la bestia

By FranciscoPalacio8

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solo lean,capas les interesa More

2:niño o no?
3: prodigios
4: aprendizaje y vacíos
5:un cumpleaños y desastres
6:¿destino?
7:un pasa antes del desastre
8: demonio
9: decisiones
10: fantasmas
11:paz y pasado
12: viejo lobo
13: desastre parte 1
14: desastre parte 2
15: dolor
16: fuego
17: advertencia
18: tiempo
19: libre
20:hijos
21:cambios
22: encuentros
23: convivencia
24: disculpas y aprendizaje
25:favores y ¿querer?
26: ¿amor? y amigos
27: revancha
28: partida
aviso

1: dónde todo comenzó

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By FranciscoPalacio8

La lluvia golpeaba suave el techo de madera mientras el viento de la montaña silbaba entre los árboles. Afuera, la noche cubría el valle con una niebla espesa, y el sonido lejano de un arroyo acompañaba el crepitar del fuego. Dentro de aquella vieja casa del Reino Tierra, una anciana permanecía sentada junto al brasero, envuelta en mantas gruesas, observando a sus nietos acomodados alrededor de ella.

Los pequeños escuchaban en silencio.

No era una historia cualquiera.

Era una de esas historias que se contaban en voz baja.

De las que sobrevivían más tiempo que los reyes.

La anciana levantó lentamente la vista hacia las llamas y habló con una voz cansada, pero firme.

-Hace cien años... el mundo estaba muriendo lentamente... aunque nadie quisiera admitirlo.

Los niños no dijeron nada.

Ella continuó.

-Muchos creen que la guerra comenzó cuando el Señor del Fuego Sozin decidió atacar a los Nómadas Aire... pero no fue así. La guerra empezó mucho antes... en las sombras... en las cortes... en el hambre... y en el miedo.

El fuego iluminó apenas su rostro envejecido.

-En aquellos tiempos, el Reino Tierra era inmenso. Tan grande... que parecía eterno. Sus ciudades eran incontables, sus ejércitos enormes y sus tierras fértiles. Pero mientras el mundo veía fortaleza... por dentro estaba podrido.

La corrupción recorría el reino como una enfermedad.

Gobernadores vendiendo comida destinada a los pobres. Nobles enriqueciéndose mientras aldeas enteras morían de hambre. Oficiales aceptando sobornos. Generales más preocupados por conspiraciones políticas que por proteger a su gente.

El Reino Tierra seguía siendo poderoso.

Pero ya no estaba unido.

Era un gigante cansado.

Y mientras ellos se hundían en sus propios problemas... otra nación se levantaba desde las cenizas.

La Nación del Fuego.

La anciana tomó una taza de té y continuó hablando.

-Cuando Sozin fue coronado Señor del Fuego... muchos pensaron que sería otro noble arrogante más. Otro hombre obsesionado con la gloria de su familia. Pero se equivocaron.

Sozin no era solamente ambicioso.

Era inteligente.

Y peor aún...

Sabía esperar.

Durante los primeros años de su reinado, evitó guerras innecesarias. Recorrió puertos, fábricas y ciudades industriales. Habló con comerciantes, herreros, ingenieros y generales. Observó el sufrimiento de los barrios pobres y comprendió algo que pocos gobernantes entendían.

Un pueblo hambriento jamás seguiría a un rey por mucho tiempo.

Así comenzaron los cambios.

La industria creció como nunca antes.

Los hornos de acero ardían día y noche. Nuevas rutas comerciales fueron abiertas. Astilleros enteros nacieron en las costas volcánicas de la nación. El carbón alimentó enormes máquinas y el vapor comenzó a transformar el mundo.

Por primera vez en generaciones...

La pobreza empezó a desaparecer.

La gente del pueblo comenzó a comer mejor. Las ciudades crecieron. Los trabajos abundaban. Los soldados recibían mejor entrenamiento y mejores armas.

Y el pueblo amó a Sozin por eso.

Lo adoraron.

Porque mientras otros gobernantes hablaban de tradición... él les daba futuro.

Los grandes clanes de la Nación del Fuego también lo comprendieron rápido. Durante siglos, muchas familias nobles habían luchado entre sí por influencia sobre el trono. Intrigas, asesinatos y traiciones eran comunes dentro de la corte.

Pero Sozin hizo algo distinto.

Les ofreció participar del nuevo mundo que estaba construyendo.

