13:10 PM – Camino de tierra – entrada al safari
El sol caía con fuerza sobre una sabana enorme, parecida a un zoológico abierto, pero sin rejas visibles.
Había animales a lo lejos: sombras moviéndose entre la vegetación, algunos relieves, zonas secas y otras con pasto alto. Todo parecía… tranquilo.
Demasiado tranquilo.
A la distancia, un bus avanzaba hacia una zona despejada.
En su interior, dieciocho adolescentes se empujaban, se reían, se quejaban y discutían como si estuvieran llegando a una excursión de fin de curso.
Pero no era una excursión.
Era su vuelta al juego más sucio de sus vidas.
—¡Oye, deja de empujar! —reclamó Valeria, apretada contra el vidrio.
—Si no te gusta, te bajas y te vas caminando —respondió Maximiliano, riéndose.
—¿Podrían callarse un rato? —murmuró Tomás, con la cara pegada al asiento.
Mateo miraba por la ventana, sin decir nada. Tenía las manos entrelazadas, como si se estuviera preparando mentalmente para algo.
Sofía, en cambio, no paraba de mover la pierna.
—No puedo creer que estemos de vuelta —dijo, más para sí misma que para los demás.
Emilio soltó una risa corta.
—Yo sí lo creo. Esto es lo único que saben hacer. Exprimirnos.
—Ya, pero igual… —Sofía lo miró—. Se siente raro.
Mara, sentada un poco más atrás, se inclinó hacia ellos.
—¿Y si esta temporada es peor?
Nadie respondió.
Y ese silencio duró justo lo suficiente como para que el bus frenara.
13:25 PM – Zona despejada del safari – punto de llegada
El bus se detuvo con un golpe seco.
Alguien golpeó una ventana desde afuera.
Y la voz apareció.
—¡Paren el bus!
Brenda.
Los adolescentes giraron la cabeza casi al mismo tiempo.
Brenda Ramírez estaba parada frente a ellos, como si jamás se hubiera ido. Unos treinta años, botas militares, pantalones caqui, micrófono inalámbrico, y esa sonrisa que siempre parecía entusiasmada… aunque no lo fuera.
Su pelo rubio se movía con el viento.
—Ya po… —susurró Elizabeth, como si verla le diera rabia automática.
Brenda subió los escalones del bus con tranquilidad, mirando alrededor como si estuviera contando cabezas.
—Mírenlos… —dijo—. Siguen igual. Solo que ahora se ven más cansados.
Algunos rieron. Otros pusieron los ojos en blanco.
Brenda se giró hacia la cámara que iba grabando dentro del bus.
—Bienvenidos a Safari Extremo. Han pasado seis meses. Ya me conocen: soy Brenda Ramírez, su guía, jueza, presentadora y probablemente la persona que más van a odiar en las próximas semanas.
Se escuchó un murmullo general.
—¿Por qué nos habla como si fuera un decir orgullo? —murmuró Catalina.
—Porque lo es, para ella —respondió Armando, sin mirarla.
Brenda siguió, como si no escuchara nada.
—Esto no es un retiro espiritual.
Se inclinó un poquito, como si estuviera contando un secreto.
—Esto… es Safari Extremo.
Los adolescentes empezaron a bajar.
Algunos lo hicieron rápido, como si quisieran “ganarle” al lugar.
Otros bajaron lento, con cara de “¿por qué estoy aquí otra vez?”
Las miradas se cruzaban.
Algunos se saludaban con incomodidad.
Otros ni se miraban.
Todos se conocían.
Y todos sabían que eso no significaba nada.
Mateo bajó y miró alrededor. El aire era seco, caliente, y olía a tierra.
Nahuel se puso a su lado.
—¿Estás bien?
Mateo no lo miró.
—Sí.
Nahuel no insistió, pero se quedó cerca.
A unos metros, Emilia A.F. estaba mirando hacia la sabana como si estuviera calculando rutas.
Sofía se acercó a Emilio.
—¿Tú crees que nos van a hacer algo más brigido que antes?
Emilio se encogió de hombros.
—No sé. Pero lo van a intentar.
Brenda caminó delante de ellos, sonriendo como si supiera exactamente lo que iba a pasar.
Y probablemente lo sabía.
Una cámara los grababa desde un dron.
Otra los enfocaba desde entre los arbustos.
Todo estaba siendo registrado.
—Dieciocho participantes —dijo Brenda—. Todos menores de edad. Todos con exceso de energía. Y todos creyendo que pueden sobrevivir a esta locura.
Hizo una pausa, mirando sus caras.
—Algunos se conocen desde antes. Algunos se toleran. Y otros, bueno…
Sonrió.
—Probablemente ya se odien.
Valeria se rió, pero fue una risa nerviosa.
Leonor miró hacia otro lado.
Tomás respiró hondo, como si estuviera intentando controlarse.
Brenda levantó una carpeta.
—Ya saben cómo va esto: el último que quede gana diez millones de pesos chilenos.
