Voces Ahogadas | Narusasu |

By Hikari_sat0o

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Ciudad de México, 1968. Ser joven es un delito; ser estudiante, una sentencia de muerte. Sasuke Uchiha, un br... More

Advertencia

Capitulo único: Bajo el mismo cielo

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By Hikari_sat0o

Quisiera pedir una sincera disculpa si la precisión clínica o los conceptos anatómicos narrados a través de los ojos de Sasuke presentan alguna inexactitud. Mi verdadera formación universitaria se traza sobre libros llenos de leyes, un mundo que late muy lejos de los pabellones médicos y los quirófanos.

Para poder construir la perspectiva de un futuro doctor, realicé una investigación superficial y me apoyé en herramientas de inteligencia artificial para ciertos términos. Les ruego comprensión ante cualquier error técnico o conceptual; mi intención principal siempre fue transmitir el horror visceral y la desesperación de la tragedia, priorizando la carga emocional y humana por encima de la perfección científica.

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«Matan a más de 20 estudiantes». «Masacre en la Plaza de las Tres Culturas».

Esos eran los malditos titulares amarillistas que la prensa cobarde comenzó a escupir en sus rotativas la mañana del cuatro de octubre de 1968. «A más de 20 estudiantes»... Qué cantidad tan dolorosamente patética, tan cínica. «Veinte» es una cifra que suena enorme cuando se habla de la muerte en abstracto, desde la comodidad de un sillón. Pero cuando estás ahí, cuando tus pulmones se queman con el olor agrio a pólvora y sangre húmeda; cuando la lluvia se mezcla con los llantos y tus propios ojos ven cómo la plaza se traga la vida de tus compañeros... te das cuenta de que veinte es una burla grotesca.

Es un chiste macabro frente a la montaña de cuerpos sin signos vitales que el Estado dejó tirados. Cuerpos tibios que, en medio del pánico ciego y los destellos de las metralletas, mis propios zapatos tuvieron que pisar, resbalando en los charcos carmesí, tan solo para salvar mi miserable vida.

Pero la memoria es caprichosa y me tortura, porque no todo fue sangre desde el principio. No debió serlo. Menos aún por la absoluta estupidez con la que se encendió la mecha de este puto infierno.

Resulta asfixiante pensar que toda esta pesadilla comenzó un 22 de julio, con una simple y absurda riña callejera en la plaza de la Ciudadela. Estudiantes pendejos de las vocacionales 2 y 5 del IPN contra los de la preparatoria Isaac Ochoterena. Mocosos alborotados, sangre hirviendo por el orgullo de la edad, nada más. Pero el gobierno, en su infinita y paranoica soberbia, decidió el 23 de julio que la policía debía intervenir. Los granaderos reprimieron a los jóvenes con una saña desmedida y profanaron a golpes el edificio de la Vocacional 5.

Y aun así, la verdadera caída al abismo, el punto sin retorno, fue el 29 de julio. El ejército y la policía tomaron las instalaciones de la UNAM y del Politécnico. Alguien en el poder, asustado de unos simples jóvenes con libros y pancartas, decidió que reventar la histórica puerta tallada de la Preparatoria 1 con un tiro de bazuca era la demostración de fuerza más brillante del mundo.

Pinche gobierno asesino. ¿Quién diría que una pelea de adolescentes desataría una carnicería orquestada por el propio Estado?

Pero al final del día, ¿quién diablos soy yo para cuestionar nada? No soy un mártir. No soy un héroe. Tan solo soy un estudiante de la universidad al que le arrebataron la juventud de un plumazo. Alguien que vio a sus amigos caer como hojas secas perforadas por el plomo, que se acurrucó temblando en el rincón más asqueroso e indigno de uno de los edificios de Tlatelolco, tapándose los oídos y rogando que las balas no lo alcanzaran. Y, para terminar de joder el alma, soy el que acabó arrastrado a los separos de la policía secreta, tragando miedo, golpes y oscuridad, con una sentencia de muerte susurrada al oído si alguna vez abría la boca.

Soy, a mi propio pesar, un sobreviviente en un país que devora a sus hijos. Solo eso. Un fantasma que camina por aulas vacías.

Era el 30 de julio y el viento soplaba frío por los pasillos de la Facultad de Medicina. Arrastraba hojas secas sobre el concreto, produciendo un sonido rasposo y rítmico que, si cerrabas los ojos, se asemejaba escalofriantemente al marchar de botas militares.

-¡Oye, Sasuke! ¿Ya te enteraste?

La voz rompió la pesada monotonía del pasillo. Una chica pelinegra corría en mi dirección, pronunciando cada sílaba con una curiosidad casi infantil, poseedora de una inocencia que resultaba brutal -y hasta ofensiva- para alguien de veintiún años en una ciudad que empezaba a asfixiarse.

Me detuve de golpe al escuchar a la muchacha, que venía frenando a tan solo unos cuantos pasos de mi espalda.

-Hinata... ¿Enterarme de qué? -murmuré, arrastrando el cansancio en la voz.

Ella era solo una compañera de clase. Alguien con quien había compartido un par de tediosos trabajos de investigación, un puñado de palabras vacías y que, desde su ingenua y luminosa perspectiva, me consideraba su amigo.

Su respiración estaba agitada, las mejillas se le habían encendido por la carrera y en sus ojos perlados bailaba una urgencia nerviosa.

-¡¿Aún no sabes nada?! -exclamó, apretando sus gruesos libros contra el pecho como si intentara protegerse de sus propias palabras-. ¡Demonios, Sasuke, pensé que ya lo sabrías!

Fruncí el ceño, sintiendo la primera punzada de irritación en las sienes.

-¿Saber qué, Hyuga?

Ella tragó saliva. Miró de reojo a nuestro alrededor y bajó un poco el tono de voz, como si las paredes de la facultad ya tuvieran oídos del gobierno.

-Lo que pasó en San Ildefonso... en la Prepa 1. Dios, Sasuke... tiraron la puerta con un bazucazo.
-¿Qué...?

La palabra salió de mi garganta raspando cada fibra de ella, cargada de una pura e involuntaria incredulidad. Lo que llevaba ocurriendo desde hacía días tenía a toda la capital caminando sobre vidrio molido. La tensión en el aire era espesa, palpable: la policía metiendo sus sucias manos en asuntos de adolescentes, la presión internacional respirándonos en la nuca con la fachada de los putos Juegos Olímpicos -los primeros en Latinoamérica- a la vuelta de la esquina, el estrés agobiante de los exámenes... y ahora esta mierda.
Un bazucazo del ejército contra una escuela. Vaya que todo esto se estaba yendo al carajo a una velocidad vertiginosa.

Pero, si soy completamente honesto, en ese preciso instante todo ese desmadre me valía pura madre.

A mí no me importaban esas pendejadas. Las protestas, los discursos, los granaderos... todo me parecía un ruido innecesario. Los exámenes de anatomía se acercaban como una guillotina, diseccionando mis horas de sueño, y eso consumía mi absoluta y completa atención. Mi futuro estaba en esos cadáveres de estudio y en esos libros, no en las calles jugando a la revolución.

Mientras la miraba ahí parada, tan pálida y alterada por un conflicto que ni siquiera entendíamos del todo, en mi mente solo rondaba una idea fija: Hinata debería hacer exactamente lo mismo. Debería sentarse, callarse, concentrarse en las clases de una buena vez y dejar de lado toda esa mierda que no nos incumbía.

-¿No te parece una maldita atrocidad? -insistió ella, con la voz temblando al borde de la desesperación.
-Si te soy sincero, Hinata, no me importa. Y... creo que a ti tampoco debería de importarte -escupí las palabras con una frialdad que hasta a mí me sorprendió-. Los exámenes de la doctora Kurenai se acercan y sabes perfectamente que no perdona a nadie.

Un silencio incómodo, denso y sofocante, se apoderó del pasillo. Siempre fui alguien hostil, alguien que construía muros con facilidad, pero ese día fui un imbécil en toda la extensión de la palabra. La noche anterior apenas había logrado dormir dos míseras horas, más otra extra que le robé al tiempo cabeceando en el transporte hacia la facultad. Mi cerebro era una masa adormecida que solo intentaba retener palabras borrosas y diagramas médicos: el tibial anterior, la inserción del trapecio, el maldito dorsal ancho... Cada estúpido músculo, cada hueso y cada nervio que repasaba mentalmente me ponían más irritable. Y luego estaba Hinata, hablándome de conflictos sociales que yo me negaba a entender, obligándome a ser grosero solo para que me dejara en paz.

Visto desde ahora, con el peso de los muertos sobre los hombros, me doy asco. Qué reverendo idiota fui al pensar que la sangre derramada no nos incumbía. Qué estúpido, ciego y arrogante fui al ser así de cruel con ella, con esa niña que solo buscaba en mí un poco de consuelo ante un mundo que empezaba a desmoronarse. Qué idiota fui.

-Ti... Tienes razón, Sasuke... -susurró, bajando la mirada hacia sus zapatos, derrotada-. Nos vemos mañana.
-Adiós, Hyuga. Cuídate.
-Adiós, Sasuke...

Me alejé de ella a paso rápido, dejándola atrás, sola en medio de la corriente de alumnos. Ni siquiera me inmuté en voltear a verla por encima del hombro, ni me esforcé en regalarle esa media sonrisa fingida que siempre solía ofrecerle por cortesía, o devolverle la que ella siempre me daba con tanta calidez. Apenas era martes y mi mente ya estaba más que destrozada.

Salí de la facultad de Medicina pasadas las once de la mañana, frotándome los ojos irritados. Pero al alzar la vista, me detuve en seco. El paisaje de Ciudad Universitaria estaba irreconocible.

La gente no estaba en las aulas. Todos salían en desbandada, incluso aquellos que apenas iban llegando con sus mochilas al hombro. Había murmullos cargados de pánico, miradas cruzadas, un hervidero de tensión que te erizaba la piel. La UNAM y el Politécnico acababan de suspender clases de manera indefinida. Y entonces, a lo lejos, lo vi. El rector Javier Barros Sierra, en un acto solemne y fúnebre, había izado la bandera a media asta en señal de luto y protesta por la violación a la autonomía universitaria.

El águila devorando a la serpiente ondeaba a la mitad del tubo de metal, como si el propio país estuviera de rodillas, sangrando. Todos hablaban de eso. Las palabras «ejército», «represión» y «bazuca» volaban de boca en boca. Fue ahí, de pie en la explanada, sintiendo el viento frío golpear mi rostro, cuando entendí que lo que Hinata me estaba diciendo era un monstruo mil veces más grande, oscuro y devorador de lo que yo, en mi burbuja de ignorancia, creía.
De pronto, la bata blanca que llevaba en el brazo ya no se sentía como un símbolo de futuro, sino como un blanco en la espalda. Ser estudiante acababa de convertirse en un delito que se pagaba con sangre.

Aun así, intenté engañarme. Caminé hacia el metro ensimismado en mis pensamientos, obligándome a pensar en la rutina. Intentaba calcular cuántas horas estudiaría en el trayecto, lo imposibles y sádicos que eran los exámenes del doctor Danzo, repasando listas de anatomía para bloquear el miedo que empezaba a instalarse en la boca de mi estómago. Pero nuevamente, aquella frágil tormenta de deberes académicos y planes a futuro a los que yo llamaba «paz mental» fue hecha pedazos.

-¡Sasuke...!

Un grito rasgó el ruido del tráfico.