No los aplastó.

Los convirtió en aliados.

Los clanes entregaron recursos, barcos, soldados y dinero. A cambio, recibieron tierras, influencia y riquezas inimaginables.

Y así... la Nación del Fuego dejó de ser solamente una nación.

Se convirtió en una máquina.

Una máquina militar.

Una máquina industrial.

Una máquina política.

Pero incluso las máquinas más grandes necesitan combustible.

Y la Nación del Fuego comenzaba a quedarse sin recursos.

Los volcanes daban energía y minerales, sí... pero no suficiente para sostener un crecimiento tan brutal. Los bosques eran talados más rápido de lo que podían volver a crecer. Las minas comenzaban a agotarse. Las fábricas consumían hierro y carbón sin descanso.

Sozin lo entendió antes que nadie.

Si la nación seguía creciendo...

Eventualmente necesitaría expandirse.

Y el único territorio capaz de alimentar esa expansión era el Reino Tierra.

La anciana observó a sus nietos.

-Pero un rey no puede llevar a su pueblo a la guerra solo con miedo. Necesita algo más poderoso.

Lealtad.

Fanatismo.

Fe.

Y Sozin sabía exactamente cómo conseguirlo.

Las escuelas comenzaron a cambiar.

Los niños aprendían desde pequeños que la Nación del Fuego era el corazón del progreso mundial. Que su deber era iluminar al resto del mundo. Que los demás reinos eran débiles, atrasados y corruptos.

Los soldados dejaron de ser vistos solamente como guerreros.

Ahora eran héroes.

Protectores del futuro.

Las pinturas mostraban a Sozin rodeado de fuego celestial, como si los espíritus mismos lo hubieran elegido. Las obras teatrales glorificaban las conquistas antiguas de la nación. Los maestros repetían una frase una y otra vez:

"La llama eterna debe extenderse."

Y poco a poco...

La gente comenzó a creerlo.

Incluso aquellos que alguna vez dudaron.

Pero Sozin no era ignorante.

Sabía que el conocimiento era poder.

Y sabía que la Nación del Fuego todavía tenía mucho que aprender del mundo.

Especialmente de los Nómadas Aire.

Los monjes aire eran viajeros, filósofos y estudiosos. Poseían enormes bibliotecas llenas de mapas, medicina, historia y conocimientos espirituales acumulados durante siglos.

Así que Sozin hizo algo inesperado.

Envió emisarios a los Templos Aire.

Pidió cooperación.

Quería construir una gran academia dentro de la Nación del Fuego donde maestros aire pudieran enseñar filosofía, medicina, matemáticas y navegación a jóvenes de su nación.

Muchos quedaron sorprendidos.

Incluso el Avatar de aquella época creyó que aquello podía unir al mundo.

Durante un tiempo...

Pareció posible.

Monjes comenzaron a viajar hacia la Nación del Fuego. Algunos nobles financiaron escuelas mixtas. Comerciantes celebraron los nuevos acuerdos culturales.

Pero entonces...

Todo se derrumbó.

Un grupo de maestros aire renegados apareció en las islas exteriores de la nación.

No eran verdaderos representantes de los templos.

Eran extremistas.

Creían que compartir conocimientos con la Nación del Fuego destruiría el equilibrio del mundo. Atacaron barcos militares, sabotearon puertos y quemaron almacenes industriales.

En uno de esos ataques murieron decenas de civiles.

La noticia explotó por toda la nación.

La gente pidió respuestas.

Sozin exigió que los Templos Aire castigaran a los responsables.

Pero los monjes hicieron lo que siempre hacían.

Hablaron de paz.

De entendimiento.

De diálogo espiritual.

Y para Sozin...

Eso fue una humillación.

Porque mientras los monjes debatían filosofía...

Su pueblo enterraba muertos.

La anciana hizo una pausa larga antes de seguir.

-Fue entonces... cuando el odio empezó a nacer.

La propaganda cambió.

Ahora los periódicos hablaban de "fanáticos aire". Los rumores crecían en mercados y puertos. Historias exageradas se extendieron rápidamente.

Decían que los maestros aire secuestraban ciudadanos de la Nación del Fuego.

Que manipulaban espíritus.

Que conspiraban contra el trono.

La mayoría eran mentiras.

O medias verdades.

Pero ya no importaba.

El miedo había comenzado.

Y el miedo siempre necesita un enemigo.

