La muerte-Rivari

By truchec_gjo

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Una boda perfecta. Un vestido blanco. Una promesa eterna. Pero en la primera fila hay alguien vestida de negr... More

La muerte.

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By truchec_gjo


La mañana de la boda comenzó con una quietud que parecía artificial, como si el mundo estuviera conteniendo el aliento. La luz entraba por la ventana del cuarto del hotel con un tono pálido, dibujando sombras suaves sobre el vestido blanco extendido cuidadosamente en la cama. Abril lo observaba en silencio mientras alguien acomodaba los últimos detalles de su cabello. Había risas alrededor, comentarios emocionados, pasos apresurados, pero todo sonaba distante, como si estuviera detrás de una pared de vidrio.

Ella sonreía cuando la miraban. Respondía cuando le hablaban. Pero dentro de su pecho había algo pesado, algo que no sabía nombrar. No era arrepentimiento. Tampoco era miedo. Era una sensación más oscura, una anticipación incómoda, como si algo inevitable estuviera a punto de suceder.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

Abril lo miró por reflejo. Nadie más parecía haberlo notado. Se inclinó apenas y leyó el mensaje.

"No tienes que hacerlo."

El aire se le quedó atrapado en la garganta. No necesitaba ver el nombre. Sabía quién era. Bloqueó la pantalla rápidamente y lo dejó boca abajo, como si eso pudiera esconder la emoción que le recorría el cuerpo.

—¿Todo bien? —preguntó alguien.

—Sí... solo nervios —respondió, aunque no era nervios.

Era expectativa.

El jardín estaba decorado con flores blancas. Las sillas llenas. La música suave comenzó y Abril dio el primer paso hacia el altar. Cada movimiento parecía más lento de lo normal. Sentía el peso del vestido, el roce del velo, el sonido amortiguado de los invitados.

Y entonces la vio.

Samantha estaba sentada en la primera fila.

Vestida completamente de negro.

No hablaba con nadie. No sonreía. No aplaudía. Su postura era relajada, pero su mirada estaba fija en Abril, como si todo lo demás no existiera. En medio de tanto blanco, su presencia era una sombra.

Abril sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Desvió la mirada, obligándose a seguir caminando. Llegó al altar. Juan tomó su mano con ternura. Su sonrisa era sincera, cálida. Abril respondió, intentando anclarse a esa seguridad.

El sacerdote habló. Palabras sobre amor, compromiso, eternidad. Abril escuchaba, pero cada tanto sus ojos se desviaban involuntariamente hacia la primera fila.

Samantha no se movía.

Cuando llegaron los votos, Abril habló con voz firme. Juan hizo lo mismo. Había amor en sus palabras, un cariño real. Nada de eso era mentira. Pero había otra emoción, más profunda, que no estaba siendo nombrada.

—Yo los declaro unidos en matrimonio... hasta que la muerte los separe.

Samantha inclinó ligeramente la cabeza.

Abril sintió que algo dentro de ella se rompía en silencio.

Pero dijo "sí".

La recepción fue brillante. Música, risas, copas alzadas. Abril bailaba con Juan, sonreía para las fotos, agradecía abrazos. Todo parecía perfecto.

Pero cada pocos minutos, sus ojos buscaban la misma esquina.

Samantha seguía sentada.

No se movía. No hablaba. Solo observaba. La copa frente a ella estaba casi intacta. Su presencia era constante, pesada, imposible de ignorar.

Abril tardó más de lo que debería en acercarse. Cuando lo hizo, el ruido del salón parecía apagarse.

—Viniste —susurró.

—Siempre vengo —respondió Samantha con calma.

—Ya pasó todo...

—Sí. Ya estás casada.

Silencio.

—¿Eso te molesta?

Samantha negó lentamente.
—No cambia lo que eres.

Abril sintió el corazón acelerarse.

—No deberíamos estar hablando así...

—Entonces vete.

Abril no se movió.

Las primeras semanas del matrimonio fueron tranquilas. Desayunos compartidos, risas mientras organizaban la casa, tardes viendo series. Juan era atento, cariñoso, paciente. Abril se sentía cómoda, protegida.

Pero por las noches, el teléfono vibraba.