-Te he... estado buscando... por todos... putos lados.

Una figura se detuvo bruscamente justo frente a mí, bloqueándome el paso. Jadeaba con una violencia que le sacudía el pecho entero. Gotas espesas de sudor le resbalaban por la frente y las sienes, su cabello rubio estaba revuelto por el viento y la carrera, y su garganta sonaba tan seca y lastimada que cada sílaba parecía costarle la vida. Tenía los nudillos sucios y la mirada inyectada de una urgencia salvaje, desesperada.

Me quedé helado, sintiendo cómo el corazón me daba un vuelco doloroso contra las costillas.

-¿Naruto...? -pronuncié su nombre en un hilo de voz, sintiendo que el mundo real, el peligroso, por fin me había alcanzado-. ¿Buscándome...?
-Sí... Fui a buscarte con Hinata... pero me dijo que ya te habías ido.

Su voz comenzó a recuperar el ritmo, rasposa y cansada, mientras sus pulmones exigían el oxígeno que la carrera le había robado. Poco a poco, su respiración se estabilizó y enderezó la postura, revelando esa complexión atlética que siempre se empeñaba en asfixiar dentro de un impecable traje de color azul marino, sosteniendo un maletín de cuero en la mano derecha. Parecía un pinche mamón de cuarta, un burócrata prematuro disfrazado de estudiante. Pero Naruto siempre había sido así: una contradicción andante, un huracán vestido de diplomático.

-Sí... -respondí, desviando la mirada hacia el concreto-. Los exámenes se acercan.
-Sí. Eso me dijo Hinata.

Giró el rostro hacia la avenida, y un silencio denso, tenso y cargado de culpa se instaló entre los dos. Era un silencio pesado, de esos que te aplastan los hombros. Yo sabía exactamente lo que Naruto estaba pensando. Sabía lo que estaba a punto de decirme. Conocía de memoria ese tono que precedía al clásico sermón sobre la empatía, sobre ser más amable con las personas, sobre mi maldita incapacidad para hacer amigos nuevos y dejar de tratar a los demás como si fueran basura.

Me adelanté, clavándole una mirada fría para cortar de tajo cualquier intento de moralina.

-Aún no contestas mi pregunta, Naruto.
-¿Mmm?

Se volteó a verme, genuinamente confundido por un segundo, antes de que la comprensión cruzara por sus ojos azules. Entendió a la perfección que estaba levantando un muro para evitar sus reclamos. Suspiró, pasándose la mano libre por el cabello rubio y alborotado.

-¿Para qué me buscabas? -insistí, cruzándome de brazos.
-Ah, eso... No sabes nada, ¿verdad?
-¿Sobre lo de la Prepa 1? Ya me enteré.
-No es solo eso, Sasuke.
-¿Entonces? ¿Qué más da? -escupí, dejando que la irritación me dominara por completo-. ¿Sabes, Naruto? Toda esta situación es una reverenda mierda, y te voy a decir exactamente lo mismo que le dije a la Hyuga: no me importa. No nos incumbe. Esta no es nuestra guerra. Mejor lárgate a tu facultad y ponte a estudiar, porque conociéndote, vas pésimo en tus materias y no estás para andar perdiendo el tiempo.

Estaba harto. Jodidamente harto. En los pasillos, en el metro, en las calles, nadie hablaba de otra cosa. «Gobierno y estudiantes». «Estudiantes y gobierno». Esas palabras se escapaban como un veneno de la boca de cada persona, y escuchar la misma cantaleta cada cinco pasos se había convertido en una maldita tortura para mis nervios destrozados. Que ahora viniera el idiota rubio a repetirme el mismo discurso era simplemente el colmo de mi nula paciencia.

Le di la espalda y comencé a caminar, alejándome de él a paso lento, arrastrando los pies. Mis planes habían cambiado drásticamente en los últimos diez minutos: ya no iba a repasar anatomía en el trayecto. Ahora tan solo quería llegar a mi maldita casa, encerrarme en mi cuarto y dormir hasta que el mundo dejara de gritar noticias que ni entendía, ni me interesaban.

-Sasuke...

Ese llamado me obligó a detenerme en seco, congelando mi sangre.

No fue el clásico grito estridente de Naruto. No fue el tono de reproche, ni el de burla. Fue un sonido ahogado, cargado de un cansancio milenario, de dolor puro y de una súplica desgarradora. Una de esas súplicas que, aunque no comprendes a la primera, resuenan en tu caja torácica como un desesperado «Por favor, quédate. Tengo miedo».

-¿Qué? -solté, girando sobre mis propios talones hasta quedar frente a él, a escasos centímetros de distancia.

Sé que mi rostro era un poema al desprecio. Sé que mis facciones reflejaban desagrado, fastidio y un cansancio inmenso, mirándolo desde arriba de mi absurdo pedestal de indiferencia. ¡Oh, Dios, cuánto me arrepiento...! Si hubiera sabido que esa sería una de las últimas veces que lo vería entero, con esa luz desafiante en los ojos... lo habría abrazado. Pero en ese momento, solo fui un cobarde egoísta.
Los ojos de Naruto estaban oscuros, desprovistos de su brillo habitual.

-Han cancelado las clases de manera indefinida en toda la universidad -dijo, y su voz no tembló, pero tenía un filo cortante-. Esto ya nos incumbe, Sasuke. Ha dejado de ser un problema ajeno en las noticias para convertirse en uno que vamos a tener que vivir en carne propia. El rector... el rector acaba de izar la bandera a media asta.

Tragué saliva, sintiendo cómo mi escudo de apatía comenzaba a resquebrajarse.
Naruto siempre había sido así: impulsivo, ruidoso, terco. Pero cuando se trataba de problemas sociales, se enchalecaba el dolor ajeno como si fuera propio. Hacía hasta lo imposible por darle solución a las injusticias. Era un grillero nato, un líder magnético. Tanto así, que ya era una de las voces principales en las asambleas estudiantiles de su facultad.

Pero al mirarlo a los ojos esa mañana de julio, me di cuenta de algo terrorífico. Esto era diferente. Este monstruo estaba creciendo de manera exorbitante, alimentándose de la sangre de los jóvenes en tiempo récord. Y Naruto... Naruto estaba parado justo en el centro del puto blanco, dispuesto a recibir el impacto.

Vaya mierda. Una mierda de proporciones tan dantescas, tan oscuras, que ni el propio gobierno, con todas sus armas y su infinita maquinaria de mentiras, era ya capaz de controlar.

Pero, a estas alturas y con la memoria destrozada, ¿qué más les puedo decir? Jamás fui como Naruto. Jamás tuve ese fuego mesiánico en la sangre, ese sentido de justicia inquebrantable incrustado en los huesos, y mucho menos sentí el impulso suicida de cargar con las cruces ajenas. Sin embargo, después de esa tarde de julio, me uní al movimiento. Me arrastré voluntariamente hacia el incendio.

Y lo hice no solo porque el hombre que amaba -y que sigo amando hasta que la vida se me acabe- se había convertido en la voz, la fuerza y el blanco principal de cada una de estas protestas. Me uní porque el terror me hizo abrir los ojos: comprendí que ser estudiante no debería ser una sentencia de muerte. Ser joven, llevar una bata médica o unos libros bajo el brazo no debería ser sinónimo de pánico, de caminar mirando por encima del hombro, de quedarte callado y agachar la cabeza ante toda la mierda que el gobierno nos obligó a tragar día tras día a partir de entonces.

El miedo se convirtió en rabia, y la rabia me dio la valentía que no sabía que tenía.

Estuve ahí el primero de agosto. Caminé cuando el rector Javier Barros Sierra, con una dignidad estoica que nos devolvió un poco el aliento, encabezó aquella marcha inmensa desde Ciudad Universitaria hasta Félix Cuevas. El asfalto de Insurgentes vibraba bajo nuestros pies. Ese mismo día, la radio vomitó el discurso de Gustavo Díaz Ordaz desde Guadalajara. Un discurso tan culero, tan pendejo y mal preparado, pero a la vez preñado de amenazas veladas, que el estómago se me encogió al escucharlo. El cinismo con el que hablaba nos dejó claro que la cacería había comenzado.

Después de eso, el tiempo se aceleró, arrastrándonos en una espiral de eventos pasados de madre. La represión crecía, y en el ojo de ese huracán estaba Naruto. Él era una de las cabezas centrales, siempre flanqueado por Neji Hyuga y Rock Lee. Tres líderes de la UNAM que apenas rozaban los veintiún años de edad, levantándose contra un sistema monstruoso, luchando a gritos por su futuro y el derecho a una educación libre.

Niños. Éramos solo unos putos niños jugando a ser inmortales, jugando a mover el mundo.

Y yo... yo simplemente acompañaba a mi novio. Estaba a su lado en cada asamblea de madrugada, en cada marcha improvisada, en cada momento donde todo parecía irse un paso más a la mierda.

-No podemos echarnos para atrás ahora, Sasuke -me dijo Naruto la noche del 8 de agosto, frotándose los ojos cansados bajo la luz amarilla de la calle-. Hoy se formó el Consejo Nacional de Huelga. Ya no somos solo la UNAM. Está el Politécnico, las Normales, el Colegio de México, Chapingo, la Ibero, la Salle... Un chingo de escuelas se unieron hoy. Medio país está despertando, Sasuke. El gobierno tiene que vernos ahora.

Lo miré, sintiendo una opresión brutal en el pecho al ver el cansancio marcando sus facciones, pero también ese brillo fanático en sus ojos azules que me aterraba.

-Están acorralando a un animal rabioso, Naruto -le respondí, agarrándolo de los hombros, intentando transmitirle mi miedo-. Lanzaron un pliego petitorio. ¿Seis puntos? ¿Crees que les van a dar libertad a los presos políticos así nada más?
-Son seis míseros puntos -sonrió, con esa esperanza maldita que me desarmaba siempre-. Es lo mínimo que nos deben. Nos van a tener que escuchar.

Y por un momento, creí que tenía razón. El 13 de agosto, esa justicia pareció casi tangible. Fue la primera manifestación estudiantil que llegó hasta el Zócalo. Marchamos desde el Casco de Santo Tomás, y ahí, rodeado de miles, fue mi primera manifestación real. Fue la primera vez que el pánico se disolvió y me sentí parte de algo inmenso. Sentí que aquella también era mi lucha, mi sangre, mi país.

Luego llegó el 15 de agosto, un respiro en medio del asfixio. En una sesión extraordinaria del Consejo Universitario, el rector Barros Sierra logró lo impensable: nuestras demandas fueron aprobadas. Cada una de esas pinches demandas fue respaldada oficialmente por la universidad. Fue, sin lugar a dudas, el mejor día para Naruto, y por lo tanto, también lo fue para mí. Lo vi reír a carcajadas, abrazar a Neji y a Lee, creyendo sinceramente que habíamos ganado. Un espejismo perfecto.

Pero en México, la esperanza siempre tiene fecha de caducidad.

El 22 de agosto, el teatro de la muerte levantó su telón. El secretario de Gobernación, Luis Echeverría, nos ofreció públicamente un "diálogo franco y sereno" con los representantes estudiantiles. Puras mamadas. Desde el instante en que esa propuesta envenenada salió de su boca, supe que los imbéciles del gobierno ya nos tenían la pistola apuntando directamente a la sien.

El CNH, con esa valentía que rayaba en lo suicida, aceptó la propuesta. Neji fue quien redactó la respuesta.

