Nicholas y Alex se encontraban en una cafetería del centro de la ciudad.
Nick, que se había pedido un capuccino, estaba remobiendo el café con la cucharilla para disolver el azúcar que acababa de verter mientras que, a la vez, no le quitaba la vista de encima a Alex por el rabillo del ojo —quien no paraba de masajearse una y otra vez la parte de la sien.
— ¿Todavía te dura la resaca? —preguntó Nicholas tras acabar de mover el café para coger la taza y degustarlo.
Alex alzó la vista en un movimiento lento y le dedicó una mirada cansada.
— Sí. No es la primera vez que me emborracho, y sin embargo sí es la primera vez que tengo este insoportable dolor de cabeza —se quejó él con fastidio aún con sus manos sobre su cabeza.
— Admítelo, ya no estás hecho un chaval —bromeó Nick con tono gracioso, ante el cual Alex tuvo que soltar una pequeña carcajada— Anda, tómate el café. Te hará bien.
— ¿Qué tal fueron ayer las negociaciones con los comerciantes? —cuestionó Alex al darle el primer trago a su taza blanca.
— Ah, ¿que recuerdas que teníamos asuntos pendientes con ellos y eres capaz de emborracharte ese día? —preguntó Nick atónito justo cuando se llevaba el vaso hacia la boca de nuevo.
— Necesitaba desconectar, tío —intentó excusarse Alex, aunque de nada sirvió.
— Claro. Y por eso tuve que lidiar yo con todo, ¿no? —dijo dedicándole una mala mirada— Confórmate con saber que lleguemos a un acuerdo verbal. El siguiente paso está casi listo, los beneficios aumentarán notablemente —hizo una pequeña pausa para tomar un trago y ganar un tono más amenazador— Pero la próxima vez que suceda lo de anoche, acribillaré tus pelotas con un bate de béisbol. ¿De acuerdo?
Alex carcajeó de forma sonora, haciendo posible que su risa se escuchase por toda la cafetería. Nicholas le regaló una mirada seria, demostrándole que no estaba de broma.
— Está bien, está bien —repitió fiándose de las palabras de su amigo. Sabiendo de sobra que era totalmente capaz de ello— Pero como toques mis pelotas, yo atacaré a tu chica. Que después de lo sucedido ayer, seguro que acabas defendiéndola —juegueteó Alex con ese comentario.
Nicholas abrió los ojos más de lo acostumbrado. ¿Se acordaba de lo sucedido tras su borrachera?
— ¿Tú no tenías tanta resaca? ¿Por qué mierda te acuerdas de eso? —preguntó fastidioso como si se avergonzase de aquel momento frente a su amigo. Aunque en verdad no era así.
Nicholas lo veía más como una especie de muestra de sentimientos —cosa que no solía mostrar muy a menudo. Y que Alex pudiera llegar a percatarse de ello le aterraba. Siempre había temido que la gente se riera de lo que sentía, por eso no solía compartirlo con los demás.
— Tú lo has dicho; resaca, no alzheimer.
Nick prefirió no contestar y dejar el tema en el aire. Hablar acerca de ello no era una idea que especialmente le gustase. No sabía con exactitud por qué había besado a Jesica la noche anterior. Lo único que tenía claro era que, en aquel momento, estaba deseando hacerlo y que se sintió gratamente bien. Para ser sinceros, una especie de chispa se encendió dentro de él cuando sus labios se rozaron. Y aunque no quiso darle mayor importancia, tenía presente ese hecho.
Estaba anocheciendo y Jesica se encontraba en casa preparando uno de sus examenes finales. Estaba subrayando su libro de historia cuando alguien llamó al timbre. Frunció el ceño mientras se preguntaba quién sería. Miró el reloj que marcaba las 20:34, por lo tanto, pensó que su padre no sería ya que a esa hora aún no volvía a casa. Bajó las escaleras sin prisa, pensando que Evelyn no podría ser porque la hubiera avisado antes. Miró por la mirilla de la puerta y solo pudo visualizar los anchos hombros de alguien que se encontraba de espaldas. La poca luz solar que aún se mantenía en el día, no le hacía posible a Jes averiguar más acerca del individuo. Así que, finalmente, decidió abrir la puerta con cautela.
— ¿Es que me tienes miedo? —tras escuchar esa voz, cayó en la cuenta de quién se trataba.
— Posiblemente. No suelo estar acostumbrada a ver tales niñatos —musitó ella tras abrir la puerta del todo y recorrerlo de arriba a abajo.
Los pantalones vaqueros que portaba se ajustaban de manera perfecta a su cuerpo, resaltando partes visibles a simple vista y zonas más escondidas e íntimas. Su camiseta blanca marcaba en gran parte la superficie de su pecho que, por suerte o por desgracia, estaba un tanto escondida por una camiseta azul vaquero que le quedaba como anillo al dedo.
Jesica necesitó un par de segundos para apartar la vista de su cuerpo. Era muy notable que era un chico atractivo.
— ¿Podemos hablar? —preguntó Nick ofreciéndole con la mano que saliera al porche con el que contaba su casa.
