....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
Habia pasado un tiempo, desde aquel día.
La gran guerra entre familias, Hestia y Freya. Un total de 81 familias contra 1 sola, desencadenó una batalla campal de la cual un gran caos se desató en todo el campo de batalla, inclusive llegando a extenderse por los continentes a causa de la tenacidad y brutalidad de tal encarnizada guerra.
Aunque su desenlace fue el más inesperado finalizando todo con la victoria de la familia Hestia Ante la Freya, para la incredulidad de todos, al ver cómo una familia de no más de 2 meses de haberse formado, consiguiera Sobre ponerse ante la familia más poderosa de la ciudad de Orario.
La gran inauguración se llevó a cabo, donde suministros, armas, artefactos, tesoros y uno que otro objeto de gran valor de pertenencia de la familia Freya, fue repartido en partes iguales entre las 80 (a excepción de la hestia) fueron dadas como recompensa por su apoyo en el gran conflicto.
Tampoco faltaron los festejos, donde los bares de toda la ciudad, especialmente la "Anfitriona de la fertilidad", fueron brutalmente ocupados por un sin fin de aventureros, los cuales vinieron a celebrar el gran festejo que se estaba dando, marcando un "Antes y después", en la ciudad de aquí para adelante.
Y no solo eso era lo nuevo.
La familia Hestia había sido ascendida a Rango A por el gremio Gracias a su desempeño en el <Game war>(juego de guerra), más la incluicion de una aventurera desconocida de <Level 6> (Ryuu) y el ascenso de su capitán al <Level 5> (Bell).
Naturalmente, las cosas serían geniales de ahora para adelante, pero, la realidad era que el gremio comenzó a dar un sin fin de tareas a la pequeña familia Hestia, gracias a ser una familia de <Rango A>, les encargaban la busca y recolección de minerales importantes, bajo la amenaza de dar una gran multa como consecuencia.
P.o.v: Bell.
-...Quiero dormir...
Dije, mientras dejaba escapar un pequeño bostezo, pero con una mueca de amargura por los sin fin de problemas que últimamente, llegaban a mí día a día.
Luego del juego de guerra, las cosas fueron tranquilas al principio, pero luego todo se salió de control cuando nos ascendieron a Rango A. No puedo decir que No me emocioné, lo hice de verdad, pero si sabía que tendríamos que cumplir con varios encargos del <Gremio> hubiera preferido ser un vendedor o algo así.
Aunque bueno, No puedo decir que soy el único que la está pasando mal...
No hay momento en que Welf NO este en su forja, de hecho, el ruido de su martillo golpeando el metal se volvió algo muy cotidiano los últimos días, y cada vez que el sonido cesaba, teniamos que ir corriendo a la forja a auxiliar a un desmayado Welf, pasando más de 10 veces seguidas, en el resto de toda la semana.
Lili la ha pasado mal con todo relacionado a su enemigo natural, el papeleo, el solo pensar como la pequeña Lili tiene que sentarse enfrente de una Monstruosidad hecha de papeles, casi hace que quiera ir a ayudarla.... Casi.
Ryuu-san, Mikoto-San y Haruhime-san, junto conmigo podríamos decir que nos va mazo menos bien... Lo único malo es que Haruhime a estado encargándose de la casa durante toda la semana, y aunque lo hacia desde que la rescate de la familia Ishtar, ahora es a un nivel extremo.
Mientras que mikoto-san a tenido que hacer las compras de diversos utencillos, desde para Welf y su forja, hasta para Lili y Kami-sama, teniendo que literalmente explorar casi toda la ciudad en busca de los pedidos, pues sin ellos, todos los preparativos que Lili hizo en la familia se echarían a perder.
¿Mientras que Yo y Ryuu-san?. Podría decirse que nos tocó algo más "fácil" a ojo de los demás, pero para nosotros era igualmente grave.
Al principio le insistí de que se quedara, al fin y al cabo, no llevaba ni siquiera 1 semana en la familia y ya tenía que estar ayudándonos con diversos problemas, aunque al final No conseguir convencerla, supongo que su orgullo de elfo, o su bondadoso corazón, le impidieron quedarse a hacer nada mientras todos nos ocupamos de algo esencial.
Claro, Kami-sama y Lili al principio se negaron a la idea de que ella y yo vayamos Solos al dungeon, pero con la insistencia de Welf y Mikoto-San terminaron cediendo.
Y así, yo y Ryuu-san, nos hicimos cargos de lo que en si era algo de genuina importancia.... Los pedidos del gremio.
No es que me este quejando, pero, hay cosas que incluso para <Primeras Clases> recién ascendida como yo y Ryuu-san, son extremadamente riesgosas, desde tener que recolectar minerales en los pisos 27-28, hasta tener que obtener <Drop ítems> de monstruos molestos, como los huevos de oro de los Jack Birds, las espinas de las Pelusas, y inclusive tuvimos que ir los dos contra el Goliath para tener que tener su piel, y aunque suena sencillo para los demás, siempre que íbamos la Dungeon parecía ponerse en contra de nosotros generando monstruos sin parar, de tal Magnitud que incluso a veces teníamos que salir huyendo de ahí para reagruparnos.
Si...Todo se salía de control.
Aunque todo eso no es la fuente principal de mis frustraciones...
"Te amo, pero no como una maestra a su alumno, sino como mujer a un hombre".
Esas palabras seguían frescas en mí memoria, Cuando festejamos en <La anfitriona de la fertilidad>, mismo día donde Ryuu-san pidió unirse a mí familia, ella me llevo a un lugar privado y se me declaro....
Naturalmente, un hombre daría brincos de felicidad.
Digo, Ryuu-san es una mujer maravillosa, rubia, elfa, honorable, atractiva y con una belleza de la cual inclusive, siento que algunas diosas deberían envidiarle...
Y es exactamente eso, que no entiendo.
¿Cómo era posible, que una mujer de tal calibre, se enamorara de un Don nadie como yo?. No tenía sentido, Ryuu-san tiene muchas razones por la cual muchos Hombres deben enamorarse de ella...Yo en cambio, no tengo nada especial, por lo que si una mujer se me acerca y me dice "Te amo", es más que obvio que yo no sabría que responder, pues no es lógico que se fijen en alguien insignificante como yo...
Eso, y sumado a los traumas con Syr-san...
No la odio, la estimo mucho, es mí amiga y una de las primeras personas en tenderme una mano cuando la necesitaba siempre...Pero, todavía sigue vigente en mí memoria, todo el caos que se desató, solo por qué la rechace.
Mí corazón es un completo caos, y para hecharle más Leña al fuego...Ais-san me evita. No sé que hice, que dije o que pasa, pero ella no quiere dirigirme la Palabra, siempre que la veo y quiero acercarme a ella, ella huye, no se que está pasando y de verdad, desde el fondo de mí corazón, me gustaría entender que está pasando.
¿Es una broma de los dioses? No, no creo que ellos sean tan crueles.
¿Es culpa mía por no saber que es lo que quiero? Si, probablemente.
¿Las personas tienen la culpa?. Probablemente, aunque no estoy del todo seguro...
-...Realmente, quiero dormir....
Fue lo último que salió de sus labios.
Sus párpados, pesados como el plomo, terminaron por cerrarse lentamente.
El agotamiento acumulado durante días enteros pareció desplomarse sobre él de golpe, arrastrándolo hacia las profundidades del sueño sin darle siquiera la oportunidad de resistirse.
La tensión abandonó poco a poco sus músculos.
Las preocupaciones.
Las dudas.
Los pensamientos.
Todo comenzó a desvanecerse.
Como si una corriente invisible estuviera alejándolos de él.
Llevándoselos a un lugar distante.
Cada vez más distante.
Cada vez más lejano.
Y entonces...
Silencio.
Un silencio absoluto.
No existía sonido alguno.
No existía calor.
No existía frío.
No existía arriba.
Ni abajo.
Ni izquierda.
Ni derecha.
Solo una inmensa nada.
Bell sintió su cuerpo volverse increíblemente ligero. Como si ya no pesara nada.
Como si hubiera dejado atrás toda carga que alguna vez sostuvo.
Flotando.
Suspendido.
A la deriva.
Rodeado por una soledad tranquila.
Una que no resultaba dolorosa.
Ni aterradora.
Solo calmada.
Pacífica.
Como el abrazo de un océano inmóvil.
Su conciencia se hundía lentamente dentro de aquella oscuridad infinita.
Más profundo.
Más profundo.
Más profundo.
Hasta que el propio concepto de profundidad perdió significado.
La oscuridad comenzó a envolverlo por completo.
Penetrando cada rincón de su mente.
Cubriendo cada pensamiento.
Cada recuerdo.
Cada emoción.
Como si estuviera descendiendo hacia el fondo mismo de su inconsciente.
Y entonces...
Algo cambió.
Una anomalía.
Una presencia.
Sin previo aviso.
Sin explicación.
Sin lógica alguna.
Un gigantesco ojo apareció en medio de aquel vacío.
O al menos...
Parecía un ojo.
Una inmensa esfera oscura cuya forma recordaba a una pupila imposible.
Un agujero negro colosal.
Silencioso.
Inmóvil.
Observándolo desde la distancia.
No ejercía atracción alguna.
No intentaba absorberlo.
No lo llamaba.
No lo perseguía.
Simplemente estaba allí.
Dominando toda la inmensidad de aquel lugar.
Como un adorno imposible colocado sobre la existencia misma.
Bell no sintió miedo.
Ni curiosidad.
Ni inquietud.
Era como si su mente estuviera demasiado adormecida para comprender aquello.
Y fue entonces...
Cuando la luz apareció.
Al principio fue pequeña.
Apenas un diminuto punto.
Una insignificante chispa perdida en medio de aquella oscuridad eterna.
Pero creció.
Lentamente.
De forma constante.
Irrefrenable.
La luz se expandió.
El espacio comenzó a alterarse.
Ondas invisibles recorrieron el vacío.
La oscuridad retrocedió.
Las sombras se retorcieron.
Y aquella pequeña chispa continuó creciendo.