-Aceptamos el diálogo -había sentenciado el Hyuga, frío y tajante ante el comité-. Pero la única condición es que se realice en presencia de la prensa, la radio y la televisión. Todo el país va a ver cómo nos responden. Nada a puerta cerrada.

Era lo mínimo. Lo más justo. Y, sin embargo, mientras escuchaba a Naruto celebrar la decisión, un frío paralizante me recorrió la columna vertebral. El miedo que sentí en ese momento fue asfixiante, pesado. Estábamos acorralando al gobierno frente a las cámaras, obligándolos a quedar en evidencia a semanas de los putos Juegos Olímpicos.

Esa noche, vi a Naruto revisar sus notas en el escritorio, ajeno a la magnitud de la bestia que acababan de despertar. Me quedé observándolo desde la cama, sintiendo una impotencia tan grande que me quemó la garganta. ¿Cómo le explicaba al amor de mi vida que la honestidad no sirve de nada cuando el enemigo es el que fabrica las balas?

No había forma. Simplemente no podía. Y, siendo brutalmente honesto, mis palabras no hubieran servido de absolutamente nada cuando se trataba de Naruto y ese arraigado, casi suicida, sentido de lucha y de guerra. Menos aún cuando lo veía hablar en las asambleas y sus ojos parecían transmutar de aquel azul cielo a un rojo inyectado de sangre; una mezcla de euforia, rabia, miedo y una impotencia que yo mismo sentía carcomiéndome las entrañas.

Nosotros no deberíamos estar viviendo esto. Nuestro único puto problema debería ser qué regalarle a su abuela Tsunade en su cumpleaños, o lidiar con mis padres en las cenas familiares. Pero incluso esas batallas ya las habíamos ganado. Mi familia, con todo su estricto orgullo Uchiha, lo había aceptado en nuestra mesa. Y Tsunade... Dios, esa vieja fuerte y terca me había amenazado con romperme todos los huesos de la mano si alguna vez lastimaba a su nieto, pero nos había dado su bendición. Éramos dos cabrones afortunados que tenían el amor que querían, respaldados por los suyos. Teníamos un futuro, una vida que planeábamos construir. Y el gobierno nos la estaba arrancando a pedazos.

El 27 de agosto marchamos desde el Museo de Antropología hasta el Zócalo. Fue inmenso. En medio de la plaza, alguien tuvo los huevos de izar una bandera rojinegra a media asta. Fue un instante de gloria, efímero y peligroso. Esa misma madrugada, mientras muchos dormían en la plancha del Zócalo, fuimos desalojados violentamente por la fuerza pública. A culatazos, a patadas. Tratados como animales, como delincuentes pestilentes que no merecen ni el más mínimo trato digno por parte de esos cerdos con uniforme que se hacen llamar «la justicia».

-¡Sasuke, corre, no te detengas! -me gritaba Naruto esa madrugada, tirando de mi mano con desesperación mientras esquivábamos los golpes de los granaderos en la oscuridad.

Al día siguiente, el 28 de agosto, el puto gobierno organizó un «acto de desagravio» a la bandera nacional, arreando como ganado a un chingo de trabajadores al servicio del Estado. Fuimos varios grupos de estudiantes los que nos filtramos, mezclándonos entre los burócratas, gritando nuestras consignas en sus propias caras, hasta que el Estado se quitó la máscara: todo fue disuelto por carros blindados y tropas de infantería. Bienvenidos a la primera gran «represión».

El 1 de septiembre, el terror tomó forma de voz. Estábamos reunidos alrededor de una vieja radio en la casa de Tsunade cuando escuchamos el IV Informe de gobierno del presidente Díaz Ordaz. Amenazó a niños, a estudiantes, con sofocar el movimiento a como diera lugar.

«Hemos sido tolerantes hasta excesos criticados -escupió la radio con su voz chillona y siniestra-, pero todo tiene un límite y no podemos permitir que se siga quebrantando el orden jurídico, como a los ojos de todos ha venido sucediendo».

Fueron sus pinches palabras exactas. Palabras que nos hicieron sentir un escalofrío helado en la nuca a todos los presentes. Tsunade apretó los puños hasta dejarse los nudillos blancos de la rabia. Pero en los jóvenes, fuera de provocar el terror paralizante que él buscaba, encendió un odio más profundo. Nos inyectó más ganas de seguir peleando, ciegos a las consecuencias, sin darnos cuenta de que esa fue la primera llamada... el anuncio del puto acto final.

Los días siguientes fueron una hemorragia que no podíamos parar. El 3 de septiembre, el CNH respondió ratificando su demanda de diálogo público. El 9, nuestro rector Barros Sierra, con esa voz de padre cansado, nos pidió volver a clases sin renunciar a los fines del movimiento. Pero, aunque nos hubiera rogado de rodillas, nadie iba a soltar las calles.

El 13 de septiembre marchamos en absoluto silencio a lo largo de Paseo de la Reforma. La «Marcha del Silencio». Cientos de miles de almas caminando sin emitir un solo ruido, con cinta en la boca, demostrando que podíamos ser más disciplinados que sus propios soldados. Ahí, bajo ese silencio aterrador, inició la segunda ola de represión operando en las sombras.

Llegó el 15 de septiembre. El ingeniero Heberto Castillo, de la Coalición de Maestros, dio el Grito de Independencia en la explanada de Ciudad Universitaria. Y te juro que fue un pinche grito tan cabrón, tan cargado de dolor y de patria real, que se me enchinó la piel. En medio de la multitud, bajo el cielo nocturno, Naruto buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. Ese grito entusiasmó hasta al estudiante más apático y egoísta que yo alguna vez fui. Por un momento, me sentí invencible a su lado.

Y entonces, el 18 de septiembre, nos rompieron las piernas. El ejército, con sus tanquetas y sus bayonetas caladas, violó la autonomía y ocupó Ciudad Universitaria.

Esa noche la cacería fue brutal. Cerca de quinientas personas fueron detenidas, arriadas a los camiones militares. Y, como siempre, por ir en la primera línea, Naruto fue parte de esos quinientos. El mundo se me vino abajo. El pánico me asfixió, pero moví cielo, mar y tierra. Usé cada contacto de mi familia, cada centavo, y logré sacarlo de ahí antes de que cantara un gallo. Lo saqué de las garras de la policía secreta más rápido de lo que tardan tus plaquetas en hacer una mísera costra sobre una herida abierta.

Mientras le curaba el rostro magullado en el baño de su casa, con mis manos temblando de rabia y alivio, lo pensé. Ojalá... ojalá así de poco tardara la vida en cicatrizar las heridas que ella misma se encarga de hacerte.

-Te dije que no te pusieras frente a ellos, idiota -le reclamé, con la voz rota, pasándole el algodón con alcohol por un corte en el labio.
-Alguien tiene que poner el pecho, Sasuke -me respondió, haciendo una mueca de dolor pero sin apartar su mirada de la mía-. No podemos dejarlos solos.

Al día siguiente, el 19 de septiembre, el rector Barros Sierra protestó por la ocupación militar, calificándola como un «acto excesivo de fuerza».

«Los jóvenes -dijo el rector- requieren comprensión antes que violencia».

Tenía toda la maldita razón. Éramos niños. Estudiantes de medicina, de ingeniería, de literatura. No necesitábamos fuego cruzado, armas, ni violencia. Necesitábamos seguridad; la misma seguridad que el Estado, quien se suponía debía protegernos, nos negaba para usarla en nuestra contra.

Y como si las cosas no pudieran ponerse peor, el 20 de septiembre el infierno se trasladó al norte de la ciudad. Se desataron enfrentamientos brutales entre estudiantes y elementos de la policía en los planteles del Politécnico, en Zacatenco. Ahí estaban Gaara, Temari y Kankuro. Los líderes del IPN, nuestros aliados y amigos, se convirtieron en las nuevas víctimas de las bajezas de ese gobierno puto.

Escuchábamos las noticias por la radio clandestina, con el sonido de las sirenas cortando la madrugada a lo lejos. La represión ya no era una amenaza al aire; era una cacería sistemática. Y mientras Naruto apretaba los dientes, cogiendo su chamarra listo para salir corriendo a buscar a los del Poli, yo me interpuse en la puerta de la habitación. Sabía que no iba a poder detenerlo, pero el frío letal de octubre ya comenzaba a colarse por debajo de la puerta, acechándonos.

El 24 de septiembre, el aire de la ciudad olía a pólvora, a asfalto quemado y a pura desesperación. El ejército tomó por asalto el Casco de Santo Tomás. Fue una carnicería disfrazada de operativo. Estudiantes de vocacional y del Politécnico, atrincherados, resistieron durante horas una lluvia de plomo. Nosotros, con piedras, pupitres, palos y libros; ellos, con fusiles de asalto, bayonetas caladas y el respaldo asesino del Estado.

Fueron horas de agonía escuchando las ráfagas a lo lejos, rogando al cielo que nuestros amigos salieran vivos de ahí.

Y entonces, como un retorcido juego mental, el 30 de septiembre el ejército desocupó la Universidad. Los tanques se retiraron de Ciudad Universitaria.

Al fin, después de semanas de asfixia, tuvimos un rayito de esperanza. Un suspiro colectivo que nos supo a gloria, aunque en el fondo tuviera un sabor a ceniza. Octubre ya se asomaba por la ventana con su viento gélido, y con él, la sombra gigantesca de los putos Juegos Olímpicos. Había presión por parte de la prensa extranjera, presión por parte de nosotros los estudiantes, presión en cada maldita calle para el gobierno. Lo teníamos acorralado.

Y eso... eso era exactamente lo que más le cagaba a Gustavo Díaz Ordaz. Era lo que le ardía en las entrañas a ese cabrón. Saber que ya no podía controlar el país bajo su mano de hierro; saber que ya no podía seguir tapando el sol con un solo dedo ensangrentado. La situación se le estaba desbordando, escurriéndosele entre los dedos como cuando uno intenta agarrar agua con las manos desnudas.

Pendejo. Con esa palabra lo describo en mis memorias. Como un pinche, puto y paranoico pendejo. Imagínate ser tan minúsculo de espíritu, tan patético, que un montón de adolescentes que seguramente no pasaban de los veintiocho años te hicieran sudar frío en tu silla presidencial. Pero, viéndolo en retrospectiva, no lo culpo del todo. Yo también le tendría un miedo pavoroso a un grupo de personas donde codo a codo marchaban niños, madres de familia, padres obreros, profesores y alumnos. Personas con los huevos bien puestos, dispuestas a plantársele en la jeta a la máxima autoridad para decirle: «Estás bien pendejo si crees que tus armas nos van a intimidar».

Pero al final, esa misma valentía deslumbrante y pura sería nuestra verduga.

Llegó el 1 de octubre. La UNAM reanudó parcialmente algunas labores de investigación, administración y difusión cultural. Las autoridades querían fingir normalidad, querían que el mundo viera una sede olímpica pacífica. Sin embargo, en una asamblea clandestina que apestaba a tabaco barato y a sudor frío, el Consejo Nacional de Huelga tomó su decisión.

Estábamos apretujados en la sala de una casa de seguridad en la colonia Roma. Naruto estaba de pie frente a una mesa llena de panfletos, apoyando las manos sobre la madera. A su lado, Neji cruzado de brazos con el ceño fruncido, y Lee, quien no soltaba por debajo de la mesa la mano de Gaara. El pelirrojo llevaba un vendaje mal puesto en la frente, un recuerdo brutal de la caída del Casco de Santo Tomás, y a sus espaldas hacían guardia sus hermanos, Temari y Kankuro.

