El ruido del salón era el mismo de siempre: risas, sillas arrastrándose, gente hablando de cosas sin sentido. Pero para él, todo sonaba lejano.
Mateo apoyó la cabeza en la pared, mirando hacia la ventana como si algo allá afuera pudiera explicarle lo que sentía… o lo que no quería aceptar.
—¿Otra vez en tu mundo? —dijo su amigo Diego, aventándole una bolita de papel.
Mateo ni siquiera volteó.
—Estoy bien.
Mentira.
No estaba bien desde hace meses. Desde que todo se fue al carajo. Desde que alguien le rompió el corazón sin siquiera intentarlo demasiado.
Y desde que ella apareció.
Camila.
La nueva del salón.
No era como las demás. No era escandalosa, ni buscaba atención. Pero tenía algo… algo que hacía que todo el salón se sintiera distinto cuando ella estaba.
Mateo lo notó desde el primer día.
Y lo odió.
Porque no quería volver a sentir eso.
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Camila entró tarde ese día. Como siempre, con esa cara tranquila, como si nada le afectara.
—Profe, perdón…
El profesor solo suspiró y le hizo una seña para que pasara.
Mateo intentó no verla.
Pero la vio.
Y lo peor… fue que ella también lo vio.
Y sonrió.
No una sonrisa grande. No exagerada. Solo una pequeña, como si fuera un secreto entre los dos.
Mateo desvió la mirada de inmediato.
—No —susurró para sí mismo—. No otra vez.
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En el descanso, Diego no dejó de molestarlo.
—Te gusta.
—No.
—Claro que sí.
—No.
—Te quedas viéndola como idiota.
Mateo se levantó de golpe.
—Ya cállate.
Diego levantó las manos, riéndose.
—Solo digo, bro… ella también te mira.
Eso hizo que Mateo se quedara quieto.
Porque sí… lo había notado.
Camila lo miraba.
Demasiado.
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Pero lo que Mateo no sabía… era lo que pasaba del otro lado.
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Camila estaba sentada con sus amigas, pero no escuchaba nada.
Su mirada estaba fija en él.
Mateo.
El chico serio. El que casi no hablaba. El que siempre parecía estar peleando con algo invisible.
El que le gustaba.
Y no sabía cómo había pasado.
Solo… pasó.
—Otra vez lo estás viendo —dijo su amiga Sofi.
Camila se sonrojó.
—No es cierto.
—Sí es cierto.
—Cállate…
Sofi sonrió.
—¿Ya le vas a decir?
Camila negó rápidamente.
—¿Estás loca? Ni siquiera puedo tener novio.
Y eso… no era una broma.
Sus papás eran estrictos. Demasiado.
Nada de novios. Nada de salidas. Nada de “cosas innecesarias”.
Pero eso no hacía que dejara de sentir.
Nada de eso.
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Ese mismo día, algo cambió.
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Al salir de la escuela, Mateo caminaba solo, como siempre.
Pero escuchó pasos detrás.
—Oye…
Se detuvo.
Esa voz.
Se giró lentamente.
Camila.
—¿Sí? —dijo, tratando de sonar indiferente.
—Solo… quería saber si entendiste la tarea de mate.
Mateo frunció el ceño.
Sabía que era una excusa.
Pero igual respondió.
—Sí.
—Ah… ok…
Silencio.
Incómodo.
Pesado.
Camila jugaba con sus manos, claramente nerviosa.
—Bueno… gracias…
Se dio la vuelta para irse.
Y algo en Mateo… reaccionó.
—Espera.
Camila se detuvo.
—¿Quieres que te explique?
Ella lo miró, sorprendida.
—¿En serio?
—Sí… digo… si quieres.
Camila sonrió.
Y ese fue el problema.
Porque a Mateo… le gustó.
Demasiado.
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Se sentaron en una banca.
Mateo empezó a explicarle, pero su mente estaba en otro lado.
En cómo ella lo miraba.
En cómo se reía bajito.
En cómo parecía tan… tranquila.
—Eres bueno explicando —dijo ella.
Mateo se encogió de hombros.
—X.
Camila lo miró fijamente.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Como si nada te importara.
Mateo se quedó callado.
Porque la pregunta… le pegó.
—Sí —mintió.
Camila no le creyó.
Pero no dijo nada.
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El sol empezaba a bajar.
El momento era… raro.
Bonito.
Pero peligroso.
Mateo lo sabía.
Por eso se levantó.
—Ya entendiste, ¿no?
—Sí.
—Bueno.
Se dio la vuelta.
—Mateo…
Se detuvo otra vez.
—Gracias.
Él no volteó.
—De nada.
Y se fue.
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Pero mientras caminaba… apretó los puños.
Porque sabía lo que estaba pasando.
Y no le gustaba.
Nada.
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—No te acerques —se dijo—. No la arruines.
Pero ya era tarde.
Porque en el fondo…
Mateo ya estaba cayendo.
Aunque no quisiera aceptarlo.