Polaris Black era una niña de 11 años de tez pálida y pelo negro pero unos ojos azules que la hacían irreconocible. Por fuera podía parecer una niña normal, como cualquier otra, tímida que se escondía tras la silueta de su padre cada que tenía la oportunidad, pero no era un secreto lo que aquella simple niña podía hacer.
La legeremancia era algo que había heredado, según decía su padre, de algún antepasado de su madre y que, inexplicablemente, se había presentado en ella bien como bendición o bien como castigo. Los pensamientos de todos entraban en su cabeza, pero a su corta edad no era capaz de controlar lo que escuchaba, por lo que los lugares multitudinarios siempre fueron su mayor miedo.
Polaris, a pesar de no poder controlar su legeremancia, vivía feliz junto a su padre Regulus en Grimmauld Place, más específicamente en el número 12, en una casa que había pertenecido durante generaciones a la familia Black. Era donde se había criado su padre junto a sus padres y su hermano, y aún allí se encontraba el retrato de su difunta abuela, dando voces por toda la casa, y el árbol genealógico Black con algunas caras destrozadas por considerarlos "traidores a la sangre".
Su abuela era una mujer dura, muy crítica con Polaris, que odiaba a los muggles, a los nacidos de muggles y a los mestizos. Aún en vida, rechazaba las acciones del Ministerio de Magia y del propio Dumbledore por permitir a los nacidos de muggles asistir a Hogwarts pero, aunque su padre le diera la razón, Polaris sabía que no estaba de acuerdo con ella.
Su padre era su persona favorita. Aunque era un hombre serio con el resto de la gente, así como toda su familia, Regulus Black vivía por y para su hija. Le hacía todos los domingos sin excepción esas galletas de pepitas de chocolate que tanto le gustaban, le enseñaba a jugar al quidditch en el jardín y siempre estuvo ahí para consolarla. Intentando ayudar a su hija a controlar su poder, había leído todos los libros de su biblioteca familiar, aunque no le gustaba leer, había traído a legeremantes de todo Gran Bretaña para ayudarla y su padrino, Severus Snape, le ayudaba a controlarla.
Era una noche oscura de agosto cuando Regulus se encontraba sentado en la cocina leyendo un pesado libro antiguo sobre legeremancia mientras Kreacher fregaba el suelo con avidez.
Regulus leía un párrafo tras otro sin entender realmente nada cuando escuchó unos pequeños pasos bajar las escaleras. Polaris se asomó por el marco de la puerta con su pijama y sus pies descalzos, llamando la atención de su padre.
- ¿Otra pesadilla?- preguntó Regulus a su hija.
- Sí...- respondió ella bajando la cabeza.
- Ven aquí, Poly.- dijo su padre abriendo sus padres para que Polaris se escurriera en ellos y así abrazarla.- ¿Mejor?
Polaris asintió, pero no pudo evitar escuchar los pensamientos de su padre.
- Espero que Dumbledore pueda ayudarla a controlarlo, porque ya no sé que más hacer.
- ¿Qué haces?- preguntó Polaris, intentando ocultar su expresión al conocer los pensamientos del adulto y curiosa al ver el gran libro.
- Intento comprender tu cabeza antes de que te vayas. Tu padrino lo encontró en Hogwarts,- dijo Regulus señalando el libro.- aunque él cree que estás preparada.
- Y-yo... No lo sé.- dijo tartamudeando.
- Lo harás bien, lo tengo claro. Además, Severus cuidará de ti en Hogwarts y seguiréis practicando.
- ¿Y si me va mal en las clases? ¿O no hago amigos? ¿O...?
- Polaris.- dijo su padre poniéndole las manos en los hombros para tranquilizarla.- Eres una niña inteligente, amable, generosa y sincera, entre otras muchas cosas, y no lo digo porque sea tu padre, sino porque sé que cualquier niño querría ser tu amigo.- explicó Regulus acariciándole el pelo.- Además, te pasas el día leyendo, creo que no tendrás ningún problema para estudiar. Y ahora a dormir, que mañana es tu último día en casa.