-No podemos volver a las aulas -sentenció Naruto, con la voz ronca pero firme-. Si regresamos ahora, si doblamos las manos porque nos devolvieron CU, entonces los muertos de Santo Tomás, los desaparecidos y los presos políticos habrán caído por nada. La huelga escolar sigue.
-Es un suicidio, Naruto -intervine yo desde el rincón, sintiendo que el corazón me martillaba en la garganta-. Ya cedieron un poco. Tienen a los militares patrullando. Ordaz no va a permitir que le arruinemos su teatro olímpico. Nos van a masacrar si seguimos provocándolos.

Gaara levantó la mirada hacia mí, sus ojos delineados por el cansancio absoluto. Apretó la mano de Lee con fuerza.

-Si nos detenemos hoy, Sasuke, nunca más nos van a dejar hablar -dijo Gaara, con una calma espeluznante-. El Politécnico no se va a rendir.
-La UNAM tampoco -secundó Neji, asintiendo-. Mañana hay un mitin en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Ahí reafirmaremos el pliego petitorio.

Los miré a todos, uno por uno. Sentí una ola de impotencia tan grande que me ardieron los ojos. Eran seis líderes. Seis imbéciles idealistas contra un ejército completo, equipado con tanquetas, ametralladoras y bazucas. Y ellos... ellos solo eran seis adolescentes a los cuales el maldito lóbulo frontal ni siquiera se les terminaba de desarrollar. Niños jugando a la revolución con un Estado asesino. Teníamos absolutamente todo en contra. El tablero estaba arreglado para que perdiéramos.

-Iré con ustedes -mascullé finalmente, bajando la mirada. No por valentía, sino porque prefería morir a dejar que Naruto caminara solo hacia el matadero.

Naruto me dedicó una sonrisa cansada, llena de un amor tan inmenso que me partió el alma en dos.

No lo sabíamos en ese momento, mientras hacíamos planes para el día siguiente y compartíamos un café frío. No sabíamos que esa reunión, que esa terca y hermosa negativa a rendirse, sería nuestra sentencia. Una condena a muerte silenciosa, lenta, improvisada por las cúpulas del poder, pero que se ejecutaría llena de sangre, de fuego y de un odio visceral que, aún hoy, sesenta años después, sigo sin poder comprender del todo...

La mañana del 2 de octubre amaneció extrañamente nublada, como si el propio cielo supiera que iba a tener que llorar sobre Tlatelolco.

El reloj de la iglesia de Santiago marcaba las cinco de la tarde. La Plaza de las Tres Culturas estaba a reventar, un mar de miles de almas congregadas bajo los balcones del edificio Chihuahua.

Naruto caminaba con la espalda recta, con el mentón en alto, proyectando esa seguridad inquebrantable que las masas necesitaban ver. Para los cientos de estudiantes, obreros y madres de familia que marchaban a nuestro lado, él era un faro, un líder impenetrable. Pero yo, que conocía a detalle cada facción, cada lunar y cada respiración de su piel trigueña, podía leer su cuerpo con una precisión clínica. Y en ese preciso instante, Naruto estaba aterrado. Tenía un chingo de miedo.

Sus manos padecían de finos microtemblores, fasciculaciones casi invisibles que delataban la sobrecarga de adrenalina en su sistema. Una diaforesis severa -un sudor frío y espeso- le escurría por las sienes y la frente, producto de una vasoconstricción aguda. Su agarre sobre mi mano era tosco, doloroso, casi desesperado, obstruyendo mi propia circulación periférica. Era el agarre de alguien que siente que, si afloja los dedos un milímetro, el abismo se lo va a tragar vivo.

-Naruto...

Hablé después de mucho tiempo, atreviéndome por fin a romper esa barrera de tensión que nos asfixiaba. Mi voz salió rota, afectada por una xerostomía brutal; mis glándulas salivales habían dejado de funcionar por el estrés. Mis cuerdas vocales vibraron con un miedo primitivo, visceral, irracional. Sentía esa opresión torácica, esa sensación de muerte inminente que los manuales de cardiología describen en los pacientes justo antes de un infarto masivo. Algo en el ambiente, en la presión del aire, estaba jodidamente mal.

Él no contestó. Ni siquiera giró el rostro por completo. Solo me miró de reojo y me regaló una sonrisa. Una simple y maldita sonrisa torcida. Esa expresión suya que desafiaba toda lógica médica y humana; esa que era capaz de inyectarte dopamina pura directo al torrente sanguíneo, dándote fuerza y esperanza. No tuvo que articular una sola sílaba, no lo necesitó. Aquel simple estímulo visual bastó para reactivar mi sistema, devolviéndome toda la valentía que se me había drenado a los pies.

El mitin no fue tan largo como esperaba. Desde la explanada, con la vista clavada en el tercer piso del edificio Chihuahua, observaba a los líderes hablar. Sus voces resonaban en los megáfonos, desgranando nuestras demandas, presionando al Estado, inyectando coraje, euforia y una fiebre revolucionaria en las venas de todos los presentes.

Yo los observaba con un cuadro clínico emocional que jamás había experimentado: una seguridad inmensa, irremediablemente infectada por un terror profundo. No sabía por qué, ni cómo, pero el miedo seguía ahí, enquistado en mi mediastino, latiendo al mismo ritmo acelerado de mi miocardio.

Y entonces, a las 18:00 horas, el diagnóstico de mi pánico se confirmó.

El cielo de Tlatelolco se rasgó. Un helicóptero militar sobrevoló la plaza, y de él cayeron dos luces. Si te lo planteo desde una perspectiva literaria o ignorante, habría parecido un presagio divino, una estrella fugaz a plena luz del día. Pero cuando se trata de bengalas -una verde y una roja- suspendidas sobre una manifestación estudiantil rodeada por el ejército, tu cerebro límbico entiende de inmediato que no es poesía. Es una señal táctica. Una orden de fuego. El heraldo de tu propia autopsia.

Muchos alzamos la cabeza por inercia, rastreando el humo carmesí que descendía como una guillotina de neón sobre nosotros. En ese parpadeo de tiempo, vi la expresión de terror puro dilatando las pupilas de los que estaban a mi lado, y vi la comprensión letal en los rostros de los que sabían que la cacería había empezado.

Y entonces, todo el conocimiento de anatomía y fisiología humana que había memorizado en la facultad se estrelló de frente contra la más cruda y asquerosa realidad.

Desde lo alto de la iglesia o de algún edificio, cayó el primer disparo. Un proyectil de alta velocidad, diseñado para destrozar tejido. No hubo aviso. La bala perforó directamente el cráneo de Neji Hyuga.

El impacto generó un shock hidrostático expansivo. Vi, con una nitidez que me provocará náuseas hasta el día en que me muera, cómo la bóveda craneal del castaño colapsaba bajo la presión cinética. El hueso parietal estalló, y Neji -aquel líder de cabellera larga, recta y orgullosa- cayó a plomo, sin ningún tipo de reflejo defensivo. Su sistema nervioso central fue desconectado de un tajo. Se desplomó como un costal de carne muerta, salpicando con una lluvia caliente de sangre arterial, líquido cefalorraquídeo y fragmentos de masa encefálica los rostros y la ropa de los que estábamos a unos metros de él.

Mi cerebro entró en disociación aguda. El tiempo se volvió una melaza espesa. Habían asesinado a Neji Hyuga. Al sobrino de una familia con un poder político y económico abrumador. Le habían volado la cabeza a plena luz del día, frente a miles de testigos, demostrando que el Estado no le tenía miedo a las represalias, a las influencias, ni a Dios mismo.

El shock me paralizó el sistema motor. No supe procesar la imagen de su cuerpo flácido sangrando sobre el concreto prehispánico. No sé cuántos microsegundos transcurrieron antes de que una segunda ráfaga de metralleta barriera a la multitud, destrozando clavículas, abdómenes y fémures a su paso.

Y junto a las balas, estallaron los gritos. Gritos desgarradores de terror puro.

Entre esa cacofonía de histeria colectiva y detonaciones, una frecuencia específica perforó mis tímpanos: el alarido agudo y roto de Hinata Hyuga. La prima biológica de Neji; la chica que se crio con él, que lo veía como el hermano mayor que siempre la protegió de la tiranía de su propia familia. Entiendo perfectamente, a nivel psicológico y empático, el trauma irreversible que se genera al ver cómo el lóbulo frontal de tu hermano es reventado frente a tus globos oculares.

Ese grito fue el estímulo de dolor que mi sistema nervioso simpático necesitaba para reaccionar. Rompió mi parálisis. Hinata era de las pocas personas genuinamente amables conmigo, alguien a quien yo apreciaba muchísimo en secreto, a pesar de lo imbécil y grosero que fui con ella días atrás. La adrenalina ahogó mi miedo a morir. La busqué desesperadamente, escaneando el caos, esquivando cuerpos que caían pesadamente al suelo buscando cobertura, hasta que la encontré.

La imagen me congeló la sangre en las venas.

Hinata estaba de rodillas, completamente inmóvil en medio del pánico, con la mirada vacía, víctima de una desconexión neurológica total. Su rostro, siempre tan pálido y pulcro, estaba salpicado de un rojo oxidado y brillante; una sangre que no le pertenecía, pero con la que compartía genética.

Sus manos temblaban de manera espasmódica. Sostenía las palmas hacia arriba, observando, incapaz de respirar, cómo en las yemas de sus dedos descansaban pequeños fragmentos grisáceos de parénquima cerebral. Tejido blando y caliente que, apenas un segundo antes del disparo, albergaba miles de recuerdos a su lado, memorias, pensamientos matemáticos, ideales de justicia y el amor incondicional que le tenía. Ahora, toda esa complejidad humana no era más que materia orgánica embarrada en sus manos temblorosas.

Ni siquiera mi cerebro, entrenado para diseccionar la anatomía humana sin titubear, fue capaz de procesar de inmediato la dantesca escena. Por puro instinto de conservación, me llevé la mano temblorosa al rostro. Mis dedos rozaron mi arco cigomático izquierdo y palparon una masa tibia, viscosa y de consistencia gelatinosa. Tejido orgánico. Restos macroscópicos del lóbulo frontal de Neji también se habían incrustado en mis pómulos. Un espasmo de náusea violenta me sacudió el esófago. Me froté la cara desesperadamente con la manga de la sudadera que llevaba puesta, embarrando la sangre arterial sobre la tela de algodón, y corrí. Corrí con todas mis putas fuerzas hacia ella.

El ruido ensordecedor de las detonaciones y los gritos ahogaba mi voz.

-¡Hinata! ¡Hinata! ¡Mírame, por favor, Hinata! -grité hasta rasgarme la faringe.

Era inútil. Sus pupilas estaban dilatadas al máximo, fijas en el vacío, atrapada en un shock disociativo severo. Mis propios pulmones empezaron a colapsar, ardiendo por la hipoxia y la hiperventilación que el pánico inyectaba en mi torrente sanguíneo.

