amor divino, amor profano

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Oscar Escudero

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Para Uma Para Lola

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Subida

Y luego a las subidas cavernas de la piedra nos iremos, que están bien escondidas, y allí nos entraremos y el mosto de granadas gustaremos. San Juan de la Cruz, Cántico espiritual

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1 Amor divino, amor profano Hace ya tiempo que perdí la cabeza por un hombre que nunca me iba a corresponder. La ingenuidad y la obstinación, la desmesura y la convicción adolescente de que estaba en juego la eternidad, abultaron mis esperanzas y, al mismo, doblegaron mi voluntad hasta que fue demasiado tarde para recular. Me he preguntado hasta la saciedad qué escondía aquel hombre para hacerme cautiva a cambio de tan poco, pues todo es poco si no se entrega el corazón. Quizás no escondía nada, y la magia, el imán o lo que fuera que albergase era el producto ya no de una terca ceguera, sino de mi imaginación. Mis familiares me alertaron del peligro y no escatimaron esfuerzos para liberarme del embrujo. Inútilmente: casi veinte años después

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aun me debato entre si aquel hombre se interpuso en mi camino como si de una prueba orientada a forjar mi aprendizaje se tratase, o si fue un castigo ejemplar que el paso del tiempo ha coloreado para que no cristalice la certeza de que mi juventud se puede arrojar a la basura como una pelota de papel arrugada. ¿Qué clase de amor puede existir entre dos personas que se ven a diario, que coronan cúspides glaciales y caen en pozos infernales, pero que no se tocan, no se besan por mucho que se miren y se acerquen, y sin embargo confían mutuamente y hasta intercambian sueños y promesas henchidas de ternura? Eso sí, a decir verdad él marcaba el ritmo, despejaba el camino, dictaba las órdenes y yo acataba. Y, como hasta entonces creí que Dios había abandonado los cielos a su suerte, más tarde he acabado pensando que él vino para ocupar su asiento, el trono del amor divino, tan perfecto y solemne como inaccesible. No he conocido el rencor y atesoro un recuerdo inmaculado, prístino, precisamente porque nuestra aventura, nuestra alianza, llámala como quieras, nunca fue consumada, pero tampoco mancillada por las vulgaridades de la rutina y la mediocridad que dimana de los frutos maduros. Al no agotarme, a duras penas he conseguido dejar de esperar, y de creer. Sólo el tiempo empolvó esa efigie venerada y, para evocarla ahora debo acopiar verdaderos esfuerzos, pero hasta entonces no hacía falta porque su efigie también copaba mis pesadillas, y persistía en mis sobresaltos en mitad de la noche. Mientras respiró el aire de los días, yo me dejé llevar por su espiral vertiginosa hasta marearme y perder el sentido, pero cuando desapareció tuve que pagar una

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factura muy cara, como si en vez de ser mi Dios, hubiese sido el Diablo, ante quien, en un juicio sumarísimo, tuve que postrarme y reconocer mi culpa y cumplir condena. Insisto. Siempre lo perdoné; he oído por ahí que no conviene enemistarse con los muertos. O tal vez me he perdonado a mí misma. Siempre he tenido propensión a fustigarme por casi todo. Qué culpa tenía él de que yo me enamorase, máxime cuando nunca me dio más de lo que me prometió. ¿Qué culpa tuve yo? Tu padre me fue arrebatado de súbito en el ecuador de una partida que yo pretendía ganar, o lo que es lo mismo, lidiaba contra su escepticismo hacia mi persona, aun jugando sin más estrategia que la confianza plena en mis encantos. Como supe más tarde, de haber proseguido la partida no habría alcanzado la victoria porque remaba a contracorriente, empezando por la confusión del rival. Porque fui parte de un juego a veces ominoso, a veces benévolo pero nunca inocente, fui, en suma, peón de otro damero. Con la lección asumida de que no hay más amor que uno y que el mío se me escapó de las manos, di un portazo al advenimiento de estrellas cegadoras y otros espejismos. He guardado fidelidad a ese hombre después de muerto. Para qué revivir un sucedáneo si no es para reafirmar que entonces perdí la inocencia, para qué endosar a mis amantes eventuales la frustración que cargo sobre mis hombros. Pero la noche nunca da respiro a las almas envilecidas. Tan pronto cesaron las pesadillas con tu padre, empecé a sufrirlas contigo. O, mejor dicho. Empecé a tenerlas conmigo, respecto a elegir el momento oportuno para desvelarte toda la verdad. A veces

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soñaba que era tarde y entonces me odiabas, o que me precipitaba, o que callaba para siempre y, al correr los años te enterabas y regresabas a esta isla para tildarme de traidora. A veces, soñaba que partías hacia ninguna parte, o que regresabas de una inmensidad cósmica para deshacerte en añicos, como tu padre. Y yo ya no puedo esperar más: mi verdad es también mi incertidumbre y mi pesar. Y ha llegado la hora de que sepas cómo empezó todo, quién fue tu padre y tu madre, y quién soy yo, y por qué vinimos a parar aquí, tan lejos de donde nacimos. Tienes la misma edad que tenía yo cuando conocí a tu padre y me urge la necesidad de contarte lo bueno y lo malo, ya no, ¡ay!, para evitar que tropieces con los mismos socavones en los que caímos tu padre y yo, sino únicamente para templar mi conciencia. Me ceñiré a los hechos sin ocultar nada y te hablaré de las personas que nos rodearon tal y como las conocí, sin hundirlas ni encumbrarlas. Así que olvida la historia de tus orígenes, y salva sólo el nombre de tu padre. 2 El parche pirata Conocí a Pablo una noche de agosto de 1990 durante las fiestas del barrio. Una orquesta horrorosa animaba a un concurrido público entregado al baile como si se acabase el mundo, mientras sus efluvios sudorosos humedecían la maraña de banderillas, farolillos y guirnaldas que colgaba sobre sus cabezas y que apenas tintineaba ante las escasas corrientes de aire. Su cara me resultó aun más

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familiar que la de su amigo Ángel, pues Pablo llevaba un parche de tela negra sobre el ojo izquierdo al más puro estilo pirata. Yo andaba con Nuria, mi compañera de fatigas. Me acababa de confesar, con una improvisación arrebatada, que estaba colada por Ángel, y que iba a dar el primer paso escudándose en mí. Nos dirigimos a la derecha del escenario, donde se hallaban ellos dos al resguardo de la música. Acodados en una barandilla amarilla que cercaba un ronroneante generador eléctrico diesel, parecían enzarzados en una grave conversación, a juzgar por la locuacidad de uno y la atenta escucha del otro. Ángel era alto y chupado, tenía los hombros ligeramente encorvados y las piernas arqueadas, el cabello castaño claro y ralo, y algo largo, y la piel de su cara, blanquinosa, acentuaba el protagonismo de unos ojos azules un tanto estridentes para mi gusto. Pese a llevar vaqueros, camisa de algodón y chanclas de piel, la combinación, armónica, estaba meditada y le confería un merecido aspecto de dandi. Tal como llegamos a su altura, Ángel se volvió hacia nosotras y nos saludó con una tímida sonrisa. Como no extrañó nuestra irrupción, sospeché que Nuria me había ocultado algún detalle, argucia bastante común en ella. Ajeno a nuestra presencia, Pablo siguió deliberando, en tanto que por su expresión facial Ángel daba muestras inequívocas de sentirse aturullado y necesitado de un cambio de registro. Sin embargo, enseguida las palabras de Pablo captaron mi atención. Estaba describiendo con todo lujo de detalles la invasión de Kuwait por parte de las tropas de Sadam Husein, recalcando la relevancia estratégica de los pozos

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petrolíferos, desgajando el enrevesado mapa étnico y los intereses cruzados de Arabia Saudí y EEUU. Hablaba con propiedad y, pese a que yo vivía de espaldas a la actualidad, arrimé el oído. Comprendí la diferencia entre sunís y chiís, descubrí quiénes eran los kurdos, qué territorio ocupaban y porqué recibían palos tanto por la parte de Irak como por la de Turquía. Perdida en esta marabunta de datos, no me percaté de que Ángel se avino a satisfacer los deseos explícitos de Nuria y en dos minutos apenas cabía un alfiler entre sus apretados rostros. Ante mi sonrojo, Pablo clavó sus ojos donde yo miraba y encogió los hombros. Puedes seguir, si quieres, dije. Estoy disfrutando porque casi nunca entiendo los conflictos de los que habla la prensa y la televisión. Me parece que no, creo que aquí sobramos, dijo Pablo. ¿Echamos un trago? Estaba pensando en retirarme, mañana tengo partido y debo madrugar. ¿A qué juegas? A balonmano. Vale. En ese caso, te acompaño a casa y te acabo de contar. Agradecí el gesto. Cinco Rosas era un barrio marginal de Sant Boi. Y Sant Boi, un municipio periférico del sur de Barcelona con su correspondiente marchamo de ciudad dormitorio. El barrio ya no era el arrabal deprimido de la década de los ochenta asolado por el fatídico y omnipresente trinomio desempleo-heroína-delincuencia. Tampoco era un remanso de paz. A la sazón, se recuperaba

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lentamente de su calamitoso pasado y muchos de sus habitantes se beneficiaban de la bonanza económica que suscitaba la era preolímpica. De modo que se podía pasear por sus calles y jugar en las plazas a la luz del día. Con el crepúsculo, sin embargo, convenía evitar algunas rutas y era obligatorio que las chicas se acompañasen de un adulto para espantar el abanico de contingencias que nos arreciaban, desde atracos y agresiones sexuales hasta mezquinas escenas de exhibicionismo, sin duda estas últimas los que se sucedían con mayor frecuencia, o al menos, las que con más grima y vergüenza comentábamos entre las chicas de clase. A pesar de que en la parte norte del barrio, donde yo vivía, se emplazaba la comisaría de la policía municipal junto al depósito de coches embargados, las patrullas eran incapaces de doblegar a la delincuencia común. Tras despedirnos de Nuria y Ángel, los cuales no pudieron más que musitar un húmedo gemido, orillamos lo concerniente de la guerra de Irak, y nos sumimos en un rápido intercambio de inclinaciones y pareceres que redujo el ya de por sí corto camino hasta mi portería en un instante fugaz. Lo que más me cautivó de aquel encuentro fundacional no fueron tanto las coincidencias, que al fin y al cabo sólo sentaban una base aunque no necesariamente estable, como la franqueza de la que Pablo hizo gala. Afirmó que me había visto con anterioridad y que, ya no sé si por compromiso o cortesía, ardía en deseos de conocerme personalmente. Yo aplaudí esas palabras en mi interior, pues no había papelón que más me reventara que el que acontece entre dos personas que se han

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pavoneado decenas de veces en ese preámbulo conocido como seducción, en el que una de ellas confiesa con altivez que nunca ha visto antes al otro con antelación, como si ese mensaje de sorpresa e idiotez le confiriese un grado, o le situase en posición de encarnar el objeto más deseado. Frente a la portería de mi casa, preguntó con sorna: ¿Ocultas alguna inclinación maligna, o algo por el estilo que me impida concluir que eres una camarada perfecta para mí? Sí, respondí para ver qué cara ponía. Colecciono fósiles y minerales y, aunque te parezca poco femenino me atraen las piedras, las montañas, el relieve, el origen y el movimiento de las placas tectónicas y, mañana por la tarde, después del partido, como cada sábado saldré de excursión al campo con mi amiga Nuria en busca de minerales... Ahora es tu turno para revelar tu gusto prohibido. Espero que no seas un aplicado estudiante de estrategia militar. Por descontado que no. Pero mi hobby me lo reservo porque te lo mostraré sobre el terreno. En cuanto a tu chifladura por la geología, el próximo día que nos veamos, te regalaré una joya que seguro que falta en tu colección. 3 Nuria y yo Nuria y yo nos conocíamos desde que llevábamos pañales. Vivíamos puerta con puerta en la misma escalera. Habíamos ido juntas a la guardería y cursado toda la educación primaria en el mismo colegio.

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Luego, ella se matriculó en el instituto de formación profesional y yo me decanté por el bachillerato. Sin embargo, seguimos compartiendo muchos ratos en el equipo de balonmano. Con frecuencia se sumaba a mis expediciones al monte en busca de piedras. Era mi contrapunto. Mientras yo me empleaba en catalogar ejemplares, ella charlataneaba sobre pintalabios y maquillajes, y las últimas tendencias de la temporada. No callaba ni un segundo, mientras fumaba con pose de diva los cigarrillos que le sustraía a su madre. A pesar de la reticencia cerril de mi padre, yo estaba convencida de que mi futuro pasaba por graduarme en geología. Nuria, en cambio, no sabía lo que quería hacer con su vida, más allá de tener un salario digno de administrativa, a la espera de que un macho la retirara del mundanal ruido. Poco antes del partido, en el vestuario, no pude reprimirme y le pedí que me pusiera al tanto de la noche anterior. Su respuesta no admitía dudas: una sonrisa de oreja a oreja seguida de un hondo suspiro. Aun más: admitió que después de catar sus labios, y palpar su carne, estaba en condiciones de certificar que había encontrado su media naranja. Sabía de su fama de Donjuán, pero no le preocupaba lo más mínimo. A mí tampoco me sorprendió su hallazgo trascendental. Siempre sucedía lo mismo. Mientras que Nuria era atrevida y hasta temeraria sobre todo cuando se tomaba dos copas, yo siempre andaba con pies de plomo. Ella actuaba como una experimentada devoradora de hombres. Tenía una capacidad incombustible de enamorarse reiteradamente, de la misma manera que podía cansarse de su amado de súbito y acto

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seguido cogerle ojeriza, si es que antes no le había puesto ya los cuernos. Envidiaba su manera de tomarse las cosas a la ligera, pues yo siempre temía la trascendencia de esas decisiones y era dada a sufrir las consecuencias antes de tiempo. Ante todo, Nuria era sincera y estaba libre de prejuicios. Soñaba con tener primero un novio, luego un marido y luego un padre de sus hijos. Esta cadena de anhelos, sin embargo, no estaba reñida con una pretendida castidad. En el transcurso de su búsqueda, Nuria deseaba divertirse a tope y acumular casuística sin importarle un bledo que ésta le granjeara mala reputación. Que Ángel fuera un epígono de Casanova devenía un aliciente. Encaraba como un reto transformarlo en un chico formal sólo para que obedeciese y callase en caso de darle una patada en el culo. En cuanto a mí, a mis diecisiete años contaba en mi haber media docena de rollos de una tarde, insípidos y bañados en alcohol. Fuera de esta lista negra quedaba una experiencia sentimental digna de mención, con un chico mayor que yo, que había durado seis meses. Con él había perdido la virginidad del modo más decepcionante que nunca imaginé. En su coche, con los pantalones a medio bajar, casi en medio de la calle, y con una rapidez y rudeza propia de un animal de cuadra. Encima, cuando ufano de su virilidad, me preguntó qué me había parecido y yo me limité a fruncir el ceño, me había culpabilizado de mi insatisfacción. Me harté de sus monsergas y lo facturé, pero su mensaje me había hecho mella y yo sobrevivía estigmatizada con mi presunta frigidez. En consecuencia, en los últimos tiempos andaba apática en lo

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concerniente a salir a divertirme. Además, huía de los chismes y chascarrillos que se manejaban entre los corrillos de la cafetería del instituto, lo que me alejaba de los puntos calientes. No pertenecía a ninguno de los grupos naturales, ni del instituto ni del equipo de balonmano. Ahí Nuria y yo chocábamos frontalmente. Yo odiaba el rimel y ella se emperifollaba, yo despotricaba de las discotecas y ella se encaramaba encima de los altavoces y se creía gogó. Para nada esperaba la llegada de un príncipe azul y me vanagloriaba de mi autosuficiencia, ella lo esperaba a la vuelta de la esquina. A mí me encantaba estar sola y ella se autoproclamaba animal social y necesitaba siempre alguien a su lado porque de lo contrario se aburría. Nuria se pasó todo el partido mirando la gradería desierta, a la espera de que apareciese Ángel. No lo hizo, pero su incertidumbre me acabó afectando. Nuria era mediocre en la pista de balonmano, pero su carácter voluntarioso y guerrillero compensaban sus carencias. Yo estaba bien considerada como jugadora polivalente, pero me perdía mi temperamento explosivo, el cual me llevaba a menudo a enfrentarme no sólo a las jugadoras del equipo rival, sino a las del mío propio, lo que acababa por deslucir mi juego, y me generaba no pocas enemistades. Sin embargo, nunca me sulfuraba con Nuria, la cual sabía guardar la distancia de seguridad y escabullirse siempre que me enfurecía. Respecto al resto de compañeras, yo no hacía nada por remediar la antipatía que despertaba en ellas. De hecho, este ambiente viciado se me presentaba como un motivo creciente e irreversible para retirarme

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de ese deporte después de ocho años incondicionales. Tal vez era una huída para tapar mi carácter conflictivo, pero también una liberación porque tanto tiempo con las mismas caras me resultaba asfixiante y deprimente. Aquel día ganamos el encuentro contra un instituto de Cornellá. De nuevo en las duchas, Nuria recordó que mientras se daba el lote con Ángel, yo también había disfrutado de compañía masculina, y me preguntó. De acuerdo con mi línea pesimista, respondí que ni fu ni fa. Pero lo cierto es que Pablo me había cautivado. No podía explicar por qué ni siquiera a mí misma. Lo había visto de noche y aun no sabía cómo caminaba. Pero me había atraído poderosamente su personalidad, su timbre de voz, y un solo ojo que me había parecido tan enorme como el de un cíclope. Nos despedimos en el rellano de la escalera y nos emplazamos para salir a recolectar piedras después de comer. Ella había quedado con Ángel a media tarde, y yo deseaba que éste le pasara el parte de las impresiones de Pablo sobre mi persona. Mi intriga era superlativa, pero no se lo hice saber. 4 La vista desde San Ramón Emprendimos el ascenso a la ermita de San Ramón bajo un sol abrasador. Nuria compareció de punta en blanco y enseguida desplegó un paraguas con el que nos protegimos como dos señoritas por la campiña inglesa. Yo cargaba mi mochila militar de segunda mano en bandolera en la que llevaba un cuaderno, una lupa, un

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martillo, un cincel y una decena de sobres de papel con pestaña adhesiva para guardar los hallazgos. Pese a que estábamos agotadas del partido y teníamos aun la comida en la garganta, decidimos atajar por la senda más corta y empinada. Para acceder a ella, atravesamos una aglomeración de casuchas con tabiques de madera y techos con cubierta ondulada de zinc, que se distribuían por la falda de una urbanización clandestina repartida desigualmente por toda la montaña. Entre las chabolas había frondosas huertas y abigarradas celdas de mayado con gallinas y conejos y, frente a ellas, se extendía un terraplén baldío salpicado de matas y algarrobos, donde a veces pastaban vacas y caballos. Hicimos un alto en mitad de camino bajo la sombra de un pino, nos acuclillamos y Nuria prendió un cigarrillo. ¡Aaaaah! Me encanta fumar con los pulmones limpios. ¡Qué bien que sabe, Dios!....¿Os volveréis a ver?, preguntó. ¿Te refieres a Pablo? Pues claro, a quién va a ser sino. Me prometió un regalo. Y también me debe una explicación sobre sus aficiones secretas, o sea, que si no pertenece al club de los impresentables, la respuesta es sí, dije sin traslucir ningún tipo de emoción. Aficiones secretas. Son palabras que nunca pronunciaría mi Angelito. Es lo que me gusta de él. Lo que ves es lo que hay, replicó. Nuria acababa de pronunciar una de esas frases lapidarias que había cazado por ahí, al vuelo, y que se había grabado en su memoria, y que había de endosarle a sus próximos tres novios. Eran

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los excesos de su entusiasmo, como si llevase diez años de noviazgo consolidado y prometedor. ¿Qué haréis luego?, repuse. No lo sé. Supongo que iremos al Hit. Me encantaría pasarme la tarde espatarrada en el reservado. Con esos sillones acolchados, todo oscuro, mmmm... Al Hit, odio esa discoteca. Tu odias todo aquello donde va el rebaño. Culminamos la cuesta y enlazamos la pista de roderas que serpenteaba hasta la ermita. Nos detuvimos en la curva previa al llano donde se alzaba la ermita y nos sentamos en una pizarra gigantesca. Permanecimos un rato calladas, disfrutando de la vista cenital que nos brindaba aquel mirador natural mientras Nuria tosía y recuperaba aire. Bajo una débil calima, las 36 hectáreas de Cinco Rosas se adivinaban en su conjunto, un centenar de bloques de protección oficial erigidos a finales de la década de 1950 bajo los auspicios del Plan Nacional de Vivienda. Todos los edificios estaban cortados por el mismo patrón, el cual se podía reconocer sin apenas variación en otros suburbios como Sant Cosme del Prat de Llobregat, el Pomal de Badalona, La Liberación de Granollers, y muchos otros repartidos por la Península. Como cajas de cerillas, los bloques eran de dos y cuatro alturas, rematados con cubierta plana de uralita, algunos de los cuales habían sido reconvertidos, y en parte embellecidos mediante tejados de dos aguas. Las fachadas, de obra vista, acogían entre dos y tres escaleras. Éstas eran amplias pero privadas de hueco hábil para ascensor, y había dos pisos por planta.

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Los edificios se disponían formando islas, alrededor de amplios espacios que conformaban plazoletas de formas irregulares, unas cuadradas, otras oblongas, romboidales, pero casi todas suficientemente espaciosas para correr y retozarse, y montar partidos de fútbol. A lado y lado de cada portería, frente al primer piso, se abría una parcela limitada por bordillos destinada a ser un parterre. Este espacio pertenecía a la comunidad, pero se acababa adjudicando tácitamente a quien lo cuidaba. Aun así, la mayoría de las veces no se empleaba como jardín, sino como trastero, igualmente cercado. Al norte del barrio, junto al bloque donde vivíamos Nuria y yo, excavado en un cráter, se emplazaba uno de los atractivos más exóticos de Cinco Rosas: el estadio municipal de béisbol. Era el sueño hecho realidad de un inmigrante de Jaén que había aprendido este deporte de la mano de marines norteamericanos mientras residía en las barracas de Montjuic. Tras aterrizar en Cinco Rosas, había logrado seducir con su carisma y verborrea al alcalde de Sant Boi para que el Ayuntamiento le cediera los terrenos. El resto de la construcción había sido producto del trabajo de un grupo de amigos que apoyaron su sueño aun sin comprender la esencia de ese deporte, entre los que se contaba mi padre. Quince años atrás, grúas y excavadoras habían allanado el terreno, y desde entonces había crecido un club dotado de equipos en todas las categorías, modalidad femenina inclusive. Pues bien, era común en el barrio la presencia de muchachos tocados con gorras, uniformados con trajes con pantalón ceñido hasta la rodilla, medias de colores, y

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chaquetillas con el bordado de Cinco Rosas en el pecho. Los que iban a parar allí habían de ser un poco excéntricos en su calidad de disidentes del deporte nacional, porque desde luego que las chicas adorábamos a los futbolistas. Y lo que empezó como un erial vallado con una singular forma diamantina, años más tarde se transformó en un estadio en toda regla con graderías de hormigón, cancha alfombrada de césped y unas instalaciones provistas de gimnasio, vestuarios y todos los equipamientos de rigor. Sólo en la inauguración oficial del estadio se logró hacer un lleno en las gradas, cuando se disputó un encuentro amistoso entre la selección española y la república popular de la China. En los lindes del estadio de béisbol había un vertedero de runa y basura que de tanto en tanto se colmataba con arena para eliminar los hedores. Un poco más abajo yacían los depósitos de gas, dos bombonas blancas, inmensas como submarinos de guerra dispuestas una al lado de la otra. Entre el vertedero y el depósito de gas restaba un espacio huérfano más o menos recogido bajo el dosel y escondido de unas moreras, frecuentado por aspiradores de cola y yonquis. Sólo podían ser verdaderamente descubiertos por los peloteros que en ese momento entrenaban en esa parte del terreno de juego. En alguna ocasión, había sido el aviso de un jugador el que había servido para alertar que allí había un sujeto petrificado y pálido como una estatua de alabastro. Hacia el este, se extendían más descampados y yermos, parte de los cuales habían sido adecuados en el pasado como circuito de rally, así como una explanada en la que a menudo un novillero ensayaba con un toro de mentira conducido

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por su padre a la espera de la alternativa. Hacia el sur, separado por una llanura silvestre donde se montaba el parque de atracciones una vez al año, se ubicaba Casablanca, que antes de hermanarse a Cinco Rosas en cuanto a la extracción de sus habitantes, se había postulado como una urbanización de segunda residencia alrededor de la masía de un marqués que había dado su apellido al barrio. Perdiendo la mirada en el horizonte a través de la bruma, se divisaba en toda su amplitud el abanico que formaba el delta del río Llobregat, flanqueado a su izquierda por la montaña de Montjuic y a su derecha por el macizo del Garraf. La amplia y fértil llanura fangosa que quedaba en medio, repartida entre los municipios de Sant Boi, el Prat, Cornellá, Viladecans, Hospitalet y Gavá, acogía una extensa superficie de cultivos de verduras, hortalizas y frutales, agrupados en minifundios gobernados por bellas masías. Condenada a desaparecer, la llanura aluvial estaba siendo troceada gradualmente por carreteras, puentes, vías de tren, y, sobre todo por flamantes polígonos industriales, parques logísticos y sus desechos, sumado a la inexorable y sangrante expansión de la Zona Franca y la superficie portuaria. Como telón de fondo, sobre la franja de mar se avistaban enormes cargueros surcando, así como un continuo vaivén de despegues y aterrizajes de aviones en el aeropuerto del Prat, la infraestructura que gradualmente fagocitaba al siempre infravalorado estuario del río Llobregat. Alargando el cuello hacia la derecha del mirador, se observaba la población de San Clemente. ¿Recuerdas cuando veníamos aquí de pequeñas en busca de madera?, preguntó Nuria, huyendo de su pavor por los silencios,

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ante los que siempre acababa preguntando si ocurría alguna cosa, si algo me había sentado mal. Uf, ya te estás poniendo nostálgica, dije. Al momento, viendo que estaba pagando mi malhumor y mi envidia con otra moneda, suavicé el tono. Te refieres a las misiones en vísperas de la verbena de San Juan, ¿no? Sí, me encantaban. Años atrás, cuando las plazoletas aun no habían sido asfaltadas, sus vecinos correspondientes organizaban su propia hoguera con fervor fallero, rivalizando en una competición en la que se laureaba la hoguera más espectacular y con más envergadura, por alta y por ancha, para lo cual, además del acopio de troncos, leños y toda clase de arbustos, algunos vecinos contribuían desembarazándose de su viejo mobiliario. En esta competición cabía no sólo la picaresca sino la malicia y la alevosía. Dos o tres días antes de la verbena convenía montar guardia toda la noche alrededor de la hoguera porque en cualquier momento un enemigo procedente de otra plaza podía aparecer para verter combustible y prender fuego. Entonces al día siguiente se sucedían venganzas y más de una hoguera sufría la misma suerte. Pero todo ello acabó cuando se asfaltaron las plazoletas. El hormigón y el cemento significaron para la mayoría de los críos el fin de la vida salvaje, de la que sólo se salvaron los pinos cincuentones debilitados por las bolsas repugnantes de la procesionaria. Lo que aun permanecía como un canto colectivos al absurdo era la presencia de unas estructuras en forma de U, con paredes de un metro de altura levantadas con ladrillos de hormigón. Tales estructuras estaban presentes en todas

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las plazas, no siempre con la misma dimensión ni con la misma altura, y que yo sepa, hasta la fecha nadie supo explicar su verdadera función, ni nadie supo exprimir su presunta utilidad, ni nadie preguntó, ni nadie vino a dar una explicación. Como si inconscientemente yo quisiera retener a Nuria contra su voluntad, no propicié el momento de regresar. Mientras escarbaba en una pared en la que la semana anterior había descubierto un ejemplar de pirita que de inicio había confundido con plata, aduje que todavía no había pescado ninguna piedra interesante. Pero ni yo misma creía mis palabras. Estaba de peor humor que cuando habíamos salido. Nuria me rescató cuando nos despedíamos. ¿Quieres que Ángel le haga llegar algún mensaje al pirata? Sí. Espera un momento. Anoté mi número de teléfono en una hoja de mi cuaderno, la arranqué y se la pasé. Nuria se me quedó mirando con ojos de bruja y adoptó un rictus malévolo mientras se separaba de mí. 5 El meteorito Para suavizar nuestra primera cita, Nuria propuso que saliésemos los cuatro juntos. Como esperaba que Pablo o Ángel llevaran la iniciativa para decidir qué hacer y dónde ir, me descolocó que el primero me conminara a que les guiase por alguno de mis rincones predilectos, un filón, algún yacimiento o algo así, puntualizó. Tan

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confiada como aturdida, tomamos el camino que discurre entre la comisaría de la policía y el centro de formación profesional donde estudiaba Nuria. En cinco minutos llegamos al paraje conocido vulgarmente como el árbol de Tarzán: un plátano gigantesco de una de cuyas ramas colgaba una raída soga a la que asirse para salvar el estrecho cauce que, pese a su caudal estacional, solía sorprenderme regalándome de tanto en tanto preciosísimos cantos rodados decorados con brillantes hebras incrustadas. Pablo y yo descendimos hasta el lecho sorteando el colchón de zarzamoras, pero no bajaba ni una gota de agua. Ángel y Nuria aprovecharon esa fracción de segundo para fundirse en un beso que había de prolongarse un par de horas. Ni Pablo ni yo sentimos la presión de imitarlos. Al revés, nos dio por pitorrearnos. ¿Durarán mucho tiempo?, murmuré. No tengo ni idea. Sólo se que Ángel es un seductor nato, que siempre salta de flor en flor sin inmutarse, como si no tuviera sentimientos. Pero si no abre la boca. ¿Cómo puede tener tanto reclamo? No te ofendas, pero conmigo es un poco estúpido. Que va. Es así con todo el mundo. Pero en el campo corto todo lo que brota de su mente es determinante para la conquista. Que se lo digan a tu amiga. No es que nunca se haya enamorado, es que nunca ha dedicado un comentario a una mujer más que para perfilar con las manos el volumen de sus tetas. ¿Y dónde está el secreto?

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Yo también alucino. No tiene media hostia, no le interesa casi nada, apenas habla y detesta contar chistes. Supongo que será cosa de su encanto personal... Espero que no maltrate a Nuria, es muy sensible y ha tenido mucha mala suerte. Descuida que daño no le hará. Ahora bien, pareja estable, noviazgo, etc. esas palabrejas no se recogen en el diccionario de Ángel. Es mi amigo del alma, es buena persona. Pero está en la cresta de la ola, las chicas se lo rifan, y el se deja querer por esa deriva. Nos volvimos y ya estaban revolcándose sobre la hierba. Nos levantamos y remontamos la orilla sombría del arroyo. Fue entonces, bajo una miríada de haces luminosos, cuando Pablo se adelantó unos metros para alcanzar la soga y pude verlo de cuerpo entero en todo su esplendor. Era de estatura media, un palmo más alto que yo. De constitución delgada y fibrosa, ni le sobraba ni le faltaba un kilo de peso. Tenía el pelo negro, tibiamente ondulado, y la piel morena. Sobre un rostro picado por la viruela, propio de un viejo, sus labios eran un oasis de perfección. Todo lo que vestía era de marca. Camisa, tejanos y zapatillas deportivas, nuevas e impecables. Pablo se me antojó aun más sofisticado que Ángel pero, a diferencia de éste, lucía un marcado estilo que insinuaba una marcada personalidad. Según como, el parche le confería una expresión sombría, lúgubre, y según como irradiaba una ternura sobrecogedora, que me daba ganas de ceñirlo fuertemente entre mis brazos. Cuando estuvimos tan alejados de la pareja como para que

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no nos oyeran, Pablo extrajo del bolsillo del pantalón una bolsita de seda gris anudado con un cordón dorado y la depositó en la palma de mi mano. Lo prometido es deuda, dijo con una sonrisa expectante. La abrí con los dientes tras desistir ante mi impericia para deshacer el nudo. Cuando extraje la piedra del interior, la examiné detenidamente a la altura de mis ojos. Si bien aun no era una experta en mineralogía, en muchos casos podía columbrar por donde iban los tiros. Sin embargo, fui incapaz de reconocerla y aun menos de catalogarla. Era negra azabache, de superficie rugosa y satinada, del tamaño de una nuez, y parecía muy resistente. Si no fuera por su peso, dictaminaría que es un pedazo de alquitrán. A no ser que... Pablo observaba con sorna cómo me devanaba los sesos. Me rindo. ¿Qué diablos es esto? Nunca he visto nada igual, dije mientras mordisqueaba la piedra y cataba su gusto insípido con la punta de la lengua. Te advertí que era imposible que tu colección contara con una rareza así. Es un fragmento de meteorito que ha llegado desde el firmamento para que lo puedas acariciar entre tus dedos. Lo encontré este verano, en Sitges, sobre la arena de la playa. Primero pensé que era un rescoldo porque humeaba y estaba rodeado de un polvo muy fino como la ceniza, pero luego me percaté de que su impacto contra el suelo había producido un cráter de un metro de diámetro y dos palmos de profundidad. Estoy seguro de que fue una

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señal premonitoria, lo he conservado sin saber por qué, ya que a mi las piedras ni fu ni fa. Me quedé anonadada. Mientras que en mi casa ni mi hermano, ni mi madre, ni por supuesto mi padre aplaudían mi inclinación por la geología, ahora surgía un extraño cuyas credenciales eran una piedra única para mi colección. Omití estas interioridades no fuera que las interpretara como una treta demasiado comprometedora. ¿Y tú que estudias?, pregunté. Diseño de interiores. En una academia privada de Barcelona. Estoy en tercero. O sea que eres buen estudiante. No, que va, del montón. No saco grandes calificaciones, nunca destaco, pero voy superando cursos. Siempre he oído la misma cantinela de los profesores: es una pena que este chaval no se esfuerce más, sería una luminaria, puede hacer más de lo que hace, etc. etc. Y la verdad es que hago lo justo para aprobar, aunque también pienso que si no doy más de sí, no es porque no quiera, sino porque no puedo. Yo asentía en mi fuero interno a cada cosa que Pablo decía. Comprendí que confraternizábamos, que pertenecíamos a la misma tribu, y supe por qué sin intercambiar una palabra, habíamos reparado el uno en el otro y habíamos experimentado la sensación de que ya nos conocíamos o que estábamos condenados a hacerlo, que éramos los elegidos para una misión que habíamos de emprender en breve y para la que no se podía acometer el objetivo si no lo hacíamos conjuntamente. Reparé también que a nosotros no

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nos ligaba una desazón, una inseguridad, una frustración que nos forzaba a apiñarnos para salvaguardarnos de un mundo inhóspito. No arrastrábamos adolecíamos de traumas soterrados, y ninguno pretendía subyugar al otro. Eso pensé en esos primeros instantes, embrujada por aromas y sensaciones, en esos tiempos en que una está convencida de que su olfato es infalible. Y no iba mal encaminada, ni respecto a la alianza ni respecto a la misión. Pero, ay, cuan errada estaba en cuanto a la benignidad de sus frutos. Qué cortedad de vistas impone la adolescencia, cuanta autocomplacencia. Lo cierto es que algo no debía rodar tan bien, así en su mundo como en el mío, para que en tan poco tiempo nos abocáramos a una pausada pero inevitable caída al vacío. Y es que la mayoría de las veces, las heridas y los traumas velados, como bombas enterradas y olvidadas de guerras pretéritas, no sólo subsisten camuflados, sino que como la calma antes de la tempestad, aun antes de estallar destilan un falso placer y bienestar con miras a preservarse indefinidamente. Luego se evidencia la fragilidad de los pensamientos y de las percepciones. Y no sé si es posible sortear la tormenta que se cierne sobre nosotros. Quizá lo más lamentable sea que sí sabemos dónde se alojan nuestras flaquezas y debilidades, pero nuestra voluntad tan tosca como aun indomable se encarga de desoír los avisos que le llegan, de manera que al final siempre es tarde y nos asfixiamos porque nos llega el agua hasta el cuello. Sería injusto, no obstante, descargar la responsabilidad toda de la hecatombe sobre estos traumas durmientes porque ello equivaldría a reconocer la inutilidad de nuestro libre albedrío. Sigo

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sin entender si los infortunios que a una le acechan los provoca a su paso, si son parte de rachas y nubes y, ciertamente se cae en desgracia, o están codificados en el itinerario del destino. Tiendo a pensar que lo que nos sucede responde a una invocación temeraria que puede conservarse inactiva hasta que se desencadena la reacción definitiva, donde nosotros encarnamos el sustrato que aguarda el contacto del reactivo o catalizador. Un reactivo -Pablo- que no aparece azarosamente, sino que acude a una llamada. Un reactivo que podría ser cualquiera, me temo. De ser así, más injusto que querellarse contra esos traumas durmientes es condenar a quienes los causaron, casi siempre familiares demasiado cercanos que no siempre fueron conscientes del daño que infligieron, sólo con la malvada intención de librarse de todos los cargos. Sin embargo, estas exculpaciones no son óbice para que los protagonistas sean presentados a continuación con todos los honores. 6 La familia es una telaraña Subí la escalera saltando los peldaños de dos en dos, radiante. Pablo se reveló como un descubrimiento trascendental para mi maltrecha colección de amores, igual que el meteorito iba a ocupar la casilla central de mi muestrario de minerales. Entré en casa flotando en una nube. Dejé el bolso en el sofá del salón y me planté en la habitación de mi hermano. Para variar, estaba sumido en el estudio, aislado del ruido de la calle con sus inseparables cascos musicales.

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Papá todavía no ha regresado, y mamá ha dicho que volvería en un rato, después de hacer la compra, anticipó con su habitual tono de hartazgo sin levantar la cabeza de los apuntes. Gracias por la información, pero no era eso lo que te quería preguntar. ¿Puedes quitarte los auriculares un momento? César se desplazó hasta el amplificador a desgana sobre su silla de ruedas de oficinista, bajó el volumen y se colgó los auriculares en el cuello. Amaba la música. También el baile, sólo que esto lo llevaba como una pasión íntima y casi secreta. No había cosa que más le fastidiase que le enganchasen in fraganti dándose un bailongo. Era retraído y muy celoso de sus cosas. ¿Qué estás haciendo? Pongo orden a estos apuntes que me han dejado, dijo cada vez más mosqueado, pues esperaba una pregunta y sabía que si yo permanecía clavada bajo el quicio de su puerta se debía a que quería algo de él. Pero como era de talante paciente, apenas le costó contenerse. Tan sólo se me quedó mirando fijamente, para que me percatara de su nula complicidad. Mi euforia, sin embargo, me hacía resistente a cualquier hostilidad. César era un muchacho bondadoso, modélico. En septiembre cursaría segundo de Ingeniería Superior y nunca había traído problemas a casa de ningún tipo. Ocupaba sus fines de semana como monitor infantil en el casal del barrio y en verano daba clases de repaso. En cuanto a mí, se comportaba como la voz de la conciencia, como un embajador de mi padre cuando éste se ausentaba. Era tres años mayor que yo, y desde niños, el se chivaba

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de las travesuras, y cedía ante la presión de mis padres, aunque también se dejaba engatusar por mí y luego se arrepentía, a veces ponía freno a las gamberradas y o se afanaba en prever siempre lo peor de cuanto tramábamos. Su celo vigilante se había conservado intacto, igual que todo su círculo de amistades, cortado por el mismo patrón de personas serenas y analíticas, que sabían escuchar y hablar a su debido tiempo. Desde que César asistía a la universidad y se mezclaba con estudiantes de Barcelona, hecho que proviniendo de Cinco Rosas se le representaba como un antes y un después, mostraba una creciente aversión por el barrio. Éste le parecía un lugar deleznable de gentes analfabetas, desaseadas y chillonas, y presionaba a mi padre para que nos mudásemos cuanto antes al centro del pueblo, a sabiendas que ambicionar un salto a la ciudad era picar demasiado alto. Como nunca lo vi mantener relaciones ni nada parecido con una mujer, aunque de haberla tenido tampoco lo hubiera aireado, yo creía que en esa sequía emocional radicaba su necesidad de escapar: jugaba en campo contrario y siempre perdía. Por añadidura, observando a los monaguillos poco varoniles que tenía por amigos, era inevitable pensar que aquella cuadrilla de jóvenes cristianos aglutinaba a todos los maricas reprimidos que se consolaban en rebaño a la espera de una borrachera colosal, de una catarsis que los redimiera y les infundiera de valor para salir del armario. ¿Conoces a un tal Pablo? Así a bote pronto, no. Necesito más pistas

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Vive cerca de la Iglesia y siempre anda con un tipo larguirucho, Ángel. A ver, ¿uno que lleva un parche en el ojo? Sí, ese. Lo conozco de vista. Coincidí con su hermana en el instituto, pero no hicimos buenas migas. Sale con uno del rugby. Uy, tiene unos humos. ¿No me digas que te has enrollado con ese elemento? Iba a responder cuando llegó mi madre. Tenía lo que me interesaba, sabía que iba a vilipendiar a Pablo sólo por pertenecer al barrio, abandoné su habitación y acudí en ayuda de mi madre, que rogaba a gritos que bajara uno de los dos a cargar con las bolsas de la compra. Estaba tan eufórica como yo misma, repusimos la despensa y nos resguardamos de César en la cocina para ponernos al día. Hija, no aguanto más, tengo que contarte algo muy serio, y me vas a prometer que mantendrás la boca cerradita. Mamá, sabes que soy una tumba. Anda, suelta. ¿Te he hablado del director de la oficina, no es así?, preguntó en tono picante. Te refieres a ese tal Roberto, el que te devora con la mirada y te regala ramos de flores, ¿no? De la misma manera que mi padre abrazaba una no disimulada devoción por mi hermano, mi madre tenía una incorregible debilidad por mí. Yo era su auténtica confidente. Una confidente ideal porque no me permitía emitir juicios de valor sobre sus actos, sino que debía aplaudir todo cuanto me confiaba de su vida paralela.

