Restos

By Dulceeeetorres

165 34 4

Tammara nunca imaginó que, a sus veinticuatro años, su vida cabría entre las paredes de una pequeña casa pres... More

Siete años tarde
Cereal & Pizza
Niños

Cinco minutos más

88 14 2
By Dulceeeetorres


Hay días que uno recuerda por lo que pasó.

Y hay otros que solo parecen un martes cualquiera... hasta que, años después, descubres que ese fue el día en que todo volvió a empezar.

El despertador sonó a las cinco y media de la mañana ese martes. Beep. Beep. Beep. Un sonido agudo, metódico y desalmado.

Tammara estiró el brazo cansado por debajo de la almohada blanca, tanteando las sábanas frías hasta dar con el celular. Apagó la alarma de un manotazo torpe sin abrir los ojos.

—"Cinco minutos. Solo pido cinco minutos más de paz",— pensó, volviendo a hundir el rostro en el colchón gastado.

El silencio duró apenas unos segundos.

La habitación todavía estaba en penumbra. Una cortina blanca dejaba pasar los primeros rayos de un amanecer gris. Sobre la cómoda descansaban un perfume casi vacío, una fotografía vieja boca abajo y un recibo de la luz sujeto con un imán que llevaba tres días recordándole que debía pagarlo.

Del otro lado de la pared se escuchaba el dibujo animado que algún vecino ponía todas las mañanas exactamente a la misma hora.

Tammara ya podía decir qué capítulo estaban viendo solo por las voces.

—Mami...

Tammara entreabrió un ojo. Bruno estaba de pie junto a la cama, despeinado, arrastrando una cobija azul de dinosaurios. Con su tez pálida, su cabello negro como el carbón y esos ojos oscuros, verlo era como mirar un fantasma del pasado.

—Tengo hambre —anunció Bruno con voz dramática.

—Buenos días a ti también, mi amor —murmuró Tammara con la voz ronca por el sueño.

—Y Noah dice que no encuentra un zapato —agregó el niño.

Desde el pasillo llegó una pisada fuerte, seguida por el sonido de un pie descalzo arrastrándose. Noah apareció bajo el marco de la puerta, cruzado de brazos, con el ceño fruncido y vistiendo un solo tenis azul. Misma piel blanca, mismo cabello oscuro.

—¡Porque tú lo escondiste! —se quejó Noah dando un paso al frente—. ¡Apuesto a que lo pusiste debajo del sofá!

—¡Yo no fui! —protestó Bruno abriendo mucho los ojos—. ¡Tú lo dejaste ahí ayer cuando jugábamos a los autos!

—¡Claro que no! ¡Tú dijiste que el sofá era un taller mecánico!

—¡Niños, por favor! —intervino Tammara, sentándose en la orilla de la cama.

Se pasó las manos por la cara y miró de reojo su reflejo en el espejo del peinador.

Tammara tenia veinticuatro años y todos decían que parecía de treinta. Las ojeras ya ni con maquillaje se le disimulan, el rubio del tinte pidiendo a gritos un retoque para tapar las raíces oscuras... pero bueno, el piercing que se hizo a los quince años en la nariz seguia en su lugar. Algo de la antigua Tammara quedaba.

Se recogió el cabello en una coleta alta.

—Otro mes más...

Prometía retocarse el cabello desde hacía semanas.

———

Cinco minutos después ya estaban todos de pie.

La cocina era pequeña, colorida y caótica. Paredes de un tono beige, electrodomésticos blancos y un refrigerador repleto de imanes de frutas y dibujos hechos con crayones.

Mientras el café comenzaba a gotear dentro de la cafetera, puso pan a tostar, revisó la lonchera de los niños y abrió el refrigerador, había: media botella de leche, huevos, mermelada, un recipiente con sopa de la noche anterior.

—A ver —dijo—. Siéntense los dos en el banquito que los voy a peinar. Noah, mientras te peino, Bruno va a ir a buscar tu zapato debajo del sofá. ¿Trato?

—Trato —refunfuñó Noah.

Tammara tomó el cepillo de cerdas suaves y un poco de crema para peinar. Acomodó a Bruno primero, aplicándole un poco de agua y peinándole el cabello negro hacia un lado, dándole forma a sus pelitos. Luego fue el turno de Noah.
Mientras Tammara le pasaba el cepillo a Noah haciéndole la raya del peinado exactamente igual a la de su hermano, Bruno se acercó, lo miró fijamente y abrió la boca indignado.