"¿Eres feliz?"
"¿Te sientes diferente?"
"¿Piensas en mí?"

Abril respondía tarde. Luego más rápido. Luego casi de inmediato.

El primer encuentro ocurrió en un café silencioso. Samantha ya estaba sentada.

—No deberíamos vernos —dijo Abril.

—Y aun así viniste.

—Estoy casada.

—Lo sé.

—Esto está mal.

—Entonces vete.

Abril no se movió.

Samantha sonrió apenas.

El matrimonio avanzaba. Compraron muebles nuevos, colgaron cuadros, hablaron de viajes. Juan la abrazaba por detrás mientras cocinaban. Abril reía.

Pero por dentro, algo cambiaba lentamente.

—¿Con quién hablas tanto? —preguntó Juan una noche.

—Con una amiga.

Mentira.

El teléfono vibró otra vez.

Abril esperó a que Juan se durmiera para responder.

"¿Estás con él?"
"¿Dormiste con él?"
"No me gusta imaginarte con él."

La presión comenzaba a sentirse.

Una tarde lluviosa, Samantha tomó su mano por primera vez. Abril sintió un escalofrío.

—Sigues usando el anillo.

—Estoy casada.

Samantha rozó el metal con los dedos.
—Eso no cambia que seas mía.

Abril tembló.

—No digas eso...

—Divórciate.

La palabra cayó suave.

Pero pesada.

Desde ese momento, todo comenzó a tensarse. Los mensajes eran más frecuentes. Los encuentros más largos. Abril empezaba a mentir más.

—¿Estás con él? —preguntaba Samantha.

—Sí.

—No me gusta.

En casa, Juan notaba la distancia.

—Te siento diferente.

—Estoy cansada.

—Siempre estás cansada.

Abril no respondía.

Los celos crecían.

—No quiero que duermas con él —dijo Samantha.

—Es mi esposo...

—No me importa.

El anillo comenzó a molestarle físicamente. Abril lo giraba, lo quitaba, lo volvía a poner. Samantha lo notó.

—Quítatelo.

Abril dudó. Lentamente lo retiró. Su mano se sintió extraña.

Samantha tomó su muñeca.

—Así estás mejor.

Esa noche, Juan notó la ausencia.

—¿Dónde está tu anillo?

—Me lastimaba.

Juan asintió, pero algo cambió en su mirada.

La tensión continuó creciendo, silenciosa, inevitable.

Y sin que Abril se diera cuenta, el matrimonio ya había empezado a romperse... incluso antes de que la infidelidad comenzara de verdad.

Los días siguientes estuvieron cargados de una incomodidad constante. No era una pelea abierta, no era algo que pudiera señalarse con precisión, pero estaba ahí, flotando en cada conversación, en cada silencio, en cada mirada que Juan dirigía hacia Abril cuando ella creía que no la estaba observando.

El matrimonio seguía funcionando en apariencia. Desayunaban juntos, hablaban de planes sencillos, salían a hacer compras. Juan continuaba siendo atento, cariñoso, tratando de mantener la normalidad. Pero Abril respondía con una distancia que ella misma no podía controlar. No era fría, no era cruel, simplemente estaba ausente, como si una parte de ella estuviera en otro lugar.

Ese otro lugar siempre tenía el mismo nombre.

El teléfono vibraba más seguido. Samantha no escribía largos mensajes, pero cada uno era suficiente para alterar a Abril durante horas.

"¿Piensas en mí cuando lo abrazas?"
"Quiero verte."
"Hoy."

Abril intentaba retrasar las respuestas, pero terminaba cediendo.

Una noche, Juan llegó con comida para llevar.

—Pensé que podríamos cenar algo distinto —dijo sonriendo.

Abril se obligó a corresponder. Se sentaron en la sala, encendieron una película. Todo parecía normal hasta que su celular vibró sobre la mesa.

Una vez.

Luego otra.

Abril lo tomó sin pensar. Respondió rápido. Volvió a dejarlo.

Juan pausó la película.

—¿Todo bien?

—Sí.

—Últimamente siempre estás pendiente del celular.

—Son cosas.

—¿Qué cosas?

—Trabajo... amigas...

Juan la observó con cuidado.