Ella asintió a la vez que su vista recorría su fino rostro. Hasta que no se paró en el grueso de sus labios, no recordó lo sucedido la noche anterior. Internamente se sintió un tanto avergonzada, pero prefirió no mostrarse del mismo modo hacia él. Sintió que sus mejillas cogían algo de color, pero nada de lo que debiera preocuparse.
— Tenemos algo pendiente —repitió las mismas palabras que había utilizado la noche anteior al ambos despedirse. Jesica dibujó, involuntariamente, una pequeña sonrisa en su rostro. Aunque pronto se quiso deshacer de ella.
Nick tomó asiento en el banco que se encontraba en el porche, justo después de Jesica.
— Habla, te escucho —espetó Jes sin más, sabiendo que Nicholas entendería a qué se refería con ello.
— Estuvo bastante bien la representación —expuso él adrede de modo pasivo. Jesica le dedicó una mirada acusadora que le hizo continuar— Está bien —admitió en el sentido de que sería sincero— Debo confesar que me encantó. Todo estuvo genial, pero sobretodo tú; que estuviste asombrosa —musitó Nicholas mirándola a los ojos.
Ésta vez Jesica si notó que el color de sus mejillas cobraba mayor protagonismo al colorearse de un tono más rosado.
— Muy bien. Ahora, ¿por qué no pudiste decirme eso mismo la noche de la representación en vez de desaparecer como un cobarde? —le recriminó ella.
— Porque.. —Nick tuvo que pensar dos segundos antes de soltar la siguiente palabra. Por poco cuenta el verdadero motivo; no era aconsejable que se encontrase con su padre, el juez, ya que podría echar el plan a perder. Cuando esa última parte pasó por la mente de Nicholas, algo lo hizo retorcerse internamente. Y no era una buena sensación, precisamente— Estabas siendo el centro de atención, no quería llegar yo y quitarte todo el protagonismo.
— Tienes razón —confesó Jesica arrugando los labios— Con lo feo que eres seguro que hubieras sido el centro de atención. ¡Por cierto! —exclamó como si se acabara de acordar de algo— Había un representarte del circo, posiblemente si lo hubieses conocido habríais hecho un buen negocio —sonrió maliciosa.
Nicholas sonrió de lado demostrando que, aunque se estuviera metiendo con él, le gustaba. Cosa extraña, ya que nunca le había agradado eso con nadie. Exceptuando con Alex, que ya se había convertido hasta en algo común.
— Gracias, pero prefiero que hagan negocio contigo; la mujer barbuda —ésta vez era él quien mostraba una sonrisa maliciosa, devolviéndole la jugada de la mejor forma.
Jesica tuvo que morderse la lengua.
«Idiota», soltó claramente mientras que Nick carcajeaba audiblemente.
Tanto él como Jes tenían en mente lo que había ocurrido la noche anterior, pero ambos desconocían el motvio de por qué sucedió exactamente. Ninguno dijo nada, ninguno nombró el asunto. Tal vez debería de ser Nicholas el primero en hacerlo, pero no quería forzar la situación. Aparte, ¿desde cuando daba explicaciones al robar un beso? Si no fuera porque Jesica en ese momento estaba irritada debido a los comentarios de él, le hubiera robado otro como el de la noche anterior. Pero recibir una bofetada era el principal motivo que lo echaba para atrás.
De igual modo, eso no iba a impedirle imaginarlo en su cabeza como estaba haciendo exactamente en esos momentos mientras Jesica decía algo a lo que él no prestaba atención.
Nicholas echó el seguro del coche nada más bajarse de éste. Se aseguró de que estaba truncado para evitar posibles robos y caminó por el pequeño paseo que te llevaba hasta la entrada de casa.
Por un momento, le vino a cabeza aquel momento de su infancia en el que estaba en ese mismo césped aprendiendo a montar en bici. Tracy le había comprado una bicicleta roja —fue uno de sus primeros regalos—, pero Nick estuvo más de una semana sin querer montarse en ella y sin prestarle atención. Le costó admitirle a su madre que no sabía montar cuando ésta se lo preguntó. A la hora de escapar tras robar en pequeñas tiendas como solía hacer cuando era pequeño, la única opción que tenía para huir era echar a correr calle abajo, puesto que no contaba con una bicicleta. Y por desgracia, en el centro de acogida tampoco. Tracy le enseñó a montar, aunque le costó hacerle ver a Nicholas que no importaba si se caía cien veces; lo importante era levantarse y aprender del error. Y en cierto modo, fue una de las primeras lecciones que le enseñó su madre debido al parecido que tenía con la vida.
Nick sonrió cuando llegó a la altura de la puerta tras recordar aquellos maravillosos momentos. Su infancia había sido dura, pero Tracy le había ablandado el camino en numerosas ocasiones; haciendo de su vida un mundo mejor. Y no le cabía duda de que lo que era a día de hoy, se lo debía a ella.
Sacó la llave de casa y entró. Sorprendió a su madre durmiendo plácidamente en el sofá. Era la hora de la siesta, por lo tanto, era normal. Tracy dormía con una media sonrisa en su rostro, posiblemente debido a lo que estaría soñando y con sus manos sosteniendo su rostro. Parecía aún más angelical que de costumbre.
