caballero galáctico.

Por Alastor94

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En un planeta alejado del sistema gubernamental galáctico habita Cédric, un joven que sueña con convertirse e... Más

Capítulo 1

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Por Alastor94

Capítulo 1 titulado : El viajero

En el año 2062, en un planeta alejado de la civilización galáctica moderna, habita una sociedad tan atrasada como ambigua. El planeta, registrado en el gran diccionario planetario bajo el nombre de "X-128", permanece dividido por dos reinados emergentes que desde hace décadas mantienen un conflicto constante entre sí: el Reino Blanco y el Reino Negro.

Ambos desean el dominio absoluto sobre las tierras del otro, y cada batalla acerca lentamente al planeta a una guerra inevitable.

Debido a ello, el revuelo entre los súbditos nunca desaparece. El miedo, la tensión y la incertidumbre forman parte de la vida cotidiana dentro de los reinos. Sin embargo, no todos desean formar parte del caos.

Existen quienes prefieren alejarse del conflicto y vivir una vida tranquila mientras todavía sea posible. Más allá de las fronteras principales, lejos de las ciudades gobernadas por coronas y ejércitos, sobreviven pequeños pueblos olvidados donde la gente únicamente se dedica al trabajo, al silencio y a conservar una paz cada vez más frágil.

-Hijo, ¿qué esperas para despertar? Estuviste jugando otra vez hasta tarde. Ya te lo advertí: si no eras capaz de levantarte por tu cuenta en la mañana, habría un castigo.

La voz del anciano resonó por toda la pequeña habitación. Su apariencia era decaída y cansada, como la de alguien consumido por los años, pero aún conservaba una energía sorprendente y una autoridad imposible de ignorar.

-¡Abuelo, espera, no! No pensé que me quedaría dormido... -respondió rápidamente el joven Cédric mientras intentaba incorporarse entre las sábanas.

-Pues claro que no pensaste. Ahora escucha bien: una vez que te cambies, irás a la pequeña estantería y limpiarás cada libro lleno de polvo. Esa será tu primera tarea del día.

Cédric dejó escapar un suspiro derrotado.

-¿Limpiar cada libro empolvado...? Eso suena agotador...

Sabía perfectamente que discutir solo empeoraría las cosas. Su abuelo no era alguien con quien pudiera negociar fácilmente.

Con resignación, el muchacho asintió y comenzó a arreglarse antes de salir de su pequeña habitación.

Minutos después, sentado frente a la enorme estantería de madera, observó la interminable fila de libros antiguos cubiertos de polvo.

-Uno por uno... ¿Por qué el abuelo tendrá tantos libros? Libros tontos, historias sin sentido y fantasías irreales...

Mientras limpiaba distraídamente, uno de los libros cayó directamente sobre sus piernas. A diferencia de los demás, este tenía una cubierta colorida y desgastada por el tiempo.

Cédric se quedó mirándolo en silencio durante unos segundos.

-Olvidé que este libro seguía aquí...

Lo sostuvo con cuidado entre sus manos.

Solía ser su favorito cuando era más pequeño. Narraba la historia de un misterioso reino más allá de las estrellas, un lugar rodeado de guerreros, espadas legendarias y civilizaciones imposibles. Sin embargo, sus amigos solían burlarse de él cada vez que hablaba sobre ese libro, así que terminó escondiéndolo para evitar que volvieran a menospreciarlo.

-Aunque... sigue siendo muy bueno...

Bajó la mirada con cierta vergüenza.

-Pero ya casi cumpliré doce años... debería ser más maduro. Como un verdadero caballero.

Sus ojos se desviaron hacia la vieja espada decorativa colgada al fondo de la habitación.

-Si tan solo pudiera practicar el arte de la espada...

Pero aquello era imposible.
Su abuelo jamás se lo permitiría, y además, en aquel pequeño pueblo apartado no existía nadie capaz de enseñar algo semejante. Los demás niños solo jugaban a fingir combates con ramas y palos viejos.

Nada más.

Cédric cerró lentamente el libro y sonrió apenas.

-Aunque... tal vez, cuando acompañe al abuelo a los pueblos cercanos, pueda encontrar algún libro sobre artes de combate o manejo de espada...

Se quedó pensativo unos segundos antes de volver al trabajo.

-No hay que perder la esperanza.

Al pasar dos horas, el abuelo de Cédric salió por la puerta, no sin antes ordenarle que limpiara la casa y el sótano con precaución, pues ahí escondía los mayores tesoros de su época como aventurero.

Cédric, como de costumbre, ya conocía la rutina, así que se apresuró para terminar lo antes posible y volver a salir a la pradera. Sin embargo, el viejo cofre que permanecía en el sótano siempre le causaba curiosidad.

Antes de bajar, inesperadamente un libro viejo, tachado y cubierto de notas, cayó de la estantería. Entre sus hojas salió una pequeña llave, como si fuera obra del destino.

Cédric la levantó y acomodó el libro en su lugar.

-El libro de mi abuelo...

"Notas de un aventurero".