—No tienes que mentirme si algo pasa.

—No estoy mintiendo.

Pero evitó su mirada.

Cuando revisó el teléfono más tarde, había más mensajes.

"¿Estás con él?"
"No me gusta cuando me ignoras."
"Respóndeme."

Abril escribió: "Estoy ocupada."

La respuesta llegó casi inmediata.

"Lo sé."

Un escalofrío le recorrió la espalda.

El siguiente encuentro fue más tenso que los anteriores. Abril llegó con el rostro cansado. Samantha estaba, como siempre, sentada, tranquila, inmóvil.

—Juan sospecha algo —dijo Abril.

—¿Y?

—No quiero lastimarlo.

—Ya lo estás haciendo.

Abril bajó la mirada.

—No puedo evitarlo.

—Sí puedes.

—No.

Samantha la observó largo rato.

—No quiero compartirte.

La frase cayó con peso.

Los celos se hicieron más evidentes.

—¿Dormiste con él? —preguntó Samantha.

Abril dudó.
—Sí.

Samantha no respondió de inmediato. Sus dedos se tensaron apenas.

—No me gusta.

—Es mi esposo.

—No me importa.

En casa, Juan intentaba acercarse más. Cocinaban juntos, veían películas abrazados, hablaban de viajes. Pero Abril estaba dispersa. A veces respondía con monosílabos, otras veces se perdía mirando la pantalla del celular.

—Te noto lejos —dijo Juan una noche.

—Estoy cansada.

—No es solo eso.

—Sí lo es.

Juan suspiró.

—¿Hay alguien más?

Abril sintió que el corazón se le detenía.

—No.

La mentira salió rápida, automática.

Samantha comenzó a exigir más.

—Quiero verte mañana.

—No puedo, tengo planes con Juan.

—Cancélalos.

—No puedo hacer eso.

—Sí puedes.

Abril guardó silencio.

El anillo volvió a ser tema. Abril lo llevaba a veces, otras no. Jugaba con él constantemente.

—Quítatelo —repitió Samantha.

—No puedo todavía.

—Entonces no te quejes cuando me enoje.

Abril sintió la tensión en su voz.

Una madrugada, Juan despertó y notó que Abril estaba despierta, sentada en la cama con el celular iluminando su rostro.

—¿No puedes dormir?

—No.

—¿Todo bien?

—Sí.

Juan la miró.

—Abril... ya no sé qué está pasando.

Ella no respondió.

El primer beso ocurrió después de una larga discusión.

—No quiero seguir compartiéndote —dijo Samantha.

—No sé qué hacer.

—Elige.

—No puedo todavía.

Samantha la miró con intensidad.
—Entonces deja de venir.

Abril sintió miedo ante la idea.

—No quiero.

Samantha tomó su mano. La atrajo apenas. El silencio se volvió denso. Abril se inclinó primero.

El beso fue breve. Suave. Pero suficiente para romper algo definitivamente.

Abril se separó, respirando agitada.

—Esto está mal...

—Lo sé.

Pero no se alejaron.

Esa noche, Abril volvió a casa con el corazón acelerado. Juan dormía. Ella se metió en la cama con cuidado, pero no pudo conciliar el sueño. Sentía el beso aún en sus labios. La culpa era intensa, pero también lo era la necesidad.

Los días siguientes fueron más complicados. Los mensajes eran más frecuentes, más íntimos. Los encuentros más largos.

—No quiero que vuelvas con él hoy —dijo Samantha.

—Tengo que...

—No.

Abril dudó.

Esa fue la primera vez que se quedó más tiempo del que debía.

Cuando volvió, Juan estaba despierto.

—¿Dónde estabas?

—Con una amiga.

—No respondiste mis llamadas.

—Se me descargó el celular.

Juan la observó.

—No te creo.

El silencio se volvió pesado.

La infidelidad ya no era solo emocional. Y ambos lo sabían.

El matrimonio comenzaba a fracturarse de forma irreversible, aunque todavía nadie lo había dicho en voz alta.

Y mientras tanto, Samantha seguía sentada, tranquila, segura... como si ya conociera el final desde el principio.

