Damien
Dejé a Eira dormida en la habitación, esperaba que no despertara, aunque no me daría ningún problema.
Me lamentaba caer nuevamente en esto, les abría paso a las voces y si cruzaba esa línea, ellas tomarían mayor fuerza y volverían a dominar mis emociones y mis actos. Era algo que no quería que pasara, pero mientras avanzaba a paso lento hacia la habitación donde tenía a Mónica, la sensación de cosquilleo invadió las palmas de mis manos, desplazándose hasta la punta de mis dedos.
Las ansias asesinas estaban ahí y quizá nunca se irían.
Cuando me encontraba con Eira nunca se manifestaban, no podía pensar en nada más que no fuera ella, me hipnotizaba a tal punto que me era imposible mantener mis ojos y mis pensamientos apartados de su persona. Tal vez erraba al verla como una cura para mis males, pero resultaba ser así, por más alejado de realidad que esto estuviera para los demás, para mí se volvió real o tal vez la fuerza de mi mente era tan grande, que me hacia creerlo.
No le busqué explicación, jamás lo haría, con sentirme bien bastaba. Había dejado de medicarme y esperé un resultado fatal por ello, no obstante, nada pasó y me encontraba bien, lo que sea que esa palabra pudiera significar cuando se trataba de mí.
Puse fin a mis pensamientos y abrí la puerta despacio, disfruté el momento que me brindó el estar con Mónica en el mismo espacio, su miedo se palpaba como si fuera algo físico, casi podía olerlo. Ella estaba atada de manos, colgaba del techo con los brazos extendidos hacia arriba, sus pies apenas y rozaban el suelo, la posición eran agotadora y lo veía en su rostro.
—Damien, por favor —suplicó—. Yo no tengo tu dinero.
—Pero sabes quién lo tiene y dónde está —aseguré sin titubeos.
—Francesco y yo terminamos, él se llevó todo... te juro que no lo sé, Damien.
Me acerqué a ella y la tomé del cabello, enredé mi puño en él, jalé fuerte hacia atrás, elevé su rostro, obligándola a mirarme.
—No te creo nada —mascullé cerca de sus labios—. Cada palabra que sale de tu boca es mentira, así que ahórrate tus excusas.
Ella titubeó antes de hablar, miraba mi boca y cambió su expresión a una sumisa y asquerosamente seductora, lo que me repugnó. Me pesaba haberla follado.
—Créeme por favor —cambió de inmediato el tono de su voz a uno seductor que no funcionaría conmigo—, sé de lo que eres capaz, jamás te habría traicionado.
—Dímelo, Mónica —acaricié su mejilla con el dorso de mi mano—, de cualquier forma, te voy a matar.
El pánico atravesó sus orbes.
—De ti depende de que sea rápido o lento y muy doloroso —susurré, sonriéndole con malicia.
Su labio inferior tembló, la veía dudar y eso era suficiente para mí para estar seguro de que ella sabía dónde estaba Francesco y mi dinero, pero no me lo diría, no lo haría, al menos no por las buenas y bien, creo que por las malas disfrutaría más.
—No lo sé —dijo resignada.
Solté su cabello y mi sonrisa se ensanchó, la cogí de la cara, tocándola con delicadeza, una falsa muestra de cariño antes de lo que vendría. Disfrutaba ver como la esperanza se destruía.
—Te di la oportunidad de hacerlo de una buena manera, preciosa —sollozó, limpié sus lágrimas y embarré sus labios con ellas—, pero siempre has tenido una tendencia masoquista y quieres hacerlo a la mala.
—Damien —suplicó llorando.
Mi sonrisa se borró y la suya acabó destrozada por mi puño que atinó un golpe a su boca. No hubo el menor remordimiento en mí, la veía como vería a cualquier traidor que debía castigar, así era esto en mi mundo, no había distinción de sexos.
Si contabas con las agallas de robarme, deberías tener el doble de ellas para soportar lo que haría cuando te tuviera en mis manos.
—Te debes de sentir bien, ¿no es así? —Escupió la sangre al suelo, le di la espalda, elegía una navaja de entre todas las que había sobre una mesa metálica—, golpear a una mujer que no puede defenderse de ti.
