22 de octubre de 2010 - Hospital King County, Georgia. 9:11 A.M.
Dia 59 del apocalipsis.
Lo primero que sentí fue dolor.
No el dolor familiar de haberse dormido en mala postura, sino uno profundo, sordo, como si mi cuerpo llevara semanas sin usarse. Como si fuera prestado.
Parpadeé.
El techo era blanco. Desconocido.
-¿Dónde...?
Intenté recordar. Mi cuarto no era así. Mi cama no era así. Yo no dormía con el sonido de... nada. Ese silencio raro, pesado, que no era normal.
Me moví y algo tiró de mi brazo.
Bajé la vista. Un tubo. Suero. Mi mano era más grande de lo que recordaba, con nudillos gruesos y una cicatriz pequeña en el índice que yo no tenía.
El corazón me dio un vuelco.
Me senté despacio, con un esfuerzo que no debería costar tanto, y busqué un espejo, una ventana, cualquier superficie reflectante. La ventana a mi derecha tenía el vidrio suficientemente oscuro en los bordes.
Me acerqué.
Y me quedé completamente paralizado.
La cara que me devolvió el reflejo no era la mía.
Era masculina, angulosa, con una mandíbula cubierta de barba de semanas y unos ojos azules y hundidos que me miraban con la misma confusión que yo sentía. Era el rostro de un hombre que había estado inconsciente mucho tiempo.
Era un rostro que yo conocía.
-No. Murmure por lo bajo.
Lo conocía de una pantalla. De capítulos vistos en el sofá de mi casa con una bolsa de palomitas. De gifsets en internet y discusiones de foros sobre si el final había valido la pena.
-No. No puede ser.
Me toqué la cara con una mano que no era mía y en el reflejo, esa mano enorme y desconocida se movió exactamente cuando yo quise.
Retrocedí. La cama me golpeó las corvas y caí sentado sobre el colchón.
El corazón me latía en los oídos.
-Piensa. Piensa, piensa, piensa.
Último recuerdo: mi vida. Mi cuerpo. Mi nombre.
Ahora: un hospital. Un cuerpo ajeno. Una cara conocida.
Una cara muy, muy conocida.
Rick Grimes.
El nombre cayó en mi mente como una piedra en agua quieta, y las ondas que generó lo cambiaron todo.
Me llamaba Rick Grimes.
Respiró profundamente varias veces, intentando calmarme.
-Está bien... está bien -susurró para mí mismo-. Sabes lo que viene. Tienes ventaja. Solo... mantén la calma.
-Okey... ya pasaron 2 meses desde que comenzó todo esto.- Ahora mismo el grupo de Rick deben estar en la cantera y... También Lori y Shane.-. Lo último lo dije con indiferencia.
«No me malinterpreten no interesa en lo absoluto el trío amoroso de esos 3 en la historia original. La verdad prefiero evitar a toda costa la muerte Shane, sería útil tener una persona que sepa qué hacer para sobrevivir.»
-Muy bien, ahora tengo que ir a encontrarme con los demás personajes de la historia pero antes tengo que verificar algo. -dije tranquilo.
-Sistema... Menú... Status... Interfaz...
Nada.
Abri los ojos y frunció el ceño.
-¿Hola? ¿Sistema? ¿Interfaz? ¿Algo?.
Silencio absoluto en la habitación.
Probó de nuevo, esta vez más desesperado:
-Ventana de habilidades... Panel de estadísticas... ¡Cualquier cosa!. -grite último.
Nada. Solo el sonido de su propia respiración y el pitido de la máquina.
Me pasó una mano por la cara, decepcionado.
-Genial... -murmuró-. Reencarno y ni siquiera tengo un maldito sistema...
Me levantó de la camilla con piernas temblorosas y caminó hacia la ventana. El hospital estaba en completo silencio. Demasiado silencio.
Fue entonces cuando sentí algo extraño en mi mente. No era una voz, ni una pantalla. Era más bien un espacio oculto, un vacío silencioso y profundo que se extendía dentro de mí, como el interior de un granero mediano o un almacén amplio pero ordenado
Instintivamente, tocó el soporte metálico del suero que tenía al lado. Pienso en guardarlo.
El soporte desapareció de mi mano.
Me quedé mirando mi palma vacía durante varios segundos, sorprendido.
Extendió la mano y pienso en recuperarlo. El soporte reapareció en su palma, frío y pesado.
Me quedé congelado.
-Almacenamiento... -susurre-. Tengo un espacio de almacenamiento.
Cerré los ojos e intenté percibir sus límites. Era grande. Muy grande. Calculé que tendría alrededor de 400 metros cúbicos, lo suficiente para guardar varios miles de kilos si lo organizaba bien, tal vez hasta 8 toneladas en total. Sin embargo, no era infinito. Sentía claramente un límite, como las paredes de una habitación vasta pero finita.
-No es un poder de combate... -murmure-. Pero es algo. Algo muy útil.
Derrepente escucho gemidos bajo y algo arrastrado acercando a la puerta.
-Mierda... - dije resignado.- tal vez me escucharon cuando grite.
Respiré hondo, todavía sosteniendo con fuerza el soporte metálico del suero.
Miré hacia la puerta entreabierta. Sabía que no estaba solo. Empujé la puerta con cuidado.
La camilla que Shane había colocado como barricada seguía allí, bloqueando parcialmente la entrada. Pero al otro lado, un walker empujaba insistentemente, gimiendo con esa voz gutural y hambrienta. Sus manos podridas se aferraban al borde de la camilla, intentando pasar.
Me quedé congelado al verlo.
Era una mujer de mediana edad, probablemente de unos 45-50 años. Su bata de hospital, que alguna vez fue blanca, ahora estaba sucia, rasgada y empapada de sangre seca y fresca, especialmente en el pecho y el abdomen. La tela se pegaba a su piel podrida como un trapo viejo.
Su rostro era lo más impactante y repugnante. La mitad izquierda de su cara estaba completamente destrozada. La piel se había desprendido en tiras irregulares, dejando al descubierto músculo grisáceo y hueso blanco amarillento. Su ojo izquierdo era un globo lechoso y opaco, completamente muerto. La mandíbula inferior estaba rota y descolgada, colgando de solo unos pocos tendones, dejando ver dientes amarillos y encías negras putrefactas. Su cabello rubio estaba apelmazado con sangre y trozos de carne. La piel restante tenía un tono gris verdoso con venas negras visibles.
El olor que desprendía era nauseabundo, una mezcla de carne podrida, sangre vieja y un dulzor enfermizo.
El walker empujó con más fuerza contra la camilla, extendiendo los brazos hacia mí y gimiendo con más intensidad.
Apreté los dientes, tomé impulso y empujé la camilla con toda la fuerza que pude reunir usando mi peso corporal. La camilla golpeó al walker en el pecho, haciéndolo retroceder varios pasos contra la pared del pasillo.
Sin perder tiempo, avancé y levanté el soporte metálico por encima de mi cabeza.
¡CRACK!
El primer golpe impactó brutalmente contra su sien izquierda. Se escuchó un crujido húmedo y repugnante. Su cabeza se torció violentamente hacia un lado.
No me detuve. Golpeé de nuevo con rabia.
¡CRACK! ¡CRACK!
El segundo y tercer golpe cayeron en la parte superior de su cabeza. El cráneo se abrió con un sonido mojado y asqueroso. La sangre negra y la materia gris salpicaron el suelo y mi ropa. El walker cayó de rodillas, todavía moviendo los brazos débilmente.
Levanté el soporte una última vez y lo clavé con fuerza brutal en la parte superior de su cabeza, atravesando el cerebro.
El walker se sacudió violentamente una vez... y finalmente dejó de moverse.
Me quedé ahí parado, respirando con dificultad, con las piernas temblando por el esfuerzo. Tenía sangre y trozos de materia gris en los brazos y en la ropa.
Fue en ese momento, mirando el cadáver a mis pies, cuando los recuerdos de mi vida anterior llegaron con fuerza.
Tenía solo 20 años, pero llevaba más de seis años entrenando artes marciales por pura pasión. Empecé con Krav Maga a los 14 años. Me enamoré de su practicidad, su agresividad y su enfoque en terminar las peleas lo más rápido posible. Durante cuatro años entrené duro, aprendiendo a atacar puntos vitales, a mantener la calma bajo presión y a usar cualquier cosa como arma.
A los 17 descubrí el Kali Filipino y me obsesioné. La fluidez de sus movimientos, el uso del bastón, el cuchillo y la filosofía de que cada defensa también es un ataque... me fascinaron. Durante tres años entrené con dedicación, aprendiendo los 12 ángulos de ataque, el trabajo de doble arma y la transición constante entre armas y combate cuerpo a cuerpo.
Todo lo había hecho simplemente porque amaba las artes marciales. Nunca imaginé que algún día tendría que usar ese conocimiento para sobrevivir.
Miré el soporte metálico en mis manos, todavía cubierto de sangre negra.
-Al final... sí me sirvió de algo -susurré.
Después de recuperar el aliento, me quedé mirando el cadáver del walker durante unos segundos. La adrenalina empezaba a bajar y mi cuerpo me recordaba que acababa de despertar de un coma. Aun así, no podía quedarme quieto.
Miré hacia el fondo del pasillo y vi una puerta grande con un cartel escrito a mano con spray negro, grande y desesperado:
NO ABRIR, MUERTOS DENTRO
«Tengo que moverme. Este hospital está lleno de walkers y no sé cuánto tiempo tengo.»-pense.
Respiré hondo y dejé el soporte metálico contra la pared. Necesitaba algo mejor. Algo más útil.
-Primero lo primero.-me dije.-Analiza la situación. ¿Qué tienes? ¿Qué necesitas? ¿Cuánto tiempo tienes?.
Volví a mi habitación cerrando la puerta con cuidado detrás de mí.
Me detuve en el centro y observé el espacio con nuevos ojos. Ya no era una habitación de hospital. Era un punto de inicio. Un inventario que explota antes de seguir adelante.
-Agua.- dije en voz alta-con la garganta tan seca que las palabras salieron ásperas y rasposas -. Necesito agua antes que cualquier otra cosa.
La sed era una presencia física. Un peso seco y ardiente en la garganta que me costaba ignorar incluso con la adrenalina del momento. Después de semanas sin hidratación, y probablemente días sin nada, estaba deshidratado a un nivel que podía ser peligroso.
Agua primero. Todo lo demás después.
Camino hacia el baño que estaba al frente de la cama donde desperté, moviéndome con pasos lentos y tambaleantes. Cada movimiento me costaba más de lo que debería. Mis piernas aún se sentían débiles, como si no hubieran sido usadas en mucho tiempo, y tenía que apoyarme en la pared para no perder el equilibrio. El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos, y el silencio del hospital hacía que cada paso resonara de forma inquietante.
Empujé la puerta del baño con cuidado. La luz de emergencia parpadeaba débilmente, dándole al lugar un aspecto aún más lúgubre. Me miré en el espejo por un segundo. La cara de Rick Grimes me devolvió la mirada, pálida, con barba crecida y ojos hundidos. Aparté la vista rápidamente. No era el momento para eso.
Abrí el grifo del lavabo. Para mi sorpresa, todavía salía agua, aunque estaba fría. Me lavé la cara y las manos con urgencia, intentando quitarme la sensación pegajosa de la sangre seca del walker. Bebí directamente del grifo varios tragos largos, sintiendo cómo el agua fría bajaba por mi garganta reseca. Era un alivio inmenso.
Mientras bebía, mi mente no dejaba de trabajar. Sabía que tenía que moverme rápido. El hospital era grande y probablemente lleno de caminantes. No podía quedarme aquí mucho tiempo.
Cerré el grifo, me sequé la cara con la manga de la bata de hospital y salí del baño, listo para comenzar el saqueo.
Registré la habitación rápidamente. La mesita de noche tenía un cajón. Lo abrí. Dentro encontré exactamente lo que esperaba de una habitación de hospital: un bolígrafo y una pequeña libreta con el logo del hospital, cuatro vendajes pequeños en sus envolturas individuales, y un rollo de cinta médica casi completo.