Regulus le dio un beso en la cabeza a su hija y le hizo una seña a Kreacher para que la acompañara arriba. El elfo le agarró la mano a la niña y la condujo escaleras arriba hasta su habitación en el segundo piso.
- Kreacher...- dijo Polaris bostezando mientras el elfo la arropaba.
- ¿Si, ama Polaris?- preguntó el viejo elfo.
- Te echaré de menos cuando esté en el colegio.- confesó la pelinegra cerrando los ojos.
- Yo a usted también, ama Polaris.
El 1 de septiembre, Polaris caminaba junto a su padre hasta el andén 9 y 3/4 para que cogiera por primera vez el tren a Hogwarts mientras empujaba un carrito con los baúles de la niña.
Ambos caminaban a paso apresurado por la estación cuando un mago se chocó contra Polaris al caminar apresurado sin tan siquiera fijarse en su camino.
Mientras Polaris se sobaba el brazo con el que el hombre se había chocado, aquel mago se dio la vuelta para protestar, girando sobre sus talones, con un dedo en alto listo para quejarse de la torpeza de la pelinegra cuando sus ojos se encontraron con los de Regulus.
- ¿Algo que decir?- dijo serio Regulus mirando al hombre, al que le cambio la expresión de golpe.
- Señor Black.... No, claro que no. Que tengan un buen día.- dijo el hombre volviendo a darse la vuelta y siguiendo su camino con un paso aún más acelerado.
Los dos vieron al hombre desaparecer en la distancia hasta que su padre se giró hacia ella.
- Poly, prométeme que si pasa algo me escribirás de inmediato,- le dijo su padre.- no quiero que te agobies.
- Sí papá, lo sé. Intentaré los trucos que hemos practicado, no pasará nada malo. Y sino, ¿qué mejor sitio hay que Hogwarts con el profesor Dumbledore?
- Te echaré de menos.- le dijo dándole un abrazo.
- Yo a ti también, papá.- le respondió, mientras que sonaba el último aviso del tren. - Debo irme ya. Nos vemos en Navidad.
Así, Polaris subió al tren y se sentó en un vagón que estaba vacío y silencioso salvo por el ruido proveniente de fuera del compartimento. De repente la puerta se abrió de golpe.
- Entra Fred, que aquí hay sitio.- dijo un niño pelirrojo y alto a otro idéntico a él.- Ah, hola, no te había visto. ¿Te importa si mi hermano y yo nos sentamos?
- No, sentaros.- respondió Polaris tímida como de costumbre. Polaris no habló y el silencio invadió el compartimento por completo, aunque no duró mucho.
- Soy Fred, Fred Weasley, y este es mi hermano George. ¿Tú eres...?- dijo uno de los hermanos sentándose en el asiento, al lado de su hermano y en frente de Polaris.
- Polaris Black, encantada. - le respondió ella tímidamente toqueteándose el pelo.
- ¿Tú en que casa quieres estar? Nosotros iremos a Gryffindor, como todos nuestros hermanos.- dijo de nuevo uno de los gemelos, en este caso George.
- Tenemos 3 hermanos mayores en Gryffindor.- comentó ahora Fred.
- Y dos pequeños que aún no han entrado a Hogwarts.- completó esta vez de nuevo George.
Estaba claro que esos dos niños más allá de ser gemelos eran la misma gota de agua. Eran idénticos, pero había algo que los distinguía, pero no sabía él que. Estaba claro que no se aburrían el uno con el otro.
- Pues no lo sé, no lo he pensado mucho. Toda mi familia ha estado en Slytherin así que supongo que iré ahí.
- ¿Pero tú en cual quieres estar?- preguntó George y Polaris permaneció unos segundos pensativa. Aún no se había hecho aquella pregunta, simplemente había supuesto la respuesta.
- Supongo que... Ravenclaw es la que creo que más encaja conmigo.
