Los rayos del sol atravesaban las cortinas de la habitación, iluminando tenuemente el rostro de una joven de dieciséis años. Su cabello azul pálido se extendía desordenado sobre la almohada, mezclándose con varios mechones rojos que resaltaban como pequeñas llamas entre la nieve.
Dormía tan profundamente que ni siquiera escuchó cómo la puerta de su habitación se abría lentamente.
Un pequeño conejo de pelaje azul apareció por la entrada, avanzando a saltos silenciosos hasta quedar junto a la cama. Al verla aún dormida, soltó un largo suspiro, como si aquella escena fuera parte de una rutina diaria que comenzaba a cansarlo.
Con sus pequeñas patas, tomó una esquina de la sábana. Luego dio un gran salto hacia atrás tensando la sabana de golpe.
Causando que al instante, la chica cayera al suelo.
- ¡Ah, carajo! - Soltó un quejido de dolor mientras se llevaba ambas manos a la cabeza
Al escuchar una pequeña risa alzó la mirada encontrando al culpable.
Los ojos de la chica se entrecerraron peligrosamente.
- Kiko... -
Su voz sonó tan aterradora que la risa del conejo desapareció al instante.
Sin perder tiempo, el conejo salió corriendo fuera de la habitación tan rápido como sus patas se lo permitían.
- ¡Ven aquí, tonto conejo! - Amenazó ella al correr tras él por el pasillo.
La persecución duró unos minutos, cuando Kiko al bajar por las escaleras giro una esquina y entro en la cocina.
- Lunaria, no corras por la casa tan temprano - La reprendió Vanessa sin girarse mientras preparaba el desayuno .
Al llegar jadeando lunaria señaló acusadoramente al conejo.
- Entonces dile que deje de tirarme de la cama cada mañana, abuela -
Kiko asomó su cabeza detrás de la mujer, observándola con evidente satisfacción.
La mujer ya acostumbrada a aquella escena diaria, soltó un suspiro mientras untaba mermelada sobre unas tostadas.
- Mejor ve a cambiarte antes de que se te haga tarde para la escuela. -
Lunaria desvió la mirada hacia el reloj colgado en la pared donde diferentes fotografías de sus abuelos y de su madre estaban colgadas.
7:30 A.M.
Su rostro se puso más pálido de lo que ya era.
- ¡Diablos! -
Sin añadir nada más, salió corriendo de regreso a su habitación y al escucharla subir las escaleras su abuela negó con la cabeza.
En ese momento, la puerta principal se abrió y mike entro a la casa.
- ¿Lunaria ya despertó? - Preguntó al escuchar el alboroto que provenía del segundo piso.
Se acercó a su esposa y besó suavemente su mejilla.
- Sí y tarde como siempre - Respondió ella con una pequeña sonrisa.
Al tener el desayuno listo tomó un tazón lleno de zanahorias y lo dejó frente a Kiko.
- Gracias por la ayuda, pequeñín. -
El conejo dio varios brincos felices por su recompensa.
Unos minutos después, Lunaria volvió a bajar ya vestida para la escuela. Su cabello aún estaba húmedo y llevaba la mochila colgada sobre un hombro mientras terminaba de acomodar algunas cosas en su interior.
- Buenos días, abuelo. - Sonrió al verlo - ¿Hoy me llevas? -
- Por supuesto, pequeña - Respondió Mike mientras colocaba la comida sobre la mesa - Pero primero desayuna.
Los tres se sentaron juntos. Entre pequeñas conversaciones y el sonido de los cubiertos, Lunaria habló nuevamente.
- Abuelo... ¿el aire acondicionado de mi habitación está dañado? -
Mike levantó la mirada con el ceño ligeramente fruncido.
- No, Luna funciona bien. ¿Por qué lo preguntas? - La chica comió un pedazo de pan antes de responder.
- Porque últimamente he sentido demasiado calor por las noches. Incluso para ser verano es demasiado. -
Sus abuelos intercambiaron una rápida mirada.
- Cariño... - La llamó Vanessa con cierta preocupación - ¿Has sentido algo más?
Lunaria miró hacia el techo, intentando recordar.
- Bueno desde hace unos días he tenido unos sueños algo extraños -
Soltó un suspiro molesta.
- Por esa razón he dormido demasiado
Mike y Vanessa al escucharla se miraron por unos minutos como si estuvieran pensando lo mismo
- ¿Sucede algo? - Preguntó Lunaria, observándolos con desconfianza.
Vanessa se levantó rápidamente de la mesa y tomó algunos platos vacíos.
-No, amor. Seguramente tienes razón y el aire acondicionado está fallando -
Mike buscó sus llaves dentro del bolsillo de su pantalón antes de levantarse.
