- ¡Hija! ¡HIJA!
- ¿Qué? ¿Qué paso? – Mi mamá se frotó la frente.
- Tenemos graves problemas. –
- Oh no, y ahora que hiso. ¿Viajó hasta el cerro de la Gloria, mientras bailaba desnudo y cantaba alguna canción de Rafaela Carra? Es increíble como ya nada me sorprende viniendo de él..
- No, el problema es que tiene resaca y no recuerda nada. – Las alarmas empezaron a sonar dentro de la cabeza de Lucía y se imaginó lo peor. Salió corriendo hasta la cocina y lo vió tomando café. Se paró enfrente de él y lo miró fijamente
- ¡FRED! ¡FRED! ¡¿ME RECUERDAS?! ¿¡SABES QUIEN SOY?! ¡FRED!.
- ¿Qué demonios pasa contigo, Chihuahua? Wuau, tienes un despertar muy... peculiar. – Se llevó una cucharada de cereal a la boca y miró a Analia que a su vez miraba furiosa a su hija. - ¿Se cayó de chica o algo? ¿Es siempre así? Joder, debe ser raro que tu hija se levante gritando si la reconoces. – Se encogió de hombros y volteó su cara al plateo de cereal.
- ¡LUCY! –la aludida pegó un salto – MUEVETE Y PONTE ALGO DECENTE. ¡ESTÁS EN PIYAMA! – La chica miró su cuerpo, y solo tenía puesto un mini shorts y la remera que no ocultaba mucho. Ahogó un jade y salió corriendo hasta su habitación
- ¡Buenas piernas, chihuahua!
- ¡Tu! ¡Mocoso insolente! Vuelve tu vista hacia el cereal, ¡Ahora!
- Lo siento, señora. Es la resaca.
- ¡Fred! No tires de mi paciencia, mocoso. – Fede le sonrió con cara de perrito abandonado justo cuando Lucía salía envuelta en una bata extra grande
- Un día que tratas con su asquerosa persona, y ya está tirando de tu paciencia. Si lo conocieras el tiempo que yo lo conozco, temo decirte, madre querida, que ya hubieras tenido -por lo mínimo- 8 infartos, y dos ACV. – Su madre le dejó una taza de café enfrente. Y le sonrió - Gracias ma. – Fred la miró burlesco.
- Tendrías que llevar vestido, más seguido. – Comentó pensativo, como quien admiraba una obra
- ¡FRED! ¡TE VOY A DAR UN CUCHARONAZO, SI SIGUES ASI!
- ¿Acaso no conoces lo que es la educación, idiota? – Le preguntó Lucía y el solo se encogió de hombros.
- Solamente estoy apreciando el arte de Dios. – El ojo de Analia empezó a palpitar rápidamente. De seguro ya estaba cerca del primer infarto.
- CIERRA.TU.MALDITA.BOCA.YA. – Federico se rio, mientras se tiraba al sillón cómodamente, y encendía el televisor.
Lucía notó como llevaba la misma ropa de ayer, y como aún toda arrugada le sentaba de maravilla. Y por alguna extraña razón recordó su primer beso y la segunda canción de ayer, y se sonrojó.
Analia frunció el ceño y luego sonrió enigmáticamente. Esos dos no podían estar ni demasiado lejos ni demasiado juntos, a menos que limaran esas asperezas que tenían y que provocaba chispas cada vez que se chocaban
De la nada, Federico, se levantó como un resorte después de mirar su celular, les dio un beso a las dos, y se despidió agradeciéndoles por las atenciones.
- ¿Qué demonios le pasó a este chico? – Le preguntó a su hija confundida.
- Si lo supiera, mamá. Podría morir en paz. – Analia dejó todo lo que estaba haciendo y se giró a mirar a su hija.
- No alejes a una excelente persona de tu vida, solo porque crees que es una mala persona. Se objetiva, cariño. Este chico, puede ser tu gran error, o tu mejor acierto. Y nunca lo vas a saber si no lo intentas.
