"Recuerdos en sueรฑos" | Janex...

By __nvrmnd__

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By __nvrmnd__


"Los pasos lejanos"

𝓜𝓲 𝓹𝓪𝓭𝓻𝓮 𝓭𝓾𝓮𝓻𝓶𝓮.
𝓢𝓾 𝓼𝓮𝓶𝓫𝓵𝓪𝓷𝓽𝓮 𝓪𝓾𝓰𝓾𝓼𝓽𝓸𝓯𝓲𝓰𝓾𝓻𝓪 𝓾𝓷 𝓪𝓹𝓪𝓬𝓲𝓫𝓵𝓮 𝓬𝓸𝓻𝓪𝔃ó𝓷;𝓮𝓼𝓽á 𝓪𝓱𝓸𝓻𝓪 𝓽𝓪𝓷 𝓭𝓾𝓵𝓬𝓮…
𝓼𝓲 𝓱𝓪𝔂 𝓪𝓵𝓰𝓸 𝓮𝓷 é𝓵 𝓭𝓮 𝓪𝓶𝓪𝓻𝓰𝓸, 𝓼𝓮𝓻é 𝔂𝓸.𝓗𝓪𝔂 𝓼𝓸𝓵𝓮𝓭𝓪𝓭 𝓮𝓷 𝓮𝓵 𝓱𝓸𝓰𝓪𝓻; 𝓼𝓮 𝓻𝓮𝔃𝓪;𝔂 𝓷𝓸 𝓱𝓪𝔂 𝓷𝓸𝓽𝓲𝓬𝓲𝓪𝓼 𝓭𝓮 𝓵𝓸𝓼 𝓱𝓲𝓳𝓸𝓼 𝓱𝓸𝔂.
𝓜𝓲 𝓹𝓪𝓭𝓻𝓮 𝓼𝓮 𝓭𝓮𝓼𝓹𝓲𝓮𝓻𝓽𝓪, 𝓪𝓾𝓼𝓬𝓾𝓵𝓽𝓪𝓵𝓪 𝓱𝓾𝓲𝓭𝓪 𝓪 𝓔𝓰𝓲𝓹𝓽𝓸, 𝓮𝓵 𝓻𝓮𝓼𝓽𝓪ñ𝓪𝓷𝓽𝓮 𝓪𝓭𝓲ó𝓼.
𝓔𝓼𝓽á 𝓪𝓱𝓸𝓻𝓪 𝓽𝓪𝓷 𝓬𝓮𝓻𝓬𝓪;𝓼𝓲 𝓱𝓪𝔂 𝓪𝓵𝓰𝓸 𝓮𝓷 é𝓵 𝓭𝓮 𝓵𝓮𝓳𝓸𝓼, 𝓼𝓮𝓻é 𝔂𝓸.
𝓨 𝓶𝓲 𝓶𝓪𝓭𝓻𝓮 𝓹𝓪𝓼𝓮𝓪 𝓪𝓵𝓵á 𝓮𝓷 𝓵𝓸𝓼 𝓱𝓾𝓮𝓻𝓽𝓸𝓼,𝓼𝓪𝓫𝓸𝓻𝓮𝓪𝓷𝓭𝓸 𝓾𝓷 𝓼𝓪𝓫𝓸𝓻 𝔂𝓪 𝓼𝓲𝓷 𝓼𝓪𝓫𝓸𝓻.
𝓔𝓼𝓽á 𝓪𝓱𝓸𝓻𝓪 𝓽𝓪𝓷 𝓼𝓾𝓪𝓿𝓮,𝓽𝓪𝓷 𝓪𝓵𝓪, 𝓽𝓪𝓷 𝓼𝓪𝓵𝓲𝓭𝓪, 𝓽𝓪𝓷 𝓪𝓶𝓸𝓻.𝓗𝓪𝔂 𝓼𝓸𝓵𝓮𝓭𝓪𝓭 𝓮𝓷 𝓮𝓵 𝓱𝓸𝓰𝓪𝓻 𝓼𝓲𝓷 𝓫𝓾𝓵𝓵𝓪,𝓼𝓲𝓷 𝓷𝓸𝓽𝓲𝓬𝓲𝓪𝓼, 𝓼𝓲𝓷 𝓿𝓮𝓻𝓭𝓮, 𝓼𝓲𝓷 𝓷𝓲ñ𝓮𝔃.
𝓨 𝓼𝓲 𝓱𝓪𝔂 𝓪𝓵𝓰𝓸 𝓺𝓾𝓮𝓫𝓻𝓪𝓭𝓸 𝓮𝓷 𝓮𝓼𝓽𝓪 𝓽𝓪𝓻𝓭𝓮,𝔂 𝓺𝓾𝓮 𝓫𝓪𝓳𝓪 𝔂 𝓺𝓾𝓮 𝓬𝓻𝓾𝓳𝓮,𝓼𝓸𝓷 𝓭𝓸𝓼 𝓿𝓲𝓮𝓳𝓸𝓼 𝓬𝓪𝓶𝓲𝓷𝓸𝓼 𝓫𝓵𝓪𝓷𝓬𝓸𝓼, 𝓬𝓾𝓻𝓿𝓸𝓼.
𝓟𝓸𝓻 𝓮𝓵𝓵𝓸𝓼 𝓿𝓪 𝓶𝓲 𝓬𝓸𝓻𝓪𝔃ó𝓷 𝓪 𝓹𝓲𝓮.