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Así estaba establecido tácitamente desde el principio. Para justificar los dos o tres escarceos más o menos duraderos de los que yo tenía conocimiento, se amparaba en el desprecio que le infligía mi padre, el cual, y yo en eso sí coincidía, rayaba el maltrato psicológico. Ella se había dedicado a las labores del hogar hasta hacía tres años, cuando había sentido la necesidad de trabajar, cansada de pedir dinero a mi padre para cada nimiedad, y de escapar de su atmósfera opresiva, para lo que incluso tuvo el mérito de obtener el permiso de conducir. Para sus cincuenta años, presumía de un físico envidiable, era rolliza y morena agitanada, llevaba el pelo largo y tenía unos pechos imponentes que yo no había heredado. Su deje gaditano la hacía irresistible al más pintado. El mayor revés que mi madre sufrió no procedía de la larga lista de exabruptos de mi padre, sino de la prohibición de estudiar por parte de mi abuela. Eso la había traumatizado y le había generado complejos en cuanto a su cortedad de luces y a su pobre educación, que era terreno abonado donde mi padre escarbaba para construir sus diatribas. Mi abuela había devenido una tortura para mi madre, a la que trató como una inútil, el descalificativo que más empleaba Ello había alimentado su inseguridad y su inmadurez, estancándola en cierta medida en una juventud idealizada que nunca le permitiría dar el paso a la siguiente etapa. Mamá necesitaba como el agua que todos mostrásemos su amor por ella. Pero últimamente algo menos, desde que hacía la limpieza en una sucursal bancaria de Hospitalet.

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Era inusual que nos enzarzásemos en discusiones, pero cuando lo hacíamos acabábamos las dos llorando como niñas histéricas. Al rato, ella me recordaba con envidia que yo guardaba un gran parecido con su madre, al menos en la medida en que no podía combatir conmigo debido a mi fortaleza congénita. Y es que aunque traicionase a sus sentimientos más sinceros, le era inevitable censurar todo lo que a ella le habían censurado. Mi afán de estudiar la carrera de Geología al año siguiente había sido una excusa perfecta para sacar lo peor de ella y tratar de disuadirme, campaña a la que se había sumado mi padre por otros intereses igual de irracionales y egoístas. ¿Estáis liados?, pregunté con la decepción de que mi madre había vuelto a las andadas. A pesar de que mi relación con mi padre no atravesaba su mejor momento, momento que ya duraba años, pero que no me quitaba el sueño porque con un sujeto de su calaña había que estar a la greña o arrodillarse, me pareció una deslealtad en toda regla. Como en relación a su ligue anterior, evité pronunciarme en esos términos. No, exactamente, bueno sí. Pongamos que somos muy buenos amigos. ¿Y si se entera papá? Qué se va a enterar, si sólo le interesan sus partidas de cartas y sus batidas de caza y... Ten cuidado mamá. Claro que sí, hija, ¿y tu qué me cuentas? Yo no cuento nada. A mí me ha ido fatal, como siempre.

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7 Gatos Una semana después, Pablo me telefoneó y me citó en la portería de su escalera. A pesar de que había alardeado de su puntualidad británica, tuve que esperar casi media hora y, cuando hizo acto de presencia, no se excusó por la tardanza. Llevaba una bolsa de asas de papel en una mano, y un maletín de nailon colgado al hombro, que me entregó al momento como si lo hubiésemos convenido así con antelación. Corrí la cremallera. El maletín contenía un ordenador portátil, a la sazón un artículo valioso e inalcanzable para mi bolsillo. Me turbó su generosidad hasta el grado de sentirme incómoda. Le pregunté el motivo de tal entrega, y respondió que como yo había insinuado que me gustaba la informática y que pretendía realizar un curso de programación, y a él le sobraba uno, éste me lo cedía en calidad de préstamo. ¿Entramos o nos quedamos aquí?, preguntó inclinando el torso hacia el jardín. ¿Entramos adónde?, pregunté un tanto indecisa. Pero bueno, ¿es que ya has perdido todo el interés por conocer mi pasión secreta? Abrió el candado y empujó la cancela que daba acceso al jardín izquierdo de su portería. Cercado por un seto de hiedra, estaba tan invadido de maleza que resultaba imposible atisbar a un metro de distancia qué había más allá, así como comprender porqué alguien se ocupaba de regar semejante abigarramiento de matojos y malas

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hierbas. Se amontonaban dos lavadoras herrumbrosas, un cuadro de bicicleta herrumbroso, tres sillas metálicas de oficina, una mesita de noche combada por la humedad y una caseta de perro con boquetes en la techumbre de imitación. Pese a aquella imagen de desolación, me sentí resguardada, por mucho que estábamos expuestos a la vista de cualquier vecino que asomara la cabeza. Y en los balcones del barrio siempre había vigilantes espectadores apostados que no se conformaban con cotillear al prójimo, sino que le plantaban mejor o peor cara según juzgaran aquello que observaban. Nada más acercarse a la caseta, una veintena de gatos se agolpó alrededor de Pablo. Salían de todas partes, aposentándose en el techo de la caseta, colándose por el tambor de las lavadoras, tan impacientes por recibir su pitanza que le impedían echar mano de la bolsa que contenía el pienso. Abajo los perros, arriba los gatos: he aquí mi lema y pasión. Los cuidamos entre mi madre y yo. Me encantaría tener un par también en casa, pero además de no tener espacio, mi hermana es alérgica, le salen sarpullidos con solo verlos. ¿Los conoces a todos? ¿Tu conoces el nombre de tus minerales y distingues unos de otros? Sí. Pues yo también. En mi colección, yo tengo una predilección especial por el topacio y la mica, ¿cuáles son tus gatos predilectos?

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Aquel de allí, el negro, se llama Sotavento, y esta bruja, Alquimia. ¿Alquimia? Voy a mostrarte porqué mi madre la bautizó así, dijo frotándole el pelaje. Pablo la cogió en brazos sin que ella opusiera resistencia. La acercó a un palmo de distancia de mi cara y la gata se me quedó mirando fijamente, con expresión más humana que felina. ¿Ves? No se asusta, te observa tranquilamente, como me figuraba. Algunos gatos saben reconocer por la mirada quién esconde malas intenciones, y Alquimia es sabia en eso y mucho más. Si fuera una persona, sería la mejor pitonisa del mundo y se la rifarían reyes y políticos. ¿O sea, que he venido aquí a ser auscultada?, pregunté con sorna. Bingo, respondió Pablo. Y has superado la prueba. Ahora ya podemos ser amigos, lo ha refrendado Alquimia y eso va a misa. De improviso, me soltó dos besos fraternales en la mejilla por toda despedida y se entregó a los gatos. Tuve que asimilar rápidamente que Pablo nunca avisaba del cierre inminente de una velada, y por supuesto, no tenía en cuenta si su interlocutor estaba divirtiéndose o aburriéndose. Fui testigo de ello durante los meses de octubre y noviembre, mientras nos fuimos viendo una vez por semana, normalmente los sábados por la tarde. Para entonces, los encuentros con Pablo devinieron el principal aliciente de la semana. Yo acababa de empezar tercero de bachillerato, y en clase me

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aburría como una ostra. A diferencia de los cursos anteriores, me asaltaba una creciente apatía por los estudios, geología incluida, y mataba las clases haciendo garabatos en los márgenes de las hojas. Sólo cuando llegaba el viernes me sentía plenamente jubilosa, así como un tanto temerosa de que un imprevisto aciago suspendiera nuestra cita. Pero nada se interpuso entre nosotros y, poco a poco, fui acercándome a la órbita de Pablo, pues ni Nuria por la parte de Ángel, ni ninguna otra fuente externa de confianza me dispensaba información acerca de su personalidad, de su pasado, de sus hechos gloriosos de infancia, y de sus defectos más pueriles, lo cual no dejaba de constituir una auténtica excepción tratándose de un entorno relativamente cerrado como el de Cinco Rosas en el que todo se sabía o se acababa sabiendo. En suma, la personalidad de Pablo permanecía envuelta en un halo de misterio, que yo interpretaba como un regalo de Cupido que había de abrir con una cadencia balsámica. Su padre, sin ir más lejos, que también respondía al nombre de Pablo, me dejó una impresión contradictoria, pues combinaba parquedad de palabras con una inquietante sonrisa forzada. Trabajaba de celador en el turno de mañana del hospital comarcal, empleo que compaginaba con el de administrativo en una compañía funeraria. Fruto de su sacrificada laboriosidad, Pablo había podido estudiar en un colegio privado, lo cual se traslucía en sus modales, y en otros detalles como sus avanzados conocimientos del idioma inglés, algo casi estrafalario en el barrio.

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Al cabo de unos días, Pablo me invitó a merendar en su casa. Más por observación directa que por sus comentarios soltados con cuentagotas, deduje que era el menor de tres hermanos. Oscar, el primogénito, era invidente de nacimiento. Siempre estaba enclaustrado en el dormitorio de sus padres, devorando novelas en braille. Para mí, era como un espectro. Sólo le escuché hablar una vez, y me impuso su tono despótico. Según Pablo, tenía un carácter hosco y nadie más que su padre sabía alegrarle el ánimo. Oscar poseía virtud. Como consecuencia de su ceguera, había desarrollado su capacidad auditiva hasta niveles insospechados, y podía escuchar a través de los tabiques y paredes maestras todo lo que se decía no sólo en su propia escalera, sino en las otras dos del edificio. De ello daba fe su madre, que era ama de casa. Cuando trascendía que fulano había perdido el empleo por equis motivos, saltaba Oscar tachándolo de embustero, revelando que habían sido silenciados los verdaderos motivos del despido. No obstante, Oscar odiaba el acceso indiscriminado a tanta información, pues le distraía de sus lecturas, y afirmaba que hubiera preferido ser sordo antes que ciego, con tal de librarse de aquella tediosa enciclopedia sonora de la cotidianidad. En lo único que Oscar coincidía con Pablo era en el frente común que ambos libraban contra Maite. Ellos no aceptaban su querencia por las clases acomodadas del pueblo, sus ínfulas de princesa, y la consideraban algo así como una sedicente. Maite trabajaba como auxiliar de dentista y ganaba un salario modesto, criticaba Pablo con acritud. Sin embargo, las veces en que yo la vi,

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me pareció una mujer atractiva, íntegra y nada advenediza. Era menuda, bajita y guardaba un parecido con Pablo hasta en la forma de caminar. Por el mero hecho de relacionarme con su hermano, siempre que nos cruzamos se detenía y charlábamos cordialmente un par de minutos, la cual me hacía pensar que le caía bien. Pablo me aseguró que su hermana era una hipócrita, porque al igual que mi hermano César, Maite abominaba de la gente del barrio. 8 La gente del barrio El barrio era un crisol de extremeños, gallegos, castellanos y, sobre todo, andaluces, en su mayoría llegados en el “Sevillano” para hacinarse en las barracas de Montjuic y otras aglomeraciones chabolistas repartidas por Barcelona. En agosto, sin embargo, Cinco Rosas experimentaba un notorio abandono. Autocares de línea y coches cargados con bultos y fardos sujetados al techo con pulpos elásticos, protagonizaban una diáspora inversa hacia sus respectivos orígenes. Este no era el caso de la comunidad gitana, pues su esencia nómada trascendía el calendario laboral, gracias a lo cual dicha comunidad se alzaba en guardián del barrio frente a los asaltadores de pisos. O sea que la convivencia era de todo punto normal, igual de pacífica o conflictiva que con cualquier otra comunidad, mayormente porque los que habíamos nacido allí, jugábamos y estudiábamos juntos sin conocer el significado de la discriminación. Cuando se producían riñas, éstas siempre tomaban un cariz que, no

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por repetitivo y esperado, suscitaba menos quebraderos de cabeza. Si el gitano conseguía amedrentar al payo, la riña se extinguía y, como mucho, el vencedor se recreaba por un tiempo con miradas amenazantes. Si el payo amedrentaba al gitano, éste solía contrarrestar su cobardía anunciando la llegada de refuerzos inmisericordes: primos, hermanos y otros familiares en tromba se confabularían para enviarlo al infierno. Pocas veces la sangre llegaba al río, pero durante los días calientes imperaba una ambiente expectante, por si las moscas. Los vecinos que a su pesar no marchaban de vacaciones estaban condenados a sufrir los desafueros de la canícula. Desde la primavera, payos y gitanos por igual saltaban a la calle, huyendo del calor sofocante de sus propias viviendas. Los payos se alineaban en hileras o hacían corrillos, intercambiaban chismorreos, jugaban al dominó o a las cartas y bajaban el televisor, y se retiraban a descansar alrededor de la medianoche. Mucho más festivos y vitales, los gitanos trasladaban literalmente medio hogar a la calle. Comían y bebían y luego sacaban las guitarras, las cajas, los timbales y se liaban a palmear y cantar hasta la madrugada. A veces era una fiesta, a veces se lloraba a un difunto, a veces se celebraba una boda, y a veces se conspiraba para vengar una traición y ya se oían los lamentos de una matriarca o los suspiros entrecortados de una víctima. Sin embargo, trasnochar no era óbice para cumplir con sus obligaciones. Directa o indirectamente, la mayoría de gitanos dependía del comercio ambulante. Algunos eran simples dependientes y otros poseían sus propias paradas, que montaban en

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ferias y mercadillos itinerantes: ropas, perfumes, fruslerías etc. Y, sólo una ínfima fracción, más o menos la misma que la correspondiente a los payos, se dedicaba al negocio de la droga. Aunque no abundaban, se producían matrimonios mixtos entre gitanos y payos. A menudo, la estrecha convivencia impedía diferenciar a unos de otros a golpe de vista: menudeaban payos agitanados y gitanos a los que se les tildaba de cubanos. Entre los emigrados de todos los rincones de la península y los gitanos, Cinco Rosas aglutinaba una sociedad mestiza en toda regla. En su calidad de asentamiento marginal, su aislamiento respecto al pueblo estaba rubricado por la barrera física que constituía el “Parc de la Muntanyeta”, que era un segmento de una virtual línea divisoria vertical que asimismo afectaba a Casablanca, enclavada al otro lado del Parque Móvil Militar de automovilismo y de la Compañía de Fuerzas Eléctricas de Cataluña. Por aquel entonces podían pasar años hasta que un muchacho visitara Barcelona. Incluso había quien apenas bajaba al centro del pueblo o no lo hacía nunca. Ello se traducía en que la gente del barrio constituía un gueto ajeno a lo que acontecía a su alrededor. Era prácticamente imposible escuchar a alguien hablar catalán. Las fiestas tradiciones catalanas se supeditaban a las castellanas. Se festejaban con ardor la Nochebuena y la Semana Santa, así como el día de la tortilla y el de la sardina. Pero es que hasta el idioma castellano estaba distorsionado en buena manera. En las capas más jóvenes, se estilaba un acento indefinido, que junto a ciertas palabras que se ponían de moda, definían la identidad del barrio, que presuntuosos como Maite o mi hermano

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César repugnaban sin miramientos. En parte, yo también sentía algo parecido. Porque si la familia era una telaraña, el barrio era como un imán indómito que quería atraparte, convertirte en su soldado, educarte en su cultura y cerrarte el destino para que nunca, nunca, tuvieras que someterte a la angustia de elegir.

9 Se acerca la noche Desde el mes de diciembre empezamos a vernos casi a diario. Al igual que yo, Pablo estudiaba en horario nocturno y, excepto un par de mañanas que asistía a prácticas, el resto las tenía libres. Me costó muy poco amoldarme a su costumbre matutina de acudir al bar Los Verderones o a la Tomasa para desayunar un bocadillo, acompañado de una soda y una tapa de aceitunas, y, mientras tanto, devorar en silencio la prensa escrita, especialmente en busca de los conflictos bélicos en curso. Hasta entonces, entre que no podía costearme ese lujo y que me parecía un hábito reservado para los adultos, apenas había pisado bares más que para comprar el tabaco de mi padre o para alguna emergencia de domingo por la tarde. Tanto en un bar como en el otro, Pablo se sentía como pez en el agua. Conocía a los propietarios, a los parroquianos, a todo el mundo, y le devolvían el saludo con un afectuoso Pablito. Siempre pagaba él, dejaba propina y luego se iba cada uno por su lado. Con el fin de semana, congelamos nuestros paseos campestres para franquear la línea imaginaria que acordonaba el barrio, y

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sumergirnos en la noche. De buenas a primeras me escandalizó el sinnúmero de conocidos que Pablo tenía en casi todos los ambientes que pisábamos, así como el carisma casi unánime que le aureolaba fuera de los márgenes de Cinco Rosas. Asimismo fui testigo no sin estupefacción la atracción que despertaba en los recién conocidos, hasta tal grado que a su lado me sentía eclipsada y me embargaba, por qué negarlo, un batiburrillo de envidia y admiración. Yo ya lo había visto desenvolverse en el barrio con soltura y versatilidad. No es que adecuara su modo de hablar como si fuese un viajante especializado que aborda a cada cliente de un modo específico, sino que sintonizaba más bien por su modo respetuoso de escuchar y de dirigirse al prójimo, fuese Ángel, un gitano, un magrebí o yo misma. Para consolar a mi impotencia, resolví que el parche pirata alentaba la compasión de conocidos y extraños indistintamente. Pablo departía por igual con sujetos procedentes de los ambientes más elitistas, y con los parias de barrios hermanos como Casablanca, Marianao o Ciudad Cooperativa. A su lado, yo sentía que sudaba la camiseta de un equipo imbatible liderado por un jugador prodigioso, una suerte de taumaturgo que azuzaba mis sentidos y me inducía a sacar lo mejor de mi misma: una lámpara de fuego que iluminaba mi corazón. A diferencia de Ángel, que incluso en presencia de Nuria, apenas podía reprimir miradas concupiscentes a todo cuerpo andante, Pablo se revelaba como un enemigo declarado del flirteo, virtud que serenaba mis cábalas sobre su éxito social. Entretanto, yo ignoraba si éramos sólo amigos, una tándem en ciernes, un simulacro de ello, o cualquier otro estatus aun

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pendiente de patentar; desde luego no estaba en mis manos definirlo, entre otras cosas porque ni yo misma me aclaraba. Desconocía si estaba enamorándome de él o si ya lo estaba, las sensaciones eran contradictorias y cambiantes, y me aterraba que me hiciese daño así como la posibilidad de perderlo por un resbalón. De lo que no abrigaba dudas era que no me lo podía quitar de la cabeza. Ahora bien, si yo no podía desentrañar mis sentimientos, intuía que los suyos eran doblemente crípticos. No fue hasta la noche de fin de año cuando se mitigaron mis recelos y caí rendida a sus pies. Pasó a buscarme una hora después de las campanadas y nos fuimos de copas a una taberna del casco antiguo del pueblo. De ahí saltamos a un pub de la calle Mayor. Para variar, Pablo destinó quince minutos a saludos y abrazos. De entre todos ellos, un sujeto captó mi atención. Su cara era blanquecina, barbilampiña y aniñada, tenía el pelo castaño claro y liso y un poco largo, y se ajustaba a la imagen que yo guardaba de Billy el Niño, con la gesticulación amanerada de quien precisamente pierde el juicio por las mujeres. Tenía la voz aflautada y sonreía con facilidad aunque con mayor rapidez recobraba la seriedad, indicio que remitía a la procesión orgiástica que corría por dentro. Y es que tenía los ojos desorbitados y parecía que acababa de recibir una descarga eléctrica, incapaz de dejar de agitar las piernas y los brazos. De pronto conquistó la pista y se puso a brincar, alzando el cuello y perdiendo la mirada entre los focos. Tronaba una patética música de verbena y matasuegras y no comprendía cómo aquel tipo podía estar tan entregado.

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Ah, ese. Es Nicolau, uno de los reyes de la noche. Sí, sí, la música, la gente, le da igual ocho que ochenta. ¿Va un poco pasadito, no? Eso parece. Así de tajante solía reaccionar Pablo cuando se trataba de hablar de la privacidad de los otros. No obstante, me dio un golpecito con el codo para que observásemos el espectáculo. No pudimos evitar una sonrisa cuando no un rubor, pues en cualquier momento, Nicolau podía desplomarse de un patatús. En contraste con sus movimientos espasmódicos, la música de orquesta parecía una concatenación de baladas soporíferas. Cuando la pista estuvo abarrotada, Pablo tomó mi mano y me arrastró hasta el mismo centro. Me parecía estar viviendo un sueño. Que se elevó a delirio cuando entonó sus primeros pasos. Era un espectáculo. Bailaba siguiendo el ritmo a la perfección, con una pose de maestro irónico y burlón como si la gente que le rodease estuviese aprendiendo a sumar y restar. Contoneaba sus caderas con la elasticidad de una anguila, marcando pasos inauditos que al repetirse de manera armónica y coherente, enseguida se prestaban a sentar cátedra y a ser mimetizados, no sólo por mi misma, sino por cuantos se arremolinaban a nuestro alrededor. A ello había que añadirle cómo destellaba el parche por efecto de los focos incandescentes. Nicolau, desvergonzado, bailoteaba frente a él, imitando torpemente cada paso, desplazándome con sus movimientos dislocados, a veces tan cercano a Pablo y sobón que parecía una brasileña a punto de devorarlo.

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Al cabo de un rato reparé en que estaba bailando sola. Con los ojos cerrados, fundida en una música que ahora me parecía celestial, conciente de que acababa de firmar una entente duradera con la noche. Si esto era la noche, ya no me importaba el sol. No recuerdo si me tiraron los trastos y si di largas o seguí la corriente por aburrimiento, pero había llegado con Pablo, y con él regresaría. Por lo demás, no tenía ningún interés en hacerme la interesante, o en alimentar suspicacias de ningún tipo que pudiesen ofenderlo lo más mínimo. Y en esas aparecieron Nuria y Ángel con una cogorza memorable. Llegaban acompañados de personas a las que no conocía. Con ojos chispeantes, Nuria me presentó a un tal Mudéjar, como su futuro novio, y tal y como éste oyó decir eso, la besó en los labios, desafiando con su mirada a un Ángel que bailaba ensimismado. Nuria hizo un gesto impostado, y al observar mi cara, abofeteó al otro, que conservaba el rostro inmutable como John Wayne. ¿Seguro qué es tu futuro novio o confundes el presente con el futuro? Joder, dices cada cosa, espetó Nuria con un aliento intratable. Espera, mira, que te presento gente, y desapareció de mi campo de visión. Las agujas de mi reloj marcaban las cuatro y media cuando se interrumpió la música y todos nos volvimos hacia la cabina del pinchadiscos. Junto a éste, se hallaba Pablo dándole instrucciones. Al tiempo que se reanudó una canción con una inconfundible base rítmica de hip hop, agarró el micrófono con desprecio y posó su

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mirada sobre la masa oscura de espectadores. De menos a más, empezó a cantar en un inglés nativo, cada vez más rápido hasta rapear a la velocidad de la luz como un demente. La voz de Pablo amplificada, sus movimiento vacilones de cuello, hombros y brazos, y la pista bailando a su son, me abrumaron. Pablo me había confesado que amaba la música por encima de todas las cosas, pero me había ocultado sus pinitos en el cante. Al término de su actuación estalló una sonora ovación y cuando volvió a mi lado, me sentí como si no lo conociese, inhibida como estuviera ante una estrella de cine. Medio mosqueado, comentó que habría cantado al menos un par más de temas de no haber sido frenado por el pinchadiscos. Acabamos la noche borrachos, con risas descontroladas y una generosa vomitera de Pablo sobre el capó de un taxi que por suerte estaba fuera de servicio. Empalideció, se llevó la mano a la sien, y se puso a rajar sobre lo pernicioso que era el alcohol. Si es que odio la bebida. Lo que es gustarme el sabor, no hay comparación con una fanta o un zumo, te lo juro. La cabeza me da vueltas, me duele la barriga, al día siguiente me levanto echo una mierda. Al menos después de echar la cena por la borda, estás sereno, porque yo no me aguanto en pie, dije tratando de estar a la altura de las circunstancias cuando aun seguía teniendo ganas de reír. Ya no vuelvo a beber nunca más, apostilló enfurecido, indiferente a que yo pudiera inferir que mi noche gloriosa había representado un suplicio para él.

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10 Papá Desde que había conocido por boca de Nuria las juergas que se corrían mi padre y otros cazadores en prostíbulos de los alrededores, mi ideal de familia estaba en horas bajas. Con las contribuciones adúlteras de mi madre, como colofón, su matrimonio había entrado en barrena, si bien dada su inteligencia práctica, asumía su incapacidad para salir adelante por sí sola, así como la incapacidad de mi padre para freír un huevo; el cúmulo de carencias mutuas operaba como una argamasa que sellaría su dependencia hasta la vejez. Yo hacía lo posible por expulsar de mi mente los escarceos de mi padre, en parte porque el dinero con el que sobrevivía salía de su bolsillo. Mi padre regentaba una modesta empresa de construcción y de reformas integrales. Tras muchos años haciendo de peón y capataz a la vez, había prosperado, contrataba a gente y casi nunca se manchaba las manos. En plena efervescencia preolímpica de construcción, encadenaba una obra tras otra cuando no simultaneaba unas cuantas. Para recibir mi asignación semanal, mi tarea consistía en mecanografiar presupuestos, facturas, contratos y otros documentos. Había otro modo de obtener dinero sin hacer nada a cambio, como practicaba César, pero ello implicaba hacerle la pelota y reírle las gracias. De común no me salía, pero cuando me acuciaban necesidades, entonces me mostraba más melosa y receptiva, y como todos los hombres, papá mordía el anzuelo. Cuando tenía dinero o no me hacía falta, papá me producía urticaria.

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César obedecía a todas sus demandas como un soldado raso ante un capitán general. Entronizaba sus consejos como si fueran emitidos por una autoridad divina. Sólo tenía palabras elogiosas para él y alardeaba ante sus amigos que su padre se había enriquecido desde la nada. Como si fuésemos millonarios y viviésemos en una mansión. Nunca entendí la adoración que mi hermano le tributaba cuando eran la noche y el día; César era incapaz de encontrarle ningún defecto. Yo reconocía en mi padre su generosidad y franqueza, incluso su honradez. Pero me pesaba más su materialismo de pacotilla, según el cual no valía la pena esforzarse por lo que no daba rédito, por ejemplo, mi colección de minerales. Aun me repelía más su machismo recalcitrante. No hacía el menor esfuerzo por adaptarse a los nuevos tiempos. El vigor que le confería su solvencia en el arte de ganar dinero junto a la certeza de saberse el motor del sustento familiar, le exoneraban de todo esfuerzo añadido, incluso el de mejorar como persona. Y ello traspasaba las paredes del hogar. Cada vez escuchaba menos, consideraba que nadie en el mundo podía darle lecciones de nada, y endosaba el descalificativo de mindundi a todo el que, según él, no estuviese a su altura. Siempre le acompañaban la razón y la verdad, y si mi madre y yo le íbamos a la contra, saltaba el redicho de César para desequilibrar la balanza sacándose de la chistera algún argumento al que nos debíamos plegar porque escapaba a nuestro entendimiento . A veces mi padre me generaba tanto rechazo que me obsesionaba con él durante horas, hasta que acababa

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sintiéndome mal conmigo misma por todos los disparates que había pensado y hasta las desgracias que le había deseado. De resultas de su prosperidad, papá cultivaba dos aficiones, una tardía y otra añeja. La primera eran las batidas de caza. Los fines de semana madrugaba, y partía al monte con un grupo de amigos, ataviado con su atuendo de color caqui y su estuche con dos rifles. Su aspecto era ridículo, pero le hacía sentirse todopoderoso: no es que pudiera comprarlo todo, es que podía matar a cualquiera. Era sonada su falta destreza y sabido que las piezas que traía eran cesiones de sus colegas. A decir verdad, la puntería le traía sin cuidado. A él le deleitaba la parafernalia, el aire libre, que le retrotraía a su niñez en la Sierra de Cazorla, los almuerzos pantagruélicos, el vino, el coñac y el puro. Con los mismos compadres se reunía los viernes por la tarde en el reservado de un bar de Cinco Rosas conocido como el Pascasio. Con suma delicadeza, en uno de nuestros encuentros matinales, Pablo me había dado a entender que estaba al corriente de las sumas que se apostaban en la mesa de mi padre. Alrededor de una botella de güisqui de malta apostaban cantidades de vértigo. Yo nunca sabía si mi padre ganaba o perdía, porque si ganaba se lo gastaba en putas, y si perdía, recurría a ellas para que le quitasen las penas, y regresaba igualmente impávido, con el cabello húmedo y las mejillas sonrojadas y satinadas por efecto doble del sudor y la crema hidratante. Acababa de empezar tercero de BUP, y volvimos a enzarzarnos en una discusión sobre la carrera universitaria que debía cursar, desatada en parte porque empezaba a salir de noche, y él se

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apoyaba en mi previsible disminución de rendimiento para debilitarme y disuadirme. Al reconfirmar por enésima vez mi inclinación por la geología, de nuevo se sintió impotente, y reconoció haber perdido en mí las esperanzas de que me labrara un futuro digno, malgastando mis capacidades en unos estudios sin futuro y que, para colmo, eran privativos de los hombres. Parecía tan convencido de que mi fracaso estaba cantado, que pasó a adoptar la actitud de espera, pues aun faltaban dos años para que yo pudiera cambiar de parecer. Siempre le quedaba la última carta por la que yo acudiría desesperada sus brazos tras ese cantado fracaso para convertirme definitivamente en su secretaria, lo cual deseaba en su fuero interno por encima del éxito que me vaticinaba en el mundo académico de haber sucumbido a sus sabias lecciones. Y es que con todo lo obediente que era César, también había manifestado que se dedicaría a la ingeniería, y no al sector de la construcción, cosa que enervaba mi padre, al ver que su empresa era rechazada por sus legítimos herederos. Yo en parte me alegraba de todo ello, pues al no sentirme respaldada en mis inquietudes, tampoco deseaba que él recibiera apoyo en sus anhelos. Pese a estar tan cargada de razones, presentía que nunca se daría un cara a cara en el que yo le enumeraría punto por punto cuanto pensaba de él. Lo había ensayado cientos de veces en silencio. Pero confiaba en que algún día doblegaría a esa figura imperativa, cuyo yugo me resultaba insano en tanto en cuanto no me permitía soñar libremente. Mientras tanto tenía que callar, temerosa de que cuando llegase la ocasión, perdería la oportunidad

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sofocada por la ira. En este sentido, estaba a punto de asimilar una verdad que no aparecía en los libros de texto: que a esas edades, de tanto criticar conductas ajenas, los errores se cometen con mayor intensidad. Y que tales patinazos son proporcionales a nuestra fanfarronería, y que la presunta ventaja que sacamos a nuestros padres nada menos, luego se nos vuelve en contra, y nos obliga a rebajarnos y a retroceder y hasta empezar de nuevo, como si la meta estuviera detrás y no delante . Y mucho más tarde, debemos arrugarnos cuando reconocemos en nosotros la culminación de comportamientos que tanto odiamos antaño, pese a que los conteníamos en su forma embrionaria, y que no hay modo de domesticar, por los cuales seremos igualmente juzgados, despreciados y hasta odiados. Durante las navidades, no obstante, papá pasó en casa más tiempo de lo que nos tenía acostumbradas. Quizá oliéndose el devaneo de mi madre, había resuelto poner un poco de su parte para reconducir, ni que fuera de cara a la galería, el matrimonio. Con lo poco detallista que era, compró regalos para todo el mundo, y se había empecinado en decorar la casa con motivos navideños. Cada noche que salíamos César y yo nos daba dinero, a pesar de que mi madre se llevaba las manos a la cabeza ante tanto dispendio. César y yo alabábamos su esplendidez y hasta especulábamos que el año entrante nos reservara un giro copernicano en las cosas de familia. Mi padre necesitaba a su esposa tanto como había dependido de su propia madre muerta y no estaba dispuesto a quedarse huérfano por segunda vez. Así que ambicionaba que mi madre abandonase a su

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novio, en tanto que él no contemplaba ni por asomo prescindir de sus visitas al lupanar: el adulterio es cosa de hombres, debía proclamar, ingenuo, en medio de un brindis con sus amigos.

11 Primera alianza Una tarde fría y lluviosa de principios de 1991 fuimos a la Tomasa a ver un partido de fútbol. El fútbol en general y el Barça en particular me importaban un rábano, pero Pablo era un ferviente culé. Llegamos con margen para coger asiento, pero a medida que el local fue inundándose de seguidores, nos fue imposible vislumbrar más que media pantalla del televisor entre las cabezas de los que se agolpaban de pie. Resignado, Pablo preguntó si me apetecía un cubata, y yo respondí afirmativamente, pese a la poca gracia que me hacía que conocidos de mi padre me vieran empinar el codo. Enseguida olvidamos un partido que a juicio de Pablo era intrascendente, y el cubata actuó como un acicate. Pablo estaba especialmente locuaz, rebosante de entusiasmo por sus últimas lecturas, en las que había descubierto la conexión entre la caída del Muro de Berlín y la fiebre asesina que se estaba incubando en Yugoslavia. Como una pánfila impertinente, interrumpí su perorata y le pregunté si estaba ensayando más canciones. Aseguró que no solía practicar, a lo sumo canturrear mentalmente, porque su vocación no apuntaba a cantante, así que los temas que interpretaba respondían a la improvisación y a la espontaneidad, amén de

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inventarse las letras. De todos modos, agregó, estaba en proceso de abandonar el hip hop y la música de protesta americana, porque estaba buceando en el arte del flamenco. Así que cuando volviese a escuchar su voz sería para cantar por bulerías o por cualquier otro palo. Esos días, remató, en su walkman sonaba repetitivamente el “La leyenda del tiempo”. Por los insultos proferidos al árbitro y a muchos de los jugadores, locales y contrarios, supimos que al término de la primera parte el Barça perdía por dos goles a uno. Por fortuna, la previsible derrota bajó los decibelios del local sustancialmente. Pablo posó su ojo bien abierto sobre mí, cargado de una intensidad que a se me hacía difícil de resistir sin ruborizarme. Como una vía de escape tan improvisada como larvada en mi inconsciente, formulé una pregunta cuya respuesta empezaba a necesitar para no ahogarme en un mar de dudas que podría paralizarme en nuestros encuentros sucesivos. Antes llamé al camarero y pedí otra ronda. ¿Qué somos tú y yo?, pregunté con voz baja y temblorosa. ¿A qué te refieres? Envalentonada por el alcohol que bañaba mi cerebro, me armé de valor. Me refiero a si sólo somos buenos colegas, un rollo pasajero, un proyecto de pareja, una mezcla de todo... Necesito aclararlo. Alejandra: eres una persona muy especial para mí. Supongo que con el tiempo seremos grandes amigos. ¡Qué coño! Ya somos grandes amigos...

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Los que nos rodean creen que somos pareja, una pareja rarita; espero que no piensen que somos un par de retorcidos. No te conozco lo suficiente, ni siquiera sé si estás colado por alguna mujer, si buscas algo, yo qué sé si el pudor te impide confesarme según qué cosas. ¿Insinúas que deberíamos convertirnos en amantes o algo por el estilo? Tal vez sí, o no. Quizás se rompería nuestro hechizo, quizá nos decepcionaríamos, nadie lo sabe, hay que probar para juzgar el resultado. Mi miedo es que nos falte valentía, y que por ello perdamos este tren. Me ha pasado otras veces, mentí. De eso estoy seguro. ¿Seguro de qué?, pregunté eufórica, antes de desinflarme. De que si cruzamos la línea, nos exponemos a perder lo que ahora más nos une. Te juro que soy un desastre, Alejandra. Y, puestos a elegir, antes prefiero ser tu amigo, a perderte por un calentón. Pocas veces dos personas se entienden tan bien como nosotros, así que debemos aprovecharlo al máximo, rodar y divertirnos, y dejemos que el tiempo decida por nosotros y que el destino... No me sentí herida ni decepcionada, ni me afectó su reserva como me figuraba, porque yo también tenía miedo y un cacao mental considerable alimentado por su ambigüedad. Un sosiego casi embriagador, en cambio, se adueñó de mi alma. Por lo pronto, sabía que no iba a avergonzarme ante Nuria de nuestra nebulosa situación, pues todo lo que para ella se alejaba de amarrar a un novio

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con miras a metamorfosearlo en padre de familia, se le antojaba una pérdida de tiempo. De momento, pues, me aliviaba no embarcarme en una aventura incierta y prefería seguir ganando confianza. Era manifiesto, no obstante, que al ser yo quien había destapado mis cartas, me postulaba como la parte más sumisa y hasta vulnerable, pero Pablo no apuntaba maneras de un maltratador obcecado en hundirme en la miseria. De eso no me cabía duda, pero no sabía mucho más de su historial de amores que lo que me llegaba de Nuria por parte de Ángel, que era más bien poco y sacado con fórceps. Pero ello me estimulaba tanto como poseerlo: quería acercarme un poco más cada día y soñaba con formar parte de su mundo, un mundo que mi imaginación revestía de un elitismo abrumador que hacía mediocres al resto de los mortales. Claro que mi fantasía bebía de la propia inventiva de Pablo, al que le importaba un bledo que yo cazara algunos de sus bulos, conciente de que mencionaba otras muchas cosas inverosímiles reales como la vida misma. El partido finalizó con empate a tres y abandonamos el bar. Cuando apenas habíamos caminado una cincuentena de metros, me exhortó a poner rumbo a su casa puesto que la lluvia había amainado. Como de costumbre, aguardé junto al jardín mientras él subía a por pienso. Pese a que mi dentadura castañeaba incontroladamente, pasamos un buen rato entretenidos con los gatos. Fuere por los coletazos del alcohol o porque el esclarecimiento de nuestra situación había surtido un efecto liberador, Pablo se mostró cálido y cercano. Para lo distante que era,

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no hacía nada por esconder sus manos que, al pasarme un gato y otro, se encontraban con las mías, ni evitaba acercarse por mi espalda hasta notar su aliento. Finalmente, volvió a subir para desembarazarse del saco de pienso y nos dirigimos hacia mi casa. Me llenó de perplejidad que buscara mi mano para entrelazarla con la suya, como si nos fuésemos a internar en una caverna insondable plagada de alimañas. Sin embargo, cuando nos absorbió la oscuridad y encaramos la cuesta del butano, me soltó bruscamente. Y no porque hubiese aparecido un enemigo al que hubiera que hacerle frente. Ahora bien, que yo no lo viera no equivalía a que, amagado en su escondrijo, aguardase mejor ocasión para asestar el golpe de gracia. 12 Segunda alianza Despejar las dudas que planeaban sobre nuestro estatus se tradujo en una eclosión impetuosa por compartir nuestro tiempo, sazonada con lo que para nosotros parecía un afán de conocer y de experimentar. El día después del partido de fútbol, Ángel y Pablo nos sorprendieron viniendo a vernos jugar a Nuria y a mí, que, dicho sea de paso, para haberse autoproclamado pareja, empezaban a verse con menos regularidad que nosotros. Por la tarde, ellos se recluyeron en casa de Nuria, pues sus padres tenían un terreno y un chalet cerca de Cunit, donde pasaban invariablemente los fines de semana. Nosotros, en cambio, rondamos por el caso antiguo del

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pueblo, debatiéndonos entre entrar o no a una macrodiscoteca conocida como Garçon donde se concentraba medio Sant Boi, sobre todo el perteneciente al de los barrios de la periferia. La fracción correspondiente a la pequeña y media burguesía frecuentaba bares musicales con el marchamo de exclusivos, que apenas pisábamos. Estábamos fuera del recinto de la discoteca cuando una voz procedente de un grupo de chavales llamó a Pablo, y nos dirigimos hacia allí. Tras saludarlos a todos, la mayoría de los cuales residía en el barrio, Pablo me preguntó si me apetecía que nos uniésemos a ellos. Iban a un parque a beber, y aquello me sedujo mucho más que la disco. Tal y como nos sentamos en el banco metálico, el que aparentaba ser el mayor del grupo lió un porro con una sola mano, cosa que nos dejó a Pablo y a mi boquiabiertos. Inicialmente, pensé que era manco. Oye, Lunita, ¿Puedes hacerlo otra vez? Pues claro. Dame 5 gambas y hago otro, fanfarroneó. Pablo extrajo de su cartera un billete de 500 pesetas y se lo dio. Lunita fumó con la parsimonia de un sabio ante una pipa y cuando había consumido más de la mitad, me lo pasó. Yo lo rechacé, pero no así Pablo, que tras dar una calada rompió a toser y me lo devolvió como quien se saca de encima una serpiente sin importarle que le pique al otro. Para cortar la tos, Lucas, al que yo conocía de la infancia cuando habíamos coincidido de niños en el casal de verano, le alargó una garrafa de calimocho. Como no sabía qué hacer con el porro, fumé y me pasó lo mismo que a Pablo, pues

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hasta ese momento no había probado el tabaco más que en alguna fiesta de cumpleaños y no me gustaba ni su sabor ni el mareo que me causaba, amén de unos incontenibles e inmediatos efectos laxantes. En la siguiente ronda tragué el humo como un discípulo avanzado al igual que Pablo que, según confesó, ansiaba encontrar un sustituto al alcohol para ponerse a tono de vez en cuando. A los pocos minutos, mi cuerpo se distendió por entero, hasta el punto que temí sufrir una lipotimia dado que tenía la regla. Sin embargo, al poco me recuperé. Y, de inmediato nos entró una risa tonta irrefrenable. Mis ojos lloraban a raudales en tanto que Pablo se llevaba una mano al parche por miedo a que éste se le cayese de las complexiones que estaba haciendo con la cara. Reíamos sin motivo, aunque sabíamos que si mirábamos a cualquiera de ellos, se convertiría automáticamente en el blanco de nuestra hilaridad. Reímos hasta tal punto que saltó el Sandalia, otra celebridad, y nos invitó a que nos fuéramos. Mientras nos alejábamos, espetó que éramos unos impresentables y que no aguantábamos un asalto. ¿Para qué puñetas fuman, para estar de luto? Cada uno fuma para lo que quiere, y sobre todo para lo que necesita, respondió. Desde entonces, incorporamos el hachís a nuestra vida como si fuera el lubricante adecuado para atemperar las chirriadas que provocaría el pulso entre nuestros corazones. Pese a que Cinco Rosas acogía una poblada cantera de fumetas y se olisqueaban espesas bocanadas de humo por doquier, nosotros queríamos mantener nuestra flamante afición en secreto; sobre todo yo, pues

