Persecución.

By Catgirl97

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Es un borrador, tiene errores de redacción de debo corregir. Espero que les guste. More

Persecución

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By Catgirl97

De modo que allí está él, el bueno de tommy, así acabó el pobre. Sentado en un mugriento piso acompañado por las ratas, con la cabeza entre las rodillas, llorando, orando y pidiendo perdón a Dios como solía hacer de niño cuando se le castigaba por alguna travesura. Allí está él, solo y desdichado; con ropa harapienta y su cabello, que antes solía ser de un rubio brillante y abundante, ahora era opaco y escaso. Pero no porque estuviera viejo, Tom tenía 27 años, pero todo el estrés que envolvía la situación en la que se encontraba, hacía que aparentara más edad de lo que en realidad tenía. Cabizbajo, mugriento y triste, así se encontraba el gran Tom, de corazón tan puro, siempre con esos deseos utópicos de querer librar a la sociedad en la que se hallaba del mal y de las argucias del diablo. Atrapado en un cuarto de paredes tan mugrientas como él, la habitación era tan pequeña que asfixiaba, el aire estaba cargado y no había ventanas por ninguna parte, ni siquiera un respiradero. Era un lugar oscuro y lúgubre, parecía más el sótano de una casa abandonada que cualquier otra cosa. La estancia estaba vacía, excepto por un sucio y mullido colchón a su izquierda y un inodoro averiado en la otra esquina. Entre tanto, en el pueblo reinaba la confusión, todos se preguntaban como podía haberle sucedido semejante cosa a un santo como lo era Tom, querido y admirado por todos los de la iglesia y ajenos a ella ¿será que el pobre perdió la cabeza? sus allegados más cercanos, sacerdotes, hombres del clero, siempre comentaban que Tom se había vuelto extraño desde que murieron sus padres cuando éste era adolescente, y se ha afincado más, con la reciente pérdida de su tío.

En el pueblo no cesaban los rumores, las monjas, los diáconos y monaguillos, creían todo era un complot, que entre la policía y las autoridades gubernamentales habían grupos y sectas seguidoras de satanás, quienes intentaban imponerse y dejar mal a la iglesia católica. Otros, en cambio, opinaban que Tom había perdido la cabeza a raíz de un fuerte golpe que se llevó al caer de unas escaleras, otros decían que se volvió loco luego de aquel ACB, unos cuantos aseguraban que había sido poseído por el diablo y otros más, ajenos a la religión y a la iglesia católica, creían que Tom no era más que un drogadicto y un pobre diablo. Sin embargo mayor era el número de personas que lo defendían que los que lo condenaban. El gran Tom era querido por muchos, ¿y cómo no iba a ser así, si luchaba cada día tan fervientemente por hacer el bien y lo que era correcto? los que estaban en su contra, seguro llevaban el diablo adentro. De modo que nadie entendía como pudo alguien como él acabar en una situación como esa.

Pero él lo sabía, Tom sabía dónde se encontraba y como había terminado allí. No estaba loco como muchos pensaban en un fallido intento de defenderlo, nunca se había golpeado la cabeza ni sufrido un derrame, de hecho, era tan listo y tan cuerdo que cuando estos dos hombres que tanto lo frecuentaban a su confinamiento, de aspecto austero y sin ningún ápice de clemencia en sus voces o en sus miradas, le acosaban con preguntas sobre el asunto, Tom se hacía el desentendido y trataba de persuadirlos, eligiendo concienzudamente el tono de voz, los gestos y las expresiones faciales en un intento acertado de convencerlos de que en serio no sabía nada.