El libro estaba tan deteriorado que apenas podía sostenerse sin que alguna hoja se desprendiera. Aun así, la pasta y el cuero que lo cubrían seguían siendo resistentes. Cédric jamás había leído los libros de aquel lugar, por lo que desconocía que su abuelo tuviera algo así.

Sin embargo, lo más extraño era aquella pequeña llave.

Al bajar al sótano y continuar con la limpieza, no pudo evitar preguntarse si esa llave abriría el viejo cofre.

La curiosidad terminó ganando.

Colocó la llave y giró lentamente.

El cofre se abrió.

Dentro encontró monedas de oro, joyas antiguas, una espada envuelta en tela y otro libro más grueso que los demás.

En la portada podía leerse:

"La Piedra Filósofal".

Sorprendido, Cédric cerró rápidamente el cofre. Guardó la llave donde pertenecía y terminó de limpiar antes de salir a jugar a la pradera.

Intentaba distraerse con sus amigos, pero le era imposible dejar de pensar en lo que había visto.

Tal vez su abuelo realmente había sido un aventurero.

Tal vez todas aquellas historias no eran fantasías.

Sus amigos le preguntaban qué le ocurría, pero Cédric simplemente los ignoró y siguió jugando.

Al caer la noche, volvió a casa y esperó emocionado la llegada de su abuelo.

-Cuando llegue, le preguntaré todo... Haré que me cuente cada una de sus historias.

Pero la noche avanzó.

Y nadie llegó.

Nadie volvió a casa.

Cédric permaneció sentado frente a la ventana, observando la oscuridad del exterior mientras las velas de la casa se consumían lentamente.

Cada pequeño sonido lo hacía levantar la mirada con esperanza.

El viento moviendo los árboles.

Las tablas crujiendo.

El lejano ladrido de un perro.

Pero nunca eran pasos.

Nunca era su abuelo.

Con el pasar de las horas, el sueño comenzó a vencerlo. Sus ojos se cerraban poco a poco, aunque luchaba por mantenerse despierto.

-Seguro llegará pronto... -murmuró con cansancio.

Apoyó la cabeza junto a la ventana, aún mirando el camino que llevaba a la pradera.

Y finalmente, el sueño lo venció.

Aquella noche, la casa permaneció en silencio.

Demasiado silencio.

El sonido de trompetas imperiales y el pesado marchar de caballos despertó de golpe a Cédric.

Sobresaltado, se levantó rápidamente y corrió hacia la ventana.

Afuera, una enorme caravana avanzaba lentamente entre las calles del pequeño pueblo. Caballeros cubiertos de armaduras blancas abrían paso entre la multitud mientras los habitantes observaban emocionados.

-Los soldados del reino... ¿y el mismísimo Rey Blanco...? ¿Qué hacen en un pueblo tan alejado de todo? -murmuró Cédric confundido.

La gente comenzó a aclamar al rey llena de emoción y gratitud, creyendo que aquella visita traería prosperidad o alguna bendición.

El enorme carruaje real se detuvo en el centro del pueblo.

Entonces, el Rey Blanco asomó lentamente entre las cortinas.

Vestía ropas elegantes y una corona brillante, aunque su rostro lucía pálido y enfermo.

-Saludos, mis queridos súbditos -dijo con una sonrisa amable.

Los caballeros se colocaron firmes alrededor del carruaje.

Entonces el rey tomó del brazo a un hombre vendado y moribundo, obligándolo a mostrarse frente a todos.

-Miren bien, súbditos... Tenemos aquí a un hombre rata. Un ladrón. Conocido en varios pueblos y reinos menores.

El hombre apenas podía mantenerse en pie.

-Su nombre es Samuel D. Lucas.

Cédric observó con atención.

Y de pronto, el mundo pareció detenerse.

Era su abuelo.

El rostro golpeado.

La ropa cubierta de sangre.

Las heridas.

Cédric quedó paralizado.

Ni siquiera pudo gritar.

Solo observó en silencio mientras el miedo comenzaba a consumirlo.

El rey continuó hablando:

-Fue buscado durante mucho tiempo. Tarde o temprano sabría que llegaríamos aquí, así que intentó escapar la mañana de ayer...

El rey soltó una pequeña risa.

-Pero jamás imaginó que el mismísimo Rey Blanco visitaría el pueblo más olvidado de todos.

La multitud rio nerviosamente junto al rey.

-Mi querido amigo Nicolas Flamel, quien ha dedicado su vida a aliviar mi terrible enfermedad, reportó que este hombre robó de su hogar un objeto de valor incalculable.

El rey levantó la mirada hacia el pueblo.

Y entonces preguntó:

-Ahora díganme... ¿Quiénes son sus familiares? ¿Dónde vive?

El silencio duró apenas un segundo.

Poco a poco, las miradas comenzaron a dirigirse hacia la casa de Cédric.

Algunos levantaron el brazo.

Otros señalaron directamente la ventana.

El corazón de Cédric comenzó a latir violentamente.

Sus piernas temblaban.

El miedo era tan intenso que sintió un calor bajar por su cuerpo.

Orina comenzó a escurrir lentamente por sus pantalones.