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Pablo parecía menos preocupado por las consecuencias derivadas de que se enteraran en su casa. A mí, en cambio, sólo pensar que me descubrieran me producía pánico por la decepción que ello podría causar a mis padres. De modo que aprovechando que Pablo era tan dado a pasear como yo, volvió a concederme poderes para que hiciese de cicerone en mis dominios, fuere por senderos y pistas forestales que serpenteaban por San Ramón y las colinas adyacentes, o por el laberinto de caminos llanos de los cultivos del delta que también conocía, porque antes de geóloga había soñado con ser naturalista, y, cuando mi padre hacía de padre, fui muchas veces allí de su mano a observar aves y capturar ranas y sapos. El ritual del hachís se desarrollaba de igual modo así estuviésemos en la montaña o cerca del mar. Devorábamos los primeros canutos con ansiedad, lo cual nos transportaba a un estado de gracia en que se disparaba una entrecortada verbosidad y se diluían cortapisas y prejuicios pero, como gobernaba la risa, lo último que apetecía era ponerse solemne y sentimental. Con el hachís apenas se acababa de perder el control del todo y, a diferencia del alcohol, nunca erupcionaban instintos violento. Antes al contrario, prevalecía una holgada permisividad que te privaba física y psíquicamente de cualquier arranque de rabia. Gradualmente, se desvanecía la euforia, nos sobrevenía una modorra que nos dejaba en duermevela, y nos acuciaba un feroz ataque de hambre con predilección por el dulce. Entonces desplegábamos nuestra bolsa de provisiones y nos dábamos un atracón, o salíamos corriendo en busca de una bollería. Repuestos, sentíamos algo así como un

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retorno al origen, e iniciábamos otra tanda de canutos más templada, la cual, en lugar de despertarnos el apetito, nos sumía en una nueva y agradable modorra. Si, por lo que fuera, estábamos en casa Nuria, echábamos una cabezadita en el sofá o en el suelo. Al despertar, serenos aunque arrastrando una ligera pesadez mental, podíamos regresar a casa sin levantar sospechas acerca de nuestro estado interior. Como reservábamos el hachís para el fin de semana, cuando mis padres apenas se dejaban caer por casa, me resultaba relativamente sencillo pasar desapercibida. El problema era cuando me encontraba con alguien por sorpresa. La angustia que experimentaba al suponer que quien tenía delante se percataba de mi colocón me producía mucha inquietud, convencida de que aquel callaba de momento para esperar hasta el día siguiente, y ello me martirizaba hasta el punto de conjurar el arrepentimiento: el arrepentimiento que sólo puede ambicionarse bajo los efectos de lo que se pretende denostar, y que se esfuma cuando regresa la serenidad para recordarse como un mal sueño. Así que adelantándome a esta situación, intentaba demostrar a duras penas mi lucidez para modificar la percepción del otro, fuera mi padre, mi madre o César. Claro que también podía suceder que no me dominara ese sentimiento inculpatorio y me relajara como si estuviera junto a Pablo. Entonces había que estar al quite. Frente al televisor, imágenes que a nadie hacían gracia, a mí me desternillaban y, también al contrario, permanecía seria y atontada cuando todos reían porque me había perdido el chiste. En cambio, Pablo se

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enfrentaba a otras dificultades para salir al paso ante sus familiares. Él tenía más autocontrol, pero un punto flaco. Mientras que a mí fumar no me afectaba a la vista, el ojo sano de Pablo enrojecía como un tomate, los párpados se le caían y las comisuras se le achinaban. Pronto, sin embargo, dio con la solución gracias a Nicolau, el salvaje que había conocido la noche en que cantó el rap. Nicolau, experto asimismo en sustancias para simular toda clase de turcas, le recomendó una marca concreta de colirio blanqueador que devolvía a sus ojos una blancura que ni en la infancia más remota. A la sazón, la familia nos interesaba desde la perspectiva de cómo habíamos camuflado el ciego. No contentos con eso, dimos un paso más y adquirimos la costumbre de jugarnos malas pasadas endosándonos marrones al descuido: yo le introducía un librillo de papel de arroz en el bolsillo de la chaqueta, él me colaba una boquilla de cartón, o cualquier otra prueba fehaciente, alias marrón, que nos pusiera en aprietos. En cierta ocasión, mi madre encontró una china en mi monedero y la dejó sobre la mesita de noche, imaginando que era un trozo de caucho desconchado de la suela de mi zapato. A Pablo le pasó algo parecido con una bolsita de marihuana. Suponiendo que era flor seca, su madre la esparció por el Belén a modo de hierba decorativa. El frío invernal cortó nuestras salidas campestres, y de carambola, el hábito adquirido, la inconsciencia o la temeridad nos hicieron perder el miedo a ser descubiertos, bajamos la guardia y empezamos a pasear por el pueblo canuto en mano. En consecuencia, tardamos muy poco en llevarnos un susto por parte

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de una autoridad mucho peor que la paterna. Era de noche y estábamos en el callejón del Garçon, barajando dónde ir con Nuria y Ángel. De pronto Ángel, que estaba orientado de cara al Ayuntamiento, palideció, igual que Nuria, que dejó caer el canuto rápidamente y lo pisó, como si se le hubiese aparecido el demonio. Oí un ruido de pasos de ogro por mi espalda. Era un agente de la policía alto, rubio, con barba de tres días, de mirada tan altiva que su imponente estampa quedaba ahogada bajo su estupidez insalvable. ¿Qué pasa si os rompo las piernas? ¿Está prohibido reunirse como en los tiempos de Franco?, inquirió Pablo al darse la vuelta. Hombre Pablo, no te había reconocido. Cualquiera diría que nos has tomado por terroristas. Me había parecido que estabais fumando mierda, y ya sabes que puedo aceptar que la gente fume, pero no que lo haga aquí delante. ¿Cómo le va a tu hermano? Ayer me pareció verlo por el barrio. ¿Ah, sí? Pues como siempre, balbuceó. Acaba de tener un bebé, pero como no encuentra trabajo de lo suyo, vive en casa de los suegros. Así que seguro que cuando lo viste se dirigía a casa de algún amigo. Bueno, cuidaros. El policía se fue por donde había venido y volvimos a respirar. ¿Quién es?, pregunté. El cabo Salmerón, respondió Ángel. Es una sabandija...

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No es para tanto, respondió Pablo. Su problema es que va de policía inmaculado mientras que su hermano necesita un gramo de caballo al día. Si no fuera por él ya estaría en el trullo. A pesar de eso, el tío es cabo, y al loro con su carrera. Está bien situado, está donde tiene que estar. Es verdad. El Cabo Salmerón no es tan macabro como el teniente Ruipérez. Ese gordo seboso no le tiene miedo a nada ni a nadie. Y encima es incorruptible. ¿Tu que sabrás? Todo el mundo tiene un precio, y me consta que el del teniente no es demasiado alto. ¿Te consta?, pregunté. En el barrio se sabe todo. Ahora bien, el pelagatos de turno que se enfrente a Ruipérez y se rebote, de fijo que pernocta en el calabozo y se lleva un par de pescozones. La corrupción y el orgullo no están reñidos. ¿Lo conoces personalmente?, preguntó Nuria a Pablo. Sólo de vista. ¿Tu no? ¡Si es que es de Cinco Rosas! Casi todas las mañanas juega en el parque con sus nietos. Desde que tengo uso de razón lo he visto con el pelo blanco, y siempre se rumorea que el año siguiente se jubila, pero ahí está. Nos giramos y vimos cómo el teniente Ruipérez y el cabo Salmerón se metían en un coche patrulla y partían a custodiar las calles.

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13 La banda del Sandalia El ritual del hachís se completaba cuando se agotaban las existencias. En el barrio competían los camellos de toda la vida, que eran de natural rancio cual funcionarios de ventanilla, con una cifra oscilante de debutantes, la mayoría de los cuales se tiraba al trapicheo para satisfacer sus propias necesidades de consumo. Pablo sentía deferencia por los veteranos y desapego por los principiantes, a los que recriminaba que no ganaban ni para comprarse unos zapatos, paradigmas del principio según el cual el incremento de consumo es directamente proporcional a la cantidad que se posee. En sendos casos, sin embargo, la calidad dejaba mucho que desear. Ese hachís recibía el sobrenombre de apaleado. De higos a brevas llegaba a nuestras manos el tan deseado doble cero o aquella otra variedad aun más aromática denominada polen que burbujeaba al pasarle la llama. Pablo y yo éramos clientes de la Toñi, cuyo piso se encontraba a caballo entre nuestras viviendas. Desde que empecé a frecuentar camellos, me cautivó la camaradería que se establecía entre los clientes, tanto cuando nos cruzábamos en la escalera como cuando coincidíamos directamente en el piso. Si hasta ese momento no habías intercambiado un saludo nunca, a partir de entonces se inauguraba una discreta cordialidad de miradas cómplices, préstamos e intercambios puntuales cuando faltaba esto y sobraba aquello. Justo lo contrarío sucedía con los intermediarios, que solían voltear por las rutas de acceso, a veces por

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turnos. En los aledaños de la Toñi mariposeaban Pelliza y Baldini. Ambos tenían querencia por los compradores bisoños que acudían por primera vez, a los que olfateaban a distancia. A los conocidos o veteranos también intentaban prestar sus servicios, pero sólo por deformación profesional. Pelliza se interponía en el camino del novato. Con dotes interpretativas propias del lobo de la Caperucita Roja, le metía el miedo en el cuerpo de que la policía merodeaba la zona. Para reducir riesgos, Pelliza cogía el dinero, subía al piso de Toñi, y de vuelta se cobraba su comisión en especias asestando un mordisco a la pieza, cuyo tamaño variaba según la impresión que hubiera obtenido del novato. Si ésta le había inspirado inocencia, aun exigía la obligatoria comisión oficial antes de la entrega. El Pelliza sólo me engañó la primera vez. Cuando supo que era amiga de Pablo, me incluyó en su lista de intocables. Yo no. La simpatía interesada de Pelliza, sin embargo, brillaba por su ausencia en el oportunismo sin escrúpulos de Baldini. Consumía heroína desde los quince años y frisaba la treintena. Con una técnica análoga a la de Pelliza, sólo que más intimidatoria por su aspecto repulsivo, se apropiaba del dinero del novato de mala gana, como si le supusiera modales una afrenta que el otro cuestionase su honradez y, en vez de cumplir el trato, se escaqueaba y se agachaba como si anduviese bajo las bombas por una trinchera, hasta colarse en la escalera contigua, donde adquiría una papelina. Mientras Pelliza subsistía con sus tretas, de vez en cuando Baldini salía trasquilado. Una mañana, hacia el final del invierno, casi en el mismo momento en que entraba en la portería, un deportivo descapotable

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estacionaba en doble fila. Apenas el conductor apagó el motor, apareció Baldini introduciendo medio cuerpo por la ventanilla del acompañante. No me fijé en los pasajeros ni en el conductor, que debían ser poco menos que millonarios. Cuando bajé, el deportivo aguardaba en el mismo sitio. Estuve tentada de revelarles que aquel hombre les había engañado, pero el asunto no me concernía. Al cruzar la calle me topé con Nuria, que al instante anunció la primicia de que se estaba desenamorando de Ángel. Para escucharla, tuvo que alzar la voz ya que el coche deportivo arrancó quemando neumáticos como un reptil zaherido. Una persona cuyo nombre no podía revelar, prosiguió Nuria, había entrado en su vida, y una vez más se hallaba en una encrucijada: una vida segura con Ángel, estable y aburrida, o la incertidumbre de un recién llegado. Le dije que si no me facilitaba más información del nuevo fichaje, no podía opinar, por no decirle que su planteamiento era poco menos que inconsistente. Pero un revuelo volvió a interrumpirnos. El deportivo reapareció, justo cuando Baldini timaba a dos veinteañeros con aspecto de universitarios. Salieron cuatro chicos armados con palos de béisbol y sin mediar palabra lo vapulearon como si fuese un saco de patatas. Baldini estuvo ingresado en el hospital durante tres semanas. Luego volvió a la carga como un mártir. El otro camello de la escalera contigua a la de la Toñi, era una vieja gloria del barrio, la Morlaina. Para mí que tenía más de doscientos años de edad. Afectada de obesidad mórbida, invariablemente estaba sentada en el reborde lateral de las escaleras que salvaban el desnivel entre la plaza y el asfalto, rodeada de dos o

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tres gitanas más de mediana edad. A diferencia de Toñi, que era una divorciada seca y engreída, la Morlaina asumía un matriarcado de nueve hijos y un marido con fama de santo varón. Desde siempre la había visto allí, y según me consta habría de sobrevivir a todos sus vástagos antes de exhalar su último suspiro. De los cientos de veces que pasé a su lado, nunca la escuché hablar. Independientemente del estado en que llegaran los clientes a sus faldas, fuera histéricos por el síndrome de abstinencia, silenciosos y contenidos, arrastrados como gusanos o incluso llorando y clamando su dosis, la Morlaina los obligaba a sentarse junto a ella durante un rato. Y convertía la ceremonia de la compra en una sesión de psicoanálisis. Según me aseguraba Pablo, la Morlaina no tenía pelos en la lengua y al más pintado le echaba en cara su aspecto desaseado o le abroncaba por robar dinero a sus padres. Que la Morlaina nunca cayera en manos de la policía se debía a que almacenaba una cantidad insólita de papelinas en la entrepierna, y ningún agente osaba a meter la mano si el escondrijo era mito o realidad. De sus nueve hijos varones, ocho estaban expatriados entre Sant Cosme y la Mina. Lucas, el benjamín, al que me unía una amistad entrañable, vivía con ella y se declaraba un madrero incondicional. Lucas tenía unos grandes ojos negros y bondadosos, labios carnosos, y lucía una larga melena con tirabuzones. Era un portento de simpatía y vitalidad, encapsulado en un cuerpo atlético. Fruto de nuestra intensa convivencia estival que supuso el casal de verano, Lucas me trataba con decoro y, guasón, siempre me gastaba la misma broma suplicándome que fuese su novia. Y, desde que me

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había visto con Pablo días atrás dándole al calimocho y de visita en la Toñi, adoptaba un surrealista rol protector y hasta de guía espiritual. Lucas era el lugarteniente del Sandalia. Y el Sandalia era nada más y nada menos que el hijo bastardo de la Toñi. Con el Sandalia también había coincidido en el casal pero no habíamos hecho buenas migas. El primer día que aterré en su casa junto a Pablo, hizo una mueca de desaprobación, como si le irritase mi presencia. Madre e hijo, estaban cortados por el mismo patrón y el mío no era un caso aislado. Pero convenía caerles en gracia, si bien es verdad que de lo contrario, yo estaba exenta de sufrir consecuencias: era mujer y del barrio. Y es que el Sandalia capitaneaba una de las bandas más temidas del pueblo, pues sus incursiones rebasaban las lindes de Cinco Rosas. La banda estaba integrada por una decena de miembros, a cuál más camorrista. Lunita, el más veterano, era célebre por su destreza para liar canutos con una mano, por su pegada hercúlea, y por su cuidada labia y predicamento entre los más jóvenes, en virtud de los cuales, antes de descarriarse, había recibido una propuesta en firme para hacerse pastor de la iglesia Pentecostés. Era simpático y especialmente cariñoso, pero si venían mal dadas prescindía de la palabra de Dios, y echaba mano de su fuerza sobrenatural. Sólo Lucas podía hacerle sombra en la contundencia de sus puños y en la resistencia al hachís, pero el gitano quedaba rezagado en retórica y en mística. Pablo, Lunita y el Sandalia compartían una incontrolable devoción por la ropa deportiva. A la sazón no hacía falta bajar

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necesariamente al pueblo para admirar los escaparates y ponerse al día. En el barrio se podía adquirir a precio irrisorio toda clase de artículos de consumo, sustraídos en cualquier etapa del proceso, desde pequeños hurtos por descuido en la propia tienda, hasta desvalijamientos masivos de traileres y almacenes. El camarero de Los verderones, sin ir más lejos, ofrecía radiocasetes de coche a la carta. Extraía un catálogo, el interesado señalaba con el dedo, el camarero trasladaba el pedido a sus muchachos, y en una semana se cerraba el asunto, instalación incluida. De una forma más itinerante y arbitraria, al barrio videos, también llegaba toda cadenas suerte de electrodomésticos, ordenadores, musicales,

televisores, que volaban en un santiamén. Se me hace imposible borrar la imagen de algún pobre y escuálido yonqui atravesando el parque de la Montañeta con un electrodoméstico cargado a la espalda, tambaleándose como un escarabajo pelotero. Pablo era un asiduo de ese mercado negro que yo sólo conocía de oídas, y siempre estaba religiosamente informado. Entonces comprendí porqué me había prestado el portátil y así como algo tan inverosímil como que tuviera ordenadores de sobra como quien habla de calcetines. El barrio entero perdía el tino cuando se propagaba la onda del asalto a un trailer. Por aquellos días, un cargamento de ropa fue a parar a casa de Toñi, en tal cantidad que se vio obligada a acondicionar su propio lavabo como probador porque los dormitorios estaban atestados de cajas del suelo al techo. Advertido por un secuaz del Sandalia, Pablo fue de los primeros en llegar. La

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mercancía correspondía a la colección de verano de la casa Chevignon. Durante las dos siguientes semanas, diseminada como una epidemia, empecé a ver gente vestida con una pieza, con combinaciones imposibles, y algunos hasta uniformados con esa marca de arriba abajo. Acompañé a Pablo y aluciné con el dinero que se gastó, porque no sólo compró para él, sino que me instó a que no me cortase y asumió el coste de mis trapitos. ¿De dónde sacas el dinero? Tengo ahorros. Cada verano ayudo a mi padre en la funeraria, y con lo que saco tengo para mis caprichos. Como la superstición me impedía indagar más de lo necesario en ese sórdido empleo, no pregunté nada más, mientras que Pablo tampoco se mostró especialmente generoso. El problema me lo encontré en casa. Mi madre me interrogó sobre la procedencia de los pantalones y las dos blusas. Como no colaron las rebajas ni las liquidaciones, confesé que se trataba de regalos de Pablo. No me creyó. Eso sí, si hubiera cruzado la línea roja, yo habría reaccionado pidiendo explicaciones por los regalos de Roberto. 14 Primavera Pablo se enteró por Nuria que mi aniversario era el 24 de mayo y, al coincidir en viernes, me preparó una sorpresa. Oscurecía cuando bajé a la calle, y allí me esperaba sonriente en el interior de un taxi. Nos desplazamos hasta el Neichel, un lujoso restaurante barcelonés

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situado cerca de la avenida de Pedralbes. Tuve que emplearme a fondo para no estrujarlo con todas mis fuerzas. Él, sin embargo, no parecía muy receptivo a mi efusividad pero, por contra le apetecía seguir compartiendo sus pesquisas sobre el conflicto de los Balcanes. Yo tenía una facilidad insultante para olvidar y confundir fechas y datos, incluso todo lo que ya me había explicado por partida doble, como la raíz del conflicto, o en qué bando debía posicionarme. Esto último era anatema para Pablo, muy dado a exponer no sólo conflictos, sino el resto de cosas de las que hablaba de un modo neutral, huyendo de acusaciones vacuas y juicios preconcebidos. No lo enfoques así, como un enfrentamiento entre buenos y malos, dijo mientras nos acomodábamos frente a una mesa amplia, con cabida al menos para otros cuatro comensales más. Por ahora no sabemos si se trata de una guerra de buenos contra malos, seguro que todos tienen su parte de razón. Sí sabemos, sin embargo, que los serbios son nacionalistas, defensores de la Gran Serbia y, por tanto de la unidad de Yugoslavia, mientras que croatas y eslovacos son secesionistas, como acaban de demostrar los resultados demoledores de las elecciones. En teoría, son estados frágiles y con fuertes carencias industriales, pero cuentan con el apoyo de Alemania, casi nada, y de la comunidad internacional. O sea, que te decantas por los serbios. De ninguna manera. Ya te digo que no me decanto más que por mis gatos. Yo lo que quiero es explicarte la naturaleza de lo que

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está pasando allí, pero si tuviera que tomar partido, desde luego que lo haría por los más débiles. Pues yo también, respondí mecánicamente. Ahora se especula que los serbios están a un tris de declarar la guerra a los croatas. A mí me parece mentira que todo esto pueda estar pasando aquí al lado, a dos horas de avión. Es una vergüenza. Seguramente a ellos también les parece mentira que aquí se produzca un atentado de ETA cada mes, que exista terrorismo de Estado, y tantas cosas que tenemos asumidas porque pasan cerca de casa. Sin embargo criminalizamos a una sociedad entera a partir de un titular. ¿Crees que esa guerra se puede evitar? No lo sé. A mí me parece que la comunidad internacional reacciona sólo cuando los muertos se cuentan por miles y los politicuchos tienen que dar la cara porque no saben dónde esconderse. Esto lo saben muy bien todos los actores del conflicto. La diplomacia es una pantomima. Los estados son como los niños. Tiran de diplomacia de cara a la galería, porque cuando vienen mal dadas, las cosas se resuelven a palos como en el parvulario. ¿Y hay que llegar hasta esos extremos?, pregunté en tono hipócrita. Pablo alzó la mano para llamar al camarero. Sin bajarla, me miró, puso los dedos en V de victoria y proclamó: En esa tierra manda el puto odio. Yo proclamo: ¡Peace and love!

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Vaya, ahora resulta que la solución es el amor, dije con sorna. Eso es lo que mueve la otra parte del mundo que no está jodida por el odio. Otro tema es que yo sea un negado para el amor, añadió. No me das ninguna pena. Mmm, ¿te has enamorado alguna vez? Pablo se ruborizó, sorbió el vino y pareció incomodarse. Trajeron el primer plato del menú degustación y el maitre procedió a la presentación del mismo. Mientras a mi se me escapaba la risa ante semejante atención, la expresión facial de Pablo parecía encubrir una actividad frenética, como si su interior pugnase entre confesar la verdad u ocultarla. Lo tenía contra las cuerdas. Creo que nunca, quizá en primaria, de una profesora, pero ya ves, lo típico. Era previsible que no me trasladara la misma pregunta, porque quería sacudirse aquel tema de encima cuanto antes. Pero yo estaba disfrutando: Pues a mi no me importaría enamorarme, vamos, dicen que es lo mejor que te puede pasar: tener confianza, cariño, y buen sexo. Pienso lo mismo, añadió tímidamente con la vista puesta en el plato, a años luz del individuo seguro de sí mismo que unos minutos antes me aleccionaba sobre los Balcanes. Consagramos el resto de la velada al deleite de aquel festín de delicias y manjares. Entre medio, visité el baño, pues había oído por ahí que los restaurantes de élite se juzgan por su cocina, su servicio, y por la calidad de sus retretes. No me defraudó, para lo cual

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contribuyó la facilidad para agenciarme una toalla bordada con el nombre del restaurante. Enseguida llegó al carro de los postres, y nos decantamos por un surtido de pasteles de chocolate y cereza. Pablo retomó el rompecabezas balcánico. A juzgar por una película que había visto en el cineclub, constató que la música folclórica de los gitanos balcánicos no tenía nada que ver con la rumba flamenca que se estilaba entre los de nuestro barrio por influencia de Peret. ¿Y cuál escoges? No hay color. Pero esa música festiva y un poco histriónica no está nada mal y también llega al alma. Para volver a Cinco Rosas tomamos otro taxi. Traicionada por los vapores etílicos, tuve la ocurrencia de reflotar la espinosa cuestión del enamoramiento, pero Pablo se hizo el sueco y acto seguido me sentí ridícula, me entristecí y se me humedecieron los ojos. Dejamos la ciudad a nuestra espalda, y seguimos en silencio mirando cada uno por su ventanilla los oscuros campos que circundaban la periferia, mientras el taxista, que se presentó como un músico frustrado, nos brindó a todo volumen una de sus composiciones preferidas: la Pantera Rosa, de Henry Mancini. Entramos a Sant Boi por la Ronda de San Ramón y cuando el taxi se desvió por la Avenida de Aragón, Pablo le indicó que se detuviera. Había reconocido a Ángel entre un grupo de personas que caminaba en dirección al pueblo por la carretera del cuartel de los soldados. ¿Venís a la piscina del rugby a tomar el primer baño de la primavera?, preguntó Ángel dando por hecho que aceptaríamos.

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Claro, respondió Pablo. Enseguida llegamos a la altura donde la tapia era más baja y se podía franquear sin dificultad. Primero se zambulleron o tres chicos y la novia de uno de ellos, mientras Pablo y Ángel charlaban en privado, y Nuria y yo hacíamos lo mismo. Había otras tres chicas más del barrio que no eran santo de mi devoción, dos de ellas del equipo de balonmano. Sin recordar lo que habíamos hablado la última vez, seguro que atribuible al alcohol, Nuria se contradijo y me explicó que estaba encantada con Ángel: detallista, tierno y romántico, sólo que escondido bajo una apariencia casi hierática que le servía para salir ileso de las embestidas del mal de amores. Estuvo un buen rato deshaciéndose en elogios pero, ante mi incredulidad, reconoció que también abrazaba una pizca de desconfianza, derivada sobre todo de los propios bandazos de su corazón. Y tu, ¿qué tal con Pablo? No supe qué responder. Pensaba que había superado esta cuestión, que podía hablar al respecto sin delatar mi inquietud. Y, ahora me venían ganas de mentir, o de falsear la realidad que proyectaban mis intereses deshonestos: me había conformado con aceptar el tempo de Pablo, con la argucia de ganar tiempo para hacerlo mío y sólo mío. Estuve tentada de fardar de la firmeza de nuestra comunión, de nuestros pinitos con el sexo, de nuestro encaje perfecto. Me frenó que por Ángel le llegase una versión aun más desfigurada en sentido contrario que me hiciera perder la credibilidad. Nosotros vamos poco a poco.

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Sí, vale. Pero, ¿cómo besa el hombre del parche? ¿Cómo aprieta el pirata? Te juro que aun no lo sé. Eso no te lo crees ni tu. Oye Alejandra, que no me chupo el dedo. A ver si vais del palo rarito. Casi toda la gente estaba en el agua. Uno de ellos completamente en cueros, y un par de chicas en bragas pero sin sostenes. Yo era y sigo siendo friolera, así que me lo pensé dos veces, mientras Nuria se desvestía alegremente. En esas, Sonia, una chica con la que apenas había cruzado dos palabras en mi vida, la cual daba muestras de andar un poco más ebria que el resto, se me acercó. Alejandra, ¿ya sabes quién es Miriam? No tengo el placer, respondí cortante, captando la inquina de sus palabras y tachándola de puta para arriba en mis adentros. Pero si te refieres a un rollo de Pablo o algo por el estilo, prefiero que me lo cuente el mismo cuando le venga en gana. ¡Eh, qué susceptible! Que yo no he dicho nada de eso, eso lo dices tu. Sólo que cuando éramos críos, Pablo y Miriam siempre andaban juntos, eran almas gemelas, la pareja dichosa. Pero de eso hace muchos años, teníamos once o doce, o quizá incluso desde antes. Pero te lo preguntaba sin maldad. Hace años que no me cruzo con Miriam, ya no sé siquiera si sigue viviendo en el barrio. No sé como hubiera podido acabar aquella conversación si no hubiese sido porque los gritos de su novio, un tal Ortega, nos advirtieron de que alguien nos había descubierto, y urgía poner pies

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en polvorosa. Las chicas que estaban en la agua se cubrieron como buenamente pudieron, pero los chicos, Pablo y Ángel incluidos, saltaron la tapia en cueros, en tanto que yo me hice cargo de su ropa y de la de Nuria, que tuve que arrojar al otro lado porque no podía escalar el muro con las manos ocupadas. En efecto, cuando apenas habíamos caminado quinientos metros, una patrulla motorizada de la guardia urbana nos bloqueó el paso cruzando el vehículo como si fuésemos peligrosos delincuentes. Todos contra la pared, pandilla de mascamierdas, exclamó el cabo Salmerón. Como Pablo llevaba una postura de hachís en el bolsillo de su pantalón, no le quedó otra opción que comportarse como un corderito. Ortega, borracho como una cuba, consiguió atraer toda la atención del cabo, hasta sacarlo de sus casillas A ver, tu, borrachín, contra la pared y documentación. ¡Espabila! Disculpe. Por cuestiones de seguridad, no me está permitido, respondió Ortega. A unos cuantos se nos escapó la risa y ello no pasó desapercibido al cabo. ¿Qué dices, soplapollas? Digo que no puedo mostrar mi carné de identidad, no que no quiera. Trabajo para los servicios de inteligencia sanboyanos. Más que reírnos, ahora nos llevamos las manos a la cabeza. El cabo Salmerón extrajo las esposas, lo maniató y lo empujó hacia dentro del coche.

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No lo haga, por favor, intercedió Sonia. Trabaja para el Ayuntamiento, es jardinero. Ha bebido y no sabe lo que dice, dijo dando un codazo en el costado a Ortega. Todo ello era cierto, pero el cabo no lo tuvo en cuenta. Se había sentido ridiculizado y no iba a dar marcha atrás. Mi reloj daba las tres y cuarto de la madrugada. Entonces el cabo Salmerón recibió una llamada por la emisora de radio tan urgente que se vio obligado a liberar a Ortega, no sin antes propinarle un sonoro bofetón: a través de la radio pudimos escuchar que en el Garçon acababan de apuñalar a una persona en las nalgas. Cuando el coche se alejó, sin activar la sirena pero con las luces encendidas, noté cómo se evaporaba parte de mi tensión, y se condensaba la parte restante. Estaba siendo presa de un furibundo ataque de celos que no había hecho más que amortiguarse con la aparición del cabo. La pandilla se fue desmembrando a medida que entrábamos en el barrio, hasta que quedamos Pablo y yo. Pensaba que teníamos más confianza, dije como si aquel exabrupto respondiera a una conversación previa que hubiésemos dejado a medias. No sé a qué te refieres. ¿A qué me refiero? No, ¿A quién me refiero? Y me refiero a Miriam. Nunca me has hablado de ella. Pablo se ruborizó por segunda vez en la misma noche, y al momento se enervó. Entonces reparé en que había vuelto a meter la pata hasta el fondo. Obviamente, no era ni el momento ni el lugar, y

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se suponía que aquella noche ya habíamos alcanzado los cupos de intimidad. Pero me daba igual. Miriam fue una buena amiga de la niñez, pero crecimos, tiramos por caminos distintos, y ya no mantenemos contacto, lo normal como con tanta gente que pasa por nuestra vida. Pero, Alejandra, si quieres, algún día entramos en más detalles, es que es muy tarde. Pero sí te ruego que mientras tanto no pongas en tela de juicio mi confianza cada vez que sepas algo de mí que yo no te haya contado. Tiempo al tiempo. Te estoy abriendo mi espíritu como a nadie, más que a Ángel, más que a mi hermano Óscar. Ten paciencia y sabrás todo sobre mí. 15 Ensayo y error Tras el ataque de celos que aguó la celebración de mi aniversario, no volví a tener noticias de Pablo en una semana y media. Como me moría por verlo, merodeé por su portería durante un par de días alternativos. En la primera ocasión, dirigía mis pasos al jardín pensando encontrar a Pablo, cuando me sorprendió la silueta chulesca del Sandalia y, sin saber por qué, me escondí rápidamente. Entró en la escalera con un ramo de flores en la mano, y no pasaron dos minutos cuando volvió a salir con el mismo ramo y se fue por donde había venido. Regresé al mismo lugar dos días después y esta vez avisté a la madre de Pablo alimentando a los gatos, mientras conversaba distendidamente con un gitano. Juzgué inapropiado entrometerme para preguntar por su hijo, y opté por esperar un

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poco más, y probar con el teléfono. Descolgó Maite. Con una sequedad rayana en el menosprecio, dijo que Pablo estaba ausente, había salido a hacer un recado, y, si encontraba un bolígrafo, le dejaría el aviso. No lo hizo, o al menos Pablo no me devolvió la llamada. Y yo pasé la tarde esperando, con los ojos clavados en la pared, paralizada y exangüe. Sabía que había contraído una dependencia de otra índole, sólo que mucho más adictiva que la del hachís, si es que las dos no estaban ya completamente entrelazadas. Este pensamiento revoloteaba por mi mente, pero yo trataba de expulsarlo por cuanto entrañaba de cruel verdad. Seguía sin noticias de Pablo y creció mi desconcierto. Obligada a descartar la vía telefónica para evitar mostrar mi faceta posesiva, cambié de estrategia y encomendé a Nuria que sonsacase sutilmente a Ángel información sobre su estado anímico, y, llegado el caso, sobre la causa de su silencio. Nuria no podía garantizarme nada, lamentó, pues vivían el final de sus días y podía suceder que la próxima vez que se viesen, pusieran punto y final a su idilio. No obstante, al día siguiente, la información que recibí no pudo ser más frustrante. Nuria confirmó que Pablo y Ángel habían salido la noche del viernes con la cuadrilla de Marianao, así como el sábado de la semana anterior habían acudido a la fiesta de cumpleaños de Nicolau. Ello me obligó a plantearme seriamente la tesis que más me espantaba, a saber, que Pablo me estaba evitando de forma expresa. Yo no barajaba otras razones que mis arrebatos extemporáneos de celos, aunque no descartaba más patinazos de los que ni siquiera era consciente. Para reforzar mi ánimo, me aferraba a que Pablo se

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había despedido como si nada de ello revistiese la menor importancia y a que, de haberse ofendido, me lo hubiese echado en cara antes o después, con mayor o menor tacto pero, en cualquier caso, el embrollo se habría desmadejado con una conversación y una disculpa. Tampoco se me escapaba a la sazón que palabras hoy inocuas, mañana devienen hirientes y, a menudo el creciente e inesperado malestar que les sucede suscita retroactivamente en quien las padece una infinita aversión sobre quien las pronunció. De cumplirse esto último, era demasiado tarde para dar un golpe de timón: no era la primera vez que me había de arrepentir de mis palabras y de mis actos, ni la última que por ellos, por su forma más que por su fondo, perdía una amistad o entorpecía el camino que me conducía a ella. Suspendida, ingrávida en su ausencia, sin embargo constaté que nada era igual que antes. De forma inmediata, afloró desde el fondo de mi ser una aversión incontestable por los hábitos que hasta ahora configuraban mis señas de identidad: mi colección de minerales y por extensión los estudios, y, el balonmano y por extensión el deporte, o más bien su reverso. Ansiaba divertirme porque era el mejor sustituto para colmar el vacío que me dejaba Pablo, aunque salir de noche equivalía a proseguir veladamente la búsqueda de mi amado amigo. Al calor de esas mutaciones, falté a los entrenamientos, llegué tarde y resacosa a un partido y vomité en el vestuario; contribuí, en suma, al deterioro de la relación con mi entrenador y con mis compañeras. En lugar de reconducir la situación, sus reconvenciones espolearon mis pretensioness de

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olvidar las caras de siempre, y las acabé interpretando, no sin cierta demagogia por mi parte, como una invitación a darme de baja. Entre tanto, no desaproveché un solo fin de semana. Según lo previsto, Ángel y Nuria rompieron de mutuo acuerdo, y ella y yo volvimos a las andadas, sólo que reemplazamos el día por la noche y el campo por la pista de baile. Y, encontrar un sustituto para ahogar mis penas fue coser y cantar. Se llamaba Toni. Desde que nos dimos cuatro besos y dos apretujones con notoria desgana, imperó la circunstancia, ironías del destino, de que todo lo que yo esperaba de Pablo, Toni me lo exigió por partida doble, como si los tres fuéramos eslabones de una cadena de transmisión de anhelos insatisfechos. Toni tenía ínfulas de persona experimentada, bregada en mil batallas. Intrigante y sibilino, se refugiaba tras una apariencia infinitamente paciente y comprensiva, que aparentaba tener menos prisa que yo para edificar algo juntos, parafraseando sus palabras. Por la gracia de estos atributos ligado a que era tres años mayor que yo, Toni se adjudicó un rol combinado de padre y maestro, por lo que se dirigía a mí con tono pedagógico y visionario y, por supuesto, desinteresado en tanto en cuanto estaba dispuesto a esperar hasta que arribara al punto de cocción adecuado para ser su consorte. Si Toni planteaba una cuestión de la que yo discrepaba, y discrepaba en casi todo, en lugar de argumentar su posición, o entrar al trapo, me espetaba “Tranquila, ya llegarás”. Y se quedaba tan ancho. La perseverancia de Toni iba en aumento a la par que mi fobia hacia su persona. A la que por unos días decliné sus invitaciones, no dudó en bombardear mi casa de persistentes

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llamadas telefónicas. Ello provocó el asombro tanto de César como de mi madre. Con el vil propósito de ganarse el favor de ésta, le soltó el mismo rollo que a mí respecto a sus amores pasados, presentándose como víctima y recurriendo al chantaje emocional. La historia tocó a su fin cuando, impotente por mi carácter voluble y egoísta, ofendido por mi infantilidad, me dio un ultimátum en forma de unos días para que recapacitara. En total, llevábamos juntos tres semanas y media, un tiempo que desde luego a mí me había parecido milenario. Al reencontrarnos, preguntó y callé, puse cara de circunstancias y le concedí el honor de sentirse el artífice la ruptura de nuestro chanchullo, pues no merecía mejor calificativo para designarlo. En la verbena de San Juan me apunté un tanto que había de situarme en el mapa de la descafeinada movida samboyana, dejándome caer en las fauces de Víctor, el hombre que se preciaba de ser el más guapo y solicitado del Bajo Llobregat. Lo conocía de vista desde antes de Pablo, pues frecuentaba la cafetería del instituto pese a que estudiaba en el Llor. Ostentaba un físico propio de divinidad romana y se había acabado creyendo, sin estar demasiado convencido de ello, el rol que la fama le había impuesto. Nos emborrachamos y nos reímos y tonteamos. Pasamos por su casa, donde se hizo con las llaves del coche de su padre, y partimos en busca de un escondrijo. Encauzó la carretera de San Clemente y, justo en el replano de la cúspide, dobló a la derecha por un camino pedregoso. Avanzó cuidadosamente unos 50 metros y hundió el morro del coche entre unos matorrales. Era la segunda vez que me

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precipitaba al sexo rápido e inconsciente, y la segunda en que me llevaba un revés. Una imagen inesperada echó por tierra las expectativas que profetizaba la noche del solsticio, y no precisamente la de un sombrío mirón. De entrada, me desmotivó la torpeza de Víctor que, con los pantalones bajados hasta las rodillas, era incapaz de descalzarse los zapatos, inmovilizado en un espacio tan reducido como el asiento trasero. Pero cuando descubrió sus intimidades y en lugar de un misil acorde con su guapura, afloró una bala de fogueo, eso sí, enhiesta y catódica, pero no mayor que un dedo meñique, caí presa de un irresistible ataque de risa. Nuestra despedida en la puerta de mi casa fue, por mi parte, lo más parecido a un pésame.

16 Mamá Una sufrida maratón de estudio me sirvió para salvar el curso in extremis y aprobé por los pelos todos los exámenes de junio salvo dos asignaturas, los primeros suspensos que manchaban mi expediente académico. Con mis tristes calificaciones en la mano, aun imaginé que Pablo se había separado de mí para no estorbarme y facilitarme la concentración y el tiempo necesario, pues de haber continuado nuestra andadura con la misma intensidad, no hubiera aprobado ni Ética. En mi casa establecieron una ligazón entre nuestra separación y mi vuelta a mis obligaciones. Así me lo trasladó César en calidad de emisario. Apática a los intríngulis familiares,

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porque ni me ilusionaba aprobar ni se cumplían mis anhelos íntimos, extraje una conclusión: que había quedado demostrado que mis padres tenían un margen limitado de maniobra para cambiar los acontecimientos de mi vida y que, por tanto, todo el poder se concentraba en mis manos. La mediocridad moral que atravesaba en esos momentos me hizo sentir indestructible. Mientras tanto, al pasar más tiempo en casa, mi madre y yo volvimos a acercar posiciones y con ello recuperamos las discusiones y las broncas domésticas. Con mi padre todo seguía igual, y en lo que respecta a su negocio, los números no podían irle mejor. Con las Olimpiadas a un año vista, le entraba el dinero a cántaros y lo despilfarraba por igual, si bien ya empezaba a vislumbrar el pozo en el que caería la construcción una vez éstas concluyesen. Yo seguía cumplimentando cheques y albaranes, mecanografiando borradores de presupuestos y revisando finiquitos. Por las tardes, permanecía en mi habitación escuchando música, quemando el tiempo y la nostalgia, esperando la medianoche. Cuando todos se acostaban, me reclinaba en el alféizar y fumaba y observaba cómo los vecinos de la plazoleta de atrás, se iban retirando a sus casas gradualmente, en el mismo orden y a la misma hora, cada día. Luego me sobrevenía un sueño apacible y me tumbaba en la cama. Apenas había reparado en que había dejado de soñar. También de reír. Con motivo de las rebajas de verano, mi madre y yo fuimos al centro de Barcelona. Pateamos durante toda la mañana por Puerta del Ángel y los alrededores de la Catedral, hasta que nos dolieron los

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pies. Mamá no dejó de incitarme a que me comprara cuanto quisiera porque papá nos había dado dinero abundante. Al poco de entrar en una hamburguesería, comprendí su estado de sobrexcitación. En una mesa aguardaba Roberto, su amante. Todo él era aborrecible de arriba abajo. Tenía buche prominente de dipsómano y, apagaba un cigarrillo y encendía otro con la colilla. Por añadidura, conmigo se comportó como un seductor trasnochado. Cuando salimos de la hamburguesería, no me pude reprimir. Mamá, ¿un director de banco no debería cuidar un poco más su aspecto? Hija mía, si no es director de banco. Eso es lo que yo tenía entendido. Entonces, ¿qué hace? ¿Trabaja? Es el encargado del Don Pelayo ¿Qué es el Don Pelayo? Pues una sala de bingo, donde me escapo a veces con mis amigas a echar una partidita. Mientras ella estaba abducida por sus bondades, yo fui inclemente, no quise mostrarme comprensiva por el paralelismo remoto que ambas podíamos compartir, y sentí que aquella presentación iba a costarle la pérdida de toda la autoridad moral sobre mí, pues de ser conocedora de sus escarceos a cómplice de su adulterio había un abismo con mucha indecencia de por medio. Al llegar a casa, mi hermano cantó la receta mágica que había de limpiar de un plumazo mis pájaras mentales con mi madre, y mi corazón dio un vuelco. Pablo había telefoneado. Sí, lo había hecho y yo me

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cagaba en mi padre, mi madre y su novio, mi hermano y sus novios o sus amigos con sus novios. Me puse tan ofensivamente eufórica que, mientras desempaquetábamos las compras, aligeré su zozobra sugiriéndole que continuase con aquel mamarracho. A mí me parecía bien si ella era feliz. También juré que nunca se me escaparía nada ante papá pues, al fin y al cabo, era el compromiso que ella perseguía obtener de mí. Al rato pude escuchar la voz Pablo. Sin aludir al tiempo que hacía que no nos veíamos, me pidió que le devolviese el ordenador portátil que me había prestado casi un año atrás y que yo no había encendido más que para rastrear cosas que él hubiera dejado. Pese a que esta devolución simbolizaba otro paso atrás, me regocijé porque al menos tenía una oportunidad para verlo, y no la iba a desaprovechar. De camino a su casa, me crucé con Ángel, que me saludó con cierta reserva, como si desconfiase de mi tenue reacción tras la rotura con Nuria, o mucho peor, como si estuviese confabulado con Pablo bajo la consigna de que Nuria y yo estábamos fuera de sus vidas, y actuase en consecuencia. Pablo esperaba en el jardín con sus gatos en la misma postura medio inclinada que adoptaba la madre, como si ello fuese parte de una estudiada coreografía. Mira, Yoyó ha parido cuatro retoños, la familia crece. Qué bien. Bueno, ten el ordenador. Ah, vale, gracias, lo necesito durante un tiempo. En cuanto acabe te lo vuelvo a prestar. Tengo uno encargado, pero aquí la espera es imprevisible.