- ¡Qué raro! Una Black hablando con nosotros sin llamarnos traidores, eso sí que es una sorpresa.- apareció en la mente de Polaris de manera clara. Eran los pensamientos de uno de los gemelos Weasley, creía que de George.- Además, es muy simpática y me cae bien. No se parece en nada en lo que papá nos ha contado de los Black. Y es bastante guapa .- siguió escuchando Polaris, a lo que se sonrojó de inmediato, tapándose la cara disimuladamente para que no se le notase.
- ¿Qué pasa? Te has puesto como muy roja de repente.- preguntó Fred.- Hace un poco de calor pero no tanto.
- Es que... soy legeremante y no puedo controlar escuchar lo que pensáis, lo hago sin querer, no fue mi intención.- les contestó sincerándose, a lo que ambos pasaron a una cara de incredulidad en segundos.
- Guau. ¡Qué guay!- exclamó uno.
- Nunca habíamos conocido a un legeremante.- continuó el otro.
- ¿Y escuchas todo lo que pensamos?- preguntó Fred, inclinándose hacia delante.
Polaris hizo una pequeña mueca.
- Normalmente sí, pero intento poner barreras para no hacerlo.- respondió Polaris.
- Entonces debes odiar los trenes.- dijo George.
- ¿Cómo lo sabes?- preguntó Polaris sorprendida.
- Porque yo los odiaría.- respondió George encogiéndose de hombros.- Debe ser horrible escuchar todos los pensamientos todo el rato.
Aquella respuesta la sorprendió. La mayoría de los adultos le daban consejos. Le decían que aprendería a controlarlo o que acabaría acostumbrándose. Nadie le había dicho nunca simplemente que debía ser horrible.
- Lo es un poco.- admitió.
- Pues ya está.- dijo Fred y apoyó los codos sobre las rodillas.
- ¿Ya está qué?- preguntó Polaris.
- Que si necesitas tranquilidad puedes sentarte con nosotros.
- No somos precisamente tranquilos.- añadió George.
- Pero hablamos tan alto que no te dará tiempo a escuchar a nadie más.
Polaris soltó una pequeña carcajada y, por primera vez desde que había atravesado la barrera del andén nueve y tres cuartos, dejó de sentir miedo.
El resto del trayecto en tren pasó entre risas y bromas, Polaris tenía claro que nunca se había reído tanto con alguien y esos dos niños habían hecho que se sintiera cómoda en cuestión de minutos, lo cual era raro. Antes de que se dieran cuenta ya habían llegado a Hogwarts y estaban en el Gran Comedor esperando para pasar uno a uno por el sombrero seleccionador.
La espera fue larga, comiéndole a Polaris la intriga. De repente escuchó el nombre de uno de los gemelos, y después el del otro, siendo los dos seleccionados para Gryffindor.
Ya había pasado un buen rato cuando fue el turno de Polaris de sentarse bajo el Sombrero Seleccionador.
- ¡Polaris Black! - dijo en alto la profesora McGonagall. Polaris pasó al frente y se sentó en el viejo taburete. La profesora le puso el sombrero en la cabeza y este comenzó a hablar en su mente.
- ¡Pero qué tenemos aquí! ¡Una Black! Oh vaya, pero no eres como el resto de tu familia, aunque me recuerdas a alguien de ella... Eres valiente, eres astuta, ambiciosa, y también buena y generosa, inteligente y muy curiosa. Creo que ya lo tengo claro - dijo casi en un susurro.- ¡Ravenclaw! - dijo ahora en alto. Polaris se levantó hacia la mesa de Ravenclaw con una sonrisa sentándose al lado de otras dos niñas que habían sido seleccionadas antes, Hazel Moore y Katherine Dankworth.
Aquella primera noche apenas consiguió dormir.
La torre de Ravenclaw era mucho más silenciosa de lo que había imaginado, pero aun así seguía escuchando pensamientos ajenos detrás de cada pared. Por primera vez desde que tenía memoria, estaba completamente sola.
A la mañana siguiente Polaris vio a ambos pelirrojos entrar en el Gran Comedor junto a un chico moreno, también Gryffindor, y los tres se acercaron a la mesa de Ravenclaw.