- Cesar Vallejo.

El despertador no la sacó del sueño de golpe, primero se filtró en él, como un ruido lejano que no encajaba del todo.

Un pitido constante, molesto, que empezó a deformar las imágenes hasta romperlas.

Ella frunció el ceño antes de abrir los ojos, con la respiración todavía lenta, como si una parte de ella se negara a salir de ahí.

Cuando por fin reaccionó, estiró el brazo sin mirar y tanteó la mesa de luz hasta encontrar el celular; lo agarró con torpeza y apagó la alarma, dejando que el silencio volviera, pero no el mismo silencio.

La lluvia estaba ahí, presente.

Golpeando el techo con fuerza, continua, pesada.

El viento se colaba entre las rendijas, haciendo vibrar algo en la ventana.

Parpadeó varias veces, intentando acomodarse en la realidad, sintiendo todavía restos del sueño pegados al cuerpo, como una sensación que no terminaba de irse.

Su mano seguía apoyada sobre la sábana, apretando apenas la tela como si hubiera estado sosteniendo algo que ya no estaba.

Giró la cabeza.

La cortina se movía demasiado.

No era un movimiento suave, ni constante. Era irregular, más brusco, como si el aire estuviera entrando sin control.

Se incorporó despacio, apoyándose sobre un codo, y recién ahí lo vio bien.

La ventana estaba abierta. No apenas abierta, abierta de más con el vidrio desplazado en un ángulo que no coincidía con cómo lo había dejado la noche anterior.

Se quedó mirándola unos segundos, en silencio, con los ojos todavía pesados.

Algo no cerraba.

Pero tampoco tenía la energía para sostener ese pensamiento.

Se llevó una mano a la cara, frotándose los ojos, y soltó el aire por la nariz.

El frío ya se había metido en la habitación, se sentía en la piel, en la forma en la que el aire tocaba distinto.

Se levantó.

El piso estaba helado bajo sus pies descalzos, haciéndola tensarse apenas al primer contacto. Caminó hasta la ventana y la cerró con un movimiento firme, empujando hasta que encajó bien.

Probó el marco con la mano, asegurándose de que no se moviera.
Afuera, el viento siguió golpeando, pero ahora del otro lado.

Apoyó la frente contra el vidrio un segundo.

El frío le despejó un poco la cabeza.

Después se apartó.

No iba a pensar en eso.

No hoy.

Abrió el cajón de la cómoda sin mucho cuidado, el sonido seco de la madera acompañando el movimiento.

Metió la mano entre la ropa y sacó un jogging gris, de esos gastados en las rodillas con la tela suave por dentro.

Se lo puso despacio, subiéndolo por las piernas, acomodándolo en la cintura con un pequeño tirón del elástico. Después agarró un buzo negro, grande, más de lo que debería y se lo pasó por la cabeza.
El algodón le cubrió los hombros y parte de las manos, atrapando un poco del calor de su cuerpo, aislándola apenas del frío que todavía quedaba en el ambiente.