Avancé a trompicones, cegado por el terror, y de pronto mi pie chocó contra un obstáculo denso y pesado. Caí de bruces, golpeándome las rodillas contra el concreto, ensuciándome de lodo y sangre coagulada. Al intentar apoyarme para levantarme, mis manos se hundieron en un charco tibio. Miré hacia abajo. Era el cuerpo inerte de un muchacho. Un estudiante. Tenía cianosis en los labios por la falta de oxígeno y un boquete de salida masivo a la altura de la caja torácica que había destrozado su lóbulo pulmonar derecho. Un neumotórax abierto, hemorragia exanguinante, ausencia total de tono muscular. Estaba muerto.

No había tiempo para la piedad. Apenas logré reincorporarme, llegué hasta Hinata, le agarré la muñeca y la jalé con una tracción tan forzada y violenta que temí luxarle la articulación del hombro.

Ella se levantó a trompicones, su motricidad fina y gruesa completamente entorpecidas por el colapso de su sistema nervioso, pero no iba a soltarla. No podía permitir que la masacraran frente a mis globos oculares, no a la niña que minutos antes sonreía bajo el cielo de octubre.

Corrimos. O mejor dicho, fuimos arrastrados por una estampida humana. Miles de personas empujándose en un estado de supervivencia primario. El Batallón Olimpia nos estaba acorralando como a ganado en un matadero clandestino. Escuchaba el zumbido balístico rasgando el aire a centímetros de mi cabeza. No sabía hacia dónde ir, mi sentido de orientación espacial estaba anulado. Solo recordé un viejo precepto militar que alguna vez leí: correr en zig-zag. Movimientos erráticos, alterar la trayectoria para dificultar la línea de visión de los francotiradores apostados en las azoteas.

En medio de esa ceguera y adrenalina, vi una válvula de escape. Personas corriendo hacia el edificio de departamentos Chihuahua. Familias atrapadas en el mismo infierno, presas del pánico, que abrían las puertas de la planta baja gritándonos que entráramos.

Al pasar corriendo cerca de una de esas puertas, una mano tosca y desconocida me enganchó por el brazo con una fuerza brutal, jalándonos al interior. Caímos al suelo del pasillo. No conocía sus rostros, ni su identidad, ni si eran infiltrados del gobierno. Pero el hombre que nos metió, un sujeto joven que sudaba a mares, nos hizo una señal frenética, llevándose un dedo a los labios para que suprimiéramos hasta el sonido de nuestra propia respiración.

Nos arrastraron al interior de un departamento. Las cortinas estaban cerradas a cal y canto, las ventanas aseguradas. En la penumbra de la sala, había otros diez estudiantes agazapados en el suelo. Algunos lloraban en silencio; otros presentaban laceraciones graves y heridas por arma de fuego que sangraban profusamente, intentando aplicar torniquetes improvisados con cinturones y retazos de camisas para evitar un shock hipovolémico. Nos miraban con un terror crónico que jamás, ni con todos los años de terapia o fármacos del mundo, lograré borrar de mi corteza cerebral.

En medio de ese silencio sepulcral y abrumador, el sonido del exterior se filtró por las paredes. Pisadas. Decenas de botas militares resonando en el concreto de los pasillos de los pisos superiores. Puertas siendo pateadas. Gritos desgarradores que suplicaban piedad, seguidos inmediatamente por el sonido seco e inconfundible de detonaciones a quemarropa. Ejecuciones sumarias.

Cuando el eco de ese último disparo se desvaneció, un frío glacial y paralizante recorrió mi espina dorsal, deteniendo mi corazón por una fracción de segundo.

Bradicardia repentina. Una epifanía espeluznante.

Me había olvidado de la razón misma por la que mis piernas seguían sosteniéndome. Había olvidado mi ancla. Naruto.

En mi desesperación por salvar los restos de cordura de la familia Hyuga, había soltado la mano del amor de mi vida. Lo había dejado atrás, en medio del fuego cruzado, justo debajo de la tribuna donde los líderes eran el blanco principal. No me arrepentía de haber arrastrado a Hinata lejos de la muerte, jamás lo haría; pero el no saber si Naruto estaba respirando, si estaba sangrando en el asfalto, o si ya era otro cadáver con el cráneo destrozado... esa incertidumbre comenzó a asfixiarme, provocando una taquicardia paroxística que me oprimía el pecho como una prensa de hierro.

Giré la cabeza. Hinata lloraba en silencio, temblando con espasmos violentos en una esquina. La esposa del hombre que nos salvó -una joven de no más de veinticinco años- estaba arrodillada frente a ella. Con un trapo húmedo en agua y una paciencia casi maternal, le estaba limpiando con infinita ternura la materia gris de Neji y la tierra incrustada en las manos. Le limpiaba las lágrimas teñidas de sangre con una piedad y un amor tan profundamente humanos que resultaba irreal, un contraste brutal en medio de esa barbarie orquestada por el Estado.

El ruido de las botas en el pasillo pareció alejarse momentáneamente hacia otras escaleras. Fue entonces cuando mi sistema límbico tomó el control absoluto sobre mi raciocinio.

Me puse de pie lentamente, apretando los puños hasta encajarme las uñas en las palmas.

-¿Qué haces? -susurró el dueño del departamento, agarrándome del tobillo-. ¡Estás loco, muchacho! ¡Si sales por esa puerta te van a acribillar!
-No lo dejes ir -sollozó una chica herida desde el suelo, apretándose un trapo contra el muslo-. Nos van a encontrar a todos por tu culpa.

Me agaché, soltándome del agarre del hombre con suavidad pero con una firmeza irrevocable. Los miré a todos, con los ojos ardiendo de frustración y lágrimas contenidas.

-Lo siento -mi voz salió ronca, ajena-. Les agradezco con mi vida lo que están haciendo por nosotros. Protejan a la chica, por favor. Se llama Hinata. Pero tengo que salir de aquí.
-Si valoras un mínimo tu puta vida, te vas a quedar sentado y callado -siseó el hombre, bloqueándome el paso hacia el cerrojo.
-No lo entiendes -le respondí, sintiendo cómo una lágrima caliente y cargada de impotencia me resbalaba por la mejilla manchada-. El hombre que amo está allá afuera. Y no me importa si tengo que revisar cada cadáver de esta maldita plaza, pero necesito salir. Necesito saber si su corazón sigue latiendo o si tendré que enterrarlo yo mismo.

Lo dije sin pensar. Sin dedicarle un maldito segundo de raciocinio a las otras doce almas aterrorizadas que respiraban el mismo aire viciado de aquel departamento. No me importaba. Simplemente no podía dejar a Naruto tirado en ese matadero.

-Haz lo que quieras, imbécil, pero si te ven salir, ella estará muerta por tu culpa -siseó el dueño del departamento. Su voz era un hilo de rabia y pánico mientras señalaba a Hinata, dejándome dolorosamente claro que mi esfuerzo por salvarla habría valido una reverenda mierda si mi imprudencia atraía a los soldados.

Pero mi corteza prefrontal, la zona encargada de la lógica y la empatía, estaba completamente apagada. En ese instante, mi universo entero se reducía a un rubio de ojos azules.

Salí al pasillo con un sigilo que rozaba la paranoia. Me moví con el mayor cuidado que había tenido en años; ni siquiera cuando practicaba suturas vasculares sobre piel sintética en los laboratorios de la facultad mis manos habían sido tan precisas. Sin embargo, apenas puse un pie fuera de la puerta, escuché a Hinata sollozar de pánico a mis espaldas. Un sonido agudo, roto, que me perforó la conciencia. Pero ya no podía echarme para atrás. No ahora. Ya había cruzado la línea.

En cuanto mis pies tocaron el concreto exterior, corrí. Corrí como un animal acorralado, aplicando el mismo método de zigzagueo, forzando mis músculos hasta la acidosis láctica. A pesar de estar en campo abierto, tuve la maldita fortuna de encontrar puntos ciegos entre las jardineras y los pilares. A mi alrededor solo había caos: militares disparando a discreción, estudiantes arrastrándose y cuerpos moribundos convulsionando por el daño neurológico de los impactos.

Después de unos minutos de no ver esa cabellera rubia por ningún puto lado, la desesperación comenzó a devorarme. El pánico se infiltró en la médula de mis doscientos seis huesos, fusionándose con el terror hasta convertirme en una masa de carne impulsada únicamente por la angustia.

Fue tanta mi desesperación que el instinto de supervivencia me abandonó por completo. Me importó una mierda si me metían un tiro en la cabeza. Comencé a gritar su nombre.

-¡Naruto! ¡Naruto! -bramaba, desgarrándome la faringe, esperando que su voz rasposa me respondiera.

No hubo respuesta. En cambio, aquellos «civiles» de corte militar que parecían mezclados entre nosotros comenzaron a dispararme. Los proyectiles impactaban en el suelo y en las paredes, levantando esquirlas de piedra que me cortaban la piel, obligándome a lanzarme al suelo una y otra vez.

Me arrastré hasta un rincón protegido por unas tarimas de madera. Y entonces, lo vi.

Era una escena sacada del círculo más profundo del infierno. Naruto sostenía un megáfono improvisado o un cartel, gritando algo que mis oídos sordos por las detonaciones no captaban, intentando coordinar a los que aún respiraban. A unos metros de él, Gaara estaba arrodillado, manchado de sangre hasta los codos, sosteniendo el cuerpo inerte de su hermano Kankuro. A su lado, el cadáver de Neji yacía con la bóveda craneal destrozada.

Y en el regazo de Gaara, Rock Lee agonizaba.

El estudiante de medicina que llevo dentro hizo un triaje visual en microsegundos. Lee tenía un orificio de entrada masivo en la región del hombro derecho, probablemente con daño irreversible en la arteria subclavia. La exanguinación era severa. Su piel presentaba una palidez terrosa y cianosis peribucal, signos inequívocos de un shock hipovolémico en fase terminal. Su volumen sanguíneo era tan bajo que el torniquete improvisado que le habían colocado a la altura del acromion era una puta broma médica; a esas alturas, su pulso debía ser filiforme, su presión arterial indetectable. Ninguno de ellos sabía de primeros auxilios. Eran solo alumnos de política y derecho viendo a su gente morir. Y yo, que cursaba el séptimo semestre de medicina, había llegado demasiado tarde para él.

Del otro lado, Temari, con el rostro bañado en lágrimas, sostenía una cámara fotográfica, documentando la masacre.

En cuanto la cámara dejó de apuntar hacia la multitud, salí de mi escondite. Corrí con las piernas temblando por la fatiga muscular extrema y la falta de oxígeno, y me lancé directamente a los brazos de Naruto. Las lágrimas me cegaron por completo.

-Naruto, vámonos... deja esto atrás. Ya es inútil -le supliqué, aferrándome a su chamarra manchada de sangre-. Ya no importa qué hagamos.
-Sasuke, no me puedo ir ahora -murmuró, apretándome contra su pecho con una fuerza desesperada.
-¡Naruto, Neji está muerto! ¡Kankuro también, y Lee entrará en paro cardiorrespiratorio en un par de minutos! -grité, histérico, clavando mis dedos en su espalda-. ¡No quiero que seas tú el siguiente, por favor...!
-Sasuke...

Su voz fue cálida, impropia para una zona de guerra. Me regaló una sonrisa infinitamente cansada, una que me destrozó el ventrículo izquierdo, dándome a entender que ni siquiera mis lágrimas iban a lograr que abandonara su trinchera.

Y fue entonces cuando el tiempo se detuvo.

