V
ENTONCES LEVANTA SU WHISKY Y LE DICE TE AMO
Ella pidió la ronda. Tiene un modo de ordenar que los meseros obedecen sin chistar. Y lo hacen de excelente humos. Quizás, porque desde que se acercó el mesero que habría de servirlos, ella le sonrió con una sonrisa que podría sonar a sutil complicidad. Tal vez por eso, o simplemente porque se trata de una mujer hermosa. Y, ella lo sabe, se lo ha dicho a él, siempre da gusto servir a una mujer hermosa.
Él, cierto, lo sabe. Sabe que esa dama que lo acompaña y de la que ha entrado del brazo es una mujer que llama la atención; de esas que inevitablemente provocan reacciones de envidia en los demás hombres. Pero no porque se adivine una mujer fácil de llevarse a la cama, sino por su aire fino, distinguido, porque tiene algo que la hace indecentemente atractiva, elegantemente deseable.
Él los sabe, Porque él es igual. Cuarentón, oscuramente bien parecido, con un estomago que ya se asoma más de la cuenta, sin embargo tiene algo que cautiva: su risa. Se ríe con tal frescura y desparpajo, que sin remedio dan ganas de saber de qué está hablando. Sabe, pues, la mujer que trae, y él también sabe lo que tiene. Y lo manifiesta a la menor provocación.
Ella pide, entonces , la ronda. Su vodka tónic, y whisky con agua mineral para él. Apenas les sirven, chocan sus vasos. Él la mira atentamente. O más que eso, no despega los ojos de ese punto que brilla en las pupila y algunos identifican como el alma. Mira el alma de ella, como si tratara de descubrir más, mucho más de lo que se distingue a simple vista. Ni el ruido proveniente del exterior interrumpe la concentración de su mirada. Porque afuera hay un barullo enorme. Es la cena de fin de año que ha organizado el hotel, y la gente baila, se abraza y bebe al ritmo del grupo de música afroantillana. Son pues, los únicos clientes del bar; apenas comenzó la gente a ponerse sus gorritos y a soplar los espantasuegras, ellos abandonaron su mesa y se dirigieron al bar; es curioso, pero aunque el sitio este vacío , los meseros pasan uno tras otro con las charolas cuajadas de vasos.
Pero aún así, basta con que ella haga el más insignificante gesto para que el mesero se acerque. Como esta vez que ella suplica le consiga un cigarro; no muchos, solamente uno. Y se sonríe, en parte por el vodka y en parte por que sabe lo que puede lograr con una sonrisa apenas dibujada, pero se sonríe; y el mesero asiente. Conseguirá ese cigarro, por supuesto que sí.
A él le gusta que ella sea así; la anima a que lo sea más. Le pone pruebas: a que no le pides a ese señor su periódico, o a que no le preguntas a ese chavo si de verdad es tan rica esa cerveza; pruebas que ella aceptaba de inmediato y que acomete con gusto. Pruebas que ocurren cada vez que salen juntos, o sea cada vez que salen, por que son marido y mujer.
El se enamoró de ella por esa circunstancia. O cuando menos en gran medida. Por su forma de beber, por que delante de un buen tequila , ron o vodka, ella se seguía de filo, e incluso lo dejaba muy atrás. Los unía el alcohol más que otra cosa. En sus primeros tiempos, cuando aún no habían formalizado nada ni había nada que formalizar, y sólo se veían como dos aventureros, solían llenar la cajuela del coche de botellas de vino, llenar el tanque y emprender un viaje sin retorno; no se detenían hasta que la aguja marcaba que no había más gasolina. Pues allí se detenían y entonces destapaban una botella y enseguida la otra y otra, hasta beberse todas. Habían perdido la cuenta de las veces que lo hicieron.
Llevaban diez años así. Y era evidente que los estragos los había sufrido más él que ella. En el rostro del hombre las huellas del alcohol habían dejado lo suyo de modo irreversible; en su rostro y en su estómago. Porque siempre había sido un hombre delgado. En cambio ella conserva esa agilidad y esa tersura de la que él siempre se ufanaba adelante de sus amigos, buenos bebedores todos ellos. Quizá por eso, porque bebía a la par de los hombres, las mujeres no la veían con tan buenos ojos. Se sentían desplazadas, incapaces de alternar así con sus maridos.