Volviéndose más brillante.
Más intensa.
Más inmensa.
Hasta que terminó iluminándolo todo.
El vacío.
El ojo.
La nada.
Todo desapareció bajo aquel resplandor absoluto.
Bell fue incapaz de cerrar los ojos.
Incapaz de apartar la mirada.
La luz lo alcanzó.
Lo envolvió.
Lo consumió por completo.
Y una sensación desconocida recorrió cada rincón de su existencia.
No era felicidad.
No era tristeza.
No era miedo.
No era alivio.
Era algo completamente ajeno a cualquier emoción que hubiera experimentado antes.
Algo imposible de describir.
Algo imposible de comprender.
Algo que jamás había sentido.
Y justo cuando aquella sensación alcanzó su punto máximo...
La luz desapareció.
Sin previo aviso.
Sin dejar rastro.
Como si nunca hubiera existido.
Y una vez más.
La oscuridad regresó.
Silenciosa.
Profunda.
Infinita.
/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/-/
Todo a ojos de Bell era negro. No podía ver nada, ni escuchar nada, ni siquiera sabía dónde estaba.
El creía que despertaría de ese "Sueño", pero por alguna razón al abrir los ojos fue recibido por oscuridad, nada más ni menos que oscuridad.
Hasta que una voz se escuchó...
-¡Siga pujando, ya le veo la cabecita!
Apenas Bell oyó eso, el grito de una mujer resonó, alcanzando a oírla gracias a que poco a poco algo lo iba jalando, empezando a sacarlo de aquella oscuridad.
-(¿Qué significa esto...?)
Bell quedó estático, sin siquiera poder hacer nada, no oponiendo resistencia a la extraña fuerza que lo iba jalando, arrastrándolo a la luz.
Y lo que vio a continuación...
Le heló la sangre...
La oscuridad desapareció.
La luz inundó su visión.
Tan intensa.
Tan cegadora.
Tan insoportablemente brillante.
Que durante unos segundos no pudo distinguir absolutamente nada.
Pero entonces...
Las siluetas comenzaron a tomar forma.
Sombras borrosas.
Figuras humanas.
Voces.
Sonidos.
Respiraciones.
Todo regresó de golpe.
-¡Ya casi sale! ¡Un último esfuerzo! ¡Eso es!
El corazón de Bell se detuvo.
No.
Más bien...
Sintió que jamás había comenzado a latir.
Porque aquello no tenía sentido.
No podía moverse.
No podía hablar.
No podía levantarse.
No podía siquiera controlar su propio cuerpo.
La sensación era extraña.
Terriblemente extraña.
Como si su cuerpo entero estuviera comprimido.
Como si fuera demasiado pequeño.
Demasiado débil.
Demasiado...
Inmaduro.
Y entonces ocurrió.
Con un último tirón.
La fuerza que lo arrastraba terminó por expulsarlo completamente hacia la luz.
El frío golpeó su cuerpo.
Un frío que jamás había sentido.
Una sensación tan repentina que casi resultó dolorosa.
Y por primera vez.
Bell pudo ver claramente.
Un techo.
Luces.
Personas.
Rostros desconocidos.
Una habitación.
Una mujer acostada sobre una cama.
Empapada en sudor.
Agotada.
Respirando con dificultad.
Y varias personas rodeándola.
-¡Es un niño!
Aquellas palabras resonaron como un trueno.
Los ojos de Bell se abrieron completamente.
-(¿...Eh?)
Su mente quedó en blanco.
-(¿Qué...?)
Intentó levantar una mano.
Solo una.
Una simple mano.
Pero cuando lo hizo...
Lo único que apareció frente a sus ojos fue una diminuta extremidad temblorosa.
Pequeña.
Rosada.
Ridículamente pequeña.
Bell sintió que el mundo entero se detenía.
-(No...)
Observó aquella mano.
Luego la otra.
Después sus brazos.
Y finalmente...
El rostro de la persona que lo sostenía.
Una mujer vestida de blanco.
Sonriendo.
Mientras lo sostenía entre sus brazos.
Como si...
Como si acabara de nacer.
-(No...)
Su respiración se aceleró.
-(No...)
Su mente rechazó la idea de inmediato.
Era imposible.
Completamente imposible.
Aquello tenía que ser una ilusión.
Un sueño.
Un efecto secundario de alguna magia.
Cualquier cosa.
Cualquier explicación servía.
Menos esa.
Porque esa explicación era demasiado absurda.
Demasiado aterradora.
Demasiado imposible.
-(¡NO!)
Intentó gritar.
Exigir respuestas.
Preguntar qué estaba ocurriendo.
Pero de su garganta no salió ninguna palabra.
Ninguna.
Solo un sonido.
Un llanto.
El llanto de un recién nacido.
Y fue en ese instante.
Mientras escuchaba aquel llanto salir de su propia boca.
Mientras observaba aquellas pequeñas manos.
Mientras veía a los desconocidos sonreír a su alrededor.
Que una única posibilidad comenzó a formarse dentro de su mente.
Una posibilidad tan absurda.
Tan aterradora.
Tan monstruosa.
Que hizo que toda la sangre de su cuerpo pareciera congelarse.
-(...¿He... nacido?)
Y por primera vez desde que despertó.
Bell sintió auténtico miedo.
Un miedo puro.
Primitivo.
Instintivo.
Su mente intentó encontrar una explicación.
Cualquier explicación.
Una ilusión.
Una magia.
Un castigo divino.
Una pesadilla.
Lo que fuera.
Pero cuanto más pensaba.
Más imposible se volvía negar la realidad que tenía delante.
Aquellas manos.
Aquellas voces.
Aquella sensación de debilidad.
Todo era demasiado real.
Demasiado vívido.
Demasiado detallado.
Su corazón comenzó a acelerarse.
Su respiración se volvió errática.
Los sonidos a su alrededor empezaron a mezclarse.
Las voces se volvieron distantes.
Borrosas.
Incomprensibles.
Y entonces...
La oscuridad volvió.
Bell se desmayo...
Pero para aquellas personas, el bebé solo se había pegado una siesta....
Y la hermosa mujer, atino a sonreír con cariño y decir....
-Dulces sueños....Satoru.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Bell abrió los ojos.
-(...)
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Completamente inmóvil.
Observando el techo sobre él.
Sin pensar.
Sin moverse.
Sin respirar siquiera.
Y entonces...
Una chispa de esperanza apareció dentro de su pecho.
-(¡Sí!)
Aquello tenía sentido.
Por supuesto que tenía sentido.
Había sido una pesadilla.
Una muy extraña.
Una muy realista.
Pero una pesadilla al fin y al cabo.
Después de todo.
Él estaba agotado.
Llevaba semanas enteras durmiendo mal.
Era normal que su cerebro produjera algo tan absurdo.
Bell incluso sintió deseos de reír.
-(Por supuesto que era un sueño...)
Porque la alternativa era demasiado ridícula.
Nadie despertaba convertido en un recién nacido.
Eso simplemente no ocurría.
No tenía lógica.
No tenía sentido.
No podía pasar.
Jamás.
Nunca.
Bajo ninguna circunstancia.
Así que todo estaba bien.
Todo estaba perfecto.
En cualquier momento se levantaría de la cama.
Encontraría a Kami-sama.
Quizás a Welf.
Tal vez a Lili.
Y podría contarles aquella extraña pesadilla.
Sí.
Eso era.
Eso tenía que ser.
Con renovado optimismo.
Bell intentó incorporarse.
No pudo.
-(...)
Intentó mover un brazo.
El brazo apenas se elevó unos centímetros antes de caer nuevamente.
Bell parpadeó.
Intentó otra vez.
La misma reacción.
Lenta.
Débil.
Torpe.
Su corazón dio un vuelco.
-(...No.)
Movió las piernas.
O al menos intentó hacerlo.
Lo único que consiguió fue un pequeño movimiento bajo unas mantas.
Un movimiento ridículamente débil.
Ridículamente corto.
Ridículamente pequeño.
-(...No.)
La esperanza comenzó a resquebrajarse.
Bell levantó lentamente una mano.
Una pequeña mano.
Una diminuta mano.
Con dedos cortos.
Delgados.
Infantiles.
Su rostro perdió todo color.
-(...No.)
Volvió a observarla.
Esperando que cambiara.
Esperando que regresara a la normalidad.
Esperando despertar de verdad.
Pero no ocurrió.
La mano siguió allí.
La misma.
Pequeña.
Ridícula.
Ajena.
Y por primera vez comenzó a observar su entorno.
Una cuna.
Una habitación.
Paredes desconocidas.
Muebles desconocidos.
Un lugar que jamás había visto.
Un lugar que no pertenecía a Orario.
Un lugar que no pertenecía a ninguna parte que él conociera.
Su respiración se aceleró.
-(No.)
Intentó levantarse de golpe.
Su cuerpo no respondió.
Intentó hablar.
-¿Ka...?
Lo único que salió fue un balbuceo incomprensible.
Bell quedó petrificado.
Intentó nuevamente.
-¿Li...?
Otro sonido infantil.
Incapaz siquiera de formar palabras.
El silencio se volvió ensordecedor.
Y entonces.
La verdad terminó de aplastarlo.
No era un sueño.
No era una ilusión.
No era una broma.
No era una pesadilla.
Seguía allí.
Seguía atrapado.
Dentro del cuerpo de un bebé.
Bell sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
Su mente comenzó a entrar en pánico.
Porque si aquello era real.
Si de verdad era real.
Entonces existía una pregunta mucho más aterradora que cualquier otra.
Una pregunta que hasta ahora había evitado hacerse.
-(...¿Dónde estoy?)
Y peor aún.
-(...¿Qué demonios me pasó?)
La pregunta resonó una y otra vez dentro de su cabeza.
Sin respuesta.
Sin explicación.
Sin lógica.
Bell permaneció inmóvil dentro de aquella cuna durante varios minutos.
O al menos creyó que fueron varios minutos.
Era difícil saberlo.
Todo se sentía extraño.
Su percepción.
