Un zumbido leve resonó en el aire antes de desvanecerse, como el último suspiro de un sueño que se rompe. Dos figuras aparecieron de pronto sobre una escalera de piedra gris, suspendida en el vacío. No hubo luz cegadora ni estruendo, solo un silencio espeso que parecía tragarse cualquier sonido.
Rilo abrió los ojos lentamente, su respiración entrecortada. El aire era frío, casi inmóvil, y olía a polvo antiguo. Frente a él, un muro curvado de piedra ascendía y descendía en espiral, formando una torre interminable.
Fenric se estiró con un gruñido leve, apoyando una mano en la pared para recuperar el equilibrio. Su voz rompió el silencio:
—Por fin... —exhaló, dejando escapar una risa ligera—. Pensé que no íbamos a salir nunca de esa dimensión con el cielo rojo.
Rilo se acomodó los lentes, aunque no los necesitaba, y observó su entorno con cautela.
—Sí... pero —murmuró, mirando a su alrededor—, ¿dónde estamos ahora?
Ambos estaban en una plataforma circular que bordeaba el exterior de la torre. De ahí nacía una escalera de piedra que giraba hacia arriba y hacia abajo. No se oía viento, ni aves, ni el eco de ningún ser vivo. Solo el roce tenue de su propia respiración.
Rilo se acercó al borde con pasos inseguros. La torre descendía y ascendía hasta perderse en una neblina dorada, como si el mundo entero flotara dentro de un amanecer eterno. Se inclinó un poco más, intentando encontrar el suelo o el cielo. Nada. Solo vacío.
—Fenric... —dijo en voz baja, con un temblor contenido—. No hay fin. No hay fondo... ni techo.
El lobo negro se acercó, apoyando una mano en el hombro del panda rojo antes de asomarse. Su mirada afilada recorrió la extensión sin fin de escaleras que se disolvían en la distancia. Un silencio incómodo los envolvió.
—No parece tener fin hacia abajo... —comentó Fenric, entrecerrando los ojos—. Pero... espera... creo que arriba...
Rilo giró bruscamente.
—¿Qué? ¿Ves algo?
Fenric frunció el ceño, intentando enfocar la vista hacia las alturas. Entre la neblina dorada, creyó distinguir un punto tenue, una sombra que contrastaba con la luz.
—No lo sé —respondió al fin, con una sonrisa nerviosa—. Tal vez solo fue mi imaginación.
Rilo lo miró, incrédulo.
—¿Imaginación? Después de todo lo que hemos visto, eso no me tranquiliza.
Fenric soltó una carcajada corta, intentando disipar la tensión.
—Bueno, si hay un final allá arriba, podríamos intentar subir. Peor sería bajar sin saber hasta dónde.
Rilo observó una vez más el abismo bajo sus pies. Las escaleras parecían flotar sin apoyarse en nada, repitiéndose eternamente como un espejo roto. Sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
—Fenric... —susurró—, ¿y si este lugar no tiene salida?
El lobo guardó silencio unos segundos. Luego desenvainó lentamente su espada, más por instinto que por necesidad. El sonido metálico resonó en la inmensidad, y el eco tardó demasiado en desvanecerse.
—Entonces —dijo con calma—, la encontraremos a la fuerza.
El viento cambió por un instante. O quizás no era viento, sino algo moviéndose más allá de su vista. Ambos miraron hacia arriba. Entre las capas de niebla, una sombra pareció deslizarse, demasiado grande, demasiado silenciosa.
Rilo tragó saliva.
—Fenric... eso no era imaginación.
El espadachín giró el rostro hacia él, una sonrisa tensa marcando sus colmillos.
—Supongo que acabamos de descubrir qué vive en una torre que no tiene fin.
Rilo respiró hondo, tratando de mantener la calma. Aquella torre no solo parecía infinita, sino también vacía de tiempo. No había sol ni luna, ni forma de saber cuánto llevaban ahí.
Con un suspiro, dejó su báculo apoyado contra la pared y se arrodilló, quitándose la mochila. La abrió con cuidado: dentro había algunos pergaminos, frascos con líquidos de colores, trozos de pan seco y un par de piedras mágicas que aún emitían un débil brillo azulado.
Fenric, que observaba con las manos en la cintura, ladeó la cabeza.
—¿Qué haces, Rilo? —preguntó, rascándose la nuca.
—Reviso los suministros —respondió el panda rojo sin mirarlo, concentrado en el contenido de la mochila—. No sabemos cuánto tiempo estaremos aquí, ni si hay algo comestible en este lugar.
El lobo soltó un bufido entre divertido y resignado.