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Bueno, ¿dónde te has metido en este tiempo, qué has hecho? De pronto, empezó a granizar. Nos guarecimos bajo el dosel del pino y, diez minutos después, en el cielo no quedaba una nube. Justo cuando me decidía a marcharme tras constatar que en Pablo no había rastro de alegría por el reencuentro, me mostró una pieza de hachís que parecía otro meteorito y esbozó una sonrisa. Cerró la cancela y nos encaminamos hacia Casablanca. Cruzamos la carretera de Calafell, atravesamos el polígono industrial y nos adentramos por los campos de cultivo hasta llegar a una lagunilla de aguas verdosas repleta de algas, desde la que retumbaba un coro de sapos. Como si el barrio lo tuviera encorsetado bajo una camisa de fuerza, mientras más nos alejábamos de éste, más suelto y relajado estaba Pablo. Lió un porro y me explicó entonces lo que había hecho en ese tiempo. Me dijo con una risita socarrona que estaba al corriente de mis pendoneos. Él había estado muy atareado en la funeraria, estudiando y pocas novedades más, salvo que Nicolau había ingresado en prisión por quemar una bandera española en una concentración independentista. Aun sin tener pruebas, tuve la sensación de que nuestra separación había sido impuesta por alguien a quien Pablo temía, pero esa hipótesis bien podía ser producto de mi tendenciosa imaginación. Al despedirnos, quedamos en llamarnos a la semana siguiente. En efecto, yo lo llamé, pero él volvió a esfumarse durante los meses de julio y agosto.

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Noche

En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía. San Juan de la Cruz, Noche oscura

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17 Revelación El último sábado de agosto reapareció la voz de Pablo al otro lado del teléfono para emplazarme en diez minutos en la parada del autobús junto a la iglesia. Hacía casi dos meses que no tenía noticia de él, y ahora me apremiaba como si fuese su esclava. Pero me consoló pensar que quizá pretendía celebrar nuestro primer aniversario en algún lugar especial. Sin embargo, tuve que posponer la confirmación de esta suposición porque nos encontramos al mismo tiempo que llegó el autobús y subimos a bordo del mismo sin margen siquiera para estrechar nuestras manos y aun menos para besarnos. Nos situamos en la parte trasera, y permanecimos de pie pese a disponer de asientos libres, mirando por el ventanal posterior cómo se desdibujaba el contorno de Cinco Rosas, luego el de Casablanca, también el del Gato Negro. Pablo estaba visiblemente inquieto, como si le aguijonease prematuramente el esfuerzo de sinceridad que estaba a punto de acometer, o incluso peor, como si pesase en su conciencia que ser franco con uno mismo equivale

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siempre a traicionar a otro, independientemente de que éste descubra tu deslealtad. Yo no tenía la más remota idea de por donde iba a salir y, desde luego que, después de haber soñado hasta la extenuación y haberme dado de bruces contra la pared, esperaba cualquier cosa menos una declaración de amor. Pablo se decidió a hablar cuando el autobús rebasó el puente sobre el río Llobregat. ¿Sabes? Eres la única persona de mi confianza que ni antes ni después me ha planteado la pregunta del millón: ¿Por qué llevo este parche? Precisamente por eso, por tu continencia, te abriré las puertas de mi casa, de mi casa interior, claro. Por mí, adelante, pero si te remueve demasiado y te pone mal cuerpo, lo dejamos para otro momento. Te lo juro, puedo esperar. Piensa que estaba convencida que era una anomalía de nacimiento o algo así. Fue un accidente, para ser exactos. Sucedió cuando tenía diez años, en la calle. Ángel y yo estábamos trasteando con una pila de discos de vinilo que habíamos rescatado del contenedor de la basura. Los rompíamos para fabricarnos destrales, objetos punzantes con los que combatir a un enemigo imaginario. En esas, atranqué un disco entre el bordillo y el suelo, y lo pisoteé, y cuando digo que lo pisoteé me refiero a que Ángel no tuvo ninguna culpa. Una esquirla del tamaño de un bolígrafo salió disparada como una flecha para hacer diana en el iris. No acusé dolor con el impacto, pero mi ojo derramaba un reguero de sangre como si se tratase de una bota de vino. Los vecinos se apiñaron a nuestro alrededor y aun tuve que disuadir a Ángel, víctima de un sentimiento de

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culpabilidad, de que no había sido el responsable. Y, mientras desfallecía, aquella viñeta me resultó cómica y hasta se me escapó una risa de sentir a Ángel tan aturullado que parecía otro, el pobre. Vaya. Sabía que vuestra amistad venía de largo, pero no tanto, añadí con el ánimo de disimular mi suspiro y de deshacer el nudo que se me había atascado en la garganta. La ambulancia tardó casi una hora en llegar. Entretanto, me tumbaron boca arriba y mi madre se desmayó al ver la sangre. Yo sentía sólo un hormigueo, pero permanecía callado; entonces me hundí al pensar en Oscar. Porque supe que iba a perder la visión. Mi hermano es ciego de nacimiento, y yo lo iba a ser por escarmiento. Odié la vida por mostrarse tan despiadada con los míos y conmigo mismo. Algo parecido debió pensar mi madre cuando se repuso en el interior de la ambulancia, y tal vez mi padre, que se enteró del accidente porque los médicos de urgencias le advirtieron del ingreso de un chaval que llevaba su mismo apellido. Irrumpió en el quirófano con la desfachatez de quien se sabe amo del hospital. Pero eso daba lo mismo porque las informaciones acerca de mi pronóstico eran confusas. En consecuencia, mi padre se opuso a que al médico de urgencias me asistiera, y ordenó que nadie, excepto las enfermeras, me pusiese una mano encima hasta que se personara el facultativo de su confianza, un cirujano que acababa de fichar por el Hospital de Bellvitge. Con mi expediente en mano y tras una sucinta exploración, el cirujano dictaminó que ante la hondura de la lesión, y la sospecha de derrame interno, apremiaba vaciar la parte lesionada, es decir, extraer el globo ocular. Realista, el cirujano

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sugirió a mis padres que ponderasen la opción de inserir un ojo de cristal. El azar quiso que a esas alturas de su relato desfilásemos frente al hospital de Bellvitge. La estampa tétrica de las torres blanquiazules de planta prismática en medio de un nudo desalmado de carreteras, insufló mayor crudeza a sus palabras. La operación se programó para el día después en el hospital de Bellvitge a petición de mi padre que, debido a su minucioso conocimiento del Comarcal, desconfiaba de su praxis. No obstante, sugirió el cirujano in extremis, hay otra solución. La alternativa era una operación más arriesgada, que sólo podía practicarse en una clínica privada porque la seguridad social no cubría ese tipo de intervenciones. En ningún caso se garantizaba la recuperación total de la visión, pero sí, al menos, la conservación física del ojo. El principal inconveniente, advirtió el especialista mirando a mi padre, es el coste, que ascendía a la friolera de dos millones de pesetas de entonces, diez o doce de los de ahora. Para colmo, la respuesta no podía esperar más de cuarenta y ocho horas, límite a partir del cual la extracción del ojo era ineludible. Naturalmente, mi padre no tenía ese dinero, ni siquiera una tercera parte. Pablo sudaba a raudales y tenía el cuerpo rígido, una imagen que chocaba con su habitual jovialidad. Movía la cabeza de un lado a otro, y tamborileaba con sus dedos sobre la barandilla. Apenas restaban cuatro o cinco pasajeros en los asientos delanteros. Prosiguió.

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Mi padre no tuvo que correr demasiado lejos para pedir el dinero. El dinero le esperaba en su mismo rellano. En la puerta de enfrente vivía y vive el Avispa, y su clan. ¿El Avispa es vecino tuyo? Me lo figuraba en el bloque de más abajo, cruzando la carretera, donde los Heredia. No sé que habrás escuchado por ahí, pero no hagas caso de las leyendas urbanas. Es un hombre de bien. Se lo debo casi todo. Hasta el fatídico accidente, el Avispa y mi padre tenían una relación de hola y adiós. Mi padre es un hombre listo, siempre ha sabido lidiar con las gentes del barrio. Que el Avispa manejaba asuntos turbios era de dominio público, pero mi padre nunca ha hecho comentario alguno ni ha permitido al resto que lo hagamos. El Avispa confiaba en la discreción de mi padre, en la medida en que éste nunca informaría a la policía de los escándalos y las broncas que a menudo traspasaban los tabiques del edificio. Luego, ambos estaban marcados por una dulce coincidencia. Su hija Miriam y yo nacimos el mismo día, aunque no el mismo año. De ahí la broma desde bien pequeños que éramos novios y que nos iban a casar, broma que se acabó con la operación. Era de mal gusto prometer falsas expectativas a un tuerto con la cabeza vendada y un hematoma de media cara que duró seis meses. Máxime en referencia a Miriam, la joya de la corona del Avispa, que fue rápidamente recluida cuando se hizo mujer, y trasladada a no sé dónde. Y hablando del rey de Roma, ¿recuerdas que me preguntase por ella la pasada primavera, en la piscina? Claro que me acuerdo.

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No veo a Miriam desde hace un lustro. Sé que a veces viene de visita por el barrio, pero hemos perdido todo contacto. Y nunca fuimos novios... Deseé que me tragase la tierra con todos mis celos y tonterías, aunque me enfurecía que Pablo hubiese tardado tanto tiempo en aclararme algo que me causaba dolor. Me sacaba de quicio que sólo él marcara los tiempos. Cuando mi padre se personó en casa del Avispa y le pidió lo que necesitaba, el patriarca desapareció sin mediar palabra por el pasillo que desembocaba en su dormitorio. Apareció un minuto después con un fajo de billetes de cinco mil pesetas, sin esperar un gesto de agradecimiento, un abrazo o nada que se le pareciese, porque el Avispa detesta los formalismos. Como todo el vecindario, el patriarca padecía por mi estado de salud. Mi padre condujo a toda velocidad hasta Bellvitge, donde contactó con el cirujano, y desde ahí partimos en ambulancia hacia la clínica privada. Entonces, si conservas el ojo, ¿por qué utilizas el parche? No siempre lo llevo. Me lo pongo para salir a la calle porque la más mínima mota de polvo actúa como un dardo, dado que no segrego lágrimas. En casa, sin embargo, suelo quitármelo. Mira, ¿ves? Retiró el parche hasta la altura de la frente y dejó el ojo al descubierto. La apariencia era normal, pero prestando un poco de atención, se adivinaba una cicatriz blanquecina que surcaba la pupila de arriba abajo con un ligero relieve, como si fuese una costura de

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un pantalón. Por lo demás, aparte de una torpe movilidad y un leve estrabismo, nada llamaba la atención. ¿Conservas algo de visión? Veo manchas borrosas de tonalidades grisáceas, sombras que se acercan y se separan. Si fuerzo la vista, esas manchas se acaban definiendo vagamente, pero enseguida el ojo se fatiga y las imágenes se deforman y me duele la cabeza. Durante un tiempo ejercité el ojo, abrigué esperanzas de recuperar más visión, pero claudiqué ante la falta de mejoría. ¿Por qué no lo dejas así? Estás más guapo que con el parche, aunque tu expresión sea menos... ¿Menos qué?, preguntó Pablo con un énfasis que me hizo pensar que a lo mejor era más presumido de lo que pensaba y que usaba el parche por un prejuicio estético. No respondí, temerosa de que un comentario demasiado sincero lo ofendiese. Transitábamos por el cinturón litoral y a nuestra mano derecha ya divisábamos la ladera escarpada de Montjuic, sobre la que se extiende el camposanto a través de centenares de bloques de nichos con vistas al mar, ristras de cipreses y callejuelas salpicadas de coronas de flores, cuando apunté una observación dirigida a cambiar el signo de la conversación. Es una falla. ¿Cómo?, preguntó Pablo frunciendo el ceño. Digo que esa ladera es la parte superior de una falla. Hace millones de años, el agua anegaba la montaña, por eso pueden encontrarse fósiles allá arriba. En algún momento y por un cúmulo

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de circunstancias, una parte de la montaña se deslizó sobre esa ladera, y se hundió en el mar. Sin amagar su desinterés, Pablo volvió la vista hacia la escena que nos brindaba la cristalera posterior. Asintió con el mentón y aplaudió mi intención de matricularme el año próximo en la facultad de geología, como si de esta manera pretendiera reivindicar que estaba al caso de mis tribulaciones. Al momento, sin embargo, recobró la misma expresión grave al fijar sus ojos en una imagen tan recurrente como aterradora. Para ser una arteria de entrada a Barcelona, el Cinturón Litoral estaba dotado de unos arcenes miserables, de menos de un metro de ancho, concebidos a lo sumo para casos de emergencia. Sin embargo, por tales arcenes desfilaba un flujo permanente de heroinómanos, yendo y viniendo de Can Tunis. Siempre que pasaba por allí, temía que me tocara presenciar un atropello de cualquier triste desgraciado que a buen seguro se sabía dónde iba pero no dónde volvía. Ese no es el único peligro al que se enfrentan. ¿Qué quieres decir? Debajo del viaducto se encarnizan entre ellos, se tienden trampas, se roban dinero y droga los unos a los otros. ¿Cómo lo sabes? Con un poco de suerte vas a verlo con tus propios ojos. El autobús se desvió por la salida de Can Tunis, descendió a todo trapo y un coche que circulaba por nuestra izquierda tuvo que frenar en seco, aunque era el chofer quien debía respetar la señal de ceda el paso. Nunca había estado en aquel lugar y me costaba

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imaginar qué motivo nos había llevado hasta allí. Me sosegué al atisbar una funeraria de vistoso rótulo y fachada de impecable estucado, que parecía un decorado de película de Las Vegas en medio de otro decorado, éste abandonado tras el rodaje de un western. Quizá se trataba de algo relacionado con su padre. Nos apeamos y Pablo reanudó su perorata. Durante los diez años que siguieron a la operación ocular, cada vez que me cruzaba en la escalera con el Avispa, éste se limitaba a saludarme con un paternal Pablín. Hasta que un día me puso la mano en el hombro, y me convocó a media tarde en su casa. Pese a que allí vivía mucha gente, cuando pasé al salón, la estancia se vació y el timbre dejó de sonar. Durante nuestra breve conversación, no aludió para nada a la deuda que mi padre había contraído en el pasado y a la pertinente devolución de la misma, como si nada de ello hubiese existido y, precisamente por eso, intuí por dónde iban los tiros. No me aclaró si mi padre estaba al corriente de nuestra entrevista, si la autorizaba, o incluso la auspiciaba, o de lo contrario, la prohibía, y, en consecuencia se trataba de un secreto. El Avispa habló con lentitud y claridad, también de un modo llamativamente despreocupado, como si no hubiese en el mundo más autoridad que él mismo. Pero, ¿qué fue lo que te dijo? Me pidió un favor. Transportar un paquete desde Cinco Rosas hasta Can Tunis, y recoger otro que me sería entregado en destino. Todo salió a pedir de boca y cuando me entregó en mano mis

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honorarios, me hizo jurar que no dijera nada a nadie porque lo nuestro no había hecho más que empezar. Y así hasta hoy. ¿Qué hay en los paquetes? ¿Tu qué crees? Joder, Alejandra, no seas ingenua. Pablo dio la conversación por terminada y puso todos sus sentidos en la entrega. Mientras nos aproximábamos a un tugurio con cristaleras cubiertas de visillos y carteles amarillentos de helados, una pandilla de quinceañeros me increpó con piropos groseros, hasta que se apercibieron de que Pablo era mi acompañante y se disculparon. Ni caso. Ya veo, son como los albañiles. Si te giras y plantas cara, se ponen colorados y miran a otro sitio. En el interior del bar contabilicé cinco clientes, que observaban impávidos un espectáculo televisivo de lucha libre. Nadie se inmutó ante nuestra presencia. Del techo colgaba un ruidoso ventilador cuyo soporte, desatornillado, se zarandeaba con violencia y sus aspas amenazaban con provocar una escabechina. El propietario surgió de debajo de la barra con una rasqueta en una mano y un spray mata cucarachas en la otra. Se aseó las manos y saludó a Pablo, que pidió un zumo de piña y yo una limonada. A continuación, ambos se retiraron hacia lo que parecía el almacén. El propietario abrió una trampilla y descendieron por una escaleras. A los cinco minutos, Pablo subió con la mochila. Estuvimos un rato más sin mediar palabra en el que Pablo repasó un diario deportivo y yo un catálogo de ofertas del Carrefour.

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Afuera, empalidecí ante un puesto de control sorpresa compuesto de coches de la policía cruzados en mitad de la calle. Los chicos que antes me increpaban, estaban como perro rabiosos, desafiantes y bravucones ante los agentes. Calma, dijo Pablo. No están aquí por nosotros, ni tampoco por los tontines esos. Están aquí para protegernos. Pensé que Pablo se había vuelto loco, pero lo cierto es que logré sosegarme durante los veinte minutos de espera hasta que llegó el autobús. Volvimos a situarnos en la parte trasera y Pablo dijo: La policía no es tonta, sino que es muy pero que muy lista. En este territorio les sale más a cuenta conchabarse con los capos y sacarse un sobresueldo que jugarse la vida persiguiendo chusma que tal como entra por una puerta sale por las otra. No me lo puedo creer, dije presa de la incredulidad. Si tu supieras. El próximo día que vengas a casa te voy a enseñar lo más parecido que tengo a una colección. Es un viejo álbum de cromos reciclado en el que almaceno recortes de diario en los que aparece la policía directamente vinculada o implicada en el tráfico de estupefacientes. Hay temporadas, lo tengo comprobado, en que este tipo de noticias aparecen día sí día no. Y lo sorprendente es que estamos inmunizados, por eso cuando salta un caso reaccionamos como si fuera algo anómalo y excepcional. Entonces eso también ocurre en el pueblo, y en nuestro barrio. Elemental, querida Watson.

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18 Del dinero Mientras guardábamos cola para entrar al roñoso cine del pueblo, Pablo desgranó otros entresijos acerca de su colaboración con el Avispa. Por cada viaje, y podía realizar dos por semana, se embolsaba jugosos honorarios, casi siempre variables dependiendo del humor del patriarca, pero, en cualquier caso, generosas como para triplicar una mensualidad ordinaria. Le pregunté si le preocupaba que sus padres descubriesen tanto dinero acumulado, suponiendo que debería atesorar ahorros casi millonarios. A Pablo no le gustaba meter a sus padres de por medio, ni en este tema ni en ningún otro, así que esquivaba estos interrogantes, o afirmaba con rotundidad que él mismo y nadie más respondía de sus actos. ¿Tampoco temía estar en medio de gente tan peligrosa?, pregunté. La respuesta nunca llegó porque entre nosotros se coló la mano apergaminada de un indigente pidiendo limosna. Pablo rebuscó en el bolsillo de su pantalón, extrajo un billete de cinco mil pesetas y, ni corto ni perezoso, lo depositó en la palma del anciano y se la cerró como quien envuelve un regalo con papel de celofán. El vagabundo no se inmutó, y siguió adelante, alargando la mano entre la gente. Nosotros nos acomodamos en la última fila del cine y no concedimos a la película el preceptivo margen de confianza de veinte minutos. A mí, personalmente me pareció indigesta, además de que prefería seguir conversando. Oye, ¿qué sueles hacer si una película no te gusta?, susurré.

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La veo igualmente y así amortizo el precio de la entrada. A los dos días la vuelvo a ver para verificar si me ha gustado o no. Pues yo no, respondí casi indignada. Estaba bromeando, mujer. Si la película no me gusta, si un libro no me gusta, incluso si una persona no me gusta, cierro el asunto y me largo cuanto antes. Me parece una bobada que por el hecho de abrir un libro, estemos condenados a acabarlo. Faltaría más. Yo pienso igual. ¿Nos vamos? Pero, ¿hacia dónde? Dime Pablo, sinceramente, ¿crees que la película es mala o nos pueden las ganas de fumarnos un canuto? Un poco de todo, pero te aseguro que si me pudiera fumar uno viendo la película, acabaría roncando. ¿Cómo se titulaba que ya no me acuerdo? Me parece que “El amante”. Vaya tostón. Nada que ver con la joyita que vi en verano, “El rey pescador”. Terry Gilliam es el director más imaginativo y mordaz que ha dado el cine. Nos encaminamos hacia las Termas Romanas. Cruzamos la carretera, y franqueamos una viga de hormigón sin barandillas que hacía las veces de puente sobre la carretera que lleva al manicomio. Llegamos a una vieja caseta de FECSA con el techo derruido. Al lado, una estructura escalonada de cemento y hormigón con las varas salientes del encofrado, brindaba un recogido escondite, además de una vista elevada del río Llobregat. Caía la tarde y, de

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tanto en tanto, nuestros rostros se iluminaban por la luz que derramaban los vagones del Carrilet. ¿Durante pregunté. Te refieres a cuándo acabaré de saldar el grueso de la deuda correspondiente a la operación de mi ojo, respondió con incomodidad. No exactamente, pero ya que lo dices, quizá sea ese el quid de la cuestión. Ni idea. Algún día me gustaría cambiar de vida, formar mi propia familia, tener un empleo normal, quizá marcharme a una isla del Trópico. O quizá hacer todo eso aquí, en el barrio. Hay quien se burla de este esquema y luego llega a los treinta y largos más solo que la una, harto de comprarse tejanos y de tanto tiempo libre, para descubrir entre llantos que para ser feliz necesita precisamente lo que tanto ha criticado: una esposa y dos churumbeles. Quiero llevar una vida normal, pero de momento voy a seguir disfrutando de las cosas tal como vienen. Soy tuerto, pero me sobran los billetes, y no me quejo. Había otro factor que explicaba la razón por la que Pablo no abandonaría sus chanchullos en el corto plazo: idolatraba al Avispa. Destacaba de él, como si fuera un condecorado oficial imperial, la palabra, la constancia y su capacidad visionaria. Y, sobre todo, cumplía con el atributo más importante para triunfar en el tráfico de estupefacientes, que era estar libre de adicciones. De hecho, el Avispa despreciaba la heroína y aun más a sus consumidores por

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cuánto

piensas

seguir

dedicándote?,

mucho que éstos constituyeran la base de su negocio. El Avispa era de baja estatura, delgado, con brazos extremadamente fuertes y piernas delgadas, tenía un rostro de mirada franca y dura, y practicaba la economía de palabras. Según Pablo, era autoritario con los suyos, cariñoso con los vecinos y educado con su galería de clientes VIP, que comprendía hombres de negocios, médicos, abogados, arquitectos que acudían a su casa cada cierto tiempo para hacer acopio, preferentemente de heroína más que cocaína, para tres y cuatro meses. Este cliente más elitista se podía pasar la vida inyectándose sin que ello trascendiera más allá de su casa, y sin que la droga le pasase factura. Por el contrario, el Avispa podía soltar un mandoble a cualquiera que lo comprometiese armando escándalo en la escalera o en la calle y, si no lo hacía él mismo, mandaba a Ramón, alias el Avispita. Cantaor frustrado, el primogénito estaba echando a perder su condición de heredero por culpa del caballo, remató Pablo, y pronto lo veremos entre rejas. De todo el clan familiar, el Avispa era el único que aun no había pisado la cárcel. Hasta el momento, había salido victorioso en todos los procesos judiciales. La policía sabía quién era y lo que hacía. No en vano, media docena de policías, entre urbanos y nacionales, estaban en nómina del Avispa. ¿Pero algún día lo engancharán? No es tan fácil. Eso sólo podría darse en dos supuestos. Por una casualidad fatal, que lo engancharan fuera del pueblo y con las manos en la masa. Esto es difícil porque el Avispa casi nunca sale de su casa más que para moverse por el barrio, además de que para

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manipular y distribuir la mercancía estamos los mensajeros. Descartando eso, para que lo detengan en una redada antes debería producirse una regeneración de todo el cuerpo de policía, altos mandos incluidos, algo improbable en el corto plazo. Mientras todo siga igual, a la policía no le interesa destapar un asunto en que el que si no sale salpicada, cuando menos tendrá que dar algunas explicaciones. Pablo, ¿tu padre y el patriarca trabajan codo con codo? No respondió hasta que le maticé que había pensado en esa hipotética alianza porque nunca había reparado en una funeraria, y en un breve lapso de tiempo había visto la de Can Tunis y la de Sant Boi, donde su padre trabajaba. Muy en su línea, a caballo entre la reprobación y la burla, afirmó que, a tenor de la hondura de mis inferencias, debía descartar una carrera detectivesca. Me asaltaban las dudas y quería saber cosas, pero no respetaba los tiempos. Pensaba que recabando información, estaría más cerca de Pablo. También que me sería más fácil forzar su salida de aquel mundo, cuando era yo quien estaba aterrizando sin comerlo ni beberlo. Pero no fui capaz de calibrar hasta que punto Pablo era preso del Avispa, ni de discernir si su admiración por el patriarca respondía a un mecanismo de adaptación para sobrellevar una condena a perpetuidad. Alentada por la fumada, seguí haciéndome cábalas, hasta el punto que cuestioné si el accidente del ojo era una entelequia para justificar su vinculación. En ello incluía la coincidencia de la ceguera congénita de Oscar.

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19 De compras En los días sucesivos, Pablo fue enfriando toda referencia al Avispa hasta devolverlo al mismo plano donde se hallaba antes de salir a superficie. Yo respeté su celo y aparqué el asunto. Acababa de comenzar COU, y ello me ayudó a tener la mente entretenida en otras preocupaciones. Eso sí, aguanté sólo dos semanas hasta hacer la primera campana. Un viernes de mediados de octubre quedamos para ir de compras por Barcelona. Yo estaba a punto de salir hacia el instituto, así que me dirigí directamente a la estación del carrilet, desde donde Pablo me había telefoneado. Entramos en una lujosa tienda de ropa del Paseo de Gracia, donde nos atendió un atento dependiente de la antigua usanza, que aun nos dispensó mejor cuando Pablo le mostró un fajo de billetes anudados con una goma del pollo y le exigió cariño especial a cambio de una propina. Yo estaba colapsada ante la posibilidad de elegir lo que quisiera. Pablo, que se encontraba en la sección de caballeros, en la otra punta del establecimiento, venía a mi probador de vez en cuando a consultar mi opinión, y yo me maravillaba con la clase con la que se desenvolvía en un comercio tan señorial. Tras liquidar la cuenta, entramos a una cafetería para mostrarnos las mutuas adquisiciones. Y ahora, dime, Alejandra, ¿qué has choriceado? Yo, nada, respondí con pasmo. Pues muy mal. Mira.

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Pablo se había hecho con una corbata, dos pares de calcetines de hilo y un cinturón de piel trenzada. La próxima vez, a ver si sacamos algo. Si no, no tiene emoción, mujer. Tu no sabes lo contento que se va a poner mi padre con la corbata. Vamos a otra tienda, refunfuñé. Entramos a otro establecimiento situado en Puerta del Ángel donde compramos ropa deportiva. Esta vez me neutralizó más la presión de robar que la de elegir sin reparar en el gasto. Birlé unas mallas y unos guantes para montar en bicicleta. Pablo dio un paso más allá. Se había hecho con el monedero de una empleada así como con el mechero Zippo del encargado, hurto que asoció a su fijación por apropiarse de objetos personales de desconocidos. La euforia de aquella orgía de compras se cortó en seco cuando en mi casa no supe qué hacer con las bolsas. Me invadió el mismo regusto amargo que cuando llegué con ropa robada adquirida en el barrio. Por mi padre no había problema porque no se coscaba de esos asuntos. Pero mi madre conocía el precio de las cosas y tenía la mosca en la nariz. Fue la primera en acariciar una hipótesis que yo nunca habría contemplado y que, obviamente, no compartí, pero que había de fijar una muesca en mi memoria. Contra una esperada bronca, se limitó a afirmar que todo ello tendría que devolverlo tarde o temprano, ya fuesen los regalos físicos o su contravalor, porque aunque no quiso porfiar en quién estaba detrás, concluía que quienquiera que fuese pretendía comprarme, o al menos tenerme contenta. Pensé en el ordenador portátil. Sus sospechas apuntaban a

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Pablo, pero como ya había echado pestes de él y yo lo había defendido a ultranza, era lo suficiente hábil como para postergar la ofensiva para mejor ocasión. En momentos así, mi enfado irradiaba hasta Pablo. Porque le había rogado casi de rodillas que, igual que yo subía a su casa, él podía y debía hacer lo propio en la mía, pero él se hacía el sueco y apelaba a la madurez de cada cual para arreglar sus rencillas familiares. Así que entre que no se dejaba ver en casa, que yo negaba que fuésemos novios y que me cubría de abundantes regalos como si fuese la concubina de un jeque, los recelos de mi madre se acrecentaban en progresión geométrica. Pero yo atravesaba gustosamente la senda de la adolescencia en que nos creemos indestructibles y soberanos de la razón, y vemos a nuestros padres como censores cuando no como verdugos. Así que a medida que mi madre seguía machacándome, y lo hizo a discreción en las jornadas posteriores con arreglo a su grado de preocupación, yo respondía con mi lengua viperina convencida de que mi criterio era irrebatible, sin sospechar que su fundamento parecía extraído de un guión de telenovela. En suma: me defendía aduciendo que ni mis novios ni mis amigos serían nunca de su agrado porque ella lo que quería a mi lado eran catetos cortados por el patrón de César o estudiantes aplicados, de la misma manera en que yo enmendaba a la totalidad el carácter de mi padre y debía aceptarlo, y aun más el de su amante, a lo que mi madre bajaba la cabeza y se tragaba sus acusaciones. Pero mi madre, erre que erre, volvía a la carga: Pero, ¿de dónde saca el dinero tu querido Pablo?

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A ella no se le escapaba que el barrio era un hervidero de traficantes, pero yo contaba con que ella no establecería el nexo con Pablo que le murmuraba su instinto, a menos que peligrara directamente mi estado de salud. Por supuesto, lo que yo sabía de Pablo formaba parte de un secreto de estado inviolable. Ahora bien, como tenía que responder alguna cosa, justifiqué su generosidad asiéndome a su propia explicación: que se ganaba el jornal en la funeraria a las órdenes de su padre. Felizmente, el asunto capital de mi affaire había quedado fuera de la discusión: Pablo me trataba como a una reina, me llevaba a cenar y me compraba caprichos, esto es, cosechaba mi encandilamiento y se aseguraba de mi entrega a cualquier propuesta suya por descabellada que fuese. Pero Pablo no exigía contrapartidas ni remataba: ¿Por qué? 20 Desembarco en Marianao En noviembre, otra redada policial sacudió la tranquilidad de Cinco Rosas: pantomima en estado puro. Anunciadas a bombo y platillo con semanas de antelación, las dos o tres redadas anuales servían únicamente para purgar el barrio de los traficantes de medio pelo que medraban a la sombra de los grandes y que se creían inmunes como aquellos. Los pequeños compraban la mercancía a los grandes pero, para sacar tajada, debían adulterar el polvo, ya de por sí cortado previamente. Fuera de todo control, a menudo un corte desaprensivo se cobraba dos o tres muertes por sobredosis, cosa que disparaba todas las alarmas, de la policía y de los capos.

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Naturalmente, el clan del Avispa y las otras cuatro familias que se repartían el mercado de la heroína y la cocaína salieron ilesas. En los dos días y una noche que duró la operación, congelaron la actividad, y lumbreras como el Avispita se tomaron unas vacaciones porque su talante provocador y su incontinencia podían dinamitar el acuerdo tácito con la policía. También la Morlaina suspendió la venta de papelinas, pero ello no distorsionó su rutina. Se la podía encontrar sentada con sus dos amigas del alma en actitud de supervisión y casi de denuncia hacia la conducta de la policía. Cuando se producían detenciones, aun tratándose de camellos, el común de la gente reaccionaba con silbidos y arengas contra la autoridad, y hasta arrojaba piedras contra los coches de la policía secreta. Más discreta, la Toñi cerraba a cal y canto las puertas de su casa y encomendaba al Sandalia y a su banda que disuadieran a compradores despistados de acercarse por la zona para evitar delaciones fortuitas. A consecuencia de esta ley seca transitoria, Pablo y yo nos acercamos hasta el barrio de Marianao en busca de hachís. A diferencia de Cinco Rosas, el barrio de Marianao estaba integrado en el pueblo, libre fronteras físicas, pero cautivo de fronteras de clase. El polo de atracción para los jóvenes era su centro cívico, que simbólicamente representaba al mundo: en el interior del edificio se realizaban actividades deportivas y educativas para muchachos y muchachas de todas las edades, se fomentaba la integración y el optimismo por el porvenir. Fuera, en la parte posterior del edificio, había un parque ajardinado con columpios y pistas de petanca, espacio donde se cocía la pócima que magnetizaba

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a las ánimas rebeldes. Una bancada de obra circundaba el perímetro del parque, que a su vez encerraba otro jardín, alrededor del cual se sentaban los mayores, los que ya habían enriquecido su historial con más de un delito. Las más jóvenes promesas ocupaban el perímetro exterior. Se podían llegar a concentrar hasta dos docenas, entre los cuales, por probabilidad, siempre había quien trapicheaba o alguien conecto estrechamente con quien lo hacía. Hasta entonces, Nuria y yo teníamos encasillada a aquella gente con el sambenito de lolailos, apelativo que reunía tres rasgos inequívocos: una jerga propia con reminiscencias de acento andaluz; el cabello largo y desaliñado, herencia imprecisa de un pasado reciente al movimiento heavy metal, o bien de un influjo flamenco; la presencia de un radiocasete, normalmente voluminoso y potente, reproduciendo de forma perpetua música de los Chunguitos, Barón Rojo y los Chichos: aunque nunca lo reconocían abiertamente, los lolailos adoraban las canciones que versaban sobre la melancolía y el desamor. A medida que nos acercamos a la bancada, recibí una afable bienvenida, exenta de miradas desconfiadas o desafiantes, y de inmediato me sentí como en Cinco Rosas. Enseguida, Pablo contactó con Mudéjar, al que yo recordaba vagamente porque Nuria me lo había presentado una noche. Mudéjar procedió a presentarnos a un muchacho barbilampiño, con el que cerramos la operación después de veinte minutos porque no llevaba nada encima y debía traerlo de otro sitio. Cuando Pablo y yo tuvimos lo nuestro, Mudéjar se avino a acompañarnos hasta el Parc de la Muntanyeta para paladear el tate.

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La emoción que mediaba entre Pablo y Mudéjar, me desplazó hasta sentirme como una figura decorativa. Lo mismo me solía ocurrir con la banda del Sandalia, en la medida que se comportaban como gallitos insolentes para encubrir su introversión, lo que se traducía en ignorarme. Como ellos, Mudéjar no me dirigió una sola mirada. Me enrabiaba en grado sumo, máxime cuando nos debíamos a la misma extracción social. Paralelamente, yo me cuidaba por todos los medios de no imbuirme de sus códigos, fuere a través de mi habla o de mis gestos, algo que Pablo tenía muy presente, y que sin embargo no le suponía ninguna limitación en cuanto a su admisión en estas esferas. Quizá mi aversión visceral a pertenecer a algo parecido a un grupo, subyacía a esta barrera. En cualquier caso, me percaté de que Pablo y Mudéjar dialogaban en clave cifrada, pero no pude descodificar el mensaje, a excepción de algunos cabos sueltos cazados al vuelo. Entretanto, Mudéjar lió una ele con una presteza que no tenía nada que envidiar a la de Lunita, le asestó tres chupadas de espanto y con los ojos como tomates, se plantó ante mí, me dio dos besos y se despidió de nosotros. ¿De qué habéis hablado si se puede saber?, pregunté cuando estábamos en el ecuador de la Muntanyeta. De nada en especial. Bueno, te había dicho que quiero comprarme una moto, ¿no? Me he informado de si hay algún modo de obtener el carné por otros medios, ya que con este parche casi que no me dan ni el carné de identidad. ¿Y te lo va a conseguir, el carné?

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No será fácil. Lo que él puede conseguir son motos, documentación, ficha técnica, pero el carné parece complicado. Aunque no imposible, quizá un colega pueda hacer algo por mí. Seguimos caminando. Yo aun estaba malhumorada. Pablo volvió a hablar, esta vez de un tema ajeno a lo que a mí me preocupaba, por lo que dejé de una vez por todas de cargarle el muerto responsabilidad de mis humores y retiré el pie del acelerador. Alejandra, estoy harto de callejear, siempre expuesto a la policía, a conocidos, familiares y cotillas. Quiero fumarme mis cacharros sin paranoias, y no como si fuese un terrorista. Te juro que, a veces, de pensar tanto en ello, me sientan hasta mal, como si fuese un plato pasado. ¿Y qué propones? Alquilaremos un piso franco y lo habilitaremos para convertirlo en nuestra guarida. ¿Ha sido cosa de Mudéjar?, pregunté, arrastrando los últimos reductos de mis celos. Para nada. Mudéjar no entra en estos asuntos, respondió Pablo con media sonrisa, sin ánimo de entrar al trapo, siempre a la altura de las circunstancias.¿Mañana puedes faltar a clase? ¿Para qué? Podrías acompañarme en la prospección, necesitaré tu beneplácito.

