RETAZOS DE UN CORAZÓN

By DenisBlue73

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Lara se ha de mudar a otra ciudad por motivos laborales de su padre. Allí conocerá a Adrian: un joven adolesc... More

Parte única

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By DenisBlue73

         Lara bajó las escaleras de casa, cargada con su mochila llena de libros. Nerviosa por ser su primer día de instituto, su mente deambulaba perdida en posibles imágenes de como sería su situación, llegado el instante.

         Caminaba a grandes zancadas tratando de apresurarse por llegar a tiempo al instituto. No conocía a nadie allí, así que se sentiría muy sola en un mar de gente desconocida.

         El alboroto ya se escuchaba mucho antes de llegar hasta el lugar. Aquel enorme edificio colmado de ventanales grandes, estructura de un blanco inmaculado y unas puertas de entradas de un tamaño colosal, en láminas gruesas de cristal y hierro forjado, dominaban la entrada del mismo.

         Se veían unas puertas pesadas y costosas de abrir. Gracias a que ambas estaban abiertas y preparadas para la llegada del momento en que los alumnos iban a acceder dentro del edificio.

        Lara accedió a él con la mirada perdida. Parecía un hormiguero en horas de máxima aglomeración.

        Se acercó hasta la taquilla con el número que su madre le había indicado, el cual le dieron en la reunión del día anterior, antes del comienzo de las clases.

         Mientras dejaba en ella los libros que no iba a necesitar, observa que al fondo hay un chico de su misma edad que estaba haciendo la misma acción que ella. De cabellos castaños graciosamente alborotado y de porte delgaducho.

         Se giró para mirarla durante unos instantes, al darse cuenta de que estaba siendo observado y ella desvió la vista hacia otro lado; avergonzada y ruborizada, depositándola finalmente en el interior de su misma taquilla donde estaba tratando de dejar sus libros. Le venía perfecto que la puertecilla de hierro se abriera justamente hacia el lado donde podía verlo y ello le ayudaba a poder ocultase de su campo de visión.

         Se sentía abochornada. Nunca había atisbado a un chico de tal manera. Su timidez siempre se lo había impedido. Y se sentía totalmente extraña al estar haciéndolo hoy, con aquél que no tenía demasiado lejos de ella.

         —¡Hola! —dice aquel rostro que aparece de repente detrás de la portezuela de hierro de la taquilla de Lara, mostrando una sonrisa irresistible que, según Lara pensó, era perfecta para su parecer; hacía que cientos de mariposas revolotearan en su estómago.

        —¡Hola... ! —responde titubeando, con lengua de trapo. Se sentía estúpida por como había salido aquel hilo de voz, mientras se atropellaba con una palabra tan fácil de pronunciar.

         —Eres nueva en la ciudad, ¿verdad? —le pregunta, sin dejar de observarla—. Sus claros y bellos ojos cristalinos se clavaban como dagas en los de Lara. Era un chico guapísimo.

         —Sí. Me mudé hace tan solo unos días —le informa ella, esta vez tratando de afianzar su voz y procurando pronunciar mucho mejor; aún cuando se sentía nerviosa al darse cuenta de que él también se había fijado en ella.

         Adrian ladea la cabeza como tratando de analizar la edad de la chica, antes de cometer la imprudencia de preguntársela —sabe que a las chicas, les molesta este tipo de preguntas—. Le daba vergüenza indagar en algo tan personal.

         Lara se arma de valor y trata de preguntarle algo para romper un poco el hielo.

         —¿A qué curso vas? —interroga, con cierta timidez. Pero por dentro, se sentía satisfecha de haber hecho una pregunta clave que podría informarle sobre su edad y quizás de algo más.

        —Curso cuarto de secundaria —le aclara Adrian, mientras afianza las asas de su mochila, sobre su hombro.

         Ella observa, absorta, aquellos movimientos rápidos que había realizado para ello; pero que a la vista de ella le resultaban gráciles y perfectos. —¡Por favor, Lara, espabila! Se va a dar cuenta de que lo estás atravesando con la mirada: como babeando, y se va a espantar —se reprochaba a sí misma, desde su «vocecilla» interior.