Temari se subió a una de las tarimas de concreto para tener un mejor ángulo de la plaza. Quería capturar la brutalidad del Estado, tomar esa fotografía panorámica, esa evidencia irrefutable que hundiría la carrera y la vida del presidente Díaz Ordaz. A través del lente, su rostro demacrado se iluminó por una fracción de segundo con una expresión de gloria absoluta.

-¡La tengo! -gritó, con una felicidad ahogada pero triunfal, sabiendo que esa imagen haría que la sangre de sus hermanos y amigos no hubiera sido derramada en vano.
-Bájate de ahí, Temari... -suplicó Gaara. Fue la primera vez que escuché su voz. Lloraba en silencio, meciendo a Lee mientras su hermano yacía muerto a su lado. Era el susurro de un hombre que ya no podía soportar ver morir a nadie más.

Apenas Temari flexionó las rodillas para bajar, el impacto ocurrió.

Un proyectil de alta velocidad, disparado desde una azotea, le perforó la región occipital baja, justo en la base del cráneo. La bala destrozó las vértebras cervicales superiores, causando una sección medular completa y una destrucción masiva del bulbo raquídeo. Su muerte cerebral fue instantánea. Cayó a plomo, como un maniquí con los cables cortados, impactando brutalmente contra el suelo y fracturándose el cuello. Sus ojos, que un segundo antes brillaban con victoria, se vaciaron de vida, quedando fijos y opacos sobre un charco de sangre arterial que comenzó a expandirse rápidamente.

Gaara soltó un quejido gutural, un sonido inhumano, viendo a su hermana mayor masacrada frente a él.

Pero mi cerebro bloqueó el dolor de Gaara, porque la trayectoria balística no terminó en el cráneo de Temari. La bala, con su energía cinética mermada pero aún letal, salió y atravesó la multitud hasta impactar en Naruto.

Vi cómo se tambaleó hacia atrás, llevándose instintivamente la mano al flanco izquierdo de su cintura. Cuando retiró los dedos, estaban empapados en un líquido denso, rojo y brillante.

-¡No, no, no! -chillé, cayendo de rodillas junto a él.

La bala le había provocado un traumatismo penetrante. Era un roce profundo, una laceración oblicua en el tejido adiposo y muscular oblicuo externo, pero la vascularización en esa zona provocaba un sangrado activo y abundante. Si no lograba la hemostasia rápido, entraría en shock igual que Lee, quien para ese momento ya había dado su último suspiro en los brazos de Gaara.

Las lágrimas me quemaban los pómulos y todo el ruido de Tlatelolco se volvió un zumbido sordo. Naruto me miró y sonrió. Me sonrió como si se estuviera despidiendo.

-No te vas a morir conmigo enfrente, pedazo de imbécil -bramé, con las manos manchadas de su propia sangre.

El instinto clínico me poseyó. Miré a mi alrededor y, no sé si fue una puta intervención divina o simplemente la inercia del caos, encontré una mochila tirada con vendas y un botiquín de primeros auxilios a medio abrir. Me abalancé sobre ella. Arranqué el empaque de unas gasas estériles con los dientes y apliqué compresión directa y brutal sobre la herida de Naruto.

Él soltó un gruñido sordo, apretando los dientes de dolor.

-¡Cállate y aguanta, idiota! -lo regañaba, llorando a mares mientras presionaba la herida, usando cinta y vendaje compresivo para ocluir los vasos sangrantes-. ¡Te dije que nos fuéramos, te lo advertí, pedazo de animal!

Logré controlar la hemorragia, pero la zona seguía vulnerable. Mientras tanto, Gaara... Gaara estaba completamente quebrado. Su mente había entrado en un estado de despersonalización. Había visto morir a Kankuro, a Temari, a Neji y al hombre que amaba. Ya no quedaba nada en sus ojos. Ni lágrimas, ni rabia, solo el abismo.

Se levantó del suelo con una lentitud escalofriante. Dejó descansar con extrema delicadeza la cabeza sin vida de Lee sobre el asfalto. Manchado con la sangre de su familia y de su amor, caminó a paso firme hacia lo abierto. Se detuvo un momento, volteó sobre su hombro y habló con una voz muerta.

-Llévate a Naruto de aquí, Sasuke.
-¿Qué mierda vas a hacer, Gaara? -le grité, sintiendo el pánico regresar de golpe.
-Les daré tiempo para que se vayan.
-¡No hagas pendejadas, Gaara! ¡Vuelve aquí!
-Sasuke... -hizo una pausa, tomando aire, reuniendo el valor que la masacre le había robado-. Ya no tengo razones para seguir respirando. Ustedes... ustedes aún se tienen el uno al otro. Aún tienen razones para vivir.
-¡Pero aunque vayas directo al matadero, no nos servirá de nada y lo sabes! -repliqué, sosteniendo a Naruto.
-Lo sé, Sasuke... pero escúchame bien. Usen los guantes blancos.
-¿Qué...?
-Estuve observando todo este tiempo. ¿No lo notaron? Algunos de los supuestos «civiles» armados llevan un guante blanco en la mano izquierda, o un pañuelo envuelto.
-Tal vez... ¡Mierda, no lo sé, Gaara!
-No son estudiantes. No son aliados. Son infiltrados del gobierno. Son el puto Batallón Olimpia.
-¿Y de qué nos sirve saberlo ahora?
-Úsenlos. Búsquenlos en los muertos o arránquenselos a alguien. Si ven que llevan el maldito guante blanco, no les van a disparar. Los dejarán salir.

Naruto intentó ponerse de pie, apoyando todo su peso sobre mi hombro. Su piel estaba perlada de sudor frío y sus labios pálidos por la pérdida de sangre, pero sus ojos azules ardían con terquedad.

-Entonces ven con nosotros... buscaremos tres pares -jadeó Naruto, apretando mi mano-. No te dejaré aquí, Gaara.
-Haz que nuestras muertes no sean en vano, Uzumaki. Sobrevive.
-¡Mierda, Gaara, no vas a morir! ¡No te dejaré!
-Alguien que apenas puede estar de pie no podrá detenerme.
-¡Aun desangrándome podré salvarte, idiota!
-Nos vemos en otra vida, Naruto... Adiós, Sasuke.

Y entonces, caminó. Dio la espalda a nuestra cobertura y avanzó hacia la línea de fuego de los granaderos, exponiéndose por completo.

-¡Gaara!
-¡GAARA!

Gritamos al unísono, con la garganta desgarrada. Y lo vimos caer.

No hubo piedad. Una ráfaga de fusil le atravesó el pecho y el abdomen de una sola intención. Su cuerpo se sacudió por los múltiples impactos y se desplomó sobre el asfalto mojado por la lluvia y la sangre, a escasos metros de los cadáveres de sus hermanos.

Un grito de furia y dolor se ahogó en mi garganta. Actué. No había tiempo para el luto, no cuando el reloj biológico de Naruto jugaba en mi contra.

Tomé a Naruto del brazo, pasé su brazo por encima de mis hombros y tiré de él con una fuerza sobrehumana, obligándolo a caminar. No podía permitir que el suicidio de Gaara fuera en vano. Naruto también lo supo. Se tragó el luto, se tragó el dolor lacerante de su herida abierta, y comenzamos a cojear hacia los cuerpos más cercanos, buscando desesperadamente, en medio de aquel mar de muertos, el salvoconducto de tela blanca que nos sacaría del infierno.

Después de caminar arrastrándonos por lo que parecieron siglos, pero que mi reloj contabilizó en apenas diez minutos, encontramos un hueco. Un departamento en la planta baja que ya había sido reventado por el ejército. La puerta colgaba de una sola bisagra rota, las ventanas estaban hechas añicos y el piso estaba tapizado de vidrios, casquillos percutidos y el cadáver de un estudiante de preparatoria abrazado a sus propios libros ensangrentados. Un desmadre absoluto. Y, con toda seguridad, cualquier otro puto departamento en Tlatelolco estaba en las mismas o peores condiciones.

Acomodé a Naruto sobre una silla del comedor que aún se mantenía en pie. El vendaje compresivo que le había improvisado ya estaba saturado; la sangre empapaba la tela y se escurría oscura por su costado. La fricción del movimiento había reabierto los vasos sanguíneos cauterizados por el coágulo inicial. Pero, dentro de la clínica del desastre, esa hemorragia pasaba a ser un problema secundario. Mi cuerpo, el suyo, el de todos los presentes, operaba bajo una descarga masiva de catecolaminas; el sistema simpático estaba luchando desesperadamente por mantener la perfusión de los órganos vitales.

Miré la carátula manchada de mi reloj de pulsera. Las 19:47.

Llevaban una maldita hora y media masacrando civiles. Noventa minutos de fuego ininterrumpido contra cuerpos que no llevaban más blindaje que camisas de algodón. Lo verdaderamente macabro de este país no era solo que el Estado asesinara a inocentes que pedían justicia básica; lo enfermo, lo retorcido, era que usaban a su propia gente para jalar el gatillo.

Salí del departamento sigilosamente, dejándolo respirar, en busca de nuestra única vía de escape: los guantes blancos que Gaara había mencionado.

Mientras me escabullía entre los pasillos y los jardines de concreto, agazapado como un animal nocturno, me di cuenta de la dimensión de la trampa. Empecé a notar el patrón macabro. Militares vestidos de civil, francotiradores y golpeadores paramilitares llevaban un guante blanco en la mano izquierda, o un pañuelo envuelto en la muñeca. Ese era el identificador del Batallón Olimpia.
Pero en medio de un fuego cruzado tan estúpido y caótico, esa señal les sirvió de poco. Muchos de esos cabrones yacían tirados en el suelo, abatidos por las mismas balas de sus compañeros uniformados, ahogándose en su propio hemotórax, agonizando frente a mis ojos.

-Se merecen esto y más, pinches perros lamehuevos -siseé con un asco visceral.

Me detuve frente a uno de ellos. Un soldado raso, vestido de civil, que se arrastraba dejando un rastro de sangre arterial espesa. Tenía un traumatismo abdominal severo; la pared muscular había cedido y trataba, con dedos temblorosos, de contener la evisceración de sus propios intestinos. Cuando me vio, sus pupilas se dilataron.

-No... no quiero morir -balbuceó, con burbujas de sangre reventando en sus labios por la falta de oxígeno-. Por favor, ayúdame. Tú sabes cómo... solo no me dejes aquí en la oscuridad...

Lo miré desde arriba, congelando cualquier ápice de empatía que mi juramento hipocrático me exigiera.

-No.
-Por favor... -lloró, y su voz se quebró en un tono infantil-. Dile a mi mamita que la amo mucho...

Fueron sus últimas palabras. Su diafragma colapsó y sus ojos perdieron el enfoque, quedando fijos en el cielo sin estrellas de la ciudad.

Esa maldita frase: «Dile a mi mamita que la amo mucho».

Esas palabras me rompieron en mil pedazos y, hoy en día, sentado frente a esta puta máquina de escribir, me siguen persiguiendo en mis pesadillas nocturnas. Recuerdo su rostro pálido y me doy asco. Terminé siendo exactamente igual de monstruoso que ellos. Porque al final de la jornada, debajo de esa ropa civil ensangrentada, solo era un niño. Un muchacho reclutado a la fuerza que no pasaba de los veintidós años. Un crío al que le aterraba la muerte y que, al sentir cómo su sistema nervioso se apagaba, solo tuvo un último pensamiento de consuelo: su madre. Y yo, en mi egoísmo supremo, lo dejé morir ahogado en su propia sangre, llamándolo «lamehuevos», sin darme cuenta de que la vida se estaba burlando de nosotros. El Estado nos echó a pelear como perros rabiosos en un pozo, y los de abajo fuimos los únicos que pusimos los muertos.

