Nightmare

By MGumiel

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Desde que perdió su humanidad, Neya no ha dejado de celebrar ser un vampiro. Cierto es que a veces se siente... More

Prólogo: Los Nightmare
I: La chica
II: Laura Pellegrinni
III: Primera prueba
IV: Bo Nightmare
V: Éire
VII: Dentro de Moher
VIII: Laura Pellegrini
XI: El Desierto de Hielo
X: Bo Nightmare
XI: El Rey de Moher
XII: Neya Nightmare
XIII: Sed de Venganza
XIV: Laura Nesep
XV: La arena en el reloj
XVI: Bo Nightmare
XVII: Final
Epílogo: Música

VI: Neya Nightmare

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By MGumiel

La caída no dura mucho. El viento revuelve mi corto cabello, azotándome las mejillas y la frente, y de pronto siento nostalgia de cuando se encrespaba rebelde, un mechón apuntando en cada dirección, los rizos revueltos y siempre indomables. Con vida propia.

Siento el golpe contra el agua, dura como el cemento, y oigo el chasquido profundo de los huesos de mi cadera al romperse. Tal vez nos equivocamos. De cualquier modo, es mejor que Laura no esté aquí, porque su frágil cuerpo no lo resistiría y Bo me matará si llega a ocurrirle algo estando bajo mi responsabilidad. Me hundo en el vacío, inmóvil, con la espalda rota, incapaz de nadar, demasiado inhumana para necesitar respirar. Cierro los ojos.

Al abrirlos, me doy cuenta de que no estoy en el agua. No estoy herida. Ni siquiera estoy mojada. Me pongo en pie rápidamente, y miro en torno a mí.

Me rodean individuos de lo más extraño. Y yo no es que sea muy escogida en cuanto a las rarezas de la gente. Estos son raros en cualquier canon, humano o vampírico. Todos tienen el pelo de colores extraños, blanco, azul, verde, rojo... incluso se aprecian algunas mezclas, como una mujer que me mira con aire torvo por un flequillo verde y azul. Sus ojos también presentan colores y combinaciones extrañas, y los colores de su piel van de un pálido marfileño, brillante como el nuestro, a un negro intenso, de ébano. Y sus ropas, unas demasiado anticuadas, otras demasiado futuristas, están fuera de lugar aquí. O quizás este sea el único sitio donde encajen.

Me acerco a Bo, que está sentado en un rincón, sujetándose la cabeza con las manos, con los ojos fuertemente cerrados y los dientes muy apretados.

– ¿Qué te pasa? – susurro, apoyando una mano en su hombro izquierdo. La caída ha sido dura, pero a mí no me duele nada en absoluto.

Él me mira, con los ojos entrecerrados y la mirada turbia. En sus ojos hay auténtica agonía.

– Cuando llegué, aún no nos habían identificado como amigos y se defendieron de lo que creían que era un ataque – me explica, con la voz estrangulada.

– Vaya... – murmuro, consternada –. ¿No decía Alyende que eran familia suya?

– Lo eran... – asiente Bo, con una mueca que no sé cómo interpretar –. Su hermana hace dos décadas que está muerta.

Silbo por lo bajo. Sé que Alyende perdió el contacto con su hermana porque esta lo despreciaba por su condición vampírica, porque Alyende se negó a dejar renunciar a la sangre humana, porque lo consideraba un ser demoníaco y aberrante.

Decían que era una joven admirable. Tanto, que logró sin proponérselo que uno de los místicos Tuatha Dé Dannan se enamorase de ella. Una mujer bellísima y extraordinaria, valiente e inteligente, recta y poderosa. Una joven extraordinaria que no supo aceptar a un hermano extraordinario.

– ¿Dónde está Laura? – pregunta mi creador de pronto, mirando a nuestro alrededor con expresión alarmada.

– No... no quiso venir – murmuro, mirando al suelo, sin atreverme a mirarlo a la cara, sin atreverme a decirle aún lo que ha ocurrido, el fallo imperdonable que he cometido. Bo me mira fijamente, con los ojos muy abiertos.

– ¿Qué? – susurra, y su voz suena como el restallido de un látigo.

– Estaba aterrada, sabes como son los humanos, todo emociones, y ella lo es incluso más, bueno, no quería bajar y... – digo deprisa, buscando desesperadamente un modo de justificarme a sus ojos.

– ¿Y la dejaste allá arriba sola? – me pregunta, con tono resignado.

Titubeo, me muerdo el labio, paseo los ojos por la sala en la que estamos esperando. ¿Cómo se lo digo? ¿Hay algún modo de decir lo que tengo que decir, sin que suene tan terrible como es en realidad? ¿Hay algún modo de que pueda decir esto sin que Bo se enfurezca conmigo?

