Siempre pensé que moriría joven.
Supongo que pasar la mayor parte de tu vida en un hospital hace que ese pensamiento deje de parecer tan aterrador.
Tenía diecisiete años.
Diecisiete años y una lista interminable de cosas que nunca había hecho.
Nunca había viajado.
Nunca había ido a una fiesta.
Nunca había tenido una cita.
Nunca había tenido una aventura, aunque eso era bastante obvio.
Nunca había tenido la oportunidad de simplemente salir y hacer algo sin preguntarme cuánto tiempo tendría antes de volver al hospital.
Así que leía.
Leía porque los libros me permitían conocer lugares a los que nunca podría ir.
Personas que nunca conocería.
Mundos que nunca podría tocar.
Hasta que un día dejé de leer.
Dejé de respirar.
Y pensé que ese era el final.
Pero cuando volví a abrir los ojos...
podía respirar.
No había dolor.
No había máquinas.
No había hospital.
Solo una habitación que no reconocía y unas manos pequeñas que definitivamente no eran las mías.
Corrí hasta el espejo.
Y una niña pelirroja me devolvió la mirada.
Me quedé en silencio.
Entonces sonreí.
Porque, por primera desde años...
Me sentia viva.