Pues él ha puesto su mano en el muslo de ella. Es maravilloso hacerlo. Porque el es un seductor nato, y porque es lo único que los une: el trago y la lascivia. Arquitecto de buena prosapia, si en un principio ella se había mostrado interesada, exageradamente interesada en los trabajos de él, ahora ni siquiera los mira. Él pasa de largo delante de ella, cargando maquetas. La mira con disimulo, esperando que acaso ella le pregunte sobre el proyecto ; pero es inútil. Más le vale seguir de largo. Cuando él llega hasta su camioneta, algo lo ha transtornado. sabe exactamente lo que es, pero también sabe que no debe dolerle.Porque lo que lo une a era mujer no son precisamente sus buenos modales o opiniones sobre arquitectura, sino, el trago. Por eso siempre tiene una buena dotación de botellas : desde tequila hasta licores, whisky, anis. Porque en el momento menos esperado ella le suplicará que le sirva una copa, y él habrá de correr solicito a servírsela. Lo hace por dos cosas: por que le gusta beber, sentarse a beber con ella, con su mujer, y porque sabe que esos tragos habrán de devenir en una estupenda sesión en la cama.
Como la que espera está noche. También quieren estar solos por eso; no nada más porque odien los sombreritos o la gente abrazándose como si tuviera en la espalda un salpullido incontrolable, sino por que la oscuridad y el aislamiento son amigos de lo que les aflige esta noche: excitarse hasta el delirio, hacerse el amor enfrente de todos. Sin hacérselo. Cada uno sabe lo que eso provoca en el otro. Disimuladamente ella abre sus piernas y él sube la mano. Tienta lo que quiere tentar. Toca lo que quiere tocar. Tienen diez años de casados. Y la pasión parece ir mucho más allá de lo que pueden expresar. La pasión por la que permanecen casados, por la que permanecen juntos.
¿ De veras es eso?, se lo pregunta él. Su mano se ha humedecido, huele a ella. Por eso la mira tan obstinadamente. Porque quiere profundizar hasta los últimos reductos del alma de esa mujer. porque ha empezado a sentir ciertos síntomas, ciertos achaques de esos que de pronto, de la noche a la mañana hacen polvo a un bebedor. Y quiere indagar qué pasaría si dejara de beber, si el médico se lo prohibiera, si el mundo se le viniera encima. Qué pasaría con ella. ¿De veras lo quiere tanto? ¿de veras lo ama a tal punto, así como para no irse a la cama con otro que beba como él ahora, que la haga sentir lo que él cuando bebe? Quiere decírselo, quiere preguntarselo. Pero prefiere beber. Que el whisky se deslice por su garganta. Para que preguntárselo. Si él ya sabe cuál será el final. Sabe perfectamente lo que le gusta a su mujer, y sabe que por más amor de por medio su mujer no le será fiel diez meses, ni siquiera dos. Sabe de sobra porque, reflexiona, él haría lo mismo; sabe que hay cosas que son imposibles de sustituir, que su mujer es exactamente como él la ha hecho, o mejor aún, que ambos han escalado hasta cimas que a los ojos de cualquier profano le provocarían náuseas. Que ese individuo común y corriente sería incapaz de mirar hacia abajo por el temor de caer, por el vértigo. Pero eso es lo que lo tiene ahí, con la mano puesta en el sexo de ella, bebiendo su whisky . Que él y ella han llegado, gracias al alcohol, que los ha deshinibido y enervado hasta puntos incomprensibles para el resto de los mortales; que han llegado a amarse como dos perros, como dos gatos, como dos animales para quienes lo único que existe es ayuntarse y nada más. Él la mira y le pregunta todo eso. Le basta con mirarla tal como lo haría un observador procaz, mirarla a los ojos, al alma de sus ojos, mirarla y agredirla. Agredirla con amor por que sabe que lo va a dejar. Entonces levanta su whisky y le dice te amo, mi amor. Y añade: Feliz año nuevo. Que seas inmensamente feliz.