La loca de la cuchilla en el brazo tendría todas las ansias homicidas que tuviese, pero al menos parecía mínimamente interesada en devolverme a donde pertenecía (y me era más fácil soportarla). Así pues, seguí sus pasos, dando la espalda a la chica encapuchada y al obseso de mi bienestar.
Para mi desagrado, este último no estaba muy por la labor de dejarme en paz (como tampoco lo estaba para responder a mis preguntas), pero al menos hizo una pausa en su incesante acoso al cruzarse con la joven que nos había estado observando en silencio.
—Redfang... —Trató de hablar ella con tono sumiso.
—Ya hablaremos de eso de delatarme a la Sargento de Acero, Argo —la avasalló él con un tono muy diferente al empleado conmigo.
Esas palabras quedaron flotando en el eco de la amplia sala, sin respuesta. Tampoco la esperaban, pues enseguida sonaron los intermitentes pasos de Drake mientras se apuraba a retomar su papel de mi segunda sombra, dejando a la tal Argo silente y envuelta en la oscuridad del lugar.
Schwarz nos esperaba con expresión crispada cerca de la pared exterior. Al vernos acercarnos soltó una exhalación hastiada antes de golpear con la palma de su mano dicha superficie. Al tocar la pared una onda luminosa se expandió por ella como si alguien hubiera arrojado una piedra a un lago tranquilo. Se formó entonces un círculo de luz más grande que nosotros el cual, llegado a su máxima extensión, se abrió desde el centro del mismo en una imagen propia de las películas de ciencia-ficción.
Los tres pasamos bajo la apertura recién formada (sobra decir que, en mi caso, lo hice con bastante reticencia). Entramos así a un espacio tubular poco más grande que el ascensor medio. Todo el habitáculo estaba labrado en cristal transparente, por lo que se podía ver lo que había en su exterior y, para no desentonar con lo anómalo del sitio, en lugar de paredes de cemento o vistas a la ciudad, más allá esperaba un indescriptible espacio lleno de formaciones y cristales translúcidos unos dentro de otros llenándolo todo mirases donde mirases. Era como observar un caleidoscopio gigante hecho de geodas a través de los ojos de un adicto al crack hasta arriba de dicha sustancia.
Lo he dicho y me repito: indescriptible. En cuanto volviese al orfanato iba a tener muchas cosas que contarle a cierta compañera de cuarto... o a un loquero. Y ninguno de los dos se creería ni la primera.
Hablando de locuras, todo se volvió todavía más loco cuando la puerta se cerró tras Drake y el habitáculo se puso en movimiento. Por un instante pude seguir viendo la sala de la que procedíamos, pero pronto desapareció en un torbellino de colores que me hizo agradecer el no ser epiléptica.
No moví ni un músculo mientras estuvimos en movimiento, me ponía de los nervios el simple hecho de estar cargando mi peso en un objeto de cristal moviéndose a toda velocidad a través de semejante montaña rusa.
Afortunadamente, el trayecto no duró demasiado. Pronto el ascensor volvió a abrirse dándonos acceso a un pasillo ascendente formado por multitud de arcos góticos colocados en espiral, todos labrados en el más puro cristal.
No sabía gran cosa de arquitectura, pero muy resistente debía de ser aquel cristal para soportar un diseño tan enrevesado. Sobre todo porque, a juzgar por lo que podía verse a través de él, el pasillo formaba parte de un puente entre dos partes del edificio suspendida a varias decenas de metros sobre una zona ajardinada.
Lo que hasta una persona con estudios mínimos como yo podía comprender era que los rayos de sol bañando la estructura, fragmentándose al atravesarla y tiñéndolo todo de tonalidades cálidas, eran propios del atardecer ¿Ya era tarde cerrada? No había pasado tanto tiempo desde que había abandonado el instituto... aunque, que las horas se me escapasen resultaba lo menos extraño de toda aquella jornada.
Caminé junto a mis dos secuestradores sin ser capaz de formular palabra hasta que el pasillo llegó a su fin, justo ante una puerta de dimensiones ridículas por lo grande, más propia de una catedral que de cualquier otro sitio. Otro aspecto llamativo de ella, así como de la pared en la que estaba colocada era que (y parece mentira tachar de "llamativo" algo así), aunque daban la impresión de estar labradas en el mismo material que todo lo demás, su opacidad impedía tan siquiera intuir lo que aguardaba al otro lado.