Se pasó los dedos por el cabello, intentando acomodarlo sin demasiado esfuerzo, separando algunos mechones enredados.

No se miró.

Salió de la habitación cerrando la puerta sin hacer ruido.

La cabaña estaba en silencio, ese silencio temprano donde nadie más está despierto todavía. El pasillo apenas tenía luz, gris, filtrada por el día nublado. El sonido de la lluvia era lo único constante.

Caminó directo a la cocina.

Encendió la luz y el espacio se iluminó de golpe, revelando la mesada limpia, los utensilios ordenados.

Se movió con automatismo, como si su cuerpo supiera qué hacer antes que su cabeza.

Prendió la hornalla, el gas saliendo con ese siseo breve antes del clic que encendió la llama. Puso la sartén encima y tomó la botella de aceite, vertiendo un poco.
El líquido se expandió lento, reflejando la luz, empezando a reaccionar con el calor.

Apoyó las manos en la mesada un segundo, inclinándose apenas hacia adelante, mirando cómo el aceite cambiaba.

Después se enderezó.

Caminó hasta la heladera, la abrió y el aire frío le golpeó la cara. Tomó los huevos con cuidado, sosteniéndolos contra el pecho mientras cerraba la puerta con la cadera.

Giró y chocó.


El impacto fue leve, pero cercano. Su frente quedó a la altura de un pecho firme, cálido.

El contacto fue tan inmediato que su cuerpo reaccionó antes que su mente, un reflejo viejo, automático, que no había desaparecido del todo.

Su padre.

La sensación le cruzó el pecho sin aviso.

Ese tipo de cercanía que significaba protección antes de significar otra cosa.

Alzó la mirada.

Y la realidad volvió.

Jeff.


Mirándola con una ceja apenas levantada, como si hubiera notado ese segundo de más, ese gesto que ella no pudo esconder del todo.

Frunció el ceño de inmediato, tensando la mandíbula.

—— Correte —— murmuró pasándolo de lado sin esperar respuesta.

Volvió a la hornalla.

Agarró un huevo y lo golpeó contra el borde de la sartén.
La cáscara se abrió y el contenido cayó sobre el aceite caliente con un sonido suave.
Otro y otro más.

Sus manos eran precisas, pero no relajadas.
Había una clase de tensión en la forma en la que sostenía cada huevo, en cómo los rompía.

Jeff no se fue.

Se había quedado ahí.

Apoyado contra la mesada, observándola en silencio.

Ella lo sentía sin mirarlo.

En la espalda.

En el aire.

Terminó de romper el último huevo y se quedó un segundo mirando la sartén, como si pudiera concentrarse solo en eso.

No pudo.

El sonido de pasos.

Cerca.

Una mano firme tomó su brazo y la giró.

Ella soltó el aire de golpe al quedar frente a él, el movimiento rompiendo cualquier intento de control que estaba sosteniendo.

El estaba demasiado cerca.

La miraba fijo silenciosamente recorriéndole la cara como si buscara algo específico.

El silencio se estiró.

—— ¿Qué mierda te pasa? —— dijo al fin, bajo, pero cargado——. Estás más rara, distante. ¿Qué carajo pasa ahora?

Ella sintió cómo todo lo que venía arrastrando se juntaba en el pecho.

El sueño.

La ventana.

El frío.

El recuerdo de su papá todavía fresco.

Y él ahí.

Lo empujó casi tirándolo.

Las manos contra su pecho, haciéndolo retroceder un paso.

—— Dejame en paz ——su voz salió más alta, quebrada.

Volvió a empujarlo una y otra vez.

Sus puños empezaron a golpear su pecho, sin orden, sin medida.

—— No te acerques, no te acerques más.

Jeff no respondió.

No la frenó.

Solo recibió, retrocediendo apenas.

—— ¡Vos…! —— La voz se le quebró —— ¡Vos los mataste!

El aire pareció frenarse.

—— ¡A mis papás! —— gritó, y las lágrimas empezaron a caer —— Por tu culpa no me vieron crecer.

Otro golpe.

Más débil.

—— ¡Por tu culpa no están acá conmigo!

Su respiración se volvió irregular, los hombros temblando.

—— Y yo los necesito ——eso salió más bajo, más roto.