Guardado todo.
La libreta me llamó especialmente la atención. La abrí. Páginas en blanco.
«Perfecto.» pensé. En el apocalipsis la información es tan valiosa como las balas. Necesito llevar registro de todo lo que encuentre.
Junto a la cama, apoyada contra la pared, había una muleta metálica. La tomé y la sopesé. Ligera pero resistente.
-No es un arma ideal-dije. Pero es mejor que nada mientras no encuentro algo mejor.
Abrí la puerta lentamente, asomando primero la cabeza.
El pasillo estaba en penumbra. Las luces de emergencia parpadeaban con una luz verde enfermiza que daba a todo un aspecto irreal. El suelo estaba cubierto de papeles, equipo médico volcado, manchas oscuras que preferí no identificar.
Al fondo izquierdo del pasillo algo se movía con ese movimiento torpe e irregular que ya reconocía perfectamente.
Uno. Solo uno visible.
Estaba de espaldas, encorvado. No me había visto ni escuchado.
Me moví hacia la derecha con cuidado, apoyando primero la punta del pie y luego el talón para minimizar el ruido. Las piernas protestaban con cada paso pero la adrenalina era un analgésico poderoso.
A mitad del pasillo encontré un carrito médico volcado. El contenido estaba esparcido por el suelo. Me arrodillé lentamente y empecé a recoger lo que servía con movimientos medidos y silenciosos.
Vendajes medianos. Seis. Guardados.
Gasas estériles. Diez paquetes. Guardados.
Guantes de látex. Una caja casi completa. Unos veinte pares. Guardados.
Mascarillas quirúrgicas. Quince. Guardadas.
Debajo del carrito volcado había una linterna de mano. La encendí. Funcionaba. Con ella pude ver mejor lo que había en el suelo y encontré cuatro pilas AA adicionales en un bolsillo lateral del carrito.
Esto mejora las cosas considerablemente.
Junto a una puerta cerrada con el letrero ALMACÉN encontré una botella de alcohol isopropílico caída pero intacta. Casi un litro.
- El alcohol isopropílico - murmuré para mí mismo mientras la guardaba en mi almacenamiento - es uno de los desinfectantes más versátiles que existen. Sirve para limpiar heridas, esterilizar el instrumental quirúrgico, desinfectar superficies. En casos extremos incluso puede usarse como combustible para un fuego de emergencia. Nunca hay suficiente de esto.
- Bien ahora, ¿Por dónde debería comenzar a buscar suministros en un hospital abandonado? - me preguntó a mi mismo.
-Mmm... Tal vez la cocina del personal supongo. - dije.
Me moví hacia las dobles puertas batientes al fondo del pasillo, pasando junto al walker que seguía de espaldas. Lo evité a dos metros de distancia, conteniendo la respiración.
La cocina del personal estaba a la derecha pasando las puertas.
Entré.
Era pequeña. Frigorífico, microondas, cafetera, armarios. El frigorífico lo ignoré completamente. Las semanas sin electricidad significaban un riesgo biológico grave dentro.
Pero en el armario junto al fregadero encontré lo que buscaba.
En los armarios encontré más cosas útiles. Ocho latas de comida variada. Sopa, alubias, maíz, atún. Tres paquetes de café molido sellados y uno abierto. Cinco barritas energéticas. Dos paquetes de galletas saladas sin abrir. Tres kilogramos de azúcar. Dos de sal. Cinco litros de aceite vegetal. Diez kilogramos de pasta seca. Ocho de arroz.
Todo guardado.
Antes de cerrar el último armario, algo metálico llamó mi atención en el fondo de un cajón. Metí la mano y saqué un reloj de mano negro, simple pero resistente. La correa era de goma y carcasa reforzada. La esfera era clara, con números grandes y manecillas luminosas. Lo giré en mi mano. Todavía funcionaba. Miré la hora: 9:45A.M.
- Perfecto - dije - mientras me ponía en la muñeca izquierda. - Ahora podré llevar un registro más preciso del tiempo. En este mundo, cada hora cuenta.
En la encimera había una pequeña nevera portátil de camping que alguien había dejado ahí olvidada. La abrí. Dentro, milagrosamente, había seis botellas de agua de medio litro. Tres litros adicionales de agua potable.
Guardados.
Abrí la libreta y empecé a escribir.
INVENTARIO - Hospital King County
22 de Agosto del 2010 - 9:45 AM
AGUA ENCONTRADA: 4 litros potables. PRIORIDAD CRÍTICA RESUELTA.
Habitación:
- 4 vendajes pequeños
- 1 rollo cinta médica
- 1 libreta y bolígrafo
- 1 muleta metálica
Pasillo:
- 6 vendajes medianos
- 10 paquetes de gasas estériles
- 20 pares de guantes látex
- 15 mascarillas quirúrgicas
- 1 linterna + 4 pilas AA
- 1 litro de alcohol isopropílico
Cocina personal:
- 4 litros de agua potable
- 8 latas de comida variada
- 3 kg café + barritas y galletas
- 10 kg pasta + 8 kg de arroz
- 3 kg azúcar + 2 kg de sal
-Bien, a seguir moviendome.- dije mientras salía de la habitación del personal.
Caminando por los pasillos evitando hacer el menor ruido posible para que los walkers no vengan.
Después de unos meses minutos me encontré con un letrero que decía "HABITACIÓN DE ENFERMERAS"
La puerta estaba entreabierta. Empujé con el hombro y entré rápidamente, cerrando detrás de mí y escuchando durante tres segundos.
Silencio.
El lugar estaba revuelto. Cajones abiertos, papeles tirados, una silla volcada. Alguien había pasado por aquí con prisa al inicio, tomando lo obvio y dejando el resto.
Me acerqué al escritorio central y empecé a revisar los cajones sistemáticamente.
El primero contenía papeles y formularios. Inútil.
El segundo tenía algo mejor. Dos pares de tijeras médicas, tres termómetros digitales y un tensiómetro portátil.
- El tensiómetro - dije en voz baja mientras lo examinaba - sirve para medir la presión arterial. En el apocalipsis sin medicación adecuada la hipertensión puede matar tan silenciosamente como cualquier walker. Y con el estrés constante que va a vivir el grupo, habrá casos.
Guardado.
El tercer cajón tenía dos frascos de amoxicilina de 500mg sin abrir.
- Amoxicilina - dije -. El antibiótico más básico y versátil. Infecciones respiratorias, dentales, de piel, urinarias. El ochenta por ciento de las infecciones bacterianas comunes responden a esto. Y en el apocalipsis una infección sin tratar es una sentencia de muerte.
Guardados.
Camine hacia un armario que había en la pared y abrí el armario y lo que me encontré fueron dos oxímetros de pulso. Pequeños, con pinza para el dedo.
- Estos pequeños aparatos miden la saturación de oxígeno en sangre - dije mientras los examinaba -. Una saturación por debajo del noventa y cinco por ciento indica problemas respiratorios. Por debajo del noventa, emergencia. Por debajo del ochenta y cinco, daño orgánico inminente. Esto puede decirte si alguien está en shock antes de que ellos mismos lo sepan.
Guardados.
Ibuprofeno 400mg. Un frasco grande casi lleno. Doscientas pastillas. Paracetamol 500mg. Un frasco aún más grande. Trescientas pastillas. Agua oxigenada, dos litros. Yodo povidona , un litro. Tres rollos adicionales de cinta médica.
Todo guardado.
Habitación de Enfermeras:
- 1 Tensiómetro
- 2 frascos de amoxicilina de 500mg.
- 2 oxímetros de pulso.
- 1 frasco grande de ibuprofeno de 400mg.
- 1 frasco grande de paracetamol de 500mg
- 1 agua oxigenada de 2 litros.
- 1 yodo povidona de 1 litro.
- 3 rollos adicionales de cinta médica.
-Bien, a seguir moviéndome -dije en voz baja mientras me levantaba.
Salí de la habitación de enfermeras con más cuidado del que había entrado. El pasillo seguía en silencio, pero sabía que eso no duraría para siempre. Tenía que aprovechar cada minuto.
Avancé por el pasillo principal, moviéndome con sigilo y revisando cada puerta. Pasé por varias habitaciones de pacientes vacías o saqueadas. Al fondo del corredor, vi una puerta con un letrero que decía "SALA De Descanso Del PERSONAL MEDICO".
Empujé la puerta con cuidado, asomando primero la linterna.
En el suelo, junto a una nevera portátil pequeña, había un soldado muerto.
Uniforme de camuflaje verde oliva. Casco táctico caído a un lado. Tenía una mordida grande y fea en el cuello, ya negra y seca, y otra en el antebrazo derecho donde claramente había intentado defenderse. Llevaba muerto varias semanas.
Me arrodillé a su lado con cuidado.
«Un soldado de los que custodiaban el hospital. Se quedó atrás cuando evacuaron o simplemente no llegó a tiempo.»pense.
Examiné su equipamiento con calma y metodología.
En la funda táctica del muslo derecho había una Beretta M9. La saqué. Revisé el cargador. Doce balas de nueve milímetros.
-Doce balas -dije en voz baja-. No es mucho. Pero es infinitamente más que cero. Y la Beretta M9 es una de las pistolas más confiables que existen. La misma que usa el ejército estadounidense desde 1985. Fácil de mantener, piezas abundantes, munición común.
En el chaleco táctico encontré dos cargadores adicionales. Uno completo de quince balas. Otro con once. Y en el bolsillo del pecho derecho, dentro de una pequeña bolsa de plástico, quince balas más.
Total: cincuenta y tres balas de nueve milímetros. Con disciplina de disparo, suficiente para varios días.
El botiquín IFAK del chaleco fue el siguiente hallazgo importante.
Lo abrí sobre el suelo y examiné el contenido pieza por pieza.
-Torniquete CAT -dije tomándolo-. Combat Application Tourniquet. El torniquete estándar del ejército estadounidense. Se aplica en menos de treinta segundos con una sola mano. Puede detener una hemorragia arterial en una extremidad que de otra manera mataría en dos o tres minutos.
Guardado.
-Vendaje hemostático QuikClot -continué, tomando los dos paquetes-. Contiene un agente hemostático que acelera dramáticamente la coagulación de la sangre. Para heridas donde no puedes aplicar torniquete, como el cuello, el torso o la ingle. Se mete directamente en la herida y se presiona. Es doloroso pero funciona.
Guardados.
-Morfina autoinyectable -dije, examinando la jeringa precargada-. Para cuando el dolor es tan severo que incapacita al paciente. El soldado se la clavaría en el muslo exterior en caso de herida grave. Una dosis de diez miligramos. Suficiente para manejar el dolor de una fractura o una herida de bala durante varias horas.
Guardada.
El kit de antibióticos militares contenía tres tipos diferentes: Ciprofloxacino, doxiciclina y metronidazol. Diseñados para prevenir infecciones en heridas de guerra.
Guardados.
En la bota derecha del soldado encontré el KA-BAR.
La hoja de acero inoxidable brilló en la luz de la linterna cuando lo saqué de la funda.
-KA-BAR -dije, sopesándolo-. El cuchillo estándar del Cuerpo de Marines estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. Hoja de veinte centímetros, doble filo en la punta, empuñadura de cuero trenzado. Prácticamente indestructible. Útil para todo: cortar, cavar, combate cuerpo a cuerpo, preparar comida, construir refugios. -Hice una pausa-. Y silencioso. Mucho más silencioso que una pistola.
Guardado.
La mochila táctica del soldado completó el hallazgo.
Dos raciones MRE completas.
-Las MRE -dije examinando una- están diseñadas para durar hasta cinco años sin refrigeración. Vienen con todo: entrada principal, guarnición, postre, bebida en polvo, condimentos, e incluso un pequeño calentador químico que calienta la comida sin fuego. En el apocalipsis esto es oro.
Guardadas.
La linterna táctica SureFire del chaleco fue el último hallazgo significativo de esta sala. Pequeña, compacta, quinientos lúmenes de luz blanca. Perfecta para montar en el rail de la Beretta.
