Cada vez que Camila salía de fiesta, Armando sentía una opresión en el pecho.
Betty siempre hablaba con él sobre que debía dejar que Cami hiciera su vida, que salga y viva la vida, pero él, aunque decía que comprendía, en el fondo no lo veía así.
Para él, Cami seguía siendo su bebé. La niña que le pedía trenzas con moños coloridos, a quien cuidó despierto noches enteras cuando se enfermaba cada vez, quien le dió el susto de su vida cuando se fracturó la muñeca y a quien iba corriendo hacia él siempre que salía del colegio.
Para él, la Cami que salía de fiesta era esa Cami chiquita.
Ahora, sus noches en vela se trataban de cuando Cami salía de fiesta, y hasta no saber que llegaba a casa, él no conciliaba un sueño reparador.
Pero que Betty estuviera más tranquila no significaba que no tuviera los mismos miedos.
La cuidó durante 9 meses en su vientre y 20 años enteros. Era su niña y obviamente sentía el mismo amor incalculable que Armando, era su mamá después de todo.
Pero ella quería ser la madre que no pudo tener por la intransigencia de su padre, ya que, nunca pudo salir de fiestas ni vestirse como ella deseaba. Todo era decidido por su padre.
Esa noche, no era diferente.
Era viernes a la noche y Armando no podía concentrarse en el libro que leía, revisaba sus notificaciones y nada. Todo parecía bien.
Betty, en cambio, como si de instinto maternal se tratara, empezó a inquietarse. Desde la habitación matrimonial empezó a llamar a su hija.
—Contesta, mi niña...— murmuró al teléfono que lo único que hacía era transmitir el sonido de llamada.
Sin respuesta.
5 llamadas más.
Sin respuesta.
Su preocupación se elevó y se la transmitió a Armando, que estaba en el living.
—Mi amor, Cami no me contesta y tengo un muy feo presentimiento— le dijo con su voz temblorosa y quebrada.
Armando de inmediato se acercó.
—Mi vida, a ver, respiremos, ¿si? Sabemos que muchas veces no contesta... Aún no son ni la 1 am... Por favor, ven y toma agua— le dijo, tratando de darle tranquilidad cuando a él mismo se lo estaba llevando la inquietud.
La noche estaba silenciosa, pero la inquietud de sus almas estaban gritando.
Armando empezó a caminar por toda la casa, agarró la campera de Camila y la abrazó oliendola, deseando que llegue de una vez y que no pase más que por un reto con ella.
Las llamadas siguieron sin respuesta alguna. Hasta que a las 2 am, el teléfono de Armando sonó.
—¡CAMILA!— gritó —¡MI AMOR! ¿ESTÁS BIEN?— gritó al teléfono.
—Papi, ven a donde dije que era la fiesta por favor, el carro no me funciona y no me puedo ir, luego te explico pero ven y rápido— dijo Camila sollozando.
—Ya vamos, mi amor, ya vamos. Quédate donde estás y espérame que ya estoy ahí.—
Con Betty salieron corriendo al lugar. Por suerte, siempre sabían el lugar de las fiestas, era una promesa que tenían con Camila.
Llegaron luego de 10 minutos eternos, encontrándola apoyada a su auto, con el pelo revuelto y el maquillaje corrido por el llanto. De inmediato se acercaron a ella y la abrazaron.
—Mi amor, ¿qué te pasó?— dijo Betty mientras la abrazaba fuertemente.
—Vámonos a casa, por favor, vámonos de aquí...— murmuró Camila aferrándose a su mamá.
—Camila, ¿Te hicieron algo? ¿Estás bien?— dijo Armando, mirando para adentro del lugar con furia.
—En casa les cuento, papi, pero por favor, vámonos de aquí...— le rogó a su papá.
Armando, al ver a su niña tan desvalida, le puso su campera a ella y la agarró de los hombros, dirigiéndola a su carro.
En el trayecto a casa no hablaban, solamente Camila respiraba tranquila abrazada fuertemente de su mamá que iba atrás con ella.
Armando la miraba por el espejo retrovisor y se juró que quien le haya hecho lo que sea las iba a pagar como fuera.
Al llegar a casa, Cami se sentó en el sillón con su mamá, no la soltaba. Seguía abrazada a ella.
Armando se sentó en la mesa de centro y agarrándole las manos con delicadeza, preguntó.
—Mi amor... ¿Qué pasó?
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La fiesta estaba siendo muy buena. El boliche seleccionado por su grupo de amigas no era su favorito pero por estar con ellas, aceptaba cualquier plan.