Se escucharon murmullos.
—Diez millones por sufrir… —dijo Juan Carlos, como si estuviera evaluando si valía la pena.
—Es más que lo que voy a ver en mi vida —respondió Gonzalo
Brenda abrió una carpeta.
—Esta vez serán tres equipos. No dos.
Algunos se miraron altiro.
—¿Tres? —repitió Mara.
—Sí —respondió Brenda—. Se dividirán por el puesto en que quedaron la temporada pasada.
Pasó una hoja.
—Los seis primeros: un equipo. Los siguientes seis: otro. Y los últimos seis: el tercero.
Hizo una pausa, casi con gusto.
—Por cierto: Fernando y Antonella no nos acompañarán esta temporada.
Sofía se quedó quieta.
Emilio miró hacia el suelo.
Mateo apretó la mandíbula.
No era sorpresa… pero igual se sentía raro escuchar esos nombres.
Brenda empezó a leer.
Equipo Tigres Hambrientos:
Sofía
Emilio
Emilia T.H. (antes conocida como A.F.)
Mara
Mateo
Nahuel
Sofía soltó el aire, como si al menos eso le diera algo de estabilidad.
—Ya, creo que es bueno… —murmuró.
—Podría ser peor —dijo Emilio.
Mateo no dijo nada, pero se acercó automáticamente a Nahuel y a Mara.
Equipo Hienas Bromistas:
Emilia H.B. (antes conocida como Emilia A.C.)
Maximiliano
Leonor
Juan Pablo
Elizabeth
Valeria
Valeria abrió la boca, como si quisiera quejarse, pero Elizabeth le pegó un codazo suave.
—Oye, no está mal —le dijo—. Al menos no estamos con los… otros.
Maximiliano se rió.
—Hienas bromistas… me queda bien.
Leonor no se rió.
Equipo Cocodrilos Sigilosos:
Tomás
Juan Carlos
Catalina
Armando
Zhamira
Gonzalo
Gonzalo levantó las cejas.
—Ya, uhm… cocodrilos.
Zhamira lo miró.
—Mientras no te pongai a dar jugo.
—No voy a dar jugo —dijo Gonzalo, picado.
Catalina miró a Tomás y luego a Armando.
—Esto va a ser difícil.
Tomás respondió seco:
—Todo esto es difícil.
Brenda levantó la mano para que se callaran.
No todos se callaron, pero igual siguió.
—A partir de mañana comenzarán los desafíos de eliminación.
Caminó de un lado a otro frente a ellos.
—Cada semana competirán en pruebas que los harán sudar, gritar y, con suerte…
Sonrió.
—Romper un poco su espíritu.
Algunos se quejaron.
—El equipo perdedor asistirá a una ceremonia de eliminación.
Sofía se quedó mirando fijo a Brenda.
Brenda la miró de vuelta, como si supiera que Sofía era de las que aguantaban… pero también de las que explotaban.
—Y en esa ceremonia…
Brenda levantó un dedo.
—Ustedes decidirán a quién quieren fuera del juego.
Un par levantó la mano para preguntar algo.
Brenda los ignoró como si fuera deporte.
—Pero hoy —dijo Brenda— no vamos a eliminar a nadie.
La tensión bajó un poquito.
Solo un poquito.
—Hoy vamos a hacer un desafío simple.
Algunos se miraron.
Brenda levantó tres dedos.
—Primer equipo: gana refugio.
Luego dos dedos.
—Segundo equipo: gana materiales.
Luego uno.
—Tercer equipo: nada.
—¿Nada nada? —preguntó Juan Pablo.
—Nada nada —respondió Brenda—. Se arreglan como puedan.
Mara tragó saliva.
Nahuel miró a Mateo.
—Tenemos que ganar.
Mateo asintió.
15:43 PM – Safari – zona de inicio del desafío
Los equipos estaban formados en fila, con el sol bajando un poco, pero todavía fuerte.
Habían pasado varias horas desde que llegaron: reglas, cámaras, caminatas, instrucciones, y ese típico tiempo muerto donde los reality los dejan “cocer” para que empiecen a pelear solos.
Brenda se paró frente a ellos con tres cámaras.
—Este desafío, como es solo de recompensa, es simple.
Levantó una cámara.
—Cada equipo elige un capitán.
Levantó otra.
—El capitán tendrá una cámara.
Levantó la tercera.
—Y tiene que encontrar y tomar una foto a estos cuatro animales exóticos.
Brenda empezó a enumerar con los dedos.
—Un guanaco.
Un zorro culpeo.
Un huemul.
Y un flamenco chileno.
Los adolescentes se miraron.
—¿En serio un huemul? —dijo Emilia H.B.—. ¿Dónde se supone que hay uno?
Brenda la miró.
—En el safari.
—Ya, pero—
—En el safari —repitió Brenda, cortándola.
Brenda siguió.
—Los demás pueden ayudar o sabotear. Las recompensas ya las dije.
Miró su reloj.
—Discuten al capitán en tres minutos. Y empezamos.
