierto igualmente, ya que esta podía reconocer con facilidad los rostros de las personas más destacadas de Alamár. Observó con detalle sus andares, su forma física, sus gestos... Estaba buscando a alguien.
Se giró hacia su hermana en el preciso instante en el que esta le reconocía y se levantaba con agilidad, perdiendo toda compostura. Cristina le cogió la muñeca y la forzó a quedarse a su lado hasta que el hombre la localizó y se acercó a ella, fijando sus ojos por unos instantes en Cristina.
- Majestad – hizo una reverencia cuando la vio.
- Hermana, te presento a Robert Oxford, un amigo de Rima – A pesar de que había intentado reprimir sus emociones era más que obvio que su hermana pequeña quería su aprobación.
-Es un placer señor Oxford – saludó Cristina con solemnidad – espero que su estancia en Alamár esté siendo fructuosa.
Intercambiaron pocas palabras antes de que el hombre se llevase a Helena para bailar y Cristina no les quitó la vista de encima. Ese joven era sin duda extranjero, pero su acento no pertenecía a Rima. Los habitantes del país costero del oeste hablaban más pastoso y alargaban más las frases, pero Robert no lo hacía. Estaba sumida en sus pensamientos cuando vio como el joven hablaba algo con Helena y esta negaba con la cabeza y volvía hacia ella.
-Hermana – dijo con una sonrisa – Robert quiere ir a la sala de juegos, ¿podrías acompañarnos?
-Soy la reina, me temo que no sería acertado – respondió mientras posaba su bebida – ve y diviértete.
Su hermana pequeña sonrió y se disculpó con la mirada antes de salir tras el hombre que la esperaba, dejando a Cristina pensativa y dudosa de la identidad de aquel extranjero. Estuvo un buen rato observando la zona de baile, añorando aquellos momentos en los que era libre de acompañar a cualquier joven que quisiese.
En un instante algo rompió uno de los grandes cristales de las ventanas, sorprendiendo a Cristina y provocando desconcierto por unos momentos. Los invitados comenzaron a agitarse y antes de que la joven pudiese reaccionar, se encontró rodeada por su guardia personal y siendo sacada de la estancia.
-Mi hermana – advirtió - ¡Buscad a mi hermana!
El caos se creó cuando la lucidez de alguno de los invitados le hizo proclamar que alguien había atentado contra ellos. Varias personas salieron corriendo de la estancia, tropezando unas con otras. Algunos de los guardias de Lady Harrinton salieron a la calle para asegurarse de que nadie seguía rondando por allí cerca y para proteger la salida de los invitados, que comenzaban a marcharse en grupos.
Uno de los guardias acompañó a Helena hasta la reina y esta la cogió con fuerza, abrazándola.
-¿Estás bien? – Preguntó sin soltarla mientras la pequeña asentía, con lágrimas en los ojos – Ya nos vamos, ya nos vamos.
Salieron rodeadas de los soldados hasta el coche, donde igualmente fueron escoltadas hasta el mismísimo palacio. Sabían que las autoridades llegarían pronto, si bien no averiguarían nada, al menos podrían tranquilizar a la familia Harrinton.
Ya tranquilas dentro el palacio, ambas en la habitación que habían preparado para Helena, las dos hermanas pudieron desahogarse.
-Realmente me asusté mucho – dijo la pequeña – es una suerte que no hubiese estado en esa sala justo en el momento en el que rompieron la ventana.
Cristina asintió.
-Fue una experiencia desagradable, sin duda – reconoció – pero por suerte no ha habido ningún daño. Lady Harrinton se sentirá peor que nadie, al fin y al cabo, el ataque fue en su casa.
-Hermana, ¿crees que hayan sido los protestantes?
-¿Protestantes? – Helena asintió ante el desconcierto de su hermana y comenzó a explicarle la situación de precariedad en la que se encontraban las personas de fuera de las murallas, en las zonas más pobres.
-El rey ha subido los impuestos y la clase obrera no puede permitirse pagarlos, por no hablar de los indigentes. Este último mes ha habido algunos atentados contra los muros de la muralla e intentaron irrumpir en la zona media.
-¿Desde cuándo está pasando esto? – en esos momentos se sintió algo despreciable por el hecho de haberse mantenido al margen deliberadamente de aquellos temas. Se había vuelto una ignorante.
-El rey dejó de proporcionar ayuda a la zona pobre hace mucho tiempo, antes de que tú te fueses de casa, pero cuando se acercaba la fecha de la boda, la situación empeoró. Los altos cargos recaudaron más dinero, tanto a pobres como a ricos. Hubo protestas, pero no sirvieron de nada. La verdad es que cuando se celebró tu boda con el rey, la situación se calmó un poco y no pensé que esto volviese a pasar.
Cristina asintió, comprendiendo.
-Utilizaron tu imagen para convertirte en un icono y relajar los ánimos de las personas. Pero deberían saber que el hambre y las enfermedades harán que los golpes vuelvan a producirse. El verdadero problema lo enfrentaremos si esas personas llegan a irrumpir en las casas de familias importantes. Entonces no estaremos seguros.
>> Hermana – el tono de Helena se volvió de súplica – como reina, ¿no hay nada que puedas hacer?
-No puedo interferir en los problemas de estado, mucho menos dar mi opinión sobre una crisis de esta categoría. Me temo que aquí no hay nada que pueda hacer más que suplicar por nuestra seguridad.