—Cierto... no quiero volver a cazar sombras como en el último mundo. Todavía tengo pesadillas con eso.
Rilo no respondió. Guardó todo de nuevo con meticulosa precisión, como si cada pequeño acto ordenado le devolviera una pizca de control. Finalmente se puso de pie y miró hacia las escaleras, que parecían extenderse hasta devorar la lógica misma.
Fenric cruzó los brazos.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Subimos o bajamos?
Rilo se quedó en silencio un momento, pensativo. Luego habló con tono reflexivo:
—Lo que haría una persona normal sería bajar. Buscar el suelo, una salida... algo estable. Pero... —sus ojos se entrecerraron, fijos en la neblina dorada que cubría el abismo— este mundo no parece seguir las reglas de los normales.
Fenric levantó una ceja.
—¿Y eso significa que vamos arriba?
Rilo asintió con una media sonrisa.
—Exacto. Si este lugar es un desafío, el camino hacia la respuesta no puede ser descendente.
Fenric lo miró con una mezcla de duda y resignación.
—Como digas, genio.
Pero justo cuando el panda rojo tomó su báculo, algo cambió en su expresión. Su mirada se volvió más intensa, y una extraña energía pareció envolverlo. Sus lentes reflejaron una luz, y una sonrisa confiada —demasiado confiada— se dibujó en su rostro.
—¡Ja! Esta torre no será problema para un mago tan habilidoso como yo —declaró, alzando su báculo hacia la neblina como si pronunciara un hechizo antiguo—. ¡Que tiemblen los cielos ante el poder del gran Rilo, conquistador de dimensiones!
Fenric parpadeó. Lo observó en silencio unos segundos y luego suspiró, llevándose una mano a la cara.
—Sí, sí... gran mago. Pero el "gran mago" solo puede usar magia de nivel bajo y, con suerte, una o dos de nivel intermedio.
Rilo se giró bruscamente con una expresión indignada.
—¡Cállate! ¡El poder verdadero no se mide por el nivel de un hechizo!
—Claro, claro —rió Fenric, con una sonrisa burlona—. Entonces, oh poderoso mago, ¿vamos a subir o vas a recitar otro hechizo dramático?
Rilo infló las mejillas, refunfuñando por lo bajo, y ajustó su gorro de brujo.
—Mejor subamos antes de que me arrepienta de traerte conmigo.
Fenric sonrió de lado.
—Y sin embargo, sin mí ya te habrías caído de alguna escalera dimensional.
—¡Silencio! —gruñó Rilo, caminando hacia el primer escalón ascendente.
El lobo lo siguió con una risa contenida. Y así, entre bromas y sombras, los dos aventureros comenzaron a ascender la torre
En ese silencio, casi como un recuerdo arrastrado por la bruma, emergió la historia de los dos viajeros.
Rilo y Fenric no eran simples aventureros. Provenían de un mundo de fantasía donde la magia y el acero coexistían en un frágil equilibrio. En aquel mundo, los hombres bestia eran conocidos por su fuerza, su agilidad y su conexión con la naturaleza. Rilo, sin embargo, era la excepción a todas las reglas.
Un joven mago de tipo panda rojo, de complexión delgada y poco don para la batalla. Su verdadero poder residía en su mente: curiosa, brillante, aunque a veces demasiado obsesiva. Pasaba más tiempo leyendo grimorios antiguos que durmiendo, buscando respuestas que nadie más se atrevía a formular. Y aun así, bajo su timidez, escondía un espíritu ardiente... una chispa de grandeza que él mismo no sabía controlar.
A su lado, Fenric, un hombre bestia de tipo lobo de pelaje negro, representaba lo opuesto: fuerte, confiado, impulsivo. Su espada hablaba por él, y su sonrisa relajada era casi tan afilada como su acero. No era un estratega, pero su instinto lo había salvado incontables veces. Donde Rilo analizaba, Fenric actuaba. Donde uno dudaba, el otro saltaba. Y aunque discutían a menudo, se entendían sin palabras.
Su destino cambió durante una misión que parecía rutinaria. El gremio les había asignado investigar una serie de desapariciones cerca de unas ruinas antiguas, al norte de su reino. Todo parecía normal hasta que, en medio de un claro, encontraron algo imposible: una grieta suspendida en el aire, como una herida luminosa abierta en el tejido del mundo.
El aire alrededor vibraba con un sonido bajo y constante, una frecuencia que hacía doler los huesos. Rilo, fascinado, se acercó sin pensarlo dos veces.
—Fenric... ¿ves eso? Es... es como si el espacio mismo estuviera roto.
Fenric, con la mano en el pomo de su espada, frunció el ceño.
