El sol de la tarde se filtraba tenuemente a través de las cortinas del despacho de Enji Todoroki, creando largas sombras que se estiraban sobre la moqueta como dedos acusadores. El héroe número uno estaba sentado tras su imponente escritorio de roble, con los brazos cruzados y la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se marcaban bajo la piel. Sobre la superficie de madera, desperdigados como pruebas de un crimen, descansaban los informes que había estado revisando durante las últimas tres horas.
Informes de Corea. De Sapporo. De cada academia y centro de entrenamiento por donde había pasado su hija menor en los últimos años.
Hisae.
La menor de los Todoroki. La que había heredado su fuego, pero no su carácter. La que lo miraba con esos ojos que eran una mezcla imposible de los suyos y los de Rei, y que siempre parecían estar viendo algo que los demás no podían ver. La que a los seis años se había plantado frente a él, temblando pero firme, para proteger a Shoto de uno de sus entrenamientos.
La única persona en el mundo que podía hacerlo sentir pequeño sin decir una sola palabra.
Enji deslizó un dedo sobre el informe más reciente, el de la academia de élite en Corea donde Hisae había pasado los últimos dos años. Las palabras bailaban ante sus ojos, pero una frase se repetía una y otra vez, como un mantra:
"Potencial excepcional. Control de quirk superior al 95% de los aspirantes a héroes profesionales. Recomendación: seguimiento prioritario."
Seguimiento prioritario. En el lenguaje de la Comisión, eso significaba una cosa: querían ponerle el ojo encima. Querían evaluarla, medirla, y si la encontraban apta (que lo harían, porque Hisae era más que apta), querrían usarla.
Exactamente lo que él había hecho con Shoto.
Exactamente lo que él había jurado no repetir.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
La puerta se abrió y Fuyumi asomó la cabeza, su expresión una mezcla de preocupación y esa calidez que solo ella parecía capaz de mantener en aquella casa.
—Papá, la cena está lista. Natsuo ya bajó, y Shoto... bueno, Shoto está en su habitación, como siempre. ¿Vienes?
Enji no respondió de inmediato. Sus ojos volvieron al informe por un segundo, a esa maldita frase sobre "seguimiento prioritario". Luego, con un movimiento que a Fuyumi le pareció más cansado de lo habitual, asintió.
—Voy.
Se levantó con la lentitud de quien lleva un peso que no se ve, y caminó hacia la puerta. Al pasar junto a su hija mayor, se detuvo un momento. Sus ojos azules, duros como el acero, se posaron en ella con una intensidad que hizo que Fuyumi se tensara instintivamente.
—¿Qué pasa, papá?
Enji dudó. Las palabras no eran lo suyo. Nunca lo habían sido. Pero había algo que necesitaba decir, y si no lo decía ahora, probablemente no lo diría nunca.
—Tu hermana —dijo al fin, con voz grave—. Vuelve mañana.
Fuyumi parpadeó. Luego, lentamente, una sonrisa comenzó a formarse en su rostro.
—¿Hisae? ¿Va a volver a casa?
—Sí.
—¿Para quedarse?
—Para estudiar en la U.A.
El silencio de Fuyumi duró apenas un segundo. Luego, sin previo aviso, se lanzó hacia adelante y lo abrazó. Fue un abrazo rápido, casi tímido, como si no estuviera segura de si podía hacerlo. Pero lo hizo.
—¡Es una noticia increíble, papá! ¿Cuándo llega? ¿A qué hora? ¿Necesita que vayamos a buscarla? ¿Le preparo algo especial para cenar?
Enji se quedó rígido por un momento. No estaba acostumbrado a esto. A muestras de afecto, a abrazos, a esa calidez que Fuyumi parecía irradiar sin esfuerzo. Pero no se apartó.
—Mañana por la tarde —respondió—. Vendrá con Shoto. Él la recoge en el aeropuerto.
—¡Shoto va a buscarla! Ay, Dios, hace tanto que no los veo juntos... —Fuyumi se separó, con los ojos brillantes—. Voy a preparar algo especial. ¿Tú qué crees que le gustaría? ¿Soba? ¿Takoyaki? Desde pequeña le encantaba el takoyaki, ¿te acuerdas? Aprendió a hacerlo solo para que Shoto pudiera comer con nosotros...
Enji asintió. Sí, se acordaba. Recordaba a una niña pequeña, de no más de siete años, de pie en un taburete frente a la cocina, removiendo algo en una sartén con una concentración que no era propia de su edad. Recordaba las primeras galletas que le hizo a Shoto, aquellas que estaban quemadas por fuera y crudas por dentro, y cómo Shoto se las había comido todas sin quejarse.
Recordaba muchas cosas que prefería no recordar.
—Haz lo que creas conveniente —dijo, y continuó hacia el comedor.
Fuyumi se quedó un momento en el pasillo, mirando cómo su padre se alejaba. Luego, con una sonrisa que no podía borrar, corrió hacia la cocina para empezar a planificar.