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21 El local Hicimos cuatro o cinco visitas infructuosas, y desistí porque durante esos días tuve que aplicarme al estudio para preparar una primera tongada de exámenes parciales. Inquieta por las previsibles consecuencias de mi absentismo, le pregunté cómo se lo hacía ante los profesores. Pablo siempre apelaba a sus obligaciones en la funeraria, donde su padre suplantaba la firma del gerente para rubricar justificantes que, de paso, reforzaban su imagen de estudiante ejemplar por compaginar los codos con el trabajo. Por lo demás, como siempre aprobaba, en casa se desentendían de esas minucias. Una semana después me comunicó que tenía un juego de llaves para mí. Me adelantó que había tenido que descartar un piso porque le había sido imposible aportar la documentación que le exigían para suscribir el contrato. Sin embargo, no encontró impedimentos para arrendar los bajos de un edificio de nueva construcción, destinados a albergar un comercio o unas oficinas. El edificio se ubicaba en la zona limítrofe entre Marianao y Ciudad Cooperativa, suficientemente apartado de nuestro barrio como para que nos sintiésemos, felizmente, extranjeros en nuestra propia tierra. Al local, un espacio diáfano de cuarenta metros cuadrados, se accedía levantando una persiana metálica. Convinimos que siempre que hubiera alguien adentro, la persiana debería permanecer elevada dos palmos del suelo como señal de advertencia. Las paredes transpiraban un fuerte olor a pintura y a disolvente, y el suelo de terrazo, recién pulido, refulgía hasta herir la vista. En la parte del

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fondo, reservada para una hipotética trastienda, había un baño diminuto tras una puerta de metálica roja. Por lo pronto, Pablo ni había dado de alta el agua, ni tampoco la luz por las mismas razones que le habían impedido firmar un contrato: en su vida no cabían los bancos, el dinero fluía contante y sonante, y estaba prohibido por principio dar más datos personales que los necesarios a las empresas del Estado. Ya saben demasiado de nosotros, acostumbraba a repetir cada vez que salía este tema, y añadía: saben demasiado de nosotros y encima los muy estúpidos no saben qué hacer con lo que tienen. Para salvar esos escollos domésticos, sólo teníamos que hacernos con un depósito de agua para cargar la cisterna, y un arsenal de velas y pilas de linterna, para combatir las horas de oscuridad. Para amueblar nuestro hogar, compramos sillas de playa, una mesa de madera desmontable, y tres colchones sin somier que dispusimos en el suelo. Aunque Pablo discrepaba aduciendo que se llenaría de quemadas igualmente, acabó aceptando mi ruego de adquirir cubrecamas para gozar de un tacto más suave que el de aspereza de los colchones. Ahora ya tenemos un techo, proclamó Pablo. Y mucho más que eso, porque ahora que lo pienso voy a almacenar por aquí una buena parte de mi vestuario. Espacio no te faltará. En efecto, para mis intereses personales el local representaba un chaleco salvavidas. No sólo podría acumular la infinidad de regalos procedentes de Pablo sin tener que dar explicaciones. Además, tenía una madriguera donde retirarme y poder estar sola,

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puesto que cada vez se me hacía más intolerable permanecer en casa. Ante mi madre no funcionaba la excusa de que pasar menos tiempo en casa, me eximía de mis obligaciones de limpieza. Al contrario, parecía que las ausencias penalizaban el doble. Pero en el local podría estudiar con más concentración que en la biblioteca, de la misma manera que podía fingir que estudiaba y disfrutar de las fiestas sin riesgo a ser descubierta. De ahora en adelante, el local se convertiría para mis padres en la biblioteca. Una vez adecentado, abrimos las puertas a un reducido grupo de invitados selectos al estilo de un salón parisino. A la sazón, un local tampoco era un hecho extraordinario. En el pueblo se esparcían decenas de espacios, sótanos, buhardillas alquilados por jóvenes, la mayoría de los cuales habilitados como estudios de grabación y locales de ensayo para toda clase de combos musicales, así como otros destinados a la reunión social, al fumadero y al picadero. El primer invitado de lujo en ganarse una plaza fija fue Mudéjar. Nuestro criterio de admisión contemplaba un pacto de silencio y el compromiso jurado de no divulgar nada de lo que se cocía en nuestro local ni de quién lo frecuentaba. En este aspecto, Mudéjar era una tumba. A fuerza de observarlos en acción con asiduidad desde mi cercana y privilegiada posición, confirmé mis conjeturas de que Pablo sentía una creciente fascinación por Mudéjar, semejante a la que había sentido por mí, luego, con arreglo a esta constatación, yo estaba en un tris de ser eliminada de su agenda, como más tarde lo sería el propio Mudéjar. Resultaba arduo traspasar la coraza de

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Mudéjar porque su medida economía de palabras, y su sagacidad apenas abrían flancos. Mudéjar habría salido victorioso en las más adversas situaciones, tanto en una guerra, en un interrogatorio con tortura como entonces, en tiempos de abundancia. Pese a su apariencia descuidada, no alcanzaba las cotas de sus colegas del centro cívico. Mudéjar mantenía buena relación con sus padres, superaba un curso tras otro de sus estudios de delineación técnica, y descollaba en matemáticas. Procediendo de una familia estructurada lejana a la marginalidad, Mudéjar era, no obstante, lo más parecido a una oveja negra. Además de fumar le gustaba beber y, por supuesto, hacer lo que le daba la gana con independencia de que sus deseos estuvieran dentro o fuera de la ley. Que ahora estuviera saliendo con Nuria, ni me hacía más cómplice a mí, ni le importaba un comino a Pablo que Mudéjar estuviera liado con la ex novia de Ángel. Lo que seducía a Pablo de Mudéjar estaba relacionado con una fenómeno que afectaba al pueblo, y su papel central en éste. En los primeros noventa, Sant Boi no escapaba al auge de las motocicletas japonesas de baja cilindrada, vehículo que auguraba éxito social a quien tuviese la dicha de poseerlo. Un fenómeno parecido había ocurrido pocos años antes con las vespas, sólo que a menor escala. Con las motos japonesas, aunque reservadas a familias pudientes, era común que muchos chavales se dejaran el sueldo en las letras mensuales, ávidos de hacerse un hueco en la sociedad, es decir, de montar a una chica que los rodease con sus brazos por la cintura. De forma simultánea a esta fiebre del motor, surgió una constelación de células especializadas en el robo, así como un activo

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mercado negro de piezas y recambios. En el pueblo operaban distintas bandas, con técnicas y estilos distintos. La célula liderada por Mudéjar era la más silenciosa y efectiva. Mudéjar trabajaba por dinero y casi siempre por encargo. Se hacía con una moto y la vendía entera o por partes. Pablo, creo que ha llegado el momento de tener mi propia moto. Así apaciguaré a Nuria, que está muy pesadita, la pobre. Si quieres, puedes utilizar el local como taller, dijo Pablo frotándose las manos. ¿Cuánto me cobras? Nada. ¿Pues qué quieres a cambio? Participar en el robo. Entonces, tenéis que conocer a mis dos socios pero ya. Pero no fue así. Al día siguiente sólo trajo a Bardina, en cuyo coche nos desplazamos al desguace de Gavá. Mudéjar tenía noticia de una moto que tras una colisión frontal había sido declarada siniestro total, y sus restos habían ido a parar allí. Bardina era la mano derecha de Mudéjar y se encargaba de la parte mecánica. Tenía cara de bonachón, expresión almibarada y no había en él asomo de maldad. Tartamudeaba y siempre llevaba la cara llena de manchurrones de grasa. Conmigo se mostró simpático y afable, pero ante Pablo, como si Mudéjar lo hubiese aleccionado, se comportaba de forma insultantemente reverencial. De todos nosotros era el único que poseía carné de conducir y coche propio, gracias al cual pudimos cargar el amasijo de hierros que había resultado del

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accidente. No llegó a 4000 pesetas lo que Mudéjar pagó. Tras endosarnos un canuto a la velocidad del trueno junto a una inmensa charca de vertidos oleaginosos que aun de día aterraba más que cualquier película de terror, regresamos al local, y por poco vomito en la nuca de Pablo. Bardina conducía como un suicida. Creo que nunca antes había sentido que mi vida corría peligro. No respetaba señales, ni semáforos, se amorraba a los coches, derrapaba en las curvas, insultaba a otros conductores y, encima, charlataneaba sin pausa mirando hacia cualquier sitio menos a la carretera. Poco después, Pablo me puso al día de su historial de accidentes y del sinnúmero de prótesis y placas de hierro que llevaba incrustadas en ambas piernas. También supe que con todo lo maltrecho que estaba su físico, ligaba con una facilidad apabullante y siempre andaba con muchachas hermosas. ¿Qué vas a hacer con el chasis?, preguntó Pablo. Nada, respondió Mudéjar. El chasis se va al río. Sólo me interesan los papeles, la documentación. Con eso tienes cubierta la parte legal, apuntó Bardina a sabiendas que había respondido a una cuestión que le correspondía a Mudéjar. Pero si no queda nada de la moto, espeté. Ese es el siguiente paso, zanjó Mudéjar. ¿Nos vemos mañana por la mañana en la puerta del manicomio?

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22 En la cantina del manicomio ¿Sabías que en este maldito pueblo no hay uno, sino dos psiquiátricos? Venga ya, dije. Fíjate, dos entradas, dos manicomios. Uno pertenece a la orden de San Juan de Dios y el otro a la de Benito Meni, en uno mandan curas y en el otro monjas, o al revés, ahí sí que no llego. ¿O sea que la salud mental está en manos de Dios?, pregunté con sorna. ¿Y qué no está en manos de Dios? ¿No me digas que eres creyente? Pongamos que sí, dijo Pablo mientras señalaba a Mudéjar con el dedo, que se acercaba por el otro extremo de la calle sin Bardina. Cruzamos la cabina de control después de que Mudéjar saludara al guardia de seguridad con su particular rigor afectivo. Yo había visitado el manicomio en sexto de EGB y me había quedado muy impactada. Mientras rodeábamos el pabellón de agudos, trataba de cotejar lo que veía con mi añejo recuerdo, y desde luego que así era: las gigantescas dimensiones del recinto me impresionaron entonces y ahora. Entramos a la cantina y el camarero se llevó la mano al corazón a modo de saludo mientras atendía a dos internos. La atmósfera estaba saturada de humo y, en las mesas se mezclaban residentes con familiares, encorbatados representantes farmacéuticos despachando con médicos y personal de servicio. Pablo, sarcástico, apuntó que le resultaba imposible discernir

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cuerdos de locos. Mudéjar nos presentó a Salitre, su otro socio, y nos estrechamos la mano a través de la barra. ¿Qué queréis tomar?, preguntó Salitre secamente. Salitre era marroquí, oriundo de Erfoud, y su verdadero nombre, Mohamed, explicó Mudéjar mientras el camarero atendía a otros visitantes. Residía en España desde niño y era persona taimada, salía poco y no consumía drogas. Además de árabe, francés y castellano, Salitre hablaba un catalán perfecto. Pablo se dispuso a pagar la cuenta de los tres refrescos, cuando Mudéjar se adelantó. Para nuestra perplejidad, depositó una moneda de 100 pesetas sobre la barra, cuantía insuficiente por poco que ascendiese la cuenta. Y Salitre le devolvió un cambio desmesurado, correspondiente a un billete de cinco mil pesetas. Así yo también me hago rico, ironizó Pablo. ¿Nadie controla la caja?, pregunté. Pongamos que Salitre, Bardina y yo funcionamos como una hermandad, terció Mudéjar, reacio como Pablo a las determinadas explicaciones. Te juro que sé que clase de sátrapa es este Salitre, murmuró Pablo. Me he cruzado cientos de veces tipos así. Malo como el diablo. Seguro que de pequeño mataba gatos a patadas. Me sulfura engañar a los locos. Me apuesto un huevo a que es uno de esos. Pero si no engaña a los locos, sino a los curas. Mucho mejor me lo pones.

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Cuando encontró un rato libre, Salitre se sentó en nuestra mesa. Era más alto que Mudéjar y caminaba como un muñeco de goma. Tenía el pelo rizado y rasurado. ¿Cuál es el próximo objetivo?, preguntó Mudéjar. Salitre nos escrutó y miró a Mudéjar. Esta vez era él quien se cercioraba de que fuéramos de fiar. Luego respondió. Actuaremos muy cerca de aquí. ¿Podrías concretar?, intercedió Mudéjar. En el carrer Nou, una calle peatonal del casco antiguo. La moto duerme en un garaje, pero durante el día permanece aparcada en la calle, frente a la casa del propietario. ¿Quién es el dueño de la moto? ¿Lo conocemos? Yo no, dijo Salitre. Espero que yo tampoco. No es la primera vez que astillamos la moto de un conocido y luego nos crecen los enanos. Se me escapó una carcajada, pero lo demás no rieron. Salitre garabateó un croquis de la zona en una servilleta. Ponderó franjas horarias, estrategia, vías de escape. Luego despejó las dudas de Mudéjar acerca de cadenas, candados, el sonido del motor de la moto y otras cuestiones técnicas que no entendí. Al despedirnos, nos emplazamos en el local para ultimar preparativos. Pablo preguntó a Salitre si podía venir a tomar café cuando fuese corto de parné. Para recién conocidos, sólo doy cambio de mil pesetas. O sea que tendré que venir a menudo para que aumente mi cuota.

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Inshallah. Peinamos el escenario del crimen. Pese al frío, desfiló una decena de viandantes antes nuestras narices. Yo me mordisqueaba la laca de las uñas, como si todo el mundo sospechase de nuestras intenciones. En cambio, Pablo disfrutaba y, cada minuto que transcurría estaba más embelesado por Mudéjar. Con la profesionalidad pasmosa, éste actuaba con la meticulosidad de un experto acreditado, cansino incluso, confiado de que nadie fiscalizaba sus delicados movimientos. Estudió, anotó y contrastó dos opciones de escapatoria en función de la policía. La pena es que no está la moto. No, no me preocupa. Me sobra con la información de Salitre. Nunca falla haga lo que haga. Es eficaz y cuida todos los detalles, por eso nunca lo engancharán en el bar. Sabe cómo cuadrar las cuentas, cuándo y cuánto puede astillar. Últimamente, a parte de las mujeres, sólo pierde el culo por las motos. Cuando ve una que nos interesa por alguna pieza, sigue al propietario hasta donde haga falta. Pero esto no es todo... ¡Sigue!, inquirió Pablo. Bueno, conque sepáis que puede conseguir cualquier documento, duplicados, falsificaciones. No me preguntéis si él se encarga personalmente o hace de intermediario. Yo nunca se lo he preguntado. Eso no te lo crees ni tú, desafió Pablo. Je, Je. Sí que se lo he preguntado, pero salta por peteneras y te acaba explicando el mejor modo de preparar un cuscús.

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Por la tarde celebramos una reunión plenaria en el local. Entre una densa humareda de hachís que se podía cortar a cuchillo, los actores del palo intercambiaron impresiones. Todos se felicitaron de disponer del local como almacén franco y así lo agradecieron a Pablo, al que incluso ofreciéndole un pago en concepto de pupilaje, declinó tajantemente: su comisión era estar en primera fila. Bardina preguntó si yo también colaboraría, y Pablo respondió en mi nombre: sí, por supuesto. Asimismo abordaron pormenores que yo no entendía. Me llamó la atención la circunspección que adoptaban en esta fase preliminar. Contrariamente a lo que me había explicado Pablo sobre su salvaje desmadre en la noche, en esos temas prevalecía una madurez sin parangón. ¿Qué pasa si en el momento del golpe aparece el dueño, su padre, un amigo?, pregunté un poco a la desesperada. Pues que le parto la boca a quien se interponga en el camino, sentenció Bardina. Va, cálmate, dijo Salitre. Bardina era el que menos peso tenía entre los tres, por eso comprendí que lo había hecho para impresionarme. De todos los lobitos allí congregados, sólo él me tenía en cuenta, imaginaba con buen tino que yo no era la partenaire sentimental de Pablo y, a juzgar por voluptuosas miradas, aprovecharía alguna ocasión para tirarme la caña. Su posición en el grupo, entre mascota y hermano menor, inspiró un apego osezno hacia su persona y de golpe me sentí como una especie de hermana mayor.

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Abandonamos el local cuatro horas después. Pablo y yo nos encaminamos hacia Cinco Rosas. La fumada se me había atragantado y me había invadido un ataque de pánico. Temía que la policía nos enganchara in fraganti, temía cualquier amenaza que pudiera separarme de Pablo. Alejandra, por favor, esta es una de las pocas cosas que no se pueden pagar con dinero, respondió. Asistiremos como espectadores en un palco. Me da pánico de pensarlo, Pablo. Además, soy gafe y seguro que por el hecho de estar yo allí, todo saldrá mal. ¿Y qué? Si pasa algo, nosotros no conocemos a nadie, pasábamos por allí y ya está. Como mucho, en caso de que aparezca el dueño de la moto y peligre su integridad física, aun tendremos que intervenir para que no le rompan las piernas. No sé. Bueno, si quieres puedes quedarte en el local, y así te ahorras el calvario. De eso ni hablar, ¿cómo habéis quedado? Pasado mañana, sábado, ya que Salitre tiene fiesta. 23 El palo del maestro Los cinco de marras nos encontramos puntualmente en la plaza del Ayuntamiento y, durante unos minutos hablamos de todo salvo de lo inminente. Bardina iba embutido en su habitual mono azul de mecánico y sólo le faltaba la capa y la S de Superman estampada en

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el pecho para asemejarse al superhéroe americano, pero el resto vestíamos ropa informal. Cuando en el reloj de Mudéjar dieron las diez y media de la mañana, nos dispusimos a ocupar nuestras posiciones. Salitre cubría a Mudéjar, para protegerlo físicamente de una eventual agresión, pero sobre todo para hacer de pantalla mientras el otro arrancaba el motor. Bardina permanecería poco menos que escondido, y sólo actuaría en caso de que Mudéjar tuviese problemas técnicos con el encendido. Pablo vigilaría la bocacalle y yo haría guardia en la otra punta, apostada en un cruce donde adivinaba quien entraba. Nuestro mayor amenaza era que nos sorprendiese una patrulla de la urbana, escollo cuya resolución recaía sobre mí, para lo cual debería simular un desmayo o cualquier espectáculo que los mantuviese alejados del foco. Por lo demás soplaba un viento suave que se colaba entre las calles y emitía toscos silbidos. Pertrechado con un casco en la cabeza y una funda de guitarra colgada de la espalda, Mudéjar se aproximó a la moto con la naturalidad del legítimo propietario. Más tarde, Pablo me comentó que Mudéjar había vuelto en solitario a ese lugar y había estudiado minuciosamente los movimientos del amo, modo de andar incluido, y averiguado que tocaba la guitarra en un grupo de música. Mudéjar se situó frente al espejo retrovisor, se quitó el casco, se atusó el flequillo ondulado y se volvió a enfundar el casco. En los cinco minutos que consumió para simular que se ataba los cordones, rompió el bloqueo, reventó el cláusor, y empalmó los cables para hacer el puente. Luego se incorporó, miró a derecha e izquierda, y

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buscó los ojos de Salitre, que le dio pista libre. Yo seguía todos sus pasos desde una distancia de cien metros, con el convencimiento de que no había indicios de peligro en nuestro derredor. Mudéjar extrajo la cizalla del estuche de guitarra y cercenó la cadena de pitón de acero como si fuese un chorizo tierno, cuyos trozos metió dentro de la funda junto a la cizalla. Bajó la visera del casco y, coincidiendo con el estruendoso paso de un autobús, arrancó el motor de una patada, bajó la acera cuidadosamente, y salió pitando. Pablo, Bardina, Salitre y yo nos reencontramos frente a la biblioteca pública. Había euforia en el ambiente, pero Salitre puso freno y advirtió que hasta que la moto no llegase al local la operación seguía abierta. Pero sus palabras cayeron en saco roto y los esfuerzos para avanzar sin liarnos un canuto resultaron igualmente inútiles: nos venció la debilidad y al final llegamos al local con retraso, y con el juicio bien quebrado. Pensativo y con cara de no haber roto un plato, Mudéjar esperaba sentado en el mármol del local con la moto aparcada entre dos coches. Levantamos la persiana y pasamos adentro. Salitre se fue a por bebida y volvió con siete u ocho litronas. Pablo pretendía poco menos que comentar la jugada, pero Mudéjar no era dado ni a la autocomplacencia ni al análisis. ¿Cuántas piezas aprovecharás para tu moto?, preguntó Pablo. La mayoría, respondí yo, la moto está nueva. Que va. Menos de las que me gustaría, dijo Mudéjar haciendo caso omiso a mi intervención. Tengo muchas piezas comprometidas

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para vender. Mi moto no es una prioridad, en comparación con la pasta. O sea que habrá que volver a la guerra. Ya se verá, dijo Mudéjar. Acércame la botella, Salitre, que me raspa la garganta. Bardina despiezó la moto en tres tardes. Por las mañanas, explicaba Pablo, Mudéjar acudía al local, seleccionaba piezas y las precintaba en cajas de cartón, y por la tarde repartía el beneficio entre Salitre y Bardina, el cual no tardaba en invertir sus honorarios en cerveza y matute. Cuando la moto quedó reducida a un montón de tuercas, tubos, cables y gomas, fuimos al puente ferroviario del Llobregat. Desde allí, Bardina y Salitre arrojaron el chasis, y exclamaron al unísono: ¡aaaaaaal agua pato! ¿Os cuadran los números?, preguntó Pablo. Por supuesto, respondió Salitre. La moto estaba en mejor estado de lo que creíamos: llantas y neumáticos nuevos, motor recién carburado, un sugus. Podríamos irnos de fiesta a la montaña, propuso Bardina. Podemos invitar a la peña y celebramos la Navidad. ¿La Navidad?, rugió Salitre. Lo de la fiesta me parece bien, pero el motivo... ¿Y por qué no festejamos lo que sea aquí, en el local y nos ahorramos el frío?, terció Pablo. Designado como organizador, Bardina se dirigió al centro cívico, convocó a su gente y a las tres horas una veintena de colegas se concitó en el local. La mayoría no estudiaba ni trabajaba, y se

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pasaba el día colocado en la bancada del parque trasero del centro cívico. Y, los pocos que tenían empleo financiaban a los que no tenían dinero para que disfrutasen del humo, asfixiados por las deudas contraídas con los camellos. Días como aquellos se olvidaban las penas y se ensalzaba la fraternidad. Privaron y fumaron tres veces más que Pablo y yo juntos, de modo que al final de la tarde, la mayoría yacía esparramada sobre los colchones arañando el coma etílico. Cuando Salitre, Bardina y yo nos dispusimos a recoger, me percaté de que Pablo no se había apartado un instante de Mudéjar, mientras yo había entablado una picante conversación con un tal Quique, alias el Francotirador, el cual, entre otras cosas me había confesado su vocación primero de gigoló y después de crupier. Me acabo de enterar que podrían surgir problemas, dijo Pablo. ¿De qué tipo? Al parecer, el pijín ese, el dueño de la moto, se ha enterado de que ha sido Mudéjar. ¿Y también sabe dónde se guarda la moto? ¿Qué moto? ¿Pues qué moto va a ser? Su moto o lo que queda de ella está en el río. Ya se arreglará Mudéjar. Tú y yo no sabemos nada de nada, ni hemos hecho nada.

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24 Bautismo multicolor Pese a que ni Pablo ni yo guardábamos un interés especial en caer en gracia a la banda de Marianao puesto que sólo nos interesaban Mudéjar y sus adláteres, la mayoría se empeñó en que debíamos someternos a una suerte de bautismo para ser oficialmente aceptados. La ceremonia se fechó para una noche tan especial como la de fin de año, y el lugar escogido fue la casposa macro discoteca Garçon. Lejos de superar un conjunto de pruebas, o cumplir un ritual esotérico, la iniciación se redujo a ingerir un ácido y esperar a verlas venir. Como ante cualquier otra droga sintética, mi reserva se fundaba en el desconocimiento de lo qué tomaba, en qué dosis y por quién había sido elaborada. Pero si me convencía, enterraría el miedo por mucho que los anuncios de televisión me bombardearan con sus consecuencias sobre mis neuronas. Sabía que con el ácido corría el riesgo de quedar atascada en mitad del viaje y no regresar. Entonces circulaban leyendas urbanas acerca de éste o aquél, que se había quedado colgado. De mi quinta aun no vi a nadie así, pero entre la generación que nos precedía se contaba alguno que otro: sólo era una cuestión de tiempo. Aquella noche, sin embargo, el cuarto de ácido me sentó la mar de bien, henchida de la confianza que me insufló Pablo endosándose el doble que yo. No dejé de troncharme en toda la noche, y sólo me llegó a preocupar pasajeramente la incontrolable producción de mis lagrimales, y la consecuente mancha negra de rimel esparcida caóticamente sobre mis ojeras. Cualquier ocurrencia o persona que desfilase ante

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nosotros pasaba a ser pasto de nuestra hilaridad, bajo el riesgo probable de que se acabase molestando y hasta exigiendo disculpas, cuando no dando un empujón si se trataba de un gallito, que respondíamos con más risas y algún que otro capón de parte de mis camaradas matones. ¿Qué? ¿Hemos superado la prueba?, pregunté a Bardina con sorna. Claro, Alejandra. Ya te vale. Pero si sólo es una excusa para pegarnos la fiesta, mujer. Oye, dije alzando el tono en el instante en que bajó el volumen de la música y mi voz sobresalió accidentalmente, aquel de allá, no sé cómo se llama, parece que no se encuentra bien. Ah, Mateo, siempre que se mete algo le pasa lo mismo. Le entra la pena y se hunde en la miseria. Es muy aprensivo y le da porque se va a morir o cosas así. ¿Siempre que se come un ácido o le pasa también con la cerveza? Sí, siempre que se toma dos copas y se pone hasta arriba. Pasa de él. Entonces, si le hicieseis el bautismo, me parece que no lo superaría. ¿Cómo?, preguntó Bardina sin saber de qué le hablaba. Me acerqué donde estaba Mateo. Llevaba una melena negra, larga y lisa; arriba una blusa de seda blanca de imitación con ribetes bordados, bajo un chaleco negro de raso que debió pertenecer a su abuelo. De cintura para abajo, iba ceñido con unos pantalones

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negros, rematados con unas botas acabadas en punta. Todo él me pareció un indio sioux. ¿Te encuentras bien? Nada bien, respondió con voz pastosa. ¿Qué te pasa? Que, qué me pasa. Pues que mi vida es una mierda, que yo soy una mierda, y que este tripi es una mierda también. Además tengo molestias en la espalda, un tumor maligno me está jodiendo vivo. Anímate, hombre, dije haciendo esfuerzos sobrehumanos para contener la risa. Vamos, anímate a tomar una copa, a bailar, venga, vamos a hacer algo. ¡Que no puedo, coño!, exclamó lloriqueando. Si no fuera porque Pablo y Mudéjar acudieron en mi rescate, con sólo cinco minutos más, la negatividad de Mateo habría acabado por contagiarme y poseerme por completo. Es buen tipo, pero un aguafiestas con una capacidad radiactiva para diseminar su derrotismo, dijo Mudéjar con el rostro inmaculado, orgulloso de ser el único que además de volar, mantenía un pie en el suelo que le permitía pensar cómo y cuándo robar otra moto y cuánto dinero ganar. Sólo le delataba un parpadear exacerbado, como si un ventilador gigante le propulsase su viento a un palmo de la cara. Mudéjar se acercó a la piña que formaban Bardina y Salitre y yo me quedé a solas con Pablo. ¿Te das cuenta de que casi todos visten prendas de la misma marca?

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Me costó centrarme, porque desconfiaba que aquella pregunta tuviera trampa, aprovechando la distorsión ocasionada por el ácido. Así que respondí mecánicamente, a la espera de una burla de Pablo. Sí, lo veo, aunque no sé cómo has sabido que todas las prendas son de la misma marca. Pareces una mujer, Pablín. Todos visten de Hugo Boss. ¿Qué pasa, que a Marianao también llegan camiones de ropa? No, aquí se lo montan bastante mejor. ¿También se encarga Mudéjar de todo esto? No, se encarga Quique, el Francotirador. Obsérvalo. Hablé con el Francotirador en el local, pero no había hecho ninguna referencia a la ropa, más que confesarme que su frustración era no haber podido estudiar para modisto. De toda la tribu era el que lucía un estilo más sofisticado. Pero en cuanto a su puesta en escena, la cuestión difería. Se comportaba como un playboy solitario, pese a estar rodeado de sus colegas. Hacía incursiones en la pista como el cormorán en el mar, donde husmeaba, picoteaba y mordía. Si no triunfaba, regresaba a su escondrijo, meditabundo, y luego se pegaba un bailongo. Y vuelta a empezar. A mí también me repasó con descaro aquella noche, pero no debí hacerle mucha gracia, o se hizo el interesante recalcando su desinterés. Trabaja en los almacenes de Hugo Boss, en Barcelona, desde hace un par de años. Justo el tiempo que ha necesitado para meterse a su jefe en el bolsillo con su quehacer intachable. No hace mucho le han hecho jefecillo de sección. Y, desde que tiene llaves se encarga

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él mismo de sacar el género, a veces de día, manipulando albaranes, a veces de noche, poniendo denuncias de robo al día siguiente. Otro buscavidas como Mudéjar. El Francotirador no hace negocio, el Francotirador sólo folla. Entre medio, vende ropa a sus colegas a precio de saldo para pagarse sus caprichos. Ese de ahí no va de Hugo Boss, ¿no?, pregunté a Mudéjar, que se acababa de incorporar y desconocía de qué hablábamos Pablo y yo. ¿Qué? ¿Quién? Aquel de allí, ese que parece gitano. Vale, Adolfo. Vigila que eso es más peligroso que una caja de bombas. El verano pasado, le asestó dos navajazos en el culo a un tipo. Está con la condicional. Uf, ¿sabes una cosa?, pregunté a Pablo. Empiezo a estar cansada. Yo también voy bajando, ¿nos vamos? Mudéjar, ¿qué haces? A mí aun me quedan pilas para rato. ¿Nos despedimos de la gente? ¿Te has vuelto loca o qué? Pusimos rumbo al local para echarnos a descansar sobre los colchones. En el camino, Pablo dio un giro radical a su trato hacia mí y acortó la distancia que había impuesto durante toda la noche. Parecía empeñado en hacerme creer que yo era la persona más importante de su vida. ¿Piensas que algún día encontrarás tu pareja ideal?

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No, respondí, pensando en mis padres. ¿Tu sí? Quien sabe, respondió como si ya no le interesase, como si quisiese esconder una respuesta inevitable. Caminar al aire libre nos hizo creer engañosamente que nos habíamos librado de los efectos del ácido. ¿Te has percatado que todos los coches que pasan son rojos? Hombre, es casualidad. Sí, sí, casualidad. 25 Patada, navaja y pistola En comparación con la mansedumbre que ostentaron los de Marianao durante la noche de fin de año, en las primeras semanas de 1992 retomaron su filosofía de músculo y sangre. La siguiente fiesta a la que nos invitaron fue el aniversario de Bardina. Salvo Mudéjar, Pablo y yo misma, los primeros en llegar a Garçon repitieron con ácido. Al poco, Bardina la emprendió a empujones con un individuo a cuya novia acababa de intentar conquistar infructuosamente. Gruñeron, se encararon y forcejearon, pero Bardina aflojó a tiempo cuando llegaban los gorilas de seguridad y, secuestrado por las dulces sensaciones del tripi, recuperó las constantes para volverse meloso y conciliador: los contendientes se fundieron en un abrazo decadente, que me provocó vergüenza ajena. Desconfiando de todo ello, Mudéjar indicó que la riña abortada la había iniciado Bardina con unas burlas sobre las tetas de la novia. Su merecida fama de agente provocador me asqueaba profundamente. Era como un

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defecto de fabricación que en absoluto congeniaba con su personalidad, y que se hacía hegemónico cuando había droga de por medio. Mudéjar avistó sobre el mar de cabezas bailantes la arribada de la segunda tongada de los de Marianao, y vino donde estábamos Pablo y yo para advertirnos que no perdiéramos detalle, como si de un inusual fenómeno atmosférico se tratase. Como un escuadrón de la muerte, avanzaban entre la multitud con Adolfo y el Francotirador a la cabeza, abriéndose paso a empellones. Por la sangre de Adolfo corrían el odio y la violencia a borbotones. Para el Francotirador, abanderar aquel tropel de energúmenos era otro modo de publicitar su imagen. Marchaban con rostros serios y satinados como si se hubieran embadurnado con manteca de cerdo, ojos como platos y pupila dilatadas, mandíbulas desencajadas, seriedad intimidante, componiendo un retablo de intimidación y belicosidad, eso sí, a santo de nada. Cargados hasta las cejas de speed, hallaron en la riña de Bardina la luz que les redimiría. Por mucho que insistiésemos en que todo había acabado, no atendían a razones. Pablo intercedió junto a Mudéjar, pero aquel estado de furia colectiva se retroalimentaba por el mero hecho de dar vueltas a la misma cosa. Ya estamos otra vez, dijo Mudéjar con resignación. Ayer porque un julay los provocó, hoy porque a uno de los nuestros se le va la castaña. Pues ese tipo no tiene pinta de acoquinarse, y sus socios parece que tampoco, apuntó Pablo.

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Lo sé, los conozco, pero somos bastantes más, y supongo que se acabarán cortando. Mudéjar se equivocó. La bulla se trasladó a la calle, arrastrando consigo una treintena de espectadores morbosos, a los que se sumaron más espontáneos. En primera línea no estaba Bardina, que, con las llaves de Pablo, se había retirado con un ligue al local, sino Adolfo y su adversario reeditando un odio tan irrisorio como peligroso. Adolfo estaba transformado y su rival parecía hecho a su medida. Salitre y el Francotirador se ocupaban de que los acompañantes del rival de Adolfo no soltaran los puños. Mateo apenas contenía las lágrimas. Adolfo anda muy nerviosito, dijo Pablo. Pues por la cuenta que le trae, ya le conviene que lo tumben de un secante, dijo Mudéjar. ¿Cómo podemos evitarlo?, preguntó Pablo. Nada, esperar. Como te metas en medio, de fijo que pillas. Cuando Adolfo se calienta sólo ve gigantes, como en los dibujos del Quijote, y cuando va hasta el culo de anfetas como hoy, hasta yo le zurraría. Una caótica aglomeración se apiñaba en torno a lo que ya era un intercambio de patadas, arañazos y puñetazos errados. Por eso se nos escapó el gesto veloz de Adolfo al sacar su navaja y hundirla en el muslo de su oponente. Multitud de testigos presenciaron el tajo, de modo que cuando el cabo Salmerón y el teniente Ruipérez y tres agentes más neutralizaron a Adolfo y se lo llevaron esposado y sollozando como un cerdo que intuye la hora de la matanza,

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supimos que esta vez Adolfo iba a pasar unas largas vacaciones en prisión. Siempre fui reacia a presenciar peleas. Me invadía un decaimiento físico y un pesimismo capaz de hundir mi ánimo por horas, las imágenes se me grababan en la retina y hasta en el estómago. Pablo disfrutaba hasta el grado que parecía encontrar una fuente alternativa de excitación. Yo trataba de disuadirle, a veces empleando las peores armas de mujer, recordándole la ternura que recibía de sus gatos en contraposición a su ramplonería ante una refriega. Pero las peleas cuerpo a cuerpo estaban a la orden del día y las batallas campales formaban parte de la misma moda que los robos de motos, y Pablo adoraba la vanguardia. Pandillas de skinheads, una temeraria banda punkies borrachos capitaneados por el Reventao, los no menos desaprensivos niños bien que no actuaban bajo ningún otro rótulo reconocible que la violencia por la violencia, y otras agrupaciones no adscritas a ideología o clase de Ciudad Cooperativa, Casablanca o el Gato Negro, que repartían palos como quien reparte caramelos. Ahora bien, cuando aparecía en el horizonte la banda del Sandalia, se daba una estampida general, surgían pacificadores patéticos entre los combativos, como si el mismo demonio hiciese acto de presencia, porque nadie dudaba de la crueldad de unos tipos que se enorgullecían de no tener nunca nada que perder. Sólo excepcionalmente, surgían individualidades anónimas con una capacidad bélica insospechada, que no sucumbían a habladurías ni a los héroes del momento.

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La noticia de que Adolfo había ingresado en prisión no tuvo un efecto aplacador. Mientras los contadores de telediarios, periódicos y rótulos digitales restaban días para la inauguración de los Juegos Olímpicos, en nuestras calles aumentaba la violencia sin causa aparente. Un domingo por la tarde, en febrero, Pablo y yo recalamos en Plaza Catalunya, donde Nuria me esperaba, porque me había insinuado que debía confesarme algo muy importante. Allí nos presentó a su nuevo fichaje, que Pablo ya conocía, apodado el Uruguayo, por su tez oscura y sus rasgos indígenas pese a ser catalán. Acababan de alquilar una película en el videoclub y nos propusieron verla juntos. Estábamos decidiéndonos cuando Lunita apareció, encorvado y correteando como un lobo solitario. Hacía meses que no lo veía y su acusada desmejora física contrastó con la imagen que tenía de la última vez. En sólo seis meses la heroína había transformado a aquel hombre guapo y fornido en una birria. Sin ton ni son, le dio por guasearse de Nuria de un modo intimidante y grosero. Como ésta no le dio cuartel, Lunita la tomó con el Uruguayo, ignorando la familiaridad de Pablo, que con mucho tacto lo conminó a retirarse al barrio junto a nosotros donde le conseguiría una papelina. Pero Lunita tenía el orgullo herido, así que Pablo dio un paso al lado. No entiendo el magnetismo del Uruguayo hacia las peleas, te lo juro, susurró Pablo. ¿Qué quieres decir? Pues que es buen tío, pacífico, no se mete con nadie y sin embargo siempre anda envuelto en fregados. Pero cuidado porque

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nunca he visto a nadie que le levante una mano sin que le llegue un jetazo de vuelta. O mejor dicho, tal como se la levantan... Lunita lo estaba increpando con una mano levantada y señalándolo con dos dedos. El Uruguayo llevaba bajo el brazo la película de video, le incomodaba y rogó a Pablo con sangre fría y aparente calma que la sujetase. Acto seguido el Uruguayo le propinó un sordo mandoble a Lunita entre el labio superior y la nariz. Bamboleante, Lunita resistió en pie con la misma inestabilidad que un castillo de naipes esperando un huracán. ¿Te aprovechas de mí porque estoy borracho?, balbuceó Lunita, palpándose el labio ensangrentado. El Uruguayo no respondió. Retrocedió dos pasos, y volvió a embestirlo con una fuerte patada dirigida al cuello. La coz no alcanzó su objetivo porque el Uruguayo resbaló y cayó al suelo, justo a los pies de su contrincante. Nuria lloraba de pavor, porque ahora el Uruguayo tenía las de perder, indefenso en el suelo. Pero Lunita, temblando de miedo, hizo lo posible por desembarazarse del hombre que tenía a sus pies como si un centenar de víboras se deslizaran entre sus tobillos. El Uruguayo se irguió de un salto, se sacudió el polvo de los pantalones, recuperó la cinta de vídeo de manos de Pablo y estrechó a Nuria por la cintura, la cual, recuperada del susto, lo miraba con los párpados entornados y expresión de adoración. El percance me impidió saber lo que con tanta urgencia Nuria quería desembuchar. Supongo que cuando esto llegue a oídos del Sandalia o Lucas, peligrará la integridad del Uruguayo.

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No lo creo, dijo Pablo. Igual ni se enteran. Son gallitos, tienen su amor propio, y Lunita no querrá convertirse en el hazmerreír y reconocer que le ha achantado con un solo derechazo. ¿De verdad? No te creas, también tienen sus propias reglas. En el fondo ha sido Lunita quien se lo ha buscado, y quien se lo ha encontrado. Uno contra uno, sin trampas. Que se joda, le está bien empleado. ¿Vamos tirando?, pregunté. Vale, yo voy al local. Al local, ¿para qué? Es tarde y hace mucho frío, mañana es lunes y en casa no está el horno para bollos. Sólo es un momento, mujer. Te enseño una cosa y luego cogemos un taxi. Me enfadé conmigo misma por la fragilidad de mi voluntad. Me intrigaba saber de qué se trataba y al mismo me enrabiaba mi incapacidad para decir. Pablo subió la persiana, prendió una vela y se fue al depósito de una moto medio despiezada y extrajo un bulto envuelto en un paño de algodón. Mira que preciosidad. ¿Es de imitación? ¿De qué? Es una Colt, vigila que está cargada. Pero, ¿de dónde has sacado esta pistola? Eso es lo de menos. ¿Te hace probarla? Ya había olvidado por completo que en casa me esperaban y no reparé en avisar desde una cabina telefónica. Desde el local no

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tardamos en llegar a un descampado a mitad de camino entre la Ciudad Cooperativa y la Colonia Güell. ¿Piensas disparar a alguien?, pregunté. Espero no tener que hacerlo. Sabes que a veces llevo mucho dinero encima, y me han sugerido que vaya preparado para un eventual atraco. Tómala. Me impresionó el peso. También la obviedad de que servía para matar. Cuando apunté al cielo y apreté el gatillo, sin embargo, nos miramos a la cara sorprendidos del extraño sonido de la detonación. Y es que en lugar de una bala de verdad o de fogueo, la pistola estaba cargada con balas de gas lacrimógeno. Una nube irrespirable nos asfixió y tuvimos que salir de allí pitando, tosiendo y riendo. 26 La dama blanca Una gripe me retuvo en cama tres días, los primeros, reparé, en que abrazaba la lucidez tras un año y medio flotando sobre una nube de hachís, de la que sólo descendía durmiendo en noches placenteras vacías de pesadillas. Cuando me repuse, mi madre me pidió que la acompañara al mercadillo, donde estuvimos toda la mañana paseando sin buscar nada en concreto. Quería estar a solas conmigo porque había sentido campanas de mis malas compañías. Se deshizo en esfuerzos por no contrariarme, con la mezcla de zozobra y de incredulidad propia de una madre que se resiste a asumir que su hija camina por la cuerda floja. Y eso que bastante tenía la mujer con

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soportar a mi padre. Quizá se culpabilizada por haberse despreocupado de mí, de nosotros, porque su amante le robaba el corazón, el pensamiento y el tiempo, como Pablo a mí. No creo que de haber estado más atenta hubiera variado el curso de los acontecimientos. No se trataba de decidir ante una encrucijada en un momento trascendental, sino que las cosas se desenvolvían poco a poco, se embrollaban y cada vez era más difícil determinar en qué momento, si es que lo hubo, algo se torció de verdad. Percibía la el denuedo de mi madre para salvar el muro que se interponía entre nosotras. Yo ya no tenía remordimientos de conciencia por faltar a clase, ni me preocupaba mi defenestración de la categoría de estudiantes ejemplares para alistarme en el rebaño de los extraviados. Todavía me sigo preguntando qué derecho tiene nadie en proyectar expectativas sobre otro por el mero hecho de ser más mayor. A falta de un diálogo de igual a igual y viendo que en última instancia mi madre se conformaba con pasar un rato conmigo, pasé a la ofensiva y le pedí que me explicara cómo se encontraba ella y también, de paso, su amante. Con lágrimas en los ojos, se limitó a responder que todo estaba bien y nada más. Definitivamente, había fracasado en su intento de acercamiento, y yo no había soltado prenda, entre otras cosas porque me sabía dueña de la situación además de constatar que la presunta franqueza que nos unía en otros temas era ficticia. Después de comer, estuve cumplimentando facturas de mi padre y, con mi semanada en el monedero, me personé en casa de Pablo. Me había invitado a tomar café, algo inusual porque

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últimamente nos encontrábamos en el local, a pesar de que nos fuese más fácil bajar juntos desde el barrio; en esos detalles tan anodinos era donde Pablo siempre mostraba su lado más escurridizo. Como dejó entreoír en el tono de la llamada, encontré a Pablo apurado, estado que no simuló ni ante su hermana ni ante su madre. ¿Ocurre algo?, pregunté al cerrar la puerta de la habitación. ¡Chisst! Baja el volumen que Oscar tiene puesta la antena. ¿Cómo ha ido esta mañana por Can Tunis? El viaje en sí muy bien, sin incidentes. Sin embargo, cuando he vuelto no he podido entregar el paquete de vuelta al Avispa. No había nadie en su casa. ¿Qué piensas hacer? Nada, esperar, ¿qué hacer sino? Eso sí, mientras esperamos, quiero enseñarte algo. Pablo, te lo ruego, no quiero ver más pistolas. Descuida, que esto mola más que una pistola. Pablo asió la bolsa de deporte con la que solía desplazarse a Can Tunis y de un compartimento interno sacó un paquete envuelto en papel de embalar idéntico a una pieza de arcilla. Despegó cuidadosamente el precinto adhesivo, abrió el paquete por una esquina, arañó una roca del tamaño de una canica y selló el paquete deshaciendo los mismos pasos. Resultaba imposible detectar la manipulación a no ser que el peso estuviese cuantificado al miligramo, pues el exterior del paquete lucía tan estropeado que se diría que había viajado medio mundo por correo postal ordinario.

