La Casa de los Vampiros

By AnnePSilvest

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La Casa de los Vampiros

Capítulo 1: Rosaline

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By AnnePSilvest

Rosaline

Mientras la familia Horvilleur cenaba en silencio, como acostumbraba, sólo se escuchaba el sonido del viento arrojando las hojas al cielo y los utensilios de plata tintineando contra los platos de porcelana. Durante las cuatro comidas del día a las que siempre asistía la familia entera, era el único momento en el que las ocho mujeres de la casa estaban tranquilas y en paz, estando todas juntas, sin gritos, sin peleas, sin disputas. Sin embargo, la mayoría de las veces no se encontraban, ni dentro ni fuera de su hogar, y no solían mantener las conversaciones típicas de una familia común. Eran distantes entre ellas, y al compartir la cena familiar al anochecer, en una de los salones principales de la mansión, todas se sentaban en diferentes lugares alejadas unas de las otras, mientras la señora Horvilleur estaba de cabecilla; las siete hijas estaban repartidas a lo largo de la mesa, cada una lo suficientemente lejos de la otra como a ellas les gustaba. 

Pero esa noche, los ocho asientos no estaban completamente ocupados; el lugar de Rosaline, la hermana mayor y la que menos tiempo pasaba con su familia, estaba vacío. De por sí Rosaline le restaba atención a su familia, y el hecho de tener una parecía apenas importarle, pero Catherin, la señora Horvilleur no pensaba que su hija llegaría hasta tal punto. O al menos, Camille había supuesto que esos serían los pensamientos de su madre respecto a su caprichosa hermana; y luego desaparecieron de su mente, gracias a la imagen que cruzó su cabeza de Rosaline y su novio actual. 

Su hermana, pensó Camille, cambiaba de pareja cada dos por tres. 

Aunque su hermana no era fácil, no podía estar tres semanas con el mismo chico; jamás se había enamorado, y con veintidós años nunca había mantenido una relación seria. Tampoco había presentado nunca a cualquier muchacho con el que saliera a su familia, y si Camille conocía su aspecto, era porque una que otra vez lo había visto de refilón cuando Rosaline estaba con alguno de ellos en el jardín. Camille había supuesto que eran jóvenes guapos, puesto que su hermana era lo que denominarían «una rosa inglesa». La mayoría de sus hermanas podía estar dentro de esa categoría, y cinco de las siete poseían una belleza extraordinaria; aunque Coraline no quedaba fuera del círculo de extravagante belleza de la generación de mujeres Horvilleur, Camille sí lo hacía. 

    Sus hermanas eran de delicadas mejillas, mientras ella llevaba prominentes pómulos marcados; la piel de Camille era demasiado pálida, y la de sus hermanas, por más que tuvieran un tono semejante al de ella, eran un blanco más común y atractivo; Camille era, también, la más rubia de toda su familia, y por más que tuviera aquéllos increíbles ojos verdes, no era tan bella como las demás.

     Pero antes de que la muchacha pudiera seguir lamentándose por su aspecto y su falla de genética, un ruido sordo sonó en la habitación. Luego risas… y pisadas fuertes y descuidadas de tacones. Acto seguido, Rosaline realizó su aparición en la puerta del salón… no, Rosaline y un chico de extravagantes ojos azules, con expresión seria y preocupada. Tenía a Rosaline con una mano en la cintura y la otra en el brazo, mientras ella reía tontamente y daba pequeños balanceos. Catherin se levantó inmediatamente al ver a su hija en tal lamentable presencia, y dirigió una mirada furiosa y desconcertada al muchacho que acompañaba a Rosaline.

    —Soy… —dijo, pero luego calló, como si de repente no recordara su nombre; finalmente, terminó:— Devian, pero usted puede llamarme como quiera, señora Horvilleur; si quiere apodarme por mi nombre de pila, Dave, no habrá problema.

    Catherin, que ya estaba junto a su hija, observó al muchacho de arriba abajo con mirada crítica.

    —¿Podría decirme qué tipo de relación lleva con mi hija, Devian?

   El chico parecía desconcertado.