         Suena el timbre y ambos se quedan, por unos segundos, en silencio; con la mirada fija, como esperando a ver quien era el primero que se iba a mover para dirigirse camino de clase.

         —¿Cómo te llamas? —pregunta ella esta vez mientras empieza a andar muy deprisa por el pasillo, sin previo aviso y él debe de seguirla tan rápido como sus pies le dejan.

         —¡Adrian! —grita por encima del ensordecedor ruido que se está formando por el griterío de la gente; casi sin aliento por las prisas que ambos llevaban.

         Cuando ve que Lara entra a su misma clase, y sin detenerse, alza las cejas perplejo y su rostro se ilumina. Estaba claro que se sentía feliz porque estaría muy cerca de ella durante todo el curso.

         Los dos toman asiento lo más cerca que pueden el uno del otro, prácticamente al lado mismo. Pero una malvada Paula le da un fuerte empujón a Lara, evitando que esta se siente en aquél pupitre, tan cercano a Adrian.

         Tanto Lara, como él, se quedan desconcertados ante la actitud de Paula. Aunque Adrian ya se lo veía venir. La conocía desde hacía demasiado tiempo.

        —¿Estás loca o qué te pasa? —le reprende él.

          —¿A caso todo esto es tuyo? —dice haciendo un circulo imaginario con su dedo, centrando dentro del mismo, todo el perímetro de la clase.

         Adrian niega con la cabeza.

        —Ni lo es, ni me apetece que lo sea —le contesta malhumorado, a continuación.

         Lara se planta delante de Paula para defender a Adrian.

        —¡Déjalo en paz! Eres una entrometida —grita furiosa, fulminándola con la mirada.

         Don Manuel, el profesor de ciencias que entraba por la puerta en ese instante, riñe a ambas.

         —¡Ya está bien, señotitas! ¡Siéntense en sus respectivos asientos!

         Lara se sienta en el suyo, desganada. Quedaba demasiado lejos de Adrian por culpa de aquella «niñita» estúpida.

         Empieza la clase y Don Manuel comienza a explicarles la lección.

         Paula saca una hoja y corta torpemente un pedazo de la misma para hacer unas anotaciones y poco después, obligar a los alumnos de su alrededor que la pasaran hasta que llegara a las manos de Lara. Siempre con sumo cuidado de que el profesor no les descubra.

        Cuando llega hasta Ana y se la entrega a Lara, esta la observa con extrañeza. No tenía ni idea de quien podría ser. Ana le hace un gesto disimulado señalando a Paula y aquella le dedica un gesto ofensivo.

         Lara deja de mirarla, incomodada por su gesto de burla hacia y desdobla el papel debajo de la mesa, para leer la nota:

         «Hola cretina. Adrian es mío. ¡Me pertenece! Esta no es tu ciudad así que te aconsejo que te largues por donde viniste»

         La pena se apodera de ella, la estaba tratando como a una intrusa y la hacía sentir mal. Paula era imbécil.

         Don Manuel se da cuenta y para de explicar para interesarse por ella.

         —¿Ocurre algo, Lara? —la interroga, dirigiéndose a ella mientras esta esconde como puede el pequeño pedazo de papel, debajo del pupitre.

         —No. No ocurre nada —responde ella, tratando de disimular y quitarle hierro al asunto—. No obstante, estaba tan dolida por la maldad de Paula —aquella chica rubia de cabellos largos y ojos marrones que tenía cara de rica consentida—, que por su cabeza pasaba la idea que quizás sí que sería lo mejor, el marcharse de allí, a tiempo. Iban a tratar de hacerle pasar un curso de lo más horrible y ella no estaba dispuesta a ser la diana de nadie.

         Don Manuel respira hondo adivinando lo que estaba sucediendo. Por la cara de Paula, podía darse cuenta de las claras intenciones que estaba teniendo sobre Lara. Y tenía que dar un mensaje indirecto para que todo el mundo tratara de hacer del respeto, una obligación.

         —Entiendo que es un nuevo año escolar, gente nueva, curso nuevo... Os encontraréis con compañeros incluso de otra ciudad o de otra condición. Y pienso que sería importante que tratarais de hacer que la armonía reine entre todos, os conozcáis ya de tiempo o no. Porque si descubro que alguien trata de acosar a algún compañero de clase, se las verá conmigo.

