lágrimas de angel /2.0

By Shinseikami

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está es una versión diferente s la anterior aquí HIROKI está muerto y algo más tomo el control que le deparar... More

capitulo 1

prólogo

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By Shinseikami

(nota;una disculpa por abandonar lágrimas de angel había eliminado la aplicación y no recordaba que tenía una historia bueno eso ya no importa aquí les traigo una nueva diferente espero les guste y rezen que no la abandone).

La mansión de los Tachibana se alzaba imponente bajo el cielo gris de la tarde, sus ventanas iluminadas apenas capaces de ocultar lo que ocurría dentro. Desde afuera, cualquier vecino que pasara podría escuchar risas crueles, gemidos exagerados y, entre todo ese ruido, un nombre repetido una y otra vez como si fuera un insulto.
Hiroki.
En uno de los cuartos del piso superior, sobre una cama demasiado grande para él, yacía un chico de cabello rubio, delgado hasta los huesos, con heridas frescas marcadas en su piel. Tenía los ojos cerrados, pero no dormía. Simplemente había aprendido que era mejor no ver.
A varios kilómetros de ahí, en una casa amplia pero sin pretensiones, la sala principal respiraba una tensión distinta.
Eran al menos doce personas. Algunos sentados en los sillones, otros de pie junto a las paredes, todos mirando hacia el centro de la habitación donde la abuela Morí permanecía con los ojos cerrados, las manos sobre el regazo, inmóvil como si estuviera esperando que el silencio se rindiera primero.
La abuela Morí no necesitaba hablar para imponer su presencia.
Fue un hombre de mediana edad quien rompió primero:
— ¿Por qué nos llamó la abuela? No dijo nada por teléfono. — Su voz cargaba más impaciencia que preocupación real.
Una mujer a su lado cruzó los brazos.
— Evidentemente es algo importante. — Hizo una pausa y miró hacia la puerta de entrada. — Oye, ¿y dónde están Kaede y Mia? No las he visto llegar.
El ambiente cambió de golpe. Fue como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno invierno.
Un hombre más joven, corpulento, con la mandíbula apretada, soltó una carcajada sin humor.
— Es mejor que esas putas no aparezcan por aquí. Ya no son parte de esta familia. No después de todo lo que han estado haciendo.
Nadie lo contradijo.
Desde el otro lado de la sala, un hombre de mayor edad negó con la cabeza, la mirada baja.
— Es una vergüenza. Una vergüenza para el apellido Morí. Faltarle el respeto a Koichi de esa manera... — Hizo una pausa cargada. — Y lo que le están haciendo a su hija tampoco tiene nombre.
— Y Mia igual. — Una mujer de cabello oscuro y voz afilada habló desde su silla sin molestarse en levantar la vista. — En vez de ayudar a nuestro sobrino, hace exactamente lo contrario. Como si le disfrutara. Una vergüenza completa.
Las voces comenzaron a superponerse. El tono subió. Las palabras se volvieron más duras, más directas, porque dentro de esa sala no había secretos: todos sabían lo que Kaede y Mia llevaban meses haciendo. Todos sabían lo que les estaban permitiendo hacer a sus hijas y a las demás.
Y todos sabían el nombre del que pagaba las consecuencias.
Hiroki.
La abuela abrió los ojos y levantó la mano. El ruido murió de inmediato.
Sus ojos oscuros recorrieron la sala sin prisa, tocando a cada persona como si les estuviera leyendo algo escrito en la frente. Cuando habló, su voz era baja, casi suave, pero nadie en esa habitación habría osado no escucharla.
— Ya hablaron suficiente. — Hizo una pausa. — Ahora escúchenme a mí. Lo que hicieron Kaede y Mia es imperdonable, pero aún no es el momento. Hiroki todavía no está listo —
Su voz se detuvo abruptamente. La sala entera se tensó.
— Abuela, ¿está todo bien? — dijo la mujer de cabello oscuro, inclinándose hacia adelante.
El hombre joven dio un paso al frente instintivamente, pero un hombre mayor levantó la mano deteniéndolo antes de que pudiera acercarse.
— Todos tranquilos. Esto es normal. — Lo dijo con una gran sonrisa, y varios otros en la sala asintieron con la misma expresión serena, como si supieran algo que los demás no.
— ¿Normal? — repitió la mujer de cabello oscuro con el ceño fruncido. — ¿De qué manera es normal que la abuela se detenga de repente en medio de una frase?
Varias voces comenzaron a elevarse al mismo tiempo, pero la abuela levantó la mano una vez más y el silencio volvió a caer como una piedra.
— Como iba diciendo... — retomó ella, con la misma calma de antes, como si nada hubiera ocurrido. — Lo de Kaede y Mia es imperdonable. Y yo, como patriarca actual del clan Morí, asumo esa responsabilidad desde el fallecimiento de Koichi, quien era el patriarca reconocido  como todos ustedes saben.
Hizo una pausa breve, dejando que el peso del nombre de Koichi se asentara en la habitación.
— Muchos de ustedes, mis hijos, han estado esperando su momento. Esperando la posibilidad de ser cabeza de familia. — Sus ojos se movieron despacio por la sala, sin acusar a nadie en particular, pero sin perdonar a nadie tampoco. — Sin embargo, como saben, nuestra familia tiene un don que pocos comprenden desde afuera. Podemos hablar con los fantasmas del clan. Podemos comunicarnos con ellos, y ellos nos revelan lo que está por venir. — Hizo una pausa para respirar. — Créanme cuando les digo que lo que se acerca será algo importante. Algo que cambiará muchas cosas.
El silencio que siguió era diferente al anterior. Ya no era el silencio del miedo, sino el de la expectativa.
Fue entonces cuando el hombre más joven levantó la mano con respeto.
— Adelante — dijo la abuela.
Él tragó saliva antes de hablar.
— Entonces, abuela... ¿por qué estamos reunidos exactamente? ¿Qué tienen que ver los fantasmas del clan con todo esto? ¿Con Kaede, con Mia... con Hiroki?
La abuela lo miró fijamente durante un momento que pareció durar demasiado.
Luego, por primera vez desde que había abierto los ojos, esbozó algo parecido a una sonrisa.
— Porque uno de ellos quiere hablar. — dijo en voz baja. — Y ese fantasma... es Koichi.