—Sea lo que sea, no me gusta. Eso no es magia normal, Rilo.
Una persona sensata habría dado un paso atrás. Habría llamado a un mago experimentado, o al menos habría esperado refuerzos.
Pero ellos no eran personas sensatas.
Rilo extendió la mano, su curiosidad superando al miedo. Fenric, con un gesto de advertencia, intentó detenerlo... pero el contacto fue inevitable. En el instante en que ambos tocaron la grieta, el mundo se dobló sobre sí mismo.
Luz. Ruido. Silencio.
Y cuando abrieron los ojos, ya no estaban en su mundo.
Desde entonces, habían viajado de dimensión en dimensión, cayendo en lugares que desafiaban la lógica: desiertos donde el cielo lloraba fuego, ciudades donde el tiempo se repetía cada día, mares que flotaban en el aire... y ahora, una torre que parecía no tener principio ni final.
Aun así, ambos compartían el mismo propósito: volver a casa.
Fenric seguía caminando delante, su espada colgando a la espalda.
—¿Sabes algo, Rilo? —dijo, sin mirar atrás—. A veces pienso que esa grieta nos estaba esperando.
Rilo bajó la mirada, apretando el báculo entre sus dedos.
—Quizás... o quizás fuimos nosotros quienes la estábamos buscando sin saberlo.
Fenric sonrió apenas.
—Suena a ti, filósofo.
Rilo no respondió.
El tiempo, si es que aún existía en aquella dimensión, parecía haberse detenido. No sabían cuánto llevaban caminando. Minutos, horas... o tal vez días. En la torre sin fin, las nociones humanas carecían de sentido.
Rilo avanzaba lentamente, su respiración se volvía pesada con cada escalón. El báculo le servía más como bastón de apoyo que como herramienta mágica. El sudor le corría por la frente, empapando el borde de su gorro de brujo, mientras sus piernas temblaban por el esfuerzo.
Fenric, en cambio, mantenía el paso con una naturalidad casi irritante. Su físico y su resistencia de lobo hacían que apenas mostrara señales de fatiga. Caminaba unos pasos por delante, atento, aunque su mirada comenzaba a volverse seria al notar la distancia que los separaba.
—...Rilo. —La voz de Fenric rompió el silencio, grave y firme.
El panda rojo levantó la vista, jadeando ligeramente.
—¿Q-qué pasa?
Fenric se detuvo y giró para mirarlo.
—Te estás quedando atrás. ¿Estás bien?
Rilo forzó una sonrisa, fingiendo normalidad.
—Sí, sí, estoy bien... solo necesito... —hizo una pausa para respirar—...acostumbrarme al ritmo de las escaleras infinitas, nada más.
El lobo soltó un suspiro y se cruzó de brazos.
—Claro. Porque "estar bien" siempre incluye tropezar cada diez pasos.
Rilo mira hacia otro lado , ofendido, pero el cansancio era demasiado evidente como para negarlo. Fenric lo observó unos segundos más y finalmente habló con tono más suave.
—Descansaremos un rato.
—¿Eh? No, no hace falta... —intentó protestar Rilo, pero Fenric ya había dejado su mochila en el suelo y se había sentado en el escalón más ancho que encontraron.
—Sí hace falta —dijo con una media sonrisa—. Si sigues así, voy a tener que cargarte otra vez, y no pienso hacerlo en esta torre.
Rilo soltó un pequeño bufido y se dejó caer al lado, dejando su báculo apoyado junto a la pared. Su respiración temblorosa poco a poco comenzó a estabilizarse. Sacó de su mochila una cantimplora metálica y la llevó a sus labios. El agua estaba tibia, pero en ese momento le supo alixir.
Fenric lo observaba en silencio, apoyando los brazos sobre sus rodillas. El ambiente seguía igual: una calma inquietante, sin viento ni sonido alguno, solo el eco lejano de su descanso.
—¿Cuánto habremos subido ya? —preguntó Fenric, mirando hacia arriba, donde las escaleras se perdían en la neblina.
Rilo bajó la cantimplora y siguió su mirada.
—No lo sé. Pero si esta torre tiene un final, no parece tener prisa por mostrárnoslo.
El lobo soltó una risita baja.
—Un mundo que desafía las leyes del sentido común.
—Como casi todos los que hemos visitado —respondió Rilo con tono cansado, recostándose contra la pared.
Un silencio cómodo los envolvió. Durante unos instantes, no fueron viajeros perdidos entre dimensiones, sino solo dos amigos descansando después de una larga caminata.
Fenric cerró los ojos un momento, apoyando la cabeza en la piedra fría.