Su cuerpo.
Incluso el tiempo parecía avanzar de una forma diferente.
Intentó tranquilizarse.
Como hacía siempre dentro del Dungeon.
Respirar.
Pensar.
Analizar.
Buscar una solución.
Pero cada vez que intentaba hacerlo, terminaba chocando contra el mismo problema.
Era un bebé.
Un maldito bebé.
Ni siquiera podía sentarse correctamente.
Mucho menos investigar qué estaba ocurriendo.
-(Calma...)
Intentó convencerse.
-(Calma... Bell...)
Porque entrar en pánico no resolvería nada.
Jamás lo había hecho.
Ni contra un Minotauro.
Ni contra el Juggernaut.
Ni contra Freya.
Y tampoco lo haría ahora.
Aunque...
Esta situación era mucho más difícil de aceptar.
Muchísimo más difícil.
De repente.
La puerta de la habitación se abrió.
Bell se sobresaltó.
Una mujer entró lentamente.
Su cabello era blanco como la nieve, similar al suyo propio.
Su expresión mostraba un cansancio evidente.
Pero también una enorme felicidad.
Una felicidad imposible de ocultar.
Bell se quedó observándola.
No la conocía.
Estaba completamente seguro de ello.
Jamás la había visto en toda su vida.
La mujer se acercó hasta la cuna.
Y sonrió.
Una sonrisa cálida.
Cariñosa.
Llena de afecto.
-Buenos días, Satoru.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Bell sintió que el mundo entero se detenía.
-(...¿Eh?)
La mujer extendió sus brazos.
Y lo levantó con una facilidad insultante.
Bell quiso protestar.
Quiso preguntar.
Quiso exigir explicaciones.
Pero una vez más.
Su boca lo traicionó.
Lo único que salió fue un pequeño sonido infantil.
La mujer soltó una suave risa.
Como si aquello fuera adorable.
-Parece que hoy estás de buen humor.
Bell ni siquiera escuchó el resto.
Toda su atención se había quedado atrapada en una sola palabra.
Satoru.
Satoru.
Satoru.
-(...)
-(...)
-(...)
No.
No.
No.
Eso no podía significar lo que él creía.
Simplemente no podía.
Bell comenzó a recordar.
Aquella luz.
Aquella oscuridad.
Aquel enorme ojo imposible.
Y aquella extraña sensación que lo había consumido por completo.
Un sudor frío recorrió su espalda.
-(No...)
Su mente intentó negar la posibilidad.
Intentó destruirla.
Ignorarla.
Rechazarla.
Pero cuanto más lo pensaba.
Más sentido comenzaba a tener.
Porque él no estaba en Orario.
No estaba en ninguna ciudad que conociera.
No reconocía a la mujer.
No reconocía la habitación.
No reconocía absolutamente nada.
Y ahora...
Lo habían llamado Satoru.
La mujer continuó meciéndolo suavemente.
Completamente ajena a la tormenta mental que estaba sufriendo el recién nacido entre sus brazos.
-Tu padre estará feliz cuando te vea despierto.
Bell apenas la escuchó.
Su mente ya estaba en otro lugar.
Recordando viejas historias.
Historias que su abuelo le contaba cuando era pequeño.
Relatos sobre héroes.
Sobre aventureros.
Sobre personas que despertaban en lugares desconocidos.
Hombres y mujeres que eran arrastrados lejos de sus hogares para aparecer en otros mundos.
Bell siempre había pensado que eran simples cuentos.
Historias exageradas para entretenerlo antes de dormir.
Nada más.
Pero ahora...
Mientras observaba aquellas pequeñas manos.
Mientras escuchaba aquel nombre desconocido.
Mientras contemplaba una habitación que no pertenecía a ningún lugar que hubiera visto jamás...
Aquellos viejos relatos regresaron a su mente.
Y por primera vez.
No parecían tan absurdos.
-(...No puede ser.)
Su respiración se volvió más pesada.
Porque si aquellas historias tenían algo de verdad.
Si realmente existía la posibilidad de que una persona pudiera terminar en otro mundo...
Entonces todo comenzaba a encajar.
La luz.
La oscuridad.
Aquel extraño sueño.
Su nuevo cuerpo.
Aquella mujer desconocida.
Todo.
Y cuanto más conectaba las piezas.
Más pálido se volvía.
Porque si esa teoría era correcta.
Si realmente era correcta.
Entonces él no solo había nacido de nuevo.
No solo se había convertido en un bebé.
No.
Era mucho peor.
Muchísimo peor.
Porque significaba que ya no estaba en su mundo.
Y si eso era cierto...
Entonces acababa de despertar en un universo completamente diferente.....
-(...como en las....historias del abuelo...)
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Bell todavía intentaba ordenar sus pensamientos.
O al menos intentarlo.
Porque cada vez que creía haber llegado a una conclusión, terminaba encontrándose con diez preguntas nuevas.
Ninguna respuesta.
Solo más dudas.
Más confusión.
Más incertidumbre.
La mujer continuó sosteniéndolo con cuidado mientras abandonaba la habitación.
Bell observó todo cuanto pudo durante el trayecto.
Un pasillo.
Paredes lisas.
Objetos extraños.
Muebles que jamás había visto.
Nada le resultaba familiar.
Ni remotamente familiar.
No había lámparas mágicas.
No había piedra mágica alguna.
No había artefactos que reconociera.
Todo parecía...
Diferente.
Demasiado diferente.
Y aquello solo reforzaba la aterradora sospecha que comenzaba a instalarse en su mente.
Poco después.
La mujer atravesó una puerta.
Y Bell se encontró en una habitación mucho más amplia.
Una especie de comedor conectado a una cocina.
Su mirada recorrió el lugar.
Mesas.
Sillas.
Armarios.
Extraños objetos metálicos.
Y entonces...
Vio a otra persona.
Un hombre.
Alto.
De cabello blanco.
Ojos azules.
Vestido con ropa sencilla.
El hombre estaba sentado frente a una mesa mientras sostenía una taza entre sus manos.
Sin embargo.
Apenas vio entrar a la mujer.
Su expresión se iluminó.
-¿Ya despertó?
Preguntó con evidente entusiasmo.
La mujer sonrió.
-Hace unos minutos.
El hombre dejó la taza sobre la mesa.
Y se puso de pie de inmediato.
Como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía horas.
Bell observó cómo se acercaba.
Paso a paso.
Hasta quedar frente a ellos.
Y entonces.
Lo vio.
Aquella expresión.
Una sonrisa enorme.
Llena de orgullo.
Llena de felicidad.
Llena de cariño.
Una expresión que Bell había visto incontables veces en los padres que visitaban Orario junto a sus hijos.
-Hola, pequeño.
Dijo el hombre suavemente.
Bell se quedó inmóvil.
Observándolo.
El hombre acercó un dedo.
Y tocó cuidadosamente una de sus pequeñas manos.
Instintivamente.
Los diminutos dedos de Bell se cerraron alrededor de él.
-Oh.
El hombre soltó una pequeña risa.
-Tiene fuerza.
-Acaba de nacer.
Respondió la mujer con una sonrisa divertida.
-Aun así.
Contestó él.
Sin apartar la mirada del recién nacido.
-Es increíble.
Durante unos segundos.
Nadie habló.
La pareja simplemente observó al pequeño bebé entre sus brazos.
Como si contemplaran el tesoro más valioso del mundo.
Y Bell...
No supo cómo reaccionar.
Porque aquellas personas eran desconocidas.
Jamás los había visto.
Jamás había escuchado sus voces.
Jamás había cruzado una sola palabra con ellos.
Y aun así...
La forma en que lo miraban era real.
No había mentira.
No había falsedad.
No había engaño.
Solo afecto.
Afecto genuino.
El hombre levantó la vista hacia su esposa.
-¿Cómo te sientes?
-Cansada.
Respondió ella.
-Pero feliz.
-Me alegra escucharlo.
La mujer sonrió.
Y durante unos instantes ambos intercambiaron una mirada silenciosa.
Una que Bell no entendió completamente.
Pero que transmitía algo evidente.
Cariño.
Confianza.
Amor.
La clase de vínculo que solo años compartidos podían construir.
Finalmente.
El hombre volvió a mirar al recién nacido.
-Todavía no puedo creerlo.
Murmuró.
-Nuestro hijo.
Bell sintió una extraña incomodidad recorrerle el cuerpo.
Porque esas palabras.
Tan simples.
Tan normales.
Lo golpearon con una fuerza inesperada.
Nuestro hijo.
No Bell Cranel.
No aventurero.
No miembro de la Familia Hestia.
No nivel cinco.
No héroe.
Solo...
Su hijo.
Un recién nacido.
Un bebé.
Y por mucho que intentara negarlo.
Por mucho que quisiera despertar.
Por mucho que deseara volver a Orario.
La realidad permanecía frente a él.
Inmutable.
Cruel.
Innegable.
Aquellas dos personas lo estaban mirando como si fuera su hijo.
Y lo peor de todo...
Era que probablemente lo era.
Bell apartó la mirada.
Incapaz de sostener aquellos ojos llenos de afecto.
Porque una parte de él comenzaba a comprender algo aterrador.
Si realmente había llegado a otro mundo.
Si realmente había nacido aquí.
Entonces aquellas personas no eran simples desconocidos.
Eran la familia de este cuerpo.
La familia de Satoru.
Y Bell aún no sabía si aquello lo tranquilizaba...
O lo asustaba todavía más.
Porque cuanto más observaba a aquella pareja.
Peor se sentía.
Mucho peor.
La mujer lo sostenía con cuidado.
Como si fuera algo frágil.
Valioso.
Irremplazable.
Mientras que el hombre permanecía cerca, incapaz de ocultar la felicidad que le producía simplemente verlo respirar.
Y Bell...
Bell quería desaparecer.
Quería despertar.
Quería volver atrás.
Porque aquello estaba mal.
Terriblemente mal.
-(...)
Su pequeña mano tembló ligeramente.
Y una sensación desagradable comenzó a crecer dentro de su pecho.