La radio militar solo producía estática, pero la guardé. Podría ser útil más adelante.
Me quedé arrodillado junto al soldado un momento.
-Gracias -dije genuinamente-. No lo desperdiciaré
Saque nuevamente la libreta para apuntar las cosas que obtuve ahora.
Sala de descanso del personal medico:
- 1 Pistola Beretta M9 con 1 cargador insertado (12 balas).
- 53 balas de 9mm en total (2 cargadores adicionales + 15 balas sueltas).
- 1 Torniquete CAT (Combat Application Tourniquet).
- 2 Vendajes hemostáticos de QuikClot.
- 1 Jeringa de morfina autoinyectable (10 mg)
Kit de antibióticos militares (Ciprofloxacino, Doxiciclina y Metronidazol).
- 1 Cuchillo KA-BAR con funda.
- 2 Raciones MRE completas.
- 1 Linterna táctica SureFire (500 lúmenes).
- 1 Radio militar (con estática).
- 1 Chaleco táctico con fundas y bolsillos.
- 1 Funda táctica para pistola (muslo).
Después de guardar todo en mi almacenamiento espacial, me quedé mirando el chaleco táctico, la funda de muslo y el cuchillo KA-BAR que acababa de conseguir. No podía seguir caminando por el hospital solo con la bata abierta por detrás como un paciente escapado.
-Vamos a ponernos serios -murmuré.
Primero me coloqué el chaleco táctico. Era un poco grande, pero ajustable. Lo ceñí bien sobre la bata del hospital. Luego aseguré la funda táctica en mi muslo derecho y coloqué la Beretta M9 en ella, asegurándome de que estuviera bien sujeta.
Finalmente, me até la funda del KA-BAR en el cinturón del chaleco, dejando el cuchillo al alcance fácil de mi mano derecha.
Me miré de arriba abajo. La bata azul claro del hospital apenas cubría lo necesario, ahora medio oculta bajo el chaleco táctico lleno de bolsillos, con una pistola en el muslo y un enorme cuchillo de combate colgando.
No pude evitar soltar una risa baja y burlona.
-Joder... -dije en voz alta, negando con la cabeza-. Mira nada más qué pinta tengo. Parezco un enfermo mental que se escapó del psiquiátrico y decidió asaltar un arsenal antes de salir.
Me observé otra vez y solté otra carcajada contenida.
-Bata de hospital, calcetines antideslizantes y ahora parezco Rambo con diarrea. Si alguien me viera ahora mismo, no sabría si dispararme o internarme de nuevo.
Sacudí la cabeza, todavía sonriendo con ironía.
-Al menos estoy armado. Ridículo, pero armado. Eso cuenta para algo en este nuevo mundo.
Ajusté una última vez el chaleco, asegurándome de que todo estuviera bien sujeto, y respiré hondo.
-Bien. Ya basta de payasadas. Es hora de seguir saqueando y salir de aquí.
Después de ajustarme el chaleco táctico y comprobar que la Beretta y el KA-BAR estuvieran bien sujetos, me quedé un momento en la sala de descanso observando el desastre. Ya tenía un buen botín, pero sabía que estaba dejando pasar lo más valioso del hospital.
Me detuve en el pasillo y pensé sistemáticamente.
«El hospital tiene salas de medicamentos controlados, almacenes de suministros y la farmacia principal.
Todo eso suele estar cerrado con llave. Necesito esas llaves maestras si quiero sacar el máximo provecho.»
¿Dónde las guardarían?
En un hospital como este, las llaves maestras normalmente se encontraban en varios lugares estratégicos: la recepción principal, la oficina del supervisor de enfermería de planta... y, sobre todo, en el puesto central de enfermería.
Caminé por el pasillo principal hasta llegar a una estructura circular con mostradores altos y varios ordenadores apagados. Era el puesto central de enfermería.
En la pared trasera había un panel metálico gris con una pequeña cerradura. Lo forcé con una de las tijeras médicas que había encontrado antes. Se abrió sin mucha resistencia.
Dentro, colgando en ganchos metálicos, estaban las llaves. Ocho llaves numeradas con etiquetas claras.
-Perfecto... -susurré con una sonrisa mientras las tomaba todas-. Jackpot completo.
Las sostuve en la mano, sintiendo su peso. Cada una representaba acceso a suministros que la mayoría de los supervivientes nunca conseguirían.
Abrí la libreta y anoté rápidamente:
- Llaves Maestras - Planta 1 y 2
- Llave 1: Sala de medicamentos controlados planta 2
- Llave 2: Almacén de suministros planta 2
- Llave 3: Sala de medicamentos controlados planta 1
- Llave 4: Almacén general planta 1
- Llave 5: Farmacia - acceso trasero
- Llave 6: Farmacia - almacén controlado
- Llave 7: Sótano - almacén principal
- Llave 8: Sótano - control de seguridad
Guardé las llaves en uno de los bolsillos del chaleco táctico y cerré la libreta.
«Años viendo la serie me dijeron exactamente dónde buscar», pensé con satisfacción. «Nadie más habría revisado este panel. Nadie más habría pensado en forzar la cerradura del puesto central.»
«Esa es mi ventaja.»
Me sentí ridículo y poderoso al mismo tiempo: una bata de hospital medio rota, calcetines antideslizantes, un chaleco táctico lleno de equipo militar y ahora un llavero de llaves maestras colgando del chaleco.
-Esto cada vez se pone más absurdo... -murmuré riendo por lo bajo-. Parezco un paciente que se volvió loco y decidió robar todo el hospital antes de darse de alta.
Sacudí la cabeza y empuñé el nuevo cuchillo que acabo de conseguir.
-Bien. Ahora sí voy a por lo bueno.
Con las llaves maestras guardadas en uno de los bolsillos del chaleco táctico, sentí que por fin tenía verdadero control sobre el hospital. Ya no era solo una supervivencia improvisada.
-Sala de medicamentos controlados... -murmuré revisando las etiquetas-. Esa es la número uno.
Caminé hasta el final del pasillo principal y me detuve frente a una puerta de metal reforzado. La llave número uno entró suavemente y giró con un clic satisfactorio. Empujé la puerta y entré, encendiendo la linterna.
La sala era pequeña pero estaba perfectamente organizada. Estanterías metálicas de suelo a techo, medicamentos ordenados alfabéticamente en sus cajitas de plástico etiquetadas. El olor era peculiar, una mezcla de plástico, papel y algo químico que resultaba extrañamente reconfortante en medio de todo el caos.
Nadie había entrado aquí. Absolutamente nadie.
Me tomé cinco segundos simplemente para mirar y planificar. Izquierda a derecha. Arriba abajo. Metódico.
-Morfina clorhidrato -dije en voz baja, tomando las ampollas una a una y contándolas-. Quince ampollas de diez miligramos por mililitro. -Las examiné bajo la luz de la linterna-. En el apocalipsis el dolor severo no tratado mata igual que las balas. El shock por dolor puede llevar a un fallo cardíaco. La morfina es lo que separa una cirugía de emergencia brutal de una intervención manejable.
Guardadas.
Junto a las ampollas de morfina encontré algo que no esperaba. Fentanilo transdérmico. Parches de cien microgramos por hora.
-Fentanilo -dije, deteniéndome-. Cien veces más potente que la morfina. Estos parches se aplican directamente en la piel y liberan el medicamento durante setenta y dos horas de forma continua. Para dolor crónico severo o postquirúrgico prolongado. Hay que tener muchísimo cuidado con esto. -Los conté. Doce parches-. Guardados. Con extremo cuidado.
Seguí hacia la siguiente sección.
-Ketamina -dije, tomando las ampollas-. Cinco de quinientos miligramos. Un anestésico disociativo que en dosis bajas produce sedación y analgesia sin suprimir la respiración. Perfecto para cirugías de campo porque el paciente sigue respirando solo. -Hice una pausa-. Los veterinarios la llaman Special K. Los médicos militares la llaman su mejor amigo en combate. Yo la llamo imprescindible.
Guardadas.
-Lidocaína dos por ciento -continué-. Diez viales. Anestesia local pura. Inyectada directamente en la zona a tratar bloquea completamente el dolor sin afectar la conciencia. Con lidocaína y suturas puedo hacer trabajo médico de calidad sin necesitar anestesia general.
Luego encontré algo más que me hizo pausar.
-Propofol -dije, tomando las ampollas blancas lechosas-. Seis ampollas de doscientos miligramos. El anestésico de inducción más usado en quirófanos modernos. Actúa en segundos y produce inconsciencia completa. La desventaja es que suprime la respiración, así que necesitas supervisar al paciente constantemente. Pero para procedimientos cortos e intensamente dolorosos es perfecto.
Guardadas.
-Diazepam inyectable -continué-. Diez ampollas. Sedante, ansiolítico y anticonvulsivo. Para el shock severo, las convulsiones y los ataques de pánico incapacitantes. En el apocalipsis el trauma psicológico va a ser tan peligroso como las heridas físicas.
Guardado.
Continué revisando metódicamente: Adrenalina, suero fisiológico (quince bolsas), suero glucosado, Ringer lactato, suturas variadas (quince kits), grapadoras quirúrgicas, bisturís, pinzas, tijeras y un set completo de instrumental quirúrgico.
Y en el último estante, algo completamente inesperado.
-Plasma liofilizado -dije lentamente, tomando la caja con ambas manos-. Cuatro unidades. Plasma sanguíneo deshidratado que puede reconstituirse con agua estéril. No requiere refrigeración y dura años. Esto es extraordinariamente valioso.
Guardado con máximo cuidado.
También tomé cuatro bolsas de plasma sanguíneo convencional que aún se mantenían frías gracias a la batería de emergencia.
Actualicé la libreta rápidamente antes de salir de la sala, cerrando la puerta con llave detrás de mí.
Sala medicamentos controlados:
- 15 ampollas morfina + 12 parches fentanilo.
- 6 ampollas propofol + 5 ketamina + 4 atomizadores ketamina intranasal.
- 10 ampollas diazepam + 3 haloperidol + 3 atropina.
- 8 adrenalina + 6 naloxona.
- 10 viales lidocaína 2%
- 15 suero fisiológico + 8 glucosado + 12 Ringer lactato.
- 4 plasma liofilizado + 4 plasma convencional.
- 15 kits suturas + 3 grapadoras + 20 bisturís.
- Material quirúrgico completo.
Cerré la puerta de la sala de medicamentos controlados con llave y me quedé un momento en el pasillo, respirando profundamente. El peso invisible de todo lo que acababa de guardar en mi almacenamiento espacial me daba una sensación de seguridad que no había sentido desde que desperté.
-Bien... siguiente -murmuré, revisando las llaves-. Llave número dos. Almacén de suministros en la planta 1.
La puerta era más ancha, de doble hoja. La llave giró con facilidad y empujé ambas hojas. Encendí la linterna y entré.
Era una sala grande. Mucho más grande que la anterior. Estanterías metálicas industriales cargadas con cajas selladas de suministros médicos de todo tipo. El aire olía a plástico nuevo y material esterilizado. Nadie había tocado este lugar.
-Aquí hay mucho que explorar... -dije con una sonrisa de satisfacción.
Empecé por la sección de material de curas.
-Vendajes de compresión israelíes -dije, encontrando una caja entera-. Veinticuatro unidades. El vendaje de emergencia más avanzado disponible. Tiene un aplicador de presión incorporado que permite a una sola persona vendarse a sí misma una herida grave con una sola mano. Diseñado originalmente por el ejército israelí para el combate.
Guardados.
-Vendajes hemostáticos Combat Gauze -encontré otra caja-. Doce unidades. Similar al QuikClot pero en formato de gasa impregnada. Se mete directamente en la herida y se presiona durante tres minutos. Acelera la coagulación. Para heridas donde el torniquete no puede aplicarse.
Guardados.
Seguí avanzando: vendajes grandes estériles (cincuenta), medianos (cien), pequeños (doscientos), apósitos no adherentes para quemaduras... Todo desaparecía en mi almacenamiento espacial de forma ordenada.