Peor aún...

La propia hermana de Sozin se convirtió en un problema político.

Una mujer respetada. Inteligente. Querida por parte de la corte.

Ella anunció públicamente su compromiso con el líder de los renegados aire.

Aquello fue un desastre.

Muchos nobles comenzaron a murmurar que el Señor del Fuego estaba perdiendo autoridad incluso dentro de su propia sangre.

Y Sozin entendió algo terrible.

Si mostraba debilidad...

Los clanes volverían a dividirse.

Así que endureció todavía más su gobierno.

Las estatuas del Señor del Fuego aparecieron por toda la nación. Los soldados juraban lealtad no solo al país... sino al propio Sozin. Los sacerdotes comenzaron a describir a la familia real como elegida por el fuego sagrado.

Casi divina.

La figura del Señor del Fuego dejó de ser solamente política.

Se convirtió en un objeto de culto.

Y junto a esa nueva ideología...

Nació otra tradición brutal.

La cacería de dragones.

En aquellos tiempos todavía existían muchos dragones en el mundo. Criaturas antiguas, inteligentes y temidas. Para la Nación del Fuego eran símbolos de poder absoluto.

Sozin transformó su caza en una ceremonia de prestigio.

Quien derrotara un dragón demostraba ser digno de grandeza.

Los nobles comenzaron a competir entre ellos buscando gloria. Generales lideraban expediciones enteras hacia montañas y volcanes lejanos. Las historias sobre cazadores de dragones llenaron canciones y teatros.

Pero la verdad era otra.

Muy pocos regresaban vivos.

Porque los dragones no eran bestias normales.

Eran antiguos.

Terribles.

Y orgullosos.

Algunos decían que podían sentir la oscuridad dentro de los hombres.

La anciana bajó la mirada hacia las llamas.

-Y mientras todo eso ocurría... mientras el odio crecía... mientras los ejércitos se preparaban... mientras el mundo se dividía...

El Avatar todavía no entendía la tormenta que se acercaba.

Los niños permanecían inmóviles.

Afuera, el viento sopló más fuerte.

-Porque el mundo siempre recuerda al Avatar como un héroe... pero olvidan algo importante...

Incluso el Avatar puede llegar demasiado tarde.

La anciana levantó lentamente la vista.

Y sonrió apenas.

-Y ahí... pequeños... es donde realmente comienza esta historia.

====================================

Lejos de las grandes ciudades del Reino Tierra... lejos de los palacios, de las fábricas de la Nación del Fuego y de las intrigas políticas que lentamente consumían el mundo... existía un pequeño valle escondido entre montañas antiguas.

Un lugar humilde.

Silencioso.

Pacífico.

Las personas allí vivían de la pesca, de pequeños cultivos y del comercio ocasional con viajeros que descendían desde los Templos Aire de las montañas. No había murallas enormes ni soldados vigilando las calles. Solo senderos de tierra, casas de madera envejecida y el sonido constante del viento bajando desde las alturas.

Encima del valle, oculto entre las nubes y los riscos, se encontraba uno de los templos de los Nómadas Aire.

Y muy por debajo de aquel lugar sagrado...

Pegada casi al borde de un arroyo...

Había una pequeña casa iluminada apenas por lámparas de aceite.

Era una vivienda modesta.

Pobre, incluso.

El techo tenía varias reparaciones improvisadas y algunas paredes estaban desgastadas por la humedad de la montaña. Pero el lugar estaba limpio. Había flores secas colgadas cerca de las ventanas y el aroma de sopa caliente todavía permanecía en el ambiente.

Era el tipo de casa donde nunca sobraba nada...

Pero tampoco faltaba amor.

Esa noche, sin embargo, la tranquilidad habitual había desaparecido.

Dentro de la habitación principal, una mujer gritaba de dolor mientras intentaba dar a luz.

El sudor cubría su rostro.

Sus dedos apretaban las mantas con fuerza.

Y cada respiración parecía romperle el pecho.

-¡Respira! ¡Respira profundo! -dijo una mujer mayor mientras acomodaba varias telas limpias-. ¡No te detengas ahora!

La partera tenía experiencia. Mucha. Había ayudado a traer niños al mundo durante casi treinta años, pero incluso así, el parto estaba siendo difícil.

La joven en la cama temblaba.

El hombre junto a ella sostenía una de sus manos con desesperación.