- Buenos días, Polaris.- dijo Fred con una sonrisa.
- Este es Lee Jordan.- continuó George, haciendo que el moreno la saludara con una cálida sonrisa que Polaris correspondió tímida.- Es nuestro compañero de cuarto, y también le gustan las bromas.
- ¡Va a ayudarnos a gastar nuestra primera broma aquí!- dijo Fred emocionado.
- ¡Wow! Transformacioes con Slytherin.- escuchó Polaris de repente de la mente de alguna persona desconocida.
- Este año Snape parece mucho más aterrador.- siseó otra voz en su cabeza que Polaris intentó eliminar.
- Qué pereza tener que ir ahora a Historia de la Magia.- escuchó Polaris de nuevo, proveniente de una mente completamente distinta. Todas sonaban a la vez en su cabeza mientras que los gemelos seguían hablando y Polaris intentaba deshacerse de las voces a la vez que les seguía el ritmo a los gemelos y a Lee.
- Eo...- dijo George pasándole una mano por delante al darse cuenta de que no les estaba prestando atención. Polaris dejo de escuchar de repente las voces y volvió a prestar atención a como George relataba la idea que habían tenido la noche anterior.
- Perdón, os escucho.- dijo Polaris apenada.
Los días fueron pasando más deprisa de lo que Polaris había imaginado.
Había descubierto que Hogwarts era inmenso, que Ravenclaw tenía la biblioteca más acogedora del castillo y que, por extraño que pareciera, siempre acababa encontrándose con Fred y George en cualquier pasillo, aunque ellos pertenecieran a otra casa.
Aquella tarde de diciembre Polaris llevaba casi una hora sentada en la biblioteca, completamente absorta en un libro sobre hechizos de ocultación, cuando escuchó dos voces susurrando desde la puerta.
- Está ahí. Te dije que estaría leyendo.- susurró George.
- Siempre está leyendo.
Polaris levantó la vista del libro justo cuando Fred y George asomaban la cabeza entre las estanterías.
- ¿Qué hacéis aquí?- preguntó Polaris en voz baja cerrando el libro. Los dos miraron alrededor para asegurarse de que la señora Pince no estaba cerca.
- Necesitamos tu ayuda.- dijo George.
- Es una misión de máxima importancia.- añadió Fred con solemnidad.
- ¿Habéis vuelto a meteros en problemas?
- Todavía no.- respondieron ambos sonriendo exactamente igual.
- Eso significa que vais a hacerlo.- dijo Polaris con un suspiro.
George dejó sobre la mesa un viejo pergamino amarillento, muy doblado por las esquinas. Era completamente liso, no contenía ni una sola palabra.
- ¿Qué es esto?
- Eso nos gustaría saber.- respondió Fred sentándose frente a ella.
- Lo encontramos ayer.- dijo George.
- ¿Dónde?
Los dos volvieron a intercambiar una mirada.
- En un cajón del despacho de Filch.- respondieron ambos, y Polaris abrió mucho los ojos.
- ¿Entrasteis en el despacho de Filch?
- Fue un accidente.- dijo George.
- No fue un accidente.- lo corrigió Fred.
- Bueno, queríamos recuperar una bomba fétida que nos confiscó.
- Eso explica bastante más.
- Lo raro es que Filch lo tenía escondido en un cajón con otros objetos confiscados.- dijo George acercando el pergamino hacia ella.
- Así que decidimos quedárnoslo.
- Eso también explica bastante.- repitió Polaris.
Polaris cogió el pergamino entre las manos. Era extraño, parecía completamente normal, pero notaba una magia muy tenue recorriendo el papel. Le dio la vuelta y nada. Lo iluminó con la varita y nada. Probó un hechizo revelador y nada.
- No tiene ningún encantamiento sencillo.- murmuró. Polaris volvió a observar el pergamino y mientras pasaba lentamente los dedos por el borde sintió algo parecido a una vibración, muy leve, como si el pergamino esperara algo.- Es raro...
- ¿Raro bien o raro mal?- preguntó George.
- Raro inteligente. Creo que tiene un encantamiento de activación.