—Sabes, Rilo... no importa cuántos mundos crucemos. Mientras no te me desmayes, creo que podremos con cualquier cosa.
Rilo giró la cabeza para mirarlo. Una pequeña sonrisa se formó en sus labios.
—No te preocupes, Darki. Todavía no pienso rendirme.
Fenric abrió un ojo, divertido.
—"Darki", ¿eh? Sigues con esos apodos raros.
—Te queda bien —respondió Rilo con una risa débil.
El lobo negó con la cabeza, sonriendo también.
Después de un largo silencio, Fenric estiró los brazos y bostezó, mirando las escaleras que se perdían en la oscuridad inferior.
—Bueno —dijo finalmente, con tono tranquilo—, creo que deberíamos descansar de verdad. Si seguimos caminando así, vas a colapsar antes de que encontremos algo interesante.
Rilo lo miró con una ceja levantada.
—¿Dormir aquí? En unas escaleras infinitas flotando en el vacío... suena muy cómodo.
Fenric soltó una risita, encogiéndose de hombros.
—He dormido en sitios peores. Además, si nos quedamos quietos demasiado tiempo despiertos, tu cabeza no va a dejar de pensar y la mía no va a dejar de doler.
Rilo suspiró, rindiéndose ante la lógica simple de su compañero.
—Está bien, está bien. Pero si algo aparece mientras dormimos, será culpa tuya.
—Perfecto. —Fenric apoyó la espalda contra la pared y cruzó los brazos detrás de la cabeza—. Despiértame si el universo se rompe otra vez.
Rilo rodó los ojos, pero sonrió un poco. Se sentó cerca, con el báculo apoyado junto a él. Cerró los ojos, tratando de relajarse. Sin embargo, el silencio absoluto lo envolvía como una manta pesada. No había viento, ni insectos, ni el más mínimo sonido de vida. Solo ese vacío interminable.
Fenric tardó poco en quedarse dormido. Su respiración se volvió profunda y constante, una especie de ritmo que llenaba el aire muerto. Pero Rilo... no pudo.
Su mente no dejaba de girar. Las imágenes de las dimensiones anteriores, los cielos distorsionados, los rostros sin forma que habían encontrado... todo se mezclaba con pensamientos de teorías mágicas inconclusas. Finalmente, se levantó en silencio y tomó su báculo.
Se acercó al borde del escalón y miró hacia el vacío. El resplandor dorado de la bruma iluminaba apenas su silueta. Sujetó el báculo con ambas manos, colocándolo frente a él.
—Conjuro sin voz... —murmuró para sí, respirando hondo.
El aire vibró levemente, apenas perceptible. La punta del báculo comenzó a brillar con un tono rojizo, tenue y tembloroso. Rilo frunció el ceño, concentrado.
—Si puedo liberar la energía directamente sin pronunciar el hechizo... podría hacerlo más rápido, más preciso... —susurró—. Sería una forma más eficiente de conjurar. Un paso más cerca del dominio completo.
Intentó de nuevo. La luz aumentó apenas un segundo, formando un pequeño punto incandescente que titiló... pero luego se desvaneció. El sonido leve de la energía disipándose resonó en la piedra.
Fenric abrió los ojos lentamente, aún medio dormido. Al ver la figura de Rilo de pie, apuntando su báculo al vacío, se incorporó con una mezcla de alarma y cansancio.
—¿Rilo? ¿Qué estás haciendo?
El panda rojo se giró apenas, sorprendido, pero mantuvo su concentración.
—No podía dormir —respondió en voz baja—. Estoy practicando. Intento canalizar los hechizos sin tener que decir las palabras del conjuro.
Fenric lo observó un momento, frotándose los ojos.
—¿Sin decir las palabras? ¿Eso se puede hacer?
—Pocos magos lo logran —explicó Rilo con tono serio, casi obsesivo—. Pero si pudiera hacerlo... podría lanzar hechizos con solo pensarlo. Sería más rápido, más versátil... y en un lugar como este, eso podría salvarnos la vida.
Fenric suspiró, recostándose otra vez, aunque su voz sonó con un dejo de preocupación.
—También podría matarte si fuerzas demasiado tu magia.
Rilo no respondió. Alzó el báculo una vez más. La punta volvió a brillar, y por un instante, una pequeña esfera de fuego comenzó a tomar forma.
El aire se calentó. Un destello prometedor... y luego, puf, la chispa se apagó, dejando solo humo y silencio.
El joven mago bajó el báculo con una mezcla de frustración y determinación.
—Tch... casi.
Fenric lo miró desde el suelo, una sonrisa cansada en el rostro.