En la siguiente sección encontré el material de protección personal.
-Mascarillas N95 -cien unidades selladas-. Las Mascarillas FFP3 -cincuenta unidades-. -Las FFP3 filtran el noventa y nueve por ciento de las partículas aéreas. Son el nivel más alto de protección respiratoria disponible sin equipo de presión positiva. Si hay una epidemia en el campamento, estas van a ser invaluables.
Todas guardadas.
-Trajes de protección biológica Tyvek -doce unidades-. Cubren el cuerpo completo. -Recordé la influenza hemorrágica que aparecería más adelante-. Estos van a ser absolutamente cruciales.
Guardados con especial cuidado.
Continué con guantes de nitrilo, gafas de protección, protectores faciales, delantales impermeables y cubrezapatos.
Luego llegué a la sección de equipos.
-Torniquetes CAT adicionales -doce unidades-. Torniquetes SOFTT-W -ocho unidades.
Guardados.
Collares cervicales, férulas inflables, férulas de aluminio moldeable (Sam Splints), mantas térmicas, camillas plegables, sillas de ruedas y muletas.
Y en el último estante del fondo encontré algo que me hizo detenerme.
Una caja grande con el letrero EQUIPO QUIRÚRGICO DE CAMPO.
La abrí con cuidado.
-Un set completo de cirugía de campo -dije lentamente, examinando el contenido-. Retractores, separadores, pinzas hemostáticas, porta agujas, tijeras de Mayo, bisturís... Todo esterilizado y sellado. -Cerré la caja con reverencia-. Con esto y los medicamentos que tengo podría realizar cirugías básicas.
Apendicectomías de emergencia, desbridamientos... incluso amputaciones si fuera absolutamente necesario.
Guardado con extremo cuidado.
Actualicé la libreta rápidamente y me quedé mirando las estanterías casi vacías.
Almacén de Suministros - Planta 1:
- 24 Vendajes de compresión israelíes (con aplicador de presión incorporado).
- 12 Vendajes hemostáticos Combat Gauze.
- 50 Vendajes grandes estériles.
- 100 Vendajes medianos.
- 200 Vendajes pequeños.
- 50 Apósitos no adherentes (para quemaduras).
- 100 Mascarillas N95.
- 50 Mascarillas FFP3 (mayor filtración).
- 12 Trajes de protección biológica Tyvek (cuerpo. completo).
- 20 Gafas de protección selladas.
- 10 Protectores faciales completos.
- 500 pares de guantes de nitrilo gruesos.
- 300 pares de guantes de látex estériles.
- 30 Delantales impermeables.
- 200 pares de cubrezapatos desechables.
- 12 Torniquetes CAT adicionales.
- 8 Torniquetes SOFTT-W.
- 10 Collares cervicales de varios tamaños.
- 8 Férulas inflables para extremidades.
- 20 Férulas de aluminio moldeable (Sam Splints).
- 20 Mantas térmicas de emergencia.
- 15 Mantas de algodón gruesas.
- 4 Camillas de lona plegables.
- 3 Sillas de ruedas plegables.
- 6 pares de muletas ajustables.
- 6 Oxímetros de pulso adicionales.
- 4 Kits de glucómetro con tiras reactivas (500 tiras).
- 4 Tensiómetros digitales adicionales.
- 8 Termómetros infrarrojos de oído.
- 6 Estetoscopios.
- 3 Otoscopios.
- 10 Linternas de exploración médica.
- 1 Set completo de instrumental quirúrgico de campo (retractores, pinzas, bisturís, tijeras, etc.).
-Esto ya no es solo supervivencia... -murmuré-. Esto es el comienzo de algo más grande.
Después de cerrar el almacén de suministros y actualizar la libreta, miré las llaves que me quedaban. Todavía había más por saquear.
-Ahora sí... la farmacia principal -murmuré.
Bajé las escaleras de emergencia con cuidado, evitando dos walkers en el camino. El primero cayó ante el KA-BAR sin hacer ruido. El segundo requirió más atención: estaba al pie de las escaleras y me vio antes de que pudiera esquivarlo. Retrocedí tres escalones, lo atraje hacia arriba y cuando extendió los brazos lo empujé contra la barandilla. Cayó hacia atrás con un golpe seco y no se levantó.
-Bien. Sigamos.
La farmacia estaba junto a la entrada principal. El mostrador frontal estaba completamente saqueado: estanterías vacías, cajas rotas y envases aplastados por el suelo.
«Amateurs», pensé. «Se llevaron lo que estaba a la vista.»
Rodeé el mostrador y fui directamente a la puerta trasera. Llave número cinco para el acceso general. Llave número seis para el almacén controlado dentro.
Entré primero en el acceso general. Aquí los saqueadores habían llegado parcialmente. Las estanterías frontales estaban vacías, pero las traseras y los armarios laterales seguían intactos.
Empecé a registrar metódicamente.
-Ciprofloxacino 500mg -tres frascos grandes-. El antibiótico de segunda generación. Para infecciones que no responden a la amoxicilina. Neumonía, infecciones por mordeduras, infecciones urinarias severas.
Guardados.
-Amoxicilina con clavulánico 875mg -cuatro frascos. La versión aumentada, efectiva contra bacterias resistentes.
Guardados.
-Metronidazol 500mg -tres frascos. Para infecciones anaerobias en heridas profundas.
Guardados.
-Doxiciclina 100mg -dos frascos. Especialmente útil contra infecciones por garrapatas, omnipresentes en Georgia.
Guardados.
Continué con azitromicina, trimetoprim-sulfametoxazol, ibuprofeno en dosis altas, paracetamol, naproxeno, tramadol y codeína.
Todo guardado.
Luego los medicamentos para condiciones crónicas: metformina, glibenclamida, lisinopril, amlodipino, atorvastatina, levotiroxina, ácido valproico, carbamazepina...
-Los antiepilépticos -dije guardándolos- son de los medicamentos más críticos que existen en el apocalipsis. Una crisis epiléptica en medio de un encuentro con walkers es una sentencia de muerte.
Guardados.
Salbutamol, beclometasona e ipratropio para asma y EPOC. Omeprazol, loperamida, sales de rehidratación oral, cremas antibióticas, antifúngicas y sulfadiazina argéntica para quemaduras.
-La sulfadiazina argéntica -dije- es absolutamente imprescindible para quemaduras. Sin ella una quemadura de segundo grado que cubre el veinte por ciento del cuerpo puede infectarse y matar en días. Con ella es tratable.
Guardadas.
Vitaminas, minerales, hierro, zinc, omega-3... todo desapareció en mi almacenamiento.
Ahora el almacén controlado. Llave número seis.
Entré.
Aquí estaba lo más valioso: los narcóticos y medicamentos de alto control.
La nevera de emergencia seguía funcionando con la batería de respaldo.
-Insulina NPH -ocho viales-. Insulina lispro -seis viales. Insulina glargina -cuatro viales-. -Tener tres tipos diferentes nos permite adaptar el tratamiento a diferentes tipos de diabetes.
Guardadas con máximo cuidado.
También tomé morfina oral de liberación sostenida, oxicodona, buprenorfina y naloxona nasal.
Actualicé la libreta una vez más y me quedé mirando la farmacia casi vacía.
Farmacia - Planta 1:
Antibióticos:
- 3 frascos grandes de Ciprofloxacino 500mg
- 4 frascos de Amoxicilina con clavulánico 875mg
- 3 frascos de Metronidazol 500mg
- 2 frascos de Doxiciclina 100mg
- 2 frascos de Azitromicina 500mg
- 2 frascos de Trimetoprima sulfametoxazol
- Analgésicos y Antiinflamatorios:
- 3 frascos de Ibuprofeno 600mg (600 pastillas)
- 2 frascos de Ibuprofeno 400mg (400 pastillas)
- 4 frascos de Paracetamol 1000mg (800 pastillas)
- 2 frascos de Paracetamol 500mg (400 pastillas)
- 2 frascos de Naproxeno 500mg
- 3 frascos de Tramadol 50mg (300 pastillas)
- 2 frascos de Codeína 30mg + Paracetamol (200 pastillas)
Medicamentos para Condiciones Crónicas:
- 4 frascos de Metformina 850mg (diabetes)
- 2 frascos de Glibenclamida (diabetes)
- 3 frascos de Lisinopril 10mg (hipertensión)
- 2 frascos de Amlodipino 5mg (hipertensión)
- 2 frascos de Atorvastatina 40mg (colesterol)
- 2 frascos de Levotiroxina 50mcg + 2 frascos de 100mcg (hipotiroidismo)
- 2 frascos de Ácido valproico 500mg (epilepsia)
- 2 frascos de Carbamazepina 200mg (epilepsia)
Respiratorios:
- 10 inhaladores de Salbutamol
- 6 inhaladores de Beclometasona
- 4 inhaladores de Ipratropio
Gastrointestinales:
- 3 frascos de Omeprazol 20mg (300 pastillas)
- 2 frascos de Pantoprazol 40mg
- 2 frascos de Loperamida 2mg (200 pastillas)
- 2 frascos de Simeticona
- 30 sobres de Sales de rehidratación oral
Medicamentos para la Piel:
- 10 tubos de Mupirocina (antibiótico tópico)
- 10 tubos de Clotrimazol (antifúngico)
- 8 tubos de Hidrocortisona 1%
- 5 frascos de Nitrofurazona
- 6 tubos de Sulfadiazina argéntica (para quemaduras)
Vitaminas y Suplementos:
- 4 frascos de Vitaminas completas con minerales
- 3 frascos de Vitamina C 1000mg
- 2 frascos de Vitamina D 2000 UI
- 3 frascos de Complejo B
- 2 frascos de Hierro 325mg
- 2 frascos de Calcio con Vitamina D
- 2 frascos de Zinc 50mg
- 2 frascos de Omega-3
Almacén Controlado (Narcóticos y Especiales):
- 8 viales de Insulina NPH
- 6 viales de Insulina Lispro (acción rápida)
- 4 viales de Insulina Glargina (acción prolongada)
- 3 frascos de Morfina oral de liberación sostenida
- 2 frascos de Oxicodona 5mg
- 1 frasco de Buprenorfina sublingual
- 4 kits de Naloxona nasal
-Con todo esto... -murmuré- ya no solo sobreviviré. Puedo mantener vivo a un grupo entero.
Después de cerrar la farmacia y guardar las últimas llaves, bajé por las escaleras de servicio hacia el sótano. La llave número siete y la número ocho me abrieron el paso sin problemas.
El Almacén General era grande, oscuro y olía ligeramente a humedad. Las estanterías metálicas llegaban hasta el techo y estaban cargadas con suministros de todo tipo. Nadie había llegado hasta aquí.
Trabajé durante casi treinta minutos, moviéndome entre las estanterías con rapidez y orden. Ya había revisado y guardado tantas cosas que sentía que repetir cada detalle en voz alta empezaba a ser innecesario, tanto para mí como para quien algún día lea estas notas.
Nota del autor:
A partir de ahora solo pondré las listas principales de los suministros. Es más práctico y evita que el registro se vuelva repetitivo y pesado. Quien lea esto entenderá que cada ítem fue examinado, evaluado y guardado con cuidado. No quiero que el fanfic se convierta en un catálogo interminable. Prefiero avanzar con la historia.