Una sensación que no dejaba de empeorar.
Culpa.
Una enorme y asfixiante culpa.
Porque ellos estaban sonriendo.
Ellos estaban felices.
Ellos estaban celebrando.
Pero no sabían la verdad.
No sabían que algo estaba mal.
No sabían que la persona que observaba el mundo desde aquellos ojos...
No era el hijo que esperaban.
-(Esto está mal...)
Pensó.
Sintiendo un nudo formarse en su garganta.
-(Esto está muy mal...)
La mujer le acarició suavemente la cabeza.
Y Bell sintió que la culpa aumentaba todavía más.
Porque aquel gesto estaba dirigido a alguien más.
No a él.
A Satoru.
Al verdadero Satoru.
Al bebé que debía estar allí.
Al bebé que debía recibir ese cariño.
Ese amor.
Ese afecto.
No Bell Cranel.
No un aventurero de Orario.
No un extraño.
No un intruso.
-(...)
Su pecho comenzó a doler.
Porque una idea horrible acababa de aparecer en su mente.
Una idea que hasta ahora había estado evitando.
¿Qué había pasado con el verdadero Satoru?
La pregunta fue suficiente para helarle la sangre.
Porque si Bell estaba aquí...
Entonces...
¿Dónde estaba él?
¿Había desaparecido?
¿Había muerto?
¿Habían intercambiado lugares?
¿Su conciencia había sido expulsada?
¿Seguía existiendo?
Bell no lo sabía.
Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.
Porque cualquiera de las respuestas podía ser terrible.
-(No...)
Su mente rechazó inmediatamente la posibilidad.
No quería pensar en ello.
No quería hacerlo.
Pero era imposible ignorarlo.
Aquellas dos personas estaban sonriendo.
Mirándolo con amor.
Hablándole con cariño.
Creyendo que sostenían a su hijo.
Cuando en realidad...
-(Soy un ladrón...)
La idea apareció de repente.
Brutal.
Directa.
Implacable.
Y una vez que apareció.
Fue imposible ignorarla.
-(Estoy robándole su vida...)
Bell bajó la mirada.
Incapaz de sostener aquellos ojos llenos de felicidad.
Porque cuanto más observaba a la pareja.
Más sentía que les estaba mintiendo.
No con palabras.
Sino con su mera existencia.
Ellos no sabían quién era.
No sabían de dónde venía.
No sabían que dentro de aquel pequeño cuerpo había alguien completamente diferente.
Y aun así...
Lo abrazaban.
Lo cuidaban.
Lo amaban.
Pensando que era su hijo.
Pensando que era sangre de su sangre.
Pensando que era el pequeño al que habían esperado durante meses.
-(...Yo no soy su hijo.)
Aquella verdad se clavó profundamente en su corazón.
Y dolió.
Dolió más de lo que esperaba.
Porque Bell sabía perfectamente lo que significaba perder una familia.
Sabía lo que era crecer sin padres.
Sabía lo que era sentirse solo.
Sabía lo que era aferrarse a las pocas personas importantes que tenía.
Por eso mismo.
No podía dejar de pensar en aquella posibilidad.
En la posibilidad de que el verdadero Satoru hubiera sido separado de ellos.
De la misma forma que él había sido separado de Orario.
De Hestia.
De Welf.
De Lili.
De Haruhime.
De Mikoto.
De Ryuu.
El pensamiento le hizo sentir un vacío horrible.
Y por un instante.
Se preguntó si ellos estarían buscándolo.
Si notarían su ausencia.
Si estarían preocupados.
O si para ellos...
Simplemente se había desvanecido.
-(...Kami-sama...)
Pensó.
Sintiendo una punzada en el pecho.
Porque por primera vez desde que despertó.
La realidad terminó de golpearlo con toda su fuerza.
No sabía cómo volver.
No sabía dónde estaba.
No sabía qué había ocurrido.
Y no sabía si volvería a ver a las personas que amaba.
Nunca.
La palabra fue suficiente para romper algo dentro de él.
Nunca.
Quizás jamás volvería a caminar por Orario.
Quizás jamás volvería a ver el Dungeon.
Quizás jamás volvería a escuchar la voz de Hestia.
Quizás jamás volvería a encontrarse con ninguno de ellos.
Y mientras aquellos pensamientos lo aplastaban.
La mujer volvió a acercarlo contra su pecho.
Abrazándolo suavemente.
Protegiéndolo.
Como una madre protegería a su hijo.
Bell cerró los ojos.
Y por primera vez desde que llegó a aquel lugar.
Deseó desde el fondo de su corazón que todo aquello fuera una pesadilla.
Porque la alternativa era demasiado dolorosa.
Demasiado cruel.
Y porque cuanto más tiempo permanecía entre aquellos brazos.
Más sentía que estaba ocupando un lugar que nunca le perteneció.....
Porque El no era quien debía haber estado ahí. El no era la vida que debió surgir, el no era el bebé que debía estar en esos brazos, el solo era un impostor que usurpó ese lugar....
No era....
Parte de esa familia......
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
Varias horas después.
La casa finalmente había quedado en silencio.
Las conversaciones desaparecieron.
Los pasos dejaron de escucharse.
Y la tranquilidad de la noche terminó por envolver cada rincón del hogar.
Bell permanecía acostado dentro de su cuna.
Despierto.
Completamente despierto.
Observando el techo.
Sin poder dormir.
Sin poder relajarse.
Sin poder dejar de pensar.
Porque cada vez que cerraba los ojos.
Todo regresaba.
La luz.
La oscuridad.
El extraño ojo.
El nacimiento.
Aquella mujer.
Aquel hombre.
"Satoru".
Su pequeño cuerpo se removió ligeramente bajo las mantas.
Aunque apenas logró moverse unos centímetros.
-(...)
Su mente era un desastre.
Un absoluto desastre.
Porque cuanto más analizaba la situación.
Menos sentido encontraba.
No importaba desde qué ángulo intentara verla.
Nada encajaba.
Nada.
-(¿Morí?)
La pregunta apareció una vez más.
Era una de las posibilidades que más había considerado durante el día.
Pero tampoco terminaba de convencerlo.
Porque no recordaba haber muerto.
No recordaba ninguna herida.
No recordaba ningún combate.
No recordaba nada.
Lo último que podía recordar era acostarse.
Cansado.
Agotado.
Deseando dormir.
Y luego...
Aquella oscuridad.
-(...)
Bell apretó los pequeños puños.
O al menos intentó hacerlo.
-(Si morí...)
Su pensamiento se interrumpió.
Porque ni siquiera quería terminar esa frase.
No quería aceptarla.
No quería pensar que todo había terminado de forma tan absurda.
Porque si realmente había muerto...
Entonces todo había acabado.
Sus sueños.
Sus promesas.
Sus objetivos.
Todo.
-(...No.)
Negó inmediatamente.
Porque tampoco explicaba aquella situación.
Si hubiera muerto.
¿Por qué conservaba todos sus recuerdos?
¿Por qué seguía siendo él?
¿Por qué seguía pensando como Bell Cranel?
Nada tenía sentido.
Absolutamente nada.
Y aquello era precisamente lo que más lo estaba desgastando.
No tener respuestas.
No tener explicaciones.
No tener una dirección.
Nada.
Solo incertidumbre.
La peor enemiga de una mente que buscaba desesperadamente comprender.
Bell giró lentamente la cabeza.
Observando la ventana de la habitación.
La luna brillaba en el exterior.
Y por primera vez desde que despertó.
Una sensación diferente apareció dentro de él.
No era miedo.
No era culpa.
No era confusión.
Era tristeza.
Una tristeza profunda.
Pesada.
Silenciosa.
Porque durante todo el día había estado tan ocupado intentando entender qué ocurría...
Que apenas había tenido tiempo de pensar en lo que había perdido.
Orario.
La ciudad.
Sus amigos.
La Mansión chimenea.
La Familia Hestia.
Su hogar.
Su verdadero hogar.
Bell sintió una opresión en el pecho.
-(...Kami-sama.)
Pensó.
Recordando a la pequeña diosa.
Recordando su sonrisa.
Sus enfados.
Sus abrazos.
Sus lágrimas.
Recordando todo.
Y aquello solo hizo que la tristeza aumentara.
Porque no sabía si volvería a verla.
No sabía si seguía vivo en su mundo.
No sabía si alguien estaba buscándolo.
No sabía absolutamente nada.
La incertidumbre lo estaba matando.
¿Qué estaría haciendo Hestia ahora?
¿Qué pensaría al no encontrarlo?
¿Creería que desapareció?
¿Creería que murió?
Bell tragó saliva.
O al menos lo intentó.
Porque incluso eso se sentía extraño en aquel cuerpo.
Después pensó en Welf.
En Lili.
En Haruhime.
En Mikoto.
En Ryuu.
Y la sensación de vacío se volvió todavía peor.
Porque por primera vez desde que despertó.
Comprendió algo.
Algo que hasta ahora había estado ignorando.
Estaba solo.
Completamente solo.
No conocía a nadie en aquel mundo.
No conocía aquel lugar.
No conocía sus reglas.
No conocía su idioma más allá de lo que había escuchado.
No conocía nada.
Y lo peor de todo.
Era que ni siquiera podía hacer algo al respecto.
Porque estaba atrapado.
Atrapado dentro del cuerpo de un recién nacido.
Sin fuerza.
Sin libertad.
Sin respuestas.
Sin opciones.
Bell dejó escapar un pequeño suspiro.
Que terminó saliendo como un ridículo sonido infantil.
Aquello casi le provocó ganas de llorar.
Porque incluso su propio cuerpo parecía burlarse de él.
-(...Esto es horrible.)
Pensó.
Y por primera vez en mucho tiempo.
Bell no encontró una respuesta optimista.
No encontró una solución.
No encontró esperanza.
Solo una pregunta.
Una única pregunta que seguía regresando una y otra vez.
Como una sombra imposible de ignorar.
-(...¿Por qué?)
¿Por qué él?
¿Por qué ahora?
¿Por qué aquello había ocurrido?