         Todos se dan por aludidos y en su rostro se nota que saben la que les va a caer si rompen sus normas. Todos excepto Paula que era muy dura de carácter y de mollera.

         Llega la hora del recreo y Adrian busca a Lara por todo el patio. La encuentra en un rincón del mismo, agazapada para tratar de pasar desapercibida y esconderse, mientras se dispone a comerse aquel sándwich que llevaba entre las manos.

         Se acerca hasta ella.

         —Lara, no te preocupes por Paula —le dice, sentándose a su lado, comenzando a quitarle el papel de aluminio a su enorme bocadillo—, es una niña estúpida que siempre ha querido conseguir que todos le obedezcan. En numerosas ocasiones, ha deseado flirtear conmigo, pero, ¿sabes qué? —se acerca un poco más a Lara para hacerle una confesión mientras ella se agita por su cercanía— : le da rabia porque acostumbro a darle calabazas. Ella no me gusta.

         Lara respira aliviada porque así, quizás podría tener vía libre con Adrian. Aunque estaba claro que Paula estaría siempre, de por medio, para complicarlo todo.

         En el fondo, estaba encantada porque ella le importaba a Adrian. Aunque estaba claro que Paula no le iba a poner las cosas fáciles con él.

         El joven da un buen mordisco a su bocadillo mientras Lara toma su sándwich, pellizcándolo a trocitos y metiéndolos en su boca, uno tras otros, después de haber masticado perfectamente bien cada pedacito.

         —¿Vivías lejos de aquí? —trata de informarse Adrian.

         —Sí. Vivía en una gran capital donde todo eran atascos, una contaminación excesiva... Sin embargo, tenía también su lado bueno como dos centros comerciales enormes y mis amistades... Aquellas que dejé allí —su rostro se ensombrece—. Aquí no tengo a nadie.

         El joven la mira con cierta preocupación. Se la veía sola y abatida y él no iba a consentir que siguiera hundiéndose de aquella manera. Ni que se sintiera tan sola.

         Toca su brazo para que lo mire a los ojos —Lara tenía la mirada perdida en un punto invisible, cerca del suelo—. Por eso trató de llamar su atención. Le sonríe con dulzura cuando ella alza la vista hacia él.

         —Bueno, ahora me tienes a mí —susurra tratando de hacerla entender que él estaba dispuesta a estar a su lado, sucediera lo que sucediera.

         Lara abre los ojos desmesuradamente, asombrada por su contestación. ¿Cómo había podido tener la gran suerte de encontrar a un chico tan estupendo? Se sentía ilusionada. Ningún chico se había preocupado por ella, de la misma manera. A pesar de entender que Paula iba a hacerle la vida imposible para que se alejara de mí. O incluso hacérmela a mí para que me alejara de él.

         Mientras se termina el almuerzo charlan de sus cosas tratando de compartir información para conocerse un poco más.

          De nuevo, suena el dichoso timbre que devuelven a Adrian y a Lara, a la realidad. Es evidente que deben volver a clase.

          Por fin, finaliza el horario de clases, del día. Adrian busca ansioso el rostro de Lara entre los alumnos que ya empiezan a moverse desperdigados, tratando de salir de clase.

         Pero Lara no está, perece ser que se fue hace poco.

         Sale veloz por los pasillos del instituto, nervioso, tratando de encontrarla, ¿por qué demonios se fue sin mí?, se pregunta decepcionado.

         Conforme se va acercando a la salida, observa que parece ser que hay bulla a las puertas del instituto. La gente se agolpa allí como observando alguna escena fuera de lugar.

         —¡Oh no! ¡¡Paula!! —se repetía Adrian, corriendo hacia aquella maraña de gente

         Efectivamente, allí estaba Paula con dos amigas más, tratando de dejar en ridículo a Lara y de ponerle las cosas claras: en público, para avergonzarla aun más.

         Él pudo escuchar claramente como le decía que ella nunca sería para él. Que él jamás se fijaría en una niña tan ñoña y estúpida como ella. Y que tendría que tomar la decisión de irse a tomar por viento.