—A veces pienso que esa obstinación tuya es lo que mantiene vivo a este dúo.
Rilo le lanzó una mirada molesta, aunque no pudo evitar sonreír un poco.
—Duérmete, Darki. Mañana seguiremos subiendo.
Fenric cerró los ojos con una leve risa.
—Sí, sí... pero si quemas algo, no me despiertes.
Rilo soltó un suspiro, volvió a mirar el vacío y alzó su báculo una vez más.
El fuego no se formó
El descanso había terminado. Rilo guardó su báculo en la espalda, mientras Fenric ajustaba la correa de su espada y se ponía de pie, estirando los brazos.
—Bien, sigamos —dijo el lobo, mirando hacia arriba—. No parece que la cima vaya a venir a nosotros.
Rilo asintió, con un leve movimiento. Tenía los ojos un poco hundidos y las ojeras marcadas. Aunque su postura seguía firme, su respiración lo delataba. Fenric lo notó enseguida.
—Oye —dijo en tono más suave—, ¿seguro que estás bien? No dormiste nada anoche.
Rilo, sin mirarlo, apretó los labios y siguió caminando.
—Estoy bien. No tenemos tiempo que perder, Darki. Las provisiones casi se acaban, y no sabemos si en la próxima dimensión encontraremos algo.
Fenric caminó tras él, frunciendo el ceño.
—Sí, pero si te desplomas a mitad de camino, no va a importar cuánta comida tengamos.
—No me voy a desplomar —respondió Rilo, un poco más cortante de lo habitual.
Siguieron subiendo. El aire se volvía más denso con cada tramo, aunque no sabían si era cansancio o algo más. La atmósfera parecía vibrar, como si la torre misma respirara. Las paredes, lisas y grises al principio, comenzaban a mostrar grietas que emitían una débil luz rojiza.
Con cada paso, algo intangible parecía presionar sobre sus mentes. Una sensación leve, imperceptible al principio, como un cosquilleo en el alma.
Fenric fue el primero en notarlo.
—¿Sientes eso? —preguntó en voz baja.
Rilo se detuvo, mirando a su alrededor.
—Sí... es como si el aire pesara más. Como si... algo nos observara.
El lobo apretó el mango de su espada, sin desenvainarla.
—Este lugar no me gusta.
Rilo lo ignoró, concentrándose en el ritmo de sus pasos, pero la tensión se infiltraba entre ellos como una sombra. Al principio, eran solo pequeñas molestias: un suspiro impaciente, una mirada incómoda, un paso en falso. Pero a medida que ascendían, sus emociones comenzaron a cambiar.
Un leve fastidio se transformaba en irritación.
Una palabra malinterpretada en una discusión.
Y esa discusión, poco a poco, empezaba a arder como fuego contenido.
—Te estás moviendo demasiado rápido —dijo Rilo, molesto, intentando seguirle el paso.
—O tú demasiado lento —respondió Fenric, sin mirar atrás.
—No todos tenemos piernas de dos metros, ¿sabes?
Fenric soltó una risa corta, pero había algo extraño en su tono.
—Entonces deberías practicar más magia en vez de discursos.
Rilo se detuvo. Su mirada, normalmente tranquila, se endureció.
—¿Qué dijiste?
El aire pareció crujir, como si algo invisible aumentara la presión entre ellos. Fenric giró apenas, sorprendido por su propia irritación.
—Solo dije que deberías dejar de hablar y usar la cabeza.
—Siempre uso la cabeza —replicó Rilo con frialdad—. Si no fuera por mí, ya habrías muerto en tres dimensiones distintas.
Fenric frunció el ceño. La tensión crecía dentro de él como una corriente eléctrica.
—¿Y si no fuera por mí, tú ni siquiera habrías salido de la primera!
Las palabras resonaron en la torre, amplificadas, deformadas. El eco regresó como un rugido.
Rilo apretó el báculo con fuerza. El aire a su alrededor empezó a vibrar con energía mágica. Fenric, sin pensarlo, llevó la mano a su espada.
Durante un instante, todo lo que eran —amigos, compañeros, aliados— pareció desvanecerse, reemplazado por algo más primitivo. La torre los observaba. No con ojos, sino con presencia. Alimentándose de su ira, de su orgullo, de sus emociones.
Rilo dio un paso adelante.
—...No sé qué está pasando, pero no pienso seguir discutiendo contigo.
Fenric no respondió. Su mirada era intensa, su respiración acelerada. Por un momento, pareció que iba a desenvainar su espada.