¿Por qué había terminado en el cuerpo de otra persona?
¿Por qué había sido separado de todo lo que conocía?
Ninguna respuesta llegó.
Solo silencio.
El mismo silencio que llevaba acompañándolo desde que despertó.
Y mientras observaba la luna a través de la ventana.
Bell sintió algo húmedo deslizarse lentamente por una de sus mejillas.
Una lágrima.
Luego otra.
Y otra más.
Pequeñas.
Silenciosas.
Tranquilas.
Lágrimas que nadie vio.
Lágrimas que nadie escuchó.
Porque aquella noche.
Por primera vez desde que había llegado a ese mundo desconocido.
Bell Cranel simplemente se permitió estar triste....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
Los días pasaron.
Uno.
Dos.
Tres.
Y con cada jornada que transcurría, Bell se hundía un poco más en sus propios pensamientos.
La confusión inicial jamás desapareció.
Tampoco la culpa.
Ni la tristeza.
Ni aquella constante sensación de estar ocupando un lugar que no le pertenecía.
La comida apenas le interesaba.
Dormía más de lo normal.
Y cuando estaba despierto, simplemente permanecía acostado en silencio observando el techo.
Pensando.
Pensando demasiado.
La mujer que aparentemente era la madre de Satoru no tardó en notar aquello.
Y se preocupó.
Mucho.
Demasiado.
Porque mientras otros recién nacidos lloraban.
Se agitaban.
Movían los brazos.
Buscaban atención.
Aquel bebé no hacía nada de eso.
Simplemente permanecía callado.
Demasiado callado.
-¿No crees que está muy tranquilo?
Preguntó una tarde mientras sostenía al pequeño entre sus brazos.
-Quizás.
Respondió su esposo.
Sin apartar la vista del periódico que estaba leyendo.
-Tal vez simplemente sea un niño tranquilo.
La mujer no pareció convencida.
Pero terminó aceptando aquella explicación.
Después de todo.
Era su primer hijo.
Ninguno de los dos tenía experiencia criando bebés.
Así que quizá aquello era normal.
Quizá.
Sin embargo...
El hombre comenzaba a pensar otra cosa.
Algo completamente diferente.
Algo mucho más preocupante.
Todo había comenzado dos días atrás.
Cuando observó detenidamente al niño por primera vez.
No como un padre emocionado.
No como alguien feliz por tener un hijo.
Sino simplemente observándolo.
Y fue entonces cuando lo notó.
Los ojos.
Aquellos ojos.
Rojos.
De un rojo intenso.
Imposibles de ignorar.
Al principio pensó que era una ilusión.
Que la luz estaba jugando una mala pasada.
Pero después volvió a mirar.
Y luego otra vez.
Y otra.
Y otra más.
Siempre obteniendo el mismo resultado.
Rojos.
Los ojos de aquel bebé eran rojos.
No azules.
No celestes.
No un tono parecido.
Rojos.
Y aquello...
Aquello no tenía sentido.
Ningún sentido.
Porque él tenía ojos azules.
Su esposa también.
Sus padres.
Sus abuelos.
Sus tíos.
Todos.
Absolutamente todos.
El Clan Gojo era famoso precisamente por eso.
Cabello blanco.
Ojos azules.
Una característica que había permanecido durante generaciones.
Entonces...
¿Por qué aquel niño tenía ojos rojos?
La pregunta comenzó como una simple curiosidad.
Pero poco a poco se transformó en una molestia.
Y luego en una preocupación.
Y finalmente...
En una sospecha.
Una sospecha horrible.
Una que no quería tener.
Una que odiaba.
Pero que era incapaz de ignorar.
Aquella noche.
Mientras su esposa dormía.
El hombre permaneció sentado en silencio.
Observando la cuna.
Observando al bebé.
Observando aquellos ojos.
-(...)
Su mandíbula se tensó.
Porque cuanto más pensaba.
Más difícil era ignorarlo.
Las posibilidades eran pocas.
Demasiado pocas.
Y todas terminaban llevándolo al mismo lugar.
Un lugar oscuro.
Un lugar desagradable.
Un lugar que no quería visitar.
Pero que seguía apareciendo una y otra vez dentro de su cabeza.
-(...No.)
Se dijo.
Intentando descartarlo.
Intentando olvidarlo.
Intentando convencerse de que estaba siendo ridículo.
Porque conocía a su esposa.
Sabía qué clase de mujer era.
Confiaba en ella.
Habían compartido años juntos.
Jamás le había dado motivos para desconfiar.
Jamás.
Y aun así...
La duda seguía allí.
Corroyéndolo lentamente.
Porque la lógica no estaba de su lado.
Ni la biología.
Ni la genética.
Ni nada.
Aquellos ojos existían.
Los estaba viendo.
Y no podía explicarlos.
No podía comprenderlos.
No podía aceptarlos.
Su mirada volvió hacia el niño.
Y por primera vez.
No vio a un bebé.
No vio a su hijo.
Vio una incógnita.
Un misterio.
Algo que no lograba entender.
Algo que parecía desafiar todo cuanto sabía.
Y cuanto más observaba aquellos ojos rojos.
Más horrible se volvía la teoría que comenzaba a formarse dentro de su cabeza.
Una teoría que incluso pensar le provocaba asco.
-(...)
Porque si el niño no había heredado aquellos ojos de ninguno de los dos...
Entonces solo quedaba una posibilidad.
Una sola.
Y esa posibilidad apuntaba directamente hacia la mujer que dormía en la habitación contigua.
El hombre cerró los ojos.
Sintiendo una punzada desagradable en el pecho.
No quería creerlo.
De verdad no quería hacerlo.
Pero la semilla de la duda ya había sido plantada.
Y ahora.
Por mucho que intentara arrancarla.
No dejaba de crecer.
Mientras tanto.
Dentro de la cuna.
Bell permanecía acostado.
Ignorante de todo aquello.
Ignorante de las sospechas.
Ignorante de las teorías.
Ignorante de la tormenta que comenzaba a formarse a su alrededor.
Demasiado ocupado intentando comprender su propia tragedia.
Sin darse cuenta.
De que una nueva estaba comenzando.
La semilla de la duda ya había sido plantada.
Y ahora.
Por mucho que intentara ignorarla.
Seguía creciendo.
Día tras día.
Hora tras hora.
Pensamiento tras pensamiento.
Porque el problema ya no eran únicamente aquellos ojos.
Era todo.
Absolutamente todo.
El hombre comenzó a prestar más atención.
A observar.
A analizar.
A fijarse en detalles que antes jamás le habían importado.
Y cuanto más observaba.
Más extraño le parecía aquel bebé.
Demasiado extraño.
Una mañana.
Mientras su esposa lo alimentaba.
El hombre se quedó mirándolo desde el otro lado de la mesa.
En silencio.
Sin decir nada.
Sin intervenir.
Simplemente observando.
Y entonces ocurrió.
La mujer movió ligeramente la cuchara.
Y los ojos del bebé siguieron el movimiento.
No de forma instintiva.
No como lo haría un recién nacido.
Sino de manera consciente.
Precisa.
Calculada.
Como si estuviera estudiando lo que tenía delante.
El hombre frunció el ceño.
Quizá estaba imaginando cosas.
Sí.
Seguramente era eso.
Estaba paranoico.
Nada más.
Pero después volvió a pasar.
Y luego otra vez.
Y otra más.
Pequeños detalles.
Insignificantes por separado.
Pero inquietantes cuando comenzaban a acumularse.
El bebé rara vez lloraba.
Dormía demasiado.
Observaba demasiado.
Y lo peor.
Era la mirada.
Aquella maldita mirada.
Porque a veces.
Durante breves instantes.
Sentía que no estaba mirando a un recién nacido.
Sentía que alguien lo estaba observando a él.
Y aquello era absurdo.
Completamente absurdo.
Pero la sensación persistía.
-Cariño, ¿te ocurre algo?
Preguntó la mujer una tarde.
El hombre se sobresaltó.
-¿Eh?
-Llevas días muy callado.
Él apartó la mirada.
-Estoy bien.
-No lo pareces.
-Solo estoy cansado.
Mintió.
La mujer no insistió.
Simplemente sonrió.
Y volvió a centrar toda su atención en el pequeño.
Acariciando suavemente su cabello blanco.
Aquella escena.
Normalmente.
Debería haberle resultado enternecedora.
Pero en lugar de eso.
Lo único que logró fue aumentar la presión dentro de su pecho.
Porque cuanto más veía a su esposa actuar como una madre amorosa.
Más odiaba las ideas que pasaban por su cabeza.
Más asco le daban.
Más quería arrancarlas.
Pero no podía.
Porque las preguntas seguían ahí.
Y nadie las respondía.
Esa misma noche.
Volvió a quedarse despierto.
Sentado cerca de la cuna.
Observando.
Pensando.
Bell abrió lentamente los ojos.
No tenía sueño.
Últimamente dormía poco.
Demasiado poco.
Y cuando vio la figura sentada junto a la cuna.
Reconoció inmediatamente al hombre.
El padre de Satoru.
O al menos eso creía.
El hombre estaba mirándolo.
Directamente.
Sin apartar la vista.
Bell sintió cierta incomodidad.
Aquella mirada era diferente.
Muy diferente a la de la mujer.
Ella transmitía cariño.
Preocupación.
Amor.
Él no.
Había algo más.
Algo difícil de describir.
Algo pesado.
Tenso.
Incómodo.
Como si estuviera intentando resolver un rompecabezas.
Y Bell no tardó en darse cuenta de que él era ese rompecabezas.
El silencio se prolongó durante varios segundos.
Ninguno se movió.
Ninguno apartó la mirada.
Y por un instante.
El hombre sintió nuevamente aquella extraña sensación.
Aquella sensación irracional.
Inexplicable.
La sensación de que aquel bebé lo entendía.
La sensación de que aquellos ojos rojos estaban procesando cada cosa que ocurría a su alrededor.
Como si hubiera alguien detrás de ellos.
Como si...
-Ridículo.
Murmuró para sí mismo.
