Los músculos me duelen, la luz de la tarde ilumina el cielo, el lodo se ha secado en nuestras botas y el sudor nos baña, después de un tormentoso día, el sol brilló con mucha intensidad. El reflejo mismo de lo que muchos pasamos a diario. El reflejo mismo de lo que hemos pasado esta semana porque después de la tormenta llega la calma. Ya hemos removido por lo menos los escombros de dos graneros, y las mujeres han limpiado dos hectáreas afectadas. Es momento de irse. El señor Ángel, Yago y yo vamos al sendero que dirige al pueblo, Gavia y mamá nos alcanzan.
- Algunas mujeres escucharon tu discurso y corrieron la voz, creo que nosotras somos más comprensivas que ustedes, ninguna se retiró de los huertos. Al contrario, hubo más unión – le dice Gavia a Yago, tomándole el hombro.
- Solo dije lo que pienso – le responde.
- Ahora veo porque el coronel Strad mostró su admiración por ti. Tienes una fuerza y una solidez increíble para proteger tus ideales.
- Son buenos muchachos, que nadie les diga lo contrario – dice el señor Ángel, quien se despide de nosotros con un abrazo. Gavia también lo hace.
Los tres caminamos a la casa, Nerea esta con Dara, esperándonos desde la puerta principal.
- Encendí el calentador desde hace rato, ya ha de estar el agua tibia – nos dice Nerea.
- Gracias, hija – le dice mamá tomándole la mejilla. Todos entramos y cerramos la puerta. Debo lucir tan cansado como me siento.
- Estas bien – me pregunta Nerea.
- Sí... estoy... cansado.
- Vayan a tomar un baño y bajan a cenar – nos ordena Carol, y sin replicar subimos a nuestra habitación.
Me arrojo a mi cama y siento mis músculos relajarse ¡Oh dios! Por fin descanso un rato. Me duele la espalda y temo no poder levantarme nuevamente, Yago tendrá que arrastrarme a la ducha ¿Ves? Eso te pasa por aparentar ser fuerte, igual que tu hermano.
- ¿Entras tú primero? – me pregunta.
- No... no, báñate tú primero – le digo con dificultad. Escucho su risa burlona.
No le hago caso, contemplo la pared blanca que esta frente a mí. Mis ojos se cierran, hago un esfuerzo por mantenerme despierto, pero no solo estoy agotado físicamente, sino mentalmente. No quiero pensar en nada mas, no quiero pensar en nadie, ni siquiera en mí. Quiero perderme en un vacío, no quiero volver, no quiero volver, no quiero... siento frio, pero al instante me cubre el calor, es tibio, reconfortante, siento una caricia en la frente, luego en la mejilla, me siento apapachado, a gusto, contento, cansado...
"sh" "sh" "Jamil" escucho mi nombre, me estoy moviendo, abro los ojos poco a poco. Veo borroso y me limpio las lagañas de los ojos, arrugo la frente por culpa de la luz, ¿Por qué Yago prende la luz?
- ¿Qué? ¿Ya te bañaste? – le pregunto, aturdido. Se empieza a reír ¿Cuál es la gracia?
- Ya amaneció, soquete.
Me levanto de golpe. ¡Es cierto! veo la puerta de la terraza y la claridad de la mañana entrar. Me quede dormido, algunos músculos aún me duelen, ¿Cómo rayos...?
- Te estaba llamando cuando salí, pero te vi tan perdido que no insistí en despertarte – miro la cobija y me miro los pies descalzos - sí, yo te los quité -. ¿Tan perdido me quede? No puedo evitar arrugar la nariz por mi olor, cielos.
- Sí, apestas, así que metete a bañar ahorita y bajas a desayunar, aún queda mucho por hacer – me ordena - ¡apúrate! – me dice mientras me sacude con más intensidad.
- ¡Ya voy! – le grito. Sale del cuarto. Con gran dificultad, hago lo que me dijo.
- Buenos días, dormilón – me dice mamá al verme, mientras recoge los cubiertos de la mesa, me acerco para darle un beso en la mejilla.
- Buenos días... ¿Y las niñas? – le pregunto.
- Ya se fueron al Centro.
- ¿A qué hora es? – pregunto angustiado.
- Las nueve – responde Yago, escucho a mamá abrir la llave del fregadero y también el choque de la vajilla, como si fueran truenos fuertes.
