EL IDIOMA DEL DIABLO

By erikrebsamen

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Un agente de bienes raices acepta trabajar para un hombre que hace tratos turbios y ofrece servicios a "toda... More

INTRODUCCIÓN
SEGUNDA ENTREGA Capítulos 1,2 y 3
5
6.1
6.2.
el olor del odio y de la paranoia.
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9.1.
10. Hechizos.
LIBRO 5 EL DOMINIO DE LOS PERROS.
Parte sin título 12
13 PELEA EN TEPITO (parte 2)
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capítulo 4

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By erikrebsamen

Tenemos una frontera, por decirlo de alguna manera; un área de exclusividad que alguien le vendió a D. Zaragoza. Mi patrón no quiso decirme los límites precisos ni a qué obedecían estos. Tan solo me pidió que no hiciera negocios más allá de la ciudad de Campeche.

Entre Campeche y Tabasco, en un año, compré más de treinta propiedades. Todas al amparo de una empresa: Ceprodes. El Centro de Proyección y Desarrollo no era más que un laberinto de promesas de contratos y ventas, actas constitutivas enmarañadas, clientes y proveedores que terminaban siendo yo mismo. Si tuviera que dar una definición más comercial de lo que hacíamos lo resumiría en agricultura y agroquímicos. Aunque si dijera que se trataba de financiamiento no estaría tan equivocado.

Por indicaciones de Zaragoza, varios de los ranchos de Tabasco tenían que estar parcialmente inundados, o terminar frecuentemente bajo el agua; tener acceso a caudalosos ríos, contar con represas y, de preferencia, estar al nivel del mar.

Si al principio fueron los borregos el asunto extraño, ahora lo que más me inquietaba eran ciertos detalles lógicos de las modificaciones. Como si se tratara de fábricas clandestinas tenía que dejar preparadas las fincas con cisternas, calderas, laboratorios; se me pedían planchas de concreto o de acero inoxidable, vigas con ganchos como si fueran a mover toneladas de reses. En tres ocasiones construí, desde los cimientos, especies de cárceles con medidas de seguridad que jamás imaginé.

D. Zaragoza "se dignó" a ir a Tabasco. Quería supervisar con lupa los trabajos. "Esto es para el mero-mero... No te imaginas la cantidad que pagó." Claro que lo sospechaba. Si mi jefe se lamía las manos es por que se trataba de un negocio que representaría muchos ceros nadando en los estados de cuenta venidos de Alemania, Bahamas y Japón. Las adecuaciones mayores ya no estarían a mi cargo, para eso traía a un equipo complementario. Sus propios ingenieros y técnicos, algunos mafiosos que había logrado robarle a hombres importantes.


De vez en cuando, para los detalles finos, el coyotero tiene -muy a su pesar- que acercarse a esas divas especializadas de la ingeniería del crimen. A regañadientes "se humilla" poniéndose en la lista de espera de un ingeniero francés, único hombre en el mundo apto par instalar "tal cortadora", o un elevador que se sumerge a treinta metros en una cisterna con agua salada... Exigen ser recogidos en aviones particulares, pagos por adelantado y venir "a hacernos el favor" con sus propios equipos de expertos internacionales. Le cagan los huevos, pero tiene que aguantarlos. Ellos lo saben. No se puede ser idiota y negociar con cabrones de la calaña de mi patrón. En el fondo, se menosprecian mutuamente, pueden hablarse golpeado, casi a fuerzas, pero se respetan y no se andan con estupideces. Entregan trabajos perfectos, a toda la satisfacción del cliente y con los técnicos locales completamente preparados. Repiten ad nauseam las pruebas de calidad y dejan al rey pobre con una sonrisa discreta de satisfacción. A este francés, un puñado de alemanes y un escurridizo yugoslavo se les contrata muy de vez en vez; sólo si el técnico de batalla, un jubilado de PEMEX, ingenioso para todo menos para controlar su afición al alcohol, las tachas y los carrujos, se rinde explícitamente. Nos gusta por barato, basta con cumplirle algún caprichito. "Hay una ejecutiva en tal banco, me encanta y no sé cómo decirle..." "Señor Zaragoza, ¿saldrá muy caro un viajecito en yate con unas muchachas?" "Dicen que las de Europa del este..." El culero lo vale. Es de los pocos que se atreven a hacer cosas para las cuales no tiene ni una pizca de preparación.