Se quedó quieto, mirándola, sin decir nada. Algo en su expresión cambió apenas, algo que no era fácil de leer.

Ella seguía ahí, con los puños cerrados, llorando, sin poder frenar.

Él dio un paso atrás.

Después otro.

Y se fue.

La puerta de la cabaña se abrió con fuerza y el viento entró de golpe, la lluvia golpeando sin suavidad.

Él salió sin cubrirse, el agua empapándole el pelo, la ropa, resbalando por su cara. Sacó el celular del bolsillo, protegiéndolo con la mano, y escribió rápido.

"No dejes que Jane cocine."

Pausa.

"Está cansada. Va a salir horrible, la comida saldrá horrible".

Envió y guardó el celular.


Se quedó un segundo más bajo la lluvia, respirando hondo como si el frío pudiera ordenar algo adentro.

Pero no lo hizo.

Más tarde, la cabaña seguía envuelta en ese clima espeso que deja la lluvia cuando no da tregua.

El sonido constante contra el techo de chapa y los vidrios.

El almuerzo ya estaba servido cuando Jane apareció en la cocina, con el buzo negro grande cayéndole por los hombros y cubriéndole parte de las manos, el jogging gris arrugado en las rodillas por cómo se había sentado antes en la cama.

Nina estaba frente a la hornalla, moviendo una cuchara de madera dentro de una olla, el vapor subiendo y empañándole un poco la cara.

El olor era fuerte, caliente, casero, pero a Jane le resultaba demasiado.

Se quedó unos segundos apoyada en el marco de la puerta, con la espalda apenas recostada, mirando sin decir nada, como si estuviera evaluando si entrar o no.

Al final lo hizo, arrastrando una silla con un ruido suave contra el piso y sentándose sin hacer contacto visual con nadie.

El plato quedó frente a ella.

El vapor subía lento. Agarró el tenedor con la mano un poco floja, pinchó un pedazo pequeño y lo llevó a la boca. Masticó despacio.

El sabor estaba bien, pero su cuerpo reaccionaba distinto. Sintió cómo el estómago se le cerraba apenas como si rechazara lo que estaba intentando darle.

Tragó.

Se quedó quieta un segundo, con el tenedor suspendido en el aire.

Volvió a intentar. Esta vez un bocado más chico, casi simbólico.
Apenas lo terminó de masticar, apoyó el tenedor contra el plato, haciendo un ruido leve.

Se llevó una mano al abdomen por debajo del buzo, apretando apenas la tela, como si eso pudiera calmar esa sensación incómoda que le subía hasta el pecho.

—— No tengo hambre… ——murmuró, bajito, sin mirar a nadie.

No esperó respuesta.

Empujó la silla hacia atrás, esta vez un poco más rápido, y se levantó.

Sus zapatillas rozaron el piso mientras salía de la cocina, dejando atrás el calor y el olor.

El pasillo estaba más frío.

La luz gris de afuera entraba por las ventanas, apagando todo.

Ella caminó despacio con los hombros apenas encorvados, como si llevara algo encima que no se veía.

Al llegar a su habitación, giró el picaporte con cuidado y entró.

Cerró la puerta detrás de ella, apoyando la palma contra la madera un segundo, sintiendo la textura fría bajo la piel antes de soltarla.

Se quedó quieta ahí.

El sonido de la lluvia se escuchaba más claro.

Más cerca.

Se sacó las zapatillas sin agacharse del todo, usando un pie para empujar el talón del otro, dejándolas desordenadas cerca de la pared. Caminó hasta la cama y se dejó caer boca abajo, sin acomodarse primero, dejando que el cuerpo cayera pesado contra el colchón.

El buzo se le subió un poco en la espalda, dejando pasar el frío, y ella lo bajó con un movimiento lento de la mano, tironeando la tela hasta cubrirse otra vez.

Hundió la cara en la almohada, respirando el olor limpio mezclado con algo propio, algo que ya era suyo.

Cerró los ojos y ahí empezó a doler distinto.

No como un golpe.

Como algo que se abría.

El gimnasio apareció primero.
El ruido, el eco, los gritos de fondo.

Ella con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor, el cabello atado, las manos ardiendo.
El silbato sonando fuerte, cortando todo.
Un segundo donde el mundo se detenía.