Pero entonces, algo cambió. Un sonido, un leve susurro en el aire, como si la torre misma se burlara de ellos. Fenric parpadeó, y la tensión se disolvió tan rápido como había aparecido.
Ambos se quedaron en silencio. Rilo bajó el báculo. Fenric soltó el mango de su espada.
El lobo respiró hondo.
—...Esta torre está jugando con nosotros.
Rilo asintió lentamente, el sudor corriéndole por la frente.
—Sí. No solo nos prueba físicamente... sino también por dentro.
Fenric miró hacia arriba, donde la niebla parecía agitarse.
—Entonces tendremos que ser más fuertes que ella.
Las escaleras se curvaban en espiral, perdiéndose en una niebla que no parecía disiparse jamás. El sonido de sus pasos —el golpeteo constante de las botas y el suave roce de la tela— era lo único que rompía el silencio opresivo.
El aire allí arriba se sentía más seco, pesado, como si cada respiración costara un poco más. Fenric llevaba la mochila colgada del hombro, y el sudor le corría por el cuello. En un momento, se detuvo, suspiró con cansancio y sacó una cantimplora.
—Necesito un trago —murmuró.
Rilo lo observó mientras el lobo bebía. Una, dos, tres veces... y no paraba.
—Oye, no bebas tanto —le advirtió—. Nos queda poca agua.
Fenric bajó la cantimplora apenas un segundo, mirando a Rilo con una ceja arqueada.
—Relájate. Solo estoy tomando un poco.
—Eso no fue "un poco", Darki —replicó Rilo con tono firme, cruzándose de brazos—. Si sigues así, no tendremos nada para mañana.
Fenric soltó un bufido, volviendo a levantar la cantimplora.
—No pienso morirme de sed solo porque tú quieras racionar todo.
Rilo frunció el ceño.
—No se trata de lo que yo quiera. Se trata de sobrevivir.
El lobo se giró hacia él, con la mirada endurecida.
—Siempre estás planeando, calculando, como si todo fuera un problema que resolver. A veces solo hay que actuar, Rilo.
—Y actuar sin pensar es lo que nos mete en problemas —replicó el mago, alzando un poco la voz—. ¿Ya olvidaste lo que pasó en el mundo de los espejos?
Fenric apretó los dientes. El tono de Rilo era más cortante de lo habitual, y su propia paciencia comenzaba a desmoronarse sin entender por qué.
—No fue mi culpa que tu hechizo no saliera como esperabas.
El aire vibró. El sonido de sus voces rebotó en las paredes, multiplicándose, deformándose, como si la torre disfrutara de cada palabra.
Rilo apretó el báculo, su furia creciendo sin control.
—¡Claro! Siempre es mi culpa, ¿no?! Porque tú solo sabes cortar cosas
Fenric dio un paso al frente, con el pelaje erizado y la sombra de sus colmillos asomando.
—¿Y tú qué sabes de cargar con la vida de alguien, eh? ¡Tú solo lanzas hechizos desde atrás mientras los demás peleamos al frente!
Rilo retrocedió, pero no por miedo, sino porque la rabia lo estaba asfixiando. Sentía cómo su corazón latía más fuerte, como si algo invisible lo estuviera empujando hacia el límite.
Sus manos temblaban; el báculo comenzó a brillar débilmente, acumulando energía mágica.
—Fenric... —dijo entre dientes—. No sigas hablando.
—¿Por qué? ¿Vas a lanzarme un hechizo? —gruñó el lobo, con la voz ronca y baja.
Por un instante, el aire se volvió tan pesado que parecía líquido. Ambos respiraban con dificultad, las pupilas dilatadas, la rabia ajena reflejada en sus ojos.
La torre... susurraba. Su presencia era más fuerte, casi palpable, alimentándose de la discordia.
Pero entonces, algo cambió. Fenric parpadeó, como si un velo se rompiera. La furia se disipó de golpe, dejándolo confundido. Rilo respiraba con fuerza, el báculo temblando en su agarre, una diminuta chispa de fuego apagándose en la punta.
—...¿Qué demonios nos pasa? —murmuró Fenric, soltando la cantimplora que cayó al suelo con un clang hueco.
Rilo no respondió. Estaba jadeando, con el corazón acelerado, sintiendo todavía la furia correrle por las venas. Lentamente, bajó el báculo y se dejó caer en uno de los escalones, mirando al vacío.
—No es normal —dijo en voz baja—. La torre amplifica lo que sentimos. Cada paso que damos... nos cambia.
Fenric se pasó una mano por el rostro, respirando hondo.
—Entonces tendremos que controlarlo. Si seguimos discutiendo así, no llegaremos a ninguna parte.