La distancia dejó de ser algo sutil y se volvió visible en cada gesto cotidiano. Abril ya no regresaba directo a casa después del trabajo. A veces enviaba un mensaje corto avisando que llegaría tarde, otras ni siquiera eso. Juan comenzó a esperar menos, pero observar más. No hacía preguntas constantes, pero su mirada se detenía en detalles: el teléfono siempre en la mano, el anillo ausente, las respuestas cortas.

Una noche, estaban sentados en la sala. La televisión estaba encendida, pero ninguno prestaba atención. Abril escribía en su celular. Juan la miraba.

—Abril... —dijo finalmente.

—¿Sí?

—¿Estás conmigo?

Ella levantó la mirada apenas un segundo.
—Claro.

—No parece.

—Solo estoy cansada.

—Siempre estás cansada.

El silencio se hizo pesado. Abril volvió a mirar el celular. Juan apagó la televisión.

—No quiero pelear —continuó él—. Solo quiero entender.

Abril no respondió.

El mensaje que estaba escribiendo era simple.

"Hoy no puedo, está conmigo."

La respuesta llegó casi inmediata.

"Entonces sal."

Abril sintió el estómago encogerse.

"No puedo."

"Sí puedes."

Miró a Juan, sentado frente a ella, esperando algo que ella no podía darle.

Minutos después, se levantó.

—¿A dónde vas? —preguntó él.

—Necesito salir un rato.

—¿Ahora?

—Sí.

Juan respiró hondo.

—Abril... esto ya no se siente bien.

Ella no respondió. Tomó su bolso y salió.

Samantha estaba donde siempre. Sentada. Inmóvil. La luz tenue del lugar marcaba sus facciones con sombras suaves. No parecía sorprendida de verla.

—Tardaste —dijo.

—Estaba con él.

Samantha asintió, como si eso confirmara algo.

—No me gusta.

—Lo sé.

Abril se sentó frente a ella. Sus manos temblaban.

—Esto se está saliendo de control.

—No. Está tomando forma.

—Lo estoy lastimando.

—Ya lo hiciste.

La verdad fue directa, sin suavizar.

Abril bajó la mirada.

—No quiero ser así.

—Entonces elige.

Los encuentros se volvieron más físicos. No había prisa, pero la cercanía era evidente. Cada vez que Samantha tocaba su mano, Abril sentía una corriente recorrerle el cuerpo. Cada vez que se separaban, la sensación de vacío era más fuerte.

Una tarde, Samantha observó su mano.

—Sigues sin anillo.

—Sí.

—Me gusta.

Abril sonrió apenas.

En casa, Juan notaba todo.

—¿Por qué ya no usas el anillo? —preguntó otra vez.

—Te dije que me lastima.

—No es eso.

—Sí lo es.

—Abril...

Su voz se quebró ligeramente.

—¿Te arrepientes de casarte conmigo?

Ella tardó en responder.

—No.

Pero no sonó convincente.

La primera noche que no volvió fue decisiva. Samantha la había tomado de la muñeca cuando Abril miró la hora.

—No te vayas.

—Juan va a preocuparse.

—Déjalo.

—No puedo.

Samantha la miró con intensidad.

—Quédate.

Abril dudó. Pensó en Juan, en la casa, en la rutina. Pero también pensó en cómo se sentía ahí, en ese momento, en esa cercanía.

Y no se levantó.

Juan no durmió. La llamó varias veces. Envió mensajes. Ninguno fue respondido. Cuando Abril regresó al día siguiente, él estaba sentado en la sala.

—¿Dónde estabas?

—Con una amiga.

—No respondiste.

—Se me acabó la batería.

Juan la observó largo rato.

—No te creo.

El silencio fue pesado.

—¿Hay alguien más? —preguntó finalmente.

Abril sintió el corazón golpearle el pecho.

—No.

Otra mentira.

Pero Samantha no dejaba espacio para seguir posponiendo.

—No quiero que vuelvas con él.

—No puedo dejarlo así.

—Sí puedes.

—No entiendes.

—Sí entiendo. No quiero compartirte.

Abril sintió el peso de esas palabras.

Las discusiones con Juan se volvieron más frecuentes. No eran gritos, sino conversaciones tensas, cargadas de emociones contenidas.

—Te siento distante —dijo él.