15:44 PM – Equipo Tigres Hambrientos
Los Tigres se juntaron rápido, como si ya supieran que perder tiempo era morir.
Mateo habló primero.
—Ya, ¿quién quiere ser capitán?
Emilio levantó una mano a medias.
—Tiene que ser alguien rápido. Si encontramos un animal y el capitán está lejos, cagamos.
Mara se cruzó de brazos.
—Y alguien que no se ponga nervioso.
Emilia T.H. miró a todos, fría.
—Y alguien que sepa moverse.
Nahuel levantó la mano.
—Yo me ofrezco.
Sofía lo miró, pensativa.
—Tú corrís rápido.
—Y soy bueno mirando detalles —agregó Nahuel.
Emilio asintió.
—Me parece.
Mateo dudó un segundo, como si estuviera evaluando si quería hacerlo él… pero luego soltó el aire.
—Ya. Nahuel.
Sofía sonrió apenas.
—Vamos a ganar si lo haces tú.
Nahuel agarró aire, como si le hubiera caído el peso encima.
—Ya… ya, listo.
Emilio levantó la voz hacia Brenda.
—¡Ya elegimos capitán, Brenda!
Sofía y Mara también gritaron casi al mismo tiempo.
—¡Capitán listo!
Brenda los miró con una sonrisa burlona.
—Ya los vi, tranquilos.
15:46 PM – Equipo Hienas Bromistas
Las Hienas ni dudaron.
Elizabeth habló como si estuviera leyendo un guion.
—La mejor opción es Valeria.
Valeria abrió la boca.
—¿Yo?
—Sí —dijo Elizabeth—. Tú eres la que más se fija en cosas.
Leonor levantó una ceja.
—¿Y si se asusta?
Maximiliano se rió.
—Valeria no se asusta. Solo grita.
Valeria le pegó en el brazo.
—Cállate.
Emilia H.B. se encogió de hombros.
—Me da lo mismo. Mientras no seamos los últimos.
Juan Pablo levantó una mano.
—Ya, Valeria entonces.
Valeria tragó saliva.
—Ya… ya. Soy yo.
Elizabeth la tomó del hombro.
—Relájate. Te vamos a cubrir.
15:48 PM – Equipo Cocodrilos Sigilosos
Los Cocodrilos, en cambio, se demoraron más.
Todos hablaban encima de todos.
—Yo podría ser —dijo Juan Carlos.
—No, yo —dijo Tomás altiro.
—Yo igual puedo —agregó Armando, serio.
Gonzalo dio un paso adelante antes que todos.
—Yo me ofrezco.
Hubo un silencio breve.
Catalina lo miró, como evaluándolo.
—¿Tú?
Gonzalo asintió.
—Sí. Yo.
Zhamira se rió bajito.
—Ya, pero si nos haces perder…
—No voy a hacer perder —dijo Gonzalo, apretando la mandíbula.
Tomás lo miró con cara de “no me convence”, pero el tiempo corría.
Armando miró a Catalina.
—¿Te parece?
Catalina respiró.
—Da lo mismo. Si se ofreció y cree que puede, que sea él.
Juan Carlos levantó las manos.
—Ya, listo. Gonzalo.
Tomás no dijo nada, pero se apartó.
Gonzalo se quedó quieto, como si hubiera ganado algo.
Pero por dentro se notaba que le estaba entrando la presión.
15:50 PM – Inicio oficial del desafío
Brenda se acercó con las cámaras.
Primero se la pasó a Nahuel.
Nahuel la tomó firme.
Luego a Valeria.
Valeria la agarró con cuidado, como si se le fuera a caer el mundo.
Y por último a Gonzalo.
Gonzalo la tomó con una sonrisa pequeña.
Brenda los miró a los tres.
—Bien.
Se dio vuelta hacia todos.
—Ahora que los equipos eligieron capitán…
Levantó una mano.
—Iniciaremos a la cuenta de tres.
Los adolescentes se tensaron.
Brenda sonrió.
—Uno…
Todos se inclinaron un poco hacia adelante.
—Dos…
Sofía apretó los puños.
Mateo miró a la sabana como si ya estuviera buscando.
—¡Tres!
—¡YA!
Y los dieciocho salieron corriendo.
Cada equipo con su estrategia.
Unos se separaron.
Otros siguieron al capitán.
Y otros… empezaron altiro a pensar en sabotear.
15:57 PM — Safari – Sector Este
Equipo Tigres Hambrientos
Nahuel corría por la sabana con la cámara en la mano, el brazo ya medio tenso de tanto sostenerla. El sol pegaba directo en la espalda, y el calor subía desde el suelo como si el piso respirara.
Mateo, Mara y Sofía lo seguían, tratando de no perderlo entre la vegetación. Emilio se había separado hace rato, y Emilia T.H… bueno, Emilia T.H. ni siquiera fingió que iba a ayudar.
—Ya, pero no corras tan rápido, por favor —jadeó Mara, sin sonar realmente enojada, más como una queja automática.