El nombre de Koichi cayó en la sala como una piedra en agua quieta.

Nadie habló. Nadie se movió. Hasta los que estaban de pie parecieron volverse más pesados de repente.

Fue la mujer de cabello oscuro quien rompió primero el silencio, y esta vez su voz afilada había perdido casi todo el filo.

— ¿El abuelo Koichi... quiere hablar? — dijo despacio, como si pronunciar las palabras en voz alta las hiciera más reales y eso le diera miedo.

— Así es. — La abuela no apartó los ojos de la sala. — Lleva tiempo intentando comunicarse. Lo supe hace semanas. Esperé el momento correcto para reunirlos a todos.

El hombre mayor que había detenido al joven antes asintió lentamente, sin sorpresa en el rostro.

— Por eso dijiste que era normal — murmuró el hombre joven mirándolo. — Ya sabías.

— Algunos de nosotros lo sabíamos — respondió el mayor con calma. — Los que hemos mantenido vivo el vínculo con el clan.

Eso encendió murmullos en distintas partes de la sala. La abuela dejó que duraran exactamente tres segundos antes de volver a alzar la mano.

Silencio.

— Koichi no se comunica para hablar del pasado — continuó ella. — Se comunica porque lo que está ocurriendo ahora, lo que le están haciendo a Hiroki, ha llegado hasta donde él está. — Su voz bajó apenas un tono. — Y porque hay algo que viene. Algo que ninguno de ustedes espera.

El hombre joven que había hecho la pregunta anterior abrió la boca, la cerró, y la volvió a abrir.

— ¿Cuándo va a hablar el abuelo?

La abuela cerró los ojos.

— Ahora.

La temperatura de la sala pareció caer varios grados de golpe. Algunas personas se abrazaron a sí mismas sin darse cuenta. La luz de las lámparas no cambió, pero algo en el ambiente se volvió distinto, más denso, como si el aire tuviera más peso que antes.

Entonces la abuela habló, pero su voz ya no era del todo suya.

Era más grave. Más lenta. Con un peso que no venía de este lado.

— Mis hijos...

Varios en la sala contuvieron el aliento. Los que conocían esa voz cerraron los ojos. Los que no, no pudieron apartar la mirada.

— Lo que le han hecho a Hiroki no quedará sin respuesta. — Una pausa larga, como si las palabras costaran esfuerzo atravesar la distancia entre mundos. — Pero el Hiroki que conocen ya no está solo. Algo llegó. Algo que viene de muy lejos... y que despertará pronto.

