Hay lugares a los que llegas porque quieres.
Y hay otros a los que llegas porque la vida decidió que ya habías tenido suficiente de tu antiguo hogar.
Yo estaba en la segunda categoría.
Miré por la ventana del auto mientras Boston aparecía frente a mí como una fotografía que alguien había olvidado terminar de revelar.
Edificios altos.
Calles llenas de gente.
Cafeterías en cada esquina.
Árboles que comenzaban a perder sus hojas.
Todo parecía demasiado vivo.
Y yo no.
Apoyé la frente contra el cristal frío.
—¿Nerviosa?
La voz de mi padre salió de los altavoces del teléfono que descansaba en el portavasos.
Miré la pantalla.
—No.
Mentira.
—Ali...
—Estoy perfectamente bien.
Otra mentira.
Mi padre guardó silencio.
Últimamente había aprendido que nuestros silencios eran mucho más largos que nuestras conversaciones.
—Recuerda que puedes llamarme cuando quieras —dijo finalmente.
Sonreí, aunque él no podía verme.
—Lo sé.
—Y si no te gusta vivir con tu tía...
—Me gustará.
—Ni siquiera he terminado.
—Pero sé lo que vas a decir.
Escuché una pequeña risa al otro lado.
Era extraño.
Durante unos segundos sonó como el padre que recordaba.
El que hacía bromas mientras mi madre cocinaba.
El que me llevaba al colegio cuando llovía.
El que todavía sabía cuándo algo me pasaba aunque yo dijera que no.
Entonces recordé que ese hombre también había cambiado.
Todos habíamos cambiado.
Desde aquella noche.
—Tengo que entrar —dije.
—Ali.
—¿Sí?
Hubo una pausa.
—Te quiero.
Tragué saliva.
—Yo también.
Colgué antes de que mi voz pudiera traicionarme.
Guardé el teléfono en el bolsillo de mi chaqueta y respiré profundamente.
Primer día.
Nueva escuela.
Nueva ciudad.
Nueva vida.
Eso era lo que debía pensar.
No en mi madre.
No en la casa que había dejado atrás.
No en las fotografías escondidas dentro de mi maleta.
No en aquella última conversación que todavía podía escuchar algunas noches cuando cerraba los ojos.
Nueva vida.
Eso era todo.
Tomé mi mochila y bajé del auto.
El frío me golpeó inmediatamente.
—Genial —murmuré—. Porque claramente mudarme a otra ciudad no era suficiente. También tenía que congelarme.
Me acomodé el cabello detrás de la oreja y levanté la mirada.
El edificio de la escuela era enorme.
Demasiado enorme.
Había estudiantes entrando por las puertas principales, hablando, riendo, abrazándose.
Todos parecían saber exactamente dónde tenían que estar.
Todos menos yo.
Perfecto.
Entré.
Cinco minutos después ya estaba perdida.
—Disculpa.
Una chica pasó junto a mí sin detenerse.
—¿Sí?
—¿Sabes dónde está el salón 204?
Ella señaló hacia el pasillo.
—Segundo piso, derecha.
—Gracias.
Subí las escaleras.
Segundo piso.
Derecha.
Salón 204.
Fácil.
Empujé la puerta justo cuando sonó el timbre.
Todas las cabezas se giraron hacia mí.
Perfecto.
Porque no había nada que me gustara más que convertirme en el centro de atención el primer día.
La profesora levantó la mirada desde su escritorio.
—¿Tú debes ser Alessia Bennett?
Asentí.
—Sí.
—Llegas justo a tiempo.
Miré el reloj.
—Eso me han dicho toda mi vida.
Algunas personas rieron.
La profesora sonrió.
—Pasa. Puedes sentarte...
Comenzó a mirar alrededor del salón.
Yo también.
Había un asiento vacío junto a la ventana.
Perfecto.
Me dirigí hacia él.
Hasta que alguien habló.
—Ese está ocupado.
Me detuve.
Giré lentamente la cabeza.
Y lo vi.
Estaba sentado dos filas detrás.
Sudadera negra.
Cabello oscuro ligeramente desordenado.
Una mano sosteniendo un bolígrafo mientras hacía girar el otro entre los dedos.
Y unos ojos gris azulados que me observaban como si acabara de interrumpir algo extremadamente importante.
Era atractivo.
Mucho.
Lo suficiente como para que mi cerebro tardara un segundo de más en recordar que acababa de hablarme.
—¿Perdón?
Señaló la silla.
—Está ocupado.
Miré la silla.
Después lo miré a él.
—No veo a nadie sentado.
—Eso es porque llegaste tarde.