—No puedo ir lento —respondió Nahuel, mirando a todos lados—. Si encuentro uno, tengo que estar listo.
Sofía miraba el horizonte, buscando movimiento.
—¿Y si no hay ninguno? —preguntó, medio irónica.
Mateo soltó una risa corta.
—Brenda no haría eso. Ella quiere show, no que nos quedemos parados.
—Ah, sí, porque Brenda es súper humana —dijo Mara.
Nahuel frenó un poco, mirando con cuidado hacia una zona donde el pasto era más bajo.
—Shh.
Todos se quedaron quietos.
Mateo se acercó un paso, mirando hacia donde Nahuel apuntaba.
—¿Qué viste?
Nahuel levantó la cámara, lento.
—Creo que…
Y ahí estaba.
Un flamenco chileno, parado cerca de una zona húmeda, moviendo el cuello con calma, como si el mundo no existiera.
Sofía abrió la boca en silencio.
—Bueno que suerte…
Nahuel levantó una mano.
—No hablen. No respiren fuerte.
Emilio se inclinó un poco.
—Ya, pero… ¿cómo le sacas foto sin que se vaya?
Nahuel tragó saliva.
—Con paciencia.
Se acercó con pasos lentos, casi ridículos. Cada vez que pisaba, lo hacía suave, como si estuviera caminando sobre vidrio.
Mara se quedó atrás, mirando alrededor por si aparecía otro animal.
Sofía, en cambio, no podía parar de mirar al flamenco.
—Qué bonito… —susurró, pero tan bajito que ni ella misma se escuchó.
Nahuel levantó la cámara.
Apretó el botón.
Click.
El flamenco se movió apenas, pero no salió corriendo.
Nahuel bajó la cámara y soltó el aire como si recién se acordara de respirar.
—Bien… ya tenemos uno.
Mateo le pegó un golpecito en el hombro.
—Buena, capitán.
Sofía sonrió.
—Ya, vamos. Sigamos.
Nahuel guardó la cámara contra el pecho, como si fuera algo frágil.
—Nos faltan tres.
16:04 PM — Safari – Sector Central
Equipo Hienas Bromistas
Valeria iba a otra velocidad.
Mientras el resto se dispersaba en grupos, ella iba sola, con la cámara en la mano, corriendo como si se le estuviera acabando el aire del mundo.
Juan Pablo la miraba desde lejos, impresionada.
—Oye, que le pasa… —dijo, girándose hacia Elizabeth—. ¿Qué le dieron?
—Ansiedad, creo yo —respondió Elizabeth.
Maximiliano soltó una risa.
—Esta medio tonta no?.
Leonor, que iba con ellos, se cruzó de brazos.
—Oigan, ¿y si en vez de hablar, buscamos?
Maximiliano la miró.
—¿Y tú por qué tan pesada?
—Porque no quiero quedar última —dijo Leonor, seca.
Mientras tanto, Valeria ya había encontrado huellas.
Se agachó, miró el suelo, y levantó la vista.
—Ya… creo que encontramos algo…
Caminó rápido hacia una zona más abierta.
Y ahí lo vio.
Un huemul, quieto, mirando hacia un costado como si escuchara algo.
Valeria frenó en seco.
—No te muevas… por favor no te muevas…
Se acercó con la misma técnica que Nahuel, pero con menos calma y más urgencia.
El huemul la miró.
Valeria sintió el corazón en la garganta.
Le apuntó con la cámara.
Click.
—¡Sí! —susurró, apretando los labios para no gritar.
Ni siquiera se dio tiempo de celebrar.
Siguió corriendo.
Y a menos de cinco minutos, como si el safari le estuviera regalando la victoria, encontró un guanaco.
—No puede ser… —dijo, casi riéndose.
Se acercó.
Click.
Dos fotos.
Dos animales.
Valeria levantó la cámara como si fuera un trofeo.
—¡YA! —gritó hacia la nada—. ¡DOS!
Juan Pablo la escuchó a lo lejos.
—¡CONCH—! —se tapó la boca altiro—. ¡Ya, vamos, vamos!
Maximiliano miró hacia el lugar donde Valeria gritó.
—Si ganamos, yo digo que igual me den crédito por existir.
Emilia H.B. lo empujó.
—Corre.
16:10 PM — Safari – Sector Oeste
Equipo Cocodrilos Sigilosos
Gonzalo llevaba demasiado rato mirando lo mismo.
Pastos.
Arbustos.
Más pastos.
Y un calor insoportable.
El resto del equipo se había separado hace tiempo. Tomás se fue por su cuenta sin decir nada. Juan Carlos se fue con Zhamira. Catalina con Armando.
Y Armando, por alguna razón, terminó quedándose con Gonzalo.
Gonzalo miraba el horizonte, frustrado.
—No veo ni un bicho, weón —dijo, apretando la cámara.
Armando estaba con las manos en la cintura, mirando alrededor con calma.
—Ya, pero no te pongas histérico.