—Eso, querida, sería valido si la mujer fuera inocente. Tú sabías en lo que te metías al entrar a mi mundo, sé realista y date cuenta de que si estás aquí es porque tú misma te buscaste este destino —recordé, volviendo con ella otra vez.
Puse la navaja bajo su mentón, la punta de la hoja se clavó en lo blando de su carne. Veía mi reflejo en el filo y no era nada más que la mascara de un psicópata que sonreía a través de sus ojos.
—Lo sabías ¿no? Pensaste que podías robarme, a mí, a un maldito asesino que no iba a dudar en matarte —esbocé media sonrisa—, ¿en qué estabas pensando, Mónica? Dímelo, dime el motivo por el cual elegiste morir tan pronto.
—Amo a Francesco... por eso lo hice, pero no sé dónde está —confesó al fin.
—Eres tan estúpida —hundí la punta filosa y una línea de sangre escurrió por debajo de su barbilla—, si él te amara, te habría detenido de robarme, pero no lo hizo y le importa una mierda que ahora estés aquí, a punto de ser torturada por mí.
El dolor relució en sus orbes, al igual que la ira.
—Creo que ninguno de nosotros sabe amar, ¿no es así? —Escupió con sorna—. No estás tan lejos de parecerte a él, porque también has condenado a esa pobre chica.
La observé confundido e intrigado, era extraño que supiera de Eira, sin duda, si ella estaba enterada, por supuesto que mis enemigos también.
—¿Quién te dijo sobre ella? —Exigí saber.
—Todos lo saben, la policía te busca por haberla secuestrado, no es muy difícil deducir por qué lo hiciste —prosiguió, sonriendo triunfante—. Su novio, ¿cómo es qué se llama? —Masculló con sarcasmo—, ah sí, Mathias, él está buscándola porque un psicópata la secuestró porque dice estar enamorado de ella.
"Ellos van a venir por ella"
—No... nadie a arrebatarla de mis manos —dije trémulo, retrocedí, contrariado e indefenso. Ellas aprovechaban mi debilidad para controlarme.
"Tienes que matarlos a todos si quieres mantenerla a tu lado"
—Sí —acepté, tomé mi cabeza entre mis manos—. Los mataré a todos... ella es mía, la mantendré a salvo.
"Nos pertenece"
—Sí... es mía, mi Sol
—Después de todo no la amas —dijo Mónica—, dado que la has puesto en peligro, sino es la policía serán tus enemigos quienes vendrán por ella, la matarán y el culpable serás tú... porque la única forma en que pudiste mantenerla a salvo sería no permitiendo que se acercara a ti
Tenía razón y odiaba que fuera así. La realidad me golpeaba con fuerza y me hacía odiarme por ser egoísta y condenar a Eira a esta vida, pero la amaba de una forma enfermiza que no podía imaginar mi vida sin ella.
Lleno de rabia empuñé la navaja y desquité mi frustración contra la piel expuesta de su espalda, un corte detrás de otro, el filo rasgaba la piel con una facilidad sorprendente, mientras abría la carne, la sangre salpicaba en todas las direcciones, manchó mis manos, mi camisa, mi cara, todo el puto suelo. Mónica gritaba, se retorcía de dolor y yo... yo estaba satisfecho, deleitándome con él. La euforia recorría cada recoveco de mi anatomía y las voces reían, celebrando esta victoria.
—¡Dime donde está!
—¡No lo sé! —Exclamó adolorida.
Paré y atiné un golpe a sus costillas, sacándole el aire, ella dejó escapar un quejido, retorciéndose en agonía.
—Dímelo, Mónica —insistí cortando ahora sus brazos.
La sangre caía, humedeciendo su rostro, su cuello y abdomen, al igual que el rímel quedó corrido por debajo de sus ojos, dándole un aspecto siniestro y lastimero; una imagen que la verdad estaba disfrutando.