Una vez terminada la charla con estos individuos que tanto mal le causaban, Tom volvió a su sitio y se sentó, oro y tomo la biblia entre sus manos, la observó por un momento y al abrirla, vio que estaba vacía, sólo algunas páginas escritas a bolígrafo, se dio cuenta que no era una biblia sino su diario, así que decidió que mientras esperaba para saber que pasaría con él, lo mejor que podía hacer era escribir. Pidió que se le trajeran un lapicero y enseguida se puso en ello. Escribió sobre su pasado, sobre su presente, para ver si de algún modo podía hallar la solución entre las letras para un futuro terrible que se cernía sobre él. Para ver si hacía desaparecer al demonio que no dejaba de atormentarlo, y es que Tom, veía el mal en todas partes. Veía al diablo en los bares, en los borrachos y en las prostitutas, en los ladrones, en los ateos y en quienes no seguían su religión, veía al diablo en los jóvenes enamorados e incluso creía que había influencias de éste en los berrinches de los niños pequeños.

El padre Tom se crió en una familia humilde pero devota, su padre era sepultero y su madre corista en la iglesia. En su familia, la fe y la tradición católica siempre estuvo presente. Su tía era Monja y su tío un Obispo. Iba a la iglesia cada domingo y en vacaciones lo hacía todos los días. En sus primeros siete años de vida lo obligaban a hacerlo pero con el tiempo, comenzó a asistir y a leer la biblia cada noche por voluntad propia. Nunca se dormía sin orar, pues su madre y su tío, el Obispo, lo habían educado para que fuera un hombre de bien, para que algún día, fuera sacerdote o tuviera alguna posición en la iglesia, de este modo no terminaría pobre como sus padres y además sería alguien respetado en el pueblo.

Siempre se le dijo que estaba destinado a hacer grandes cosas, que su misión, al igual que la de su tío, era ayudar a las personas a alejarse de las tentaciones del mal, y siempre hacer el bien. A la tierna edad de 11 años, Tom comenzó a trabajar con su padre en el cementerio, no le temía a los muertos como los otros niños de su edad, pues desde pequeño, había visto desde lejos como su padre trabajaba arduamente con ellos. Tom era un chico sensible, su casa quedaba cerca del cementerio, casi formaba parte del panteón, por lo que cada noche, Tommy, se escabullía por la ventana de su habitación y se dirigía a las tumbas de quienes habían sido sepultados esa tarde y lloraba durante horas, rezando y orando para que llegasen al cielo. Esto era a lo que Tom llamaba "su misión de vida" creía que su destino, era ayudar a las personas a llegar al cielo. Esto no pasaba con los fallecidos que Tom sabía que habían sido malos. Los ignoraba por completo y de hecho, ni siquiera se encargaba de quitar la maleza de la tumba o ponerle agua a las flores. Esto porque creía que éstas personas, que sabía, por lo que se decía de ellos en el pueblo, hicieron tanto daño en vida, habían sido poseídas por el diablo, y pensaba que si tocaba algo que les perteneciera, incluso si se trataba de la tierra bajo la que se hallaban sus cuerpo, el diablo podría poseerlo a él. Desde pequeño tuvo ésta obsesión, acentuada aún más por las conversaciones que llevaban sus padres y su tío cuando estaban solos en casa. Desde pequeño, a Tom siempre le gustó oír estas conversaciones y discutir sobre temas bíblicos con su tío cuando éste iba a visitarlos, como éste era Obispo, Tom aprendía mucho de él. Cuando sus padres murieron, Tom tenía 16. La muerte de su padre fue especialmente traumática para él, pues estuvo presente cuando esto ocurrió y por si fuera poco, ocurrió mientras discutían acaloradamente. Fue una tarde de verano, él se hallaba en el pasillo del segundo piso estudiando las sagradas escrituras cuando su padre subió molesto ha reprenderlo por haber destrozado una de las tumbas. La tumba en cuestión, le pertenecía a un viejo borracho en el pueblo, de quien se decía, hacía cosas terribles en las noches mientras todos dormían y nadie podía verlo. —No puedes reprocharme por haber actuado como lo hice, éste hombre era el demonio mismo ¿estás de su lado? Gritó Tom ofendido. —De nuevo con esta historia, ¡ya basta Tom! no sé de dónde sacas estas cosas, ni tú tío, ni nosotros, ni la iglesia te hemos enseñado a ser un fanático protestante. De esto no se trata nuestra religión, no puedes aspirar a ser sacerdote si sigues con estos cuentos. ¡Te tildarán de loco! ¡Estás loco y nos estás volviendo locos a todos los demás!—