– No... no exactamente – murmuro, en un tono más bajo aún.

– ¿No exactamente? – me pregunta. Hay una mezcla de furia y rabia, y miedo, en sus ojos de rubí, algo apagados de pronto. ¿Qué le han hecho? ¿Qué le han hecho, para agotarle de este modo? Trato de apartar el miedo de mi mente y de responder algo coherente.

– Saltó. Saltó pero... se sujetó a una roca por el camino – digo, tratando de que no me tiemble mucho la voz.

– ¿Qué? – repite, y en su voz hay tanta incredulidad que por un momento temo que se levante y me golpee, o me sacuda como a una muñeca, que me haga pagar por el error que he cometido.

– No quería caer... – digo, tratando de tranquilizarlo –. Pensé qué debía respetar su decisión, me equivoqué, lo siento, lo siento, lo siento.

Bo está aterrado, lo veo en sus ojos. La furia ha dejado paso al miedo, miedo por esa frágil humana que por algún absurdo motivo le importa tanto.

– ¿Quieres decir que está colgada de una roca en el acantilado? – me pregunta, con expresión de pánico.

No respondo, porque no hace ninguna falta. Bo intenta levantarse, pero apenas se ha acuclillado cuando se sujeta la cabeza con las manos y se deja caer. Me inclino a su lado y paso su brazo izquierdo por mis hombros, para ayudarle a levantarse. Tiembla, le flaquean las piernas. Es más alto que yo, pero de cualquier modo su peso es bastante soportable.

De esta guisa nos acercamos a Alyende, que está hablando con una chica joven, de ojos negros y cabellos blancos y cortos. La joven lleva una camisa blanca larga y unos tejanos raídos, y no aparenta más de catorce o quince años. Al acercarnos, se vuelve hacia nosotros, con el ceño fruncido.

– ¿No había otra chica? – pregunta, y su voz es musical y delicada, como si fuera a cantar en cualquier momento. Tiene un acento gangoso que no sé ubicar, tal vez sea gaélico.

Bo sacude la cabeza, nervioso, y abre la boca sin saber muy bien que decir. Me sorprende lo conmocionado que está, jamás había visto así a mi creador. Decido contestar por él.

– Saltó, pero se sujetó a una roca por el camino – explico, encogiéndome de hombros, lo que con Bo colgando resulta ser una mala idea. Mi creador se tambalea sobre mi espalda y me clava las uñas en el brazo izquierdo, a lo que respondo con una mueca de dolor.

La chica nos mira, seria.

– Ha sido lo mejor. Hubiera muerto, la cúpula de la ciudad no permite entrar a los humanos. Hasta aquí solo llegan los seres excepcionales. Pocos humanos han visto la luz de Dorothian.

Asiento, porque me parece lógico. Junto a la chica de pelo blanco, Alyende me observa con gesto de aprobación.

– Escuchadme bien. Me llaman Líanet y ahora soy la única ayuda que podéis recibir. Los Tuatha Dé Dannan ni pueden ni quieren ayudaros. La magia se perdió junto al respeto a la Madre Dana por parte de los humanos. Y lo poco que quedaba no será suficiente. Pese todo, y aunque me va a suponer el rechazo de los Tuathas, y probablemente también el de los tuathanos, os ayudaré. Ningún pueblo debe perecer solo, todos estamos en el mundo por alguna razón. Si la Madre Dana os puso sobre la Tierra, ella debe ser quien os elimine, no la mano del hombre.

– ¿Qué ayuda supones tú? – pregunta Alyende, con tono práctico – Eres... humana, a todas luces.

Líanet mira a Alyende por entre su albo flequillo, repentinamente furiosa.

– No deberías olvidar que tú fuiste humano una vez. Nunca – dice, con voz firme y serena –. Y sí, soy humana, pero he sido criada por los Tuatha Dé Dannan, y poseo el Don.

– ¿Cuál de ellos? – pregunta mi jefe, ladeando la cabeza con interés.

– El de la Luz y la Tiniebla – responde Líanet, y aunque sus palabras no significan nada para mí, por su tono veo que está orgullosa de su Don.

Alyende asiente, al parecer satisfecho.

– ¿Eres consciente de los que estás a punto de dejar atrás? – pregunta, no obstante.

– Lo soy. Ya hace tiempo que quería ver mundo – responde la humana de cabellos blancos, con una sonrisa emocionada.

Alyende asiente de nuevo, sin mudar la expresión de su rostro.

– ¿Qué vamos a hacer ahora? Tenemos que encontrar a Laura... – dice Bo, con tono de urgencia.

Líanet mira al vampiro rubio, sonriendo melancólica.