Intentó retroceder.

Intentó hablar.

Pero el rey ya caminaba directamente hacia él.

Cada paso de aquellas botas blancas retumbaba como un martillo.

Hasta detenerse frente a la casa.

Frente a Cédric.

El niño tragó saliva mientras todo su cuerpo temblaba.

Y finalmente habló con la voz quebrada:

-Yo... soy Cédric...

-Su nieto.

El rey blanco miró fijamente a Cedric y habló con una calma aterradora.

-Joven Cedric... apenas un niño de once años. ¿No piensas ayudar a tu abuelo malherido?

Samuel permanecía tirado en el suelo, cubierto de sangre, respirando con dificultad mientras los soldados observaban alrededor de la casa.

-Este hombre mintió al rey y fue responsable de un robo imperdonable. Pude haberle perdonado cualquier cosa... joyas, espadas, monedas de oro... incluso esos ridículos libros donde disfrazó sus crímenes como aventuras infantiles. Muchos pueblos lo reportaron. Muchos reinos bajos también. En mis tierras no se permite eso... aunque tal vez en la Tierra Negra sí.

Cedric sintió un escalofrío en su cuerpo.

El rey dio un paso al frente.

-Pero lo que jamás podré perdonar... es que me robó algo que mantiene viva mi imagen, mi salud y mi bienestar. Y con la vida del rey jamás debes apostar.

El silencio se volvió insoportable.

-En esta casa se encuentra escondida la piedra filosofal. Tú lo sabes. Ahora ve por ella... y tráeme la.

Cedric quedó paralizado.

Luego reaccionó de golpe y corrió hacia la casa tan rápido como pudo. Abrió el viejo cofre de madera y comenzó a escarbar desesperadamente entre monedas, herramientas y papeles antiguos.

Nada.

No encontró absolutamente nada.

Solo un libro viejo con una sola palabra escrita en la portada:

"piedra filosofal".

Cedric lo observó confundido. Si aquello no era lo que buscaba el rey, entonces al menos debía tener relación con ello.

Sin perder más tiempo, tomó el libro y regresó afuera.

El rey lo miró con decepción.

Mientras tanto, Samuel intentaba hablar desde el suelo.

-Hhhm... hh... c-ce...

Pero las palabras morían entre sangre y murmullos incomprensibles.

El rey soltó una pequeña risa.

-Bien... lo supuse. Ese hijo de puta escondió mi artefacto en alguna mazmorra cerca del pueblo. Qué pereza...

Luego volvió la mirada hacia Cedric.

-Escucha bien, joven Cedric... ¿te gusta jugar a los caballeros?

Cedric levantó lentamente la cabeza.

Por primera vez observó realmente el rostro del rey.

Y sintió miedo.

No un miedo común.

Algo peor.

Era como mirar a una criatura disfrazada de hombre.

-Entonces tu primera misión como caballero será traerme la piedra filosofal.

El rey lanzó el libro contra el pecho de Cedric.

-Usa el libro de tu estúpido abuelo y ve a la mazmorra a traerme lo que busco. Eso es todo.

Los ojos del rey brillaron cruelmente.

-Y si no lo haces en veinticuatro horas... cuando regreses, este pueblo ya no existirá.

Cedric sintió que el corazón se le detenía.

El rey levantó lentamente la mano.

-Quemen todo.

Los soldados obedecieron de inmediato.

El fuego comenzó a extenderse entre las casas de madera mientras los gritos llenaban el aire. La gente corría desesperada. Algunos intentaban escapar. Otros lloraban mientras las llamas consumían los hogares.

La atmósfera se tornó rojiza.

Cedric observó horrorizado.

El rey volvió a sonreír.

-De ti depende la vida de estas personas. Mientras más tardes... más sufrirán. Pero si vuelves rápido, apagaré el fuego y pagaré los daños.

Luego soltó una carcajada.

-Así que será mejor que te apresures.

Cedric retrocedió aterrado.

Ese hombre no era un rey.

Era un monstruo.

Sin perder más tiempo, entró nuevamente a la casa. Tomó la espada escondida dentro del cofre, algunas monedas de oro y un poco de comida.

Después salió corriendo hacia el camino fuera de la pradera.

Mientras avanzaba, solo podía escuchar detrás de él los gritos de la gente y el sonido del fuego devorando el pueblo.

Sus piernas temblaban.

Quería llorar.

Pero aun así siguió corriendo.

Cada paso se volvió más firme que el anterior.

-Ese hombre no es un rey... es un monstruo...

Apretó con fuerza la espada.

-Tengo que salvarlos...

Su respiración comenzó a romperse.

-No era la aventura que esperaba... esto no es una aventura...

Miró hacia adelante mientras el viento frío golpeaba su rostro.

-Es una misión... una orden... y si no hago algo... lo perderé todo...

Por un momento el miedo volvió a consumirlo.

Quiso pedir ayuda.

Quiso detenerse.

Quiso regresar con su abuelo.

Pero entonces entendió algo terrible.

Nadie podía salvarlo del rey.

Y aun así... siguió avanzando.

Fin de la Parte 1

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