- ¿Qué significa eso?- preguntaron al unísono.
- Que probablemente no se abre con un hechizo.
- ¿Entonces?
- Quizá con una frase.
- ¿Una contraseña?- dijo Fred arqueando una ceja.
- ¡Eso tiene sentido!- exclamó George golpeando suavemente la mesa.
- No tanto.- respondió Polaris.- Hay miles de posibilidades.
- Ábrete.- dijo Fred.
Nada.
- Por favor.- intentó George.
Nada.
- Muéstranos tus secretos.
Nada.
- Soy extremadamente guapo.- dijo Fred con un carraspeo.
Nada.
- Está claro que no reconoce las mentiras.- negó George con la cabeza y Polaris soltó una carcajada.
La señora Pince levantó inmediatamente la cabeza desde el otro extremo de la biblioteca y los tres se quedaron completamente quietos, pero cuando la bibliotecaria volvió a bajar la vista, George susurró:
- Creo que tendremos que seguir investigando.- dijo Fred volvendo a guardar cuidadosamente el pergamino dentro de la túnica.- Y cuando descubramos cómo funciona...
- Será el mejor descubrimiento de nuestra vida.- dijo George finalmente.
Los dos abandonaron la biblioteca hablando ya de todas las trastadas que podrían hacer con aquel misterioso pergamino.
Polaris los observó alejarse. No sabía qué escondía aquel trozo de papel, pero estaba completamente segura de una cosa: en manos de Fred y George Weasley, cualquier objeto mágico iba a terminar convirtiéndose en un problema para alguien.
Solo una semana después, Polaris había cogido el tren de vuelta a Londres para pasar las navidades con su familia. Estaba muy emocionada por contarle a su padre todo lo que había aprendido en esos tres meses en Hogwarts y los amigos que había hecho. Sabía que estaría orgulloso.
Al llegar a la estación, Polaris se bajó del tren junto a los gemelos Weasley y ya en el andén se despidió de ellos. Vio como abrazaban a su madre y a sus dos hermanos pequeños, Ron y Ginny, y se iban junto con sus otros tres hermanos, Bill, Charlie y Percy. Allí, Polaris intentó divisar a su padre entre la multitud, pero no lo vio, en su lugar, se encontró a su tía Cissy, Narcissa Malfoy.
- Hola cariño, ¿qué tal el viaje? - le preguntaba con dulzura, aunque había algo en su cara que no era capaz de reconocer. Además, su tía Cissy era una persona que había aprendido el arte de la oclumancia, siendo Polaris incapaz de penetrar en su mente.
- Muy bien, ¿pero dónde está mi padre? ¿Ha pasado algo? - le preguntó.- Pensé que vendría a recogerme como prometió.
- Tu padre me ha pedido que te recogiera y te llevara a la Mansión Malfoy mi niña. - le respondió de una manera evasiva.- Ven, Draco te espera con mucha ilusión en casa.
Ya en la Mansión Malfoy, las esperaban su tío Lucius y su primo Draco. La mesa ya estaba servida y nada más llegar se sentaron a comer. A pesar de Polaris seguir preguntando por su padre, los dos adultos seguían sin responder sus preguntas.
Polaris dejó los cubiertos sobre el plato. Algo no encajaba.
Llevaba horas preguntando por su padre y nadie respondía realmente. Ni siquiera Draco, que normalmente era incapaz de guardar un secreto más de cinco minutos, y por desgracia sus tíos habían aprendido la suficiente oclumancia para no dejarle escuchar sus pensamientos.
Miró de nuevo hacia la puerta del comedor. Todavía esperaba escuchar pasos, esperaba que en cualquier momento su padre apareciera diciendo que todo había sido una confusión absurda porque su padre siempre cumplía lo que prometía, siempre.
Le había prometido que iría a recogerla, le había prometido que pasarían la Navidad juntos, le había prometido que estaría allí.
- ¿Tía Cissy...?- preguntó otra vez, esta vez con la voz más pequeña.