—Llegué justo cuando sonó el timbre.
—Eso sigue siendo tarde.
Levanté una ceja.
—¿Tú eres el dueño de la silla?
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
No era una sonrisa amable.
Era de esas que te hacen querer discutir solamente para borrársela.
—No.
—Entonces no veo el problema.
Caminé hacia el asiento.
Él dejó escapar una pequeña risa.
—Haz lo que quieras.
Me senté.
La profesora carraspeó.
—¿Terminamos?
Miré al frente.
—Por mi parte sí.
—Por la mía también —respondió él.
Lo miré.
Él seguía sonriendo.
Idiota.
Definitivamente era un idiota.
La profesora comenzó la clase.
Intenté concentrarme.
De verdad lo intenté.
Pero cinco minutos después, una pequeña hoja de papel cayó sobre mi escritorio.
La abrí.
"Te sentaste en mi lugar."
Miré hacia atrás.
Él me observaba.
Tomé el bolígrafo.
Escribí debajo:
"Y sigo viva."
La doblé y se la lancé.
Él la abrió.
Leyó.
Sonrió.
Después escribió algo.
La hoja volvió a mi escritorio.
"Por ahora."
Solté una pequeña risa.
No quería hacerlo.
Pero lo hice.
Y él la escuchó.
—Señor Miller.
La voz de la profesora nos hizo callar.
Adrian —porque ahora sabía su nombre— levantó la mirada.
—¿Sí, señorita Williams?
—¿Quiere compartir con toda la clase qué es tan divertido?
—No, profesora.
—Entonces preste atención.
—Lo intento.
La profesora lo miró durante unos segundos antes de continuar.
Me giré hacia la pizarra.
Intenté ignorarlo.
Pero entonces sentí su mirada.
No sabía por qué.
No sabía cuánto tiempo llevaba mirándome.
Solo sabía que podía sentirla.
Giré ligeramente la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante un segundo ninguno apartó la mirada.
Y entonces él sonrió.
Yo fui la primera en mirar hacia otro lado.
Qué fastidio.
No habían pasado ni veinte minutos desde que lo conocía y ya me estaba poniendo nerviosa.
No por él.
Por supuesto que no.
Simplemente porque era irritante.
Eso era todo.
Cuando sonó el timbre, guardé mis cosas rápidamente.
Necesitaba salir.
Necesitaba aire.
Necesitaba encontrar el comedor.
Y, sobre todo, necesitaba mantenerme lejos de Adrian Miller.
—Nueva.
La voz apareció detrás de mí.
Suspiré.
No tuve que girarme para saber quién era.
—¿Necesitas algo?
—Mi asiento.
Lo miré.
—¿Todavía con eso?
—Me gusta la constancia.
—A mí me gusta sentarme donde quiero.
—Ya me di cuenta.
Pasó a mi lado.
Por un momento pensé que se marcharía.
Pero se detuvo.
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—Bienvenida a Westbrook, Alessia.
Sentí un escalofrío.
No por sus palabras.
Por la forma en que dijo mi nombre.
—Gracias.
Él sonrió.
—Nos vemos mañana.
—No cuentes con ello.
—Estás en mi clase.
—Puedo cambiarme.
—No lo harás.
—¿Y tú cómo sabes?
Se encogió de hombros.
—Porque volverás.
Y se fue.
Me quedé mirándolo alejarse.
—Qué chico tan insoportable...
—¿Quién?
Salté.
Una chica rubia estaba a mi lado.
—Dios, perdón.
Ella soltó una carcajada.
—Soy Sophie.
—Alessia.
—Ya sé.
—¿Cómo...?
—Toda la escuela sabe quién eres. Eres la nueva.
—Fantástico.
—Tranquila. En dos días dejarás de ser interesante.
—Eso espero.
Sophie comenzó a caminar conmigo.
—Aunque te advierto algo.
—¿Qué?
Miró por encima de mi hombro.
Seguí su mirada.
Adrian estaba al final del pasillo hablando con un grupo de chicos.
Varias chicas estaban cerca de él.
—No te acerques demasiado a Adrian Miller.
Fruncí el ceño.
—No pensaba hacerlo.
Sophie me miró.
—Bien.
—¿Por qué?
Ella volvió a mirar hacia él.
—Porque Adrian Miller es el tipo de chico que puede robarte toda tu tranquilidad.
Solté una risa.
—Créeme. Eso no va a pasar.
Sophie sonrió.
—Eso dicen todas.
Seguí caminando.
Sin saber que, algunas veces, las cosas que juramos que nunca sucederán...
son precisamente las que terminan cambiándonos la vida.