En eso, su padre quien se hallaba en el descansillo de espalda a las escaleras, resbaló con la alfombra y cayó, se golpeó la cabeza y murió en el acto. Meses más tarde, su madre, víctima de una profunda depresión por haber perdido a su marido, se suicida, y deja una carta en la que pide a su hermano Phillip, el Obispo, que cuide de Tom. De modo que Phillip se hace cargo, no fue un gran cambio en lo que al ambiente se refiere, pues Tom pasaba la mayor parte del tiempo con su tío en los seminarios que éste impartía a diario a jóvenes que serían futuros sacerdotes. Sin embargo, le afecto de sobremanera la pérdida de ambos padres. Su obsesión creció, comenzó a pensar que no era casualidad que esto ocurriera, que satanás le había robado a sus padres y que ahora iría por él, quien tenía el don de hacer llegar al cielo a todo aquel por el que rezase en las noches. Con el paso de los años, sus miedos mermaron, pues, con ayuda de su tío, los estudios sacerdotales y el apoyo de la iglesia, pudo dejar a un lado su paranoia y el raro hábito de ir a las tumbas a orar uno a uno por los muertos cada noche.

A los 26 años, Tom cumplió su sueño y el de sus padres, se convirtió en lo que todos esperaban que se convirtiera, en lo que estaba destinado a ser desde nacimiento, se convirtió en sacerdote, de modo que era él quien celebraba la misa en su parroquia y guiaba a los fieles a seguir el camino de Dios. Todos en el pueblo le querían, los jóvenes le pedían consejos y los ancianos lo llenaban de elogios y pedían su bendición tras acabar la misa. Todo iba bien en la vida de Tom, todo estaba donde debía estar, en perfecto orden. Tom era un hombre alegre que disfrutaba de su labor. Hasta que todo cambia, y los fantasmas de su pasado regresan para atormentarlo. Su tío fallece en un accidente en una tarde en la que el pueblo se llenó de sangre, posterior al accidente, varias muertes ocurrieron esa noche, un sujeto armado disparó a todos en un bar y murieron muchas personas. Lo mismo ocurrió en otros tres bares más. El hecho de que su tío muriera la misma tarde del atentado, no podía ser casualidad, seguro fue el asesino quien lo arrolló mientras se disponía a acometer su crimen, pues nadie en el pueblo se daría a la fuga tras haber arrollado a alguien, y mucho menos si se trata de un Obispo o concretamente del tío Phillip, a quien muchos conocían y apreciaban. Entonces Tom supo que el diablo había vuelto, que había vuelto al pueblo y que iba por él. Así que al enterarse de todo lo ocurrido, de su tío muerto y aquellos disparos que escuchó desde la iglesia, lo invade el pánico empieza a correr, corre pasando por cementerio a un camino que da con el bosque que queda tras éste. Se siente perseguido, siente que alguien lo sigue, pero teme voltear y ver al diablo a los ojos, de repente, tropieza y cae, recibe un fuerte golpe en la cabeza y lentamente todo se apaga, escucha que un hombre lo llama, pero no logra distinguir de quien es la voz. Él sólo espera que no ser atrapado por el diablo. Él sólo espera ser salvado por la misericordia de Dios. Distingue unos pies al lado de su cabeza, y siente esa sensación que sienten todos cuando alguien está tras tuyo pero aún no volteas a verlo, pero en ese momento, Tom se fue. Queda inconsciente y despierta en un hospital, a pocas horas de haber permanecido allí lo dan de alta pero se sorprende al ver que hay un grupo de policías fue quienes lo esposan y lo encarcelan. Y así es como terminé en esta decrépita habitación...

