El Caballero Carmelo y otros...

By Maria2015ArAre

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Abraham Valdelomar nació en Oca el 27 de abril de1888 y murió a edad temprana(31 años), en 1919. En su corta... More

El Caballero Carmelo
:O
:(
Hebaristo el árbol que murió de amor
:)
II
IV
V
VI
El alma de la Quena
Los ojos de Judas
Parte sin título 16
:O
:(
Parte sin título 19
El vuelo de los cóndores
Parte sin título 21
Parte sin título 22
Parte sin título 23
Parte sin título 24
Parte sin título 25
Parte sin título 26
El Buque Negro
Parte sin título 28
Parte sin título 29
Parte sin título 30
Yerba Santa
Parte sin título 32
Parte sin título 33
Parte sin título 34
Parte sin título 35
Parte sin título 36
Parte sin título 37
Parte sin título 38
Parte sin título 39
Parte sin título 40
La Paraca
Parte sin título 42
Parte sin título 43
Parte sin título 44
Parte sin título 45
El palacio de hielo
Parte sin título 47
Parte sin título 48
La Virgen de cera
Parte sin título 50
Parte sin título 51
El beso de Evans
Parte sin título 53
Parte sin título 54
Parte sin título 55
Parte sin título 56
Parte sin título 57
Parte sin título 58
Parte sin título 59
Parte sin título 60
Parte sin título 61
Parte sin título 62
Parte sin título 63
El círculo de la muerte
Parte sin título 65
Untitled Part 66
Parte sin título 67
Tres senas, dos ases
Parte sin título 69
Parte sin título 70
Parte sin título 71
Untitled Part 72
Parte sin título 73
Parte sin título 74
Parte sin título 75
Cuentos chinos(sátira política)
Parte sin título 77
Las vísceras del superioro seaLa historia de la poca vergüenza
El Hediondo Pozo Siniestroo seaLa historia del Gran Consejo de Siké
El peligro sentimentalo seaLa causa de la ruina de Siké
Los Chin-fú-tóno seaLa historia de los hambrientos desalmados
PaWhong-Fau-Sang o sea La torva enfermedad tenebrosa
Cuentos humorísticos
La tragedia en una redoma
La historia de una vida documentada y trunca I
II
III
La ciudad sentimental Un cuento, un perro y un asalto

Parte sin título 15

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By Maria2015ArAre

II

Mi padre que era empleado en la Aduana tenía un hermoso tipo moreno. Faz tranquila, brillante mirada, bigote pródigo. Los días de llegada de algún vapor vestíase de blanco y en la falúa rápida, brillante y liviana, en cuya popa agitada por el viento ondeaba la bandera, iba mar afuera a recibirlo. Mi madre era dulcemente triste. Acostumbraba llevarnos todas las tardes a mi hermanita y a mí a la orilla a ver morir el sol. Desde allí se veía el muelle, largo con sus aspas monótonas, sobre las que se elevaban las efes de sus columnas, que en los cuadernos, en la escuela, nosotros pintábamos así:

f f f f

xxxxxxx

Pues de los ganchitos de las efes pendían los faroles por las noches. Mi padre volvía por el muelle, al atardecer, nos buscaba desde lejos, hacíamos señales con los pañuelos y él perdíase un momento tras de las oficinas al llegar a tierra para reaparecer a nuestro lado. Juntos veíamos entonces "la procesión de las luces" cuando el sol se había puesto y el mar sonaba ya con el canto nocturno muy distinto del canto del día. Después de la procesión regresábamos a casa y durante la comida papá nos contaba todo lo que había hecho en la tarde.

Aquel día, como de costumbre, habíamos ido a ver la caída del sol y a esperar a papá. Mientras mi madre sobre la orilla contemplaba silenciosa el horizonte, nosotros jugábamos a su lado, con los zapatos enarenados, fabricando fortalezas de arena y piedras, que destruían las olas al desmayarse junto a sus muros, dejando entre ellos su blanquísima espuma. Lentamente caía la tarde. De pronto mamá descubrió un punto en el lejano límite del mar.

–¿Ven ustedes? -nos dijo preocupada- ¿no parece un barco?

–Sí, mamá, respondí. Parece un barco...

–¿Vendrá papá? -interrogó mi hermana.

–Él no comerá hoy con nosotros, seguramente, agregó mi madre. Tendrá que recibir ese barco. Vendrá de noche. El mar está muy bravo. Y suspiró entristecida...

El sol se ahogó en sangre en el horizonte. El barco se divisó perfectamente recortado en el fondo ocre. Sobre el puerto cayó la noche. En silencio emprendimos la vuelta a casa, mientras encendían el faro del muelle y desfilaba "la procesión de las luces".

Así decíamos a un carro lleno de faroles que salía de la capitanía y era conducido sobre el muelle por un marinero, quien a cada cincuenta metros se detenía, colocando sobre cada poste un farol hasta llegar al extremo del muelle extendido y lineal; mas, como esta operación hacíase entrada la noche, sólo se veían avanzando sobre el mar, las luces, sin que el hombre ni el carro ni el muelle se viesen, lo que daba a ese fanal un aspecto extraño y quimérico en la profunda oscuridad de esas horas.

Parecía aquel carro un buque fantasma que flotara sobre las aguas muertas. A cada cincuenta metros se detenía, y una luz suspendida por invisible mano iba a colgarse en lo alto de un poste, invisible también. Así, a medida que el carro avanzaba, las luces iban quedando inmóviles en el espacio como estrellas sangrientas; y el fanal iba disminuyendo su brillor y dejando sus luces a lo largo del muelle, como una familia cuyos miembros fueran muriendo sucesivamente de una misma enfermedad. Porfin la última luz se quedaba oscilando al viento, muy lejos, sobre el mar que rugía en las profundas tinieblas de la noche.

Cuando se colgó el último farol, nosotros, cogidos de la mano de mi madre, abandonamos la playa tornando al hogar. La criada nos puso los delantales blancos. La comida fue en silencio. Mamá no tomó nada. Y en el mutismo de esa noche triste, yo veía que mamá no quitaba la vista del lugar que debía ocupar mi padre, que estaba intacto con su servilleta doblada en el aro, su cubierto reluciente y su invertida copa. Todo inmóvil. Sólo se oía el chocar de los cubiertos con los platos o los pasos apagados de la sirviente, o el rumor que producía el viento al doblar los árboles del jardín. Mamá sólo dijo dos veces con su voz dulce y triste:

–Niño, no se toma así la cuchara...

–Niña, no se come tan de prisa...



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