Rilo asintió, aunque su mirada seguía perdida en la oscuridad.
—Sí... pero tengo la sensación de que eso es justo lo que esta torre quiere.
El silencio volvió. Solo se oía el eco del agua derramada, filtrándose entre las grietas de piedra.
Sin decir más, recogieron sus cosas y reanudaron el ascenso, con la tensión aún flotando en el aire...
Los escalones parecían multiplicarse infinitamente, cada uno igual al anterior, como si la torre se burlara de ellos con su perfección repetitiva. Nadie habló. El silencio entre los dos se volvió espeso, incómodo. Solo el eco de sus pasos rompía la monotonía.
El aire se volvió más frío a medida que subían. Cada respiración se mezclaba con un vaho tenue. Rilo caminaba unos pasos detrás de Fenric, con la mirada fija en el suelo, tratando de no pensar en lo inútil que todo parecía. Fenric, por su parte, avanzaba con el ceño fruncido, con la rabia todavía quemándole el pecho.
Horas pasaron —o tal vez días; el tiempo dentro de la torre era imposible de medir— hasta que, finalmente, vieron algo distinto: una superficie plana, iluminada por una luz blanca proveniente de ninguna parte.
Habían llegado a la cima.
Fenric subió los últimos escalones con un suspiro de alivio... que se transformó rápidamente en decepción.
Rilo lo alcanzó segundos después y se quedó quieto, sin poder creer lo que veía.
Nada.
Solo un suelo liso, gris, sin puertas, sin ventanas, sin techo visible. Ni una sola pista de lo que debía venir después.
—No puede ser... —susurró Rilo.
Fenric pateó una piedra, que rebotó y se perdió en el vacío.
—¿Eso es todo? ¿Tanto subir... para esto?
Rilo se acercó al borde y miró hacia abajo. No había fin visible, solo una oscuridad densa y profunda. Bajó la mirada con frustración, su respiración entrecortada.
—Esto... esto no tiene sentido.
Fenric se dejó caer sobre el suelo, agotado.
—Perfecto. Pasamos quién sabe cuántas horas subiendo y no encontramos nada.
Rilo apretó los puños.
—Si hubiéramos bajado, tal vez habríamos encontrado algo útil.
Fenric giró la cabeza hacia él, con los colmillos apenas asomando.
—¿Disculpa? Fuiste tú quien dijo que debíamos subir.
Rilo lo miró con una mezcla de incredulidad y enojo.
—¡Y tú fuiste quien dijo que veía la cima! Si no hubieras dicho eso, no habríamos perdido el tiempo.
El lobo se puso de pie de un salto, su sombra proyectándose sobre el mago.
—¿Me estás echando la culpa a mí? ¡Eres tú el que siempre "razona" y decide qué hacer!
—Y tú el que nunca piensa antes de abrir la boca —disparó Rilo, con la voz temblando de furia contenida.
La tensión explotó. La torre vibró levemente, como si respondiera a su ira.
Fenric dio un paso hacia adelante, su mirada ardiendo.
—Eres un flacucho débil que se esconde detrás de un palo de madera. Ni siquiera eres un buen mago.
Rilo se estremeció, sintiendo la rabia subirle por el pecho como fuego líquido.
—¿Ah, sí? Pues tú eres solo músculos y nada de cerebro. ¿Qué harías sin mí? ¿Golpear hasta que el problema desaparezca?
—¡Ya basta! —rugió Fenric, desenvainando su espada con un sonido metálico que retumbó por toda la torre.
Rilo retrocedió un paso, alzando el báculo. Su instinto gritaba que no debía pelear, pero la influencia de la torre distorsionaba todo pensamiento racional.
Cuando Fenric se lanzó contra él, su cuerpo se movió solo.
El filo silbó en el aire, rozando el costado de Rilo, que giró hábilmente y alzó su báculo.
—¡Ignis Orbis! ¡Firebolt!
Una bola de fuego se formó en la punta, crepitando de energía antes de dispararse hacia el lobo. Fenric cruzó la espada frente a él y la explosión lo envolvió en una llamarada que lo hizo retroceder.
El humo se dispersó, y el lobo seguía de pie, jadeando, con marcas de quemaduras leves en su armadura.
—Buen intento —gruñó—. Pero tendrás que hacerlo mejor.
Rilo lo miró con furia, los ojos brillándole con una energía extraña. Tomó el báculo con ambas manos y lo apuntó hacia el frente.
—Silex-voce revelare-uno ¡Grito!
Una onda de energía se expandió desde su garganta, amplificada por el báculo. El sonido fue ensordecedor, una fuerza invisible que estremeció la cima. Fenric se cubrió los oídos, tambaleándose hacia atrás.