Pasándose una mano por el rostro.
Aquello era ridículo.
Estaba dejando que su imaginación se descontrolara.
Nada más.
Tenía que ser eso.
Porque cualquier otra explicación sería absurda.
Imposible.
Y aun así...
Su mirada volvió una vez más hacia aquellos ojos rojos.
Y una parte de él.
Una parte cada vez más grande.
Comenzaba a preguntarse si realmente estaba viendo a su hijo.
O si había algo que todavía no comprendía.
Algo oculto.
Algo que no encajaba.
Algo que hacía que el bebé frente a él se sintiera...
Extraño.
Peligrosamente extraño.
Y mientras aquella duda seguía creciendo.
Bell sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Porque aunque desconocía los pensamientos exactos del hombre.
Comenzaba a notar algo evidente.
Algo estaba cambiando.
Y no para bien.
Bell apenas había comenzado a notar que algo estaba mal cuando el hombre se levantó de la silla.
El sonido de las patas rozando el suelo rompió el silencio de la habitación.
Antes de que pudiera entender qué ocurría, unas manos lo sujetaron por las axilas y lo levantaron fuera de la cuna.
Bell se sobresaltó.
El movimiento fue brusco.
Inesperado.
Y cuando volvió a enfocar la vista, se encontró mirando directamente el rostro del hombre.
Aquellos ojos azules.
Fríos.
Cansados.
Inyectados de una tensión que no había visto antes.
Por su parte, el hombre observaba fijamente los ojos rojos del bebé.
Ninguno apartó la mirada.
Pasaron varios segundos así.
En completo silencio.
Hasta que el hombre soltó una risa seca.
Una risa sin alegría.
-Dime una cosa...
Volvió a reír.
-¿Estoy perdiendo la cabeza?
Bell no entendió.
Naturalmente no entendió.
Ni siquiera sabía qué estaba ocurriendo.
-Porque empiezo a pensar que sí.
El hombre negó con la cabeza.
-Mírame... hablando con un recién nacido.
Otra risa amarga escapó de sus labios.
-Patético.
Bell sintió una creciente incomodidad.
Aquello no estaba bien.
No se sentía bien.
La expresión de aquel hombre era extraña.
Demasiado extraña.
-¿Sabes? -continuó-. He pasado días pensando en esto.
Su voz se volvió más baja.
Más pesada.
-Días preguntándome si estoy loco.....Preguntándome si eres mi hijo....O si eres la prueba de que me traicionó.
El corazón de Bell dio un vuelco.
Confusión.
Pura confusión.
Porque desde que había llegado a ese mundo, había visto a aquella pareja.
Había visto cómo se trataban.
Cómo se hablaban.
Cómo se cuidaban.
Era evidente que se amaban.
Por eso mismo no entendía cómo habían llegado a ese punto.
-Ridículo, ¿verdad?
El hombre sonrió.
Pero aquella sonrisa parecía rota.
-Y aun así no puedo dejar de pensarlo.
Apretó los dientes.
-No puedo dormir.
Su agarre se tensó.
-No puedo pensar.
-...
-No puedo mirar a mi esposa sin preguntarme cosas horribles.
Bell sintió una punzada de culpa.
Una completamente irracional.
Porque sabía que él no tenía nada que ver con aquello.
Y aun así...
No podía evitar sentir que era responsable.
Después de todo.
Todo había comenzado cuando apareció en ese cuerpo.
El hombre bajó la cabeza.
Respiró profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Como si intentara calmarse.
No funcionó.
Porque de repente levantó la vista.
Y toda la frustración acumulada durante días explotó.
-¡YA ESTOY HARTO!
Bell se sobresaltó.
-¡¿ME ESCUCHAS?!
El grito resonó por toda la habitación.
-¡ESTOY HARTO!
Las manos del hombre comenzaron a temblar.
-¡HARTO DE PENSAR! ¡HARTO DE DUDAR! ¡HARTO DE SENTIRME COMO UN MALDITO LOCO!
Bell observó aquellos ojos.
Ya no veía únicamente sospecha.
Veía desesperación.
Una desesperación genuina.
El hombre apretó los dientes hasta casi hacerlos rechinar.
-Si eres el motivo...
Su voz se quebró.
-Si eres el motivo por el que todo esto está pasando...
Lo acercó más a su rostro.
-¡DEVUÉLVEME MI VIDA!
Y entonces comenzó a sacudirlo.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Cada vez con más fuerza.
-¡DEVUÉLVEME MI VIDA!
-¡DEVUÉLVEME MI VIDA!
-¡DEVUÉLVEME A MI ESPOSA!
Bell apenas podía reaccionar.
Todo ocurría demasiado rápido.
El miedo se mezcló con el instinto.
Puro instinto.
Un reflejo.
Nada más.
Su pequeña mano se movió.
Golpeó la muñeca del hombre.
Ni siquiera fue un puñetazo.
Ni siquiera un ataque.
Solo una reacción desesperada.
Un simple manotazo.
Crack.
El sonido fue seco.
Brutal.
Inconfundible.
El hombre quedó congelado.
Bell también.
Durante un instante ninguno comprendió qué había ocurrido.
Y entonces llegó el dolor.
-AAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHH!!!
El grito fue ensordecedor.
La muñeca del hombre se dobló en un ángulo imposible.
Sus dedos se abrieron de golpe.
Y Bell cayó de sus manos.
Mientras el hombre retrocedía sujetándose el brazo destrozado, gritando de agonía.
Sus ojos azules estaban abiertos de par en par.
Llenos de horror.
No por el dolor.
Sino por lo que acababa de ver.
Porque aquello no tenía sentido.
No era posible.
No podía ser posible.
Un recién nacido.
Un recién nacido acababa de romperle la muñeca de un solo golpe.
Y por primera vez desde que comenzaron sus sospechas...
El miedo empezó a reemplazar a la duda.
-¡AAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!
El grito atravesó toda la casa.
El hombre cayó de rodillas sujetándose la muñeca destrozada mientras el dolor recorría todo su brazo como una descarga eléctrica.
Su respiración se volvió errática.
Sus ojos temblaban.
Y su mente era un caos absoluto.
Porque el dolor era real.
La fractura era real.
Y acababa de producirse frente a sus propios ojos.
-¿Qué...?
Retrocedió arrastrándose por el suelo.
-¿Qué demonios...?
La muñeca colgaba en un ángulo antinatural.
La piel comenzaba a inflamarse.
Y el dolor no hacía más que aumentar.
Mientras tanto, Bell había caído sobre el colchón de la cuna.
Por suerte no llegó a golpearse contra los bordes de madera.
Pero eso era lo último que ocupaba su mente.
Porque él también estaba congelado.
Completamente congelado.
-(...)
-(...)
-(...¿Qué hice?)
Miró su diminuta mano.
Luego al hombre.
Después volvió a mirar su mano.
Su cerebro se negaba a procesarlo.
No tenía sentido.
Era un bebé.
Un recién nacido.
Ni siquiera podía caminar.
¿Cómo demonios podía haber roto la muñeca de un adulto?
No lo entendía.
No encontraba lógica alguna.
Y eso solo empeoró cuando el hombre comenzó a observarlo.
Ya no había sospecha en sus ojos.
Ni dudas.
Ni frustración.
Lo único que quedaba era miedo.
Miedo genuino.
El tipo de miedo que siente una persona cuando presencia algo imposible.
-Tú...
Su voz tembló.
-Tú...
Retrocedió un poco más.
-¿Qué eres...?
Aquellas palabras hicieron que Bell sintiera un escalofrío.
Porque el hombre no estaba hablando con un bebé.
Estaba hablando con algo que ya no consideraba humano.
Y entonces...
La puerta se abrió de golpe.
-¿Qué pasó?
La voz de la mujer resonó por toda la habitación.
Ella apareció en el marco de la puerta todavía medio dormida.
Con el cabello desordenado.
La respiración acelerada.
Y una expresión de preocupación.
Pero esa expresión desapareció apenas vio la escena.
Su esposo estaba en el suelo.
Sujetándose el brazo.
Sudando.
Pálido.
Y con el rostro completamente desencajado.
-¿¡Qué ocurrió!?
Corrió hacia él inmediatamente.
Arrodillándose a su lado.
Fue entonces cuando vio la muñeca.
-¡Dios mío!
Su rostro perdió el color.
-¡¿Qué te pasó?!
La mujer intentó examinar la herida.
Pero el hombre apenas parecía escucharla.
Porque seguía mirando la cuna.
Seguía mirando a Bell.
Como si no pudiera apartar la vista.
Como si temiera hacerlo.
La mujer siguió aquella mirada.
Y terminó observando al bebé.
Bell sintió el corazón encogerse.
Porque ella no veía lo mismo que su esposo.
Ella no veía un monstruo.
No veía una anomalía.
No veía algo aterrador.
Solo veía a su hijo.
Su pequeño hijo.
-¿Satoru?
Preguntó confundida.
Acercándose a la cuna.
Bell bajó la mirada.
Incapaz de sostener aquellos ojos.
La mujer tomó al bebé entre sus brazos.
Y comenzó a revisarlo de inmediato.
-¿Te hizo daño?
Preguntó nerviosa.
Aunque Bell obviamente no podía responder.
Ella lo abrazó contra su pecho.
Aliviada al comprobar que estaba ileso.
Mientras tanto.
El hombre observaba la escena.
Y cuanto más la veía.
Más difícil le resultaba respirar.
Porque ella seguía sonriendo.
Seguía preocupándose por el niño.
Seguía tratándolo como si todo fuera normal.
Pero él había visto la verdad.
Había sentido la verdad.
Aún podía escuchar el sonido de su muñeca rompiéndose.
Aún podía sentir aquel golpe.
Aquel simple movimiento de la pequeña mano.
Su respiración comenzó a acelerarse.
Y una horrible idea terminó de tomar forma en su mente.
No.
Aquello no podía ser un accidente.
No podía.
Porque ningún recién nacido poseía esa fuerza.
Ninguno.
Y mientras observaba los ojos rojos del bebé desde el otro lado de la habitación...
