¡CAPÍTULO EDITADO Y ALARGADO! Quedó demasiado corto y no me convencía.
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Se habían quedado solos en el local. Erik y ella. Anais y él. Hacía apenas cinco minutos todo estaba lleno de gente y, ahora, no había nadie. Incluso Dani, que solía esperar a que se fuera Anais para acompañarla a casa, se había ido con una chica. Erik, inmerso en la tarea de limpiar su guitarra, ni siquiera se había despedido de sus amigos. Aquel día estaba más serio de lo normal. Si la relación de ambos hubiera sido normal, Anais no habría dudado en preguntarle qué le pasaba y si le podía ayudar en algo. Pero, desde el principio, no se dirigían la palabra más que lo justo y necesario. Así que ni se le pasó por la cabeza el preocuparse por él. En los tres meses que llevaba juntándose con ellos, Anais y Erik no habían congeniado demasiado bien. Quizás porque él vivía inmerso en su mundo. Quizás ella era muy vergonzosa y no se atrevía a hablar con él. El muchacho no le daba miedo en absoluto, pero no se acercaba a él porque tenía la extraña sensación de que a Erik le disgustaba su presencia. Así pues, prefería mantenerse alejada e ignorarlo; daba su caso por perdido.
No obstante, aunque resultara extraño, con quien sí había congeniado era con Karina. Cuando ella llegaba, la tensión que sentía Anais al lado de Erik desaparecía. La muchacha era todo lo contrario a su novio: abierta, alegre y simpática, siempre tenía una anécdota que contar o tiempo para mantener alguna conversación, aunque el tema no le interesara en absoluto. Y no trataba a Anais como una niña pequeña, como a veces solían hacer los demás, sino que tenía la extraña capacidad de integrarla en el grupo, creando una atmósfera de tranquilidad. Aunque le costaba admitirlo, Anais no podía evitar sentir cierta admiración por Karina, que era más mayor, más guapa y, sobre todo, menos cortada. Seguramente, si ella estuviera allí en ese momento, Erik no la ignoraría.
Su móvil vibró. Era Miriam, que le mandaba un WhatsApp preguntándole que cómo estaba.
Me he quedado sola con Erik en el local. ¡Sálvame!
Imposible, tengo clase. No nos podemos ver hasta dentro de dos horas. ¿Aún no te habla?
Te recojo en la puerta de la academia a las seis entonces... Lleva semanas sin mirarme, tía.
Le caerás mal. ¿Le has hecho algo?
¡NO! Si ni siquiera le conozco bien.
Pues háblale tú.
Qué dices, qué vergüenza.
Pero si te parece guapo.
Porque lo es.
Pues háblale.
Es muy mayor y tiene novia.
No tienes que ligar con él, solo hablar.
Me da cosa.
Pues seguirá sin hablarte para siempre.
Quizás habla poco.
Quizás le caigas mal de verdad.
Pues que le jodan.
Háblale.
Qué no.
Sí, venga.
No.
Anais es una cobardeeeeee.
Que te bloqueo, eh.
No hay ovarios.
—Anais.
Ella levantó la cabeza, sobresaltada, y soltó el móvil, sin contestar a su amiga. Le miró.
—¿Sí?
—¿Te caigo mal?
—¿Qué?
—No sueles mirarme ni hablarme, excepto cuando está Karina, así que imaginé que no te caía bien. —Erik dejó la guitarra en una silla y se sentó al lado de la chica en el sofá.
Anais quiso moverse un poco hacia el lado, pero pensó que sería de mala educación.
—Yo no te hablo porque tú no me hablas —le reprochó, con los puños apretados contra las piernas.
—¡Pero si tú ni me miras!
—¡Porque tú ni me saludas y a mí me da vergüenza!
—Pero ¿cómo quieres que te salude si no me diriges la mirada?
—¡Pues llamándome la atención!
Erik se quedó en silencio, sin saber qué decir.
—Entonces... ¿no te caigo mal?
Anais se encogió de hombros, fingiendo indiferencia, aunque sabía que estaba sonrojada.