"Ellos (los técnicos-diva), son los hombres que valen la pena, los que entienden que en este mundo no hay maestros... Se llega hasta que puedes ser tu propio mentor. Yo comprendí qué me faltaba saber y dónde encontrarlo. No voy a ser tu maestro -me lo dejó claro-, simplemente te voy a adelantar, te acompañaré hasta el sitio en el cuál iniciarás tu camino. Sólo tú puedes y debes responder a la pregunta ¿para qué estoy hecho? Entre más rápido la contestes mejor para ti. No creas, es difícil. Lo tienes que hacer y sin trampas, tener un maestro es una trampa. ¿Sabes? Yo podría volverte gobernador en un par de años, un dandi, un empresario de aparador. No. Nada de eso vale la pena.

"Estos son objetos, hacen para los otros. Tú y yo somos sujetos, universos que determinan una manera de mirar... No me copies, ni me admires, no dejes de ser universo. Ahí está Obama, es un objeto, actúa para ser visto... Ahí está Hilary Clinton, te puedes ir con la finta, pero no deja de ser un satélite de alguien más. Es triste, ella no puede mirar a un hombre y decir, este ojete va a ser mío, ¡hoy me lo ceno! Todo el día ha de estar calculando sus posturas, sus palabras y sus caras. Por otro lado, ahí tienes al vejete de Castro. El cabrón es un hombre universo. Vive a su antojo y posee demasiadas páginas en la enciclopedia de su vida como para no intimidarse ante el maremoto de los tiempos... Somos marranos, certeza, nada nos sorprende, nada nos inquieta. Sabemos lo que es bueno y lo que es malo, sin estúpidas divagaciones de lo políticamente correcto o sin aristas de minorías. La leche es blanca y la caca apesta. El maldito Salinas será lo que tú quieras, pero es universo. Calderón es un satélite enano."

Ya cuando terminé este proyecto de Tabasco había detectado con claridad dos de los más insidiosos maleficios: por una parte, era bastante frecuente que se me murieran empleados en las obras; y por otra, cada vez me resultaba más difícil llevarme bien con la gente. Perdí por completo la esperanza de obtener una licencia o permiso a la primera, tenía que recurrir a la extorsión, a las amenazas, a ayudarme de ex policías para ablandar a la esposa o a los hijos de algún funcionario. Encontré mi propio método. Nada de esa ridiculez de oro o plomo. Me parece fastidioso tener que intentar hablar con alguien, luego ofrecerle un billetillo, y otro más, hasta encontrar el precio. En vez de eso mandaba a un emisario. Si las cosas no resultaban bien, "en calor", ablandar al más querido de los seres de quien me estorbaba; así de simple, la gente tiende a facilitar las cosas cuando hay sangre fresca en la camisa su memoria. Después de "un cuadrapléjico", doblegados y suavizados por el dolor, entonces sí, un billetillo de agradecimiento, o incluso un centenario. Así están las cosas "tu hijo, tu hija, y ¡tu centenario!" "¡Oro y plomo! Juntos". No tuve que abusar de esta política, simplemente fijar un patrón en el colectivo. Con dos o tres casos bien gráficos, vistosos, que la gente reconozca, y entonces ya las cosas fluyen "bonito".

Sí, me dolió mucho saber que estaba maldito en eso de las relaciones. No, no intenté romper el encantamiento, tan sólo busqué cómo darle la vuelta. Respecto a las bajas laborales fue cosa de más. Más sobornos, más silencio y un mejor enfoque en otras cosas. Noticias distractoras. Que todos mis empleados tuvieran amantes y putas, alcohol y deudas. Esa era mi gente. Todo lo contrario a lo que soy yo: no mujeres, no alcohol, austeridad, discreción y control.

Las políticas de D. Zaragoza me estaban impregnando. Hay que hacer a un lado lo incomodo, despreciar aquello que nos aleje de nuestro objetivo, actuar como si tuviéramos un objetivo, aunque en el fondo no sepamos de qué se trata todo esto. Un primer truco, escindir los asuntos corporales de los representantes simbólicos. La comida no debe ser un placer, ni algo que nos lleve mucho tiempo. Comer siempre lo mismo e ignorar si ese alimento empieza a fastidiarnos. Un pescado económico, carne cocida, sin sal, sin condimentos. Arroz, entre más blanco, insípido o desagradable, mejor. Comer en soledad, siempre en soledad. Nadie es digno de acompañarte en tu mesa. Preparar los alimentos uno mismo. Agua pura. Leche sin azúcar. Verduras apenas cocidas. La fruta no está prohibida, siempre que sea aburrida e insípida: manzanas grandes y sin sabor... Un solo lujo, el café. No más de dos tazas por día.