—Estoy cansada.

—No es solo eso.

—Entonces qué.

—No sé... pero ya no eres la misma.

Abril guardó silencio.

Una tarde, Juan encontró su celular sobre la mesa. No lo revisó, pero la pantalla se iluminó con una notificación.

Un nombre.

Samantha.

Cuando Abril volvió a la sala, él la miraba.

—¿Quién es Samantha?

El aire se volvió pesado.

—Una amiga.

—Nunca la mencionaste.

—No es importante.

Juan asintió lentamente, pero su expresión cambió.

Esa noche, Abril fue directa con Samantha.

—Creo que ya sospecha.

—Entonces no tardará.

—No quiero que todo termine así.

—Ya terminó.

Abril la miró.

—¿Qué quieres de mí?

Samantha sostuvo su mirada.

—Que seas mía.

El silencio entre ellas fue largo.

Y en ese momento, Abril entendió que ya no había marcha atrás.

Los días siguientes fueron una tensión constante, como si todo estuviera a punto de romperse pero nadie quisiera dar el golpe final. Abril se movía por la casa con cuidado, midiendo cada palabra, cada gesto. Juan, por su parte, hablaba menos. Ya no preguntaba tanto, pero su silencio era más pesado que cualquier discusión.

Una mañana, desayunaban frente a frente. El sonido de la cafetera llenaba el espacio. Juan la observaba mientras ella revolvía su taza sin beber.

—¿Vas a salir hoy? —preguntó él.

—Sí.

—¿Con quién?

—Con... una amiga.

Juan asintió lentamente.

—¿Samantha?

Abril levantó la mirada.
—Sí.

—¿Desde cuándo son tan cercanas?

—Hace tiempo.

—Nunca me hablaste de ella.

—No pensé que fuera importante.

Juan dejó la taza sobre la mesa.

—Ahora sí lo es.

El silencio se hizo incómodo.

Samantha seguía esperando en el mismo lugar. Siempre sentada. Siempre tranquila. Como si no existiera prisa, como si supiera que el final era inevitable.

—Hablamos de ti —dijo Abril al sentarse.

—¿Y?

—Sospecha.

—Bien.

—¿Bien?

—Significa que estás más cerca.

Abril frunció el ceño.

—No me gusta esto.

—No tiene que gustarte. Solo tiene que pasar.

La cercanía entre ellas se volvió más intensa. Ya no había tanta conversación. A veces simplemente se quedaban en silencio, tomadas de la mano. Otras veces, los besos eran más largos, más inevitables.

Abril empezó a quedarse más tiempo del que debía. A veces apagaba el celular para no ver las llamadas de Juan. Cada vez que regresaba a casa, la culpa era más fuerte, pero también lo era la sensación de necesidad.

Una noche, Juan la esperaba en la sala.

—Necesitamos hablar.

Abril sintió el estómago encogerse.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros.

Se sentó frente a él.

—Dime la verdad —continuó—. ¿Hay alguien más?

Abril guardó silencio. Sus manos temblaban.

—No puedo seguir así —dijo Juan—. No sé si estás aquí o no.

Ella abrió la boca, pero no salió nada.

—Abril... —su voz se quebró—. Te amo, pero necesito saber.

El silencio fue devastador.

—Sí —susurró finalmente.

Juan se quedó inmóvil.

—¿Desde cuándo?

—Después de la boda.

La respiración de Juan se volvió pesada.

—¿Quién?

Abril cerró los ojos un segundo.
—Samantha.

Juan se recostó en el sofá, como si algo dentro de él se derrumbara lentamente.

—La mujer de negro...

Abril asintió.

No hubo gritos. No hubo drama exagerado. Solo un silencio lleno de dolor.

—¿La amas? —preguntó Juan.

Abril tardó en responder.

—Sí.

Juan respiró hondo.

—Entonces ya no hay nada que hacer.

Las palabras cayeron como un final inevitable.

Abril salió de la casa con lágrimas en los ojos. Sus manos temblaban. Cuando llegó con Samantha, apenas podía hablar.

—Se lo dije.

—¿Y?

—Terminó.

Samantha la observó con calma.

—Lo sabía.