Yago se levanta, y va a la cocina, yo me siento y me agarro la cabeza, ¡rayos! Es la segunda vez que amanezco tan mallugado, la primera vez fue el miércoles. Yago me pone un vaso con leche en frente, un tazón de puré de avena, una naranja y un bollo.
- Anda, come – me ordena, le doy las gracias y comienzo. Él se sienta frente a mí, sin decir nada, se pierde en sus pensamientos.
- ¿En qué piensas? – le pregunto después de un largo rato de silencio.
- Extrañaré este lugar.
¿Por qué no habría de ser así? Aquí crecimos, aquí pasamos nuestros mejores momentos, aquí jugamos a diario, aquí aprendimos a ser fuertes.
- Yo también – le digo, esta vez sin reproche; sin molestia – pero estaremos mejor, ¿no es así? –
- Sí – sonríe.
Continuamos con el tercer granero, subimos los escombros a los camiones transportadores. A pesar del dolor me esfuerzo por seguir adelante, todo estará bien, estaremos bien. La tarde cae de nuevo, terminamos, nos vamos a casa de nuevo, cenamos y dormimos tranquilamente.
Los sábados acostumbramos a trabajar solo medio día, el resto de la tarde descansamos, algunos salen a jugar en los jardines, otros se quedan en casa, nosotros acostumbramos a ir a la sección C para surtir nuestra despensa de pastas, aceites y si nos alcanza, nos compramos alguna golosina o antojo superficial, pero como el lunes nos iremos de aquí, no hay necesidad de salir a comprar nada. Al contrario, Carol nos manda a repartir algunas cosas que nos sobran en la alacena, cuando nos mudemos a la sección central, la alacena estará repleta de alimentos enlatados y pastas. Bueno, eso nos mandaron a decir en la mañana.
- Muchas gracias – nos dice la señora Agatha, una de mujer de 45 años con dos niños pequeños, el padre murió de una enfermedad terrible, nadie se atreve a decir de qué exactamente, pero no creo que sea nada bueno. También perdió una parte de su huerto en el incendio.
A ellos principalmente les repartimos nuestras provisiones, a las familias de los tres graneros y los huertos destruidos. Llegamos a casa, Carol ya tiene un rico caldo de verdura para la cena. La temperatura ha bajado, el frio se siente, el aire fresco envuelve a quien sale al exterior después de las siete de la noche.
- Huele delicioso, como siempre – dice Yago, dándole un beso en la frente a mamá.
- Siéntense, en seguida les sirvo una taza de té de manzanilla – dice, volviendo a la cocina.
- ¿Puedo llevar una de mis muñecas a la nueva casa? – dice Dara, quien se sube a la silla y pone su muñeca de trapo y paja encima de la mesa.
- Claro, no creo que esté prohibido – dice Yago.
- Pero bájala de la mesa, vamos a cenar – le digo, en ese momento llega mamá y nos pone las tazas con té caliente, en frente de nosotros.
- ¿Ustedes ya cenaron? – pregunta Yago.
- Sí, hijo, ustedes cenen – y lo hacemos.
Terminamos y les damos las buenas noches a mamá y a las niñas. Dando por hecho que ya no saldremos, subimos las escaleras y entramos a nuestro cuarto. Esta vez me baño yo primero y después Yago, platicamos un poco sobre todo lo que ha pasado últimamente, ya no me duele hablar de eso. Bueno, solo un poco, pero tengo que aceptar que lo que hace Yago es para nuestro bien, y aunque la idea no me agrade tengo que apoyarlo, es lo menos que puedo hacer, es lo menos que espera que haga y no pienso abandonarlo, como él no lo ha hecho conmigo. Dejamos a un lado el tema y veo cómo se avienta sobre su cama. Me muerdo los labios, inseguro de lo que haré pero finalmente lo hago: me acerco a él y me acuesto sobre la abertura que forma su brazo y su pecho. Él no dice nada. Simplemente me envuelve con sus brazos y cierra los ojos. Su calor me arrulla y ambos descansamos.