-Mírame... mírame... -susurró él con voz nerviosa-. Ya casi termina... ya casi...

Ella intentó sonreír.

Pero otro dolor la atravesó de inmediato.

Un grito escapó de su garganta.

La lluvia golpeaba las ventanas con suavidad mientras el viento hacía crujir la madera de la casa.

La partera levantó apenas la vista hacia la mujer.

Y nuevamente sintió aquella extraña sensación.

Porque esa muchacha...

No parecía pertenecer a aquel lugar.

No era solo su belleza.

Era distinta.

Su cabeza estaba completamente rapada, y sobre su piel podían verse claramente los tatuajes azules que recorrían sus brazos, espalda y cuero cabelludo.

Marcas sagradas.

Marcas de los Nómadas Aire.

La partera las conocía bien.

Había visto monjes descender de las montañas algunas veces durante festivales o ceremonias espirituales.

Pero había algo raro.

Muy raro.

El templo cercano pertenecía únicamente a monjes hombres.

Las mujeres maestras aire vivían mucho más lejos, en otros templos.

Entonces...

¿Qué hacía una monja aire viviendo allí?

¿Y casada?

La anciana nunca se había atrevido a preguntar demasiado. En pueblos pequeños, aprender cuándo guardar silencio era parte de sobrevivir.

Pero aun así...

Aquello siempre le había parecido extraño.

La mujer volvió a gritar.

La partera rápidamente dejó sus pensamientos de lado.

-¡Ahora! ¡Empuja ahora!

El marido acarició el rostro de su esposa.

-Vamos... vamos, amor... ya viene...

La joven respiraba con dificultad.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Pero aun así...

Había paz en ellos.

Como si incluso en medio del dolor siguiera existiendo algo sereno dentro de ella.

Entonces ocurrió.

Un último grito llenó la habitación.

Y segundos después...

El llanto de un bebé rompió el silencio de la noche.

Fuerte.

Vivo.

Intenso.

La partera dejó escapar el aire acumulado en sus pulmones.

-Ya está... ya está...

El niño lloraba sin parar mientras la mujer mayor cortaba cuidadosamente el cordón umbilical.

El recién nacido estaba cubierto de sangre, pequeño y tembloroso por el frío del ambiente, pero completamente sano.

-Es un varón -dijo la anciana.

El padre soltó una risa nerviosa mezclada con lágrimas.

Parecía incapaz de creerlo.

Se acercó despacio mientras la partera limpiaba al bebé con telas calientes.

Y cuando finalmente lo colocaron en sus brazos...

Todo el mundo pareció detenerse.

El niño seguía llorando.

Pero apenas sintió el contacto de su padre...

Se calmó.

Poco a poco.

Hasta quedar en silencio.

Sus pequeños dedos se movieron apenas mientras abría los ojos por primera vez.

El hombre sintió que el pecho le temblaba.

Lágrimas comenzaron a bajar por su rostro sin que pudiera detenerlas.

Había esperado tanto ese momento.

Tanto...

Miró al niño como si estuviera viendo algo imposible.

Algo sagrado.

Una pequeña vida que acababa de aparecer en medio de un mundo cada vez más oscuro.

El bebé soltó un pequeño sonido mientras lo observaba.

Y el hombre sonrió entre lágrimas.

-Hola... pequeño...

Su voz se quebró.

-Hola...

Entonces se dio vuelta lentamente para mostrarle el niño a su esposa.

Pero algo estaba mal.

Muy mal.

La sonrisa en el rostro del hombre desapareció.

La habitación quedó extrañamente silenciosa.

La mujer ya no respiraba.

Sus ojos permanecían abiertos... vacíos... perdidos en ningún lugar.

Inmóviles.

La partera bajó lentamente la mirada.

El hombre se quedó quieto.

Sin entender.

Como si el mundo hubiera dejado de avanzar.

-No... -susurró apenas.

Se acercó más a la cama.

-No...

La tomó del hombro suavemente.

-Amor...

Nada.

El bebé volvió a moverse un poco en sus brazos.

Pero el hombre apenas podía respirar.

Porque en un solo instante...

Toda la felicidad se había convertido en dolor.

La mujer que amaba estaba muerta.

La mujer que había abandonado los cielos por él.

La que había dejado atrás los templos, las enseñanzas y la libertad de los Nómadas Aire para vivir en aquel pequeño rincón olvidado del Reino Tierra...

