El compañero

By ElenaMontagud

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El compañero

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By ElenaMontagud

 Dicen que los seres humanos son el único animal que tropieza más de una vez con la misma piedra. Pero yo caí con tan solo tropezar una vez.

Estaba tan, tan sola, que me equivoqué.

 Y entonces ya no estuve nunca más sola.

 La compañía se convirtió en un infierno. Y en realidad no puedo quejarme porque fui yo la que lo busqué.

 “¿Qué tal, preciosa? ¿Qué deseas?”, me preguntó esbozando una sonrisa de galán de telenovela, tal y como yo me lo había imaginado. Los colmillos asomando por la comisura de sus labios y el rabo juguetón no le restaban un ápice de sensualidad.

 “¡Me siento vacía! Quiero a alguien para mí”, supliqué, arrodillada ante él.

 Soltó una carcajada y murmuró algo sobre la estupidez humana, sobre las ansias que sentíamos de ser reconocidos por los demás, de tener siempre a alguien a nuestro lado. Asintió con la cabeza y me lo otorgó. Me agradeció con efusividad el corazón de aquel bebé de la vecina que había conseguido para el sacrificio. Disculpen, señores… Sí, sí, sé que eso está muy mal. Soy consciente de que cometí un asesinato. Tengo muy claro que en cuanto sostuve entre mis manos ese diminuto corazón, me convertí en una maldita.

 Y entonces él se marchó con un truquito que ya estaba muy visto, entre humo y olor a azufre. Yo me quedé sentada en la cama, echando nerviosos vistazos a mi alrededor, tratando de descubrir el compañero o compañera que me ofrecía el Antiguo. Nada. Nadie llamó al timbre regalándome un ramo de flores o unos bombones. Ninguna chica telefoneó invitándome al cine. ¿Qué había hecho mal? Repasé la lista de ingredientes necesarios para invocarlo: cola de hámster, ojo de rana, baba de perro, una pizquita de sangre de menstruación y el corazón de un recién nacido. Había mezclado bien todos ellos. Me había arrodillado cual mortal ante él, sirviéndole en una bandejita el corazón, adornado con un poquito de nata. ¡Y le había gustado! También me parecía extraño que no me hubiese dicho nada sobre mi alma. ¿Acaso no concede los favores a cambio de ellas? Divagando, divagando… Me dormí.

 Y desperté al día siguiente con la sensación de que alguien me observaba.

 Di un grito.

 Y dos y tres.

 Muchos gritos.

 En la pared me observaba mi sombra. Tan oscura como la nada, pero con unos ojillos blancos y vacíos que me miraban burlonamente, como diciendo: “Hola, aquí estoy, vengo a hacerte compañía, me envía aquel que se ríe de ti. Ni siquiera quiere quedarse el alma de una pobre chica solitaria que prefiere invocar al Malvado antes que comprarse un perro o un gato”.

 Yo no soy Peter Pan. ¡Y esta sombra no es nada juguetona! Si al menos se dedicase a hacerme monerías o a mofarse de mí, ¡no sería tan horrible!

 Pero lo único que hace es observarme con sus ojuelos infinitos. Cuando voy a trabajar. Si voy al baño a ducharme o a hacer mis necesidades. Al cerrar los ojos continúo notando su mirada acuciante clavada en mí. Y he pensado si con un cuchillo podría acabar con ella, pero es algo que me da pavor. Porque en el fondo de esos ojos, reconozco al menos una parte de mí.

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