Y después buscarlo.

Siempre buscarlo.

Entre la gente, más alto que muchos, aplaudiendo con las manos fuertes, con una sonrisa que parecía más grande que su cara.

—— Esa es mi Janey. ——gritaba, sin vergüenza.

Ella corría hacia él, los pasos rápidos, el corazón latiendo fuerte, y él la agarraba por los hombros, acercándola.

—— ¿Viste? ——decía ella, sin aire, con la voz entrecortada—— ¿Viste?

—— Siempre veo —— respondía él, inclinándose para quedar a su altura, apoyando la frente contra la suya —— Siempre.

El recuerdo se deslizaba hacia otro sin aviso.

La mesa del comedor, cubierta de hojas con números, cuentas mal borradas, marcas de lápiz. Ella sentada, inclinada sobre el papel, mordiéndose el labio.

—— No mires la respuesta —— decía él desde enfrente, con los brazos cruzados.

—— No estoy mirando.

—— Estás pensando en mirar.

Ella levantaba la cabeza, molesta.

—— No.

—— Sí.

Hubo un silencio puro

—— Bueno… capaz un poquito.

Él soltaba una risa corta, acercándose, apoyando la mano en su cabeza, despeinándola apenas.

—— Dale. Terminá sola. Vos podés.

Después el anuncio. El reconocimiento. Los aplausos.

Y él otra vez.

Siempre ahí.

Otra escena.
En el living. Música baja de fondo.

Ella frente a él con el uniforme de porrista, moviéndose incómoda.

—— ¿Y? ——preguntaba, esperando.

Él la miraba de arriba abajo, entrecerrando un poco los ojos.

—— Es corto.

—— Papá…

—— Muy corto.

Ella cruzaba los brazos, girando apenas.

—— Quedé en el equipo.

Un segundo de silencio.

Y después, la sonrisa.

—— Sabía que ibas a quedar.

Navidad.
Luces reflejadas en el vidrio.
Papel de regalo en el piso.

Ella sentada, abriendo un paquete rápido.

—— Más despacio —— decía él desde el sillón.

—— Nah.

—— Se va a romper.

—— No se va a romper.

El papel se rompía igual.

—— ¿Te gusta?

—— Me encanta.

Era un kit de maquillaje de Maybelline New York

—— Yo lo elegí, no tu mamá.

—— "Se nota"

La cocina.
Harina pegada en los dedos, azúcar en la mesada.

—— Así no ——decía él, agarrándole la muñeca con cuidado—— Mirá, más despacio.

—— Lo estoy haciendo bien.

—— lo estás haciendo rápido.

—— Es lo mismo.

—— No es lo mismo.

Se reían.

Probaban la mezcla.

——Está feo.

——Está perfecto.

—— Mentira.

—— Bueno… le falta azúcar.

—— Te dije.

El espejo.
Ella girando con una pollera corta.

——¿No es mucho?

Él apoyado en la puerta.

——Es corto.

—Papá…

—— Por lo menos, llevá un buzo.

Las lágrimas ya estaban saliendo cuando volvió al presente.

No hubo un momento exacto en que empezaron. Simplemente estaban ahí, mojando la almohada, corriéndole por la cara.

Apretó la tela con los dedos, arrugándola entre las manos.

Sabía.

Podía llorar todo lo que quisiera.

Que no iba a cambiar nada.

Que no lo iba a traer de vuelta.

El estómago se le revolvió más fuerte, haciéndola tensar el cuerpo contra el colchón.

Sintió cómo las ganas de vomitar subían, incómodas, pesadas, obligándola a respirar más profundo contra la almohada, intentando que bajaran.

No bajaban.

Se quedaban.

Entonces su cabeza se fue a otro lado.

A alguien más.

A Stanley.

A sus manos pequeñas agarrándole los dedos.

A su voz.

A cómo la miraba.

Y sin darse cuenta, empezó a pensar en que quizás podría ir a verlo, llevarle algo, algún juguete, alguna ropa, algo que eligiera ella misma.

Pensó en caminar por alguna tienda, mirar cosas pequeñas, elegirlas con cuidado.

Pensó en lo lejos que estaba, en New York con Mary y Jane Richardson cuidándolo.