– No podemos ir a buscarla hasta que los Tuathas no nos lo permitan, y tardarán en hacerlo. Deben cerciorarse de que no sois enemigos, y borrar de vuestra mente todo lo relativo a la localización de Dorothian. Incluyéndote a ti, Alyende. Antes tuviste esta información por respeto a tu hermana, aunque esta no quisiera saber nada de ti, pero ahora... bueno, ya no queda nada que respetar – acaba, con tono despreocupado –. Si queréis, puedo enseñaros parte de Dorothian, hasta que seáis llamados por los Tuatha.

Alyende asiente sin una palabra, e inclina la cabeza para indicarle a la muchacha humana que estamos a su disposición. Líanet nos conduce por los intrincados pasillos negros de Dorothian, el último reducto de los seres diferentes. Las quimeras de los sueños. Es un lugar realmente hermoso.

La sala en la que hemos ido a caer es de un color negro, o quizá azul marino. Toda la sala está tallada, de modo que nos observan sirenas, hadas, silfos y otras criaturas de ensueños. Las crestas de la piedra reverberan de un color azul turquesa, que va cambiando hasta el verde y luego, a tonos rojizos cálidos, lentamente, haciendo que su delicada luminosidad proyecte sombras multicolores en nuestra piel blanca.

– Líanet, ¿dónde está Dorothian, exactamente? – pregunto, observando maravillada la ciudad oculta.

– Lejos de vuestro espacio-tiempo – responde Líanet, con el tono de quien ha repetido lo mismo muchas veces –. Dorothian fue creado hace siglos por unas criaturas excepcionales, que hacían que su ciudad desapareciese y apareciese de nuevo donde ellos deseasen. Cuando, por algún motivo, todos los habitantes de la ciudad murieron, ésta siguió vagando por su dimensión, paralela a la de la tierra. Cuando los siete últimos Tuathas, desesperados, saltaron desde Aillenasharragh, cayeron en Dorothian, que estaba allí. Desde entonces, ha sido su hogar, y el mío – acaba, con una leve sonrisa.

– Curioso – comento, mirando a mi alrededor con curiosidad -. ¿Y ha dejado de moverse?

– Sí. No sabemos por qué – responde, mientras nos guía hacia unas escaleras que parecen esculpidas en un muro.

– Es extraño que los humanos no sepan nada de ella – comento, simplemente por romper el silencio.

– Lo saben. Pero creen que es simplemente una isla sumergida. Ellos la llaman...

– Atlántida – completa Bo. Líanet asiente, complacida.

– Venid, los Tuatha están en el consejo. Esto va para largo. Mientras esperamos, os mostraré el nivel superior. Es el lugar más hermoso del mundo...

No puedo evitar pensar que Líanet va a renunciar a su hogar por nosotros. Al lugar más bello y acogedor que he visto en mi vida.

Ascendemos por unas escaleras del mismo color negro que la sala anterior, que en estos momentos tiene destellos malva. Los escalones están suavemente desgastados por el uso, aunque puede que hayan sido tallados así, sin esquinas. Todo aquí es curvo y apacible. Esquinas redondeadas, ventanales ojivales que muestran un exterior oscuro y cargado de vida, mesas ovaladas y estancias circulares u ovales. Deslizo la mano por el pasamanos negro y liso. Curiosamente, la piedra no está fría, sino templada. Este sitio es increíble, como sacado de un sueño. Onírico.

Salimos por fin al último nivel, que parece estar a cielo abierto. Pero el cielo que hay sobre nosotros es de agua. Allá arriba, se ve el destello del sol, y las olas romper contra el acantilado. Por unos instantes, me atenaza la sensación de claustrofobia. Pero toda Dorothian es un refugio y pronto la sensación desaparece. Bo se separa de mí y se sostiene solo, mientras yo me quedo mirando la cúpula cristalina y el agua del mar.

Observo con atención, hasta que me percato de que la cúpula que cubre Dorothian no es de cristal, o al menos, no de cristal sólido. La superficie de la cúpula se ondula suavemente, ondeando como el agua en un estanque. Concluyo que seguramente esté hecha de algún material similar al cristal, pero líquido, y mucho más denso que el agua.

Líanet y los demás se alejan, y tengo que correr para alcanzarles. Se dirigen a un lateral de la cúpula, cercano al acantilado. Líanet les está explicando algo a Bo y Alyende, algo que, para variar, no he oído. La chica se inclina sobre una columna, negra y dorada, y apoya la mano sobre las olas talladas, y aparece una puerta, o más bien el marco de una puerta, en el líquido gelatinoso de la cúpula. A continuación, saca de su bolsillo un pequeño aparato negro que se mete en la boca y atraviesa la puerta líquida con gracilidad. Nos saluda con la mano desde las aguas negras, iluminadas por el resplandor de Dorothian. Bo sonríe y la sigue, alegre, aunque en sus ojos todavía hay algo de preocupación por Laura. Cruza la puerta sin necesidad de la pequeña máscara de oxígeno (obvio, nosotros no respiramos). Incluso Alyende sale al exterior.

