Luke M. Septimus. No me hizo falta leer las sobrias letras negras escritas en aquella tarjeta, ni escuchar a Marina pronunciar su nombre para saber a quién pertenecía. Menos aún cuando el propio príncipe del Infierno apareció sentado en el banco que yo misma había estado ocupando no hacía mucho con su actitud chulesca de siempre.
—¿Qué se ta ha perdido aquí, Septimus? —Lo ataqué en cuanto apareció.
Su poca oportuna entrada, junto a la renovada sonrisa de la semidiosa, no auguraban nada bueno. Y podía ser peor si aquella resultaba no ser la primera vez que ambos se encontraban ese mismo día.
—Lo he llamado yo —lo defendió la Reina de las Sardinas—. Tú quieres algo que yo tengo y a mí me interesa ponerle fin a esa desfachatez tuya.
—¿Y qué pinta él? —Insistí.
—Tu recelo me duele, Weiss—fingió ofensa el aludido— ¿Acaso te ha dado algún motivo para desconfiar de mí?
—Los mismos que ella —apunté a quien lo había convocado—, absolutamente ninguno.
—Y eso es recíproco, por eso lo he llamado —siguió moviendo su batuta Marina—. Como ninguna de las dos confiamos en la otra, qué mejor forma de garantizar el cumplimiento de nuestra palabra que apostar utilizando un Juramento de Almas elaborado por alguien imparcial.
No fui la única en alzar una ceja al escuchar eso:
—¿Me pagarás lo acostumbrado, Marina? —Quiso saber el demonio antes de recibir un asentimiento mudo a modo de respuesta— ¡Pues por mí, perfecto!
Tal vez él estuviese feliz de entrometerse en nuestra trifulca siempre y cuando recibiese un pago adecuado, pero verlo así no era tan sencillo para mí. Sabía de antemano que Marina tenía en su mano la carta del Juramento de Almas, no obstante había confiado en poder evitarla en la medida de lo posible, sobre todo conociendo las consecuencias de jugar con algo así.
—¿Creéis que voy a caer en la misma trampa que ella? —Los corté señalando a la dragona escondida tras la mesa de mármol cual víctima inocente ante un terremoto.
—Lo sabes... —se sorprendió la semidiosa, fulminando automáticamente con la mirada a Tessa pese a no tener culpa alguna— Pues eso lo hace todo más sencillo —aseguró ocultando de nuevo el desprecio en su tono—. No puedes romper un Juramento de Almas sin el acuerdo de todas las partes involucradas y Luke creó el nuestro, por tanto es indispensable si quieres modificarlo.
Así que mi cebo tiraría de mí hacia las profundidades mientras me negara a soltar la caña... Por desgracia para mí, desentenderme de la asustadiza Drachenblut a esas alturas no sólo resultaría demasiado sospechoso, tampoco me apetecía:
—Supongamos que te creo —accedí—. Si yo gano esta "apuesta" tuya liberarás a Tessa, ¿y si pierdo?
—No te preocupes, ganarás incluso si pierdes, pues entonces tendrás el inmenso honor de jurarme lealtad absoluta para poder corregir esa actitud irreverente tuya.
¿Jurarle lealtad a Marina? ¡Ni loca! Ni siquiera podía enumerar qué me horripilaba más de esa frase. Sonaba peor que unirse al equipo de waterpolo de los Gremlins.
Nunca habría tenido problema en acceder si pudiera jurar en falso, en la Tierra los juramentos tenían tan poco valor como los chicles, tan pronto un delincuente juraba ante un juez estar arrepentido de su delito como salía absuelto y reincidía. No obstante, aquel no era un juramento cualquiera, sino una magia tan poderosa que incluso había condicionado la vida del mismísimo Sydonai Weissman.
Además, Marina apuntaba esa bala hacia mi tesoro más preciado, la libertad de actuación. Y por muy menguada que se hubiera visto esa capacidad en los últimos tiempos seguía gozando de algunos de sus frutos, algo que desaparecería por completo si la tarada Reina de las Sardinas me ataba en corto. Ya mejor ni pensar en qué querría de mí una vez subyugada. Lo más seguro sería que me convirtiera en algún tipo de trofeo: La demostración visible de que podía humillar al Clan Blanco cuándo y cómo quisiera.
A pesar de mis dudas más que obvias, Luke comenzó a desgranarnos los pormenores del asunto antes de poder poner algún impedimento:
—Os explicaré cómo va esto: Al ser una apuesta en lugar de un juramento sencillo, os puedo conceder tres normas a cada una para que decidáis cómo enfrentaros antes de firmar nada. Dichas normas habrán de ser acordadas entre ambas partes, no podrán romperse hasta que se decida una ganadora y yo mismo me encargaré de que todo se cumpla al pie de la letra.
— ¿Así que la apuesta puede tener cualquier formato mientras acordemos las normas? —Quise asegurarme.
—Correcto. Y las decidiréis de forma alterna. Por supuesto, Marina paga, por lo cual escoge primero.