Conteniendo las náuseas, me arrodillé junto a un cadáver reciente y le arranqué el guante blanco. Hice lo mismo con otro cuerpo a unos metros. Tenía dos. Dos pases de vida en mis manos temblorosas. Me puse de pie y comencé a correr de regreso al departamento, con el miocardio golpeándome las costillas.
No me fijé en el tiempo, ni calculé bien la distancia en mi desesperación, cuando de pronto choqué de frente contra un cuerpo cálido, cayendo ambos al piso con un golpe seco.

Era Naruto. Venía arrastrando los pies, pegado a la pared, apretándose el flanco sangrante con una mueca de dolor agudo que le deformaba el rostro.

-¡Sasuke! -jadeó, al reconocer mi silueta en la penumbra. Su expresión de terror absoluto transmutó en un milisegundo a la de un náufrago que acaba de tocar tierra firme.
-¡Naruto! ¡¿Qué chingados haces aquí fuera?! ¡Deberías estar presionando la herida! -salió de mi garganta un regaño asfixiado, casi inaudible.
-¡Vine a buscarte, tonto! -intentó reír, rascándose la nuca con la mano libre, aunque el gesto le costó un espasmo de dolor.
-¿A buscarme? ¡Dije que no tardaría!
-Sasuke... habían pasado más de diez minutos y no volvías. Entré en pánico.
-¡¿Diez minutos?! -el tiempo se me había dilatado-. Dios, no sentí que fuera tanto...
-¿Y bien?

Levanté las manos.

-¡Los tengo! -susurré, con un entusiasmo frenético y una efímera inyección de esperanza-. ¡Al fin podremos salir de esta masacre!

Agité los dos guantes ensangrentados frente a su rostro. Y justo en el instante en el que la tela blanca ondeó en la oscuridad, un rayo de lucidez perforó mi amígdala cerebral. La sinapsis fue cruel. Recordé a Hinata.

Su sonrisa asustada, sus ojos aperlados buscando protección, sus manos manchadas con el cerebro de Neji. Ella seguía encerrada en aquel departamento de los pisos superiores. Y yo solo tenía dos putos guantes. Dos.

Naruto, que podía leerme como un libro abierto, notó de inmediato la isquemia en mi rostro; vio cómo la poca sangre que me quedaba en las mejillas desapareció, reemplazada por un pánico y una culpa corrosivos.

-¿Qué pasa, Sasuke?
-Mierda... la olvidé. Olvidé a Hinata. Ahorita regreso, ¿sí?
-¿A dónde vas ahora?
-¡Solo espérame aquí, no tardo, te lo juro por mi vida!

Estaba a punto de pivotar sobre mis talones para lanzarme de nuevo al infierno, cuando su mano me agarró de la muñeca. Fue un agarre férreo, duro, casi desesperado, propulsado por la fuerza residual de alguien que se niega a dejar ir lo único que le queda.

-¿Qué...?
-No... -murmuró.
-¿No qué?
-Ya no vayas. Van a acribillarte.
-Pero es qu-
-Tenías razón, Sasuke... -me interrumpió, clavando sus zafiros opacos en los míos. Su voz era una mezcla de derrota y una madurez que no le correspondía a sus veinte años-. Debemos irnos ya. Ya no podemos hacer nada por nadie. Todo se fue a la mierda. Ahora solo tenemos que intentar vivir. Perdóname por haberte traído a esto, Sasuke.

-Naruto... no digas estupideces.

Acarició el dorso de mi mano con el pulgar. Su respiración era superficial, taquipneica, pero sus palabras salieron con una claridad escalofriante.

-Sasuke, yo te amo. Te amo muchísimo. Te amo con todo mi maldito corazón, aunque tú te enojes y me expliques clínicamente que todo está en el cerebro... yo sé que es con el corazón, porque es ahí, justo en el pecho, donde siento que me quemo por ti.

Esas fueron sus palabras exactas. Luego sonrió. Esa maldita, deslumbrante y absurda sonrisa que mostraba los dientes, diseñada biológicamente para dar ánimos a los que lo rodeaban, pero que en ese milisegundo de intimidad era exclusivamente mía.

Reí. Una risa rota, histérica y sorda ante lo inoportuno y estúpido de su declaración en medio de una lluvia de balas. Tomé su rostro sudoroso y sucio entre mis manos temblorosas y lo besé. No fue pasión, fue supervivencia. Un simple roce de labios resecos y agrietados, una comunión de alientos que duró escasos cinco segundos, pero que se grabó en mi corteza cerebral como el contacto más íntimo de mi existencia.

-No me tardo... -le prometí, acariciando su mejilla.
-Te amo, Sasuke.

Esa fue su última exhalación voluntaria. Su última frase articulada antes de que las leyes de la física y la balística hicieran pedazos nuestra promesa.

El impacto sonó distinto a los demás. Fue un chasquido húmedo y devastador.

A las 20:00 horas exactas, un proyectil calibre 7.62 perforó el hueso temporal derecho de Naruto, atravesando la sien con una velocidad terminal. La masa expansiva de la bala destruyó el hemisferio derecho, seccionó el cuerpo calloso y salió destrozando el lado opuesto del cráneo. El daño tisular fue absoluto, incompatible con la vida de forma instantánea. Su voz, esa voz vibrante que había movido multitudes, fue ahogada en una fracción de segundo.

Y como en un guion macabro escrito por un dios sádico, en cuanto el cuerpo de Naruto se desplomó como un bloque de plomo entre mis brazos, los disparos en la plaza cesaron. La muerte del líder estudiantil más terco marcó el silencio. La masacre había concluido.

Pero yo no me di cuenta de la paz exterior. Mi universo, mi línea de tiempo y mi cordura implosionaron. El olor a pólvora quemada inundó mis fosas nasales, mezclado con el hedor ferroso de la sangre y el tejido encefálico grisáceo que me salpicó la cara, manchando mi ropa, mi alma y mi futuro.

Caí de rodillas, arrastrando su peso muerto conmigo hacia el pavimento frío.
No grité. El shock fue tan profundo que mis cuerdas vocales se paralizaron. Solo recuerdo cómo mis vías lagrimales se abrieron, dejando caer lágrimas pesadas, gruesas, que me quemaban las mejillas al mezclarse con los restos de su cabeza. Miré su rostro. Ya no había luz, no había pulso, su piel perdía temperatura a un ritmo aterrador. Pero entonces, la biología me dio una última puñalada: debido a un reflejo autonómico post-mortem, o a la contracción residual de los músculos oculares, una única lágrima brotó del ojo azul de Naruto, deslizándose por su puente nasal.

A los ojos de mi corazón roto, él también estaba llorando junto a mí.

Después de ese abismo, mi cerebro activó un mecanismo de disociación psicógena severa. Mis recuerdos de esa noche son fragmentos inconexos de celuloide quemado. Imágenes mudas. Recuerdo estar sentado en el piso helado de una celda de retención en algún sótano militar, cubierto de lodo, pólvora, y la sangre seca de mi novio. No sé cómo llegué ahí, ni por qué no me ejecutaron, aunque sospecho que el maldito guante blanco que sostenía en un estado de rigor mortis psicológico fue lo que me salvó la vida.

Estuve detenido no sé cuántas horas. Hasta que llegó ella.

La imagen se vuelve clara cuando siento el peso de una chamarra de cuero cayendo sobre mis hombros temblorosos. Estaba sentado en el borde de una banqueta de la avenida Manuel González, lejos de la plaza pero lo suficientemente cerca como para oler el humo. A mi lado, la imponente figura de Tsunade se arrodilló sobre el asfalto.

-Sasuke... -me llamó, pero yo no estaba ahí. Mi sistema auditivo captaba el sonido, pero mi mente estaba en un bucle eterno, atrapada en las 20:00 horas, en el azul de sus ojos, en la suavidad de sus labios fríos.
-¡Sasuke! -insistió, sacudiéndome por el hombro con fuerza.
-Ah... ¿sí? -parpadeé, regresando lentamente a la realidad física. Mi voz sonó hueca, rasposa. Mi mirada seguía anclada en una mancha de grasa sobre el asfalto de la calle.
-Sasuke, cariño... -la voz de esa mujer de hierro temblaba, perdiendo toda su compostura habitual-. Dime algo, por favor. He buscado en los ministerios, en las celdas... ¿no sabes dónde está mi niño?
-¿Qué...?

Mi cuello crujió al girar la cabeza para mirarla. Por primera vez en horas, mis pupilas enfocaron el entorno. Mis ojos se abrieron en un gesto de pura incomprensión clínica. No entendía cómo era posible que el universo entero no supiera que el sol se había apagado.

-Perdóname, cariño, sé que estás en shock -intentó sonreír, pero las lágrimas ya se agrupaban en sus pestañas rubias-. Es solo que mi niño no aparece en las listas de detenidos... y me estoy volviendo loca.

Tragué saliva, sintiendo cuchillas de afeitar en la faringe. El miocardio me dio un latigazo doloroso.

-Naruto... él... él está muerto -la frase salió de mi boca en un hilo fonético casi inaudible. Mis labios temblaban en un espasmo de pánico, como si pronunciarlo en voz alta lo hiciera irreversible.
-¿Qué dijiste, Sasu? -susurró, con el rostro petrificado.
-Él... -el aire se atoró en mi garganta, y el dique de contención emocional colapsó de forma estrepitosa. Las lágrimas volvieron a desbordarse, ácidas y pesadas, cayendo en mis manos sucias de tragedia-. Le dispararon. Tsunade, él está muerto. Se me murió en las manos.

La expresión que deformó el rostro de Tsunade es la definición empírica de la devastación. Ver cómo se quiebra el espíritu de una mujer que ya había sobrevivido a tantas guerras, y cuyo único ancla a la vida era ese muchacho ruidoso, me rompió lo poco que me quedaba intacto. Ya no había familia extensa. Ya no había nadie más. Ahora solo sería ella. Una abuela frente al cadáver invisible de su niño.

-¿Lo viste? -preguntó, con la voz ahogada en un sollozo gutural que le desgarró el pecho.
-Sí.
-Mi niño... mi pequeño...

Fue lo último que logró articular antes de abrazarme. Me apretó contra su pecho con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en mi cuello manchado. Yo correspondí al agarre con la misma intensidad. Nos aferramos el uno al otro en medio del pavimento frío de una ciudad que acababa de asesinar a sus estudiantes, llorando a mares, uniendo las piezas de dos vidas destrozadas. Al final de aquel maldito dos de octubre, el Estado nos había arrebatado a la única persona que le daba sentido a nuestro mundo. Ambos éramos náufragos del mismo dolor.

Después de esa noche en Tlatelolco, mi sistema nervioso central desarrolló un mecanismo de defensa patológico. No recuerdo más que un letargo crónico, una anhedonia severa que me mantuvo paralizado durante días, semanas, e incluso meses. Viví confinado en las cuatro paredes de mi cuarto, sumido en una oscuridad voluntaria, rechazando cualquier estímulo externo. Mi rutina se redujo a la supervivencia biológica más básica: respirar, tragar alimento sin sabor, arrastrarme hasta la facultad de medicina en Ciudad Universitaria y regresar a mi encierro.