Sacamos las cajas de ropa que tenemos guardadas, las de Dara, Nerea, Carol, Yago y las mías. Las extendemos en un par de roperos y en una de las mesas que también sacamos. Algunos vecinos se acercan a probarse lo que les queda y lo que no, inclusive Gavia y su familia nos ayudan a repartir las prendas. Al medio día nos deleitamos con una rica agua de limón con hielos, tan refrescante, que se antoja ir al lago que queda al norte de la sección para aventarse y nadar. Dara se entretiene jugando con las hijas pequeñas de Gavia y Nerea está con la mayor, entre ellas se tienen compañía, no están solas, no me imagino que sería de nosotros si no tuviéramos una persona en la que confiar, porque supongo que todos tienen una persona con la que pueden contar. Una persona con la cual compartir tus temores, tus ideas, tus alegrías, tus tristezas... mamá y Gavia son muy amigas, al igual que sus hijas con nuestras hermanas, el señor Ángel... no sé, supongo que también tendrá algún amigo por allí, Yago... diría que tiene a Anuar pero, después de lo del martes, no sé... bueno y luego estoy yo... pero no tengo amigos cercanos, nadie sabe nada de mí, en realidad no soy de esos que gustan de rodearse de muchas personas, incluso en el Centro Estudiantil Juvenil me decían perdedor. Eso me deprime. Quizá no me he dado el espacio suficiente de conseguirme a un amigo, ¿Qué se sentirá ser el mejor amigo de alguien?
- Jamil, trae la mesa – me ordena Yago, algo me cae en la cabeza, es un trapo, el tonto me aventó un trapo. Lo veo metiendo las cajas y riendose ¿Cuál es la gracia? ¿Ya repartimos toda la ropa?
Parpadeo varias veces para alejar mis vagos pensamientos, escucho las risas de Nerea y Cyra, las encuentro sentadas en el jardín, en frente de mí. Me miran y bufan de risa, miro el trapo que sigue en mi cabeza, es un trapo negro y lo agarro... ¡idiota! No es un trapo, es un bóxer, y es mío, rápidamente lo aguardo en el bolsillo de mi pantalón, ¡de eso se reían! que pena, siento la sangre recorrer mi cara. Me volteo para tomar la mesa y me meto rápidamente a la casa.
- Si gustan pueden quedarse a comer – escucho a Carol decirle a Gavia mientras dejo la mesa en el comedor y acomodo las sillas alrededor.
Yago aparece bajando las escaleras. Meto mi mano a mi bolsillo, saco el bóxer y se lo aviento.
- ¡Que gracioso eres! – le cae en la cara y escucho su risa, toma el calzón y lo huele, me quedo pasmado ¿Qué diablos hace?
- Uh, huele rico – corro a quitárselo – tranquilo, está limpio – dice jugando, levanta la prenda alejándola de mí. Con dificultad logro tomar el elástico y lo jalo. Se sigue riendo, jalo con más fuerza y el bóxer sale volando.
- Chicos ayuden a... ¡ah! – aparece Carol en la entrada y veo la prenda en su cara. Se la quita y la contempla en sus manos, nos mira furiosa.
- Él empezó – le digo, señalando a Yago. Él sólo se ríe.
- ¡Dejen de jugar y vayan a casa de Gavia por la comida que prepararon, vendrán a comer con nosotros! – dice y me arroja el bóxer de vuelta, lo tomo y lo aguardo en mi bolsillo nuevamente.
- Ni se les ocurra sacarlo para jugar, porque les doy una tunda que no olvidarán – nos regaña mientras Yago y yo salimos de la casa. Las niñas entran. No me gusta que me regañen, y mucho menos sabiendo que no fui el culpable, arrugo la frente.
- Ya, no te enojes tú también – dice Yago, quien me abraza y sonríe, lo alejo.
- Ya, déjame – le digo, pero logra sacarme una sonrisa.
Llegamos a la casa de Gavia y ahí está el señor Ángel con una cacerola en las manos, a punto de salir.
- Hola muchachos, traigan esa otra olla, tomen otras dos sillas y cierran la puerta al salir– nos dice, agarro las llaves que nos offrece.
Yago toma la cacerola y yo las dos sillas, al salir, dejo un momento las sillas en el suelo y le echo el seguro a su puerta para cerrarla.
Todos comemos, las niñas en la sala y nosotros en el comedor, hablamos de varias cosas, la primera vez que los conocimos, los nacimientos de las niñas pequeñas, los trabajos en los huertos... incluso de los momentos más difíciles.
- Los vamos a extrañar, no tienen idea de cuánto – dice Gavia, tomando la mano de mamá, ella le sonríe.
- Gracias amiga, yo también los echaré de menos.