La sala entera esperó.

— Cuídenlo. — La voz se fue apagando como una llama contra el viento. — Cuando abra los ojos... no lo asusten.

Y entonces la abuela exhaló despacio, sus hombros se relajaron, y volvió a ser ella sola.

Nadie habló durante un momento muy largo.

Hasta que desde el fondo de la sala, casi en un susurro, una voz preguntó lo que todos estaban pensando:

— ¿Qué quiso decir con que algo llegó?

La abuela abrió los ojos. Esta vez sí había algo diferente en ellos. Algo que parecía esperanza mezclada con una precaución muy antigua.

— Significa — dijo en voz baja — que esta noche alguien va a despertar en la mansión Tachibana.

Una mujer algo más alta que la mayoría se adelantó un paso. Su voz era firme pero cargaba algo adentro, algo viejo y oscuro que conocía bien el nombre que estaba a punto de pronunciar.
— Entonces, abuela... ¿mi sobrino será peor que Koichi?
No era exactamente una pregunta. Era más el peso de un recuerdo que no había terminado de hundirse.
Porque ella lo recordaba. Recordaba a su hermano mayor con una claridad que nunca había podido borrar por más que lo intentara. Koichi no era recordado por su bondad ni por su generosidad. Era recordado por su frialdad absoluta, por la manera en que tomaba decisiones que otros no podían ni imaginar.
Incluso había asesinado a dos de sus propias hermanas. Sin rabia. Sin dudarlo. Simplemente porque habían caído ante la tentación y él consideró que eso no tenía solución.
Lo hizo y siguió adelante como si nada.
Hubo un silencio breve pero denso después de sus palabras.
La abuela no respondió de inmediato. Solamente miraba al frente, con esa expresión que no era exactamente paz sino algo más parecido a la certeza. La sensación de frío en la sala aumentó de golpe, y entonces varias personas lo notaron al mismo tiempo.
En una esquina de la habitación, donde la luz no llegaba bien, había una silueta.
Inmóvil. Con una mirada que atravesaba la distancia sin esfuerzo.
Varias personas retrocedieron un paso instintivamente. Algunas se tensaron tanto que el miedo era visible en sus cuerpos aunque ninguna gritara.
La abuela sonrió.
No era una sonrisa cálida.
— Así es. — dijo sin apartar los ojos del frente. — Este nieto mío es exactamente lo que esta familia necesita. Después de que el gobierno nos dio la espalda, después de que las industrias a las que les tendimos la mano nos traicionaron una por una... — Hizo una pausa calculada. — Ha llegado el momento de que el gobierno japonés recuerde lo que significa tener al clan Morí como enemigo. Serán maldecidos.
Lo dijo con una sonrisa grande, tranquila, sin ningún rastro de duda.
Y en la esquina, la silueta pareció satisfecha.

La mansión Tachibana estaba en silencio cuando ocurrió.
No el silencio de la paz. El silencio de después, cuando todo el ruido y las risas crueles ya habían terminado y solo quedaba la oscuridad y el olor a madera antigua.
Sobre la cama, el cuerpo de Hiroki se sacudió levemente.
Y entonces abrió los ojos.
Fueron respiraciones primero. Profundas, desesperadas, como alguien que acaba de salir del agua a la fuerza. El pecho subiendo y bajando sin control mientras el techo de la habitación se enfocaba poco a poco.
— Carajos... ¿qué me pasó?
La voz le salió rasposa, casi rota. Se quedó quieto unos segundos intentando ordenar los pensamientos, pero lo primero que registró su mente no fue el cuarto desconocido ni la oscuridad a su alrededor.
Fue el dolor.
— ¿Por qué me duele todo el cuerpo? Estaba a punto de tomar un vuelo y de repente... a—
Cerró los ojos con fuerza. Apretó los dientes.
Se levantó de todas formas.
Sus piernas respondieron aunque protestaron en cada movimiento. Caminó automáticamente hacia donde algo en el cuerpo parecía saber que estaba el baño, como si los músculos recordaran una rutina que su mente todavía no terminaba de procesar.
Empujó la puerta.
Encontró el espejo.
Y se detuvo.
Se miró durante un momento que no supo cuánto duró. Los ojos recorrieron cada detalle del reflejo sin poder hacer nada más que quedarse ahí parado, asimilando.
Un chico joven. Demasiado joven. Cabello rubio despeinado. Piel con marcas que no tenían nada de accidentales. Ojeras profundas. Un cuerpo que claramente llevaba semanas sin comer bien ni descansar de verdad.
— Pero... ¿qué mierda?
Lo dijo en voz alta con la voz que pudo, que no era mucha, porque hasta hablar le costaba con ese dolor repartiéndose por todo el cuerpo como corriente eléctrica.
— ¿Por qué soy tan joven? ¿Y por qué estoy tan herido?
Se aferró al borde del lavabo con ambas manos. Inclinó la cabeza.
— Mierda... qué dolor de cabeza.
Y entonces comenzaron a llegar. Fragmentos primero, imágenes sueltas después, y luego todo junto de golpe como un archivo descargándose a la fuerza dentro de su mente.
Recuerdos que no eran suyos.
Pero que ahora lo eran.