Yo dejo la chupa de cuero en el suelo y les sigo con cautela. Sospecho que fuera de Dorothian volverá la sensación de claustrofobia, y las aguas parecen muy negras... no entiendo como una humana, con todo lo frágiles que son estos seres, se atreve a atravesar estas aguas turbulentas. Si la máscara se estropease, moriría sin remedio.

Tal vez Líanet tenga algún tipo de valor del que yo carezco.

Al atravesar la puerta, experimento una sensación muy curiosa. Es como si todo mi cuerpo se amoldara a la presión exterior. Es evidente que los vampiros no necesitamos este cambio, pero los humanos sí y seguramente los Tuathas también.

Nadar, o bucear, es increíble. Estamos más abajo de los que ningún ser humano ha estado jamás y sospecho que ningún vampiro ha bajado aquí hasta ahora. Más allá del halo de luz de la ciudad sumergida, que parece flotar muy por encima del abismo que hay a nuestros pies, el atlántico es negro como nuestras almas. Líanet nos hace una seña y se dirige hacia esa oscuridad. Cuando nos damos la vuelta, Dorothian no está allí.

Me sorprendo. ¿La ciudad ha desaparecido? ¿Qué quiere decir esto? Pero Líanet parece tranquila, y regresa, acompañada por una foca juguetona, a nuestro punto de partida. De pronto, la ciudad aparece ante nuestros ojos asombrados, con su luz dorada y tranquilizadora. Líanet se dirige hacia la puerta y la cruza, para caer al otro lado con gracilidad. Yo la sigo rápidamente. Al pasar, noto de nuevo esa sensación de presión y entro en Dorothian totalmente seca, pero no me he acostumbrado aún a volver a tener solo aire a mi alrededor y caigo de bruces al suelo. Me quedo alucinada mirándome las ropas intactas y Bo atraviesa la puerta y cae encima de mí. Mientras los tres reímos, Alyende salta ágilmente por encima de nuestros cuerpos enredados.

– ¿Cómo es posible que hayamos perdido de vista Dorothian? No nos alejamos tanto... – pregunto, poniéndome en pie y sacudiéndome la ropa antes de volver a enfundarme la cazadora.

Líanet se ríe, divertida.

– Ya lo creo que nos alejamos. Salimos de la dimensión de Dorothian para entrar en la vuestra. Dorothian es un puente entre dos dimensiones. Y nadie que no haya estado aquí antes, o que esté destinado a venir, puede entrar aquí – explica, con una deslumbrante sonrisa –. Y ahora, dejadme que os pregunte yo, ¿os ha gustado la experiencia?

Ninguno creemos realmente necesario responder, porque tengo la impresión de que nuestros rostros lo dicen todo. Estamos de acuerdo en que ha valido la pena venir hasta aquí, aunque solo fuera por ver Dorothian, la legendaria Atlántida.

– Vamos a la cámara del consejo. Ya habrán terminado de deliberar – dice de pronto la humana de cabello blanco, poniéndose seria.

Seguimos a Líanet por los intrincados pasillos de Dorothian. Esperamos con ansiedad la respuesta del Consejo, aunque ya la tenemos asumida. Tenemos la negativa asegurada.

Cuando entramos en la cámara, todos los Tuatha de Dannan se vuelven hacia nosotros. Una mujer, rubia y extremadamente hermosa, se pone en pie.

– El Consejo ha decidido que sois visitantes indeseados, por lo que abandonaréis Dorothian de inmediato, para no volver. Y en cuanto a Líanet Hall, llamada la Nívea por sus mentores, deberá decidir si desea abandonar Dorothian para ayudar a los vampiros – dice, pronunciando la palabra vampiros como si escupiera algo desagradable –. Si lo hace, no regresará a la Ciudad Sumergida, y no volverá a verla a través de las aguas de Moher, so pena de morir antes de siete años.

Aunque ya nos lo esperábamos, la sentencia cae sobre nosotros como una losa.

__________________________________________________________________________

¡Hola Todos!

Siento haber tardado tanto en actualizar, es que han sido las fiestas de mi pueblo y no he podido coger el ordenador en una semana entera o.O ¡Pero ya estoy de vuelta! Y dispuesta a seguir contándoos las aventuras de los Nightmare y Laura Pellegrinni ;)

¡Comentadme qué os va pareciendo la historia, o lo que queráis! :D

Muchos abrazos ^^

May


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