- Y tú, hijo, cuídate mucho. El peligro siempre está presente y más ahora que eres de la brigada de seguridad– le dice el señor Ángel a Yago – los queremos a todos, y aquí estaremos si nos necesitan.
- Gracias señor, por todo su apoyo en estos años – le responde.
- Bueno – dice mamá, limpiándose un poco las lágrimas de los ojos mientras se levanta y va a la alacena de la cocina – sabiendo que es un momento especial, vamos a brindar – dice mientras regresa con una botella de licor en la mano derecha y cuatro vasitos pequeños de cristal en la mano izquierda.
Gavia y Ángel ríen, Yago y yo nos sorprendemos ¿En dónde lo tenía aguardado? Una mejor pregunta sería ¿Desde cuándo? Mamá regresa a la cocina y trae unos limones, un salero y un cuchillo, con el cual parte los limones en dos ¿Para qué?
Cada uno toma un vasito, Ángel abre la botella y comienza a servirnos un poquito. Yago y yo nunca hemos bebido pero siempre hay una primera vez, nos quedamos viendo nuestros vasitos.
- Tómenselo rápido y sin respirar, luego toman un gajo de limón, le echan sal y lo chupan, eso es para que no se les suba – nos dice Ángel, ¿Qué se nos va a subir?
- ¿También podemos brindar? – pregunta Nerea, acercandose y sonriendo, Cyra esta tras ella.
- Claro que sí, hijas, sírvanse jugo de limón que sobró, está en el refrigerador – le dice mamá.
No podemos evitar reírnos de la cara que ponen. Ellas también quieren probar el licor. Me tapo la boca para reducir el bufido, las dos salen de la casa, molestas y decepcionadas.
- ¡No lleguen tarde! – grita Gavia en cuanto escucha la puerta cerrarse.
- Muy bien, este brindis es por nuestra amistad, por nuestras familias... - dice mamá, levantando el vasito, Gavia y Ángel hacen lo mismo, Yago y yo los imitamos – salud.
- Salud – respondemos todos al mismo tiempo. inhalo profundamente, cierro los ojos y doy el sorbete.
La garganta me quema y un golpe de calor me llena la cara, ¡Ay wey!, doy un quejido mientras exhalo, el fuego se expande hasta mi estómago, ¡Wow! Qué sensación tan curiosa. Tomo un pedazo de limón, le echo sal y lo chupo, la sensación acida me hace arrugar la cara.
- Esta bueno ¿No? – nos pregunta Ángel riendo. Solo asiento.
Después de otro momento de plática y otros dos sorbetes, decido subir a mi cuarto. Me despido del señor Ángel y Gavia. Me dan un abrazo fuerte y subo las escaleras. La garganta aún arde, de momento siento que mis ojos se desorbitan pero sacudo la cabeza para volver a la normalidad. El cielo está naranja, camino a la puerta de cristal y salgo a la terraza. El aire me golpea, cierro los ojos y respiro. Siento la frescura en mi cara, pero extrañamente sigue caliente y no se enfría con el aire. Abro los ojos de nuevo y todo me da vueltas. Busco una de las mecedoras que tenemos allí y me siento, me tallo la cara con las manos, esperando poder ver mejor. Veo los colores que se funden en el cielo naranja, amarillo, rojo, morado; me siento... no sé, me siento extraño, siento calor.
- ¡Hey! Mira lo que traje – aparece Yago, quien se sienta en la otra mecedora. Se trajo la botella.
- ¿En serio? – pregunto bromeando. Sirve un poco en uno de los vasitos y me lo da, lo agarro y me lo trago sin pensarlo. Sigo rugiendo después de unos cinco tragos.
- ¡Oh, rayos! ¿Así sentirán los dragones al escupir fuego? Ja, ja, ja – digo sin poder contener la carcajada, no sé si es gracioso pero... me da gracia.
- Qué bueno que no somos dragones... - dice Yago mientras tose.
- Serías un gran dragón. Grande, fuerte y poderoso – le digo.
- ¡Ah, por favor! También tú serias grande, fuerte y poderoso.
- No... no, yo no sería un dragón.
- ¿No? Entonces ¿Qué serías?
- Un árbol... - lo miro y ambos carcajeamos.
- Un árbol enorme – me dice.
