El Templo de la se levanta como una cicatriz negra en la ladera de la montaña. Piedra gris, tejados curvos que cortan el cielo, pasillos tan largos que el eco de un paso tarda en morir. No hay risas aquí. No hay conversaciones innecesarias. Solo el sonido del viento entre los pinos, el golpe seco de los pies descalzos en el tatami y, a veces, el silbido limpio de una katana partiendo el aire.
Nishimura Riki, camina por esos pasillos como si fueran extensiones de su propio cuerpo.
A las 5:17 de la mañana, cuando el cielo todavía es morado oscuro, ya esta en el patio principal. El frío lo muerde los nudillos, pero no lo siente. El frío es solo otra cosa que hay que dominar (según el). Se quito la chaqueta negra holgada, quedó solo con la camiseta de entrenamiento ajustada y los pantalones anchos que caen sobre los tobillos. El cabello negro, aún húmedo de la ducha helada, se le pega a la nuca.
Toma la katana. No la suya de todos los días -esa está guardada en su habitación, envuelta en seda negra-. Esta es la que usan para practicar: acero simple, sin adornos, sin historia. No la necesita para ser letal, pero le gusta sentir su peso honesto.
Primer corte.
El aire se parte. Un sonido limpio, casi obsceno de tan perfecto.
Segundo corte. Diagonal descendente. El movimiento nace de las caderas, sube por la columna, explota en la muñeca. La hoja canta.
Tercero. Cuarto. Quinto.
No cuenta. No necesita contar. El cuerpo recuerda solo.
A las 6:03 llegan los demás. Los alumnos mayores primero, con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo cuando pasan a su lado. Los menores después, más ruidosos al principio, pero el silencio los traga rápido. Nadie le habla a menos que sea estrictamente necesario. No porque el lo prohíba. Simplemente... no se atreven.
El maestro principal, el anciano Park, aparece a las 6:30 exactas. Camina con bastón, pero todos saben que podría rompernos la tráquea con él si quisiera. mira a Niki un segundo más de lo habitual. No dice nada. Solo asiente una vez.
-Nishimura. Dirige el calentamiento. -
Niki no responde. No hace falta. Se coloca al frente. Los demás forman filas perfectas detrás de el. Cincuenta y tres pares de ojos clavados en su espalda.
-Kihon. Goju. -Su voz sale baja, sin emoción-. Comiencen.
Y empiezan. Golpes al aire. Patadas bajas. Bloqueos. El sonido es rítmico, militar. Nadie se equivoca dos veces. La primera equivocación cuesta flexiones hasta que los brazos tiemblan. La segunda cuesta sangre.
A las 7:45 termina el calentamiento. Pasamos a kumite. Pelea controlada. Dos contra dos. Niki observa desde el borde del tatami, brazos cruzados, expresión vacía.
Entonces llega el momento que todos esperan y temen.
-Nishimura contra Kim. -anuncia el maestro Park.
Kim Taejun. Tercero en el ranking. Alto, ancho de hombros, cree que su tamaño lo hace fuerte. Lleva meses pidiéndole al maestro que rete a Niki oficialmente. Hoy es su día.
Se coloca frente a el. Hace una reverencia rígida. Niki apenas inclino la cabeza.
-Sin protecciones -dice el maestro-. Sin piedad. Hasta que uno caiga o se rinda.
Kim sonríe. Una sonrisa torcida, confiada. Niki no sonrío. Nunca sonríe.
Se ponen en guardia. Él adopta stance bajo, pies anchos, buscando barrer. Niki mantiene el centro: pies casi juntos, peso en la punta, katana baja pero lista.
-Comiencen.
Él ataca primero. Directo, predecible. Un mawashi-geri alto hacia su cabeza. Gira el torso medio centímetro. La patada pasa rozándole el cabello. Antes de que recupere el equilibrio, ya esta dentro de su guardia.
Su mano izquierda agarra su muñeca derecha. Tuerze. Siente el hueso ceder un poco, no lo suficiente para romperlo. Solo para doler. Con la derecha le golpea el plexo solar con el canto de la mano. No fuerte. Preciso. El aire abandona sus pulmones como si alguien hubiera abierto una válvula.
Cae de rodillas.
No lo remata. No hace falta.
El tatami está en silencio absoluto. Solo se escucha la respiración entrecortada de Kim.
Se enderezo. Miro al maestro.
-¿Siguiente? -
El maestro Park suspira.
-Suficiente por hoy.
Kim se levanta con ayuda de dos compañeros. No lo mira a los ojos. Nadie lo mira a los ojos después de algo así.
El resto del día pasa igual. Clases teóricas de filosofía marcial -Sun Tzu, Musashi, el código del bushido que recitamos de memoria-. Entrenamiento con bokken. Más kumite. Más silencio.
A las 21:00 termina la jornada oficial.
Los demás se van a los dormitorios comunes. Risas bajas, conversaciones susurradas sobre quién ganó qué pelea, quién va a ser castigado mañana. Niki no participo. Nunca participa.
Camina solo hacia el pabellón oeste. Su habitación está al final del pasillo, separada de las demás. Privilegio del "heredero". O castigo, según se mire.
Entra. Cierra la puerta corrediza. El cuarto es austero: tatami limpio, futón perfectamente doblado, una katana colgada en la pared -la suya, la que heredó de su abuelo-, un altar pequeño con incienso apagado y una foto de su madre que nunca mira demasiado tiempo.
Se quito la ropa de entrenamiento. La dobla con precisión quirúrgica. Se pongo una camiseta negra holgada y pantalones sueltos. Se siento en el futón con las piernas cruzadas.
Sacó la katana de la pared.
No la desenvaino. Solo la sostenía horizontal sobre mis rodillas. Cierra los ojos.
El templo duerme. Afuera, el viento mueve los pinos. Adentro, solo su respiración.
Piensa en el corte perfecto que hice esta mañana. En el momento exacto en que la hoja dejó de vibrar. En cómo el aire se siente más pesado después de un buen corte, como si la realidad misma se hubiera abierto y cerrado.
Piensa en que mañana será igual. Y pasado mañana. Y el siguiente.
Y piensa, aunque no quiere admitirlo, que a veces el silencio pesa más que cualquier golpe.
Apoya la frente contra el filo envainado.
-Solo un poco más -susurró, aunque no sabe a quién.
La noche se estira. Larga. Fría. Perfecta.
Mañana será otro día idéntico.
O eso creía.
(Mañana llega alguien que va a romperlo todo sin siquiera intentarlo.)