—Uno contra uno —nos señaló sin necesidad de pensarlo más de un segundo—, tú y yo. Nadie podrá interferir hasta que terminemos.
—¿Estás de acuerdo? —Medió el demonio.
—Me parece bien —acepté. Si tantas ganas me tenía no le pondría difícil encontrarme, pero sí ahogarme—. Entonces yo digo que ninguna de las dos pueda usar su propia magia.
—¿Y esa repentina falta de confianza? —Cuestionó mi aportación la semidiosa.
—Falta de confianza ninguna. Ya has sido testigo de hasta qué punto controlo mi energía existencial, si me emociono demasiado podría provocar un incidente a gran escala—le recordé tratando de imitar la cara de poker de Weissman—. Además, no sería justo medir fuerzas con un intento de diosa que ni siquiera ha ascendido a su Trono de Fe.
Como es evidente, eso era otra trola de campeonato. En realidad, tenía una razón bien distinta para formular mi primera condición tal y como lo había hecho: "Nuestra propia magia" eliminaba de la ecuación un poder que yo no manejaba (la energía existencial "propia"), pero mantenía abierta la puerta a fuentes ajenas como las runas y si Marina no se daba cuenta del matiz me otorgaría una ventaja importante.
Había que saber medir las palabras en un juramento de almas.
—Me subestimas si crees estar a mi altura, con o sin el poder de los mares, pero acepto —cedió con una facilidad pasmosa sin tan siquiera mosquearse por mi insulto—. Eso sí, mejor dejar también fuera las runas y otros artefactos mágicos.
La mención específica tiró mis esperanzas momentáneas por los suelos. Si lo decía por haber notado el hueco en mi frase ya era malo, pero si lo hacía por tener conocimiento de mis trucos anteriores podría ser todavía peor. Tenía un mal presentimiento sobre todo aquello.
—Como si los necesitara —fingí seguridad mientras repasaba a la velocidad del pensamiento mi menguada baraja de recursos— ¿Armas blancas pues?
—Siempre y cuando carezcan de filo fantasma.
¡Venga ya! ¿No sólo accedía como si tal cosa, sino que invertía su última norma en eliminar un elemento de seguridad indispensable en el Palacio Cristalino sin parpadear? ¿No le preocupaba que las dos saliéramos mal paradas con un mal golpe? ¿Acaso su autoconfianza era ilimitada?
Nikuya Muramasa aseguraba que, además de para evitar heridas físicas, el empleo de Filos Fantasma servía para amortiguar el impacto psicológico de blandir un objeto mortal contra alguien cuando realmente necesitásemos hacerlo, pero yo todavía no estaba segura de eso... ¿Pretendía la semidiosa lastrar mi mano con ello?
—Por más que me encante la idea de quitarte las escamas una a una —me apuré a romper el silencio y cubrir mis dudas—, mi padre se metería en un lío si alguna de las dos muere, así que mejor hagamos esto a la vieja usanza: la primera en sangrar pierde.
Marina aceptó alzando la comisura de sus labios como la titiritera que observa bailar una muñeca al son que le marca ¿Sería por haberme forzado a malgastar mi última condición en cubrir la ausencia de Filos Fantasma o tal vez la satisfacía haberme hecho pensar en mi propia derrota?
En todo caso, ya estaba todo dicho:
—Con esa van seis normas, damas —se interpuso Luke entre el desbocado tren de mis pensamientos y yo— Ahora si están de acuerdo y me hacen el favor, dense las manos.
La confiada semidiosa rubia me tendió su mano con el dorso hacia arriba como si me estuviera concediendo el honor de mi vida, algo a lo que conteste estrechándosela con toda la fuerza posible. Mi agarre no era suficiente para provocarle otro dolor al margen del dirigido a su dignidad monárquica, pero con ese me bastaba por ahora.
Consciente de nuestro desagrado mutuo, Luke se levantó para colocarse entre ambas. Sobre la palma de su mano flotaban ocho esferas de lo que parecía humo negro arremolinándose alrededor de varias palabras escritas en tinta fosforescente. Era un alfabeto poco habitual, pero había aprendido lo suficiente de las grafías propias del Infierno en la clase de Runas como para reconocer en ellas parte de las normas que habíamos acordado Marina y yo, así como las consecuencias del juramento.
Dotados de vida por la energía existencial del demonio, los ocho orbes orbitaron alrededor de nuestro apretón, acercándose poco a poco hasta entrar en contacto con nuestras epidermis, derritiéndose entonces a una velocidad irreal y penetrando bajo ellas. Traté de ocultar cualquier signo de incomodidad mientras la inquietante sensación se extendía por todo mi cuerpo lentamente y luego, al llegar al corazón, lo impregnaba por completo de golpe, en una experiencia tan difícil de explicar como de olvidar.
No me alivió en lo más mínimo saber que lo mismo ocurría con Marina hasta notar la disminución en la fuerza de su agarre impuesta por el Juramento de Almas y comprenderlo:
A partir de aquel momento éramos iguales, encadenada la una a la otra por las mismas reglas hasta que alguna de las dos cayera derrotada y con el orgullo destrozado.