Ya no estaba.

Y eso lo destruyó por dentro.

Porque conocía la verdad.

Ella había sacrificado todo.

Los monjes enseñaban desapego. Libertad. Movimiento eterno.

Pero ella se había quedado.

Por él.

Había cambiado los cielos abiertos por campos de cultivo.

Los templos flotantes por una casa humilde.

La vida errante por una familia.

Y ahora...

Había dado su vida trayendo a su hijo al mundo.

El hombre bajó lentamente la cabeza.

La culpa comenzó a arrastrarse dentro de él como un veneno.

"Le quitaste su libertad."

"Le quitaste su vida."

Sus manos empezaron a temblar.

Quería llorar.

Quería gritar.

Quería romper algo.

Pero entonces...

Sintió un pequeño movimiento.

El bebé levantó apenas una mano diminuta.

Buscando algo.

Buscándolo a él.

El hombre tragó saliva.

Con cuidado acercó un dedo.

Y el pequeño lo tomó inmediatamente.

Fuerte.

Mucho más fuerte de lo que un recién nacido debería poder hacerlo.

Ese pequeño contacto bastó para detener el derrumbe dentro de él.

El hombre cerró los ojos unos segundos mientras las lágrimas seguían cayendo.

Pero esta vez...

No eran solamente de tristeza.

Había algo más.

Esperanza.

Frágil.

Dolorosa.

Pero viva.

Respiró profundo.

Luego se acercó lentamente al cuerpo de su esposa.

Con muchísimo cuidado colocó al bebé sobre el pecho de ella, justo encima de su corazón inmóvil.

El niño se acomodó apenas, todavía aferrado al dedo de su padre.

La habitación quedó en silencio.

Solo se escuchaba el viento afuera.

La partera observó aquella escena sin decir nada.

Había visto muchos nacimientos.

Y también muchas muertes.

La vida era cruel a veces.

Demasiado cruel.

Una vida por otra.

Era algo que ocurría más seguido de lo que la gente quería admitir.

Aun así...

Había cierta ternura dolorosa en aquel momento.

Como si el calor del niño se negara a abandonar completamente a su madre.

El hombre acarició lentamente el rostro de la mujer.

-Te lo prometo... -susurró con voz rota-. Voy a cuidarlo... aunque no sepa cómo hacerlo...

El bebé soltó un pequeño sonido dormido.

La partera limpió discretamente una lágrima de su mejilla antes de hablar.

-¿Ya eligieron un nombre?

El hombre permaneció unos segundos en silencio.

Miró nuevamente al niño.

Sus ojos grises.

Su pequeña cabeza sin cabello.

La tranquilidad extraña que transmitía incluso siendo apenas un recién nacido.

Entonces sonrió apenas.

Una sonrisa torcida.

Cansada.

Llena de dolor.

-Aang...

La anciana asintió lentamente.

-Es un buen nombre.

Y justo en ese instante...

Un trueno estremeció toda la montaña.

La casa vibró.

Las ventanas temblaron.

La partera levantó la vista sobresaltada.

Eso no tenía sentido.

No había tormenta.

El cielo había estado despejado toda la noche.

El viento afuera continuaba tranquilo.

Sin lluvia fuerte.

Sin nubes negras.

Pero aquel rayo había sonado como si hubiese caído justo encima de la casa.

La mujer sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Miró rápidamente al recién nacido.

Esperando que llorara.

Que se asustara.

Que reaccionara.

Pero el bebé no hizo nada.

Absolutamente nada.

Ni siquiera se inmutó.

Seguía descansando tranquilamente sobre el pecho de su madre muerta, con una calma imposible para un niño tan pequeño.

Y eso...

Eso inquietó a la partera más que el trueno.

Porque en las viejas historias de las montañas...

Los niños que nacían acompañados por señales extrañas rara vez tenían destinos normales.

A veces era buena fortuna.

A veces desgracia.

A veces ambas.

La anciana observó al pequeño unos segundos más.

Luego decidió guardar silencio.

No era momento para supersticiones.

No en una noche como aquella.

El hombre seguía acariciando suavemente el cabello de su esposa mientras sostenía una de las pequeñas manos de su hijo.

Afuera...

Muy arriba en las montañas...

El viento comenzó a soplar con más fuerza alrededor del antiguo Templo Aire.

Como si algo invisible hubiera despertado entre las nubes.

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