- Te estaré esperando en el auto, pequeña - Lunaria lo observó unos segundos.
Algo no estaba bien podía sentirlo.
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El sonido del motor y los edificios de la ciudad deslizándose tras la ventana siempre habían sido uno de los momentos favoritos de Lunaria.
Era el único instante del día en el que podía relajarse y pensar tranquilamente.
Pero aquella mañana era distinta.
- Abuelo... ¿la abuela y tu están bien? - Preguntó finalmente.
Cuando se había despedido de Vanessa, había notado algo extraño en sus ojos.
Miedo.
Mike mantuvo ambas manos firmes sobre el volante.
- Si no te preocupes, pequeña. Ella está bien, solo... - Hizo una breve pausa - Le preocupa gastar dinero reparando el aire acondicionado de tu habitación.
Lunaria entrecerró apenas los ojos.
Aunque no podía verlo directamente, supo al instante que la estaban engañando.
- Mentiroso... - Pensó.
Cuando finalmente llegaron a la escuela, el auto se detuvo frente a la entrada.
Sin embargo, ninguno de los dos hizo el menor intento por bajar o despedirse el silencio volvió a llenar el vehículo.
Como si una barrera invisible hubiera aparecido entre ellos desde el momento en que salieron de casa.
- Luna.. - Mike suspiró antes de continuar. - Sé que tu abuela y yo no hemos sido los padres que siempre necesitaste...
Lunaria lo miro fijamente.
- Pero recuerda que pase lo que pase, nosotros te amamos con todo el corazón.
Al escuchar esas palabras, algo extraño recorrió el cuerpo de Lunaria.
Sintió un calor intenso agitándose en su pecho. Al mismo tiempo, un escalofrío descendió lentamente por su espalda hasta la punta de sus dedos.
Una sensación imposible de explicar pero antes de que pudiera entenderla, sonrió suavemente.
- No necesito a nadie más, abuelo - Sus ojos brillaron con sinceridad - Ustedes siempre han estado conmigo y agradezco que ustedes sean mis abuelos
Mike al escuchar la abrazo fuertemente.
- Gracias... - Susurró con la voz ligeramente quebrada.
Lunaria se separó lentamente de él y abrió la puerta del auto.
- Nos vemos luego, abuelo.
- Cuídate, pequeña.
Mike la observó alejarse en silencio y mientras la veía desaparecer entre los demás estudiantes, solo podía pensar en una cosa.
Lo difícil que sería todo cuando Lunaria regresara a casa.
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La luz del sol entraba en el salón, iluminando parcialmente su pupitre mientras el murmullo de los demás estudiantes se mezclaba con la voz de la maestra.
Pero Lunaria no estaba prestando atención.
Y tampoco le preocupaba demasiado era una estudiante aplicada, una de las mejores de su clase, y confiaba plenamente en su memoria para responder cualquier pregunta que le hicieran después.
Por eso, mientras la profesora explicaba su materia frente al pizarrón, lunaria permanecía observando distraídamente por la ventana.
Pero todo cambio al cerrar los ojos apenas unos segundos.
De pronto, todo a su alrededor desapareció.
El salón, las voces y la escuela todo fue reemplazado por una oscuridad profunda y sofocante.
Al principio no podía ver nada solo escuchaba sonidos lejanos.
Voces.
Pasos.
Y el débil llanto de un bebé.
El corazón de Lunaria comenzó a latir más rápido.
Entonces, una voz femenina rompió el silencio.
- Vete... yo te daré tiempo para escapar con ella. - La voz sonaba triste.
No. Mucho más que eso.
Era la voz de alguien que estaba aceptando perderlo todo.
Poco después, otra mujer hablo su tono estaba agotado y quebrado por el llanto.
- No... espera... aún podemos estar juntas.. -
Aunque Lunaria no podía distinguir sus rostros, podía sentir perfectamente las emociones que las envolvían.
Dolor.
Miedo.
Desesperación.
Y entonces algo despertó intensamente en su interior.
Un fuego nació dentro de su pecho.
Pero al mismo tiempo, un frío insoportable recorrió su cuerpo.
Ambas sensaciones chocaban entre sí como dos fuerzas opuestas intentando convivir dentro de ella.
Como si algo estuviera siendo
entregado.
La primera voz volvió a escucharse, esta vez más suave.
- He cometido demasiados errores en mi vida... - Hubo una breve pausa cargada de tristeza. - Pero si puedo salvarlas ahora, entonces quizás tenga la oportunidad de enmendarlos.
El llanto del bebé se hizo más fuerte.
Y por alguna razón, Lunaria sintió que aquel sonido destrozaba algo dentro de su corazón.