- No sé de qué estás hablando. ¿Hoy día vine Lisbeth a almorzar? – Preguntó incomoda mientras cambiaba de tema. Analia suspiró.
- Si, si viene. ¿Me ayudas? Quiero hacer ravioles caseros.
- Claro, mamá. – Accedió con una sonrisa.
Mientras empezaba a cocinar, sonó el timbre y su madre fue a abrirle la puerta a la familia de su hermana. Dos niños entraron corriendo y gritando a su alrededor mientras tocaban todo lo que podían. Lucía entró en pánico.
- Niños, por favor no toquen nada porque la abuela se va a enojar y si tiran algo no vamos a poder almorzar. ¿Sí? – Los niños asintieron mirando curiosos a su alrededor. – Ahora, vengan acá y denle un beso a la tía Luci.
Sus sobrinos corrieron a ella mientras se arrodillaba para recibirlos en un fuerte abrazo, tratando de no llenarlos de harina.
- ¿Tea? ¿Vamo a Sali a juga afuera? – Le preguntó Simón con una sonrisa.
- Está bien. Pero cuando terminemos de cenar y de ayudar a la abuela a sacar la mesa. ¿Okey? – El niño asintió y se fue corriendo a los brazos de su padre. Lucía sonrió.
- ¿Celeste? ¿Todo bien? – La niña la miró y asintió distraída.
- Si. ¿Me das papel y colores? – Le preguntó en tono infantil, Lucía asintió enternecida mientras hurgaba en su bolso que había dejado en la isla de la cocina.
Sospechaba, que Celeste había heredado el gen artístico de su madre. Y Simón, mal que le pesara, iba terminar siendo un chico malo que usa chaquetas de cuero y rompe corazones a diestra y siniestra igual que lo fue Nicolas, su padre, antes de conocer a Lisbeth.
Suspiró, no estaba preparada para verlos crecer tan rápido.
En ese instante entró su cuñado a la cocina cargando a Simón en su cadera derecha.
- Eh, cuñada. ¿Cómo estas? ¿Y el novio? ¿Todo bien? Mándale saludos de mi parte al desdichado. – Le dijo mientras le daba un beso y un breve abrazo de costado. Acto seguido, la despeinó. Como hacía desde que era una niña.
- Ya quisieras. Y no hay novio. Estoy cansada de decírtelo. – Refunfuñó enojada sabiendo, que le daría algo para calmar su enojo. Como siempre.
- Mmm, no lo sé. Creo que no quieres contármelo. Es ridículo que tenga que enterarme de la vida de mi hermanita por boca de otros.
- ¿Y se puede saber quién te contó?
- Oh, Lisbeth. Que a su vez le contó Analia. Y me lo contaron a mí. – Le informó Nicolas con una sonrisa de punta a punta.
- Son puras calumnias. No te ilusiones, no son ciertas. Deliran. – Dijo Lucía mientras volvía a la masa. Sabía que estaba sonrojada, asique trato de ocultar su cara lo más posible.
- ¿Calumnias? Me dieron nombre y apellido del sujeto desafortunado en cuestión.
- ¿Ah si? ¿Y como se llama? También lo quiero conocer.
- No te hagas la listilla conmigo, preciosa. Sé que se llama Federico, y te diría el apellido si supiera pronunciarlo.
- Schmidnts. No es tan difícil. Lo que pasa es que tu cerebro se atrofió por el ruido de las motos. – Le recordó Lucia con una mueca malvada.
- Al parecer, - Empezó a decir enigmático. – Los besos de cierto chico también atrofian tu cerebro, querida mía.
- ¿Qué? – Chilló Lucía sonrojada. - ¿De dónde rayos has sacado eso, idiota? – Murmuró bajando el volumen.
- Bueno, estaban en un lugar público. Agradece que fuera yo quien lo vio, y no los niños. Y muchos menos Lisbeth. En ese caso, ya te estarían organizando una despedida de soltera a todo trapo. – Lucía gimió en voz baja maldiciendo a Federico y sus arranques de locura.