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Descuida, dijo Pablo. Lo he abierto en otras ocasiones, no corremos ningún riesgo. No hay tanto control como imaginas. Cuando el paquete contiene dinero conviene dejarlo como está porque los billetes se contabilizan a mano y a máquina, uno por uno; es sagrado. Cuando el paquete contiene polvo hay margen, y lo que falta ya se encargan de reemplazarlo con lactosa o con cualquier mierda laxante. ¿Cómo distingues una de otra? La heroína es amarronada, la coca blanquecina, a veces amarillenta. Con estos atributos que me recordaron a los de la clasificación de minerales, me fue presentada oficialmente la dama blanca. Nunca supe con seguridad si al igual que yo, Pablo debutó asimismo ese día. Desde luego que pretendía persuadirme de ello, pero no le creí. Sin embargo, cuando aun desconocía las consecuencias que iba a acarrear la dama blanca, la primera raya, que Pablo perfiló con maestría, fue inolvidable hasta el punto que en todas las que vinieron después no busqué sino recuperar las sensaciones que me brindó aquella primera. Durante veinte minutos se apoderó de mí una euforia celestial, un placer que se multiplicaba por cada palabra que pensaba y pronunciaba, un estado general de bienestar, y hasta remitió el dolor crónico de mi hombro derecho que arrastraba por culpa del balonmano. Me asaltaron unas ganas irresistibles de charlatanear y de moverme, de bailar y de perpetuar la fiesta hasta el fin de los tiempos. Lo único que eché en falta fue las ganas de reír. Tenía sentido del humor, pero no la soltura para sonreír,

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inmutabilidad que experimenté después de que Pablo admitiera que su miembro se había encogido y endurecido como una avellana. Pablo preparó otro fideo, esta vez más largo que ancho, y partimos hacia el local a paso ligero cuando no al trote. Sólo cuando dejamos atrás la portería me percaté hasta qué punto mi compañero iba pasado de rosca, pues se quedó embobado mirando el balcón del Avispa como un alumno retrasado frente a una pizarra repleta de derivadas y logaritmos. ¿Se puede saber qué buscas en casa del Avispa? ¿No hemos quedado en que no hay nadie? No respondió, pero recobró el sentido común, si es que el estado en que nos encontrábamos podía ser considerado normal, pues pese a la gelidez de aquella tarde de marzo, mis manos exudaban sudor frío mientras mis pies ardían como si reposasen en carne viva sobre un brasero de carbón. En un arranque de responsabilidad, reducto de haber pasado la mañana con mi madre, me metí en una cabina telefónica y hablé con mi hermano, al que advertí que llegaría de madrugada. Pero si sólo son las cinco, ¿cómo sabes que llegarás tan tarde? ¿Se lo dirás a mamá cuando se levante de la siesta, o no se lo dirás? Pero, ¿qué excusa me invento, qué rollo le cuento?, preguntó enrabiado por el mero hecho de hacer de mensajero, privándole de ejercer de hermano mayor.

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Yo qué sé ya con tanto pero. Pues dile que una costillada en el monte, o el cumpleaños del novio de Nuria. César, dile lo que quieras. ¡Hasta luego! Ni yo misma fui consciente de la ferocidad con la que traté a mi hermano, envalentonada por la dama blanca. Nada más llegar al local, pusimos “El blues de la frontera”, de Pata Negra con la función repeat y nos entregamos en cuerpo y alma a la dama blanca como si en ello nos fuese la vida. La decoración del local había mejorado por la gracia de Salitre: tres alfombras beréberes cubrían el suelo, dos lámparas de velas cristal ocre desprendía una tenue y acogedora iluminación. Me acerqué al incensario que había sobre la mesa y prendí una barra. Entonces Pablo enunció las reglas del juego, a saber: primero, no deseábamos estar de otra manera a como estábamos, es decir, renunciábamos a toda clase de compañía. Segundo, debíamos retirarnos a tiempo, porque ambos odiábamos la luz del amanecer, y lo último y más importante, no abusaríamos de este fruto prohibido más que en fechas señaladas. Al cabo de un rato, mi plenitud se adobó con una incontrolable tracción de lengua y mandíbula, y una pulsión por acortar el intervalo entre raya y raya. Pablo aparentaba estar en mejores condiciones que yo. ¿Sabes? En Bosnia se acaba de celebrar un referéndum y ha ganado la independencia por goleada. Eso es bueno, ¿no?

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Depende de quién lo mire. Para los serbios de Bosnia es una amenaza, una ofensa que llega hasta lo más hondo. Para los musulmanes, una salvación. ¿Y tú cómo lo ves? Ya sabes que siempre me pongo de parte del más débil, así que sin ánimo de ofender a los serbios, me decanto por los musulmanes. ¿Pero quién tiene más culpa? Me parece que es tarde para discutir eso. Se han empezado a contabilizar crímenes en ambos bandos. Todos buscan al primer culpable, como si necesitaran una causa justa para justificar lo que está por venir. ¿Qué está por venir? ¿Qué no, quién? Es el Diablo. Allí impera el caos, y ese es el hábitat natural del Diablo. En nada y menos se colará en la mente de los ciudadanos y de los soldados y de las milicias. A unos los castigará con la muerte, a otros con el afán de matar. ¿Quieres que te cuente un secreto? Sí. Pero antes un buen clenchote, por favor. Érase una vez, muy lejos de aquí, allá por las estepas, maté al Diablo, dijo Pablo. ¿Se puede saber por qué motivo? Dímelo tú. Porque eras un domador de leones de un circo imperial y cada noche se zampaba a una de tus fieras. Exacto. ¿Cómo lo has adivinado? Porque yo estaba allí y lo vi con mis propios ojos.

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¿Qué pasó después? Que años después regresó porque ya se sabe que el Diablo nunca muere, sólo se retira a descansar y a esperar a que mermen nuestras fuerzas... Pablo se cansó de fabular, como si la fábula hubiese perdido su efecto anestésico sobre su conciencia mientras la mía seguía inexorable por vericuetos, no buscando un sendero, ni un enclave, ni siquiera un amante, sino buscando más cocaína. De súbito, Pablo aplicó la quinta ley: él era imprevisible, lo que prevalecía sobre todo lo demás, y de acuerdo con eso, se volvía a casa sin más explicaciones. 27 Evasión y depresión Hace dos mil años, en el Creciente Fértil, abrió Pablo tras empolvarse la nariz, yo era un halcón albino. A través de un cielo diáfano invernal, planeaba desde una cima cuando fui alcanzado por una flecha. Me desplomé, me capturaron y me encerraron en una capazo de mimbre. Languidecí durante veinte días y al abrir los ojos todo estaba a oscuras. Amnésico por el impacto contra el suelo, olvidé mis orígenes, mi razón de ser, y mi alma se enturbió. Cuando pude entrever el exterior, concentré mis mermadas energías en urdir el modo de aprovechar el menor descuido de mis carceleros. Lo aproveché y aunque ignoraba dónde me encontraba, alcé el vuelo. Y batí mis alas hasta dejarlos atrás, pero como estaba desentrenado descendí penosamente sobre una duna. Constaté que no era

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cansancio, sino la tierna cicatriz de la flecha que me aquejaba, se había resentido y supuraba una linfa amarilla pegajosa como la resina. Extenuado, me hice el cargo que sería un manjar de las hienas cuando apareciste. Yo era una anciana de 120 años, con un estropajo canoso por cabello y piernas de vidrio, añadí. Caminaba por la arena del desierto tras la pista del agua, descubriendo pozos, bendiciendo ríos secos para que volvieran a llorar. A cambio, los beduinos me servían un plato de comida, y bueno, quizá no era tan vieja. Claro que no, tenías la misma edad que yo, y eras un águila condenada a ser una vieja errante por un hechizo escabroso de los mismos malvados que robaron mi libertad. Tu maldición te había robado la juventud y cada día envejecías como si fuesen diez años. Yo te pregunté: ¿cuál es tu oficio? ¿De dónde vienes? ¿Dónde vas? Soy zahorí y viajera, y con eso te basta. Las viajeras genuinas nunca revelan donde estuvieron, ni a quien conocieron. ¿Harás una excepción con este triste halcón y me explicarás la última maravilla que han visto tus ojos? He coronado el pico de una montaña de lapislázuli con forma de volcán. ¿Me llevarás hasta ella? Obligatoriamente. Si deseas que te proteja mientras no puedes volar, tendrás que atravesar la montaña, romper lo irrompible. Para curarte. ¿Para curarme?

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Querido halcón. Ya no somos niños, esta partida va en serio y, pese a que si lo intentas, con toda probabilidad ganarás, cuenta que la derrota ansía tenerte entre sus brazos. Todo tiende a la derrota aunque nos obcequemos en lo contrario... ¿Tan larga es la distancia hasta llegar a la montaña, no podría cavar un túnel con mi pico que me condujese hasta la base del metal oro? Olvida la distancia, olvida el túnel, olvida la pereza y la picardía. El asunto no es baladí. Es la salud de tu alma, sus deudas y sus vicios, sus costumbres y sus penas. Todo eso es peor que las sabandijas del desierto que custodiaban tu jaula. Oye vieja, ¿estás segura de que no confundes mis circunstancias con mi persona, lo trascendente con lo inmanente? ¿Acaso insinúas que soy algo más que un pobre desgraciado que ni siquiera reúne energías para volar, para alzar un último vuelo desde el que me pueda desplomar y poner fin a todo el sufrimiento? Vamos, no caigas en el desánimo, cobarde. Eres tú quien lo pinta crudo. ¿Qué viene después de atravesar la montaña? Otra montaña. ¿Y después? Después viene el árbol de la soga, la soga con la que has de salvar el arroyo. ¿Al estilo de Tarzán? Al estilo de Tarzán. Sonríes, pero deberías llorar. ¿Por qué?

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Porque deberás hacerlo de noche, a ciegas, y te aseguro que si caes no lo contarás. ¿Y cómo localizaré el árbol? Y su soga ¿es segura, o amaga una trampa? La copa del árbol reflejará la cara de la luna. ¿Y qué haré al otro lado del río? Irás a visitar a un sastre. ¿Para que me haga un traje nuevo? ¿No basta con mi plumaje? Idiota. Necesitarás un sastre para que te libere de la cota de malla que te asfixia y de la cual se engarza el lastre. Y no creas que será coser y cantar, nunca mejor dicho. La cota de malla está pegada a tu epidermis, y no sale con bisturí, sino mediante punciones dolorosas. Entonces iré cargado de hachís para hacerlo más llevadero. Ya te gustaría, halcón, pero cómo fumarás con ese pico. Confórmate con zambullirte en el agua, así se reblandecerá la cota... ¿Después del sastre, reanudaré el vuelo? ¿Seré libre? Sólo sentirás que estás en el camino, pero aun será de noche. Vuela con ojo avizor, ármate de paciencia que nada se otorga de forma inmediata. Échate a descansar cuando te deslumbre la luz de oriente. Al cabo de cuatro horas, la energía que nos sostenía se disipó entre las paredes del local y sentí que me había inmunizado a la dama blanca. Estábamos ojerosos, afónicos, sudorosos. Mientras habíamos estado sumergidos en nuestra imaginación, yo había vuelto a comprobar que me era imposible reír con naturalidad, así

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que lamenté que hubiéramos expulsado el humor de nuestra relación, como ya lo había hecho yo, particularmente, del resto de mi vida. Los únicos momentos parecidos al júbilo, se sucedían tras el anuncio de una raya. Cuando tanteaba el estado deplorable de mi alma, Pablo sacó de paseo el estado de ánimo que en ese momento le embargaba, radicalmente opuesto al de hacía sólo un rato. Te juro Alejandra que me arrepiento de haberme metido tanta porquería. Estoy muy decepcionado conmigo mismo. Esta es la última vez que me drogo. Ahora verás. Fue al baño y arrojó al retrete el sobrante de la roca que había sacado del paquete del Avispa. ¿Vamos tirando hacia el barrio?, pregunté cuando me disponía a tirar de la persiana. Sí, vamos a descansar. Joder, pero si son las seis y media de la mañana. Se estará haciendo de día. Lo siento Alejandra, pero yo me quedo. Mientras yo bajaba la persiana vi cómo Pablo se desplomaba sobre el colchón. Al verme sola en la calle, me sobrevino un abatimiento plomizo y unas ganas incontenibles de llorar. Escalando la ronda San Ramón me crucé con deportistas madrugadores, panaderos, barrenderos, transportistas. También me topé con cuadrillas de trasnochados que se encontraban en un estado parecido al mío o incluso peor, pero lejos de consolarme, los maldije.

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A mitad de la cuesta, un coche se detuvo a mi altura con un brusco frenazo. El conductor bajó la luna ahumada del acompañante, silenció el volumen y preguntó: ¿Te llevo a casa? Sí, pero no corras Quique, tengo el vientre revuelto y la cabeza del revés. Supongo que no querrás que vomite en el salpicadero, dije al abrocharme el cinturón de seguridad. Anda sube, si no hay tiempo ni espacio para correr, repuso el Francotirador. Impecable y perfumado, se diría que Quique acababa de salir de la cama, si no fuera porque las mandíbulas se le podían desengarzar del cráneo en cualquier momento así como los ojos de la cavidad ocular. farfullaba a la velocidad de la luz y se trabucaba y, bajo la música, yo no entendía nada ni hacía intentos por entender. Farfulló algo mirándome a los ojos, y volvió a insistir, pero me fui imposible comprenderlo. ¿Puedes quitar la música? Me duele la cabeza no sabes cuanto. Digo que si nos vamos a un hotel. Conozco uno en Sitges, en primera línea de mar, limpio... ¿Pero qué coño dices, Quique? Te prometo por mi padre que en paz descanse que Pablo no se va a enterar nunca. Por mi no será Seguro que es lo mismo que dices a todas tus guarriondongas, debe de ser infalible. Pero yo estoy para el retiro, y cómo no aparezca ya por casa, mi madre es capaz de llamar a la policía. Se me ha ido la cabeza, ¿comprendes Quique?

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No te preocupes mujer. Qué más da llegar a las siete que a las nueve. Vamos, anímate que llegamos a Sitges en cinco minutos. Aparcó en la puerta de mi casa en doble fila. Se quedó un momento pensativo, evaluando si merecía la pena insistir o aceptar la derrota. De súbito se le compungió la cara y estalló en un sollozo que me obligó a subir la luna del coche para que el llanto no llegara al vecindario. ¿Qué te pasa?, pregunté harta de estar atrapada en mitad de su paranoia trasnochada. No, si no es eso, mujer, balbució. Entiendo perfectamente que no quieras acostarte conmigo, y menos a estas horas, pero soy un cazador, un cazador nocturno. Es que me acabo de dar cuenta que de verdad se ha acabado la fiesta por esta noche y a mí me gustaría seguir, por la mañana, al mediodía y a la tarde, pero nadie se apunta. Me siento muy solo, de veras. Lo que te pasa es que estás hecho una braga de todo lo que te has metido. Lo sé, pero estoy en mi derecho. Así qué, ¿te animas? Vete al carajo, y cerré de un portazo. Salí del coche despotricando. Al enfilar el pasillo de casa, por encima de los ronquidos de mi padre, sobresalió la voz bronca de mi madre. Pese a que hablaba en duermevela, su preocupación caló hondo porque no se merecía que la engañase con mis horas de entrada como lo venía haciendo de forma más acusada desde que la dama blanca había entrado en mi vida. Pero para ocultar mi estado, debía rehuirla, máxime cuando

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era

tétrico,

demacrado

y

notoriamente delator. Me acosté y olvidé el encuentro con Quique, porque la bronca de mi madre se incrustó en mi cabeza como una banderilla. Pasé un par de horas dándole vueltas, tratando de enhebrar una disculpa que nunca llegaría. Tenía los pies completamente helados y empapados en sudor, padecía taquicardia y respiración desacompasada, la garganta erosionada y un insoportable regusto a amoniaco, y no podía conciliar el sueño, interrumpido cada veinte para orinar, lo cual helaba aun más los pies. Cuando a partir de las ocho y media de la mañana se empezó a levantar todo el mundo, concilié el sueño. Me esperaba una jornada marcada por la jaqueca, el arrepentimiento y la depresión. 28 Viaje nocturno El resto del mes de marzo, abril y parte de mayo acotamos nuestra vida social a la dama blanca. Confluían todos los astros. De una banda, la calidad que manejábamos, propia de mayorista, era de una pureza elevada y, pese a nuestra condición de primerizos, la disfrutábamos a conciencia. Por la otra, disponíamos de ella en cantidades abundantes, ilimitadas, y siempre de franco, de tal modo que el fin de fiesta venía determinado por nuestra voluntad, y sobre todo por nuestra resistencia o saturación, pero nunca a causa del agotamiento de las existencias o del dinero. El consumo diario tuvo dos impactos directos sobre mi día a día. Volví a guardar cama en dos ocasiones, dos recaídas de gripe. Y, paralelamente, no conseguí liberarme de una congestión permanente asociada a una mucosidad

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galopante. Entre semana, Pablo y yo quedábamos para estudiar en el local. Sin embargo, enseguida nos sumíamos en debates alentadores sobre aquello que nos preocupara. La cuestión no fue que convirtiéramos a la dama blanca en nuestro único combustible para hincar los codos, excusa enteramente inconsistente porque tuve que ausentarme de tres exámenes debido a la ansiedad que me provocaba presentarme con el pulso tan acelerado. La cuestión fue que, a imagen y semejanza de lo que sucedió con el hachís, hicimos de la dama blanca el leitmotiv de nuestros encuentros, hasta el punto de suspenderlos si no había nada de por medio porque todo se vaciaba de sentido. La semana previa a mi aniversario, rompimos nuestro autismo y aceptamos la invitación a la fiesta que organizaba Nicolau en un garaje de San Clemente con motivo de su salida de la Cárcel Modelo. Para variar, Pablo y yo hicimos la previa en el local, acogiéndonos a que el súmmum de una fiesta sucede en sus prolegómenos. Cuando partimos hacia el pueblo vecino daban las dos de la noche. Exultante, no se me ocurrió otra cosa que ofrecerme para conducir la moto de Pablo, que acababa de ultimar Mudéjar, documentación falsa incluida por obra de Salitre. Pablo insistió en que tomáramos un taxi porque reconocía que esa noche no veía tres en un burro con un solo ojo. Finalmente, no opuso resistencia y enfilamos la recta que parte desde la ronda de San Ramón en dirección a San Clemente en medio de una espesa bruma que olía a humo de chimenea. A mitad de camino empezaron a invadir la calzada espectros como sombras chinescas que parecían perros, más tarde canguros y

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chimpancés, y otras fieras que no acababa de identificar. Saltaban desde la cuneta y se interponían en la carretera. Yo hacía requiebros con el volante a fin de sortear aquellas manchas que desfilaban ante mis ojos en número creciente. Pensé que sufría alucinaciones, pero enseguida constaté que se trataba de perros de verdad que cruzaban la carretera a toda velocidad. De súbito sentí que las manos de Pablo, hasta ahora sujetas a mi cintura, me masajeaban dulcemente los hombros y la espalda. Por indicación suya, como una autómata, reduje la velocidad, salí al arcén y detuve el motor. Pablo estaba más lúcido que yo. Encajó con humor mi credulidad ante los perros suicidas que el no vio por ningún lado. Se puso al volante, yo ocupé su posición y, a veinte por hora, mientras llegábamos al garaje, pensé que lo que más me unía a Pablo era su modo de encarar las situaciones delicadas donde flaqueaba mi alma; sabía manejarme, en suma, sin que yo me sintiese mal por como era y sin que estuviese sometida a un yugo que me echaba en cara mi modo de hacer y decir las cosas, y casi de pensarlas. La fiesta de Nicolau congregó la flor y la nata de Sant Boi, además de una nutrida embajada de Barcelona, cuyo plantel de caras huesudas y cenizas, bocas trémulas, cutis ajados y miradas erráticas parecía el preámbulo de un baile de máscaras. Para Nicolás, la estancia en prisión, lejos de alentar su arrepentimiento o incluso su rehabilitación, había redoblado su rebeldía, llenado su agenda de valiosos contactos, e invertido su credo. Había sido condenado por un delito de ultraje a la bandera española, pero en la fiesta reapareció como neofascista. Nicolau había muerto, Nicolás había resucitado.

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Ello no era reconocible en su apariencia, pues seguía luciendo pantalones y camisas de Armani, aunque sí en su retórica, trufada de expresiones italianas de resultas de su ciega admiración por Benito Mussolini y por su novia italiana, una rubia despampanante que se ganaba la vida como actriz de doblaje de películas porno. Como era previsible, nada más poner un pie en el garaje Pablo se separó de mí y se diluyó entre la concurrencia. Me arrimé al triángulo que formaban Mudéjar, Bardina y el Francotirador. Llevaban una castaña encima de tal calibre que apenas podían enlazar dos palabras seguidas, ni hacer otra cosa que suspirar y agitar la mano en alusión a su agitación interior. Mudéjar, en su habitual alarde de autocontrol, sólo identificable por el ritmo endiablado con el que parpadeaba, me puso en situación mientras liaba un petardo de marihuana. Hacía dos horas que habían ingerido un éxtasis. Había oído hablar de las drogas sintéticas importadas de Holanda, pero aun no había visto a nadie bajo sus efectos. Añadió que, en concreto, la variedad que se habían comido se llamaba anisete, al que se le atribuían propiedades maravillosas de las que podía dar fe: energía supersónica, estado general placentero, excitación sexual, emotividad almibarada, sinceridad vergonzante y filantropía aguda. Y la guinda: el anisete prometía una resaca limpia e inexistente, en parte por la prohibición expresa de beber alcohol durante el viaje para evitar interferencias imperdonables como la inhibición del efecto deseado. Mudéjar añadió que Nicolás, el flamante epígono de Benito Mussolini, había asumido el reto de erigirse en el primer importador de éxtasis de la villa de Sant Boi. Y allí estaba, rodeado

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de Pablo y sus colegas de Barcelona, con la sonrisa amistosa y el deje propio de quien ha impulsado una empresa que ya avanza con el viento en popa. Las personas que iban del mismo palo, pero sobre todo cargadas con la misma vitamina tendían a mantenerse apiñadas, y no solían producirse mezclas porque las frecuencias distintas propiciaban la confusión y la paranoia. Por eso Mudéjar y compañía volvieron a cerrar su triángulo y yo me quedé sola durante cinco minutos, en los que repelí dos simulacros de seducción burlándome y afirmando que estaba comprometida. Esta vez, Pablo acudió en mi rescate con presura. Alejandra, ¿nos vamos de aquí? Por mí, sí. Tanto vicio me pone mala. A mí también. Hago un par de macarrones y tiramos. Arrancó el motor, me abracé con fuerza a su cintura y no sentí nada. O quizá sentí que el no sentía nada. Salimos lentamente y descartamos volver al local porque nos habíamos quedado sin velas. Pero Pablo tampoco quería retirarse. Repliqué que fuese tirando sin rumbo fijo y así llegamos a las inmediaciones de la Colonia Güell. Franqueamos el paso a nivel, entramos al recinto y dejamos la moto en una placita, frente al Café Ateneo. Quizá se debía a la dama blanca, quizá a una percepción derivada de mi estado mental, pero encontré a Pablo atribulado. Le pregunté sin tapujos si había llegado a algún pacto con Nicolás del que se arrepentía, pero lo negó con un ademán. Matizó que Nicolás no tenía entidad para aguarle un solo

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instante de su vida. Sintiéndose acorralado, lanzó un anzuelo a la desesperada y yo, para variar, lo mordí: Me perdí. Anduve centenares de kilómetros siguiendo mi instinto, creyendo que regresaba a casa cuando en realidad me alejaba a cada paso que daba. Después de tres años de soledad, me salió al paso una quincena de vagabundos. No entendía el idioma que hablaban. Excepto una mujer, yo misma, nadie más sabía interpretar tus sueños: ¿Dónde vas?, pregunté. Deseo volver a casa. Entonces, ¿de dónde vienes? De mi casa. No entiendo, ¿se trata de un retorno o de una huida? De un retorno, de un reencuentro, puede que de un descubrimiento. ¿Alguien te espera o te basta con pisar tu tierra? Me esperan, sí, me esperan. Tendrás que surcar los mares durante 40 días, luego bordearás la costa. Cuando atisbes una gran roca, atraca y corre hacia ella. ¿Qué esconde esa roca en su interior? A todos los que dices que te esperan. ¿Qué mas da si esperan, si nunca sabré llegar? Vamos, no se acepta el pesimismo. No es pesimismo, es realismo.

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Si tardas más de la cuenta, yo me ocuparé de tranquilizarles para que nadie te dé por muerto. 29 El tiempo de los carroñeros Pablo se volatilizó de nuevo, pero esta vez no desesperé, ni salí en su búsqueda. De hecho, suspiré porque yo era incapaz de hacer algo semejante por mi cuenta. Se aproximaban los exámenes de junio y la selectividad, y albergaba la esperanza de salvar el curso in extremis. Como dos fuerzas contrarias y beligerantes, si Pablo se alejaba, los míos se acercaban, y yo me centraba, pero también me arrastraba por los suelos. Tan evidente era que yo me plegaba al arbitrio de Pablo, como que la propensión a descarrilarme y a consumir drogas manaban de mi interior. Pablo sólo actuaba como un catalizador. Eso pensaba entonces, cuando por nada del mundo quería responsabilizarle de mis actos, en parte porque, por encima de todo, debía protegerlo de toda causa mayor que se esgrimiese para separarme de él definitivamente. Milagrosamente, aprobé los exámenes y la selectividad con una media justa pero suficiente que me permitía, después de tantos años, colmar mi viejo y caduco sueño de matricularme en la Facultad de Geología. Salí al relleno y piqué a la puerta de Nuria para invitarla a cenar. Reaccionó con una vacilación, pero aceptó. ¿Se puede saber qué te ocurre? ¿Cómo que me ocurre? Eres cara de ver, parece que me quieras evitar. No te preocupas por mí desde que andas con Pablo, y

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además, quedamos un día porque quería decirte un secreto y no has hecho nada por verme. ¿Te parece poco? Nuria, he estado dos meses encerrado entre apuntes bajo la luz de un flexo. Pero es que ando tan despistada... mi cabeza es un caldero en ebullición. Sólo te digo que me acabo de dar cuenta con horror que he perdido todo el interés por las piedras. Así, de buenas a primeras, la carrera se me hace cuesta arriba ya antes de empezar. ¿Me revelarás el secreto? Y una mierda. Si te portas bien, tendrás que esperar a los postres. Antes de llegar al restaurante, hicimos una visita relámpago a la Toñi. Nuria se quedó abajo con Pelliza, y yo subí. Toñi no estaba, y me atendió el Sandalia. Si siempre se dirigía a mí con arrogancia, ese día se mostró sumamente desagradable. En peor estado de salud que la última vez que lo vi recibir el escarmiento del Uruguayo, el Lunita, viéndolas venir, tomó las de Villadiego, pero Lucas, afable como siempre, me pasó un mai como si con él no fuera la cosa. Pero yo no me pude resistir. ¿Tienes algún problema conmigo?, interpelé al Sandalia. Tengo muchos problemas, pero contigo ninguno. ¿Qué hace el Pablín? ¿Cuándo se cansa de ti se va con la gorda? No sé de qué me hablas. Vaya, resulta que la tontita no se entera de la misa la mitad. Sandalia, venía a buscar un talego. ¿Me lo puedes pasar o me busco la vida? Ten, el negocio es el negocio.

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Oculté esta conversación a Nuria porque me había herido el orgullo y no quería que el tema de Pablo aguase la velada. En cualquier caso, yo guardaba un as bajo la manga para elevar mi ánimo y el de Nuria hasta la estratosfera. Cenamos en una pizzería y, tras los postres, Nuria siguió hermética, cosa que no me preocupó tanto como, ya en la calle, formular las preguntas adecuadas a conocidos del casco antiguo para localizar a Nicolás cerca de la calle Mayor. Le compré dos anisetes con descuento de amiga. Estuvimos una hora pululando por el pueblo, fumando, cubriéndonos mutuamente de mimos, besos y agasajos, cobayas de las bonanzas del anisete. Siguió la hora de sincerarse, pero yo no solté prenda acerca de Pablo, sino de mi abulia, algo que Nuria calificaba de asunto filosófico, para el que me recetaba dejarme de chorradas y sumergirme en elucubraciones de mayor hondura: ella estaba más preocupada que nunca ante la tragedia que viviría de no pescar a su príncipe azul. Tenía diecinueve años y sentía que estaba a punto de perder su oportunidad, al igual que su lumbre y su juventud. En consecuencia se había marcado un plazo de cinco años antes de ejecutar el plan b, por el cual se casaría con el primer pichafloja que la dejara preñada. Tras el pertinente paso por el diván, reinó la sensación de que habíamos purgado nuestras penas. Sólo entonces, entramos a Garçon. Encerradas en nuestro mundo de voluptuosidad, evitamos recalar por los rincones donde se concentraban los de Marianao, gente del barrio y algún que otro ex de Nuria. Danzamos durante un

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buen rato más, nos encaramamos a un altavoz empapadas en sudor, luego bajamos y fuimos a la barra. Alejandra, te voy a decir algo que no te va a gustar. Lo dudo. Pero vamos, adelante. Hace cosa de un mes vi a Pablo con una mujer. ¡Alto! No iban de la mano ni nada por el estilo, pero me pareció sospechoso. Ese era el secreto. Quizá en otro momento esa noticia me habría sentado como un tiro. Pero recuerdo que estaba en una esfera tan idílica que necesariamente tuve que responderle con una sonrisa tan sobredimensionada que no sólo calmó a Nuria, sino que le accionó algún resorte de su interior. Vamos, rápido, acompáñame, dijo con ojos ardientes. Me tomó del brazo y me arrastró escaleras arriba hacia los confortables sillones de los reservados. Nos sentamos y no me di cuenta cuando se había aupado en mi regazo y me arrullaba rabiosamente el cuello con sus manos y buscaba mis labios con su lengua. ¿Qué estás haciendo, Nuria? Cállate y déjate llevar, ordenó con una calentura desatada. Nuria, haz el favor de relajarte. Te juro que no esto no me pone. ¿Estás segura?, preguntó aun tomada por el frenesí. Claro que sí. Oye, vamos fuera a echar un canutito. Justo antes de la salida, frente al guardarropía, Nuria cayó en los brazos de Mudéjar.

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Volví a tener noticias suyas el domingo por la mañana. Nuria estaba preocupada porque temía que Mudéjar la hubiera dejado preñada. Si bien lamenté aquel desmadre, éste destapó mis carencias y sentí envidia, pues yo estaba en el extremo opuesto, rozando la castidad. Y empezaba a acusar el hastío de no obtener ninguna reciprocidad por parte de Pablo. Como si César hubiera leído mis pensamientos, por la tarde del domingo entró en mi habitación en plan de rescate. Estaba especialmente dicharachero porque yo paraba más por casa. ¿Has vuelto a ver a Toni?, preguntó. ¿A qué Toni? Vaya, andamos un poco desmemoriados. Pues Toni, con el que saliste el año pasado. No me digas que os habéis hecho amigos. Pues más o menos. Me ha dicho que te llamará. ¿Y tú que le has dicho para que me llame el Profesor? ¿El Profesor? Sí, el profesor de la vida. ¡Alejandra! No seas retorcida, haz el favor. Nunca supe si mi hermano pensaba que yo estaba atravesando un bache, pero me reventaba su superioridad, partiendo de que su trayectoria no me parecía modélica por mucho que mis padres pensaran así y no dudaran a menudo en compararnos en mi detrimento, figurando como la menos inteligente y hasta la más rarita. De su vida sentimental, que seguía siendo un misterio para mí, y creo que también para él, estaba prohibido hacer cualquier

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comentario por miedo a ofenderlo. En cambio, él sí que podía venir a darme instrucciones para ser feliz, a imagen y semejanza del Profesor. Aun así, al no recordar de Toni más que su belleza física y su perfume mareante, no me cerré las puertas y le contesté afirmativamente cuando me llamó a la semana siguiente y me vendió un programa lúdico dividido en una partida de bolos y una cena romántica. Toni estaba especializado en la caza de mujeres que acababan de poner fin a una relación. Ya se comportó así anteriormente, pero en esta ocasión había de introducir alguna variación y se presentó como un híbrido de confidente, y víctima de una situación gemela a la mía con Pablo. Según sus cálculos, esta treta debía ablandar mi corazón. Aquella noche él quería beber, pero yo sólo quería fumar. Lo intentó todo y perdió en todo menos en la partida de bolos. Sin embargo, había algo en él que me hacía gracia, quizá que a diferencia de Pablo me sentía dueña de la situación y podía dar rienda al cinismo. Por este motivo sumado a la curiosidad de ver cómo acometería su reválida personal, acepté otra invitación. 30 Fue la heroína Una remesa de ropa de verano llegó a casa de Lucas y fui a sacar la nariz bajo un plomizo sol de julio que tostaba la piel. Allí coincidí con Ángel y Ortega, que se estaban probando bermudas en combinación con un surtido de camisas estampadas con motivos

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tropicales. Sin esperar a mi pregunta, Ángel me refirió que últimamente Pablo se estaba dejando la piel con su padre en la funeraria, y no se le veía el pelo. Esa noticia me dejó un agradable sabor de boca. Empezaba a disfrutar de su singular amistad, había asumido que Pablo necesitaba oxígeno de tanto en tanto, y ya no me llenaba la cabeza de pajas mentales. Además, Ángel me había demostrado que me consideraba parte de la vida de Pablo y me incluía dentro de su círculo privado. Llena de júbilo, compré un bikini y dos piezas de lencería. Sopesé ir a la playa, pero recordé que tenía que depilarme y fregar la escalera. Al acabar mis tareas de limpieza, me planté frente a mi colección de minerales. Resolví empaquetar el casillero hasta que se vivificara mi vieja pasión, pues contemplar aquellas piezas no sólo me dejaba indiferente sino que herían mi vista porque me retrotraía a un tiempo con el que ya no me identificaba. Guardé la colección en el altillo de mi armario, y sólo me quedé con el meteorito. Lo metí en un diminuto joyero de nácar y me juré que llevaría el amuleto encima cada día de mi vida. Toni me propuso dar un paseo por Montjuic para visitar, desde fuera, las instalaciones olímpicas. Quiso cerciorarse con preguntas explícitas que mis sentimientos hacia Pablo menguaban gradualmente, pero se lo puse difícil saliendo por peteneras y ni siquiera lo defendí de unos comentarios acerados respecto a su persona, que sólo denotaban una envidia encubierta. La paciencia de Toni no tenía límite. Actuaba como si yo fuese un electrodoméstico averiado, pero que valía la pena reparar, una estrategia de desgaste que, supongo, podía llegar a funcionar. Ciertamente, me encontraba

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a gusto a su lado, pagaba todo, sacaba conversación, tenía su gracia, pero bastaba que un atisbo de Pablo atravesara mi pensamiento, para que mi humor se tornase agrio y cortante y melancólico, y me entrase la prisa de retirarme a pensar, y a esperarlo. Y es que si Pablo sacaba lo mejor de mí, con Toni perdía los estribos a la menor señal que yo interpretase como una provocación. Nos tendimos sobre el césped a los pies de la torre de telecomunicaciones de Calatrava. Resquemado por mis negativas, Toni me acusó de estar siempre a la defensiva. Le dije que era un imbécil y que nunca seríamos amantes. Pero al ver su cara de pena, me arrepentí del exabrupto, y en mis adentros reconocí que sí, que tal vez estaba demasiado susceptible. Me acababa de pasar de la raya, eso me puso en deuda con él, y me mentalicé para aprontarla cuando se diera la ocasión. No se hizo esperar. Acepté su invitación para cenar en casa de sus padres. No pude negarme porque difícilmente me lo podía poner mejor. Con anterioridad me había hablado acerca de sus dotes culinarias y ahora me prometía un manjar elaborado por él desde el primer plato hasta el mismísimo pastel de chocolate y nueces. Como me solía ocurrir, cuando me habló de todo ello, me ilusioné, pero perdía fuelle a medida que se acercaba la hora. Y, mientras me acicalaba frente al espejo, me vino a las mientes una idea brillante para sobrellevar aquel martirio. De camino a su casa, hice un alto en la de Pablo y piqué al timbre. Respondió el mismo a través del interfono con voz inaudible, como si todo el mundo estuviera durmiendo la siesta a

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pesar de que eran las nueve de la noche. Como esperaba un recibimiento más entusiasta, me quedé cortada sin saber qué decir. Bueno, ¿qué quieres? Cocaína, susurré con voz temblorosa. Sube. No estaba segura si era producto de mi nerviosismo, pero al pasar al salón de su casa percibí un ambiente enrarecido. Su padre, ausente, comía pipas y su madre bordaba una chaqueta sobre un bastidor. Maite leía una revista del corazón, y Oscar pasó sigilosamente de una habitación a otra al final del pasillo, como si quisiera evitarme a toda costa. Su padre siguió embrujado ante el televisor, y la madre me ofreció un café, que decliné. ¿Para qué la quieres?, me preguntó en la habitación. Tengo una cita. He quedado con un tío que no me gusta y necesito un aliciente para motivarme. Entiendo. ¿Quién es el afortunado? Un tal Toni, un viejo conocido y ahora amigo de mi hermano. ¿Es del barrio? No, ya sabes que mi hermano no tiene amigos en el barrio. Toni, Toni, ¿lleva el pelo largo? Sí. Sé quien es. Toma esto y ya nos veremos. Bajando la escalera me sentí ridícula. Pablo era mi objetivo vital y yo abdaba jactándome ante sus narices de mis escarceos. Sin embargo, fue la revelación que me había hecho sobre sus estrechos lazos con el Avispa, y que en teoría debería habernos unido como

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un bloque de cemento, la que había marcado un punto de inflexión, como una boya que señalara el límite hasta donde podíamos llegar. Esto era reversible, en tanto en cuanto Pablo no tenía ninguna necesidad de ahondar más en mi persona de lo que yo me iba abriendo de forma espontánea. Me quedé afectada por su estado anímico. Pero también tenía la certeza de que si había algo que le preocupaba profundamente, ese algo no era yo. Tal y como Toni abrió la puerta experimenté lo opuesto que en casa de Pablo. Todo estaba concebido para mi gozo: una doble hilera de velas pegadas a los zócalos del pasillo, música ambiental, mesa adornada asimismo con un florero con lirios y rosas blancas e iluminación tenue regulada con un potenciómetro. Y él: sonriente, vestido de gala tras un pulcro delantal blanco. Nada más entrar, le dije que necesitaba acudir al baño porque mi vejiga iba a explotar de un momento a otro. Justo antes de remozarme con la dama blanca tras un mes y medio de abstinencia, sentí un cosquilleo en la barriga y hasta la energía que ella me iba a otorgar, igual que una rata subordinada a los reflejos condicionados de Pavlov. Sabía que me quitaría el apetito, pero aspiré fuerte y gemí. Nos arrellanamos en el sofá para tomar el aperitivo y una copa de cava. Al momento, percibí que el efecto de la dama blanca no era el esperado. Rompí a sudar y sentí pesadez, como si la fuerza de la gravedad se hubiese multiplicado por mil. Perdí las ganas de hablar y me entraron nauseas. Toni se mostró muy atento, convencido de que mi indisposición era pasajera y no empañaría su meditada velada. Intenté incorporarme, pero no pude ni llegar a la

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mesa. Nos estiramos en la cama de la alcoba de sus padres y se puso a acariciarme, y a cubrir mi frente de paños húmedos como si tuviera un ataque de paludismo. Notaba su toqueteo con las manos, pero no tenía fuerzas para pedirle que se contuviera. Y se acabó precipitando cuando se tumbó sobre mí, pensando tal vez que mi desfallecimiento era una treta debida a que yo no sabía cómo romper el hielo. Me contraje como un escorpión al sentir su polla erecta y, pese a mi estado deplorable, me entraron ganas de cortársela a pedazos. No te pases un pelo. ¡Subnormal! No me paso. Creo que me lo he ganado, ¿no? ¿Que has ganado el qué, gilipollas? Pues tu cariño Ah, sí, y ¿por qué?, Porque me lo he currado. ¿Es que no ves que me encuentro mal? Excusas, son excusas para... No pudo concluir la frase. Salí disparada hacia el retrete con el vómito escalando mi garganta. No llegué a tiempo y eché la pota en mitad del pasillo, tras lo cual patiné y fui a dar con mis huesos sobre ellas. Me levanté, me adecenté con papel de cocina y me fui. Al llegar a casa, mi hermano estaba viendo una película de video. Me preguntó con cara de pillo, y le respondí que peor imposible. Aduje que algo me había sentado mal y volví al baño a vomitar. No pegué ojo en toda la noche, con la cabeza dándome vueltas como una tiovivo. Me levanté pasado el mediodía

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arrastrando el malestar, y en casa me diagnosticaron un virus intestinal. Estuve dos días corriendo del baño al dormitorio. Intuía la causa que se escondía tras el virus, pero no descartaba tener un verdadero problema de salud. 31 La señorita prusiana (1ª parte) Lo siento, me confundí de paquete y te pasé heroína, espetó Pablo con tono jocoso mientras empujaba la persiana del local. Pues qué gracia, eso que sabes diferenciar una de otra por su color y gusto. Que mal me sentó, te juro que pensé que no salía. Cuarenta y ocho horas con un pelotazo de aquí te espero. De todas maneras, te está bien empleado, por mezclar las drogas con el amor. ¿Tu también la has probado? Sí, hace un par de semanas. Pero no por la nariz, sino fumada. ¿Y? Me gustó, para que nos vamos a engañar. Tras esta confesión cerró el grifo y se abstuvo de aludir a cuanto se remontase a las semanas en que había estado ausente. Yo le tenía reservada una batería de interrogantes: ¿Qué había sido de la pistola? ¿Habían surgido problemas con el Avispa? Imposible. Como siempre, Pablo mostró un interés nulo por conocer nada sobre mis días, cuando yo lo estaba deseando hacer. Hasta había elaborado un guión mental para no dejarme nada en el tintero. En

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octubre comenzaría la universidad, dije, y había recompuesto, también en falso, mis relaciones familiares, y me sentía más apaciguada, menos ansiosa por evadirme con la dama blanca, y me estaba planteando expulsar el hachís de mi vida, puesto que por culpa de éste me había enganchado al tabaco. Pablo dijo que suscribía punto por punto todos mis planes y que se sumaba al plan de saneamiento. Pablo podía fingir en cuanto que la vida le sonreía, pero no puse en duda que se alegraba de verme y la prueba era que decretaba el fin de la hostilidad que el mismo había iniciado. Y, frente a esta buena nueva, se reavivó mi propensión a echarlo todo por tierra. Joder, cuantas motos. En una de las paredes del local, Bardina había colgado un tablón con herramientas con el contorno de cada una perfilado con rotulador negro. Olía a grasa y gasolina como en un taller mecánico, y gracias a una batería de coche, había luz eléctrica y música. Pablo pinchó “La leyenda del tiempo”, y acompañó a la voz telúrica de Camarón en los primeros compases. Sí, últimamente Mudéjar y los suyos están muy activos. Quieren pegarse un agosto por todo lo alto y han currado como jabatos. ¿Qué quieren hacer? Me parece que gandulear quince días en un camping de Lloret. Igual me apunto. ¿Y esto?, pregunté sosteniendo por la visera una gorra de la policía urbana.