          Adrian se desmoraliza al verla allí, en medio de aquél gentío juzgándola: dolida y asustada.

         Estalla en furia. ¡Paula estaba rebasando los límites de su paciencia y estaba claro que tenía que recibir una buena lección para hacerla comprender que lo mejor sería que la dejara en paz!

        Se acerca a todo correr, apartando a empujones a la chusma para abrirse paso hasta Lara.

          Ni siquiera mira a Paula. Va directamente hacia Lara y después de plantarle un beso en los labios bajo la mirada atónita del público —sobre todo la de Paula, que estaba que echaba fuego—, la coge de la mano sin dejar de observarla con dulzura y le dice:

         —¡Vayámonos, mi vida! Alejémonos de quien desea romper nuestra preciosa y reciente relación —lo dice a un volumen elevado para que todo le mundo lo escuche con claridad—. Para que fuera de dominio público, aquello a lo que se dedicaba Paula y se enteraran de una vez de que no era de ella, de quien estaba enamorado.

         Aunque aquella era la más popular del colegio, sólo los chicos más estúpidos e interesados, iban tras ella.

         Adrian tira de Lara para sacarla de allí en medio; para apartarla de todas las miradas y llevarla a un lugar más tranquilo.

         El corazón de ella aún palpita desbocado. Era su primer beso, su primera prueba de amor y aquel chico la estaba tratando como si fuera la niña de sus ojos.

         —Adrian, espera —le da un pequeño estirón para detenerlo, aún agarrada a su mano —, ¡me besaste!... Y yo daría lo que fuera para que esto que empiezas a sentir por mí, fuera verdadero.

         En su mirada, el miedo de oír una respuesta que pudiera dolerle y en su corazón, un sentimiento que florecía de manera desenfrenada. Se estaba enamorando de verdad de aquel delgaducho adorable y no podía evitar remediarlo.

         —Lara, desde que nuestras miradas se cruzaron esta misma mañana, es como si intuyera que la vida me está premiando con algo bueno. Sé que todo está sucediendo demasiado deprisa y aunque no solía creer en el amor a primera vista, me temo que he caído rendido a tus pies —se sincera.

        Ella sonríe, ruborizada, incapaz de mirarle esta vez a aquellos ojos de pícara mirada que la observaban con tanta atención. Las mariposas de su estómago, seguían revoloteando inquietas y sentía que iba a explotar de felicidad.

        Adrian la coge de la mano, de nuevo y se ofrece a acompañarla a casa y como no, ella acepta con gusto.

         —¿Nos vemos mañana en clase? —le pregunta, interesada.

         —¿Y si quedamos esta tarde para hacer las tareas?¿Qué tal te vendría?

         El rostro de Lara se ilumina.

         —¡Sería perfecto!

        —Entonces, hasta la tarde, pues. A las cinco en la biblioteca del barrio —se despide con una sonrisa y un guiño mientras empieza a caminar para marcharse de allí, bastante deprisa.

          Llegó la tarde y después de realizar las tareas escolares, se dirigieron a la bolera e hicieron varias partidas al billar entre risas y bromas y algún beso fugaz.

        Lara se sentía feliz. Sentía que Adrian llenaba su corazón de una felicidad que nunca podía imaginarse que podría alcanzar.

         Durante las semanas de los tres meses siguientes, se veían con mucha más frecuencia. Incluso los fines de semana: tardes de cine, de paseos, de momentos inolvidables... Incluso bellos poemas de amor.

         Incluso por fin podían sentarse tranquilamente uno cerca del otro, porque desde el día que Adrian la dejó en ridículo, ya no les molestó más. Se centró en ir detrás de todo el equipo de baloncesto del instituto y ellos la tenían bastante entretenida, a ella y a su grupo de amigas.

         Estaba claro como iba a terminar Paula, se veía venir que finalmente acabaría quedándose fuera de todo y sola, una vez ya se habían cansado de ella.

        El amor entre los dos jóvenes se estaba consolidando y crecía aun más a medida que pasaban más tiempo juntos.

        —¿Me querrás siempre?, preguntaba Adrian mientras Lara reposaba su cuerpo sobre el césped del parque, embelesada en su rostro.