- Como sea, no fue nada. Solo un malentendido. Por lo tanto quiero que elimines ese recuerdo de tu cerebro para siempre. – Sentenció con solemnidad.
- ¿Qué gano a cambio? – Negoció con una ceja alzada. Lucía recordó su regla de oro, para con su cuñado; "nunca negociar con un abogado"
- Otra Luna de Miel. Yo cuido a los niños todo un fin de semana.
- ¿Todo pago?
- Lo siento, no.
- Pero, ...
- Límite innegociable, Nicolas. Lo tomas o lo dejas.
- Lo tomo. ¿Fecha estipulada? – Dijo en un susurro, mirándola con ojos críticos.
- El tercer fin de semana de este mes. Sin posibilidad de variaciones.
- Protesto. – Susurró enojado. – Tengo un viaje de negocios.
- Entonces, espera un mes más.
- Está bien. Lo voy a cancelar. Pero tienes que limpiar mi casa esos días.
- ¿Me pagas? – Preguntó Lucía alzando sus cejas.
- Ey, voy a hacer un viaje. No me va a alcanzar el dinero.
- Me prestas tu auto, entonces. – Ofreció Lucia encogiéndose de hombros.
- Ni loco. ¿Me viste cara de tonto, o qué? – Nicolás rio irónico.
- No hay servicio de limpieza a domicilio.
- Lucía... - Dijo su cuñado con tono conciliador.
- No, ahora vete o cambia de tema porque van a sospechar. – Le susurró tratando de mirar por encima de su hombro hacia la sala donde su madre y hermana estaban metidas en una conversación.
- Okey, está bien. Pequeña serpiente.
- ¿Tu ego está herido, cuñadito? – Se burló.
- Tengo que acostumbrarme a que el alumno supere a este maestro.
- Nunca tendrías que haber estudiado al lado mío. Ni llevarme a trabajar a tu oficina.
- No tenía la culpa de que me usaran de niñero.
- Lo siento, cariño. Eso te pasa por ser un dominado.
Nicolas se rió y Lucía volvió a sus quehaceres cuando su hermana entró a la cocina con mirada sospechosa.
- ¿Qué cuchicheaban tanto? – Preguntó mirándolos inquisitivamente.
- ¿De qué hablaban mamá y tú? – Preguntó con una sonrisa Lucía.
- No es de su incumbencia. – Declaró Lisbeth, echando su pelo rubio detrás de su hombro y guiñándole un ojo a su marido.
- Mi respuesta a tu pregunta anterior es la misma, Lis. – Dijo riéndose.
- No importa – Dijo su hermana. – De todas formas, Nicolas va a terminar cediendo y me va a contar todo lo que yo desee saber. ¿No es así, mi amor? – Parpadeó sus ojos negros en dirección a su esposo y este tuvo la decencia de sonrojarse.
- En mi favor, déjenme decir que el proceso de extraer información confidencial de mí, suele ser muy tortuoso y estresante para ella. – Se defendió el chico.
- No intentes salvar tu ego de macho alfa, que hoy ya ha sido pisoteado por dos chicas García. Retírate al living a ver fútbol y a reivindicarte – Bromeó Lucía y Nicolas se desplazó hacía allá, refunfuñando algo sobre las mujeres.
- Entre nosotras, Lucía. Estoy enamorada hasta los huesos de ese idiota. – La castaña se rio mientras contemplaba la mirada soñadora de su hermana
- Lis, esa declaración fue un secreto a voces. Lo curioso es que te haya costado varios años de casamiento y noviazgo, incluyendo el nacimiento de dos niños asumirlo totalmente. – Lisbeth se sonrojó.
- Como sea, pero eso hizo mas interesante nuestros primeros años de matrimonio.
- Sospecho que contigo, toda su vida de casados va a ser interesante. O lo vas a llevar a la tumba antes de cumplir los cincuenta. Soy una fiel testigo de los nervios que le causas a diario.