Me mantuve con ella un buen tiempo, dándole respiros de vez en cuando, para luego volver a torturarla, no fui interrumpido hasta que pasó un tiempo; Quentin entró en compañía de Ruslan, ambos miraban la escena sin ninguna sorpresa o remordimiento, todos sabíamos a lo que nos ateníamos cuando decidíamos entrar a esto, no había piedad, ni diferencia de géneros, todos éramos iguales.
—Por lo visto no ha dicho nada —dijo Ruslan cerrando la puerta.
—La muñeca no quiero hacerlo —dije viendo la sangre en mis manos y saboreando la sensación que me causaba verla y sentirla tibia y espesa.
—Muy mal, Mónica —Ruslan se acercó a ella—, dile a Damien lo que quiere saber... vamos, no prolongues tu sufrimiento.
—No sé nada —dijo en voz queda—. No sé.
Furioso volví a golpearla en el rostro, ya me estaba cansando de esto. Mi tiempo no era algo que quería perder con ella.
De pronto, la puerta se abrió y la persona que menos esperé apareció detrás de ella; Eira estaba allí, miraba horrorizada la escena, sus ojos se dirigieron a Mónica y luego a mí. Apreté los labios y la miré furioso para después dirigir mi mirada a Quentin.
—¿Qué demonios hace ella aquí? —Espeté señalando a Eira.
—¿Qué estás haciéndole, Damien? —Intervino mirándome con horror—. Déjala ir por favor, mira como la tienes.
Ruslan dio un paso al frente, dispuesto a sacarla de aquí, él sabía lo que significaba para mí que ella viera con sus propios ojos lo que yo era; mi Sol estaba consciente de mi sadismo, de mi maldad, pero nunca lo presenció hasta ahora y si antes se hallaba asustada, esta vez iba a empeorar y yo era tan malditamente egoísta y loco, como para impedir que se fuera de mi lado.
—Espera, Ruslan —lo detuve sin dejar de mirar a Eira—. Ella tiene algo que es mío y va a dármelo por las buenas o por las malas —añadí señalando a la Mónica en un intento inútil de justificarme, incluso cuando yo sabía que no tenía justificación alguna.
—¡No tengo el dinero, Damien! ¡Francesco se lo llevó!
De nuevo lo mismo. La miré con asco y volví a golpear su rostro, destrozándole la nariz. La próxima vez serían sus dientes.
—¡No, Damien, para! —Rogó Eira, mostrándose desesperada.
Ruslan la sujetó de la cintura con brusquedad antes de que pudiera llegar a Mónica. No quería que se acercara.
Me acerqué y atrapé su rostro con mi mano, cubrí sus mejillas de sangre, pero a ella parecía no importarle demasiado eso, se encontraba asustada, su pecho subía y bajaba con rapidez, el miedo se veía nítido y extrañamente gratificante en su expresión.
Hice tronar los huesos de mi cuello, sentía mi crueldad avanzar a través de mi medula, serpenteando con su veneno a punto de contaminarme aún más la cabeza.
—Detente por favor —pidió con los ojos llenos de lágrimas—. Déjala ir...
—¡Por favor, Damien! ¡Te lo suplico! —Suplicó de nuevo Mónica.
Su maldita voz me tenía harto, aún más porque no me decía nada de lo que yo quería escuchar. Tuve la intención de callarla, pero la mano de Eira cogió mi muñeca, deteniéndome.
—No lo hagas —temblaba mientras me agarraba con firmeza—, ya basta. Estás asustándome, estás echando abajo todo, Damien.
Soltó un sollozo profundo y agónico, antes de que sus piernas fallaran y las rodillas tocaran el suelo. Mi corazón me pedía parar cuando me puse de cuclillas delante de ella, pero mi cabeza exigía seguir adelante.
—¿Quieres qué me detenga? —Inquirí, sujetándola de la barbilla con cariño, mi voz adquirió un tono dulce y gentil.
—Sí —respondió en un susurro, casi sin aliento.
—Bien. Ruslan, dame un arma.
Extendí mi mano sin apartar mis ojos del rostro de mi Sol; Ruslan puso el arma en mi palma, Eira se paralizó, enseguida la hice ponerse de pie, empujándola contra la pared, después tomé su brazo y dejé el arma en su mano, cubriéndola con la mía.