El sonido de unas llaves hacen que Tom vuelva al presente y deje de escribir, de nuevo, los dos oficiales pero hay alguien más. El tío Phillip.

Sorprendido Tom se levanta y se acerca con ojos expectantes y labios entreabiertos, en una expresión de sorpresa y miedo, se dirige hasta el Obispo y lo abraza, llorando por el milagro que estaba presenciando ¡Volvió a la vida! ¿pero cómo? si él mismo lo reconoció en la morgue aquella tarde. —Todo estará bien, Tommy, saldrás de aquí, se te ha perdonado la condena, irás a otro lugar.—Se sentía aturdido, no entendía nada de lo que ocurría, de repente olvidó dónde se encontraba y no entendía nada de lo que estaba sucediendo, todo era muy confuso.

Confundido y sin habla, a Tom le ponen las esposas de nuevo y lo conducen hasta un auto en las afueras de la estación de policías, los dos policías al frente y su tío va a su lado en el asiento trasero pero nadie dice nada, llegan conducen durante media hora hasta llegar a la fachada de lo que parece un gran pabellón donde hay un par de edificios horizontales. Un hospital. O mejor dicho, un sanatario. Era lo que una parte Tom deseaba pero que por otro lado temía, por un lado, se había librado de una condena de no se cuantos años, pero por el otro, acabaría encerrado con los locos, y no volvería a ser sacerdote ni dirigir las misas de su parroquia. A predicar la palabra de Dios a dar consejos a los más jóvenes, ya no ayudaría a su pueblo a librarse del mal, a alejarlos de las tentaciones del diablo que omnipresente en todos lados se halla. Había fracasado, su destino, su razón de ser... lo había perdido todo, vino al mundo con un objetivo y una misión que ya no podría cumplir.

—Lo siento madre, lo siento padre. Los he decepcionado, a ustedes, a los fieles y a Dios mismo, he fracasado. Señor, te pido que me perdones y seas misericordioso. —Decía Tom entre sollozos y en voz baja, mientras se estacionaban para dejarlo en el mismísimo infierno, el pobre Tom estaría en un mar de demonios, caminando entre muertos sin alma con la mirada perdida hasta formar parte de ellos.

Lo condujeron adentro, pasaron por una serie de pasillos, todo blanco y de luz pálida y segadora, en especial porque era de noche. Al entrar en la oficina de quien parecía ser, el director del centro psiquiátrico, los oficiales le quitaron las esposas y se fueron, junto con el Obispo. Tom quedó a merced del director, un señor de mediana edad pasado de peso, llevaba gafas, el cabello gris y unas cejas negras y poblabas, que junto con su mirada fría y penetrante, le daban un aspecto severo. En la habitación también estaban otro doctor y según creía Tom, un enfermero.

