El papel arrugado con la dirección de correo electrónico se sentía como una bomba de tiempo en mi bolso. Había pasado la noche en vela, puliendo mi currículum hasta el brillo del acero. Eliminé cualquier rastro de mi ambición de crear una agencia para "pequeños negocios" y me centré solo en mi perfeccionismo y mi eficiencia robótica. Si iba a entrar en el infierno, al menos entraría pareciendo una profesional infalible y sin un solo punto débil.
A la mañana siguiente, me encontraba frente a un edificio de oficinas de cristal y acero en el distrito financiero de Chicago. No era el mundo de la publicidad creativa que soñaba, pero sí era el mundo del poder y del dinero fácil.
Subí hasta el piso de las oficinas de representación, buscando a la publicista.
El nombre en la puerta era Sterling Management. La recepción era minimalista, con arte abstracto de colores fríos y el silencio opulento del dinero real.
Me anuncié y fui conducida a una sala de conferencias donde me esperaba una mujer de unos cuarenta y tantos años. Vestía un traje de diseñador, pero su rostro impecable estaba surcado por una profunda tensión.
—Amber Dillion, ¿verdad? Soy Cassandra Sterling —dijo, ofreciéndome una mano que estaba notablemente fría a pesar de la calefacción central. Su sonrisa era tensa, como si se hubiera pegado con cinta adhesiva—. Por favor, siéntate. Sé que estás aquí por el puesto de asistente personal de... bueno, de Ian.
Me senté, sintiendo la dureza del cuero de la silla ejecutiva. Coloqué mi currículum sobre la mesa, esperando un interrogatorio detallado sobre habilidades de gestión de crisis y organización de viajes.
—Mira, Amber —Cassandra no perdió el tiempo con introducciones educadas—. No voy a mentirte. Este es el puesto mejor pagado que verás en Chicago para alguien con tu experiencia. Y la razón es simple, y te lo digo con total transparencia: Ian Hathaway es un genio en el hielo, el delantero estrella de los Chicago Blackhawks, pero como ser humano es... un desafío. Un desastre que devora asistentes.
Me quedé en silencio, dejando que mi expresión de paciencia profesional hiciera su trabajo. No era momento de mostrar mi sarcasmo natural.
—Él no soporta el control. En realidad, no soporta que nadie le diga qué hacer. Sus asistentes anteriores renunciaron por sus horarios 24/7, sus fiestas incontrolables y, francamente, su temperamento de megalómano. Necesito a alguien que sea una sombra eficiente, que se anticipe, que no se queje y, Dios mío, que no se enamore de él. Me refiero a que es guapo, sí, pero es veneno.
—Señora Sterling, mi interés es puramente profesional —aseguré, mi voz tranquila y nivelada, forzando la perfección que me definía—. Soy organizada, metódica y valoro la discreción por encima de todo. Mi paciencia es mi mayor activo. El dinero me permite solucionar un problema urgente; su reputación me garantiza que no me apegaré a usted ni al señor Hathaway.
Cassandra suspiró, aliviada, como si mis palabras fueran un bálsamo. Pero justo entonces su teléfono vibró en la mesa. Su rostro, que por un instante se había relajado, palideció.
—Es él. Dijo que venía a la oficina para... para verte. Se suponía que la entrevista la hacía yo —murmuró Cassandra, mirando la puerta con pánico.
Y de repente, el ambiente se volvió denso. Sentí la presión en el aire antes de verlo. La puerta de la sala de conferencias se abrió con un golpe seco que resonó en el silencio de la oficina.
Ian Hathaway.
Ahí estaba. Una presencia que llenó el espacio al instante. Medía un metro ochenta y tres de puro músculo, envuelto en un jean oscuro remera y campera de cuero. El pelo oscuro, casi negro, estaba ligeramente revuelto, dándole un aire de peligro recién despertado, y su mandíbula era dura, inflexible.
Mis ojos se clavaron en los de él: un verde intenso, frío y profundo, del color del hielo recién pulido. Prometían el doble de problemas de lo que Beth me había advertido. Sentí un extraño escalofrío que recorrió mi espalda, una punzada de nerviosismo que hacía años no experimentaba.
El rey del hielo.
Se detuvo en el umbral, ni siquiera entrando por completo, como un depredador observando a su presa. Sus ojos escanearon la sala, pasando por Cassandra como si fuera un mueble, y luego se detuvieron en mí. Era una mirada posesiva, invasiva, que intentaba perforar mi armadura de perfeccionismo. Sentí que me desnudaba psicológicamente.
Cassandra se puso de pie, nerviosa y casi suplicante.
—Ian, qué bien que estés aquí. Ella es Amber Dillion. Amber, él es Ian Hathaway.
Ian no dijo "hola". No se movió. Simplemente se apoyó contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. El silencio que siguió fue denso, pesado, como la calma absoluta antes de una tormenta.
Cassandra, incómoda, empezó a balbucear mi currículum.
—Amber tiene experiencia en gestión de proyectos, es muy organizada y...
Ian la interrumpió, sin dejar de mirarme. No le dedicó ni una milésima de segundo a Cassandra. Su voz era grave, con un tono perezoso, pero con una autoridad absoluta.
—¿Puedes conducir un Lamborghini? —preguntó.
Me tomó por sorpresa. Era una pregunta absurda, pero la seriedad en sus ojos me advirtió que no era una broma. Parpadeé una sola vez, manteniendo mi compostura.
—Sí —respondí con firmeza, sin titubear.
Ian ladeó la cabeza, una minúscula sonrisa se formó en la comisura de sus labios, la primera señal de emoción que mostraba. No era amable, era una sonrisa de depredador que acababa de confirmar un instinto.
—Bien.
Y eso fue todo. No preguntó sobre mis referencias, mi ética de trabajo, mi disponibilidad. Solo el Lamborghini. Ian se irguió, rompiendo la conexión visual, y se dirigió directamente al pasillo, hacia los ascensores, volviendo a su papel de desastre ambulante que no le debía explicaciones a nadie.
—Ian, ¿eso significa...? —preguntó Cassandra, con un hilo de voz siguiéndolo hacia el pasillo y yo atrás suyo.
Ian se detuvo justo antes de entrar en la cabina del ascensor. No miró ni a Cassandra ni a mí.
—Preséntate en mi casa mañana a las ocho de la mañana, Dillion. Que no se te haga tarde —ordenó, con un tono que no admitía réplicas ni preguntas. Y sin esperar respuesta, la puerta del ascensor se abrió y él comenzó a dirigirse adentro.
Me quedé helada. No había sido una entrevista. Había sido una inspección de propiedad.
—Felicitaciones, Amber. Estás contratada. Te enviaré los detalles de la casa y el contrato... —Cassandra comenzó a caminarcaer en su silla, limpiándose la frente con un pañuelo.
Mientras caminaba hacia la puerta, sintiendo una mezcla de alivio y terror, no pude evitarlo.
—Un placer conocerle, señor Hathaway. Si tiene algún problema en el futuro, por favor, avíseme las 24/7 horas de anticipación —murmuré en voz baja, pensando que el ascensor ya se había llevado su malhumor.
Justo en ese momento, la puerta del ascensor se terminó de cerrar llevándose una pequeña risa.
Me había escuchado. Eso no era nada bueno.