    —Creo, mi señora, que se está usted confundiendo. Me encontraba en la fiesta de cumpleaños de mi amigo, cuando esta señorita —explicó refiriéndose a Rosaline— se acercó a mí, e inmediatamente supe que Rosaline estaba ebria.

     Catherin soltó una exclamación, indignada, y rápidamente posó sus manos en el rostro de su niña, que seguía riendo tontamente.

     —De acuerdo… no sé qué decir al respecto. Solamente puedo darte las gracias por traerla hasta aquí… y aclarar que más tarde le daré una fuerte reprimenda a esta jovencita. —pensó un momento, y luego agregó—: ¿Cómo sabía usted, señor Devian, dónde vive Rosaline?

    Devian enarcó una ceja.

    —No puedo mencionarle la verdad, señora Horvilleur; sólo puedo decirle que fue mi instinto.

    Camille no estaba prestando atención al joven que hablaba, solo escuchaba sus palabras con desanimo; pero cuando sintió que alguien la miraba, instintivamente alzó la cabeza, y vio que aquel muchacho llamado Devian era quien la observaba. Apenas pudo analizar su aspecto, pero con una sola mirada la dejó sorprendida: tenía unos hermosos ojos turquesa, y una mota de pelo negro azabache en punta, aparentemente despeinado, que lo hacía lucir… sexy. Devian pareció leer el pensamiento de Camille, puesto que, mientras seguía observándola, le dedicó una radiante sonrisa y bajó los ojos al piso. Acto seguido, dedicó una leve inclinación a la familia Horvilleur y salió sin apuros de la sala, erguido y con paso lento. Tras su salida, Camille volvió a bajar la cabeza, mirando hacia la mesa de madera, con las mejillas ruborizadas.

    Entre tanto, su madre había acompañado a Rosaline al cuarto, y sus hermanas hablaban sobre el muchacho de «increíbles ojos azules», y de lo fácil que era su hermana mayor, principalmente cuando un chico tan atractivo se presentaba ante ella… o, relacionándolo con lo dicho por Devian, cuando ella se presentaba ante un chico como él. Miles de pensamientos cruzaban por la mente de Camille en ese momento, y las palabras sin sentido que decían sus hermanas vagaban  entre ellos. Había quedado hipnotizada por aquel muchacho llamado Devian, y por más que intentaba que aquella mirada saliera de sus pensamientos, no lo conseguía. Cerró con fuerza los ojos, intentando olvidar esa escena, pero solamente consiguió que la imagen de esa espléndida sonrisa se apareciera otra vez. Y esa imagen estaba comenzando a molestarla.

    Supuso que su madre tardaría mucho alistando a su hermana arriba, y como las demás cuchicheaban entre ellas de cosas sin importancia para Camille, agregando que en aquel momento no tenía una pizca de hambre, se levantó de la mesa y se dirigió a su habitación; sus hermanas ni siquiera habían tomado en cuenta que Camille se había retirado.

Habían pasado al menos dos horas desde que Camille había abandonado el salón donde se encontraban las demás Horvilleur, y su madre ni siquiera había ido a buscarla. Durante todo ese tiempo había seguido con delicadeza y concentración las notas que se presentaban en su mente, mientras las pasaba a su violín negro. Cuando las notas salían juntas desde dentro del violín, hacían que Camille cerrara los ojos con placer y creara su propio mundo perfecto: sin que la excluyeran; ella siendo hermosa, aún más que sus hermanas; con un novio o prometido que la amara; con una gran mansión conviviendo con su familia; y con un padre que la quisiera, y nunca la abandonara…

    Y cuando pensaba en su padre, terminaba su ensoñación.

    Richard había creado una familia de siete hijas junto a Catherin, y su matrimonio era muy grande. Ambos se amaban con todo el corazón y se apoyaban mutuamente, sin importar lo que pasara… o eso había pensado Catherin, porque cuando él supo que ella estaba embarazada de una séptima hija, abandonó completamente a su familia, sin dejar rastro. Como cabría esperar, Camille nunca había conocido a su padre, y al enterarse de que él había huido a causa del séptimo embarazo de su esposa, la joven creyó que la ausencia de por vida del hombre, había sido a causa suya; y lo más probable era que sí.

