-No es la misma. El pelo no es igual.
-Pero ¿qué le pasa al pelo?
-Pues que antes era sedoso -contestó Ruth-. ¿No te acuerdas? Y de un color castaño maravilloso. Y ahora, en cambio, es como de nailon, tieso y de un color marrón vulgar y corriente.
-Vamos a ver -la madre de Ruth examinó detenidamente la cabeza de la muñeca-. A mí me parece exactamente igual que el que tenía antes, de verdad. Y además tiene que ser el mismo. Tía Avril no tenía por qué tocarlo. Solamente tenía que colocarle la cabeza en su sitio. ¿Por qué habría de cambiar el pelo?
-No tenía que haberlo tocado, pero lo ha hecho.
-¿Por qué lo iba a hacer?
-No lo sé. Tal vez para quedarse con el pelo de Meg, eso es todo. Pero, además, el pelo que le ha puesto es horrible.
-No digas tonterías Ruth. ¿Por qué iba a hacer ella una cosa así? No me gusta que hables mal de nadie y menos de la pobre Avril. Que no te oiga yo decir eso nunca más. ¡Mira que pensar que te lo ha robado!
Ruth no contestó. Se fue arriba, a su cuarto, se sentó en la cama y miró a Meg. Si tía Avril había robado el pelo de Meg, ¿dónde estaba ahora? ¿En aquel estante en el pequeño almacén? ¿Por qué? ¿Por qué lo había hecho tía Avril? Ruth se estremeció.
Avril estaba trabajando. Quitaba una cosa de aquí. Ponía otra allá. Cortaba. Pegaba. Tarareaba una canción. En algún sitio, muy dentro, donde el dolor habitaba, sintió pequeños brotes de alegría, de anticipos de placer, como el que imaginaba que debía sentir una mujer cuando descubre que lleva una criatura viva dentro de ella. Avril trabajó hasta muy tarde: eligiendo, cambiando, modelando, retorciendo, fabricando y anhelando, durante toda la noche.