Traidor [TaeGi][Omegaverse]

De miki801

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Bajo el yugo de una monarquía implacable, el Rey Min Agust gobierna con una mano de hierro, sumiendo a la cor... Mais

Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32

Capítulo 1

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De miki801

El hollín de las lámparas se condensaba en hilos invisibles por encima de la larga mesa, y se mezclaba con el aroma de la cera de los candelabros. Aunque lo que hacía realmente irrespirable la habitación era un olor que salía del trono mismo. El aroma del tabaco quemado, viciado por las copas de vino que el rey tomaba sin descanso desde el amanecer.

El monarca permanecía desparramado entre los cojines, con una pierna colgando sobre el brazo ornamentado del asiento. Hacía girar entre los dedos una daga de empuñadura dorada mientras observaba a los generales con los ojos entornados por el alcohol.

—La guerra ya no es una opción, majestad. Es un riesgo financiero que no podemos permitirnos.

La voz de Taehyung cortó el murmullo de la sala.

El consejero permanecía de pie al final de la mesa. Una mano descansaba sobre un informe; la otra señalaba las líneas ferroviarias que comunicaban la capital con el frente. Los generales a su alrededor evitaron mirar al monarca. Taehyung no lo hizo.

Agust soltó una carcajada. El sonido bastó para silenciar hasta el último susurro.

—Financiero... —repitió, estirando la palabra con desprecio—. Siempre hablando de monedas. Me aburres. Me aburres tanto que a veces olvido por qué no te he mandado a cortar la lengua.

—Porque mi familia financia la mitad de sus legiones, majestad —respondió Taehyung. Su voz no tembló. Las hojas bajo sus dedos crujieron.—Y porque, sin mis reformas agrarias, el imperio se moriría de hambre antes de que los trenes de carga alcanzaran la primera línea de suministros.

El rey se incorporó, dejando caer la daga sobre el suelo con un tañido que erizó la piel de los ministros. Agust caminó alrededor de la mesa, arrastrando los pies hasta quedar frente al joven consejero. El monarca era un poco más bajo que Taehyung. Aun así, la corona sobre su cabeza proyectaba una sombra larga sobre la mesa.

—Mírenlo —dijo, dirigiéndose a los generales. Comenzó a rodearlo con lentitud. —Tan recto. Tan correcto.

Taehyung mantuvo la vista al frente. Bajo el cuello alto de la casaca, su pulso golpeaba con fuerza. El aroma a tabaco y cedro del rey se cerró alrededor de él, exigiendo una sumisión que el consejero se negó a concederle. Mantuvo sus propias feromonas contenidas, aunque la menta ya comenzaba a enfriarle la garganta. Agust se detuvo frente a él y tiró de una de las solapas de su casaca, arrugando la tela entre los dedos.

—¿Crees que tus libros y tus leyes te hacen mejor que yo? —preguntó. Se inclinó hasta que Taehyung sintió su aliento caliente, cargado de vino. —Eres un adorno. Uno muy útil, debo admitirlo, pero un adorno al fin y al cabo.

Taehyung sostuvo la mirada del rey.

—Si su alteza ha terminado con sus insultos, me gustaría volver a trabajar con el suministro de grano.

El rey bufó, soltando la tela arrugada con un empujón

—Terminamos. Váyanse todos. Me duele la cabeza de escuchar tantas tonterías.

Regresó al trono sin dignarse a mirar a nadie. Bastó un movimiento displicente de su mano para que las sillas comenzaran a arrastrarse y los ministros recogieran sus documentos con prisa. Taehyung no se apresuró. Ordenó los informes, acomodó las esquinas de las hojas y pasó el cordón alrededor del papel. Durante todo el proceso sintió los ojos del monarca clavados en su nuca. Solo cuando terminó, se inclinó ante el estrado y salió del salón.

Los faroles de los pasillos comenzaban a encenderse. El gas llegaba a las lámparas con un siseo constante, y una luz amarillenta se extendía poco a poco sobre los pasillo. Llevaba los informes apretados contra el costado. El frío que entraba por las ventanas altas no conseguía apagar el calor que le subía desde el pecho hasta la mandíbula. Con cada paso recordaba los dedos del rey sobre él y las risas ahogadas de los hombres sentados alrededor de la mesa.

Estaba a punto de doblar la esquina que conducía a las habitaciones de los nobles del consejo,  cuando una mano fuerte lo sujetó por el hombro y lo empujó hacia un nicho oscuro entre dos columnas.

—¿Tan rápido te vas, mi querido consejero moral? —La voz de Agust sonó demasiado cerca de su oído.

Taehyung golpeó su espalda contra la piedra fría. El rey lo había acorralado, con las manos apoyadas a cada lado de su rostro y una sonrisa torcida en los labios. Ya no quedaba nada de la indiferencia que había mostrado frente al consejo. Parecía un niño cruel que acababa de encontrar un insecto pequeño al cual arrancarle las alas.

—Majestad, ¿qué se supone que...?

En ese espacio cerrado, sin testigos, Agust dejó de contenerse. El rey liberó sus feromonas, una marea desbocada de tabaco y cedro que buscó aplastar los sentidos del noble, exigiendo que sus rodillas cedieran ante el peso del otro alfa.El aroma a menta y café de Taehyung despertó, volviéndose frío como la escarcha del invierno, repeliendo el humo amargo del rey en un choque mudo. Sus músculos se tensaron en respuesta bajo su ropa.