- No... un árbol delgado y frágil, es más, sería una ramita – digo, juntando mis manos, como si tuviera una rama entre ellas y la rompiera.
- ¡Ya cállate!, si eres una ramita es porque quieres.
- Es lo que puedo ser, es lo que soy.
- No, no, no, no... - dice Yago, negando con la cabeza – no, no... ¡Ay wey! – se detiene y parpadea – no eres una ramita, eres una roca.
- ¿Roca? ¿Me estás diciendo inútil?
- No... eres duro contigo mismo, con todos en realidad, eres lo que quieres ser, una roca, una rama, un dragón...
- Y tú ¿Qué quieres ser? – le pregunto.
No me contesta, se queda pensando, le da un sorbo a la botella y se vuelve a mí.
- Quiero ser importante para alguien - Saco la lengua y aprieto los dientes generando un sonido gracioso. Me rio a carcajadas.
- ¿Qué es tan gracioso? – pregunta.
- Tu estupidez, eso es gracioso.
- ¿Soy estúpido?
- Eres importante para todos, para mamá, para Dara, Nerea, los campesinos, Anuar, para el coronel Strad...
- ¿y para ti? – dice, interrumpiéndome. Volteo a verlo, ¿qué se supone que debería responder?
- Eres mi hermano.
Veo su decepción al voltearse nuevamente, ¿quería que le respondiera? ¿que estoy enamorado de él?
- Mírate, guapo, atlético, fuerte... solo, mírate. ¿Qué chica no se fijaría en ti?
- Nerea... o Dara.
- ¡Ellas son niñas y son nuestras hermanas!
- Ya sé, solo bromeaba.
- Como sea... Así debe ser... Así será.
Voltea a ver al cielo, y luego se pierde en algún punto del frente.
- ¿Ves esa casa de allá? – señala con el dedo, una casa entre los árboles, en estos momentos no recuerdo de quién es.
- Sí, la veo.
- Esta bonita ¿No? – y comienza a reírse, lo miro con los ojos entre cerrados. No es gracioso.
Se levanta con dificultad y se acerca a la puerta para meterse adentro, por alguna razón tropieza y cae de rodillas en el suelo, sin soltar la botella y sin dejar de reir. Dejó el vasito en el piso, debajo de su mecedora. Me levanto para ayudarlo pero el aire me golpea y me hace tambalear. Me sostengo de lo que encuentro. Me agacho para tomarlo del brazo, él sigue riendo, diciendo una zarpada de incoherencias... creo que también yo las digo. Lo ayudo a llegar a su cama y al aventarlo, me voy con él, caigo encima de su espalda.
- Oye, eso estaría fabuloso – dice, quejándose y riendose.
- ¿Qué? – le grito, despues de los cinco segundos en que tarda mi mente en comprender sus palabras. Estoy más torpe de lo normal, intento levantarme pero resbalo, escucho sus risas y de repente se da un giro para quedar frente a mí
– me rindo – digo, y finalmente me dejo caer con todo mi peso.
Miro a la pared, estoy sobre su pecho y sube y baja de forma descontrolada. Está ardiendo y yo también. Juego con su playera, haciendo nudos con mis dedos, escuchando su jadeo entrecortado. Su mano derecha llega a mi rostro y la izquierda cae sobre mi espalda y la desliza lentamente hacia abajo. Aprieto los puños ante su caricia descomunal. Nos hemos abrazado, besado, tomado de las manos... ¿Qué sigue? la sangre fluye entre mis venas como rafagas de fuego. Lo deseo. Quiero besarlo desenfrenadamente. Quiero sentir cada vello de su suave piel, probar el salado extasis de su cuerpo.
- Dime que me amas... dime que me deseas.
Su mano esta en mi gluteo y lo aprieta. Mis pensamientos van de un llado al otro y estoy en una encrusijada entre mi razón y mi instinto. siento cosquillas en a entre pierta y no que algo crece debajo de mi. Aprieto los dientes y volteo a verlo. Se acerca a mí y me besa. Respondo con gran intensidad. Nuestro aliento alcoholico se mezcla con el olor a sudor de nuestros cuerpos. Cierro los ojos pero ya no consigo abrirlos, ¡demonios! intento liar mis pensamientos... me es imposible.
- ¡Hey! – me dice.
- ¿Qué?
Sus palabras se escuchan tan distorcionadas que no las capto, algo referente a mí... "Yo te a..."
me pierdo.