Sin dudar quité el seguro y apreté el cañón contra mi frente mientras ella me miraba atónita.
—¿Qué haces? —Preguntó entre balbuceos, trataba de quitar la mano, pero yo no se lo permitía.
—Mátame —ordené—. Hazlo, Eira. Sólo así vas a detenerme.
Su labio inferior tembló, sus mejillas se humedecieron por las lágrimas que no tardaron en salir de sus preciosos ojos. La manipulación que empleaba en ella me mandaría al infierno, pero bueno, ese ya lo tenía ganado.
—No me hagas esto... —susurró con la voz rota.
—Anda, mi Sol... quieres que esa traidora se vaya. Mátame. Pon su felicidad por encima de la tuya —dije sin dejar de mirarla a los ojos—. Vamos, Eira, jala el gatillo y termina con su sufrimiento, ella vivirá feliz... mientras tú te consumes de dolor... un dolor peor que las torturas a las que la estoy sometiendo
Era consciente de que estaba siendo cruel, jugaba con su mente como solo yo sabía hacerlo, porque Eira nunca jalaría ese gatillo, ni en un millón de años; aunque fuera consciente de que lo más sensato en este mundo era hacerlo, debía matarme para detenerme, pero pese a todo, me amaba, me amaba tanto que prefería mil veces permitir que yo siguiera matando a estar sin mí.
—Eres crueldad, Damien —le quité el arma y la coloqué en mi sien mientras sonreía como un demente—, un enfermo, ¡un asesino!
—Todos llevamos un asesino dentro, cariño —dije sin dejar de sonreír
—¡Dile que me libere! Haré lo que me pidas. —Eira miró a Mónica, tratando de acercarse a ella nuevamente, se lo impedí.
Luego, vi un atisbo de esperanza aparecer en sus orbes chocolate repletos de acuosidad.
—Si me amas... déjala ir —aseveró firme, enfrentándome y poniéndome en una situación... peculiar.
Mi sonrisa se borró de golpe. Limpié sus lágrimas y deposité un beso fugaz en sus labios húmedos, acto seguido, extendí mi brazo y apunté hacia la cabeza de Mónica, entonces jalé del gatillo, matándola al instante frente a los ojos de Eira.
—¡No! —Sollozó golpeándome— ¿¡Por qué!?
—Me pediste que la dejará ir... se fue, pero al infierno
—¡Te odio, Damien! —Vociferó sin una pizca de credibilidad en sus ojos.
La agarré de la nuca, acercándola a mi cara, su boca a centímetros de la mía.
—Quieres hacerlo, pero no puedes, porque me quieres, me he metido tan profundamente en ti, que eres incapaz de sentir la mínima pizca de repulsión por mí —rocé su boca—, me encargué de eso, mi Sol.
—Suéltame ya, déjame ir. No es esto lo que quiero, por más que te adore —susurró con sentimiento—, no puedo ser lo que necesitas, ¡no soy como tú!
—No, no eres como yo, mi Sol —coincidí, acariciándole la mejilla, ella se alejó de mi toque—, aún no.
Me miró con horror y me aparté de ella, dejándola respirar un momento.
—Demonios —añadí mirando el cuerpo inerte de Mónica—, acabo de perder diez millones de dólares por complacerte.
Ella no me respondió, me empujó y salió corriendo de la habitación, guardé el arma en mi espalda y salí tras ella. Corrí para alcanzarla, siguió en dirección al exterior sin que nadie la detuviera; en segundos llegué a ella, la tomé de la cintura antes de que pudiera subir a la camioneta, incluso si lograba conducir fuera del perímetro, la atraparía antes de que pudiera llegar a la carretera.
—No puedes escapar de mí.
—No quiero estar contigo, suéltame por favor. Ya basta, Damien, estás lastimándome.
—Te haces daño tú misma al intentar huir de algo que ha clavado las garras en ti. No te irás, no me dejarás y vas a tener que aceptarlo. No importa lo loco que suene y lo mal que eso esté, aprenderás a vivir con ello.
Chicos, les recuerdo que esta historia es ficción, solo para entretener, no romantizar situaciones similares a las que están leyendo.