—No eres quien para cuestionarme —interrumpió Agust—. Me irritas, Taehyung. Me irrita esa cara tuya de mártir, ese olor a superioridad que portas con tanto orgullo como si tu cargo te hiciera inmune a mí.

La mano del rey se cerró sobre la nuca de Taehyung. Sus dedos se hundieron en el cabello castaño y tiraron de él hasta obligarlo a bajar la cabeza.

Sus dientes chocaron contra los de Taehyung y el sabor del tabaco mezclado con vino agrio le invadió la boca. El noble no se movió, se quedó con las manos apretadas en puños a los costados, negándose a darle la satisfacción de una lucha.

Agust se apartó con un empujón. La cabeza de Taehyung golpeó la pared y el dolor le atravesó la nuca. El monarca se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Sabes a papel viejo —se burló—. Qué desperdicio de rostro. Eres tan aburrido que ni siquiera humillarte me divierte. Vete a dormir, Taehyung. Quizá así dejes de mirarme como si fueras mi padre.

El monarca se dio la vuelta, caminó con un paso vacilante hacia sus aposentos privados, dejando a Taehyung solo. Tardó varios segundos en conseguir que sus dedos se abrieran. Se llevó la manga de la casaca a la boca y se frotó los labios hasta sentir la piel arder. Aún tenía el sabor del vino en la lengua. El cedro del rey se había quedado prendido en su cabello y en la ropa.

Observó la espalda de Agust desaparecer al final del corredor.

—Un día —susurró, con la voz quebrada por la rabia—, este reino se librará de ti.

Cruzó el resto del palacio sin detenerse. Cuando entró en sus aposentos, cerró la puerta con tanta fuerza que las llamas de los candelabros temblaron dentro de sus soportes. La habitación estaba fría. Taehyung dejó caer los informes sobre una mesa y caminó hasta la palangana de porcelana. Vertió agua. Parte del líquido cayó sobre el mueble, no se detuvo.

Se lavó la cara y la boca una vez. Después, otra. A la tercera, el agua ya estaba turbia y sus labios enrojecidos. Aun así, la sensación del aliento del rey continuaba sobre su piel. Levantó la cabeza.

—Maldito seas mil veces —gruñó.

Se secó la boca con una toalla de lino. Apenas la dejó sobre la mesa, alguien llamó a la puerta.

—Taehyung, soy yo.

Era la voz de su padre. El alfa inhaló profundo, intentando apaciguar el aroma a menta que aún flotaba agresivo en su habitación, y se ajustó la ropa arrugada antes de mover el pestillo. Namjoon entró sin esperar una invitación. Tenía la frente surcada por líneas profundas y los hombros rígidos bajo el abrigo. Cerró la puerta y pasó el cerrojo antes de mirar hacia su hijo.

Su padre exhaló, y el ambiente de la alcoba se llenó de inmediato con su olor a caoba y clavo. El viejo alfa observó el estado de su hijo. El cabello desordenado, su chaqueta arrugada y el labio inferior enrojecido.

—Ese hombre va a destruir todo lo que nuestros antepasados construyeron —dijo Taehyung. Comenzó a caminar de un extremo a otro de la habitación. —No se trata solamente de su incompetencia, padre. Es un sádico. Disfruta rebajando a quienes mantienen este imperio en pie.

Namjoon ocupó una de las sillas y dejó las manos sobre sus muslos.

—Lo sé, hijo. Precisamente por eso debes mantener la cabeza fría.

Taehyung se detuvo frente a su padre. 

—¿Y qué pretendes que haga? ¿Que siga dejando que me use de bufón frente a los generales? ¿Que siga cuidando las rutas de suministro mientras él firma sentencias de muerte para nuestros hombres? —Apretó los puños, sintiendo el labio hinchado pulsar con fuerza—. Mi paciencia tiene un límite, padre, y el rey lo cruzó hace mucho tiempo.

Namjoon se inclinó hacia adelante.

—El rey está perdiendo el apoyo de los gremios comerciales y de la fe —dijo en voz baja—. Su hedonismo lo consume un poco más cada día. Pero, si pierdes los estribos, la Casa Kim será destruida antes del amanecer.

Taehyung permaneció frente a él, respirando con dificultad. Su padre miró hacia la puerta cerrada antes de continuar.

—El cambio llegará. El rey padre está inquieto. Incluso él comprende que su hijo se ha convertido en una causa perdida. Todo el palacio sabe que el trono no puede permanecer para siempre en manos de un hombre como Agust.

Namjoon extendió una mano, aunque no llegó a tocarlo.

—Solo te pido que resistas un poco más.

Taehyung le dio la espalda. Caminó hasta la ventana y apoyó una mano contra el marco. En el patio, los faroles se mecían bajo el viento. Más allá de los muros del palacio, las luces de la capital se extendían hacia la oscuridad, distantes y frágiles.

—Espero que ese cambio llegue pronto —dijo sin apartar la vista de la ventana—. Porque, si no es así, te juro que uno de los dos no sobrevivirá al invierno.

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