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Un premio de Salitre. Se la chorizó al cabo Salmerón delante de sus narices sin que se diera cuenta. Tiene un par de huevos. Dice que la utilizará para hacerle budú. Partimos en dirección a la playa sobre las cinco de la tarde. Condujo Pablo, cuyo dominio del manillar me dejó anonadada. Con un aire espeso y ardiente golpeándonos en la cara mientras avanzábamos, me dijo que, finalmente, Mudéjar le había regalado la moto como compensación por cederle parte del local para sus tejemanejes. En quince minutos llegamos a la playa de Gavá, y aparcamos en la entrada donde se hallaba el extinto camping Albatros. Pablo sacó una bolsita, yo hice de pantalla para evitar que el viento se llevase el polvo consigo, nos enharinamos la nariz y hundimos nuestros pies en la orilla. Pero lejos de liarme a charlatanear, me quedé pensativa. Dime, Alejandra, lo que tengas que decirme, o calla para siempre. Nada. Sólo que la última vez que hablamos te encontré triste. He estado muy preocupada, y a veces me siento impotente. ¿De verdad? Ni siquiera me acuerdo, pero tampoco te lo tomes así, un día malo lo tiene cualquiera. ¿En serio? Pues claro. Te juro que no me pasa nada. Nuria me dijo que te vio con una mujer. ¿Ah, sí? Sí, ¿quién es?

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Ni idea, quizá mi madre, Maite, qué se yo. Zanjamos el asunto y pasamos a otro porque las llamaradas de la dama blanca arrasaban cuanto se encontraban a su paso, penurias incluidas. La mar estaba revuelta y las espuma de las olas que rozaban nuestros pies, tardaba horas en desvanecerse. La playa se iba vaciando de bañistas y parasoles, y brotaban como setas parejas ardorosas. Por contra, las parejas que como nosotros caminaban por la orilla, parecía que daban su paseo postrero mientras resolvían detalles prácticos de su separación. Definitivamente, quienes se mojaban los pies se despedían del amor, y quienes se embadurnaban de arena le daban la bienvenida. Pensé que pasear por la playa era desazonador. Pero luego la dama blanca me prometió que no, que era un ejercicio noble y reconstituyente, y me desembaracé de deducciones baratas. Más allá, vislumbré un sinnúmero de catamaranes y de windsurfistas navegando por la gracia de un mistral que se llevaba el sudor de nuestra frente. Alcanzamos los confines de Castelldefels, y pasamos junto a un hombre pertrechado con un detector de metales que buscaba descuidos de los bañistas enterrados bajo la arena. Pablo quería explicarme algo pero no encontraba las palabras o el momento. Por primera vez desde que lo conocí, percibí con toda seguridad que su vida no marchaba bien. Pero opté por callar, quizá de este modo se confesaría. No lo hizo. ¿Qué opinas del cerco?, preguntó. ¿El cerco?, pregunté con el ceño fruncido. El cerco. El asedio de Sarajevo por las milicias serbias.

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Entiendo. ¿Qué está pasando? Pablo se quedó pensativo y dejó entrever que no tenía ganas de seguir hablando de la suerte de los bosnios musulmanes. Desvió la conversación como quien cambia de canal de televisión, y yo acepté como siempre, religiosamente. Durante la guerra de los Treinta Años era un poderoso terrateniente prusiano. Descendiente de un linaje centenario, en toda la región se me conocía con el sobrenombre de el Conde. Habitaba un castillo de cuatro torres y puerta levadiza rodeado de un foso. Desde mi alcoba, situada en lo más alto del torreón norte, disfrutaba de una vista de 360 grados. Tenía una servidumbre de cincuenta personas, y amasaba una fortuna interminable. Pero mi vida se torció cuando mi esposa dejó de manifiesto que no podía darme a un varón. Nacieron tres niñas en seis años, que fueron falleciendo en los primeros días. Así que con Esmeralda, la cuarta, siempre tuve el miedo de que muriera el día menos pensado. Eso que nació fuerte y apenas lloraba. Quien lloró fui yo, cuando falleció mi esposa, como si hubiera decidido claudicar al no cumplir con su parte. Nunca eché de menos a mi madre, dije, porque no la conocí y mentiría si dijera que la recuerdo. Miento cuando miro en lo más hondo de mi interior y veo una cara que no reconozco bajo una mortaja. Yo me crié entre nodrizas, fámulas y preceptoras. De todas ellas, Sor Carmen ocupó el vacío de la madre. Esquelética, nerviosa y servicial, creyente de puertas afuera y atea en su intimidad. Una mujer adelantada a su tiempo. Ella se encargó de enseñarme lo que

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no explicaban los libros y a ella, más que a mi padre le debo todo lo que soy. Cada vez desconfiaba más de Sor Carmen. Pero era tarde para despedirla porque mi hija la quería más que a mí y temía que esa decisión me condenara a la soledad. O sea que me tuve que ir acostumbrando a que mi hija necesitara el consentimiento de Carmen ante cualquier instrucción dictada por mí. Sor Carmen me regañaba cuando yo renegaba del Conde. Me animaba a esforzarme por comprenderlo, pues mi padre según ella era poco más que una mente que arrastraba todo el peso de su tradición sin apenas capacidad de pensar por sí mismo. Y cuanta razón tenía. Estaba a punto de comprobarlo de verdad con una decisión brutal, que Sor Carmen, conocedora de la misma, y arriesgando su credibilidad, decidió confiarme. En efecto. Cuando Esmeralda cumplió la edad de quince años, amañé el matrimonio con un primo lejano, cuyo hijo de veintisiete sería su consorte. Era una jugada perfecta. Mi pariente estaba en la ruina y sostenía su servicio y su mansión mediante préstamos que no podía devolver. Para mí era una oportunidad única, puesto que obligaba al novio a trasladarse a mis dominios y a observar la disciplina del castillo. Organicé una cena por todo lo alto y procedí al acto de presentación. Quizá fue un error no hacer partícipe a mi hija de esta decisión. Desde luego, no contaba con que Sor Carmen se lo trasladaría y entre ambas conspirarían para minar mis planes. Eso que mi prometido era un adefesio amanerado de piel pálida que no se le entendía de lo bajo que hablaba. Una rata de

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biblioteca madurita que había consagrado toda su vida al estudio. Hablaba trece idiomas, era teólogo e historiador y con todo el conocimiento que acumulaba, era más aburrido que una ostra. Cuando el Conde y yo nos quedamos a solas, le comuniqué que si me obligaba a casarme con el anacoreta, me quitaría la vida. Tuve que aflojar, qué remedio, ante una amenaza que no quise subestimar. Aun así, agarré a Sor Carmen. Sí, Sor Carmen. Creía que todo había sido urdido por ella, que ella le había emponzoñado el juicio y había alimentado su rechazo. Pero Sor Carmen no se arredró, expuso sus razones y acabé pidiendo disculpas. Eso sí, aprovecharía el mínimo desliz para deshacerme de ella. Cuando este episodio cayó en el olvido, Carmen me dijo que para poder escoger un buen aspirante debía salir del castillo, observar, comparar, descartar. Para Sor Carmen primaban dos condiciones. La primera es que yo y nadie más que yo debía elegir al prometido. La segunda es que una vez elegido, Sor Carmen y yo nos lo tendríamos que montar para que pareciese que había sido mi padre el artífice de la elección, y de la futura administración de su hacienda y su castillo. A mí lo del prometido me quitaba el sueño, sobre todo porque no podía consentir que celebrase los esponsales con un plebeyo. Consulté a mi extensa red de contactos, acudí a una pitonisa. Pero había que esperar. No podía agobiar a mi hija con un prometido cada dos semanas que además tenía todos los números para ser rechazado, y yo cada vez más desacreditado.

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Pablo, estoy agotada, creo que tengo una rampa en los gemelos. Yo también. ¿Tu también? No, digo que yo también estoy hecho polvo. Habíamos llegado al apeadero de Castelldefels, desde donde casi se podían tocar los acantilados del macizo de Garraf que separan Castelldefels de Sitges. Regresamos en taxi hasta Gavá, donde estaba la moto, pero cuando llegamos a su altura, Pablo ordenó al taxista que no se detuviera. Padecía unas agujetas rampantes y no se veía con cuerpo para conducir.

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Llama

¡Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro!, pues ya no eres esquiva, acaba ya si quieres; rompe la tela de este dulce encuentro. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva

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32 Funeral El 25 de julio, a la misma hora en que se inauguraban los Juegos Olímpicos, una pandilla de niños que jugaba un partido de fútbol en un descampado de Casablanca conocido como el “campo de las lechugas”, descubrió el cuerpo inerte de un hombre de mediana edad avasallado por un enjambre de moscas. Se hallaba con las extremidades inferiores sumergidas bajo las aguas pútridas de la acequia que circundaba la explanada, con la boca amordazada, las manos atadas a la espalda y el abdomen cosido a cuchilladas. La noticia corrió como la pólvora y, al aterrizar en Cinco Rosas, fue cogiendo cuerpo la tesis de un ajuste de cuentas. Por la noche no se habló de otra tema en las reuniones vecinales de las plazoletas y no vibraron las cuerdas de una sola guitarra, en parte porque se especulaba que la víctima podía ser alguien del barrio, concretamente, un gitano.

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Veinticuatro horas después, la policía filtró con cuentagotas las primeras informaciones fidedignas. La víctima tenía poco más de veinte años, y el móvil estaría relacionado con un asunto de drogas. El suceso también se comentó en casa. César dijo que se barajaban los nombres de un tal Lucas, el hijo de la Morlaina, y el de un tal Baldini, un yonki que vivía en la calle. Después de comer, supe que esos nombres se habían descartado. Llamé a Pablo y me comunicó escuetamente que era el Sandalia. En los treinta segundos que estuvimos al teléfono me llegó un murmullo de llantos procedentes de algún rincón de su casa. Pablo les restó importancia arguyendo que era la tele, pero en ese momento aumentaron su intensidad, así que rectificó y, avergonzado, me dijo que era su hermano Óscar que, aquejado de una terrible migraña, no pegaba ojo desde hacía tres días. ¿Sabes Pablo? No te creo. Vale, ya está. En casa estamos de mal rollo porque alguien ha envenenado a los gatos. Al menos han palmado quince. ¿Y Alquimia? Alquimia no, Alquimia está bien. ¿Sabes quién ha sido? Me lo puedo imaginar... Bueno, no tengo ni idea. Comprendo, dije compungida, ya es suficiente. El funeral se celebra mañana a las once, nos vemos en el local sobre las diez, ¿vale? Cuando le transmití lo mucho que me había turbado la muerte del Sandalia, Pablo sollozó entrecortadamente, como si le costara

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hacerlo por falta de costumbre. Nunca antes lo había visto llorar y, pese a la gravedad de la situación, sentí un cierto alivio ya que empezaba a pensar que se trataba de una persona pérfida y amoral. Cuando se sobrepuso, desgranó todos los detalles del homicidio como si hubiese tenido acceso al informe del médico forense. Así me enteré de que al Sandalia lo habían apuñalado entre dos y tres personas, después de torturarlo, desde donde lo habían arrojado a la acequia moribundo, para morir en el hospital por un fallo multiorgánico. Que había desaparecido del barrio la noche antes sin que nadie presenciara el momento de su secuestro. Por ahora, se desconocían los motivos, y Pablo estuvo a punto de decir algo como si supiera más de lo que me estaba explicando pero calló, cosa que no le costaba nada ni que le comprometía conmigo aunque yo me hubiese percatado de ese signo sutil. Como insistí, añadió que el Sandalia estaba consumiendo heroína y haciendo trapicheos con gente equivocada, y que acaso por ahí debían ir los tiros. Esperaba que Lucas, en los próximos días, le aportase más detalles. Medio barrio se desplazó al cementerio municipal. Toñi, la madre del muerto, iba sola, vestida de riguroso luto, con un pañuelo en una mano y un abanico en la otra. Le seguía una comitiva encabezada por Lucas y Lunita seguida por el resto de la banda. Nosotros nos fundimos discretamente entre la multitud. Pablo estaba tan abatido que le costaba caminar. Me planteé hasta qué punto les unía amistad más allá de su vinculación con el hachís, porque hasta donde yo sabía, no habían salido ni una noche, y no porque Pablo no quisiera, sino porque el Sandalia y Lucas tenían un

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acentuado celo corporativista. En cualquier caso, aunque me sentí algo mezquina en ese momento, no pude quitarme de la cabeza el pensamiento de que Pablo estaba afectado en un grado superior al que le correspondía, sufriendo como si el Sandalia fuese un familiar secreto directo, o algo por el estilo. Esta suposición ganó enteros cuando a los pocos días, creo que de forma involuntaria, Pablo me confesó que todos los gastos del funeral, desde el ataúd, que era el más alto de la gama, el nicho y la corona de flores, habían corrido de su cuenta. ¿Y tu padre? ¿Qué te ha dicho después de gastarte ese dineral? Nada. No me ha dicho nada. Al término del funeral, Pablo me dijo que no se veía con fuerzas para ir al local, donde había quedado Mudéjar. Como a mí tampoco me apetecía, nos unimos a la turbamulta. Los otros miembros de la banda sólo clamaban venganza. Amenazaban con buscar a los culpables debajo de las piedras. Sin embargo, se desconocía la identidad del asesino o de los asesinos. Las pruebas que manejaba la policía no estaban al alcance de Lucas, nuevo cabecilla de la banda. Pablo se acercó hasta la zona caliente para sugerir que podía tratarse de una confusión de los sicarios, fatalidad que sucedía con más probabilidad de la que cabía imaginar. Con esta hipótesis, al mismo tiempo y de forma indirecta, se restablecía la dignidad del muerto, pues generalmente, en los ajustes de cuentas anidaba un fondo de verdad por el cual el muerto había cometido una pirula objetivamente reprobable o violado un código. Así para Lucas como para Lunita, que estaba fuera de sí y tan desmejorado

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físicamente que no había podido suceder en el cargo al Sandalia debido a las dosis ingentes que se chutaba a diario, un verdugo equivocado no era menos culpable, y recibiría su merecido tarde o temprano. Una vez en el barrio, Pablo y yo nos quedamos charlando con Ángel, el cual en los últimos tiempos evitaba participar en la carrera vertiginosa de drogas en la que nos habíamos metido. Aunque Pablo había tratado de convencer a su amigo de que magnificaba las habladurías en torno a él y a mí misma, ese día habló con el corazón abierto, ajeno a que Ángel aprovechara la ocasión para cargarse de razón e incidir en sus críticas. Pablo verbalizó lo que ninguno de nosotros quería reconocer. Que el Sandalia era la primera víctima de nuestra generación fagocitada por la droga. Agregó que la decadencia de la heroína era tan sólo una ilusión que no acabaría con las muertes, y vaticinó que éstas aumentarían aun más con la pujanza inexorable de la cocaína y del arsenal de drogas sintéticas que estaban por venir. Ante el discurso premonitorio de Pablo, asumí las cartas que yo estaba jugando, es decir, que no participaba en un juego de niños y que por tanto no estaba más exenta de riesgo que los demás. El inconveniente de esta toma de conciencia era que podía comprender el problema desde fuera, pero sólo manejaba soluciones que surgían desde dentro, lo que las inhabilitaba de raíz. El antídoto para amortiguar tal pensamiento venenoso estaba sin duda en la esencia de la dama blanca. Tras 48 horas de tristeza continuada, la necesitaba más que nunca y en cantidad abundante.

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33 Epifanía del Avispa Volvimos al cementerio dos días más tarde cuando el sol se ponía a nuestras espaldas. Por algún motivo relacionado con la funeraria, Pablo debía encontrarse con su padre directamente allí. Pablo llevaba un voluminoso ramo de flores. Me sorprendió que fuesen flores secas. Así aguantan más tiempo. Si dejas un ramo de flores frescas, te las roban a la que te das media vuelta. ¿Y entonces depositan el ramo sobre la lápida de su familiar como si lo hubiesen comprado ellos? Vete a saber, igual lo revenden, o hasta lo aprovecha algún cateto enamorado para regalárselo a su amada. Mi padre dice que aquí sucede lo inimaginable. Pues ya me gustaría que me regalaran un ramo. ¡No pierdes comba, nena! Te juro que el próximo abril te regalaré un ramo de rosas con la condición de que tú me regales un libro. Lo dijo con tal desinterés que la decepción se reflejó en mi cara. Estaba a punto de rechistar, cuando Pablo terció: Ya sé lo que vas a decir. Que si no creo en el amor, que si no sé disfrutar del momento, que soy un rajado. Desde luego que si me comparas con tu amiga Nuria, me quedo corto. ¿Qué tiene que ver Nuria con esto?

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¿No te ha dicho nada? No. Pues acaba de estrenar novio. No me lo creo, me hubiese llamado. ¿Quién te lo ha dicho? No te lo crees, no te lo crees. Pero si con la broma se ha repasado a medio pueblo. Eh, que la respeto, pero las cosas como son. ¿Cómo te has enterado? Porque conozco al afortunado... Y tú también. ¿Cómo se llama? Nicolau, perdón, Nicolás. Nuria me supera. Nos plantamos frente al nicho del Sandalia y Pablo me contó que en la noche del entierro se había corrido una juerga antológica en el local con Bardina, Salitre y Mudéjar, remarcando que la dama blanca no sólo servía para divertirse sino para sobreponerse a un duelo. Armaron tanto escándalo que un vecino bajó a quejarse y a pedirles que apagaran la música porque tenía a su hijo enfermo en cama. Por lo visto, el vecino se asustó al constatar que era imposible mantener una conversación normal con ellos sin sentirse intimidado. A mí aquello se me antojó patético, como cada vez que Pablo o cualquier hombre se pavoneaba de su apariencia agresiva cuando iba cargado de blanca hasta las cejas. Como si la vida se redujera a imponerse a los demás, y el combinado de colocón y agresividad constituyeran los ingredientes esenciales de la hazaña de nuestro tiempo.

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¿Crees que podríamos tener algún problema con los vecinos? ¿A ti qué te parece? Si lo sucedido es como me lo estás contando, que no te quepa la menor duda de que estamos en el punto de mira. No respondió. Actuando como siempre que se sentía agredido, Pablo se guareció en el hermetismo y fijó su ojo sano en el nicho del Sandalia. A continuación, se llevó una mano a la boca, como si abortara un estornudo en el interior de un palco ante un estreno operístico, cuando se puso a llorar. Aquello era el colmo. Acababa de reconocer su maltrecho estado producto de la resaca y se ponía a derramar lágrimas. Iba a decirle que regresaba al barrio, cuando apareció su padre en la otra punta del cementerio, donde se apilaban nichos prefabricados. Pablo alzó la cabeza, se secó las lágrimas con la camiseta y me indicó que los dejara a solas. Me alejé allende la muralla que rodea el recinto, donde me entretuve mirando los graffiti de las paredes. Al cabo de diez minutos, volví a entrar. Me giré y vi que Pablo y su padre se habían alejado. Pablo parecía asentir con la barbilla y su padre miraba a los lados, gesto que Pablo imitaba con frecuencia. Enseguida vino hacia mí quejándose del calor con los dos brazos en alto. ¿Tienes algo que hacer? Estaba pensando en volver a casa. Ya sabes cómo están las cosas. ¿Cómo están?

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Hombre Pablo, ahora están un poco más despreocupados pero no quiero que se les ponga la mosca en la nariz. Mientras más tiempo esté con ellos, mejor. ¿Entonces qué? ¿Vienes al local? Sólo de pensar en las bondades de la dama blanca y la compañía de Pablo, me enervé recordando que para estar a buenas con mi familia, debía acatar sus principios como una buena samaritana, puesto que ellos ya habían cedido, según debía deducirse, más de lo deseable. Pero mi contento se vino abajo cuando Pablo me dijo que esperaba a los de Marianao. Rápidamente reaccionó a mi molestia improvisando que los había invitado para anunciarles que en breve iba a dejar el local, para así animarles a que lo vaciaran de chasis, carenados y todas las herramientas. De ahí que, nada más entrar Bardina, Pablo, tomado por la dama, le ordenó que sacara del local todas sus herramientas con la máxima urgencia. A Salitre y a Mudéjar, que llegaron después, ni siquiera les dijo nada. Las primeras tres horas pasaron volando. Bardina estuvo especialmente locuaz y risueño, ahondando en sus intimidades con su novia con una sensibilidad sorprendente, impropia de un varón, mientras que Salitre y Mudéjar no se despegaron de Pablo, que parecía tenerlos hipnotizados con su verborrea. A mí me volvieron a apresar los celos. Puesto que estar allí era en parte un sacrificio, me parecía un desagravio que el anfitrión de la fiesta me reservara tan poco tiempo. Pero los de Marianao se habían hecho un hueco en el corazón de Pablo y me habían desplazado. Pensé que Pablo huía de mí, y que confesaba a Mudéjar que no sabía cómo desembarazarse

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de mi persona, porque yo era tan buena chica que le sabía mal abandonarme y colorín colorado, o algo por el estilo. Y a mí me dolía en el alma que los de Marianao poseyesen esa información de mí tan deformada con relación a los sentimientos reales que nos unían a Pablo y a mí, tan borrosos y enigmáticos como poderosamente magnéticos e irracionales. Cerca de las cinco de la mañana Salitre reparó por encima de la música y de la algarabía de cinco personas hablando al unísono que alguien golpeaba reiteradamente con las dos manos en la persiana. Se hizo un silencio seguido de un cruce de miradas, a cuál más inconsciente. Bardina se puso la gorra de policía y Pablo hizo el amago de sacar la pistola y sopló el humo ficticio del cañón después de apretar el gatillo. A continuación, se metió la camiseta por dentro de las bermudas y levantó la persiana. Un potente foco de linterna nos deslumbró por el contraste con la tibia luz de la batería a la que estábamos habituados, y nos obligó a protegernos los ojos con las manos como si mirásemos fijamente al sol. La cara del policía permanecía en la sombra del contraluz. ¿Quién mierda manda aquí, rápido?, preguntó el cabo Salmerón con su característica chulería. Servidor, respondió Pablo con expresión de buen chico, a sabiendas que había sido sorprendido en una circunstancia de gran debilidad en tanto en cuanto la mesa estaba a rebosar de hachís y cocaína, y debía impedir el acceso al policía por todos los medios. Por esta vez, el cabo partía con ventaja.

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¡Hombre Pablín! Documentación y contrato de alquiler, escritura o lo que sea que certifique que no estáis allanando este local ilegalmente. Agente, son las cinco de la mañana. El DNI está en mi casa, y el contrato de alquiler lo tiene mi gestor. ¿Tu gestor?, inquirió el cabo como si esa palabra le hubiese hecho un arañazo en la cara. Se me escapó una risa, y Bardina me miró y susurró: ¿Qué haces? A ver si nos callamos la boca, guarra, me dijo el cabo. Tu me acompañas a comisaría, dijo señalando a Pablo con el haz de luz. Y vosotros a callar la puta boca o vuelvo y os rompo el culo. Si tuviera que determinar quiénes de los que nos quedamos en el local era un verdadero amigo de Pablo, sólo me inclinaría por Mudéjar, el único en ofrecerse para llevarme en su moto a comisaría. Bardina y Salitre se sentaron como si nada alrededor de la mesa, y siguieron dándole a la dama. Mientras me ponía el casco, exploté en cólera para advertirles que si nos marchábamos Pablo y yo del local, todo el mundo se iba a la calle. Sólo Bardina, incapaz de contenerse, reaccionó con ira y, cuando salimos al exterior, se dedicó a brincar sobre los maleteros de los coches y a romper retrovisores. No salió ningún vecino, pero mientras nos acercábamos al barrio, nos cruzamos con un coche de la policía con la sirena luminosa encendida que se dirigía al local a gran velocidad. En el mostrador de la comisaría, el policía de guardia supuso que veníamos a buscar un coche retirado por la grúa. Nos dijo que

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podíamos aguardar en la sala de espera sin ventanas donde había un póster con retratos de terroristas prófugos de ETA por toda decoración, donde permanecimos callados a petición de Mudéjar. En casa del diablo, ni agua, dijo como si fuese el primer mandamiento de su código de honor. Una hora después, seguíamos igual y Mudéjar se decidió a responder la pregunta que flotaba en el aire. No va a pasar nada. La policía no se complica en estos casos, no hay chicha. Y se fue. Mudéjar debió cruzarse en la puerta con un gitano ataviado con una camisa de seda abierta de par en par y pantalones negros de tergal. Naturalmente, se acababa de despertar y tenía cara de pocos amigos. Del cuello le colgaban al menos cuatro cordones de oro, y llevaba asimismo un sello de oro en la mano izquierda que debía pesar cien gramos. El policía de guardia lo recibió con los honores reverenciales de una eminencia, pero el Avispa apenas musitó un gruñido. Acto seguido salió de un despacho el cabo Salmerón, el cual hizo hincapié, eso sí, con medida delicadeza, en el estruendo y el alboroto que desde el local se había causado a la comunidad de vecinos, donde le constaba que verdaderamente había un niño encamado por una grave enfermedad. El Avispa dejó entrever que no sabía nada del local, y repitió dos o tres veces que todo había sido un malentendido y que no volvería a suceder. Y, mientras el cabo Salmerón se retiraba dedicándome una mirada lasciva que me provocó nauseas, el Avispa se dirigió a mí en tono

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paternal y me dijo textualmente que debía velar más por mi novio, y retorcerle los huevos cada vez que agarrase esas melopeas y molestase al personal. Más allá de una llamada al orden propia de quien está acostumbrado a que le obedezcan a pies juntillas, y de cómo me sentó en el momento más depresivo y degradado de la noche, me ofendió que el Avispa se dirigiese a mí como la novia de Pablo. La parienta, para ser más exactos. Salimos de comisaría los tres al mismo tiempo y caminamos por el estrecho arcén junto a la valla del campo de béisbol. A la altura de mi portería, pero en la acera de enfrente, nos despedimos. Ellos se alejaron cuesta abajo, los seguí con la mirada y lo que vi me resultó doloroso. Sin duda el Avispa, contenido en comisaría, estaba abroncando a Pablo. Finalmente, le propinó un golpe con la mano abierta en la nuca, y Pablo se elevó un palmo de altura sobre el suelo, como un crío al encajar un merecido cachete en el culo. Y siguieron caminando. 34 A galopar Entramos con sigilo sobre las nueve de la mañana, cruzando los dedos para evitar un eventual encontronazo con un vecino airado, y nos pusimos manos a la obra para desmantelar el local de nuestras posesiones, pues Bardina y Salitre ya habían retirado las suyas. Aparte de una reiterada gratitud hacia el Avispa como si éste lo escuchara a través de un micrófono oculto por ahorrarle un disgusto

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a sus padres, Pablo no hizo alusión alguna a su efímero paso por el calabozo. Como todo lo que procedía del patriarca, aquel comentario pronunciado a desgana me intrigó, pues yo había visto cómo el Avispa lo humillaba y, sin embargo, Pablo porfiaba en sus encomios, sólo que de un modo automático. Debido a su tono cortante y huidizo, postergué el interrogante capital, esto es, qué milonga había contado al patriarca para que se dirigiese a mí como su novia. Tal engaño se me antojó una falta de respeto hacia mí y también hacia el Avispa, pues mentir, sobre todo gratuitamente, ponía en entredicho su admiración. Por no hablar de la rutina en que se había convertido sustraer fracciones de su mercancía, con independencia de que yo me beneficiase de las mismas. Todo esto empezaba a resultarme hiriente, dado que coincidía con un nuevo retroceso de nuestra confianza. Percibía que Pablo me utilizaba caprichosamente, y hasta disfrutaba haciéndome daño desde su atalaya de sujeto dominante dentro de nuestra casta y cada vez más viciada relación. Al final de la mañana, constaté que además de llevarme al local para limpiar porque él apenas sabía barrer, deseaba decirme que finalmente se iba de vacaciones con la gente de Marianao y no conmigo como había insinuado en medio de alguna de nuestras historias imaginarias. ¿Dónde vais si se puede saber? A un camping de Lloret de Mar. Pues que disfrutéis. Nos vamos mañana... Si quieres venir, tienes una buena excusa.

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¿Ah, sí? Sí. ¿Me podrías hacer un favor? Depende. Eso sólo si decides venir, claro, dijo como si al mostrar poco interés en que yo viniera, me atraería irresistiblemente.. A ver, dime. Necesito que vayas a la Toñi y le cojas una pieza de 25 gramos. Tengo tate para dos días y luego me quedaré sin nada. Y no quiero ir mendigando una china a esa peña cada vez que me apetezca un cachirulo. ¿Por qué no vas tu? No tengo tiempo, el autocar sale después de comer y aun tengo que hacerme la maleta. No sé si podré. En caso de ir, no creo que mi padre me permita pasar más de una noche allí, o sea que ya veremos. Entre que Pablo estaba entusiasmado con la acampada y que atravesaba el episodio más dulce de su romance con Mudéjar, me sentí definitivamente ninguneada. En otro momento, Pablo habría insistido en que hiciese por quedarme más días, exhortándome a que engañase a mis padres, y yo habría accedido. Dame el dinero. ¿Qué dinero?, preguntó Pablo molesto. El dinero para el hachís. Vaya, me sales más cara que un niño tonto. Pero si el hachís es para ti, no para mí. Ya, ya, pero otras veces has sabido dónde sacarlo.

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Se refería a las dos o tres ocasiones en que había echado mano del dinero de mi padre sin su consentimiento. Ahora no me daba la gana, y menos cuando no era para nuestro disfrute, sino para compartirlo con sus amiguitos de Marianao. Lo siento, no puedo arriesgarme. Vale, vale, refunfuñó, acercándose a su moto. Levantó el sillín, rebuscó en un compartimiento y sacó un trapo manchado de grasa que envolvía un fajo de billetes y me dio el dinero. Pablo, no quiero parecer una alcahueta, pero... ¿Qué? Vamos, sermonéame otra vez. Nada, nos vemos en Lloret. Dos días después, subí a bordo de un autocar de Sarfa en la estación del Norte con destino a Lloret. En el camping había una quincena de personas incluyendo a Pablo. Habían instalado sus tiendas de campaña en forma de media luna, ocupando cuatro parcelas contiguas, junto a los aseos y las duchas. En medio, como la jaima de un jeque árabe, se alzaba la tienda de Mudéjar y Pablo. Tuve que abrirme paso entre camisetas y calzoncillos, zapatillas, latas vacías y litronas pegajosas, sellando con mis dedos las aletas de la nariz para impedir intoxicarme con los efluvios pestilentes de sudor. Mi pose de rechazo amplificó el desdén con el que fui recibida. Dirigiéndome al Francotirador, que me salió al paso, pregunté por qué no habían invitado a ninguna mujer. Respondió con franqueza que habían venido a beber, a fumar, y a ponerse literalmente hasta el culo. A diferencia de otras ocasiones, noté que la hostilidad se

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extendía a los demás, como si todos conspirasen para forzar mi veloz vuelta a casa. Y aun me sentí más despreciada cuando aparté la malla que caía desde el entoldado de la tienda de Pablo, y vi cómo éste, con los párpados entrecerrados, repartía a los desamparados generosas dosis de heroína que arañaba de una piedra con la hoja de su navaja. Decliné la invitación. Estaba de un humor de perros y aquel olor de heroína fumada que viciaba el aire me revolvía el estómago. Mi negativa fue el desencadenante de la reacción de Pablo cuando le entregué en mano el encargo. En presencia de Mudéjar, lejos de darme las gracias, hizo un mohín de desprecio, como si yo le hubiese hecho una trastada impedornable. Salí de la tienda sin mediar palabra y anduve hasta la playa. Eran las siete de la tarde, pero la arena estaba aun infestada de toallas, hamacas y parasoles. Estuve sentada más de una hora, colando puñados de arena entre los dedos de mis pies, abstraída de la música y del gentío. No me cabía duda de que había dejado de ser útil para los intereses de Pablo, aun desconociendo la sustancia de tales intereses o, al menos, descartando que éstos coincidiesen con los míos, en tanto en cuanto la razón última de mi resistencia ante la escasez de signos esperanzadores, radicaba en la confianza de que nuestra intensa, insana y peligrosa singladura había de culminar en la alianza irreversible de nuestras almas. Pero había perdido. Esta conclusión me apesadumbró al mismo que me enervó porque no tenía coraje para mandarlo a freír espárragos de una vez por todas. Me dispuse a regresar para despedirme, pero no me hizo falta llegar a las parcelas donde estaban acampados porque me topé con

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ellos en la calle de grava apisonada que conducía a la piscina. Al verlos me abochorné, aunque acaso en otro momento aquel cuadro que se abría ante mis ojos me hubiese arrancado una carcajada. Porque de los quince individuos que peregrinaban con la toalla anudada a la cabeza como un turbante, no había ni uno solo que mantuviese el cuerpo erguido. Caminaban jorobados como actores de una película de muertos vivientes, con la boca abierta y las comisuras de los labios embrutecidas, rascándose el cabello como si tuvieran pulgones de corral. Por momentos uno se detenía, cimbreante como una estatua acosada por el viento, y se inclinaba hasta rozar el suelo con el hombro y así se quedaba clavado, estático, otro se sentaba y vomitaba, otro se quedaba mirando pasar una bicicleta con el cuello torcido hacia atrás como si hubiese avistado un OVNI, u otros dos intercambiaban impresiones con los ojos semicerrados. Mateo, por supuesto, iba en la retaguardia llorando como un crío que ha perdido a sus padres de vista. Me miró con ojos de mártir, implorando atención. Estuve a punto de escupirle en la cara. Me marchaba hacia la estación cuando Mudéjar me obligó a volverme con un fuerte silbido. Se acercó lentamente. Sólo su mirada un tanto perdida y su parpadear desaforado delataban la heroína que corría por su sangre. ¿Qué quieres?, pregunté. Excusarme en nombre de Pablo. Cree que has hecho negocio con la postura astillándole una parte. ¿De verdad que Pablo te ha dicho esto?

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Sí, pero no hace falta que le digas nada. Ya se arreglará, esos días anda desorientado por lo del Sandalia. ¿Por qué no me lo dice a la cara? Supongo que porque no quiere herirte. Prefiere esperar a que se le pase. Vamos a ver, Mudéjar, ¿te ha enviado él? No, no, claro que no. Lo que pasa es que me he percatado de que se le ha ido la castaña, y me sabe mal. Las palabras de disculpa de Mudéjar sirvieron para confirmar que los acontecimientos se habían precipitado. Dicho en plata, Pablo había concluido que yo le había robado dinero. Eso ya era el colmo, pero también el pretexto que necesitaba para finiquitar la vida disipada que estaba acabando conmigo y con la paciencia de mis seres más queridos. 35 La señorita prusiana (2ª parte) A la vuelta de Lloret, Pablo me urgió para vernos de inmediato. Me recogió en la portería de casa y abandonamos el barrio sin cruzar una sola palabra. Al pasar frente al viejo cine Casablanca, recordé con estupor que a mediados de los ochenta, siendo una niña, había asistido a la proyección de Quadrophenia y que, al salir del cine, había ido a un bar a comprarme dos o tres cajas de caramelos y chucherías para emular las anfetaminas que ingería el protagonista de la película. Quizá en ese momento ya tenía el germen de lo que soy ahora, pensé. Franqueamos la carretera de

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Calafell, el polígono industrial y, al traspasar la brusca frontera entre el asfalto y la llanura aluvial sembrada de cultivos, encauzamos una pista de tierra llena de baches flanqueada por acequias. Avanzamos unos diez minutos en dirección al Prat hasta que una alambrada nos obligó a detener la marcha: estábamos en los aledaños del aeropuerto. Nos apeamos de la moto y nos sentamos mal que bien bajo la sombra de una higuera. De buenas a primeras, Pablo reconoció que había albergado dudas hacia mi persona y había cuestionado mi honestidad. Admitió que tampoco pretendía escudarse bajo el paraguas de un malentendido que nunca existió. Estaba avergonzado y me pedía disculpas. Con esas palabras, me sentí recompensada y no le dejé continuar. Era suficiente, pero prosiguió. Además de la disculpa, Pablo había tomado una medida: no volvería a tener trato con el clan de Marianao, a cuyos miembros reprochó su naturaleza marrullera y su interés basado en la conveniencia, atributos que eran parcialmente ciertos pero que no estaba dispuesta a convertir en objeto de discusión. A excepción de Mudéjar, Bardina y Salitre, la suerte del resto le traía sin cuidado. ¿Ha pasado algo que deba saber? ¿Si ha ocurrido algo? ¿Pablo? Es que no oigo. Los aviones pasan muy cerca... Lo que ha sucedido es que he dejado de tomar caballo. Esa es la diferencia, que ya no tengo la cabeza embotada. No sabía que estuvieras consumiendo hasta ese punto. Pero, vaya, me alegro.

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Yo también, ¿golfeamos? Por supuesto, pero aquí, al aire libre, resulta un poco incómodo, ¿no? Tengo una idea, sígueme, dijo el mejor Pablo. Nos alejamos del área de seguridad del aeropuerto para llegar hasta otro recinto vallado, el parque natural del Delta del Llobregat. Nos deslizamos por un agujero que parecía estar hecho a la medida de un jabalí y proseguimos por una pasarela sobreelevada de listones de madera que crepitaba bajo el peso de nuestros pasos. A lado y lado se abría una tupida alfombra de juncos y a cierta distancia se atisbaba un humedal y cientos aves retozando que me parecieron cigüeñas. ¿Qué te parece aquí?, preguntó Pablo tras saltar por encima de la barandilla con agilidad atlética. Era una casita de madera elevada sobre un promontorio que hacía las veces de observatorio ornitológico. Dentro había una mesa invadida por hormigas y una banqueta donde nos acomodamos, desde la que teníamos una reducida pero suficiente visión del exterior a través de un ventanuco. Corría un flujo de aire laminar que, sumado a la oscuridad dominante, reducía al menos dos o tres grados la temperatura respecto al exterior. Pablo extrajo de su mochila un saquito de cocaína de unos tres gramos, un espejo que había tomado prestado de su hermana, una botella de naranjada fresca y el radiocasete. Accionó el play y sonó “Sin ella”, mi tema predilecto de los Gipsy Kings. Y empezamos la fiesta como si no hubiera pasado nada.

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Señor Conde, ¿recuerda dónde nos quedamos la última vez? Esmeralda, queridísima hija, refresca mi maltrecha memoria, por favor, dijo Pablo con dulzura. Tras fracasar en el intento de enlace con un pariente lejano, feo y bujarrón, la pagaste con Sor Carmen, pensando que ella estaba detrás de mi repulsa, pero ella te puso en tu sitio, engañándote por partida doble. Porque a espaldas del Conde y burlando a toda su guardia pretoriana, Sor Carmen empezó a organizarme escapadas furtivas. Fueron los mejores momentos de mi vida. Salía sólo con el objetivo casi científico de evaluar candidatos, con la tranquilidad, pues eso no ha variado un ápice, de que la elección siempre dependería de mí. Sor Carmen se engalanaba como una princesa y yo me disfrazada de sirvienta para que nadie del servicio ni conocidos de mi padre pudieran reconocerme en las tabernas y en otros antros de baja estofa. Bajo mi disfraz, podía auscultar con descaro. Debo reconocer que el patio dejaba mucho que desear. Necesité dos años para dar con un candidato prometedor, un muchacho de 17, barbilampiño y bello... No le di tiempo a disfrutar de ese paria. Mis informantes me pusieron al corriente de las escapadas de Sor Carmen y mi hija. Por fortuna tuve un motivo de peso para desembarazarme de aquella tunante. Castigué a Esmeralda privándola de sus aficiones durante 6 meses, convencido de que un escarmiento depuraría su confusión, y amenacé con desheredarla. No hubo día que no la visitara. Esmeralda no respondía a mis saludos. Yo no me cansaba de

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repetirle que me había engañado, y que ahora era yo quien recelaba de ella. Con la de palos que le había arreado la vida, Sor Carmen era el doble de fuerte que yo, y el triple que mi padre, claro. Sor Carmen era indestructible. Y se las ingenió para dominar totalmente la voluntad de la nueva fámula que mi padre contrató para su servicio. A través de ella me hizo llegar una misiva con las instrucciones para escapar del castillo. Lo que más me sorprendió, dicho sea de paso, fue que su mayordomo aceptara sobornos por hacer la vista gorda, doblones de oro sumergidos en la sopa que introducía la fámula desde la cocina hasta mis aposentos, y que a su vez salían del convento que había acogido a Sor Carmen. O sea que merced a las dádivas de los feligreses, de quien Sor Carmen desviaba el dinero, proseguí la partida del amor con mi mozo de 17 años. Fui víctima de una vil conspiración orquestada por el mismo hombre de confianza que un año antes me había dado el chivatazo. Pensé que lo hizo porque se sentía poco valorado y peor pagado, aunque cuando lo acusé de todo esto, respondió que yo no era quién para cercenar la libertad de mi hija, y que con eso bastaba para justificar su sabio merecido, es decir, vino a repetir las palabras de Sor Carmen como si se hubieran puesto de acuerdo para sepultarme en vida. Mi mozo rebosaba fuerza y cariño, se sentía llamado a hacer una heroicidad. Pero yo desconfiaba de su ingenuidad, pues no podía imaginar hasta dónde llegaban los tentáculos de mi padre y

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cuán lesivos podían ser de alcanzarle. Sí, eso mismo, de forma inconsciente y mecánica, empecé a compararlo con mi padre. Así que tu prometido pasó a sentir envidia del suegro que no lo detestaba. De pronto, un mozo que nunca había tenido nada, pretendía poseer a la princesa con mayor celo que yo mismo, y encima quería competir con un caballero de alcurnia, con el mismísimo Conde. Me humillé ante Dios para que te hiciese comprender porqué yo no aceptaba pretendientes del tres al cuarto que ensuciarían mi estirpe, prestigio y descendencia. Como reacción a su rechazo hacia ti, aun persistí en hablarle de tus virtudes y convertí esta artimaña en su prueba de fuego. Necesitaba saber donde empezaba su madurez, y donde terminaba su facilidad para soñar. Fuere por los achaques de la edad o por la desesperación de una pérdida que se me antojaba irreversible, un día me levanté con un fuerte dolor en el pecho y supe que me iba a morir. Quise hablar contigo, pero ignoraste mi última voluntad. El Conde cayó fulminado por un infarto, que se interpretó como una ordalía. Sin embargo, ahora que era dueña de todo, el castillo, una fortuna, la libertad y el amor, tuve miedo. No, no me gusta este final que estamos perfilando. Prefiero este: el padre sobrevive, acaba aceptando al pretendiente, y ambos se marchan lejos donde nadie los moleste. No quieren el dinero ni nada. Sólo estar juntos. ¿Y qué pasa con Sor Carmen? A Sor Carmen que le den.