         —¡Claro que te amaré siempre! ¿Que te hace pensar lo contrario? —al pronunciar la pregunta, una punzada de miedo sacudió su corazón.

         —Temo que tengas que marcharte algún día y que te olvides de mí —confiesa— he oído que estaréis por aquí hasta que tu padre termine con la restauración del fresco que hay expuesto en el ayuntamiento.

         Lara se apena. Evidentemente, ya no podía ocultar por más tiempo que era cierto que su tiempo allí, terminaría en cualquier momento. Alza la vista hacia él y se lanza a sus brazos.

         —Ojalá nunca tuviera que marcharme —susurra mientras lo abraza.

         Los dos se quedan callados en aquel abrazo que no desea terminarse nunca. Tenían como cierta angustia a que, si se desenlazaban, ya no se verían más.

         —Adrian, no vamos a perder el contacto cuando me vaya —dice Lara convencida de ello—. En cuanto cumpla la mayoría de edad y termine mis estudios, pienso venir a buscarte para llevarte conmigo —sigue aclarando para que Adrian deje de temer por ello.

         —Pero, mientras pasen esos años, ¿que será de nosotros?¿Y si conocemos a alguien mientras estamos separados, alguien que haga olvidar que nuestro amor nos espera en la lejanía?

          —Un amor verdadero no puede terminar nunca, Adrian.

         —Eso espero —dice bastante preocupado.

          Lara se acerca hasta él y un apasionado beso despierta en ambos el deseo y las ganas de seguir amándose hasta el fin de sus días.

          —¡Te amo, Lara! —dice Adrian mientras acaricia el rostro de la chica, deslizando las yemas de sus dedos por aquella piel sedosa que lo encendía, cuando la tocaba.

          —Te amo, Adrian. Ahora y siempre.

           Los días pasaron y llegó el nada deseado momento de la despedida. Paula estaba encantada de que, por fin, ella se marchara. Realmente estaba esperando el momento para volver a intentarlo con Adrian.

         Lara y el joven se ven para despedirse. Necesitan estar por unos instantes, solos.

         —Prométeme que nunca me olvidarás —sigue insistiendo Adrian a Lara.

         —Eso nunca —contesta ella, para después abrazarle con todas sus fuerzas y obsequiarle con un dulce beso, poco después...

          Adrian observa como Lara sube al coche, con lágrimas en sus ojos y él hace lo posible por mantener su entereza, para no hacer la despedida mucho más dura. Aunque sus ojos empezaban a humedecerse, tratando de traicionarle.

         El adiós se queda ahora en un simple gesto con la mano y una esperanza en el corazón.

         Lara terminó estudiando en la universidad de Barcelona, sacándose el máster de Farmacia, nutrición y alimentación para, acto seguido, casarse con el chico que conoció en la misma universidad y que heredaría poco después la farmacia de sus padres cuando estos se retiraran, dejando el negocio para ambos.

         Adrian se marchó a Estados Unidos donde se especializó en la rama científica y obtuvo un trabajo muy bien remunerado. Se casó con una mujer que lo enamoró de la misma manera que Lara. Siempre le recordó a ella y al estar seguro de que nunca la volvería a ver, después de mandar varios correos electrónicos sin contestación, decidió pasar página y formar una familia.

          Un día, haciendo la limpieza de las cajas del desván, Lara encuentra una de las poesías que él le había escrito y que no había tenido el valor de deshacerse de ella. Solloza mientras la vuelve a leer, imaginándolo allí; de pie, delante de ella, haciéndole prometer que nunca lo olvidara... Ella había roto su promesa en cuanto se mudó a Barcelona y se enamoró de aquel universitario y no se lo podía perdonar a sí misma. Por eso, nunca respondió a sus mensajes. Porque sentía que lo había traicionado y que él debería de encontrar a alguien mejor que ella, que nunca lo abandonara como lo había hecho ella. Cruzó los dedos para que así fuera y apretando los ojos, bañados en lágrimas, pedía al cielo que lo colmara de una felicidad más grande que la que ella le había dado. Y que la chica que estuviera con él, en aquellos instantes, no lo abandonara nunca.


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