—No estoy histérico.
Armando lo miró, sin expresión.
—Lo que tú digas.
Gonzalo resopló.
—¿Aún no ves nada?
Armando lo miró con cara de “en serio me preguntas eso”.
—Si hubiera visto algo, te diría. Ni modo que quiera que perdamos.
Gonzalo apretó los dientes.
—Es que… todos los demás deben estar encontrando.
Armando señaló una zona.
—Sigamos hacia allá. Donde hay agua siempre hay animales.
Gonzalo lo miró.
—¿Y por qué no dijiste eso antes?
Armando levantó una ceja.
—Porque pensé que era obvio.
Gonzalo no respondió, pero empezó a caminar rápido hacia esa dirección.
16:15 PM — Safari – Sector Este
Equipo Tigres Hambrientos
Los Tigres avanzaban como si estuvieran jugando una búsqueda del tesoro.
Y por un rato, de verdad se sintió divertido.
Emilio apareció corriendo desde un costado, sudado, con la cara roja.
—¡OYE! —gritó—. ¡VI UN ZORRO!
Nahuel frenó.
—¿Dónde?
—Por allá. Se metió entre los arbustos.
Mateo miró hacia la dirección.
—Ya, vamos.
Mara miró a Emilio.
—¿Estas seguro que era el zorro culpeo?
Emilio se encogió de hombros.
—Era un zorro po, ¿qué más querí?
Nahuel no perdió tiempo.
Corrieron hacia la zona.
Y efectivamente, entre los arbustos, asomó una figura rápida: un zorro culpeo, de pelaje claro, moviéndose como si estuviera jugando con ellos.
Nahuel se agachó.
—No se muevan.
Mateo se quedó quieto.
Sofía se llevó una mano a la boca.
Nahuel levantó la cámara.
El zorro miró hacia ellos.
Click.
El zorro se fue, pero la foto ya estaba.
Nahuel sonrió, casi sin querer.
—Ya tenemos dos.
—¡Te dije! —dijo Emilio, orgulloso.
Mara miró alrededor.
—Nos falta el huemul y el guanaco.
Mateo miró a Nahuel.
—Vamos bien.
Nahuel asintió, respirando agitado.
—Ya casi estamos, equipo.
Y por primera vez desde que empezó el desafío, todos se relajaron un poquito.
Sofía incluso se rió.
—Te imaginas ganamos altiro el refugio.
Mateo se encogió de hombros.
—Sería un sueño.
Emilia T.H., que estaba lejos, observaba todo desde una loma.
Con una sonrisa chica.
Una sonrisa malvada.
16:27 PM — Safari – Zona De Pasto Bajo
Equipo Hienas Bromistas
Valeria iba con tres cosas en la cabeza:
1. Ganar.
2. No quedar como tonta.
3. No dejar que Maximiliano se burlara de ella.
Elizabeth apareció corriendo desde un lado.
—¡Valeria! ¡Valeria!
Valeria giró.
—¿Qué?
—Juan Pablo vio un zorro. Dijo que estaba por acá.
Valeria levantó la cámara.
—¿Dónde?
Elizabeth señaló.
Valeria corrió hacia la dirección indicada.
Entre arbustos, vio movimiento.
Se agachó.
Respiró.
Y ahí estaba.
Zorro culpeo.
Valeria apuntó.
Click.
—Vamos muy bien—dijo, apretando la cámara—. Nos falta el flamenco.
Elizabeth sonrió.
—Vamos ganando.
Valeria asintió.
—Sí… pero falta el más difícil.
Elizabeth miró alrededor.
—¿Y por qué siento que alguien nos está mirando?
Valeria no respondió.
Porque ella también lo sentía.
16:35 PM — Safari – Zona Oeste – Cerca Del Agua
Equipo Cocodrilos Sigilosos
Gonzalo sentía que todo estaba perdido.
Ya iba casi una hora.
Y nada.
Ni un solo animal.
Armando miraba el agua, como si estuviera calculando.
—¿Y si el resto ya ganó? —preguntó Gonzalo.
Armando se encogió de hombros.
—Puede ser.
—Entonces estamos cagados.
Armando lo miró.
—Todavía no. No te rindas.
Gonzalo apretó la cámara.
—Necesitamos un milagro.
Y en ese momento…
Un sonido.
Un movimiento.
Algo cruzó por el costado.
Gonzalo giró la cabeza.
—¿Viste eso?
Armando se giró altiro.
—Sí.
Los dos se quedaron quietos.
Como si el safari se hubiera acordado de ellos.
16:40 PM — SAfari – Sector Este
Equipo Tigres Hambrientos
Nahuel vio a lo lejos un guanaco.
Era perfecto.
Estaba ahí, quieto, como si esperara.
Nahuel levantó la cámara.
—Ya… se puede… yo sé que se puede…
Mateo sonrió.
—Lo tenemos, por fin...
Sofía apretó los puños.
—Ya se terminó está larga espera.
Nahuel empezó a acercarse, lento.