Por primera vez.
Una pregunta mucho más aterradora que la infidelidad apareció dentro de él.
Una pregunta que hizo que toda la sangre de su cuerpo se enfriara.
Si ese niño no era humano...
Entonces...
¿Qué era exactamente lo que había nacido en su hogar?.....
Todo ocurrió demasiado rápido.
La mujer apenas había terminado de revisar que el bebé estuviera bien cuando vio a su esposo incorporarse del suelo.
Su respiración era pesada.
Agitada.
Y sus ojos ya no mostraban únicamente dolor.
Había miedo.
Confusión.
Pero por encima de todo eso...
Había ira.
Una ira que parecía haber explotado después de ver algo que su mente era incapaz de aceptar.
Mientras tanto, Bell seguía intentando comprender qué acababa de pasar.
No entendía cómo había roto la muñeca de un adulto.
Ni siquiera había querido golpearlo.
Solo había reaccionado por instinto.
Por puro reflejo.
Y sin embargo...
La muñeca del hombre había quedado completamente destrozada.
Aquello no tenía sentido.
No para él.
No para nadie.
La mujer abrazó al pequeño contra su pecho de manera protectora mientras intentaba procesar la situación.
Ella también había visto la muñeca.
Había visto el estado en que había quedado.
Pero cada vez que miraba al bebé, toda lógica desaparecía.
Porque era imposible.
Simplemente imposible.
Satoru apenas tenía unos días de nacido.
Era incapaz de sostener su propia cabeza correctamente.
¿Cómo iba a romperle la muñeca a un adulto?
No tenía sentido.
Ninguno.
-¿Qué demonios te ocurre...? -preguntó finalmente, mirando a su esposo.
Pero el hombre no respondió.
Simplemente comenzó a caminar.
Paso a paso.
Directamente hacia ellos.
La mujer sintió un escalofrío.
Porque conocía esa mirada.
Había convivido con él durante años.
Y sabía perfectamente cuándo estaba razonando.
Y cuándo estaba actuando llevado por sus emociones.
Ahora mismo era lo segundo.
-Aparta.
La voz del hombre sonó grave.
Tensa.
Peligrosamente tensa.
-¿Qué?
-Aparta al niño.
La mujer abrió los ojos.
-¿Estás loco?
-¡Aparta al niño!
Aquello fue suficiente.
Sin pensarlo.
Sin dudarlo.
La mujer levantó la mano.
¡Paf!
La bofetada resonó por toda la habitación.
El hombre quedó inmóvil.
Con la cabeza girada hacia un lado.
Sorprendido.
La propia mujer estaba respirando agitadamente.
Furiosa.
Más furiosa de lo que había estado en años.
-¿Qué demonios intentabas hacer? -gritó.
El hombre volvió lentamente el rostro.
-...
-¡¿Qué demonios intentabas hacer?!
Ella apretó aún más al bebé contra su pecho.
Como si temiera que alguien intentara arrebatárselo.
-¡Es tu hijo!
-¡NO!
El grito fue tan repentino que incluso Bell se sobresaltó.
El hombre estaba temblando.
Su mano sana estaba cerrada con tanta fuerza que los nudillos se habían puesto blancos.
-¡No me digas eso!
-¡Es nuestro hijo!
-¡No!
El hombre señaló directamente al bebé.
-¡Eso no es normal!
-¡Es un recién nacido!
-¡Precisamente!
Su voz comenzó a quebrarse.
-¡Lo viste!
-¡Lo viste igual que yo!
-¡Mira mi brazo!
La mujer observó la muñeca rota.
Y por un instante se quedó sin palabras.
Porque no podía negarlo.
Aquello había ocurrido.
Lo estaba viendo.
Pero...
-Tiene días de nacido...
Murmuró.
Como si intentara convencerse a sí misma.
-No puede haber sido él...
-¡Entonces explícamelo!
El hombre dio un paso al frente.
-¡Explícamelo tú!
-¡Porque yo ya no puedo!
Su respiración volvió a acelerarse.
Y entonces...
Dijo las palabras que más temía.
Las palabras que llevaban días creciendo dentro de su cabeza.
-Ese bebé es una abominación.
El silencio cayó sobre la habitación.
Bell sintió como algo se encogía dentro de su pecho.
La mujer abrió los ojos.
Incrédula.
Horrorizada.
Como si no pudiera creer que aquellas palabras hubieran salido de la boca de su esposo.
-¿Qué acabas de decir?
-Lo escuchaste.
-No.
Negó ella inmediatamente.
-No lo hice.
Porque si lo hubiera hecho...
Porque si realmente hubiera escuchado lo que creyó escuchar...
Entonces el hombre del que se enamoró estaba mirando a su propio hijo como si fuera un monstruo.
Y esa idea le resultaba mucho más aterradora que cualquier muñeca rota.
Sin embargo, el hombre ya había cruzado ese punto.
Toda la frustración.
Todo el miedo.
Todas las dudas que había acumulado durante días.
Terminaron explotando de golpe.
-¡Deja de fingir!
La mujer retrocedió un poco.
Confundida.
-¿Qué?
-¡Deja de fingir que no sabes de qué hablo!
El hombre levantó su mano sana y la señaló directamente.
-¡Tú!
Bell sintió como el cuerpo de la mujer se tensaba.
-¿Yo?
-¡Sí, tú!
La voz del hombre se volvió más fuerte.
Más amarga.
Más dolorosa.
-¿Creías que no lo notaría?
-¿Que jamás me haría preguntas?
-¿Que simplemente aceptaría todo esto?
La mujer comenzó a negar lentamente.
Sin entender.
O quizás entendiendo demasiado bien hacia dónde se dirigía aquella conversación.
-¿De qué estás hablando?
-¡No me mientas!
El hombre dio otro paso al frente.
-¡Ese niño no es normal!
-...
-¡Nunca lo fue!
-...
-¡Y va contra toda lógica posible de nuestro Clan!
Bell observó como los ojos de la mujer comenzaban a cristalizarse.
Pequeñas lágrimas empezaron a acumularse.
No por miedo.
No por tristeza.
Sino por la decepción.
La pura y absoluta decepción.
Porque estaba escuchando algo que jamás imaginó escuchar.
De la persona que más confianza le inspiraba en el mundo.
-Cuando le vi los ojos...
Continuó el hombre.
Su voz era más baja ahora.
Más fría.
-Cuando vi esos ojos rojos...
La mujer bajó la mirada.
-Supe que algo estaba mal.
-...
-No quise aceptarlo.
De verdad no quise.
Pensé que estaba loco.
Pensé que estaba imaginando cosas.
Pensé que estaba siendo un imbécil.
Pero ahora...
Miró brevemente su muñeca rota.
Y luego volvió a señalar al bebé.
-Ahora ya no tengo dudas.
-...
-Ese mocoso no es mío.
El silencio se hizo pesado.
Asfixiante.
-Seguro es hijo de algún hombre de afuera.
La bofetada fue instantánea.
¡Paf!
La cabeza del hombre se giró.
Pero no tuvo tiempo de reaccionar.
¡Paf!
Una segunda cachetada.
Más fuerte.
Más dolorosa.
Y antes de que pudiera abrir la boca...
¡Paf!
La tercera.
La más fuerte de todas.
El hombre retrocedió tambaleándose.
Completamente sorprendido.
La mujer estaba temblando.
Lágrimas caían por sus mejillas.
Y aun así seguía abrazando al pequeño contra su pecho.
Como si fuera el tesoro más importante de su vida.
-Te odio...
Murmuró.
Su voz estaba rota.
Quebrada.
-¿Qué...?
-Te odio.
Repitió.
Esta vez más fuerte.
-Te odio.
El hombre abrió los ojos.
Como si aquellas palabras le hubieran hecho más daño que la propia muñeca rota.
-Jamás...
La mujer apretó los dientes.
-Jamás te hice algo así.
-...
-¡Jamás!
Su voz terminó rompiéndose.
-¡Y tú deberías saberlo!
Las lágrimas continuaron cayendo.
Sin detenerse.
-¡Tú más que nadie deberías saberlo!
El hombre intentó responder.
Pero las palabras murieron antes de salir.
Porque en el fondo.
Muy en el fondo.
Una parte de él sabía que ella decía la verdad.
Y eso era precisamente lo que más lo aterraba.
La mujer negó lentamente.
Como si algo dentro de ella acabara de romperse.
-Pero si eres capaz de dudar de mí de esta manera...
Dijo entre lágrimas.
-Entonces no tengo razones para seguir escuchándote.
Aquellas palabras golpearon más fuerte que cualquier cachetada.
-Y más importante...
La mujer bajó la mirada.
Observando al bebé.
Observando aquellos pequeños ojos rojos.
Que ahora la observaban en silencio.
-No tengo por qué dejar que mi hijo escuche estas cosas.
Su voz se suavizó ligeramente.
Aunque seguía temblando.
-No tengo por qué dejar que crezca escuchando a un hombre...
Levantó nuevamente la vista.
Y miró directamente a su esposo.
-Que es incapaz de verlo por lo que realmente es.
El silencio que siguió fue devastador.
Porque por primera vez desde que comenzó aquella discusión...
Ninguno de los dos tenía nada más que decir.
Y Bell...
Bell permaneció inmóvil entre los brazos de aquella mujer.
Sintiendo como una culpa horrible comenzaba a aplastarle el pecho.
Porque aunque aquella discusión no era culpa suya.
Aunque él jamás había querido nada de esto.
No podía evitar sentir que era el responsable de que aquella familia comenzara a romperse.
P.o.v: Bell.
No sabía que hacer.
No sabía que pensar.
Y sinceramente, tampoco sabía que sentir.
Todo estaba saliéndose de control.
De una forma tan absurda, tan repentina y tan ridícula, que incluso yo estaba teniendo problemas para seguir el ritmo de todo lo que estaba pasando.
La mujer seguía abrazándome contra su pecho.
Protegiéndome.
Como si temiera que alguien intentara arrebatármela de los brazos.