Almacén General - Sótano:
Material de curas avanzado:
- 20 Apósitos de plata (propiedades antibacterianas)
- 20 paquetes de Apósitos de alginato
- 15 unidades de Apósitos de hidrocoloide
- 20 unidades de Jeringas de irrigación de 50 ml
- 10 Catéteres de succión
- 8 Sondas nasogástricas
- 20 Bolsas de colostomía
- 40 Sets de venoclisis completos
- 20 Llaves de tres vías
- 20 Filtros de membrana para medicamentos IV
Sección de esterilización:
- 100 Bolsas de esterilización por autoclave
- 50 Indicadores químicos de esterilización
- 5 litros de Glutaraldehído al 2%
- 10 litros de Povidona yodada quirúrgica al 10%
Sección de higiene y limpieza:
- 20 botellas de Jabón quirúrgico de clorhexidina (500 ml)
- 10 litros de Detergente enzimático para instrumental
- 20 litros de Solución de hipoclorito sódico al 10% (lejía médica)
- 20 litros de Alcohol etílico al 70%
- 10 litros de Amonio cuaternario
Sección de textiles y ropa:
- 30 sets de Sábanas y fundas de almohada selladas
- 20 Mantas hospitalarias gruesas
- 15 sets de Uniformes médicos
- 20 Pijamas de paciente
- 100 Batas desechables impermeables
- 100 Gorros quirúrgicos
- 200 pares de Cubrezapatos desechables
- 40 Toallas de algodón grueso
Sección de higiene personal:
- 100 barras de Jabón neutro
- 20 botellas de Champú neutro
- 300 rollos de Papel higiénico
- 50 paquetes de Toallitas húmedas desinfectantes
- 40 paquetes de Compresas y tampones
- 20 paquetes de Pañales de adulto
- 15 tubos de Crema de óxido de zinc
Sección de nutrición clínica:
- 40 botellas de Suplementos nutricionales Ensure
- 10 kg de Nutrición enteral en polvo
- 5 kg de Glucosa en polvo
- 50 sobres adicionales de Sales de rehidratación oral
- 4 frascos de Probióticos
Cafetería y Cocina del Personal:
Comida enlatada y conservas:
- 35 latas de comida variada (sopa de tomate, alubias, maíz, atún, sardinas, pollo guisado, estofado de ternera, etc.)
Alimentos secos:
- 8 kg de arroz blanco
- 10 kg de pasta variada
- 5 kg de harina de trigo
- 3 kg de harina de maíz
- 5 kg de azúcar blanca
- 4 kg de sal marina
- 4 litros de aceite de oliva virgen extra
- 3 litros de aceite vegetal
- 4 litros de vinagre de manzana
- 8 frascos de miel
- 10 frascos de mantequilla de cacahuete
- 8 kg de leche en polvo entera
- 3 kg de café molido
- 2 kg de café instantáneo
- 200 bolsitas de té negro
- 100 bolsitas de té verde
- 2 kg de cacao en polvo
- 20 sets de especias variadas
- 8 paquetes de levadura seca
- 5 paquetes de bicarbonato sódico
- 8 botellas de salsa de soja
- 10 botellas de Tabasco
Frutos secos y snacks:
- 15 kg de frutos secos mixtos (almendras, nueces, anacardos, pistachos)
- 5 bolsas de semillas de girasol
- 20 tabletas de chocolate negro 70%
- 50 barritas energéticas
- 20 chocolatinas
- 15 paquetes de galletas saladas
- 20 bolsas de patatas fritas
Bebidas:
- 12 botellas de vino tinto
- 4 botellas de whisky
- 3 botellas de vodka de alta graduación
- 20 botellas de agua embotellada (máquina)
- 30 latas de refrescos
- 15 unidades de zumos
- 10 latas de bebidas energéticas
Equipo de cocina:
- 4 ollas grandes de acero inoxidable
- 3 sartenes de hierro fundido
- 1 set completo de 8 cuchillos de cocina
- 4 tablas de cortar grandes
- 8 abre latas manuales
- 4 sets de cucharones y utensilios
- 10 cajas de fósforos impermeables
- 15 encendedores de gas
- 10 rollos de papel de aluminio
- 10 rollos de film transparente
- 20 contenedores herméticos de plástico
Otros:
- 4 macetas con hierbas aromáticas vivas (romero, tomillo, albahaca y menta)
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22 de octubre de 2010 - Estacionamiento del Hospital King County, Georgia. 1:15 p.m.
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Salí del hospital por la puerta principal. La luz del día me golpeó con fuerza después de tantas horas en los pasillos oscuros. Parpadeé varias veces, adaptándome al brillo. El estacionamiento frente al edificio era un panorama desolador.
Las filas irregulares de cadáveres cubiertos con sábanas blancas se extendían ante mí. Algunas sábanas se habían movido con el viento, dejando ver brazos hinchados, piernas ennegrecidas y rostros parcialmente expuestos. El olor a muerte era denso, dulce y nauseabundo. Muchos cuerpos ya mostraban signos claros de descomposición. El silencio era absoluto.
Me quedé quieto un momento, observando la escena.
-Dios mío... -murmuré-. En la serie se veía horrible, pero estar aquí... ver esto en persona es otra cosa. Toda esta gente murió esperando ayuda que nunca llegó.
Caminé entre las filas de cuerpos con cuidado y subí por una pequeña colina que había detrás del estacionamiento. Desde la cima, la vista fue aún más impactante.
Allí estaba el refugio militar improvisado: un helicóptero Black Hawk estrellado yacía inclinado sobre su costado, con las hélices destrozadas y el fuselaje lleno de impactos de bala. Alrededor había tres Humvees abandonados, un camión militar M35, barricadas de sacos de arena derrumbadas y los cuerpos de aproximadamente veinticinco soldados esparcidos por el área. Habían evacuado en pánico y dejaron atrás gran parte del equipo pesado.
Me acerqué con cautela, Beretta en mano.
-Los militares vinieron a salvar a Atlanta... -susurré-. Y terminaron igual que todos.
Respiré hondo y empecé a registrar el campamento de forma metódica. Y terminaron igual que todos.
Respiré hondo y empecé a registrar el campamento de forma metódica.
Suministros encontrados en el Refugio Militar:
Armas Operativas:
- 6 M4 Carbine (con Red Dot EOTech + Linterna SureFire)
- 3 M16A4 (con Mira ACOG 4x)
- 1 M249 SAW (con bípode + cinta munición)
- 10 Beretta M9 (con linterna táctica)
- 2 Mossberg 590A1 (con mira fantasma + portacartuchos)
- 1 Francotirador M24 (con mira Leupold 10x)
Munición:
- 2,400 balas 5.56mm
- 400 balas en cintas para M249
- 1,200 balas 9mm
- 200 cartuchos calibre 12
- 100 balas .308
- 6 granadas para M203
Explosivos y Señalización:
- 6 Granadas fragmentación M67
- 8 Granadas de humo
- 4 Granadas aturdidoras
- 15 Bengalas militares
Protección Personal:
- 12 Chalecos antibalas con placas
- 12 Cascos tácticos
- 10 Gafas balísticas
- 1 Gafas de visión nocturna PVS-14
Guantes tácticos, rodilleras, coderas y botas militares
Equipo Táctico:
- 10 Mochilas tácticas MOLLE
- 12 Chalecos portacargadores
- 10 Holsters tácticos para pierna
- 8 Cuchillos KA-BAR
- 6 Multiherramientas Leatherman
Médico Militar:
- 15 Botiquines IFAK completos
- 20 Torniquetes CAT
- 20 Vendajes hemostáticos QuikClot
- 8 Morfina autoinyectable
- Kits de antibióticos militares
Comida y Agua:
- 48 Raciones MRE completas
- 40 litros de Agua purificada
- Barritas energéticas y proteicas
Energía y Comunicación:
- 2 Generadores portátiles
- ~300 litros de combustible
- 7 Radios militares
- Linternas tácticas y frontales
Vehículos:
- 2 Humvees operativos
- 1 Camión militar M35 operativo
Después de terminar de saquear el refugio militar, guardé los dos Humvees en mi almacenamiento espacial y subí al camión militar M35. El motor diésel rugió con fuerza, rompiendo el silencio sepulcral de las calles. Era ruidoso y pesado, pero robusto y con excelente capacidad de carga. Conduje por las calles desiertas de King County, pasando casas abandonadas, autos detenidos en medio de la carretera y algunos walkers que se giraban torpemente hacia el ruido del motor. No me detuve.
Llegué a la casa de Rick poco más de quince minutos después. Estacioné el gran camión militar en la entrada, bloqueando parcialmente la calle. Apagué el motor y el silencio repentino fue casi ensordecedor. Bajé del vehículo con la Beretta en la funda del muslo y el KA-BAR al alcance de la mano. El chaleco táctico pesaba, pero me hacía sentir más seguro.
Me quedé un momento frente a la puerta principal que estaba abierta, observando la casa de dos pisos. Todo estaba tal como lo recordaba, pero ahora era real. El césped descuidado, las cortinas corridas, el silencio absoluto.
Respiré hondo y entré a la casa con pasos calmados.
El interior olía a cerrado, a polvo y a recuerdos. Cerré la puerta detrás de mí y me apoyé contra ella un segundo.
-Estoy en casa... -susurré-. O al menos en la casa de Rick.
Empecé a revisar habitación por habitación con cautela. La sala estaba intacta, los juguetes de Carl todavía estaban esparcidos en una esquina. Subí al segundo piso. El cuarto de Carl estaba vacío. El dormitorio principal también. No había señales de Lori ni de Carl. Sabía dónde estaban, pero confirmarlo en persona generaba una extraña mezcla de alivio y tensión.
Estaba bajando las escaleras cuando escuché ruido afuera. Pasos cautelosos y voces bajas. Me acerqué con cuidado a la ventana de la sala y me asomé.
Dos figuras caminaban por la acera de enfrente: un hombre adulto y un niño. El hombre llevaba un revólver en la mano y el niño sujetaba una pala con ambas manos. Se movían con mucha precaución, mirando constantemente a su alrededor.
Mi corazón se aceleró. Los conocía a esos dos a la perfección.
Salí por la puerta principal con las manos visibles, pero sin levantarlas demasiado. El camión militar estaba justo detrás de mí, imposible de ignorar.
El hombre levantó el revólver inmediatamente, apuntándome. El niño se escondió parcialmente detrás de él.
-¡No te muevas! -gritó el hombre, la voz tensa y llena de desconfianza-. ¡Manos donde pueda verlas!
Levanté las manos despacio, manteniendo la calma.
-Tranquilo... no voy armado en las manos -respondí con voz firme pero serena-. Solo quiero hablar.
El hombre me miró de arriba abajo, claramente confundido por mi aspecto: la bata de hospital rota asomando bajo el chaleco táctico lleno de equipo militar, y el enorme camión aparcado frente a la casa.
-¿Quién carajos eres tú? -preguntó sin bajar el revólver-. ¿Y de dónde sacaste ese camión?
-Me llamo Rick Grimes -respondí-. Desperté hace unas horas en el hospital King County. Estaba en coma. Cuando salí, todo esto ya estaba así. Vi el camión en un campamento militar abandonado cerca del hospital y lo tomé. Necesitaba algo para moverme.
El hombre entrecerró los ojos, todavía apuntándome.
-¿Y qué haces en esta casa?
-Esta es mi casa -respondí con sinceridad-. Me estaba fijando si es que mi esposa y mi hijo estaban aquí. Pero no hay nadie.
Hubo un silencio largo y tenso. El niño miró a su padre, esperando.
El hombre finalmente bajó un poco el revólver, aunque seguía alerta.
-Yo soy Morgan -dijo al final, con recelo-. Él es Duane, mi hijo.
Asentí lentamente.
-Rick Grimes -repetí.
Morgan me observó un momento más, luego miró el camión otra vez.
-Ese camión hace demasiado ruido. Va a atraer caminantes.
-Lo sé -respondí-. No pensaba quedarme mucho tiempo aquí de todas formas.
Morgan miró a Duane, quien parecía cansado y hambriento. Luego volvió a mirarme.
-...Ven a la casa donde nos estamos quedando -dijo, señalando unas casas más abajo en la misma calle-. Es la casa del vecino, tres casas más adelante. Ahí nos estamos quedando Duane y yo. Podemos hablar mejor adentro, sin estar expuestos aquí.
Asentí y los seguí caminando por la acera hasta la casa indicada. Morgan abrió la puerta con cuidado y nos hizo pasar. Una vez dentro, cerró con llave. Duane se sentó en el sofá, todavía sujetando la pala con fuerza.
Morgan me miró fijamente, todavía con el revólver en la mano, aunque ya no me apuntaba.