Abril se sentó frente a ella, respirando agitadamente.

—Me siento terrible.

Samantha extendió la mano y tomó su rostro.

—Es normal.

—¿Y ahora?

Samantha la miró fijamente.

—Ahora sí puedo amarte aún más.

Abril cerró los ojos, sintiendo el peso de la decisión.

Las semanas posteriores al quiebre no trajeron alivio inmediato. Abril pensó que, al decir la verdad, algo dentro de ella se sentiría más ligero. Pero no fue así. La culpa seguía presente, más silenciosa, más profunda. La casa se había vuelto un lugar extraño, lleno de recuerdos recientes: tazas compartidas, fotos aún colgadas, el eco de conversaciones que ahora parecían pertenecer a otra vida.

Juan no le pidió que se fuera esa misma noche. Tampoco hubo reproches. Solo un acuerdo silencioso: hablarían del divorcio con calma. Esa calma, sin embargo, estaba llena de una tristeza espesa que hacía cada momento más difícil.

—¿Quieres que me vaya hoy? —preguntó Abril con la voz baja.

Juan negó suavemente.

—No... pero creo que será mejor pronto.

Ella asintió. No había nada más que decir.

Samantha seguía siendo el único lugar donde Abril sentía algo parecido a certeza. Cuando llegó esa tarde, estaba temblando.

—Se lo dije todo —murmuró.

—Lo sé —respondió Samantha.

—No gritó... no me reclamó... eso lo hace peor.

Samantha la observó sin apartar la mirada.

—Terminó.

—Sí.

—Entonces ya no tienes que mentir.

Abril respiró hondo, como si esa frase fuera más pesada de lo que parecía.

Los días siguientes fueron una mezcla de papeleo, conversaciones incómodas y silencios. Juan mantenía la distancia, pero no la trataba con frialdad. Eso hacía todo más doloroso.

Una tarde, mientras guardaba algunas cosas en una caja, Abril encontró el anillo. Lo sostuvo entre los dedos. La promesa aún parecía reciente.

Lo guardó sin decir nada.

Con Samantha, la relación se volvió más intensa. Ya no había secretos. Ya no había excusas. Pero también apareció algo nuevo: una posesividad más marcada.

—¿Ya hablaste con él hoy? —preguntó Samantha.

—Sí... por lo del divorcio.

—No me gusta que sigas hablando con él.

—Tenemos que hacerlo.

—No me gusta.

Abril sintió el peso de esas palabras, pero no respondió.

Una noche, Samantha tomó su mano con más fuerza de lo habitual.

—Ahora que todo terminó... no quiero perderte.

—No vas a perderme.

—No quiero compartirte con nadie.

Abril sintió un escalofrío.

—No hay nadie más.

Samantha asintió, pero no soltó su mano.

El proceso del divorcio avanzaba lento. Firmas, acuerdos, decisiones sobre cosas materiales. Cada encuentro con Juan era educado, pero distante. Había una tristeza silenciosa que ambos evitaban nombrar.

—Espero que seas feliz —dijo él una vez.

Abril no supo qué responder.

Con Samantha, la cercanía se volvió absoluta. Ya no había ese espacio de tensión inicial. Ahora todo era más directo, más intenso, más absorbente.

—Te esperé desde la boda —murmuró Samantha una tarde.

—Lo sé.

—Sabía que iba a pasar.

Abril la miró.

—¿Siempre lo supiste?

—Sí.

La certeza en su voz era inquietante y reconfortante al mismo tiempo.

Una noche, Abril sintió por primera vez que la historia se cerraba completamente. Había firmado los últimos papeles. El matrimonio había terminado oficialmente. No quedaba nada pendiente.

Cuando llegó con Samantha, sus ojos estaban húmedos.

—Ya terminó.

Samantha inclinó la cabeza.

—Entonces ya no hay nada entre tú y él.

—No.

Samantha tomó su rostro con suavidad.

—Ahora eres completamente mía.

Abril cerró los ojos.

No hubo necesidad de levantarse.
No hubo necesidad de correr.
Samantha había esperado, inmóvil, desde el principio.

Y cuando la promesa dijo "hasta que la muerte los separe"...
la muerte llegó, se sentó...
y nunca se fue.

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