Un paso.
Dos pasos.
Tres.
Y justo cuando estaba lo suficientemente cerca…
¡CRACK!
Una piedra golpeó el suelo cerca del guanaco.
El guanaco se asustó.
Y salió corriendo.
—¡MIERDA! —gritó Nahuel, perdiendo toda la calma—. ¡ESTÁBAMOS TAN CERCA!
Mateo giró la cabeza de golpe.
—¿Quién fue?
Mara miró hacia los costados.
Sofía apretó los dientes.
—Emilia.
Nahuel miró hacia una loma.
Y ahí estaba Emilia T.H., bajando con tranquilidad, como si no hubiera hecho nada.
Sonriendo.
Mateo dio un paso hacia ella.
—¿Tú tiraste la piedra?
Emilia T.H. levantó las manos, falsa.
—¿Yo? Qué acusaciones más falss.
Mara la miró con asco.
—Creo que ya se a quien votar en cuando perdamos.
Emilia T.H. sonrió más.
—El juego es el juego.
Nahuel apretó la cámara.
—No me importa. Vamos a encontrarlo igual.
Y salió corriendo detrás del guanaco.
16:45 PM — Safari – Zona central
Equipo Hienas Bromistas
Valeria encontró al flamenco.
Lo vio cerca de un huemul y, más lejos, un zorro culpeo.
Tres animales cerca.
Era como si el safari se hubiera alineado.
Valeria frenó, incrédula.
—No… no puede ser…
Elizabeth, detrás de ella, se llevó las manos a la cara.
—¡Saca la foto, saca la foto!
Valeria levantó la cámara.
Apuntó al flamenco.
Y justo cuando iba a apretar el botón…
Alguien salió de los arbustos.
Corriendo.
Haciendo ruido.
Los animales se asustaron.
El flamenco salió corriendo.
El huemul también.
El zorro también.
Los tres por la misma dirección.
Valeria se quedó congelada.
Luego giró la cabeza.
Y vio a Emilia T.H.
—¡Serás una maldita! —gritó Valeria, con rabia real, de esa rabia que te calienta la cara.
Emilia T.H. se reía.
—Ay, qué dramática.
Valeria salió corriendo tras el flamenco.
—¡NO ME IMPORTA! —gritó—. ¡TE JURO QUE TE VOY A GANAR IGUAL!
Emilia T.H. se quedó atrás, riéndose sin parar.
—¡Suerte con eso!
Elizabeth la miró con odio.
—Te juro que esta loca la Elsa…
Leonor apareció a lo lejos, corriendo.
—¡¿Qué pasó?!
Elizabeth señaló.
—¡Emilia T.H. está saboteando!
Leonor apretó la mandíbula.
—Ya era de esperarse lo viniendo de ella.
16:56 PM — Safari – Zona Central
Nahuel seguía persiguiendo al guanaco.
El guanaco corría.
Nahuel corría.
Mateo y Sofía corrían detrás.
Mara iba más atrás, pero no paraba.
Y de pronto…
Nahuel vio a alguien corriendo en la misma dirección.
Valeria.
Los dos se miraron por un segundo.
Como si el mundo se hubiera reducido a una sola cosa:
ganar.
Y entonces lo vieron.
En una zona abierta, como si fuera una broma del destino…
Los cuatro animales estaban juntos.
Flamenco.
Huemul.
Zorro.
Guanaco.
Todo ahí.
Todo perfecto.
Nahuel apretó la cámara y corrió.
Valeria hizo lo mismo.
Nahuel la empujó con el hombro.
Valeria casi se cae, pero se recuperó.
—¡¿QUÉ TE PASA?! —gritó.
—¡Perdón pero necesito ganar! —gritó Nahuel, sin pensar.
—¡Ni por nada del mundo vas a ganar!
Los dos llegaron al punto.
Los animales estaban por arrancar.
Nahuel levantó la cámara.
Valeria levantó la cámara.
Click.
Click.
Ambos tomaron la foto.
Al mismo tiempo.
Y al mismo tiempo…
Los dos salieron corriendo hacia la meta.
Era una carrera de velocidad, empujándose, chocando, respirando como si se les fuera a salir el pulmón.
Emilio corría detrás, gritando:
—¡NAHUEL, DALE!
Sofía también:
—¡CORRE, CORRE!
Elizabeth venía con Valeria, gritando:
—¡VALERIA, NO LA SUELTES!
Maximiliano, detrás, solo gritaba:
—¡JAJAJA, PELEEN, PELEEN!
Algunos empezaron a tirar piedras para distraer.
Otros intentaron cruzarse.
Fue un caos.
Nahuel y Valeria se empujaban como si estuvieran en un partido.
Valeria le tiró del brazo.
Nahuel casi se cae.
Nahuel le empujó la espalda.
Valeria tropezó, pero siguió.
El final se veía a lo lejos.
Brenda estaba parada con la carpeta.
La cámara.
La bocina.
Y el lugar donde se declararía el resultado.