Nick no quiso despertarla y la dejó dormir. Besó su frente y se posicionó en el sofá contrario, fue a coger algo para picar de la cocina y se puso a ver la televisión un rato.
Elvis escuchó los pasos de Nicholas y fue a investigar de qué se trataba. Cuando lo visualizó, comenzó a mover su cola hacia ambos lados mostrando que estaba feliz de verle. Se posicionó a su lado en el sofá y esperó a recibir las caricias de su segundo amo, que no tardaron mucho en llegar.
Nick estaba contento en haber dado con Elvis, era una muy buena compañía para su madre. El primer sueldo que ganó, se lo gastó en eso mismo. Tracy era una mujer viuda, aunque ni siquiera lo pareciese. Michael Katnes había sido su esposo durante muchos años y sufrió su pérdida poco después de adoptar a Nicholas. Michael poseía una enfermedad terminal que acabó con su vida en apenas unos meses. Por aquel entonces, Tracy sufrió mucho; pero la llegada de Nick a su vida le facilitó muchísimo las cosas. Ella y su marido no podían tener hijos por el método tradicional debido a que Michael era estéril —algo que no habían sabido durante sus juventudes—. La adopción era la mejor opción que poseían, pero Tracy tenía sus dudas al respecto. Una charla en la habitación del hospital con su marido, le hizo ver que adoptar un niño sería una de las mejores cosas que haría en su vida. Un mes después, Nicholas de casi diez años, apareció en sus vidas. Tracy quiso llevarlo a conocer a Michael, no viviría el resto de su vida tranquila si su esposo no conocía al que sería su futuro hijo. Varias semanas después, falleció. Y aunque aquellos fueron tiempos muy difíciles, Tracy siempre lo recuerda con aquella sonrisa de felicidad al contemplar a Nicholas frente a él y al ver la alegría de su mujer ante la llegada de lo que supondría un nuevo comienzo.
— ¡Hijo! —exclamó su madre un poco ensoñiscada mientras rasgaba sus ojos al despertarse. Nick volvió rápidamente la cabeza hacia ella y sonrió nada más verla. Su madre era hermosa, tanto por fuera como por dentro— ¿Qué haces aquí?
— Si quieres me voy —bromeó él mientras ella se incorporaba.
— No digas tonterías —soltó ella junto a una pequeña risita— ¿Cuándo has llegado? ¿Por qué no me has despertado?
— Hace un rato. Estabas durmiendo muy plácidamente, sería un delito haberlo hecho —Tracy sonrió llena de dulzura. Aunque Nicholas superase la mayoría edad, para ella seguía siendo aquel niñito tímido y dulce que llegó a su casa hacía más de doce años.
— ¿Esta noche no tienes que trabajar? —preguntó ella robándole un par de patatas fritas de su regazo.
— He quedado —admitió él con una sonrisa picarona en sus labios.
— ¿Has quedado? ¿Con quién? —quiso saber su madre alzando sus finas cejas.
— Con nadie —contestó él queriendo restarle importancia a lo que había dicho segundos atrás. No había sido su intención que esa estúpida sonrisa se le escapase, pero aunque la hubiera conseguido disimular mejor; su madre lo conocía demasiado bien.
— Ya, claro. ¿Te piensas que soy tonta? —expuso echándose una patata a su boca.
Nicholas mantuvo la mirada con ella varios segundos.
— No tengo quince años, mamá. Tus cuestionarios no me hacen efecto —soltó al levantarse del sofá para devolver los cubiertos al fregadero.
Tracy fue detrás suya.
— ¿Es que no confías en tu madre? —Nicholas estalló en una carcajada que le hizo fruncir el ceño a su madre— ¿Qué pasa?
— ¡Es lo mismo que decías cuando tenía quince años, mamá! Te aconsejo que te modernices un poco si planeas que te cuente algo.
Tracy arrugó los labios para más tarde soltar una carcajada. Su hijo tenía razón, es lo mismo que decía cuando era un adolescente para hacerlo sentir mal de algún modo.
Nick contempló su reloj para ver la hora, aún le quedaban un par de horas libres.
— ¿Quieres que veamos una película? —le ofreció a su madre.
— No hasta que no me cuentes con quién has quedado.
— Vale, pues la veré solo —musitó Nicholas saliendo de la cocina para volver a la sala de estar.
— ¡Está bien! —bufó Tracy— Quien debería de ceder ante las leyes del otro eres tú, no yo. Para algo soy tu madre, ¿no?
— Ese es el problema de conocer a alguien tan bien, mamá —dijo guiñándole un ojo. Tracy se cruzó de brazos y lo miró de reojo, adoptando la típica pose de madre. Nicholas carcajeó, tenía a su madre justo donde quería. La conocía muy bien para saber qué era lo que le irritaba. Se acercó a ella y sin previo aviso la estrujó entre sus fuertes brazos, la sonrisa apareció al momento en el rostro de Tracy.