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En el comedor, la cena transcurrió con la habitual incomodidad que caracterizaba a la familia Todoroki. Natsuo comía en silencio, con la mirada fija en su plato, evitando cualquier contacto visual con su padre. Shoto, sentado al otro lado de la mesa, bebía su té con la calma de quien ha aprendido a desconectarse del entorno. Fuyumi intentaba mantener una conversación ligera sobre su trabajo, sobre los alumnos, sobre cualquier cosa que llenara el vacío.
Enji apenas probó bocado.
Cuando la cena terminó y los platos fueron retirados, Shoto se levantó para ir a su habitación. Pero la voz de su padre lo detuvo.
—Shoto.
El joven se giró lentamente, sus ojos bicolor fijos en Enji con esa expresión que había perfeccionado a lo largo de los años: neutral, impasible, imposible de leer.
—¿Sí?
—Mañana... —Enji hizo una pausa, buscando las palabras—. Cuando vayas a buscar a tu hermana, ten cuidado.
Shoto parpadeó. Solo una vez.
—Siempre tengo cuidado.
—No me refiero a eso. Me refiero a... —Enji se pasó una mano por la cara, un gesto de frustración poco común en él—. Ella ha estado fuera mucho tiempo. Ha cambiado. Los informes dicen que es... diferente.
—¿Diferente cómo?
—Más fuerte. Más segura. Más... ella misma.
Shoto no respondió de inmediato. Procesó la información con esa lentitud que usaba para todo, y luego, con una pequeña curva en sus labios que podría haber sido una sonrisa, dijo:
—Eso no es diferente. Eso es Hisae.
Y se fue, dejando a Enji solo en el comedor vacío.
El héroe número uno se quedó allí, de pie, mirando la puerta por donde había desaparecido su hijo. Y por primera vez en mucho tiempo, se permitió pensar que quizás, solo quizás, las cosas podían ser diferentes.
Hisae volvía a casa.
Y algo en el fondo de su pecho, ese lugar que había estado vacío durante años, comenzó a calentarse.
No era fuego. No era su quirk. Era otra cosa.
Algo que no sabía cómo nombrar.
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Al día siguiente, en el aeropuerto...
Shoto esperaba en la zona de llegadas con las manos en los bolsillos de su pantalón y su expresión de siempre. Los viajeros pasaban a su lado en un flujo constante de maletas y prisas, pero él permanecía inmóvil, como una roca en medio de un río.
El panel de información marcaba que el vuelo procedente de Seúl había aterrizado hacía quince minutos. Pronto, muy pronto, ella aparecería.
Y entonces la vio.
No podía ser otra. Entre la multitud, una pequeña figura avanzaba con paso firme, arrastrando una maleta que parecía más grande que ella. Su cabello rojo, del mismo tono que el de su padre pero con un brillo más cálido, se movía con cada paso como una llama viva. Llevaba una sudadera enorme, claramente demasiado grande para su cuerpo, y unos pantalones de entrenamiento. Sus ojos, esos ojos celestes grisáceos que siempre recordaba, recorrieron la terminal hasta encontrarse con los suyos.
Y entonces ella sonrió.
No era una sonrisa grande, no era de esas que usa la gente para saludar. Era una sonrisa pequeña, íntima, de esas que solo los hermanos pueden compartir.
Shoto sintió que algo se aflojaba en su pecho.
—Sho.
La voz de ella llegó clara a pesar del ruido del aeropuerto. Y antes de que pudiera reaccionar, ya estaba allí, lanzándose a sus brazos con la misma confianza con la que lo hacía cuando eran niños.
Shoto la atrapó por instinto. Sus brazos la rodearon, y por un momento, solo un momento, permitió que la máscara de estoicismo cayera.
—Hisa —murmuró contra su cabello—. Bienvenida a casa.
Ella se separó lo suficiente para mirarlo a los ojos, y en los suyos bailaba esa chispa de picardía que él conocía tan bien.
—¿Me extrañaste?
—Sí.
—¿Mucho?
—Sí.
—¿Tanto como para admitir que soy tu hermana favorita?
Shoto la miró fijamente.
—Nunca.
Ella rió. Una risa clara, genuina, que hizo que varios viajeros se giraran a mirarlos.
—Eres un mentiroso pésimo, Sho. Pero te quiero igual.
Se separó del todo, estirando los brazos por encima de la cabeza con un bostezo exagerado.
—Vamos, llévame a casa. Necesito una ducha, comida de verdad, y ver a Fuyumi. En ese orden. O al revés. Da igual.
Shoto asintió y tomó la maleta. Era más ligera de lo que esperaba.
—¿Solo esto? —preguntó—. ¿Dos años en Corea y solo una maleta?
—Lo esencial —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Lo demás se puede comprar. O pedir prestado. Por cierto, ¿sigues usando esa colonia de menta?
—Sí.
—Bien. Porque voy a necesitar tu ropa.
—¿Mi ropa?
—Sí. Las sudaderas. Son cómodas. Y huelen a ti. Me gusta.
Shoto no supo qué responder a eso. Pero no hizo falta. Hisae ya estaba caminando hacia la salida, tarareando una canción que sonaba vagamente familiar.
La siguió en silencio, con una pequeña curva en los labios que no podía ocultar.
Su hermana había vuelto.
Y aunque no lo supiera aún, nada volvería a ser igual.