La música no le gustaba tanto pero estaba feliz, solo se pidió un trago con poco alcohol y nada más, siempre se moderaba cuando de manejar se trataba.
Cuando está moviéndose al ritmo de la música, un chico tropieza con ella.
—¡Disculpa! No era mi intención... —dijo el joven, aparentando pena.
—No pasa nada, es normal, aquí parecemos sardinas enlatadas ojojoj— dijo Cami jovial.
A partir de ahí, el joven no se separó de Camila y empezaron a hablar de temas triviales con ella y el grupo de amigas de ella.
Todo parecía ir bien, un encuentro accidentado que pareciera que significaba casualidad y buenas vibras.
—¡Oh! Me gusta esta canción, ven a bailar conmigo, Cami...— la invitó.
Ella no quiso aceptar, por lo general, no aceptaba bailar con tipos desconocidos. Pero a insistencia de sus amigas, aceptó.
Mientras bailaban, él le agarró de la muñeca.
—Oye, ¿qué haces?— le dijo Cami, enojada.
—Vámonos a un lugar más privado, este lugar ya me abrumó...— dijo con picardía.
—Si te quieres ir tú está bien, pero yo —se suelta— no voy contigo a ningún lado.
El tipo, al verse rechazado, la agarra con más fuerza de la muñeca y la arrastra a una parte oscura.
—A mí nadie me rechaza... Estás buenísima y una pasada por mi cama tendrás...— le dijo el tipo con un tono de voz amenazante.
Camila trató de zafarse pero mientras más fuerza hacía por escapar, era peor.
El tipo le agarró del cabello y le dijo.
—Quédate quieta... Vamos... Afloja...—
Pero como si de un ángel se tratara, apareció otro tipo.
—Oye, ¿qué haces? ¿No te enseñaron que si las mujeres no quieren, NO QUIEREN?
El tipo se puso a discutir con esa persona y Cami aprovechó para huír. Al regresar con su grupo de amigas se dió cuenta que nadie notó su ausencia. Desesperada, agarró sus cosas y salió, llamando a sus papás.
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Cuando Cami terminó de relatarles a sus padres esa noche...
—Y yo tenía miedo, no quería nada con ese tipo, pero tenía pinta de que lo intentaría todo... Y el miedo que pasé fue uno nunca experimentado... Ni siquiera atiné a gritar... Nada... Estaba paralizada... Y tal vez haya sido por cómo voy vestida... —dijo culpándose de algo que no era su culpa.
—Hija...— Armando le agarró las mejillas haciendo que lo mire— Nada de esto fue tu culpa, nada. El único culpa le aquí fue ese tipo, que te juro por mi vida que son ustedes dos, que lo encontraré y haré que pague, para que ninguna mujer sufra lo que acabas de sufrir. Yo siempre te protegeré, y me culparé cada vez que te hagan daño porque sentiré que no cumplí mi deber... Pero quiero que sepas que siempre tendrás tu lugar seguro en nosotros... No hay amistad, pareja ni conocido que te ame con la misma magnitud o más que como te amamos con mamá. Eres nuestra bebé, nuestro tesoro más sagrado... Y tú estarás siempre por arriba de todo, de cualquier reunión, contrato o desfile. Tú eres mi prioridad en la vida y deseo que lo sientas.
—Mi amor, tienes que saber que nunca nada de lo que te pase sin que tú quieras será tu culpa. Acá, en casa, siempre estarás a salvo de todo y todos. Con papá siempre hemos tratado de protegerte, y si algún día te lastiman, aquí estaremos nosotros, para abrazarte, mimarte y estar para tí, ¿si?— le dijo Betty agarrandole la mano.
Cami se emocionó y abrazó fuertemente a su papá, invitando a su mamá al abrazo con una mano. En ese abrazo, ella se sintió a salvo y amada.
—Amo tanto tenerlos como padres, son los mejores que pude haber tenido...— susurró en el cuello de ambos, ya que ella estaba en el medio.
Luego de un momento, ella se yergue y los mira con su mirada de cuando pide algo.
—¿Esta noche puedo dormir con ustedes? ¡Prometo no pegarles dormida!
—Aunque me pegues como cuando eras chiquita, siempre puedes dormir con nosotros...— le dijo Armando.
Los tres fueron a la habitación matrimonial y ella en medio, abrazada de su padre, se durmió tranquila, sabiendo que en casa, con sus padres, nunca le pasaría nada.
Porque papás como Armando y Betty, eran escasos, y ella era afortunada de tenerlos.
FIN