Morgan me miró fijamente y se sentó frente a mí.
Me tomé un momento para observarlos antes de hablar:
-Morgan... ¿qué está pasando realmente? ¿Cómo es la situación actualmente? Desperté del coma y todo esto es un caos. Necesito entender qué ha pasado.
Morgan soltó un largo suspiro, se pasó la mano por la cara y empezó a hablar con voz grave y cansada:
-Todo se fue al infierno muy rápido, Rick. Al principio decían que era una gripe extraña, algo que los hospitales podían controlar. Luego la gente empezó a morir... y a levantarse. Mataban a los que se convertían, pero eran demasiados. El gobierno dijo que iban a contenerlo, que el ejército iba a ayudar... pero la ayuda nunca llegó de verdad. Los militares aparecieron unos días y luego desaparecieron. Ahora solo quedan caminantes por todas partes.
Hizo una pausa, mirando al suelo con dolor.
-Mi esposa, Jenny... la mordieron. Intenté cuidarla en casa, pero se convirtió. Ahora anda por el vecindario, caminando frente a la casa todas las noches. Duane la ha visto también. No puedo matarla... es mi esposa.
Pero tampoco puedo dejarla así. Hemos estado escondiéndonos, moviéndonos de casa en casa. La comida se está acabando y la munición también. Ya no sé cuánto tiempo más vamos a poder aguantar.
Se hizo un silencio pesado en la habitación.
Morgan se quedó en silencio después de contarme su historia. El peso de sus palabras llenaba toda la habitación. Duane miraba al suelo, apretando la pala con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. El dolor en los ojos de Morgan era palpable.
Me quedé callado un momento, procesando todo lo que había dicho. Sabía exactamente cómo terminaría esto si no intervenía. Lo había visto. Morgan se obsesionaría, se volvería un fantasma de sí mismo, y Duane pagaría las consecuencias.
Respiré profundo y hablé con voz calmada pero firme:
-Morgan... lo que estás pasando es algo que nadie debería vivir. Ver a la persona que amas convertida en eso... caminando ahí afuera, día tras día... es una tortura. No solo para ti, sino también para Duane.
Morgan levantó la vista lentamente, con los ojos enrojecidos.
-¿Qué quieres decir con eso?
Lo miré directamente a los ojos.
-Quiero decir que Jenny ya no está. Lo que anda por ahí no es ella. Es solo un cascarón. Un cuerpo que se mueve porque el virus lo obliga. Ella se fue en el momento en que murió. Lo que estás haciendo... mantenerla así, viéndola todas las noches... solo te está destruyendo. Y está destruyendo a tu hijo.
Morgan apretó la mandíbula. Su mano tembló ligeramente sobre el revólver que aún tenía en el regazo.
-No... no puedo. Es mi esposa, Rick. ¿Cómo se supone que mate a mi propia esposa? ¿Con mis propias manos? No puedo hacerle eso.
Duane levantó la mirada, con lágrimas en los ojos, pero no dijo nada.
Me incliné un poco hacia adelante, manteniendo la voz baja y respetuosa.
-Sé que es lo más difícil que vas a tener que hacer en tu vida. Pero piensa en Duane. Piensa en ti. Cada noche que la ves caminando ahí afuera, es como si la perdieras de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Eso no es vivir, Morgan. Eso es sufrir lentamente. Si la liberas... si le das paz... podrás empezar a proteger a tu hijo de verdad. Podrás seguir adelante. Los dos podrán seguir adelante.
Morgan se levantó de golpe, caminando de un lado a otro de la habitación, visiblemente agitado.
-¿Y si no puedo? ¿Y si apunto y... no puedo apretar el gatillo? ¿Y si soy demasiado cobarde para hacer lo que hay que hacer?
Me levanté también, pero mantuve la distancia.
-Entonces yo lo haré por ti -dije con seriedad-. Si no puedes, déjame ayudarte. No tienes que hacerlo solo. Pero dejarla así... no es misericordia, Morgan. Es tortura. Para ella. Para ti. Para Duane.
El silencio que siguió fue largo y pesado. Morgan se detuvo frente a una ventana, mirando hacia la calle donde sabía que Jenny caminaba por las noches. Sus hombros temblaban ligeramente.
Duane habló por primera vez, con voz pequeña y rota:
-Papá... duele verla así. Todas las noches me duele.
Morgan cerró los ojos con fuerza. Una lágrima escapó por su mejilla.
-No sé si puedo... -susurró-. Pero sé que tienes razón. No puedo seguir así. No podemos seguir así.
Se giró hacia mí, con la mirada destrozada pero decidida.
-¿Lo harías? ¿De verdad lo harías por nosotros?
Asentí sin dudar.
-Lo haría. Y lo haríamos juntos. No tienes que cargar con esto solo.
Morgan se quedó mirando el revólver en su mano durante un largo rato. Luego lo guardó en su cinturón y respiró tembloroso.
-Está bien... -dijo finalmente, con la voz quebrada-. Vamos a hacerlo. Pero no hoy. Necesito... necesito prepararme. Necesito despedirme de alguna forma.
Puse una mano en su hombro por un momento.
-Tómate el tiempo que necesites. Pero no demasiado. Mientras más tiempo pase, más difícil será.
Morgan asintió lentamente, con la mirada perdida. No dijo nada más. Se levantó y salió al patio trasero de la casa del vecino. Duane y yo nos quedamos en silencio dentro de la casa.
Pasaron casi dos horas. Eran las 3:24 p.m de la tarde cuando Morgan regresó.
Durante ese tiempo, Duane y yo apenas hablamos. Le di una barrita energética y un poco de agua. El niño comió en silencio, mirando constantemente hacia la ventana, esperando a su padre. Yo me dediqué a revisar mi equipo, limpiando la Beretta y organizando algunas cosas en el chaleco táctico. El silencio era pesado, cargado de anticipación.
Finalmente, la puerta trasera se abrió. Morgan entró con los ojos enrojecidos, pero con una determinación que no había visto antes. Tenía el revólver en la mano y la mandíbula apretada.
Se detuvo frente a mí y habló con voz ronca:
-Está bien... -dijo, tragando saliva con dificultad-. Voy a hacerlo. No puedo seguir así. No puedo seguir torturando a mi hijo ni a mí mismo. Vamos a buscar a Jenny.
Duane se levantó del sofá de inmediato, con los ojos muy abiertos.
-¿Papá...? -preguntó con voz temblorosa.
Morgan se arrodilló frente a su hijo y le puso una mano en el hombro.
-Hijo... esto es algo que tengo que hacer. Tu mamá ya no está. Lo que anda ahí afuera... ya no es ella. Tengo que darle paz. ¿Entiendes?
Duane asintió con lágrimas en los ojos, aunque era evidente que le costaba.
Morgan se levantó y me miró.
-Vamos. Antes de que me arrepienta.
Salimos los tres de la casa. El sol ya estaba más bajo en el cielo, tiñendo todo de un tono anaranjado. El camión militar seguía estacionado en la calle. Morgan miró el vehículo un momento, pero no dijo nada. Caminamos juntos por la acera, con Morgan liderando el camino.
Cada paso se sentía pesado. Morgan tenía el revólver en la mano derecha, temblando ligeramente. Duane caminaba a su lado, sujetando la pala con fuerza. Yo iba un poco atrás, con la Beretta lista, vigilando los alrededores.
Morgan habló en voz baja mientras caminábamos:
-Suele estar cerca de nuestra antigua casa... unas calles más abajo. Siempre regresa al mismo lugar. Como si algo de ella todavía recordara.
Llegamos a la esquina. Morgan se detuvo y respiró profundamente. Su mano apretaba el revólver con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
-Ahí está... -susurró.
A lo lejos, una figura solitaria caminaba lentamente por la calle. Incluso desde esa distancia se podía ver el movimiento torpe y descoordinado. Era Jenny.
Morgan se quedó paralizado por un momento. Las lágrimas empezaron a correr por su rostro.
-No sé si pueda... -murmuró con la voz rota.
Puse una mano en su hombro.
-Estoy aquí, Morgan. No estás solo.
Puse una mano firme en su hombro.
-Estoy aquí, Morgan. No estás solo. Ni tú ni Duane. Vamos a hacer esto juntos.
Morgan asintió con lágrimas corriendo por su rostro. Levantó el revólver con manos temblorosas y empezó a caminar hacia Jenny. Duane y yo lo seguimos a una distancia prudente. La figura de Jenny se movía lentamente bajo la luz naranja del atardecer, con ese andar torpe y descoordinado tan característico de los caminantes.
Cuando estuvimos a unos diez metros, Morgan se detuvo. Su brazo temblaba visiblemente mientras apuntaba.
-Jenny... -susurró con la voz rota-. Lo siento tanto, amor. Perdóname... perdóname por no haberte protegido. Perdóname por esto.
Intentó apretar el gatillo. Su dedo se posó sobre él, pero no pudo. Las lágrimas caían sin control. Bajó el arma ligeramente, sollozando.
-No puedo... Dios, no puedo...
Di un paso adelante y puse mi mano sobre la suya con suavidad.
-Déjame a mí -dije en voz baja-. Tú ya has hecho suficiente.
Morgan me miró con los ojos destrozados, pero asintió y me entregó el revólver.
Levanté el arma, apuntando con firmeza a la cabeza de Jenny. Ella giró lentamente hacia nosotros, emitiendo ese gemido gutural tan familiar. No era ella. Ya no.
-Lo siento, Jenny -murmuré-. Descansa en paz.
Disparé.
El sonido del disparo resonó en la calle vacía. Jenny cayó hacia atrás con un golpe seco, inmóvil. El silencio que siguió fue absoluto.
Morgan se dejó caer de rodillas frente al cuerpo de su esposa. Las lágrimas corrían sin control por su rostro. Se acercó lentamente y le acarició la mejilla con mano temblorosa.
-Te amo, Jenny -susurró con voz quebrada-. Siempre te amé. Perdóname por no haber podido salvarte. Perdóname por esto... pero ya no vas a sufrir más. Ya estás en paz, amor mío. Ya estás libre.
Se inclinó y le dio un último beso en la frente. Luego se quedó allí, arrodillado, con la cabeza baja, llorando en silencio. Duane se acercó y abrazó a su padre, llorando también. Me quedé a unos pasos de distancia, respetando el momento. El sol seguía bajando, pintando todo de tonos rojizos y dorados.
Pasaron varios minutos en completo silencio. Solo se escuchaban los sollozos ahogados de Morgan y Duane.
Finalmente, hablé con voz suave:
-Morgan... deberíamos enterrarla. Merece un entierro digno. No podemos dejarla aquí en la calle.
Morgan levantó la cabeza lentamente, con los ojos hinchados y rojos. Asintió con dificultad.
-Tienes razón... -susurró-. Merece descansar en un lugar decente.
Asentí con respeto.
-Hay un patio trasero en la casa de al lado -dije-. Está rodeado de árboles y es tranquilo. Podemos enterrarla allí.
Morgan asintió en silencio. Entre los tres cargamos el cuerpo con cuidado. Yo tomé la parte superior, Morgan la cintura y Duane ayudó sosteniendo las piernas, aunque se le quebraba la voz cada vez que la tocaba.
El trayecto fue corto pero pesado, no solo por el peso físico, sino por el emocional.
Llegamos al patio trasero de la casa del vecino. El césped estaba crecido y descuidado, pero había un rincón bajo un viejo roble que parecía un lugar digno. Dejamos el cuerpo con suavidad sobre el pasto.
Fui hasta la entrada principal de la casa y saqué dos palas de mi almacenamiento que había encontrado en el refugio. Le entregué una a Morgan y me quedé con la otra. Duane se quedó a un lado, abrazándose a sí mismo.
Empezamos a cavar en silencio. El sonido de las palas clavándose en la tierra era lo único que se escuchaba, junto con nuestra respiración agitada. El sol ya estaba muy bajo, tiñendo el cielo de tonos naranja y púrpura.