Pensó en pedir permiso, en tener que explicarlo sin quebrarse.

Lo necesitaba.

Aunque no lo dijera en voz alta.

La ventana se abrió en algún momento, pero Jane no lo escuchó.

El viento movió la cortina, dejando entrar un poco más de frío, levantando apenas un mechón de su pelo.

Él ya estaba adentro cuando ella seguía acostada. La capucha le cubría parte del rostro, el buzo húmedo pegado al cuerpo por la lluvia.

Cerró la ventana con cuidado, empujándola hasta que encajó bien, revisando con la mano que no se moviera.

La miró.

Un segundo.

Dos segundos.

Se acercó.

Se sentó al borde de la cama, el colchón hundiéndose apenas bajo su peso.

Apoyó la mano en la espalda de Jane, sintiendo el leve temblor en su respiración.

Empezó a masajear.

Despacio.

Con presión y haciendola sentir tranquila.

Subiendo desde la parte baja de la espalda hasta los hombros, y bajando otra vez, marcando un ritmo constante, casi mecánico.

Elña supo que era él.

No necesitó verlo.

Pero no se apartó.

No tenía fuerzas.


La voz no era la de siempre.
Era más baja, más controlada, casi como si estuviera imitando algo que no le salía natural.

Ella cerró los ojos con más fuerza.

Otra lágrima salió.

El estómago seguía incómodo, pero el movimiento en su espalda empezó a calmar algo, muy de a poco.

Se dejó.

Pensó otra vez en Stanley.

En que iba a ir.

En que iba a comprarle algo.

En que necesitaba verlo.

El masaje siguió, constante, firme, hasta que la respiración de ella se fue acomodando, hasta que el cuerpo dejó de estar tan tenso, hasta que el cansancio terminó de caerle encima.






La luz era cálida, distinta.
La mesa estaba servida, los platos acomodados, el aire lleno de ese calor que solo existía ahí.

Su mamá.

Su papá.

Ella.

Y Jeff.

Sentado derecho, incómodo, intentando no desentonar.

El padre de ella lo miraba con una ceja levantada, evaluándolo sin disimulo.

—— ¿Y vos sos…? —— preguntó, dejando el tenedor.

—— Jeff —— respondió él, seco.

—— Ajá…

La madre de Jane sonreía de lado.

—— Es un amigo.

—— Claro…

—— ¿Y qué hacés?

—— Voy a la escuela.

—— Bien. Algo es algo.

Ella le daba una patada suave por debajo de la mesa.

—— Papá…

—— ¿Qué?

El ambiente se iba relajando de a poco.

—— ¿Te contó cuando se cayó jugando al vóley? —— decía el padre, mirando a Jeff.

—— Papá.

—— Se levantó como si nada, pero lloró después.

—— No lloré.

—— Lloraste.

Jeff sonreía apenas.

Después de cenar, se levantaba.

—— ¿Puedo lavar?

El padre alzaba más la ceja.

—— Mirá vos…

La madre aceptaba.

En la cocina, el agua corría. Jeff lavaba, Jane secaba, apoyando los platos en la mesada con cuidado.

—— Te odia —— murmuraba ella.

—— Lo sé.

—— No tanto.

—— Solo un poco.

Se miraban.

Se reían.

El padre aparecía detrás, todavía con el uniforme.

La abrazaba desde atrás, fuerte, seguro.

Ella cerraba los ojos, apoyándose en él.

Y desde ahí escuchaba cómo le sacaba la lengua a Jeff.

—— Es mía —— decía, moviendo los labios.

Jeff solo soltaba una risa.


La habitación tenue volvió.

La lluvia.
L

o gris.


Estaba tapada, el buzo acomodado y tenía entre los brazos un peluche mapache que apretaba contra el pecho sin haberse dado cuenta.

La ventana estaba cerrada.

Parpadeó.

No quiso pensar demasiado.

Soltó el peluche despacio, estiró el brazo hacia la mesa de luz, agarró el celular.

Lo desbloqueó y empezó a escribirle a Mary.


Estos 2 capítulos tardé 3 meses en terminamos. 3 meses, más allá por falta de ideas es porque SON MUY EXTENSOS

EU AIRBAG A VELEZ, más vale ir ehhh

Atte: __nvrmnd__

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