—¡Mamá! ¡Noah me copió el peinado! —se quejó Bruno señalándolo con dramatismo.

—¡Yo no te copié nada! —respondió Noah
cruzándose de brazos frente al espejo—. ¡Mamá me peinó así!

—¡Sí te copiaste! ¡Te ves igual a mí!

Desde la entrada de la cocina, Chuy, que acababa de llegar trayendo bolsas del pan, soltó una carcajada limpia y sonora al escucharlos. Tammara también tuvo que morderse el labio para no reírse.

—Si saben que son dos gotas de agua y que se peinen como se peinen se ven exactamente iguales?.—añadió Tammara mirándolos con ternura.

—Ya dejen de pelear, copiones —les dijo Chuy desde lejos, guiñándoles un ojo—. A ver, pasen a la cocina. ¿Qué van a querer de desayunar hoy?

Los dos salieron disparados hacia la mesa.

—¡Pan con mermelada de fresa! —gritó Bruno.

—¡Y chocolate caliente! —añadió Noah, acomodándose en la silla.

Chuy levantó un dedo antes de acercarse a la alacena.

—Ajá... primero al baño a cepillarse los dientes.

Los dos se quedaron congelados. Se miraron entre ellos. Volvieron a mirar a Chuy.

—¡¿Quééé?! —protestaron al mismo tiempo.—¡Qué injusticia! —se quejó Bruno, llevándose una mano al pecho como si acabara de recibir la peor noticia de su vida.

—¡Ni siquiera hemos desayunado! —añadió Noah, intentando sonar razonable.

Chuy soltó una risa.

—Precisamente por eso. Tienen aliento de dragón recién despertado.

Tammara no pudo contener la carcajada.

—Vamos, los dos. A cepillarse.

Bruno bajó la cabeza con dramatismo.

—La vida es muy difícil.

Noah suspiró como si compartiera el mismo sufrimiento.

—Sí... demasiado difícil.

Los dos caminaron hacia el baño arrastrando los pies exageradamente, aunque apenas cruzaron el pasillo comenzaron a empujarse y a reír otra vez.

—Dios mío, mija... cada día están más grandes —murmuró Chuy en voz baja—. Y entre más crecen, más se parecen entre ellos, aunque ellos juren que no.

Tammara sonrió con calidez, pero un nudo se le formó en la garganta.

En ese momento, la puerta trasera de la cocina se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire fresco y el olor a pan recién hecho. Chuy se sentó acomodándose su suéter de lana tejido. Lucía su melena pelirroja mezclada con canas plateadas y esa sonrisa amplia que siempre traía paz a la casa.

———

—¿Se van a portar bien con Chuy hoy? —preguntó Tammara arrodillándose frente a sus hijos.

—¡Sí, mamá! —contestaron los dos levantando la mano derecha.

Chuy se puso detrás de ellos, cruzándose de brazos y levantando una ceja.

—No les crea nada, mija. Ayer convirtieron el pasillo en una pista de carreras y por poco tiran la lámpara de la entrada.

—¡Fue un accidente! —protestó Noah.

—Sí, un accidente de alta velocidad —bromeó Chuy guiñándole un ojo a Tammara.

—Me tengo que ir o voy a llegar tarde —dijo Tammara levantándose y tomando su bolso de tela gastado—. Gracias por todo, Chuy.

—Vaya tranquila, mija. Aquí yo controlo a este par de terremotos.

—¡Que te vaya bien, mamá! ¡Trae galletas! —gritó Bruno desde la mesa.

Cerró la puerta despacio. El bullicio quedó al otro lado, solo entonces soltó el aire que llevaba reteniendo desde que sonó la alarma. La calle todavía estaba húmeda por la lluvia de la madrugada, ajustó la correa del bolso sobre su hombro y comenzó a caminar. Cinco... Diez, Quince pasos. Siempre contaba los primeros quince, era una costumbre absurda que había empezado años atrás y que nunca abandonó.

Al llegar al quince dejó de contar. Tocaba volver a ser adulta.

———

El turno en el supermercado fue interminable. El sonido del escáner en la caja registradora marcaba el ritmo de un día monótono.