Cada palada se sentía como si estuviéramos enterrando no solo un cuerpo, sino un pedazo de sus vidas anteriores.
Morgan cavaba con furia contenida, las lágrimas seguían cayendo por su rostro, pero no emitía ningún sonido. Duane observaba todo con los ojos muy abiertos, como si todavía no pudiera procesar lo que estaba pasando.
Después de casi cuarenta minutos, la tumba era lo suficientemente profunda. Nos detuvimos, exhaustos y sudorosos. Morgan se arrodilló junto al cuerpo de Jenny y le acarició el cabello con ternura por última vez.
-Te amo, Jenny -susurró con la voz completamente quebrada-. Te amé desde el primer día que te vi. Fuiste la mejor madre que Duane pudo tener... y la mejor esposa que un hombre podría pedir. Perdóname por no haberte protegido. Perdóname por esto... pero ya no vas a sufrir más. Descansa en paz, mi amor. Te veré de nuevo algún día.
Se inclinó y le dio un último beso en la frente. Luego se levantó con dificultad. Entre los tres bajamos el cuerpo con cuidado al fondo de la tumba. Morgan colocó una manta que había traído de la casa sobre ella, cubriéndola completamente.
Empezamos a echar tierra. Cada palada caía con un sonido sordo. Duane lloraba en silencio mientras ayudaba. Cuando terminamos, la tumba quedó como un montículo de tierra fresca. Morgan clavó una tabla de madera que encontró en el patio y con su cuchillo
talló torpemente:
Jenny Jones
Amada esposa y madre
Descansa en paz
Nos quedamos los tres frente a la tumba durante varios minutos más, en completo silencio. El viento movía suavemente las hojas del roble. Morgan tenía la cabeza baja y los hombros temblando. Duane estaba pegado a su lado, abrazándolo por la cintura.
Finalmente, puse una mano en el hombro de Morgan.
-Ella ya está en paz -dije en voz baja-. Ahora es nuestro turno de seguir adelante. Por ella. Por Duane. Por todos los que aún están vivos.
Morgan asintió lentamente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
-Gracias, Rick... -murmuró-. No sé si habría podido hacerlo sin ti.
El sol ya se había ocultado casi por completo cuando terminamos de llenar la tumba. El cielo tenía un tono púrpura oscuro y el viento se había vuelto más frío.
Los tres nos quedamos unos minutos más frente al montículo de tierra fresca, en un silencio respetuoso. Morgan tenía la cabeza baja, Duane pegado a su lado, y yo un paso atrás, dándoles espacio.
Finalmente, Morgan respiró hondo, se limpió el rostro con la manga sucia de su camisa y habló con voz ronca:
-Vamos... regresamos a la casa.
El camino de vuelta fue silencioso. Nadie dijo una palabra. Duane caminaba sosteniendo la mano de su padre, y Morgan miraba al suelo, como si cada paso le costara un esfuerzo enorme. Yo cerraba la marcha, vigilando los alrededores con la Beretta lista, aunque en ese momento el mayor peligro no eran los walkers, sino el dolor que cargábamos.
Llegamos a la casa del vecino. Morgan abrió la puerta y entramos. El ambiente dentro se sentía más pesado que antes. Duane se sentó en el sofá, abrazándose las rodillas. Morgan se quedó de pie en medio de la sala, mirando al vacío.
Me tomé unos segundos para darles espacio, luego hablé con voz calmada:
-Morgan... Duane... sé que hoy ha sido uno de los días más difíciles de sus vidas. Pero no podemos quedarnos aquí mucho más tiempo. La noche está cayendo y este lugar ya no es seguro.
Morgan levantó la mirada lentamente. Tenía los ojos hinchados y rojos, pero había una nueva determinación en ellos.
-¿Qué propones? -preguntó con voz baja.
Respiré profundo y hablé con claridad:
-Quiero que vengan conmigo. Los dos. No solo por hoy, sino para seguir juntos. Tengo un camión grande afuera, dónde podemos cargar suministros... Pero lo más importante es que sé dónde hay más. La comisaría del condado donde yo trabajaba antes está a solo unos minutos de aquí. Allí hay un arsenal completo: rifles, pistolas, munición, chalecos antibalas, radios, uniformes... Todo lo que necesitamos para protegernos de verdad.
Hice una pausa, mirándolos a ambos.
-No les estoy pidiendo que confíen ciegamente en mí. Pero sí les estoy ofreciendo una oportunidad real de sobrevivir. Solo no podemos hacerlo separados. Tres personas armadas y preparadas tienen muchas más posibilidades que dos solos.
Morgan se quedó pensando un largo rato. Miró a Duane, quien levantó la vista hacia su padre con ojos esperanzados pero todavía llenos de tristeza.
Finalmente, Morgan suspiró y habló:
-Tienes razón... Ya no podemos seguir escondiéndonos y sobreviviendo día a día. Si realmente hay armas y equipo en esa comisaría... entonces sí. Iremos contigo. Pero con una condición.
-¿Cuál? -pregunté.
-Que si en algún momento sientes que ya no puedes seguir con nosotros... nos lo digas. No quiero arrastrar a nadie. Y que protejas a Duane como si fuera tu propio hijo.
Asentí sin dudar.
-Tienes mi palabra.
Morgan extendió la mano. Se la estreché con fuerza.
-Entonces vamos -dijo-. Cuanto antes salgamos de aquí, mejor.
Duane se levantó del sofá y se acercó a su padre. Morgan le puso una mano en el hombro.
-Vamos a estar bien, hijo. Vamos a sobrevivir. Por tu mamá.
El niño asintió, aunque sus ojos todavía brillaban por las lágrimas recientes.
Me giré hacia la puerta.
-Recojan todo lo que tengan aquí. Comida, agua, ropa... lo que sea útil. Yo voy a mi casa a recoger mi ropa y algunas cosas más. Nos vemos en quince minutos al lado del camión.
Morgan asintió y se dirigió con Duane hacia una de las habitaciones del fondo. Los escuché mover cosas y hablar en voz baja.
Salí de la casa y crucé rápidamente hacia mi propia casa. Subí al segundo piso, agarré un bolso de viaje y puse: ropa mía, de Lori y de Carl juntos algunas cosas personales.
Bajé hacia el primer piso junto el bolso de viaje y la deja en la entrada de casa y luego me di la vuelta para ir directo a la cocina.
Una vez entre a la cocina fui rápiddamente al armario que estaba junto al refrigerador y lo abrí.
Ahí había una fila colgada de llaves. Agarre la tercera llave que estaba colgada.
Ya con las llaves en mi bolsillo de mi chaleco táctico, cargué los bolsos de viaje directamente en la parte trasera del camión M35, acomodándola bien junto con las otras cosas. Pienso bañarme más tarde en la comisaría.
Quince minutos después, cuando regresé al camión, Morgan y Duane ya estaban esperando al costado del vehículo con varias bolsas.
-¿Listos? -pregunté.
Morgan asintió.
-Listos.
Ayudé a cargar sus cosas en la parte trasera del camión. Había latas de comida, botellas de agua, ropa, mantas y algunas herramientas que habían recolectado en las casas vecinas. Una vez todo estuvo asegurado, cerré la compuerta.
Subimos a la cabina. Morgan se sentó en el asiento del copiloto y Duane en el medio, entre los dos. Encendí el motor. El rugido diésel volvió a romper el silencio de la noche.
-¿Estás seguro de que la comisaría sigue teniendo cosas? -preguntó Morgan mientras yo maniobraba el camión para salir a la calle.
-Bastante seguro -respondí, mirando por los espejos-. La comisaría tiene sus armas almacenadas en la parte trasera de la comisaría. No creo que los saqueadores hayan llegado tan lejos tan rápido. Además, yo conozco el lugar como la palma de mi mano.
Duane miró por la ventana, observando las casas oscuras que pasábamos.
-Papá... ¿y si hay muchos caminantes? -preguntó en voz baja.
Morgan le puso una mano en la rodilla.
-Entonces haremos lo que tengamos que hacer, hijo. Pero con Rick y el camión, estamos mejor preparados que antes.
Conduje con cuidado, evitando calles demasiado congestionadas. El camión era grande y ruidoso, por lo que atraía la atención de algunos walkers que salían de las sombras, pero no nos detuvimos. Pasamos por varias cuadras residenciales en completo silencio. Solo se escuchaba el motor y el ocasional gemido lejano.
Después de unos diez minutos, las luces del camión iluminaron el edificio de la comisaría del condado. El lugar parecía intacto desde afuera, aunque había algunos autos de policía abandonados en el estacionamiento y cristales rotos en algunas ventanas.
Estacioné el camión lo más cerca posible de la entrada principal, pero dejé espacio para maniobrar si era necesario.
-Hemos llegado -dije, apagando el motor-. Morgan, entraremos primero por la parte trasera donde están los vestidores y las duchas. Huelo a mierda.- dije lo último con burla.
Morgan soltó una risa seca, casi sin ganas, pero se notaba que lo necesitaba.
-Hueles peor que un walker después de tres días bajo el sol -respondió, abriendo la puerta del camión.
Duane sonrió un poco por primera vez en horas.
Bajamos los tres. La noche ya estaba cerrada y el edificio de la comisaría se alzaba frente a nosotros, imponente y silencioso. Algunos autos de policía seguían estacionados en el lote, con las puertas abiertas y cristales rotos en varias ventanas. Había signos de que alguien había pasado por ahí, pero no parecía que hubieran llegado al arsenal principal.
-Vamos por atrás -dije en voz baja-. Conozco el camino. Hay una entrada de servicio que da directo a los vestidores y a las duchas. Si hay suerte, todavía habrá agua corriente. Después de todo lo de hoy... la verdad necesito una ducha.
Morgan asintió, sujetando su revólver con firmeza. Duane caminaba entre nosotros, mirando todo con los ojos muy abiertos.
Rodeamos el edificio con cuidado, pegados a la pared. El ruido de nuestros pasos parecía demasiado fuerte en el silencio de la noche. Llegamos a la puerta trasera del servicio. Saqué las llaves maestras que había tomado del hospital y probé una. La cerradura cedió con un clic.
Empujé la puerta lentamente. El interior estaba oscuro. Encendí mi linterna táctica y entré primero, con la Beretta en la otra mano. Morgan y Duane me siguieron.
El pasillo trasero olía a humedad y a desinfectante viejo. Avanzamos en silencio hasta llegar al área de vestidores. Todo estaba revuelto: casilleros abiertos, ropa tirada en el suelo, pero no había señales de walkers cercanos.
-Parece que todavía está despejado -susurré-. Primero las duchas. Luego saqueamos el arsenal.
Morgan miró hacia el pasillo que llevaba a las armerías.
-¿Estás seguro de que todavía hay cosas aquí?
-Bastante seguro -respondí-. Cuando todo empezó, este lugar estaba lleno. Los primeros saqueadores suelen llevarse lo obvio de la recepción. El sótano y las armerías cerradas con llave suelen quedar intactas.
Duane se quedó cerca de su padre, pero miraba todo con curiosidad.
Entramos al vestidor de hombres. Había duchas, toallas limpias todavía en algunos estantes y uniformes de repuesto. Me quité el chaleco táctico y la ropa sucia, dejando todo sobre un banco.
Los tres avanzamos por el pasillo hacia el área de vestidores. El lugar estaba en penumbras, pero las luces de emergencia todavía funcionaban débilmente. El olor a humedad y desinfectante viejo llenaba el aire.
-Primero las duchas -dije en voz baja-. Con suerte el sistema de propano todavía funciona.
Morgan miró hacia el fondo del pasillo.
-¿Estás seguro?
-Bastante seguro. Vamos a comprobarlo.
Entramos al vestidor de hombres. Cada uno traía su propia ropa limpia que habíamos recogido antes: yo mi uniforme de sheriff, Morgan y Duane la ropa que habían reunido en las casas vecinas.
Probé una de las llaves de agua. Al principio salió fría, pero después de unos segundos empezó a salir vapor. El sistema de propano seguía funcionando.