Nahuel miró a Valeria.
Valeria lo miró.
Y ahí pasó.
Nahuel le agarró el hombro.
En un movimiento desesperado, la tiró hacia atrás.
Valeria perdió el equilibrio.
Cayó al suelo.
—¡CONCH—! —gritó, raspándose.
Nahuel tomó impulso con esa caída.
Y corrió.
Corrió con todo.
Llegó jadeando, con la cámara casi temblando en su mano.
Brenda lo miró.
Y gritó:
—¡SEGUNDO LUGAR… EL EQUIPO DE NAHUEL!
El mundo se quedó quieto.
Mateo se detuvo en seco.
Sofía se llevó una mano a la boca.
Mara frenó, jadeando.
Emilio llegó después, confundido.
—¿SEGUNDO? —repitió Nahuel, como si no entendiera—. ¿Cómo segundo?
Entonces todos miraron.
Y en el centro de la sabana…
Estaban Gonzalo y su equipo.
Sentados.
Felices.
Como si hubieran terminado hace rato.
Gonzalo sonreía.
Catalina y Juan carlos estaban sentados con una sonrisa pequeña, tranquilos.
Armando se veía cansado, pero satisfecho.
Zhamira estaba tomando agua.
Tomás estaba mirando al suelo, como si no le importara, pero igual se notaba que estaba contento.
Nahuel apretó la cámara.
—No… no puede ser.
Mateo se acercó.
—¿Cómo chucha lo hicieron?
Gonzalo se levantó.
Se sacudió el pantalón.
Y habló, con una calma que parecía casi arrogante.
—Mientras los saboteadores espantaban animales…
Miró hacia donde estaba Emilia T.H.
—Para mí no era mi problema.
Emilia T.H. sonrió como si le diera igual.
Gonzalo siguió.
—Vi al guanaco corriendo.
Nahuel apretó los dientes.
—¿El guanaco que ella espantó? —murmuró Sofía.
Gonzalo no escuchó o fingió no escuchar.
—Y después llegaron los demás.
Se encogió de hombros.
—Estaban los cuatro juntos. Y aproveché.
Señaló la cámara.
—Una foto. Listo.
Luego miró a Nahuel.
Y sonrió más.
—Todo gracias a ustedes.
Nahuel lo miró con odio.
Mateo también.
Y Catalina, en silencio, miró a Gonzalo de reojo.
Como si pensara:
“No te agrandes tanto… esto recién empieza.”
17:03 PM — Centro Del Safari
Llegada de las Hienas Bromistas
Valeria llegó después.
Sucia.
Con la rodilla raspada.
Con el pelo desordenado.
Y con una rabia que se le notaba en la cara.
Elizabeth venía con ella.
Leonor también.
Maximiliano llegó riéndose.
—Ay, Valeria, pareces salida de una película de terror.
Valeria lo miró como si lo fuera a matar.
Luego miró a Nahuel.
Nahuel la miró.
Ninguno dijo nada.
Pero el odio quedó ahí, colgando en el aire.
Brenda levantó la voz.
—¡Y ÚLTIMO LUGAR… EL EQUIPO DE VALERIA!
Valeria apretó la cámara con fuerza.
Brenda siguió:
—¡No reciben nada!
Valeria respiró fuerte.
—Esto no se vale!.
Elizabeth le tocó el brazo.
—Tranqui.
Valeria la miró.
—Estoy tranquila.
Brenda caminó hacia los Cocodrilos Sigilosos.
—Equipo de Gonzalo…
Miró la cámara.
—Ganan el refugio ya hecho.
Los Cocodrilos se miraron.
Gonzalo sonrió.
Zhamira levantó una ceja.
—Igual es lo mínimo que nos merecemos.
Catalina soltó una risa pequeña.
—Al menos no vamos a dormir en el suelo.
Brenda caminó hacia los Tigres.
—Equipo de Nahuel…
—Segundo lugar —repitió Nahuel, todavía picado.
Brenda sonrió.
—Ganan materiales para construir.
Mateo asintió.
—Al menos algo.
Mara miró hacia el refugio.
—Igual que rabia.
Y por último, Brenda miró a las Hienas.
—Equipo de Valeria…
Valeria la miró con rabia.
Brenda levantó los hombros.
—Nada.
Valeria soltó una risa seca.
—Esta bien.
Maximiliano murmuró:
—Se veía venir.
Valeria lo miró.
—Cállate.
Brenda se giró hacia la cámara principal, con esa sonrisa de reality que parecía pegada con cinta.
—Hoy el equipo de Gonzalo ganó.
Pausa.
—Pero…
Su voz bajó un poco.
—Esto recién empieza.
Se escuchó el viento.
Los adolescentes estaban atrás, cansados, sucios, pero con los ojos encendidos.
Brenda caminó un paso hacia adelante.
—Ahora tienen equipos.
—Ahora tienen rivalidades.
—Y ahora tienen un lugar nuevo… donde todo se vuelve más difícil.
Sonrió.