Mientras que el hombre permanecía inmóvil a unos cuantos metros de distancia.
Con la muñeca rota.
Con la mejilla roja por las bofetadas.
Y con una expresión que sinceramente me costaba describir.
Porque ya no parecía enfadado.
Ni siquiera parecía furioso.
Parecía... roto.
Como si algo dentro de él acabara de colapsar.
Y verlo así solo conseguía hacerme sentir peor.
Porque aunque él se había equivocado.
Aunque estaba acusando a su esposa de algo horrible.
Yo podía entender porque había llegado a esa conclusión.
Después de todo...
Yo no pertenecía a este lugar.
Ni a este cuerpo.
Ni a esta familia.
Y por más que quisiera negarlo, la realidad era que desde que desperté aquí, todo comenzó a desmoronarse.
-...
Maldición.
Odiaba esto.
Odiaba absolutamente todo esto.
La mujer terminó dándole la espalda al hombre.
Como si ya no quisiera verlo.
Como si cada segundo en aquella habitación le resultara insoportable.
Y entonces comenzó a caminar.
Paso a paso.
Dirigiéndose hacia la puerta.
-Espera...
La voz del hombre sonó más débil que antes.
La mujer no respondió.
-Espera...
Repitió.
Pero ella siguió caminando.
-Por favor.
Aquellas palabras lograron que se detuviera.
Solo un instante.
Solo unos segundos.
Lo suficiente para que el hombre bajara la mirada.
Apretando los dientes.
-Yo...
Las palabras parecían atascarse en su garganta.
-Yo no...
Pero no logró terminar.
Porque ni siquiera él parecía saber qué decir.
¿Cómo se suponía que arreglara algo así?
¿Cómo se suponía que se disculpara después de acusar a la persona que amaba de haberlo traicionado?
¿Cómo se suponía que explicara todo lo que había dicho?
No podía.
Y ambos lo sabían.
La mujer cerró los ojos.
Las lágrimas seguían cayendo.
-No quiero escucharte ahora.
Su voz sonó cansada.
Terriblemente cansada.
-No puedo.
Y tras decir eso, salió de la habitación.
Dejando al hombre completamente solo.
El silencio regresó una vez más.
Solo que esta vez era diferente.
Mucho más pesado.
Mucho más doloroso.
El hombre permaneció de pie durante varios segundos.
Sin moverse.
Sin hablar.
Sin hacer absolutamente nada.
Hasta que finalmente sus piernas cedieron.
Y volvió a sentarse en el suelo.
Apoyando la espalda contra la pared.
Llevándose una mano al rostro.
-...Maldición.
Murmuró.
Y por primera vez desde que Bell había llegado a este mundo.
Escuchó algo en aquella voz que no esperaba.
Arrepentimiento.
Porque el hombre ya no estaba pensando en el bebé.
Ni en los ojos rojos.
Ni en la muñeca rota.
Ni siquiera en las sospechas.
Ahora mismo solo estaba recordando la expresión de su esposa.
Aquella mirada herida.
Aquella voz rota.
Aquellas lágrimas.
Y cuanto más lo recordaba.
Más cuenta se daba de algo.
Había cruzado una línea.
Una de la que quizá jamás podría regresar.
Mientras tanto, la mujer llegó hasta otra habitación de la casa.
Cerrando la puerta tras de sí.
Solo entonces sus piernas temblaron.
Y terminó sentándose sobre el borde de la cama.
Todavía abrazándome.
Todavía aferrándose a mí.
Como si hacerlo le diera fuerzas para seguir adelante.
Y entonces comenzó a llorar.
No de forma elegante.
No de forma silenciosa.
Sino como alguien que acababa de recibir una herida profunda.
Una que no esperaba.
Una que venía de la última persona de quien habría esperado algo así.
Yo simplemente permanecí quieto.
Sin saber que hacer.
Porque aunque quisiera consolarla...
No podía.
Aunque quisiera decirle que no era su culpa...
No podía.
Aunque quisiera explicarle todo...
Tampoco podía.
Era un bebé.
Un maldito bebé.
Y jamás me había sentido tan inútil por ello.
Lo único que pude hacer fue quedarme allí.
Escuchando su llanto.
Mientras una horrible sensación comenzaba a crecer dentro de mi pecho.
Porque por primera vez desde que llegué aquí...
Comencé a preguntarme algo que hasta ahora había evitado.
¿Qué pasaría si nunca podía volver?
¿Qué pasaría si esta situación continuaba?
¿Qué pasaría si la existencia de Bell Cranel terminaba destruyendo la vida de las personas que rodeaban a Satoru Gojo?
Y sinceramente...
No estaba seguro de querer conocer la respuesta....
¿Qué iba a pasar ahora?
Esa pregunta comenzó a dar vueltas dentro de mi cabeza mientras observaba a la mujer llorar en silencio.
No era un llanto escandaloso.
Ni lleno de gritos.
Era mucho peor.
Era el llanto de alguien que había sido herido por una persona en la que confiaba plenamente.
Y por alguna razón, eso hacía que todo se sintiera todavía más doloroso.
Mis ojos bajaron lentamente.
Observando mis pequeñas manos.
Aquellas diminutas manos que ni siquiera parecían mías.
Y sin embargo...
Por alguna razón, habían sido capaces de romper la muñeca de un adulto.
-(...¿Qué demonios está pasando?)
Era una pregunta que me hacía todos los días.
Varias veces al día.
Y siempre llegaba al mismo resultado.
Nada.
No tenía respuestas.
No tenía teorías sólidas.
No tenía pistas.
Solo dudas.
Cada vez más dudas.
Porque una cosa era despertar en el cuerpo de un bebé.
Eso ya era absurdo de por sí.
Pero ahora comenzaban a suceder cosas que ni siquiera yo podía explicar.
¿Qué había sido esa fuerza?
¿Por qué ocurrió?
¿Era algo relacionado con este cuerpo?
¿Con este mundo?
¿Con ese tal Satoru?
No lo sabía.
Y sinceramente, comenzaba a cansarme de repetir siempre la misma respuesta.
No lo sabía.
No sabía nada.
Mis ojos volvieron a dirigirse hacia la mujer.
Ella seguía abrazándome.
Protegiéndome.
Incluso después de todo lo que acababa de pasar.
Y eso solo hacía que la culpa volviera a golpearme.
Porque aquella discusión no habría ocurrido si yo no estuviera aquí.
O al menos eso sentía.
Quizás era injusto pensar así.
Quizás ellos habrían tenido problemas tarde o temprano.
Quizás todo esto no tenía nada que ver conmigo.
Pero era difícil convencerme de eso.
Muy difícil.
Después de todo, el origen de toda esa pelea había sido yo.
O más exactamente...
Este cuerpo.
-(...)
¿Y qué iba a ser de esta familia ahora?
La pregunta apareció de repente.
Y cuanto más la pensaba, más me preocupaba.
Porque aquella pareja se amaba.
Eso era evidente.
Lo había visto desde que desperté aquí.
Lo veía en la forma en que se hablaban.
En la forma en que se preocupaban el uno por el otro.
En los pequeños detalles.
No hacía falta ser un genio para darse cuenta.
Por eso mismo resultaba tan difícil verlos así.
Porque ahora existía una grieta.
Una grieta enorme.
Y no sabía si podrían repararla.
Ni cuándo.
Ni cómo.
Mis pensamientos viajaron inevitablemente hacia mi propia familia.
O mejor dicho.
Hacia la Familia Hestia.
¿Qué estaría haciendo Kami-sama ahora?
¿Seguiría buscándome?
¿Pensaría que morí?
¿Welf estaría intentando encontrar alguna explicación?
¿Lili estaría organizando búsquedas?
¿Ryuu-san...?
La idea hizo que mi pecho se apretara.
Maldición.
Ni siquiera sabía si seguían en mi mundo.
Ni siquiera sabía si para ellos había pasado un día.
O una semana.
O un año.
No sabía absolutamente nada.
Y aquello era desesperante.
Porque estaba acostumbrado a actuar.
A moverme.
A buscar soluciones.
A enfrentar los problemas.
Pero ahora...
¿Qué podía hacer?
Nada.
Absolutamente nada.
Era un bebé.
No podía hablar.
No podía caminar.
No podía explicar quién era.
No podía contar la verdad.
No podía volver a Orario.
No podía ayudar a esta familia.
No podía hacer nada.
Y eso era lo peor de todo.
La impotencia.
La horrible y sofocante impotencia.
-(...¿Qué se supone que haga?)
Si los dioses estuvieran aquí, al menos podría pedirles ayuda.
Si estuviera en Orario, al menos podría intentar encontrar respuestas.
Pero estaba en un mundo completamente desconocido.
Un mundo donde ni siquiera sabía si existían los dioses.
Un mundo donde todo era diferente.
Y por si fuera poco...
Ahora comenzaban a aparecer cosas extrañas relacionadas con este cuerpo.
Aquella fuerza imposible.
Aquellos ojos rojos.
Y las reacciones que provocaban en las personas.
Mi cabeza comenzaba a doler de tanto pensar.
Porque cuanto más intentaba encontrar una explicación.
Más preguntas aparecían.
Y ninguna tenía respuesta.
¿Qué significaba todo esto?
¿Qué era aquel ojo gigante que vi antes de despertar aquí?
¿Por qué terminé en este cuerpo?
¿Dónde estaba el verdadero Satoru?
¿Seguía vivo?
¿Estaba en mi cuerpo?
¿Había despertado en Orario igual que yo desperté aquí?
La última pregunta me dejó congelado.
Porque hasta ahora...
Nunca había pensado seriamente en esa posibilidad.
Si yo estaba aquí...
Entonces...
¿Dónde estaba él?
Y por primera vez desde que desperté en este mundo.
Una nueva preocupación comenzó a crecer dentro de mí.
Porque si realmente habíamos intercambiado lugares...
Entonces en este mismo instante...
Quizás había otra persona.
En algún lugar de Orario.
Mirando sus propias manos.
Tan confundida y aterrada como yo.....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
....
Fin del capítulo.