-Agua caliente -dije con una media sonrisa-. Esto es un lujo que no esperaba.
Morgan soltó una risa seca.
-Después de todo lo de hoy, esto parece un sueño.
Los tres nos desvestimos y entramos juntos a las duchas amplias. El agua caliente cayó sobre nosotros como un regalo. Me quedé un momento bajo el chorro, dejando que el agua arrastrara la sangre seca, el sudor y la suciedad de todo el día. Luego tomé una navaja de afeitar que encontré en los casilleros y empecé a afeitarme la barba crecida frente al espejo empañado.
Morgan se lavaba al lado, frotándose con fuerza.
Duane estaba un poco más atrás, disfrutando del agua caliente.
-Esto se siente... irreal -murmuró Morgan mientras se enjabonaba-. Hace semanas que no me baño con agua caliente.
-Bienvenido al lujo de la comisaría -respondí mientras pasaba la navaja por mi mentón-. Se siente como volver a ser persona.
Terminamos de ducharnos en silencio. El agua caliente había sido un verdadero regalo después de todo lo que habíamos pasado. Me sequé con una toalla limpia y me vestí con el uniforme de sheriff que había traído. La tela limpia se sentía extraña contra la piel después de tanto tiempo con la bata sucia.
Antes de ponerme la camisa, me detuve frente al espejo. La herida de bala en mi hombro todavía estaba allí, cubierta por un vendaje improvisado que había puesto en el hospital. El agua caliente había aflojado un poco la cinta médica. Con cuidado, empecé a quitar las vendas viejas.
La herida se veía mejor de lo que esperaba. Estaba cicatrizando, pero todavía estaba sensible y enrojecida. Limpié la zona con alcohol isopropílico que encontré en uno de los casilleros, haciendo una mueca cuando ardía. Luego tomé gasas estériles nuevas, un poco de ungüento antibiótico y vendajes frescos.
-Todavía duele, pero ya no sangra -murmuré mientras presionaba suavemente la gasa nueva sobre la herida y la aseguraba con cinta médica limpia-. En unos días más debería estar mucho mejor.
Morgan, que ya estaba vestido, me miró desde el otro lado del vestidor.
-¿Estás bien? -preguntó.
-Sí -respondí, terminando de ajustar el vendaje y poniéndome la camisa del uniforme-. Solo necesitaba cambiar esto. La herida del hospital todavía está fresca.
Duane me observó en silencio, pero no dijo nada.
Una vez que estuve completamente vestido y con el uniforme bien ajustado, me sentí más como yo mismo. La placa brillaba en mi pecho. Me giré hacia ellos.
-Listo. Ahora sí.
Morgan asintió, visiblemente más calmado después de la ducha.
-Vamos entonces. Cuanto antes terminemos aquí, mejor.
Los tres avanzamos por el pasillo hacia la zona restringida de la comisaría. Las luces de emergencia parpadeaban débilmente, creando sombras largas en las paredes. El silencio era absoluto, solo interrumpido por el eco de nuestros pasos.
Llegamos a la puerta principal del arsenal. Saqué las llaves maestras y probé una. La cerradura cedió con un clic metálico. Empujé la puerta pesada y entré primero, Beretta en mano. Morgan y Duane me siguieron.
El lugar era más grande de lo que recordaba. Filas de armarios metálicos, estanterías y un mostrador de entrega de armas. Todo estaba relativamente intacto, aunque algunos cajones estaban abiertos y había papeles tirados en el suelo.
-Empecemos por aquí -dije en voz baja-. Morgan, revisa el lado izquierdo. Duane, quédate cerca de tu padre y avisa si ves algo raro. Yo voy al armario principal.
Morgan asintió y se movió con cautela. Empecé a abrir los armarios uno por uno.
Encontré 10 Beretta M9 en buen estado, 5 Glock 19, y mi arma personal: la Colt Python .357 Magnum, todavía en su funda. También había 8 Remington 870, 6 AR-15 policiales, 3 Mossberg 500 y un rifle francotirador .308 con mira telescópica.
-Esto es mucho mejor de lo que esperaba -dije mientras sacaba las armas y las llevaba hacia la salida para cargarlas en el camión.
Morgan silbó bajito al encontrar varias cajas de munición.
-Hay de todo aquí -dijo, ayudándome a cargar cajas de 9mm y 5.56mm hacia el camión.
Tomamos 1,800 balas de 9mm, 1,500 de 5.56mm, 600 cartuchos calibre 12, 300 balas .357 Magnum y 80 balas .308. También cargamos cargadores extras y munición de armas confiscadas.
En los vestidores y armarios tácticos encontramos 18 chalecos antibalas, 8 cascos, gafas balísticas, guantes tácticos, portacargadores y cinturones. También uniformes policiales adicionales y botas. Todo fue llevado al camión y acomodado con cuidado en la parte trasera.
Salimos al estacionamiento trasero. Había 4 Ford Crown Victoria, 2 Chevrolet Tahoe, 1 Ford Explorer y 1 Ford F-250. Tomamos equipo de los maleteros:
botiquines, cuerdas de remolque y linternas.
En la cocina encontramos 80 latas de comida variada, arroz, pasta, café, azúcar, sal y agua embotellada.
También barritas energéticas. Todo fue cargado en el camión.
Después de casi una hora de trabajo metódico, el camión M35 quedó bastante lleno, pero bien organizado.
Morgan cerró la compuerta del camión y me miró, sudoroso pero satisfecho.
-Esto cambia todo, Rick. Con esto... podemos protegernos de verdad.
Asentí, sintiendo el peso de la responsabilidad.
-Ahora sí estamos listos para movernos. Vamos a buscar un lugar seguro para pasar la noche y planear el siguiente paso.
Duane miró el camión lleno y luego a su padre. Por primera vez en mucho tiempo, había un pequeño brillo de esperanza en sus ojos.
Cerramos la compuerta trasera del camión M35 con fuerza. El vehículo estaba cargado, pero bien distribuido. Morgan se limpió el sudor de la frente y miró el edificio de la comisaría una última vez.
-Creo que ya tenemos todo lo importante -dijo con voz cansada pero satisfecha-. No deberíamos quedarnos más tiempo aquí. El ruido del camión puede haber atraído la atención.
Asentí.
-Tienes razón. Vámonos.
Subimos los tres a la cabina. Encendí el motor y el rugido diésel volvió a llenar la noche. Salimos del estacionamiento de la comisaría con cuidado, evitando los autos abandonados. La oscuridad ya era casi total, solo rota por los faros del camión.
Conduje por calles secundarias, evitando las avenidas principales. El camión era grande y ruidoso, por lo que cada vez que pasábamos cerca de una zona con walkers, reducíamos la velocidad y apagábamos las luces principales por unos segundos.
Después de unos veinte minutos de búsqueda, Morgan señaló hacia una zona residencial más apartada.
-Allá adelante hay un barrio tranquilo. Muchas casas grandes con garajes o cobertizos. Tal vez encontremos algo que nos sirva.
Asentí y giré en esa dirección. Pasamos varias casas saqueadas o con puertas abiertas. Finalmente, vi una propiedad que parecía prometedora: una casa de dos pisos al final de una calle sin salida, con un gran garaje independiente y un cobertizo atrás. Estaba rodeada de árboles y un poco apartada de las demás casas. El camión podría quedar oculto.
-Ese lugar se ve bueno -dije, señalando-. El garaje es grande y hay árboles que bloquean la vista desde la calle. El camión no se verá fácilmente.
Morgan miró con atención.
-Parece seguro. No hay muchas ventanas rotas y el jardín está rodeado de cerca. Vamos a revisarlo.
Estacioné el camión lo más cerca posible del garaje.
Bajamos los tres con las armas listas. Revisamos primero el exterior. No había señales recientes de walkers ni de otros supervivientes. La puerta del garaje estaba cerrada, pero no con llave. La abrí con cuidado.
Dentro había espacio suficiente para el camión.
-Perfecto -murmuré-. Entraremos el camión aquí. Así queda oculto y protegido.
Morgan y Duane revisaron la casa principal mientras yo metía el camión al garaje. El motor retumbó dentro del espacio cerrado y luego se apagó. Cerré la puerta del garaje desde adentro.
Salí y me reuní con ellos en la casa. Habían revisado las habitaciones principales.
-Está limpia -dijo Morgan-. No hay caminantes dentro. Hay comida enlatada en la cocina y algunas botellas de agua. Podemos atrincherarnos aquí por esta noche.
Asentí, sintiendo el cansancio acumulado del día.
-Bien. Aseguraremos las puertas y ventanas. Dormiremos por turnos. Yo hago la primera guardia.
Duane se sentó en el sofá de la sala, visiblemente agotado. Morgan le puso una mano en el hombro.
-Descansa un poco, hijo. Yo me quedo contigo.
Mientras ellos se acomodaban, yo revisé las ventanas del primer piso, colocando muebles ligeros contra las puertas como refuerzo. La casa era sólida y tenía buena visibilidad desde el segundo piso.
Me senté en una silla cerca de una ventana del piso superior, con la Beretta en el regazo y la linterna apagada. Desde ahí podía ver parte de la calle y el garaje donde estaba oculto el camión.
La noche era tranquila, pero sabía que eso podía cambiar en cualquier momento.
Morgan subió un rato después y se sentó a mi lado.
-Gracias por todo lo de hoy, Rick -dijo en voz baja-. Por lo de Jenny... y por esto.
-No hay nada que agradecer -respondí-. Solo estamos haciendo lo que hay que hacer para sobrevivir.
El silencio se extendió entre nosotros mientras vigilábamos la oscuridad.
La noche cayó completamente sobre la casa. Desde la ventana del segundo piso, solo se veía oscuridad y las siluetas de los árboles moviéndose con el viento. El camión estaba seguro dentro del garaje, oculto de miradas indiscretas. Las puertas y ventanas de la casa estaban atrincheradas lo mejor posible.
Morgan y Duane se habían acomodado en una de las habitaciones del primer piso. Duane se durmió casi de inmediato, exhausto por todo lo que había vivido ese día. Morgan se quedó un rato más sentado junto a la cama de su hijo, velando su sueño.
Yo me quedé en el segundo piso, haciendo la primera guardia. Sentado en una silla cerca de la ventana, con la Beretta sobre las piernas y una linterna apagada a mi lado. El silencio era casi total, solo interrumpido por el ocasional gemido lejano de algún walker en la distancia.
Pensé en todo lo que había pasado desde que desperté esa mañana. El hospital, el soldado muerto, el refugio militar, el entierro de Jenny... y ahora esto. Ya no estaba solo. Tenía un camión lleno de suministros, armas y dos personas que dependían de mí.
Escuché pasos suaves en las escaleras. Morgan subió y se sentó en la otra silla, junto a la ventana.
-No podía dormir -dijo en voz baja-. Cada vez que cierro los ojos veo a Jenny.
Asentí, sin apartar la vista de la calle oscura.
-Es normal. Hoy fue un día muy duro. Pero lo hiciste. Le diste paz. Eso es lo que importa ahora.
Morgan se quedó callado un rato, mirando hacia la noche.
-Gracias, Rick. Por todo. Por obligarme a enfrentarlo... y por no dejarme solo en esto.
-No hay nada que agradecer -respondí-. Somos un equipo ahora. Tú, Duane y yo. Vamos a sobrevivir juntos.
Morgan suspiró y se recostó un poco en la silla.
-¿Crees que realmente hay un campamento seguro en Atlanta?
-No lo sé -admití-. Pero sé que quedarnos aquí no es una opción. Mañana iremos hacia allá. Poco a poco.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero ya no era tan pesado. Era el silencio de dos hombres que, por primera vez en mucho tiempo, no se sentían completamente solos.
Miré hacia el horizonte oscuro y pensé en Lori y Carl. En todo lo que venía.
-Descansa un poco, Morgan -dije finalmente-. Yo hago la primera guardia. Mañana va a ser un día largo.
Morgan asintió, se levantó y bajó las escaleras. Me quedé solo otra vez, vigilando la noche.
Fin del Capítulo 1