    Camille dejó su mano tensa en el arco, sin que las cerdas de su violín provocaran ningún sonido; había escuchado un fuerte portazo, y a continuación un grito. Dejó su instrumento sobre la mesita de noche, y fue hacia la puerta. La abrió, y cautelosamente se dirigió a la habitación de su hermana, que era de donde provenían los gritos. Agudizó el oído, para escuchar mejor, pero no hacía falta, puesto que mientras su hermana gritaba y su madre igual, el sonido de sus voces retumbaban por todo el pasillo. Era de noche, y Camille apenas podía ver su camino debido a la oscuridad. Sin embargo, gracias al gran ventanal de vidrio que se alzaba en la pared, la luz de la luna lo aclarecía todo.

    Camille llegó al lado de la puerta, y allí se quedó plantada. Intentaba hacer el mínimo ruido posible, pero cuando escuchó el aterrador grito de su hermana y las palabras de su madre contiguas a él, no pudo evitar pegar un respingo y suspirar.

    —-…¡por favor, madre! ¡Basta, por favor! —oyó gritar a Rosaline en una frase cortada.

    —¿¡Desde cuándo te comportas como una mujerzuela!? —su madre ignoró rotundamente los sollozos de Rosaline; Camille escuchó el llanto de su hermana mayor, y no pudo evitar sentir lástima.  Ella no conocía esa parte de su madre, porque nunca la había probado con ella.

    Tras eso, se escuchó el fuerte ruido de algo chocar contra un mueble, y, a continuación, el sonido de una lámpara al romperse. La preciada lámpara de señoritas Horvilleur, pensó inmediatamente Camille. Y sabía lo que pasaría luego de que se hiciera añicos en el piso.

    Y, para mala suerte de su hermana, acertó.

    Su madre dio un aterrador grito, de tal fuerza que no parecía ella misma, y nuevamente se escucharon los sollozos de su hermana, aún más fuertes. Camille se preguntó qué le había hecho, y sin poder aguantar, se asomó al marco de la puerta, y observó la habitación. Había tres velas encendidas, una a punto de caerse, y las cortinas se movían con el viento; Las sábanas estaban deshechas y arrojadas a un costado de la cama, con una que otra mancha en ellas; Rosaline estaba tirada en el suelo de mármol, con un corte en la mejilla y la cara con gotas de sangre, totalmente despeinada y con varias lágrimas surcándole el rostro. Camille esperaba para ver qué haría su madre luego de que la lámpara rompiera, y, sin embargo, se llevó una sorpresa: dejó caer el paquete que llevaba en la mano, observó a su hija con una mirada inescrutable, y luego se encaminó hacia la puerta dando fuertes pasos. Su madre iba más rápido de lo que debía, y Camille no pudo evitar sorprenderse; se ocultó tras la sombra de la puerta, esperando que su madre no la viera, e hizo el menor ruido posible.

    Cuando su madre apareció ante ella, cerró los ojos con fuerza, y luego percibió la mirada una mirada. Abrió los ojos, esperando la fuerte reprimenda de su madre, pero ella ya se iba por el largo pasillo. Camille frunció el ceño mientras se levantaba y se acomodaba las faldas; su intuición nunca fallaba respecto a percibir las miradas de los demás sobre ella. Se giró rápidamente para observar si alguien la acompañaba en el estrecho pasillo, pero no estaba nadie más que ella y el silencio.

     Desconcertada, Camille se dirigió nuevamente hacia su cuarto, subiendo un pequeño tramo de escaleras antes de llegar. Supuso que a esas horas tocar el violín molestaría a su familia, y tras la escena que acababa de contemplar no tenía ganas de hacer enojar a su madre, agregando que estaba sumamente cansada; entonces decidió acostarse, no le importaba si podía dormir o no.

    No obstante, tras un momento de que su cuerpo descansara plácidamente en el cómodo y gran camastro, sus músculos se relajaron, sus pensamientos se fueron y el sueño había acudido de un momento para otro.

    Y, en el momento en que Daniella cerró los ojos para dejarse llevar por el sueño, sintió nuevamente unos ojos que se posaban sobre ella… entonces, miró hacia uno de los ventanales, en el que la cortina no se encontraba, y le pareció ver, sino era falso, el resplandor de unos hermosos ojos azules que la contemplaban de lejos…

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