Al principio, el duelo fue colectivo. Durante el primer mes, los pasillos de la UNAM se tiñeron de luto; una necrosis social visible. Pero el ser humano está diseñado biológicamente para la adaptación, para la cicatrización. Poco a poco, el tejido social comenzó a regenerarse olvidando el trauma. Los estudiantes dejaron de vestir de negro, las risas volvieron a las cafeterías y los mártires de la Plaza de las Tres Culturas se convirtieron en estadísticas mudas, en fantasmas incómodos que todos preferían extirpar de su memoria.

Hinata, en cambio, compartía mi mismo diagnóstico. Ella era otra víctima de esta amputación invisible. Había perdido mucho más que un simple compañero de aula; le habían arrancado a su hermano de las manos, literalmente. Esa atroz herida psíquica nos conectó. Yo entendí la arritmia de su dolor y ella entendió el frío glacial del mío, convirtiéndonos en el único anclaje que evitaba que el otro terminara de desangrarse en la locura.

Una tarde, bajo el cielo plomizo de la facultad, se despidió de mí aferrando sus libros contra el pecho, con la mirada vacía que nunca la abandonó.

-Nos vemos mañana, Sasuke... -murmuró, con un hilo de voz carente de inflexiones.
-Nos vemos mañana, Hinata. Cuídate...

Cuídate.

La palabra me supo a ceniza en la boca. Qué pinche palabra tan absurda y dolorosa. Ni siquiera debería existir en nuestro vocabulario. En un ecosistema funcional, en una sociedad sana, no deberíamos tener la necesidad de cuidarnos de quienes juraron protegernos; no deberíamos vivir en un estado de hipervigilancia crónica, con el cortisol destrozándonos las venas por el terror a ser cazados.

Si lo analizas desde la patología médica, lo que ocurrió fue una enfermedad autoinmune a escala nacional. El Estado, ese macroorganismo del que formábamos parte, enloqueció. Sus leucocitos -el ejército, los granaderos, el Batallón Olimpia-, en lugar de defendernos de amenazas externas, dejaron de reconocer a sus propias células sanas. Nos identificaron a nosotros, los jóvenes, como un antígeno letal. Y el gobierno terminó masacrando a sus propios hijos durante dos malditas horas de hemorragia incontrolable.

Han pasado exactamente dos años desde que mi mundo colapsó. Hoy, la universidad se viste de negro cada dos de octubre por mera efeméride, pero yo... yo llevo este luto incrustado a nivel celular desde hace setecientos treinta días. Mi existencia es una autopsia en vida. Cada maldito amanecer es un recordatorio de que mi corazón sigue bombeando sangre de manera inútil, porque la verdadera esencia de quien soy experimentó muerte cerebral la misma noche en que vi extinguirse la luz en los ojos de Naruto. Yo morí junto al amor de mi vida en esa plaza.
Y hoy, en la gélida y silenciosa madrugada del cinco de octubre, frente a esta máquina de escribir, puedo dictaminar mi propio pronóstico: esta será la primera y última vez que sepan de mí.

Sé perfectamente que, en cuanto este manuscrito -esta biopsia de nuestra tragedia- llegue a las manos de Tsunade y logre filtrarse a la prensa clandestina, los tumores malignos de la Dirección Federal de Seguridad vendrán a buscarme. El gobierno intentará silenciarme, torturarme y desaparecer mis restos en la fosa común del olvido.

Pero no estoy dispuesto a cederles mi biología. No voy a morir a manos de esos putos carniceros de mierda. Mi última protesta contra el Estado represor no será en una plaza con un cartel; será aquí mismo, en mi departamento, reclamando la autonomía absoluta sobre mi propia fisiología. Mi protesta será inducir mi propio paro cardiorrespiratorio, detener mi músculo cardíaco bajo mis propios términos.

Que este texto quede como una historia clínica de nuestro país. Un recordatorio visceral de que no estamos a salvo, de que la lucha estudiantil sí sirve para despabilar conciencias, pero siempre, irremediablemente, exigirá como tributo un costo altísimo de sangre, de tejido destrozado y juventudes truncadas.

Mientras preparo la jeringa con la dosis letal de alcaloides y barbitúricos que deprimirán mi sistema nervioso hasta el sueño eterno, miro de reojo la fotografía de su sonrisa. No me tiembla el pulso. El miedo es una respuesta a lo desconocido, y yo solo voy al encuentro de lo único que conozco.

Muero por amor, así como él murió con el amor.

El émbolo de la jeringa está a punto de presionar el líquido hacia mi torrente sanguíneo, cuando el eco pesado y metálico de unas botas militares resonando en la escalera exterior del edificio rompe el silencio de la madrugada. Segundos después, un golpe brutal hace crujir la madera de mi puerta.

-¡Dirección Federal de Seguridad! ¡Abran la puta puerta o la tiramos a plomo!

El grito gutural, cargado de esa prepotencia asesina y cobarde que caracteriza a los perros del Estado, hace vibrar los cristales de mi ventana. Un segundo golpe, sordo y violento, agrieta la madera del marco. Escucho el inconfundible chasquido metálico de los fusiles de asalto cortando cartucho en el pasillo. Vinieron a cazarme. Vinieron a arrastrarme a las celdas de Lecumberri o a los sótanos del Campo Militar Número Uno, para destrozarme los huesos y silenciar la verdad.

Pero llegaron tarde.

Con una calma clínica que desafía mi propio instinto de supervivencia, presiono el émbolo de la jeringa. El bisel de la aguja perfora mi vena cubital mediana con una precisión impecable. Observo, con una fascinación mórbida, cómo la mezcla letal de barbitúricos y cloruro de potasio se abre paso hacia mi torrente sanguíneo.

Siento un ardor gélido recorriendo mi brazo izquierdo, ascendiendo rápidamente por la vena axilar, buscando la vena cava superior hasta desembocar directamente en la aurícula derecha de mi corazón. Es una invasión silenciosa, matemáticamente calculada.

-¡Tiren la maldita puerta! ¡Ahora! -grita la voz al otro lado, seguida del sonido de las botas impactando contra la madera astillada.

Sonrío. Una sonrisa seca, agrietada, idéntica a la que él me regaló bajo la lluvia de balas.

Cuando finalmente logren derribar la puerta y entren como la jauría de animales rabiosos que son, no van a encontrar a un líder, ni a un disidente, ni a un traidor a la patria. Solo encontrarán una carcasa biológica. Un tejido orgánico entrando en la primera fase de lividez cadavérica. Porque para cuando sus botas pisen la duela de mi sala, el centro respiratorio en mi bulbo raquídeo ya estará completamente deprimido. Mi miocardio estará sucumbiendo a una bradicardia severa, hasta alcanzar esa hermosa y definitiva línea plana en el electrocardiograma invisible de mi existencia: la asistolia.

Van a encontrar mi cuerpo inerte, sí. Pero el manuscrito... la autopsia de su masacre, el expediente clínico de cada disparo, de cada estudiante mutilado y de cada lágrima derramada en la Plaza de las Tres Culturas, ya no está aquí.

Hace una hora, esas hojas manchadas de dolor fueron entregadas a las sombras. Ya están incubándose como un patógeno letal en las rotativas de la prensa clandestina. Mi testimonio será una metástasis en el sistema de propaganda del presidente. Va a infiltrarse en los periódicos, en las calles, en la memoria colectiva, jodiéndole la vida y el legado a este puto gobierno asesino hasta en el más allá. No van a poder extirpar la verdad, porque el cáncer de su propia culpa los va a devorar desde adentro.

Con esto, mi último diagnóstico es claro: mi muerte no será en vano. Mi sangre, al igual que la de Neji, la de Lee, la de Temari, la de Gaara y la de miles de anónimos, es el formol que preservará la memoria de este país podrido.

Un tercer golpe destroza la cerradura. La puerta cede con un estruendo ensordecedor.

Pero el ruido ya me llega distante. La hipoxia cerebral ha comenzado. Mi visión periférica se oscurece por la isquemia retiniana, cerrándose en un túnel difuso. La gravedad desaparece. El dolor crónico que me perforaba el pecho desde hace dos años, esa angina de pecho emocional que me ahogaba cada noche, por fin empieza a disolverse como sal en el agua.

Mis pulmones exhalan el último mililitro de oxígeno. Y en la penumbra de mi ceguera final, ya no veo a los militares entrando con las armas en alto. Ya no escucho sus gritos de frustración al encontrar mi cadáver.

Solo veo una plaza infinita, sin sangre y sin fusiles.

Solo veo un destello de cabello rubio ondeando con el viento.

Solo veo un par de ojos de un azul insoportablemente vivo, mirándome con una impaciencia dulce, extendiéndome la mano llena de luz.

-Te tardaste mucho, Sasuke -susurra su voz, cálida y entera, curando cada herida de mi sistema nervioso.

A las 01:25 de la madrugada, el estudiante de medicina Sasuke Uchiha declara su propia hora de muerte. Mi pulso se apaga, pero mi alma, por primera vez en dos años, vuelve a respirar. En México, los jóvenes no nos morimos; nos siembran bajo el concreto, y desde la oscuridad, florecemos en forma de memoria y rabia.

Todo se vuelve negro. Todo se vuelve paz. Hemos ganado, mi amor. Ya vamos a casa.

.
.
.

¡Hola nuevamente, querido lector!

Antes de cerrar este espacio y de que las críticas puedan surgir, quisiera tomarme un momento para hablarles desde el corazón.

Quiero reiterar que este texto jamás fue escrito con la intención de lucrar con el dolor ajeno, ni con la memoria de las familias que fueron víctimas de un Estado represor. Lo escribí porque, a pesar de que hace unos días conmemoramos un dos de octubre más, como estudiante de la UNAM me aterra percibir cómo esta fecha comienza a diluirse en el olvido colectivo.

Me duele profundamente ver cómo algunas generaciones invalidan la sangre derramada, tomando esta fecha como un simple día feriado, un descanso sin importancia. Para mí no lo es. Cada vez que llega octubre, siento un nudo denso en la garganta y un miedo visceral en el cuerpo. Es aterrador pensar que el simple hecho de llevar unos libros en la mano y ser estudiante sea, históricamente, un motivo de condena y de terror.

Esta historia fue escrita con el más absoluto respeto. La escribí para que las víctimas de la masacre de Tlatelolco no se conviertan en una estadística fría, sino para que sean recordadas como lo que verdaderamente fueron: unos valientes. Necesitamos mirar a la cara a nuestra historia, porque un país que olvida su pasado está trágicamente condenado a repetirlo.

Para sumergirse por completo en la atmósfera y el dolor de esta lectura, mi mayor recomendación es que la acompañen con himnos que nacieron de este suceso: «Tlatelolco» de Banda Bostik y «Antes de que nos olviden» de Caifanes. Asimismo, quiero confesarles que el desenlace entre Naruto y Sasuke está profundamente inspirado en el alma y la melancolía de «Mátame porque me muero», también de Caifanes.

Finalmente, quiero pedirles una sincera disculpa por la falta de actualizaciones en mis otras historias. Este salto desde los pasillos de la preparatoria hasta la exigencia de mis nuevas clases en la universidad ha sido un cambio muy brusco para mí. Me estoy adaptando a esta nueva etapa, pero les prometo que, en cuanto logre estabilizar mis tiempos, volveré con las actualizaciones pendientes y, muy probablemente, con nuevas historias.

¡Agradezco de todo corazón su paciencia, su empatía y su apoyo incondicional! Nos leemos muy pronto, querido lector.

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