Me estaba funcionando ser parco en mis conversaciones. No socializar, no es necesario; payasos y animadoras hay muchos en el mercado, los publirelacionistas se dan en macetas. Nunca falta un recién egresado que se baje los calzones en el primer trabajo.

Aprendí a no mirar a los ojos a nadie, a no soportar conversaciones, ni quejas. De la gente solo quiero un sí o un no, categóricos. ¿Puedes hacer esto en dos días, sí o no, hijo de la chingada? Rápido. Rápido, amo esa palabra. Es tan corta y precisa. Ahora, el que le diga "hijo de tu puta madre" a alguien no significa que los quiera ofender. Entiéndase, se trata simplemente de conversación fática. El único detalle humano que no me quita tanto tiempo. Los hace sentirse más en confianza, casi amigos.

Aún ahora, si hay urgencia en un restaurante, entonces le pido a uno de mis empleados que ordene por mí. No es necesario sonreír. No es necesario temer la reacción de una camarera despechada. Hay que ser prácticos. Traer junto a ti a una secretaria que tome a la eficiencia como su propia religión. Que haga del menor tiempo y lo más económico el programa rector de su alma.

Hay que tener varios cuchillos afilados, listos, en el departamento de recursos humanos. Uno para que te corra a los que no sirven, uno que te despida al que corre a los que no sirven y una secretaria lo suficientemente enferma para que se haga el harakiri, plenamente convencida y sonriente, con la mente en blanco y la palabra "reingeniería" volando iluminada, desde el cielo, en la pantalla de sus párpados.

Hay que menospreciar lo que los medios masivos han tratado de imponernos como vida... Autocontrol total. No cama, no colchón, no cobijas ni almohadas. Si por ahí, alguna noche calurosa, siento que tengo demasiado líquido en mis testículos, le pido al empleado más cercano, sea hombre o mujer, que se lave bien las manos y me vacíe. Lo hacen en silencio, con algún agente químico especial para la ocasión, mientras cierro los ojos y me concentro en algo más productivo. Casi siempre recuerdo alguna de las últimas fincas que he visitado, planeo adecuaciones o imagino algún nuevo negocio. A veces ni me doy cuenta a qué horas "termino", me cercioro que la o el empleado tire el producto en el escusado. No toleraría que algo con mi información genética pudiera caer en manos extrañas.

Antes de dedicarme a este negocio acostumbraba a leer. Luego, después de vender mis viejos libros, me volví tan selectivo que solamente conservé tres manuales. Mejor contraté a alguien que me los resumiera y me los presentara en forma de diagramas en una pequeñita laptop. Pronto entendí que la misma máquina era inservible. Me basta con un celular y con el hombre indicado al otro lado de la línea.

Toda mi ropa, siempre gris, blanca o negra, cabe en una sola maleta. No necesito reloj, yo decido la hora que es. Duermo o me levanto no por lo caprichos del sol, sino dependiendo de aquello en lo que trabajo en ese momento. Estoy más allá de una identidad, una nacionalidad o un nombre. O a veces, si me apetece, decido no ser yo y volverme mi propio jefe. Ser D. Zaragoza por un día.

Ignorar lo que nos molesta es un arte. Hay que menospreciar lo que no seremos, tenemos o podemos conocer. Centrarse en su propio mundo, sentir el placer inmenso de domar, cada día, a la propia cabeza. Decirle aquello en lo que debe pensar. Cerrar los ojos y ver, con todo detalle, lo que nuestra voluntad decide ver.

El cielo es uno mismo, el infierno son los otros, los invasores que reclaman nuestra atención, apoyo o mirada. D. Zaragoza es un maestro en esto. Se levanta a la hora que su voluntad decide, con la mente en blanco, con una paz penetrante flotando sobre su pecho y no la pierde por ningún motivo. Arregla sus pendientes, da la atención personalizada que algunos clientes requieren y regresa a su cama a dormir con ese mismo sentimiento y control que nunca lo abandonó. Una semana encamado en un hotel de Jordania, come, se baña por horas y vuelve a dormir. Cero culpas, sólo pereza... No piensa en recuperar después, con productividad, el tiempo perdido. ¡A la chingada!... Es un doctor el arte de la siesta indolente. O si está en la temporada de "workaholico", si no hace otra cosa que trabajar, ¡a la chingada también! Sin culpas... Me dijo cómo hacerle para dormirse antes de un minuto de haberse acostado. Es lo más práctico que he escuchado: no preocupaciones de almohada, no divagaciones ni estúpidos ataques de conciencia.

Se trata de purificar nuestras vidas de todo deseo y emoción, para así, limpios como agua, notar las reverberaciones de los ataques del destino.


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