Luego de pensar lo suficiente en aquella propuesta terminó excusando y disfrazando aquella mala idea con la respuesta más sencilla y necesaria que se le pudo ocurrir, su guitarra y los recuerdos de su padre lo merecían.
Llegó a casa mucho después de la media noche y esperaba encontrarse con Marcos al umbral de la puerta, pero eso no sucedió, cosa que le intrigo pero que no le dio mucha importancia. Introdujo la llave en la cerradura y después del click, giró el cerrojo. Todo estaba en penumbra, iluminado levemente por la luz de la luna, la cual entraba a través de la ventana y la cortina, el viento la movía con suavidad indicándole que la ventana, estaba abierta. Nuevamente ignoro aquello y se dirigió al baño.
Allí se despojo de su ropa, las cuales sentía que pesaban más de lo habitual, estaba cansado y sobre todo estresado, un baño renovador y un sueño agradable era todo lo que necesitaba para pensar mejor en como haría para sacar a la señorita Foster de su casa sin tener más problemas de los necesarios. El agua estaba tibia y eso lo agradecía de enorme manera, de lo contrario estaría sometiéndose a más tensión de la que ya poseía en su cabeza.
"¿Y si nos vamos por la parte de atrás?"
Pensó introduciendo su cabeza en la cascada incesante que salía de la ducha, observando sus pies húmedos.
—¿Y si nos atrapan? —dijo en un susurro para hacer una mueca— ¿De verdad estoy considerando hacer eso?
No podía creer que lo único que venía a su mente fueran formas de ayudar a cumplir el capricho de aquella muchachita, ni siquiera hacia un intento de imaginar alguna otra forma de actuar, debería de poder convérsela de otras soluciones, porque después de todo no pensaba vender su guitarra, eso jamás, preferiría quedarse sin empleo que hacerlo. Y como si de un mal chiste se tratara vino a su mente la imagen de Samantha con su rostro afligido, triste y melancólico. No, no podía verla así de nuevo, no quería de hecho.
Agito su cabeza provocando que el agua en su cabello llenara la losa del baño. Qué le importaba a él que ella pusiera esa cara, que se sintiera triste y sola, sin ninguna forma de escapar de aquella casa que la mantenía cautiva, que no la dejaba respirar aire nuevo, conocer personas nuevas, disfrutar de pequeñas cosas, que podía importarle si lloraba sola en su habitación a falta de amigos reales, a falta de amor familiar real.
¡Rayos! ¿Qué le importaba aquello?
Cerró con pesar la regadera tomando una toalla verde militar que estaba a un lado y la pasó por su cabello sin salir aun de la ducha. Después de observar que ya no caía tanta agua de su cabello la enrolló en su cintura dirigiéndose al lavamanos, miro su semblante en el espejo y se preguntó si estaba bien. No se sentía enfermo, pero tampoco se sentía como si fuera él, algo claramente había cambiado pero no sabía qué y menos el porqué.
Tomó su cepillo dental y comenzó con la tarea de higiene, era normal que aquellas cosas del aseo personal lo agobiaran mucho, en su carrera era necesario tener buena presencia, sobre todo buenos hábitos de higiene para no dañar su imagen.
Una vez en su habitación se colocó su pijama, el cual constaba con un mono de algodón negro y una camisa manga larga verde oscuro, algo suave y cómodo, no deseaba pasar frío esa noche, la cual parecía y prometía serlo. Pero todo lo contrario de ello dentro de sí mismo se creó un infierno.
El sueño no fue placentero, comenzó con un prado verde y hermoso, flores en amarillo y naranja rodeaban el lugar, las hojas de los arboles parecían estar cambiado su color, el cielo estaba claro, sin ninguna nube en él. Estaba maravillado por aquella imponente vista, había conejos blancos con colita de algodón de azúcar, mariposas jugueteando en el aire con alas de papel origami y el canto de muchas aves.
Caminó por allí, tocando todo lo que podía del lugar y cerrando sus ojos ante aquella explosión de sensaciones. Necesitaba de eso. Paz y armonía.
¿Armonía?
¿En qué momento las aves habían dejado de cantar para dejar en el aire aquellas notas musicales? Giró su cuerpo para encontrarse con que la escena había sido cambiada, ahora estaba en una casa que no pensaba en el gasto y las necesidades comunes. Todo era de oro o plata, brillante y muy extravagante. Elegante y con clases como... Ella.