—No me caes ni bien ni mal; no te conozco.
—Ya, tiene sentido —murmuró él—. Pero podría caerte bien si me saludaras.
—Si me saludas, te saludaré.
—Eso es trampa, pequeña.
—Es picardía, abuelo —se rio ella.
Erik le sonrió de vuelta.
—Bueno, ¿y tienes novio?
—No.
—Pues vaya, si eres muy guapa.
Anais enrojeció hasta la raíz del cabello.
—No te pongas roja. —Erik soltó una carcajada—. Solo te digo la verdad.
—Los cumplidos me sonrojan, como a todos.
—Yo nunca me pongo rojo.
—Porque tu piel es casi negra, eso no cuenta.
—Ah, amiga, es lo que tienen las raíces cubanas.
—¿Eres cubano?
—Sí, mi padre es de Cuba y mi madre es española.
—Vaya... ¿Y has estado alguna vez en Cuba?
—Qué va. No hay dinero para ir, ni tampoco eran tiempos. Pero algún día quiero visitarla.
—Cuando vayas, tráeme un cubano guapo.
Erik volvió a reír.
—¿Acaso no te basta con el tiarrón que tienes delante?
Anais arrugó la nariz.
—Tú eres mezcla, no vales. Y, además, estás cogido.
—Podemos convencer a Karina. —Le guiñó un ojo.
Esta vez, fue ella quien rio.
—Seguro que me pegaba.
—No lo dudes un segundo.
—¿Lleváis mucho tiempo juntos?
—Más o menos, un año y pico o dos. En realidad, no suelo contar el tiempo.
—Eso es muchísimo.
—Ya; yo a veces ni me lo creo.
—Se os ve bien.
Erik sonrió de medio lado y clavó sus ojos en los de ella, pero Anais fue incapaz de descifrar su mirada.
—Sí, bueno, tenemos nuestros pros y nuestros contras... Como todos, supongo.
—Sí, claro, no todo es un camino de rosas, imagino.
Se quedaron en silencio unos minutos hasta que Anais miró el reloj. Eran las seis y cuarto.
—Joder —exclamó—. He quedado hace quince minutos —dijo, recordando en que había prometido a Miriam que la recogería. Se levantó corriendo y cogió su mochila mientras se ponía el abrigo—. Adiós, Erik. Nos vemos mañana. Guarda el bajo en su funda por mí, por favor.
Erik asintió, diciéndole que no se preocupara.
—Mil gracias.
Sin saber por qué, quizás por la alegría de haber comenzado a superar la tensión, Anais se acercó a él y le dio un beso en la mejilla, ilusionada.
—Hasta mañana —susurró antes de huir por la puerta.
Cerró tan rápido que no llegó a oír el leve «adiós» de su nuevo amigo.
Cuando salió, miró el móvil. Tenía varios mensajes de Miriam.
Eeeeeh, contesta. Eeeeeeh, tía, ¿dónde estás? Tía, tía, tía, tía.
Ya vooooy. Estaba hablando con Erik. Ahora te cuento.
¿Te ha besado?
¡Miriam! ¡NO!
Qué decepción. Pues yo creo que le gustas.
Tiene novia.
Da igual, porque a ti sí te gusta.
¡NO! ¿De dónde sacas eso?
Intuición.
No digas gilipolleces, tía.
Ya me darás la razón, ya me la darás... ¿Te falta mucho?
Usa tu intuición femenina para adivinarlo.
Venga, joder, no seas mierdas.
Esa boca, tía.
No he hablado, solo escribo.
Pues esos dedos.
No seas madre, Anais.
Pues habla bien.
Pringada.
Pardilla.
Te estoy viendo. Andas como un pato.
A lo lejos, Anais vio la figura de Miriam apoyada en la pared de un edificio.
A pastar.
Guardó el móvil y levantó el brazo, haciéndole una peineta a su amiga. Sonrió; se sentía feliz como nunca antes.
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Ahora sí está completo. Un saludo, y gracias a todos los que votasteis y comentasteis <3