Cuando nos detuvimos ante ella, la efigie de una mujer tomó forma sobre las dos hojas que la componían. Al contemplarla surgir de una superficie sólida hasta unos instantes atrás se me vinieron a la mente múltiples escenas de película de terror donde el mobiliario de una casa cobraba vida mostrando horripilantes rostros aullantes de dolor.
Pese a dicho primer pensamiento, aquella dama daba la impresión de ser una representación de la belleza femenina que algún escultor apasionado había liberado de su mente, no un intento desesperado de inquietar a los espectadores. Medía poco más de metro y medio, aunque aparentaba más al no tocar sus pies el suelo. La cubría un largo vestido de una pieza tras el que endulaba su larga melena, confundiéndose ambos conforme se fundían con la superficie de la puerta misma. Cada detalle en ella estaba tallado con tanto detalle que no me habría sorprendido si hubiese cobrado vida al segundo siguiente.
Miento, por supuesto. Porque cuando abrió sus ojos translúcidos y nos miró con ellos no pude evitar sobresaltarme:
—¿Puedo ayudarles? —Preguntó con una voz similar a la de una flauta de vidrio— ¿Qué les trae por aquí?
—Buenas tardes, Crystal —la saludó Schwarz como si estuviera tratando con algún tipo de secretaria—. A mis acompañantes y a mí nos gustaría hablar con el director, si es posible.
Esas eran las palabras más educadas que le había escuchado pronunciar, nada que ver con sus constantes gritos, maldiciones e interrupciones anteriores ¡Y se las estaba diciendo a una puerta viviente!
—Un momento, por favor —Se limitó a contestar la aparición antes de volver a sumergirse en su sólido elemento y desaparecer.
Parpadeé lentamente un par de veces mientras me apretaba las sienes, lo que no le pasó desapercibido al inquieto chico junto a mí:
—¿Qué haces? —Preguntó interesado— ¿Todavía estás mareada?
¿Mareada? El mareo estaba el último en la lista de mis problemas.
—No —le contesté de mala gana—. Sólo estoy desterrando para siempre la palabra "normal" de mi vocabulario.
—Yo que tú mantendría esa boca cerrada en presencia del Director Weissman —reptó desde el otro lado el apunte de Schwarz, quien ni siquiera retiró la vista del portón para hablar—. Es un hombre pulcro, respetable y ante todo, amante del orden —señaló con un inaudito deje de admiración, para luego bajar varias octavas su voz hasta un tono más siniestro—. Una sola palabra fuera de lugar y diseminará tus átomos por el vacío... aunque bueno, eso arreglaría el problema actual.
Su escalofriante seriedad a la hora de soltar aquel comentario lanzó una descarga eléctrica a través de todos y cada uno de mis ya agarrotados nervios:
—Está de broma, ¿verdad? —Interrogué a Drake.
— ¡Claro! —Pronunció antes de dirigir inquieto sus ojos al techo—. Aunque quizás yo haya roto un par de normas y eso seguramente no lo ponga de muy buen humor... así que nunca viene mal algo de educación.
¡Eso no arreglaba nada! ¡Sólo le daba más peso al peligro adjunto en la amenaza de Schwarz!
Seré sincera. No eran pocas las ocasiones en que había sido llamada al despacho del director de mi instituto por una cosa o por otra, así que esa parte no era nueva para mí; pero lo máximo que podía hacer aquel funcionario aburrido y hastiado de su propio trabajo era echarme una bronca (que me entraba por un oído y me salía por el otro), castigarme (de formas totalmente ineficaces) o expulsarme (penalización que nunca había entendido bien, pues era como regalarme unas vacaciones extra por portarme mal). Sin embargo, la vara de medir que empleaban Schwarz y Drake a la hora de hablar de ese "Director" superaba con creces todo lo que me era conocido.
Antes de ponerme todavía más tensa, Crystal reapareció en la superficie blanquecina paralizando mi confuso torrente de pensamientos con una única frase:
—El Señor Weissman los atenderá ahora.
Mientras volvía a desvanecerse, hizo que el portón se abriese con un gesto de bienvenida de uno de sus brazos. Las dos enormes hojas se abrieron lentamente con un grave resonar y yo tan sólo pude tragar saliva ante el abismo que veía en mi futuro:
— ¿Te arrepientes ahora de haber puesto tus sucios pies en este lugar? —Me pareció oír que susurraba Schwarz.
Y si eliminamos la parte de mis pies (que por cierto, estaban impolutos) no iba desencaminada.