Caminó apresurado por aquella sala dirigiéndose a donde provenía el sonido de aquel piano. Necesitaba saber quién era capaz de tocar de aquella forma, era una melodía esplendida, no existía error en cada sonido.
Maravilloso, ingenioso, armonioso, triste, melancólico y solitario.
Así le hacía sentir aquella melodía, cuando al fin encontró la puerta de donde provenía intentó abrirla pero por más que trató, ésta, estaba cerrada.
¿Será que si tocaba le abrirían?
Pero y si hacerlo producía que aquella música dejara de existir. No, no quería dejarla de oír, ciertamente prefería escucharla desde allí a que dejara de existir.
—¿Qué quieres? —Le dijo una voz a su espalda. A lo contrario de lo imaginado no se asustó, la voz le parecía tan familiar que solo se limitó a contestar sin voltear mientras acariciaba con su mano la perilla de la puerta.
—Soy Logan—respondió.
—Eso lo sé, lo que quiero saber es quién eres en realidad—esa pregunta le tomó por sorpresa.
¿Quién era él?
Nunca se tomó la tarea de pensar sobre el mismo lejos de aquel hombre que mostraba ser, siempre que alguien le preguntaba aquello respondía con su nombre y apellido, también podía decir de dónde provenía y que profesión ejercía, incluso hasta su edad o signo zodiacal pero de allí a decir quién era realmente no. Nunca tuvo esa duda. Nadie le preguntó algo tan profundo y necesario.
—Yo soy... —observó como aquella imagen que lo rodeaba parecía oscurecerse, debía pensar, debía... Debía ver quién le preguntaba aquello.
Se dio la vuelta esperando ver a alguien desconocido, quizás un ángel o un demonio que quería agobiarlo dentro de un sueño que se volvía poco a poco pesadilla, pero al contrario de todo lo que pensó estaba ella. Samantha Foster, hija de seres de la alta sociedad, la mimada y caprichosa, la...
Observó el vestido que llevaba, digno de una princesa, o al menos de una chica de su categoría. Rosa pálido con cristales dibujando así una enredadera de flores, un poco debajo de su muslo, con un escote algo insinuante. No pudo evitar observar la perla que colgaba en un hermoso collar de oro blanco, al menos eso imaginó. Y aquellos pendientes, tan delicados como hermosos.
—Tú... —dijo con cierto rencor en su voz. Lo que le hacía falta, tenerla también en sus sueños atormentándole la vida. Ya no podría tener paz ni siquiera en su cama.
—Dime Logan ¿Quién eres en realidad? —la chica parecía seria sobre aquel asunto, no estaba molestándolo o observándole con aquellos ojos llenos de picardía y travesura. No, esta vez ella parecía alguien más, una chica madura casi adulta la cual le podría superar en cualquier cosa que deseara.
Abrió sus ojos con pesar, aquel sueño le había perturbado más de lo debido. Él no solía soñar cosas que le creara la necesidad de pensar de más. Pero allí estaba sentado sobre su cama observando la ventana, sabía que si volvía a dormir volvería a soñar con ella, con esa mirada fría y cautivante. De todas las cosas que podían pasarle tuvo que terminar en casa de aquella niña hija de papi y mami.
Se levantó para ir por un vaso de agua, al menos eso si tenían en su cocina. No podía darse el lujo de perder ese empleo, no si quería sobrevivir un mes más. Se sentó nuevamente para así pensar en qué hacer. Como podría salir con ella en busca de su instrumento sin ser visto o peor aún, ser detenido por secuestro.
Si, seguramente eso diría su padre si se enterara de que quería llevarla a las calles sin su consentimiento.
¿En qué lio se había metido esta vez?
Realmente era un inmaduro al dejarse manipular de esa forma por aquella niña, todo hubiese sido más fácil si se hubiera negado de una vez ante aquel capricho de ella y se hubiera ido de aquella enorme, elegante y lujosa mansión.
Pero ahora era demasiado tarde, ya estaba frente de aquella propiedad maquinando y esperando que su plan de escape por unas horas funcionara sin ningún contratiempo o consecuencia.
Que iluso resultó ser al imaginar que aquella mala idea podría funcionar.