—Porque en esta temporada…
Levantó un dedo.
—No basta con ser rápido.
Levantó otro.
—No basta con ser fuerte.
Levantó otro.
—Y no basta con ser inteligente.
Se acercó un poco más a la cámara.
—Aquí van a tener que aprender a sobrevivir a los demás.
Hizo una pausa.
—Y a ustedes mismos. —terminó Brenda, mirando fijo a la cámara.
Hubo un silencio raro.
No de respeto.
De esos silencios donde todos están cansados, sudados, y con la cabeza llena de rabia.
Brenda bajó la bocina, giró sobre sus talones y apuntó hacia el sur con la carpeta.
—Ya. Se acabó el show que verdaderamente le importa a la gente por ahora.
Los equipos levantaron la vista.
—Caminen. A unos minutos de acá hay una laguna pequeña. Ahí va a estar todo.
Valeria frunció el ceño.
—¿Todo qué?
Brenda la miró como si fuera obvio.
—El refugio del equipo ganador, los materiales del segundo…
Pausa.
Y sonrió.
—Y el “nada” del último.
Maximiliano soltó una risa.
Valeria lo miró con una cara que lo hizo callarse al tiro.
Brenda siguió:
—Los Cocodrilos Sigilosos van a encontrar un refugio ya armado, listo para usar.
Los Tigres Hambrientos van a tener materiales: lonas, sogas, estacas… lo básico.
Y las Hienas Bromistas…
Brenda se encogió de hombros.
—Si quieren pueden quedarse igual cerca de la laguna. No soy un monstruo.
Leonor murmuró:
—Sí, claro.
Brenda se hizo la sorda.
—Pero no van a tener nada. Ni una lona. Ni una cuerda. Ni un “lo siento”.
Emilia T.H. soltó una risa por lo bajo.
Valeria la escuchó y giró de inmediato.
—¿Qué te reís?
Emilia T.H. levantó las manos.
—No dije nada.
Valeria dio un paso hacia ella, pero Elizabeth la frenó del brazo.
—Mas te vale...
Valeria apretó los labios, respirando fuerte.
Mara miró a Nahuel, todavía con la adrenalina en el cuerpo.
—Igual… la cagaste con lo de empujarla.
Nahuel lo miró, serio.
—Era ganar o perder.
Mateo se metió.
—Era completamente necesario, no es como si fuéramos santos.
Nahuel no respondió.
Solo empezó a caminar.
Los equipos se movieron.
En fila, sin querer.
Como una excursión, pero con la energía podrida de un reality donde nadie confía en nadie.
Gonzalo iba adelante con los Cocodrilos, con una sonrisa que no se le borraba.
Tomás caminaba a su lado, callado, pero mirando todo como si estuviera memorizando el terreno.
Catalina iba un poco atrás, tranquila, observando a los otros equipos sin decir nada.
—No me gusta esto —murmuró Armando.
—¿Qué cosa? —preguntó Zhamira.
Armando miró hacia donde venían los Tigres y las Hienas.
—Que todos ya se están mirando como enemigos y que posiblemente nosotros seamos el blanco principal.
Zhamira soltó una risa chica.
—No hay nada que hacerle.
Más atrás, Valeria caminaba con la rodilla raspada, cojeando un poco.
Maximiliano se le acercó.
—Oye… igual fue "épico".
Valeria lo miró.
—Cállate.
—Ya, ya, no te enojes.
Leonor los miró a ambos, molesta.
—No es “enojo”, Maxi. Perdimos por culpa de Emilia.
Emilia H.B. iba caminando con Elizabeth.
—No me gusta la otra Emilia—dijo Elizabeth.
Emilia H.B. suspiró.
—A nadie le gusta.
17:18 PM — Camino A La Laguna
El paisaje empezó a cambiar.
Menos pasto seco.
Más arbustos.
Y un sonido suave de agua a lo lejos.
Brenda caminaba adelante, como si esto fuera un tour.
—No se separen tanto —dijo sin mirar atrás—. Todavía no se acostumbran al lugar.
Mateo murmuró:
—Como si nos importara.
Sofía lo miró.
—Cállate, que después nos pasa algo y quedamos como tontos.
Mateo no contestó, pero bajó un poco la voz.
Nahuel miró hacia atrás, justo cuando Valeria lo miró a él.
Fue un segundo.
Pero fue suficiente.
Valeria no le sonrió.
No le dijo nada.
Solo lo miró con una promesa silenciosa.
Esto no se queda así.
Nahuel tragó saliva y siguió caminando.
17:21 PM — Laguna – Zona de campamento
Llegaron.
Era una laguna pequeña, con agua tranquila, rodeada de árboles bajos y tierra firme.
Al lado derecho había un refugio armado: lona gruesa, estructura firme, hasta con sombra.
Al lado izquierdo, un montón de materiales tirados en el suelo.
Y más allá…
Nada.
Solo tierra.
Y el espacio vacío donde las Hienas iban a tener que arreglárselas.