—Son doce con cincuenta, señora —dijo Tammara con una sonrisa amable.

La anciana frente a ella comenzó a buscar monedas en un monedero tejido, tardándose casi diez minutos. Tammara esperó con paciencia infinita, aunque las piernas le dolían.

Al terminar su turno, caminó por los pasillos antes de marcar la salida. Agarró un litro de leche, un pan de caja y la bolsa azul de galletas con chispas de chocolate que Bruno llevaba tres días pidiéndole.

En la caja, abrió su monedero. Contó los billetes doblados uno a uno.

—Son cuatro con ochenta —dijo la cajera.

Tammara le entregó el dinero. Al mirar el interior de su monedero, vio que solo le quedaban unos pocos cambios. Sonrió con un toque de tristeza y timidez.

—"Al menos las galletas de Bruno están aseguradas"—.pensó apretando la bolsa contra su pecho.

Cuando volvió a la casa al caer la tarde, el cansancio acumulado pareció evaporarse en cuanto cruzó la puerta, el olor a caldo de pollo la envolvió, la televisión estaba encendida en un volumen demasiado alto, había zapatos tirados en la entrada, una mochila abierta sobre el sofá y un carrito rojo debajo de la mesa que seguramente volvería a pisar más tarde.

—¡Llegó mamá! —gritó Noah.

Los dos niños corrieron a embestirla con abrazos en las piernas.

—¡Mira lo que hice! —dijo Noah mostrándole una hoja de libreta—. Pinté un árbol azul.

—¡Y yo te dibuje a ti! —interrumpió Bruno mostrando un monigote negro con capa roja—. ¡Eres el Capitán Rayo gigante!

—Está hermoso, mis amores —dijo Tammara besándoles las mejillas—. Miren lo que les traje.

—¡Las galletas! —gritaron ambos.

—A comer primero —ordenó Chuy saliendo de la cocina con los platos servidos—. Dejen a su madre respirar un segundo.

Tammara se sentó a la mesa, escuchando el bullicio, las risas y la televisión encendida de fondo. Por un instante, el peso en su pecho pareció más ligero.

———

Afuera, un automóvil negro avanzaba a paso lento por la entrada de la ciudad.

El conductor bajó un poco la ventana. El aire frío y húmedo le acarició el rostro. Pasó frente a la panadería de la esquina, el parque central y la fachada del viejo colegio.

—"Siete años..."—pensó Mateo con el corazón acelerado, apretando el volante.—"Siete años jugando en estadios llenos en Europa, escuchando a miles de personas gritar mi nombre, y lo único en lo que podía pensar era en este maldito pueblo. En ella."—.

Redujo la marcha y dobló en la esquina. Detuvo el carro justo frente a la casa de paredes blancas. Apagó el motor.

A través del cristal mojado, vio la luz cálida encendida en la ventana de la sala. Se alcanzaban a ver las siluetas de los niños saltando en el sillón y la figura de Tammara caminando hacia la cocina con un plato en la mano.

Mateo dirigió la mirada al asiento del copiloto. Allí descansaba un sobre de papel amarillento y desgastado. La carta que Consuelo le había entregado en su cama de hospital que había visitado apenas llego a la ciudad.

Mateo soltó un largo suspiro, abrió la puerta del carro y bajó a la calle. Metió las manos en los bolsillos y caminó hacia la entrada de la casa.

Se detuvo a un metro de la puerta de madera. Se escuchaban risas infantiles desde adentro.

Levantó la mano, dudó un segundo en el aire, y finalmente dio tres golpes firmes en la puerta.

Continue Reading

You'll Also Like

130K 16.5K 34
El invierno los presentó de la forma más inesperada, mientras que el otoño los despidió de la forma más dolorosa. Liam la amó desde el primer momento...
8.5M 793K 27
[COMPLETADA] Tercer libro en la Saga Darks. Portada: BetiBup33 design studio.
2.8K 280 28
⭐✒️Obra ganadora de los Wattys 2022 en la categoría de horror ✒️⭐ Inevitables asesinatos azotan la provincia de Roanne. Arrastran una insondable este...
13.9K 1K 38
Ellos viven en un sufrimiento,el la proteje de todo,daria la vida por ella.Salen de allí,pero ahora es otro sufrimiento el que los invade...el amor,s...
Wattpad App - Unlock exclusive features