- ¡Señorita Lunaria, despierte! -
El fuerte grito de la maestra la arrancó bruscamente de aquel extraño sueño y aunque aquello debía haber sido solo un simple sobresalto desató algo mucho peor.
- ¡No se vayan! - Gritó Lunaria al levantarse de golpe de su asiento.
Su voz resonó por todo el salón.
Sus ojos azules brillaron con una intensidad anormal, casi sobrenatural, y una oleada de frío se expandió violentamente desde su cuerpo.
La temperatura del aula descendió varios grados en apenas segundos.
Algunos estudiantes soltaron pequeños gritos de sorpresa mientras otros se abrazaban a sí mismos, temblando.
El vapor comenzó a salir de sus bocas y entonces Lunaria lo vio.
Pequeños copos de nieve caían lentamente alrededor de sus manos.
- ¿Q-qué... está pasando...? - Murmuró con la respiración agitada.
Miró sus dedos temblorosos.
El hielo seguía formándose pequeñas capas cristalinas que recorrían su piel como si estuvieran naciendo directamente desde su interior.
El miedo empezó a consumirla.
No entendía nada no sabía cómo detenerlo.
Y las miradas de todos sus compañeros solo empeoraban la situación.
Miedo.
Confusión.
Incluso terror.
Todos la estaban viendo como si fuera un monstruo.
El pecho de Lunaria comenzó a dolerle sentía el corazón golpeando con fuerza mientras aquel extraño frío seguía extendiéndose fuera de control.
Y en medio de toda esa desesperación, solo pudo pensar en una cosa.
Huir.
Sin importarle sus cosas o los gritos de la maestra llamándola, salió corriendo del salón.
Corrió por los pasillos mientras fragmentos de hielo aparecían detrás de ella, cubriendo parcialmente el suelo, las paredes y los casilleros.
Los estudiantes se apartaban aterrados a medida que avanzaba.
Pero su respiración helada sufrio un cambio ahora toda a su alrededor empezó a calentarse y se volvía cada vez más inestable.
Y aunque intentaba detener aquello, el frío y el calor ahora seguían escapando de su cuerpo como una tormenta imposible de controlar.
Cuando finalmente atravesó las puertas de la escuela, continuó corriendo sin mirar atrás.
Porque había una sola palabra resonando una y otra vez dentro de su mente.
Familia.
Y finalmente, después de correr durante lo que parecieron horas, Lunaria llegó a casa.
Su respiración era errática.
El pecho le ardía por el esfuerzo y el miedo seguía oprimiéndole el corazón mientras intentaba abrir la puerta con manos temblorosas.
Cuando logró entrar, el silencio del interior la golpeó de inmediato.
Pero apenas levantó la vista, se detuvo en seco.
Sus abuelos estaban en el comedor pero no estaban solos.
Junto a ellos se encontraba una mujer mayor que Lunaria jamás había visto.
Llevaba un elegante vestido largo de color morado pálido adornado con delicados detalles plateados que brillaban suavemente con la luz de la habitación. Su cabello completamente blanco caía ordenadamente sobre sus hombros, dándole una presencia imponente y serena al mismo tiempo.
Pero lo que más inquietó a Lunaria fueron sus ojos.
La observaban como si ya supiera todo sobre ella.
Mike, Vanessa y la desconocida se levantaron apenas la vieron entrar.
- ¡Luna! - Exclamaron Vanessa y Mike con preocupación.
Intentaron acercarse rápidamente, pero se detuvieron de golpe.
El aire alrededor de Lunaria volvió a alterarse violentamente.
Llamas azuladas comenzaron a brotar alrededor de sus brazos mientras fragmentos de hielo cubrían el suelo bajo sus pies.
Lunaria retrocedió aterrada.
- No... no puedo controlarlo.. - Su voz se quebró.
Entonces la anciana dio un paso al frente. A diferencia de sus abuelos, no parecía asustada.
Al contrario.
Su mirada transmitía una extraña calma.
Levantó suavemente una mano y pronunció una sola palabra:
- Wiltq - Una suave energía plateada recorrió la habitación.
Al instante, el fuego desapareció y el hielo se deshizo lentamente hasta convertirse en pequeñas gotas de agua.
Y el silencio volvió a llenar la casa.
Lunaria abrió los ojos sorprendida mientras observaba sus propias manos.
Todo había desaparecido.
La mujer sonrió con tranquilidad una sonrisa cálida.
- Hola, Lunaria - Su voz era suave, pero tenía una autoridad imposible de ignorar - Soy Faragonda. Es un gusto conocerte
Lunaria sintió un extraño escalofrío recorrerle el cuerpo al escuchar aquel nombre.
Como si una parte olvidada de ella lo reconociera.
Faragonda la observó durante unos segundos antes de continuar.
-Tenemos muchas cosas de las que hablar.