Narcissa cerró los ojos apenas un instante y entonces Polaris sintió miedo, un miedo real, el tipo de miedo que aparece justo antes de que el mundo cambie para siempre
- Polaris, cariño, sé que te preguntas que porqué no está aquí tu padre. - le dijo su tía Cissy.- Y eso es porque... tu padre ha desaparecido, el Ministerio cree que ha muerto.- las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos azulados de la niña que, incrédula, acababa de recibir una de las peores noticias de su vida. - Hace dos semanas que salió de su casa al anochecer y desde entonces no se ha vuelto a saber de él.
- El Ministerio lo ha declarado muerto.- intervino su tío Lucius, con la misma expresión seria de siempre, que parecía hasta juzgarla tras enterarse de la muerte de su padre.- en el testamento tu padre ha decidido que podrás quedarte con nosotros.
- No.- exclamó Polaris. La palabra salió inmediatamente, automática, antes incluso de que pudiera pensarla.- No.
Narcissa se levantó de su silla.
- Cariño...
- No.- negó con la cabeza una y otra vez, porque no tenía sentido. Su padre no podía estar muerto, había estado escribiéndole cartas, había prometido recogerla, había prometido enseñarle un nuevo hechizo durante las vacaciones. Las personas que hacen promesas así no desaparecen, simplemente no lo hacen.- Te equivocas. Mi padre no está muerto.- dijo con voz temblorosa.
Narcissa ya estaba a su lado cuando las lágrimas empezaron a caer.
- Aquí no te faltará de nada, Poly, te trataremos como a una más.
Acababa de ser el peor día de su vida. La pequeña Polaris de aún solo 11 años de edad aún no había podido ni prever que algo así pudiera pasar. La casa Malfoy era grande y lujosa y tenía todo lo que una niña pudiera desear, pero le faltaba algo: su padre.
Su familia no era la más unida. Su padre le había contado como su hermano mayor, Sirius, se había escapado de casa a los 16 años por las exigencias de sus padres, su obsesión por la sangre y por considerarlo demasiado distinto a ellos. Él, a diferencia de su hermano, había vivido toda su infancia y adolescencia intentando complacerlos, incluso uniéndose a las filas de Quien-tú-sabes, pero antes de terminar la guerra, y tras haber muerto su querida esposa a manos del Señor Tenebroso por su simple capricho, decidió jurar lealtad a Dumbledore junto con Snape.
Vesper Avery, su madre, era su gran incógnita. No la recordaba, pues había muerto cuando Polaris solo tenía 2 años, pero su padre hablaba mucho de ella. La describía como una mujer dulce y cariñosa, con unos ojos azules idénticos a los de Polaris, y guardaba fotografías mágicas de ella por toda la casa. Su padre, incapaz de superar la pérdida de su esposa, había dejado sus cosas como ella las había dejado: su ropa seguía en el armario, los muebles seguían siendo los mimos, seguía plantando las mismas flores que ella había puesto la última vez y llevaba aún su alianza en el dedo, mientras que la de su mujer en un colgante.
Su padre era la única figura paterna que había tenido. Los Malfoys, aunque su tío no tanto, eran cariñosos con ella, la trataban bien, pero no era lo mismo. Su tía Cissy la trataba como si fuera su hija, la llevaba de compras y le encantaba regalarle vestidos, se notaba que añoraba tener una hija a la que mimar. Su primo Draco era como un hermano pequeño, siempre habían pasado bastante tiempo juntos, a los dos les gustaba el Quidditch y leer, aunque Draco se veía demasiado interesado en impresionar a su padre, que era un hombre rígido y seco.
Por otro lado, su padrino, Severus Snape, era un hombre muy serio e intimidante pero que dejaba sacar su lado bondadoso cuando se trataba de su ahijada, que le hacía regalos en Navidad y la llevaba a tomar unas empanadas de calabaza, pero evidentemente no era lo mismo que su padre.
Polaris Black había dejado de ser una niña inocente en ese momento en el que sentada en el lujoso comedor de los Malfoy se había enterado del hecho más desgarrador de su vida.