—¡detente! —gritó, pero el rugido del hechizo lo ahogó todo.
La presión sonora aumentó. El suelo tembló. Fenric retrocedió más, hasta que su pie tocó el borde del abismo. Miró hacia atrás... y solo vio la nada.
Rilo jadeaba, con el báculo aún brillando, su rostro dividido entre la furia y el miedo. La torre parecía disfrutarlo, los ecos deformando sus voces en una sinfonía de odio.
El eco del hechizo aún resonaba, deformado, repitiéndose en las paredes infinitas de la torre. El aire olía a piedra quemada y magia. Fenric seguía en el borde, jadeando, con la espada todavía levantada. Rilo, unos metros más atrás, tenía el báculo aún brillando, las manos temblorosas.
Pero no se detuvo.
La furia seguía ardiendo dentro de él. Su mente estaba nublada la voz de la torre todavía susurraba en los rincones más oscuros de su conciencia.
—No... —murmuró, con los ojos llenos de lágrimas y rabia—. No voy a perder.
El báculo volvió a encenderse, y una nueva bola de fuego comenzó a formarse en la punta. Fenric levantó la espada con ambas manos, preparado.
—¡Rilo, detente! —rugió, pero el mago ya había lanzado el conjuro.
El fuego estalló.
Una, dos, tres veces. Las explosiones iluminaron toda la cima, envolviendo a Fenric en llamaradas que lo obligaban a cubrirse con la espada. El calor era sofocante, las piedras del suelo se resquebrajaban, y aun así, Rilo seguía lanzando hechizos.
Hasta que, de pronto...
El brillo de su báculo se apagó.
Rilo cayó de rodillas, jadeando, con el sudor recorriéndole el rostro. Su respiración era entrecortada.
—No... no puede ser...
No sentía más el flujo de energía recorriendo su cuerpo. Su mana se había agotado.
Fenric lo notó de inmediato.
Bajó la espada lentamente, mirándolo con una sonrisa burlona.
—¿Eso era todo, "gran mago"? —dijo con tono sarcástico—. Eres un debilucho... no sirves ni para pelear, ni para conjurar.
Las palabras atravesaron a Rilo.
Sus ojos se abrieron, llenos de ira, de humillación... y de algo más profundo
—¡Cállate! —gritó con voz quebrada.
Con el báculo en mano, se levantó tambaleante y corrió hacia Fenric con todas sus fuerzas. El lobo no esperaba que lo hiciera. Rilo lo embistió con fuerza, empujándolo con todo el peso de su cuerpo.
—¡¿Qué haces, idiota?! —gritó Fenric.
Pero ya era tarde. Ambos perdieron el equilibrio.
El suelo desapareció bajo sus pies.
Y cayeron.
El viento rugía a su alrededor, arrastrándolos hacia el vacío sin fin. La torre se extendía infinitamente a sus costados, las escaleras y los muros pasando como líneas borrosas.
—¡Maldición, Rilo! ¡Por tu culpa estamos cayendo! —gritó Fenric, forcejeando en el aire.
—¡No es mi culpa! ¡Tú empezaste la pelea! —respondió Rilo, con lágrimas esparciéndose en el viento.
—¡Debilucho! —rugió Fenric.
—¡No lo soy! —replicó Rilo entre sollozos.
—¡Debilucho! — repitió
—¡Basta! — repitió Rilo
—¡Debilucho! —repitió el lobo, más fuerte.
—¡Cállate! —chilló Rilo, desesperado.
Las palabras resonaban, pero ya no tenían el mismo peso.
A medida que descendían, la influencia de la torre se disipaba. La furia, el odio, el impulso de destruir... todo se desvanecía, reemplazado por una sensación amarga de culpa.
Fenric miró a Rilo, que seguía cayendo a su lado.
Su rostro estaba empapado en lágrimas, los ojos cerrados, el báculo aún aferrado con fuerza, como si temiera perder lo poco que le quedaba.
El lobo sintió un vacío en el pecho.
—Rilo... —susurró.
Rilo no lo miró. Solo lloraba, como un niño que había perdido el control de todo.
Y entonces, justo cuando la desesperación parecía consumirlos por completo...
una grieta se abrió en el aire.
Era como un desgarro en la realidad, brillando con una luz blanca y azul que cortaba la oscuridad del abismo. El aire tembló. Fenric y Rilo no tuvieron tiempo de reaccionar.
La grieta se expandió, los envolvió, y en un instante, ambos desaparecieron, tragados por la luz.
La torre quedó en silencio una vez más.
Como si nada hubiera ocurrido.