— Puta madre... me debes estar jodiendo.

Lo dijo al espejo. Al reflejo que era suyo pero no era suyo.

Procesó los recuerdos otro momento más. La jefa. La prometida obligada. La mujer por la que Hiroki se había partido el lomo intentando caerle bien y que lo había despreciado en todo momento.

Bufó.

— Bueno... hay que admitir que no está nada mal. — Hizo una pausa. — Pero igual, puta madre. Y encima ya se acostó con ese bastardo.

Se quedó mirando el reflejo unos segundos más.

— Aunque no importa. — Una sonrisa lenta, sin humor. — Jajaja... no importa para nada.

Salió del baño con cuidado. Cada paso era un recordatorio de lo mal que estaba el cuerpo. Se dejó caer sobre la cama con un quejido que intentó suprimir y no pudo.

— Por los recuerdos de este cuerpo está claro que no soy bienvenido aquí. — Miró el techo. — Y si no recuerdo mal hay una fiesta la próxima semana. Cumpleaños de la supuesta esposa.

Cerró los ojos un momento.

— Ni me interesa. Pérdida de tiempo total.

Estiró el brazo hacia donde encontró un teléfono sobre la mesita. Lo desbloqueó automáticamente, los dedos del cuerpo sabían el patrón solos.

— Bueno. Veamos qué tiene este mundo. Música, juegos... me pregunto si hay rap de anime, si hay algo decente por lo menos.

Empezó a buscar.

Pasaron los minutos.

Su expresión fue cayendo poco a poco.

— Qué mierda de música.

Siguió buscando.

— Qué mierda de juegos.

Más búsquedas.

— Hasta las películas... no mames.

Se sentó en la cama a pesar del dolor, porque lo que estaba viendo requería estar erguido para procesarlo con la indignación que merecía.

— Los raps están peor que todo lo demás. ¿Qué le pasó a mi William Afton? — Frunció el ceño leyendo. — Nunca pensé que estaría aquí pero sí está, al menos eso... pero espera.

Leyó más despacio.

— ¿La Mordida del 81? ¿Qué es esto... la *Salvada* del 81? — Parpadeó. — Una historia de amor de una familia. — Otra pausa larga. — Vete a la verga.

Siguió scrolleando con la expresión de alguien que está presenciando algo que no debería existir.

— ¿Y este rap coral? ¿De *amor*? No mames.

Buscó a Miles Morales con la última esperanza que le quedaba.

La encontró.

La leyó.

— *Protegiendo el multiverso.* — Repitió las palabras en voz baja como si no terminara de creerlas. — ¿Dónde está mi persecución? ¿Dónde está el caos? ¿Dónde está todo lo que hacía buena esa historia?

Soltó el teléfono sobre la cama y se quedó mirando el techo con los brazos abiertos como alguien que acaba de recibir una noticia muy mala.

— Este universo le quitó los dientes a todo.

Silencio.

— Bueno. — Se acomodó despacio, con cuidado de no presionar las heridas. — Habrá que ver qué más hay. Mañana cuando este cuerpo deje de doler tanto empiezo a explorar en serio.

Cerró los ojos.

Pero justo antes de que el sueño lo alcanzara, algo cruzó por su mente. Un detalle de los recuerdos de Hiroki que todavía no había procesado del todo.

Un restaurante. No muy lejos de la mansión.

Sonrió solo, con los ojos cerrados.

— Al menos eso sí está.

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