De repente, el ambiente cambió. La temperatura bajó y el sonido proveniente del movimiento constante que había en los pasillos del hospital y en otros pisos, desapareció. Las luces bajaron y el enfermero y el doctor que hace unos momentos estaban allí, desaparecieron, se hallaban en la habitación sólo él y el Dr. que dirigía el hospital, que empezó a cambiar de forma, estaba sucediendo de nuevo... el diablo... todo era una trampa, tenía que hacer lo propio, sabía que no podía huir porque al final éste acabaría por atraparlo, además de que pensó que tampoco sería lo que esperaba Dios de él, a fin de cuentas, Tom creía que Dios lo había enviado para acabar con el mal y con el mismísimo diablo, que acechaba en su pequeño pueblo. El proceso mental siempre se repetía, siempre pensaba por instinto en echar a correr, y cuando veía que esto no daba resultado, acababa por armarse de valor y enfrentar a su enemigo, lo ha hecho otras veces. Lo ha hecho tres veces, cuando mató a su padre empujándole por las escaleras cuando éste lo llamó loco. Cuando encerró a su madre la cocina y bloqueó las ventanas con el gas encendido afirmando después, ante todos, que se había suicidado por la pérdida de su marido. Lo hizo también cuando asesinó a toda esa gente en el bar, a los borrachos y a las prostitutas y a gente inocente aunque los mencionados anteriormente desde luego que también lo eran. Incluso una fantasía similar se reprodujo cuando asesinó al Obispo, o mejor dicho, creyó asesinarlo. Lo cierto es que toda la escena del accidente ocurrió sólo en su cabeza mientras éste caminaba por la calle imaginando lo mal que se sentiría si su tío, el único familiar cercano que le quedaba, falleciera de repente. La escena en su mente ocurrió más o menos así: Estaba caminando cuando se encontró a su tío, charlaban y de repente, igual que ocurrió con el director del sanatorio, éste cambió de forma, se transformó en un ser alto con la piel a carne viva, los ojos negros y la boca amplia con dientes afilados y llenos de sangre, Tom corrió y se introdujo en un auto que estaba en orillado en la carretera y que por alguna razón se encontraba sólo y con la puerta abierta y las llaves dentro, creyó que era Dios, ayudándole a derrotar el mal, como siempre. Sin saber conducir, prendió el auto y pisó el acelerador hasta arrollar al demonio que tenía al frente. Al bajarse, corrió hasta a la iglesia donde rezó y oró toda la noche.

Así que allí se encontraba Tom de nuevo, el diablo no le dejaba en paz. Había podido vencerle otras veces, así que no sintió tanto miedo cuando sacó de su zapato una daga, sólo que... esta vez, el diablo no tomó la forma de su tío, de sus padres o de los borrachos y prostitutas de un bar, el diablo se transformó en él, el el mismísimo Tom. Tom, asustado, dejó caer la daga a lo cual el diablo en un gesto rápido la tomó rápidamente, caminaba hacia él, lentamente, con cara inexpresiva y malicia en sus ojos, corrió y derribó a Tom. Tom sostenía con fuerza la mano con la que su adversario sostenía la daga, le escupió en los ojos y pudo obtener la daga, y rápidamente apuñaló su estómago. El diablo, con un grito atroz, brotaba sangre negra y abundante de la herida, se encogió poco a poco hasta hacerse nada, hasta desaparecer por completo. Luego, las luces volvieron a encenderse y el ruido volvió. Seguía en la oficina del director pero ésta se hallaba distinta a como la había dejado hace unos momentos. No había sangre negra en el suelo ni muebles desordenados y objetos rotos. Todo estaba en perfecto orden, excepto por una escultura echa de espejos que ahora se encontraba rota. Frente suyo, se encontraba el director del hospital, quien con ojos muy abiertos y voz autoritaria pero cargada de miedo, gritó y a sus dos compañeros que buscaran ayuda.

Tom, sorprendido por el cambio de ambiente y la mirada de horror que tenían todos, siguió la mirada del director para ver por qué este le miraba de esa manera. Se dio cuenta, en seguida, de lo que estaba pasando. Se llevó las manos a la herida, el vidrio roto que tenía dentro. Comenzó a brotar más sangre, y Tom cayó. Tom, con la fuerza que le queda, se medio sienta, saca su diario, y continúa escribiendo. Al cabo de dos minutos, deja el diario y el lapicero. Y dice:

—No busque ayuda, no es necesario. Estoy bien, lo he hecho, por fin lo he conseguido.

A lo que el doctor responde.

—¿Qué cosa ha conseguido, padre? —Y yo, quien he dejado de escribir y narrar esta historia, digo con lágrimas en los ojos y una sonrisa en los labios lo que por fin he logrado después de tanto tiempo—

—Vencer el mal.

Fin.

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