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El ojo de Pablo lagrimaba por segunda vez en poco tiempo. Le pregunté si lloraba de alegría o de tristeza y respondió que ni una cosa ni la otra. Le había entrado una mota de polvo en el ojo. Salimos de la caseta para ver si con la luz natural le podía extraer la mota. De estar solos en aquella inmensidad silenciosa, alterada de vez en cuando por el grito semihumano de las gaviotas y el estertor de los aviones, de pronto nos vimos envueltos en una situación cómica. De la nada apareció una cincuentena de escolares uniformados desfilando por la pasarela. Los niños seguían a un guardia del parque que empuñaba unos prismáticos y una guía de aves. Nos tiramos al suelo de cabeza y reptamos sobre la hierba hasta unos arbustos como si nos fuera la vida, y esperamos a que pasaran de largo, mirándonos a los ojos con fijeza. Podía sentir su resuello y pensé que había llegado el momento en que Pablo me besaría por de una vez. Andaba equivocada. Nada más desaparecer los escolares, a Pablo le vinieron las prisas por volver al barrio. Fue inútil convencerlo de lo contrario. Regresamos como habíamos venido, sin mediar palabra, como si mis deseos de besarnos se hubiesen clavado dolorosamente en su mente. Bajo los zarandeos mentales de la dama blanca, pasé del romanticismo a retomar la certeza de que estábamos en la recta final de nuestra relación: imperaba el momento en que deberíamos unirnos del todo o separarnos para siempre.

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36 El empacho de Lucas ¿Te has enterado? ¿De qué tendría que estar enterada?, respondí con desgana, inmersa todavía en la apatía que arrastraba desde nuestra excursión al delta. Lucas ha palmado esta tarde. ¿Qué le ha ocurrido?¿Podemos vernos? Venga, pásate por casa, que mis gatos todavía no te han visto con el pelo corto. No me lo podía creer, me refugié en la habitación y rompí a llorar. La muerte de Lucas desbordó la aversión que venía incubando respecto al barrio, al que culpaba sin atenuantes de nutrir el caldo de cultivo necesario para empujar al abismo a las hornadas de adolescentes que medrábamos en sus entrañas. Pero sólo de pensar que tal aversión casaba con el ideario de disidentes como mi hermano, me lo quité de la cabeza de inmediato y me convencí que se trataba de una lucubración influenciada por el encadenamiento de experiencias luctuosas. A fin de cuentas, mi película avanzaba sobre seguro, aunque a veces mi protagonismo se tambaleara, aunque nunca lo suficiente para caer y no levantarme. O eso creía. Pablo estaba repartiendo pienso, fumándose un canuto monumental con una flema que, más que destilar descaro, denotaba

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un pasotismo derivado del resentimiento. Me lo pasó, pero no pude llevármelo a los labios porque estaba ávida de conocer los detalles. ¿Cómo ha sido? ¿Dónde lo han encontrado? ¿También se lo han cargado? En parte sí, durante una redada. Esta vez parece que muy dirigida. A media mañana, un Ford Scort de la policía secreta se ha detenido donde la Morlaina, mientras otros tres vehículos bloqueaban las vías de escapatoria. Primero la han cacheado agentes de paisano, pero como ella ni siquiera ha levantado los brazos, han empezado a zarandearla y a insultarla, mientras ella gritaba que la estaban violando, y aun así no han conseguido sacarle nada. Todo eso lo estaba presenciando Lucas desde la ventana del primer piso, cuyos llantos de impotencia, improperios y amenazas de muerte se han escuchado en todo el barrio. Sin embargo, al ver que los secretas esposaban a su madre y la empujaban hacia el interior de la portería para registrar el piso, Lucas, ni corto ni perezoso se ha comido siete u ocho papelinas de un gramo para salvar el culo a su madre. Ha muerto en la ambulancia, pero creo que su madre todavía no lo sabe. Los cabrones se ha encargado de poner en circulación el rumor de que Lucas se ha suicidado. De súbito, Pablo enmudeció. De la portería salió el Avispita arrastrando literalmente de la pechera a un hombre con la cabeza tapada con un pasamontañas. Pablo se puso más lívido de lo que estaba. Cuando el hijo del patriarca desapareció, Pablo me penetró con la mirada e hizo un ademán de hablarme que abortó al instante, pero yo tampoco estaba segura de que esto fuera así. Primero

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porque era un gesto que se había repetido en suficientes ocasiones como para que fuese un eficaz recurso para desviar mi atención. Segundo porque desconfiaba más que nunca de mi intuición, distorsionada por mis deseos de que me confesase que me amaba, y por una incomprensión derivada de una mezcla de ostracismo y verdades a medias, que hacían de Pablo la encarnación física de la ambigüedad. ¿Te has preguntado por qué tú y yo estamos vivos, por qué nuestras vidas proseguirán y hasta disfrutarán de tiempos mejores mientras que algunos de los que nos rodean llevan la muerte, la muerte precoz quiero decir, marcada en su destino?, preguntó Pablo. No me lo he preguntado nunca, pero supongo que todo el mundo se cree en el derecho de alcanzar la vejez, para cumplir ciertos pasos naturales, no sé. Fíjate en el Sandalia, en Lucas, y en los que están por caer. Vidas miserables, chavales criados en la calle, arrojados a la Tierra para ser unos desgraciados y sustraídos de ella con apenas veinte años. Y no precisamente porque sean locos geniales, artistas malditos, virtuosos de no sé qué mierda creativa, o beatniks glamourosos, sino pringados como tú y como yo que no han nacido ni para brillar, ni para que nadie brille a su lado. Con esta gente sucede lo mismo que en esas guerras en las que la muerte de un niño iraquí o un padre bosnio musulmán no tienen valor mediático, ni lo que es peor, valor afectivo, en comparación con los funerales de estado que se le rinde a un españolito, un inglés, un francés, o qué sé yo. Así que cuando la noticia de la muerte de Lucas llegue a oídos de

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cualquier ciudadano de este pueblo, se dirá: es normal, se lo merecía, estaba condenado, qué otro futuro le esperaba sino. Pablo me exhortó a que nos resguardáramos de los cotillas agazapándonos bajo el cobertizo de los gatos. Allí tenía dispuesto su propio altar. Hice una genuflexión como quien se arrodilla ante la virgen y me endiñé una señora clencha. Todo esto tiene que cambiar, dijo Pablo en un arranque de pasión, como si las circunstancias le obligasen a tomar decisiones salomónicas, y fuese él el ungido para llevarlas a buen puerto. Desde luego. Tenemos que matar a la dama de una vez por todas... En mi inconsciencia, abandonar la dama pasaba incondicionalmente porque antes lo hiciese Pablo, que era el intermediario y mi principal inductor. Sin embargo, ese paso previo me parecía improbable, pues ínfima voluntad era equiparable a la mía. Pablo hablaba y hablaba de hacer esto y aquello, de ilusionarse con otras cosas, de ejercitar el cuerpo y cultivar la mente. Sin embargo, exoneraba al Avispa de sus planes de futuro como elemento a prescindir, así como a su dependencia de aquellas sumas de dinero a las que no estaba dispuesto a renunciar. Como siempre, al día después de aquella conversación, o bien no recordaríamos nada, o incluso tendríamos la frivolidad de considerar definitivas aquellas medidas sólo para contar con una excusa solemne que justificara la última fiesta antes de ponerlas en práctica. En esta ocasión, decliné asistir con Pablo al entierro de Lucas. Según me explicó Nuria, que acudió con Nicolás, la ceremonia fue

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aun más dramática que la del Sandalia, empezando porque atrajo mayor concurrencia. La Morlaina apenas se tenía en pie y tuvo que desplazarse en silla de ruedas. Esta vez no se clamó venganza contra asesinos sin rostro, sino que todas las miradas apuntaron al cabo Salmerón, al que se le suponía el autor en la sombra, responsable de trasladar la información al Departamento de Narcóticos con el fin de encauzar su promoción ante la inminente jubilación del teniente Ruipérez. Nadie sabía, había de confesarme Pablo unos días después, que la promoción seguiría su curso, pero no por acumulación méritos de ese tipo, sino porque el teniente Ruipérez estaba en nómina del Avispa, y el Avispa aprobaba el ascenso. César esgrimió la muerte de Lucas para presionar a mis padres de que debíamos mudarnos a otro lugar menos conflictivo. Contra toda lógica, a esas alturas yo era cada vez más ajena a la imagen de tarambana que proyectaba, y a la preocupación que embargaba a mis padres, que ya responsabilizaban abiertamente a Pablo de mi espiral destructiva. Yo sólo notaba que en casa se disparaba mi irascibilidad, discutía por naderías a cada momento, o dormitaba durante horas por el día, cuando no me encontraba indispuesta. Cuatro días después de la desaparición de Lucas, mi hermano irrumpió en mi habitación sin picar y depositó sobre mi escritorio una fotocopia plegada del boletín informativo del pueblo. El artículo se hacía eco de las dos muertes de los adolescentes radicados en Cinco Rosas. No se desprendía conexión alguna más que la droga y la exclusión. Al final del artículo, no obstante, un dato me dejó petrificada. Si bien el Sandalia había sido cosido a cuchillazos, la causa principal de

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la muerte se había producido por un tiro en la nuca cuando languidecía de dolor. El casquillo de bala pertenecía a una Colt del calibre 45, la misma pistola que Pablo tenía en su posesión. 37 Nicolás el grande El vacío que dejó el clan de Marianao en la galería de contactos de Pablo, fue colmado por Nicolás que, en comparación con el provincianismo de aquellos, éste encarnaba la viva imagen de lo cosmopolita, pues no en vano su área de influencia se dividía entre Barcelona ciudad y, sólo esporádicamente y con fines exclusivamente comerciales, nuestra querida Vila de Sant Boi. Nicolás consiguió atraer a Pablo a su casa con el pretexto de mostrarle su vestuario y algunas cosas más. Nos recibió en el portal y no hizo amago de presentarnos a sus padres, dos septuagenarios inanimados que permanecían retrepados frente al televisor siguiendo las pruebas olímpicas de natación. Pasamos a su habitación, donde nos desveló con solemnidad, en un claro conato por seducirnos, sus tres pasiones vitales como prueba de que se desnudaba ante nosotros y se rubricaba un pacto de confianza. Las tenía tan interiorizadas que las consideraba un don divino, preñadas de un buen gusto incontestable, hasta el grado que le servían como rasero para juzgar y catalogar al resto de los mortales. Pertenecía a la clase de tipos arrogantes que hacían de su gusto personal un dogma universal.

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La primera pasión, dijo, era el culto a su propia imagen. Adoraba toda clase de artículos de lujo, relojes, gafas de sol, bisutería masculina, y enumeraba marcas y referencias con una propiedad enciclopédica pasmosa. Pablo le iba a la zaga, y se enzarzaron en una conversación sobre fulares y sombreros, que derivó en cremas hidratantes y lociones antienvejecimiento. El baile de nombres, modistos, diseñadores y colecciones se revolucionó cuando Pablo extrajo la dama. Nicolás operaba como una aspiradora industrial. Exigió una dosis doble alegando con toda normalidad que por su configuración cerebral precisaba más cantidad para conseguir el mismo efecto y, por equivocación, se excusó, se metió parte de la que me correspondía. En efecto, la dama le sentó como si hubiera tomado una ducha fría después de un disputado partido de tenis. Le proporcionó un bienestar que lo puso en armonía con el universo. Como ya sabéis, mi segunda pasión son las drogas, proclamó majestuosamente, como si fuese un presentador estrella de televisión que anuncia en exclusiva la noticia bomba del siglo. Entre que no fumaba ni cigarros ni porros, y que era abstemio declarado, sorprendía que Nicolás fuese politoxicómano. A parte de su faceta como consumidor, finalmente se había consolidado como uno de los principales importadores de éxtasis. A la sazón, más allá de la cocaína, las anfetaminas, la heroína y los ácidos, y todo un abanico de opiáceos sintéticos de origen farmacéutico que se obtenían por robo a farmacias o mediante receta médica, y que se podían adquirir a bajo precio a pie de calle, no había nada más. El

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éxtasis empezaba a hacerse un hueco en Barcelona, pese a que en Ámsterdam y en Ibiza hacía años que se estilaba. ¿Queréis una ahora mismo? Extrajo una bolsa de plástico transparente y nos mostró la mercancía. Vale, respondí. Esperemos un poco, Alejandra, dijo Pablo con buen criterio. Hace demasiado calor y a ver si nos va a dar un chungo. Esperemos a que caiga la tarde. Pasamos a otra habitación, que tenía habilitada como vestuario. Las paredes, recubiertas de papel pintado con un estampado setentero, estaban forradas de retratos de Hitler y Franco, y toda suerte de medallas y pastiches de ideología fascista. Cruces gamadas, y otros símbolos nazis entre los que, paradójicamente, me llamó la atención un retrato en blanco y negro del Che, que tampoco pasó desapercibido a Pablo. Nicolás, no me encaja el Che en tu santuario. Pues a mí si me cuadra. Es parte de mi pasado. Antes de convertirte en... en fin, eras revolucionario. Sí, independentista, ya lo puedes decir bien alto, no conozco el arrepentimiento ni me avergüenza mi pasado. Soy hombre de extremos, y ahora milito en Fuerza Nueva. Mañana ya veremos. Pablo pidió permiso para retirar una montaña de camisas perfectamente planchadas y plegadas encima de la mesa. Deslizó una mano para barrer las volutas de algodón y esparció el polvo bajo la atenta mirada de Nicolás.

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Si no te importa, a mí me sirves un poquito más. Después de comer, o me meto más o es que ni me entero y me entra la modorra, dijo como si fuera la primera vez que se metía en ese día. ¿Cuánto más, así?, preguntó Pablo, no tanto haciendo un esfuerzo de comprensión ante un personaje cuya cabeza maquinaba como un eficaz alarde de pasotismo. No, un poquitito más. Nicolás supervisaba la dosis con atención. Prescindió del rulo que Pablo elaboró con un billete de 2000 pesetas y esnifó con un canuto de vidrio y dijo: ¡Yuhuuuuuu! ¿Por qué saltaste de un extremo a otro?, pregunté. Porque ser independentista me salió bien caro. Al menos fuiste un héroe, añadió Pablo. Ya ves tú qué héroe. Cuatro manifestaciones reivindicando mi libertad, un par de artículos de prensa y, una semana después, nadie se acordaba de mí. Y a la se supo que me había rapado al cero la cabeza en prisión, se acabaron las muestras de apoyo. Y os juro que me la rapé por lo de los piojos. Claro que luego le saqué otro partido. Nicolás eludió entrar en más detalles sobre su paso por prisión. Sencillamente dijo que cuando salió, cambió de amistades, que aparcó las anteriores porque en la vida no estaba para tonterías, sentimentalismos y pactos de pacotilla entre adolescentes, sino para pasarlo bien rodeado de los mejores. A Pablo le deslumbraba que Nicolás se jactase de su simpatía por la ultraderecha y abrigase nostalgia franquista. A mí me llenaba de estupor que rebosase tanto

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odio hacia determinadas personas, que fuese tan hipócrita en la medida en que precisamente él no era el paradigma de lo que en teoría pregonaba, sino todo lo contrario. En cualquier caso, en íntima relación con su filiación ideológica, tercera de sus pasiones. Corrió la ropa de su armario y, como en las películas, abrió la tapa de un doble fondo, tras el que se ocultaba un arsenal. De ahí sacó un kalashnikov, dos pistolas, machetes del ejército estilo Rambo y también granadas de mano. Se encasquetó un chaleco antibalas de camuflaje y un casco de la Wehrmacht. Tomó más cocaína y se tragó una pastilla y empezó a hacer instrucción en la habitación con aquella cara de autosatisfacción risueña como quien sabe que es el centro de las miradas de cientos de personas en pleno desfile militar. Así entendí parte del interés de Pablo, pero lo que no imaginaba es que además, por esta vez, Nicolás iba a servir a sus intereses de un modo distinto al que lo hizo con Mudéjar o conmigo, porque con Nicolás estaba dispuesto a hablar de negocios sin pelos en la lengua. La cuestión era por qué, cuya respuesta que se me escapaba. ¿Para qué quería más dinero? ¿Para qué más riesgo? Pedirle que respondiera estos interrogantes era de todo punto inútil. Al oscurecer merendamos un anisete cada uno. En media hora me inundaron las mismas sensaciones que había sentido la primera vez, junto a Nuria: ingravidez, filantropía acusada, felicidad absoluta, ganas impetuosas de mover el esqueleto y de echar un buen polvo. Salimos de su casa y echamos a caminar, pero Nicolás desapareció y Pablo y yo deambulamos, errabundos, por las calles peatonales del

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pasar a enunciar la

pueblo hasta las tres de la mañana. Zalamero como nunca, Pablo me confesó que me arropaba porque yo era persona que le convenía y que le hacía el bien. No traspasó la línea, al otro lado de la cual estaba yo siempre ojo avizor como si aguardara a que sufriese un despiste o un traspiés, en vez de pronunciarse de forma sincera y natural.

38 A quien madruga, Dios le ayuda Para cerrar un negocio cuyo intríngulis desconocía, Pablo y Nicolás se citaron en un tugurio llamado Psicódromo a las seis de la mañana. Pablo me sugirió en la vigilia que sería más conveniente madrugar y desplazarnos hacia allá bien descansados, plan que me facilitaba las cosas para confeccionar una trola convincente ante mis padres, que no aparecer en casa pasadas las diez de la mañana después de guerrear durante toda la noche. Para tranquilizar mi conciencia, le advertí que esa iba a ser la última fiesta del verano, cosa que a Pablo le importaba un comino, entre otras cosas porque ambos habíamos agotado el valor de nuestra palabra dada, lo cual no era óbice para que yo misma me lo creyera y en consecuencia me provocara un pánico terrible, como si fuera a acabarse el mundo. Así que aquel amanecer de finales de agosto, sorprendentemente fresco y primaveral, desayunamos un café y un cruasán en Los verderones, dimos los buenos días a la dama en dos visitas consecutivas al baño

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y trotamos hacia plaza Catalunya, donde tomamos un taxi con rumbo a la calle Almogávares. La coraza placentera de la dama no amortiguó el impacto visual que me provocó el antro mientras accedíamos por unas empinadas escaleras, que enseguida se transmutó en una angustia que me dominó durante las cinco horas que iba a permanecer allí: predominancia masculina de rostros macilentos, ojos como platos, pasos de baile enfermizos por repetitivos y vesánicos, ejecutados por cuerpos insomnes al son de una música atronadora y una atmósfera mortecina viciada de cocaína y anfetaminas y qué sé yo, sazonado con una fuerte pestilencia corrosiva a sudor y alcohol: ambiente de caverna con trogloditas celebrando un ritual de vida y muerte. Alguien me dijo un día que las discotecas eran en última instancia espacios de cortejo donde los hombres y las mujeres se encontraban para aparearse. En la pista no había nada de eso y aun menos en los pasillos, donde se respiraba una tensión heladora. Antes de llegar hasta nosotros, Nicolás se entretuvo intercambiando saludos entre la muchedumbre, pavoneándose de su predicamento entre aquella pandilla de denigrados. Se abrazó a Pablo y a mí me ignoró por completo, despropósito que aumentó mis deseos de marcharme de allí, aunque esa discriminación fuese moneda corriente entre hombres. Nicolás llevaba dos noches en vela pero, salvo unas ojeras que tenían el aspecto de no volver a recuperarse jamás, lucía un semblante saludable. Parloteaba como una cotorra, sólo que de un modo más pervertido al que ostentó el día en que nos abrió las puertas de su casa. Su argot estaba plagado

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de

vomitivos, escatológicos, que acentuaba con su

gesticulación militar, y de ideaciones disparatadas como salir a la caza de putas y travestís cuando cerraran el antro, asuntos que sacaba a colación sin ton ni son. Aprovechando que Nicolás fue a buscarnos un zumo, pregunté a Pablo: ¿Cómo es que el anisete nos sentó tan bien y la cabeza de Nicolás es lo más parecido a una fosa séptica? Es la mezcla con el speed que los reduce a monstruitos taquicárdicos... Pero, déjate, eso es lo que tiene dentro aunque esté sobrio, a ver si ahora vamos a pensar que es un filósofo eminente con doble personalidad. No había manera de que Nicolás nos trajese el zumo, que nosotros precisábamos como agua de mayo debido a nuestra astringencia. De continuo acudía gente a comprarle pastillas con todo descaro. A veces éste despachaba en un segundo y a veces tardaba diez minutos, para volverse a nosotros y quejarse de que tenía sobrecarga de faena. Los policías son los más rateros, con el rollo de que si les vendo barato estaré a salvo de sus propios compañeros de servicio, dijo como quien habla de lo más normal del mundo. ¿Policías?, pregunté. Sí, pero no de servicio, sino policías que en su tiempo libre se ponen hasta arriba como tú y como yo. Quien dice policías, dice jueces, políticos y todo el que tenga una boquita para tragar y una nariz para aspirar. ¿Has traído algo Pablo?

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Pablo lo ignoró y se retiró al baño. Me quedé a solas con Nicolás. ¿Adónde va? A hacerse un petardo. Los porros son para los hippies y para los apalancados. Frenan la castaña de la pastilla, de la farlopa, de todo, y el humo es malo para la salud, dijo en referencia a Pablo. Para el aire que respiramos aquí, ¿qué más da un porro? Nicolás me miraba alternativamente a los labios y a las tetas tratando de asomarse sobre mi mesurado escote, haciendo caso omiso de lo que le estaba diciendo. Se acercó a mi oído y noté cómo el sudor de su cara se deslizaba sobre mi mejilla. ¿Follamos? ¿Estás de guasa? Nunca bromeo, y menos con estas cosas. Me gustas, estoy enamorado de ti desde el primer momento en que te vi. ¿Ya no te importa Nuria? ¿Eres bollera o qué? Pablo apareció al momento y Nicolás se lanzó a la pista como si fuese una piscina y empezó a brincar. Por lo visto, mi negativa no le pasó factura. Aun más, pensé que celebraba que mi respuesta había sido afirmativa. Referí a Pablo lo ocurrido acerca de sus proposiciones obscenas. No le hagas ni caso. Piensa que lo suelta a la ligera, seguro que no se le levanta aunque se la chupen tres putas.

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La zafiedad de Pablo me alertó de su estado. Y, acto seguido, en dos saltos se puso a bailar junto a Nicolás. Entre aquella pandilla de descarriados que a mí me recordaban los robots de plástico que sólo caminaban hacia delante y hacia atrás colisionando con todo, los movimientos de Pablo y su parche pirata causaron sensación. Lo que no esperaba es que mientras tanto, Nicolás volviera a situarse a mi lado. Como si no nos conociéramos de nada, intentó seducirme de nuevo, o eso intuí, ya que no le dejé que se acercase tanto, y además no podía comprenderle. A Pablo no le pasó inadvertido y vino hacia nosotros. Nicolás se pegó a la oreja de Pablo y siguió hablando con el mismo tono, hasta el punto que pensé que había cambiado de presa. No, mujer. Me estaba comentando algunos detalles de nuestro negocio. Pero sí no se entiende nada de lo que dice. Eso serás tú, Alejandra, yo lo entiendo perfectamente. Pues a mí cada vez que me engancha, me propone matrimonio. ¿De verdad?¿Otra vez? Ya se me han hinchado las pelotas. Ahora vas a ver cómo se aplatana un facha maricón. Pablo apuró el zumo y se llevó a Nicolás entre dos columnas, donde se acodaron en una repisa de madera donde reposaban decenas de vasos de tubo y ceniceros. Nicolás aspiró por medio de su tubo de vidrio y se lanzó a la pista. Pablo permaneció a mi lado. Sólo tenemos que esperar diez minutos. ¿Para qué?

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Para que surta efecto. ¿El qué? Pues lo mismo que a ti te puso malita durante tres días. Le he preparado un macarrón de kilo, sólo que el piensa que es coca cuando es caballo, y bien puro. Pero cual fue nuestra sorpresa cuando pasados los diez minutos de rigor, pese a mostrar signos de fatiga con movimientos ralentizados y párpados sellados, Nicolás demostró que no había droga en el mundo que le apocara. Y siguió bailando y saltando y azuzando los brazos, y gritando venga fiesta forzando la voz afónica y encontrando respuesta en tres o cuatro chalados que le siguieron como a un profeta. Pablo y yo nos miramos incrédulos. Dieron las doce del mediodía y dos guardias de seguridad se encargaron de evacuar el local a base de empujones. Nicolás nos condujo a la barra. Pablo y él se colaron por una puerta y se quedaron de pie junto a lo que parecía una despensa. Hablaban tan alto que pude cazar al vuelo parte de la conversación. Nicolás estipulaba sus honorarios y Pablo proponía aumentar la cantidad de la mercancía para que fuera más rentable, como si pretendiesen repetir otra operación más ambiciosa después de los buenos resultados de una prueba piloto. Me espantó pensar que Pablo se refería a mercancía del Avispa que sustraía bajo mano, aunque no descarté que éste le hubiera dado su consentimiento, de modo que lo que a mí me vendió como un secreto para encandilarme, era de dominio público. Cuando regresábamos en taxi hacia el barrio, le

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comenté que había oído parte de la conversación y le expresé mis reservas. ¿Por qué no te fías de Nicolás?, preguntó No lo sé, parece que está claro que es un bala perdida. No te metas en estos asuntos, no sabes de qué hablas. No me meto, pero si escucho, tengo derecho a decir lo que quiera. Tú tranquila, que siempre te protejo. ¿Protegerme de quien?, pregunté airada, pensando en el deseo de mis padres de apartarme de Pablo. ¿Tú que sabrás?, dijo y se tocó el parche, como indicativo de que sentía molestias en el ojo y que por tanto se clausuraba la conversación. Estaba harta de escuchar interrogantes que no comprendía, máxime cuando me apremiaban tesituras tan inminentes como difíciles de sortear: estaba a punto de llegar a casa y no había pensado el modo de enmascarar la curda que llevaba encima. 39 Espías Crucé el umbral de casa devanándome los sesos para encontrar la manera de librarme de la comida porque no estaba en disposición de hablar, ni de probar bocado por mi falta de apetito. Pero me estaban esperando. Antes de sentarme a la mesa, en la que dominaba un silencio sepulcral, me encerré en el baño para asearme la cara y cepillarme los dientes. Allí, sin embargo, me acaloré como

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siempre que se avecinaba una tormenta familiar. Empapada en sudor, con los labios apretados por la ira, fantaseé que me defendería y que contraatacaría, sin descartar arrear un guantazo a mi madre o a mi hermano. Y, si verdaderamente no me aceptaban como era, amenazaría con marcharme de casa. Acto seguido, reparé fugazmente en que apenas me había ocupado de pensar con frialdad y una pizca de sentido común qué estado de preocupación reinaba en casa. Como consecuencia de esta iluminación, emigré de la desesperación a la postración, impedida para expresarme con fluidez y acomplejada por mi apariencia desmejorada. Mamá escudriñaba mis famélicas facciones sin disimular su desconsuelo, mientras que César no levantaba los ojos del plato, regodeándose con el rapapolvo que se abatía sobre mi penosa figura. Habló mi padre y enseguida percibí que estaban a años luz de la verdad, y supe que podría salir indemne de aquel atolladero. Después de advertirme que mi comportamiento estaba acabando con su paciencia, me preguntó qué me pasaba. Respondí que no tenía ilusión por nada y, carcomida por la perversidad sugerí que el enrarecido clima familiar propiciaba mi abulia. Menos terco de lo que suponía y refractario a mis subterfugios infantiles, trivializó mi dictamen y afirmó categóricamente que eran mis compañías la causa principal de mi torcimiento e inminente derrumbe y el resto sólo chorradas. Por primera vez mi padre se pronunció sobre Pablo, de quien se había preocupado de recabar información. Y en su haber tenía malas referencias igual que de su padre, del que podía garantizar que no era trigo limpio. Papá no aludió a mi relación con

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las drogas, y tampoco yo quise asumir que ésta se sobreentendía, ni alcanzaba a imaginar cuán doloroso puede ser para un padre acusar a un hijo de drogadicto, hasta el punto de no hacerlo. Luego adoptó el tono categórico del que pocas veces hacía gala cuando sabía a ciencia cierta que estaba cargado de razón. Me advirtió que si no entraba en vereda, si no cumplía con mis obligaciones, si no respetaba a mi madre y a mi hermano, no le temblaría el pulso para aplicar los correctivos necesarios. El primero era que si no quería estudiar, debía ponerme a trabajar sin dilación. Y el segundo, que si no soportaba el ambiente familiar, ya sabía dónde estaba la puerta. Pese a que me sentí frágil y desarmada, percibí con toda claridad que mi padre ya no tenía ascendente sobre mí, y él lo sabía, por mucho empeño que pusiera en enfatizar sus amenazas. De aquel sermón saqué en limpio que en adelante todos mis movimientos se someterían a estricta vigilancia, sin descartar que César o alguien a sueldo de mi padre, se dedicara a espiarme de forma metódica. Esta suposición protagonizó mis obsesiones en los días sucesivos. Me daba pánico que me descubrieran en mi salsa porque ello significaba violar mi intimidad, hasta el punto que, llegado el caso, si me hubiesen permitido fumar porros en casa, me habría negado rotundamente. Así que durante la última semana de agosto, en la que no hubo respiro entre la dama, Pablo y yo, acabé siendo presa de la fijación de que me seguían de cerca. Se lo dije a Pablo y le restó importancia, trazando un círculo con el brazo. Las calles del pueblo estaban desérticas y la mayoría de casas tenían las

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ventanas cegadas y las persianas echadas. Como yo seguía hurgando hasta en las bocas del alcantarillado, espetó: Alejandra, estás paranoica. Háztelo mirar. Es muy fácil decirlo, pero es que tengo la sensación de que hasta mis primos lejanos, a los que ni siquiera conozco, están conchabados con mis padres. Pero, vale, ya me lo quito de la cabeza... En compañía de Pablo lograba domeñar mis emociones, pero a la que me quedaba a solas no dejaba de ladear la cabeza en todas direcciones, a veces girando de forma continua como el periscopio de un submarino, a veces mediante impulsos sincopados. Era una obsesión que no me permitía relajarme pero que al mismo tiempo me divertía, al experimentar la sensación de que estaba a punto de capturar a mi presa y de deshacerme de mi enemigo. Convencida de que el espía me seguía a todas horas, a veces hacía ademanes disuasorios para fastidiarlo, y también a veces me revelaba porque me sentía ridícula y cobarde y decidía no esconderme de nada ni disimular menos: era adulta, libre y descarada, me repetía como me podía haber repetido otra letanía cualquiera de la misma índole. Cuando me acostaba, regresaban estos pensamientos, e imaginaba cómo los espías ponían al corriente a mis padres de mis movimientos y, en consecuencia, me esmeraba en preparar mi defensa. Tenía todo el tiempo porque no dormía más de dos o tres horas seguidas. En la primera semana de septiembre debía tramitar los papeles de mi matriculación en la facultad de Geología, pero estuve tumbada

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a la bartola. Seguí pasando mis horas vagabundeando junto a Pablo. Al igual que yo, aunque por otros motivos que resolvió omitir, se mostró alicaído. Lo más llamativo de esos días, aparte de que todo seguía igual y sólo la dama blanca nos resarcía momentáneamente, fue que hallé un remedio contra el insomnio. Por mediación de Nicolás, conseguí una caja de somníferos. De modo que poco antes de estirarme en la cama ingería una píldora o dos, dependiendo de la fiesta, y lograba caer rendida en poco menos de media hora, sorteando palpitaciones, escalofríos y neurosis. Lo que no esperaba era que mi padre dejara un intervalo tan corto y volviera a arremeter contra mí, esta vez amparado en las constataciones de César que, en efecto, había seguido de cerca mis andanzas con Pablo. Mi hermano estaba avergonzado, como si se hubiese arrepentido a última hora de ser cómplice de ellos. Mi madre prorrumpió en sollozos, y no cejó durante todo el tiempo que duró el soliloquio de mi padre. Ni siquiera se contuvo para farfullar que había hecho todo lo mejor que había sabido, hablando casi como si yo no estuviera presente, como si se encontrarse ante mi féretro. Mi padre habló con severidad, dio fe de que conocía mis adicciones, y sin embargo se guardó de pronunciar la palabra droga. Pero su serenidad y su vehemencia esta vez sí consiguieron golpearme en la línea de flotación. Ya no me interpelaba como si fuera una niña. Y ello me sepultó porque necesitaba sentirme como una niña para no aborrecerme. Tocada y hundida, acepté sus condiciones: enclaustramiento permanente en casa, bajo vigilancia las veinticuatro horas del día, y cortar de raíz todas mis amistades.

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Sólo entonces mi madre, enjugándose las lágrimas, se sobrepuso para decir lo más desgarrador que había escuchado nunca: a pesar de mi disposición a enderezar mi vida, no acababa de creerme porque había perdido en mí toda su confianza. 40 Adiós al barrio Desde que dos años atrás Pablo se había convertido en la fuerza motriz de mi existencia, nunca se había producido una brecha entre nosotros pergeñada por mí. Durante los primeros días de mi enclaustramiento, permanecí ociosa, devorando sin parar películas de video, mordiéndome las uñas para combatir el mono de la nicotina, o contando por aburrimiento el promedio de aviones que aterrizaban y despegaban en lontananza desde la ventana de mi dormitorio. Mi padre seguía con sus apuestas y sus escapadas cinegéticas, pero en lo concerniente a su empresa, dejó de darme facturas y dinero, mientras que mi madre se comportaba de un modo aparentemente más forzado. Se desquitaba por complacerme, deseaba estar todo el rato encima de mí, como si tuviese remordimientos de conciencia. Tampoco dedicaba un segundo a hablarme de su amante, ni de criticar, como era costumbre en ella, cada acción de su legítimo esposo. Parecía que en casa todos nos acabábamos de conocer, incluido César que, hasta vagaba como un alma en pena tras su traición y sólo él sabía el alcance de su penitencia. Entretanto, yo empezaba a ser consciente de que tal vez mis aventuras y desventuras recientes tendrían consecuencias que no

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había calculado más allá de la humillación que sentía como estudiante aplicada venida a menos, que no significaba otra cosa, hablando en plata, que individuo venido a menos. Sentí con más nitidez que nunca, que mi estrella se había apagado y no tenía la más remota idea de qué iba a suceder con mi vida en lo sucesivo. Cuando a ratos, espoleada por los ánimos de mi madre y de César, conseguía animarme, paradójicamente afloraba mi única aflicción: ¿qué sería de Pablo? ¿Qué haría en ese momento? ¿Con quién estaría, qué opinaría de mi fulminante desaparición? ¿Sería ésta el motivo de una fusión definitiva? ¿Quién me estaba sustituyendo? Evocaba la mañana en que, de regreso del Psicódromo, me había asegurado que me protegía, porque yo sí abrazaba la certeza de que era su ángel de la guarda, el único ser que velaba por su vida entera. Así que cada vez que sonaba el teléfono, afinaba el oído para reconocer su voz al otro lado del auricular. Luego escrutaba la cara de mi hermano o de quien lo hubiese descolgado para verificar en su expresión si era alguien que preguntaba por mí, fuese Nuria desde el barrio, o quien sabe si alguno de mis efímeros amantes, pues cualquiera de ellos era una buena excusa para saber de Pablo por cualquier otra vía. En su ausencia, mantenía conversaciones mentales con él, le pedía opinión y consejos, le narraba mis sueños, y muy silenciosamente le pedía que me besara. Me llenaba de esperanza imaginar que, tras mi cautiverio, podríamos retomar nuestra relación con la lección aprendida y reinventar los tiempos primigenios en que abundaba la inocencia.

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A mediados de septiembre, mis padres me sorprendieron con una noticia bomba. Abandonábamos Cinco Rosas y nos mudábamos a un ático de nueva construcción en el cogollo de Sant Boi. El piso me encantó, tanto por sus dimensiones espaciosas y la amplitud de los dormitorios, como por su generosa terraza, en la que podría hacer topless fuera de la vista de los vecinos. Militando la línea de César, pensé que por fin vivía en un lugar suficientemente digno como para invitar a los amigos que haría en la facultad. En breve olvidé que había crecido en el barrio. El cambio de vivienda trajo aparejado una recuperación de la confianza de mis padres respecto a mí, en parte refrendada por mi actitud y mi manifiesta voluntad de retomar una cotidianidad sin sobresaltos que había de materializarse en la universidad. Al mismo tiempo, mis padres, que hasta ese momento habían hecho piña, volvieron a tomar distancia entre sí hasta recuperar las posiciones habituales de los últimos años, lo cual me tranquilizaba, pues indicaba el restablecimiento de la normalidad, además de interiorizar que después de causar tantos problemas, no podía exigir a los que me rodeaban que fuesen seres perfectos. Pero todo, completamente todo, era una quimera, porque cuando puse un pie en la calle sola por primera vez, sin espías y sin paranoias de espías, sentí en toda mi alma que mi droga se llamaba Pablo y que necesitaba una dosis de su presencia a la voz de ya. Solo que no iba a cometer el error de dejarme ver por Cinco Rosas, y no tenía más remedio que remitirme a la compasión de la diosa Fortuna. Aprovechando que fuere para comprar libros o para

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ultimar los papeles de la matriculación, debía desplazarme diariamente a Bellaterra, dilaté mis escapadas y pululé por el pueblo, merodeé la estación de ferrocarril y las paradas de autobús que Pablo solía utilizar. Una tarde me recalé en el casal de Marianao. Allí estaban Bardina, Salitre, el Francotirador y algunos otros. Me recibieron con frialdad. No supe si ello se debía a que acudía en ausencia de Pablo, o si porque éste les había comunicado algo así como que yo había desertado y lo había dejado en la estacada. Me volví por donde había venido y a los pocos metros una voz que no pude identificar me llamó por mi nombre. Era Adolfo. Con el pretexto de que le acababan de conceder la libertad condicional, me preguntó si podía acompañarme un trecho. Era un hombre nuevo. Había pulido su acento y se mostraba dicharachero, ávido de limpiar su pasado. Transcurrió un cuarto de hora hasta que colegí que había ingresado en la Iglesia de Filadelfia y que pretendía captarme. No tuve fuerzas para sacármelo de encima, y seguimos avanzando por la calle Raurich en dirección a mi casa. Cambié de tercio y le comenté que buscaba a Pablo. Bromeando, condicionó aquella valiosa información a mi asistencia a una reunión informativa en la parroquia. Sonriendo, repuse que me lo pensaría y le confesé que comprendía cabalmente cómo se sentía después de haber hecho una gorda como acuchillar a una persona, y eso le bastó para chivarme que el pasado fin de semana Pablo, Mudéjar y Nicolás se habían corrido una sonada juerga de tres noches sin pegar ojo, putas incluidas. También le constaba de forma fidedigna que Nicolás y

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Pablo estaban trapicheando con pastillas y polvo, así como que Pablo había dejado de frecuentar Marianao. Para mi asombro, a los pocos días remitió mi necesidad de ver a Pablo y me desembaracé de las preocupaciones en torno a su persona; dejé de temer por su vida, convencida de que si hubiese ocurrido algo me habría enterado o me enteraría con celeridad. Y, como en un sistema de vasos comunicantes, a medida que el nombre de Pablo se vaciaba de sentido, se colmaba la cubeta de mi familia, como si fuese imposible establecer un equilibrio entre ambos volúmenes y no quedara otra que pugnar por aprehenderme. Me había liberado de una losa, igual que si hubiese superado una larga enfermedad. Sin embargo, en mi calidad de ex drogadicta, me fustigada un lacerante sentimiento de culpabilidad, agravado por el fantasma de que todo aquel que se plantaba frente a mí, lo hacía con clemencia, consciente de mi estado paupérrimo dado que ostentaba el estigma de lo que había sido hasta hacía cuatro días. En los instantes de máxima gratitud hacia mi familia, llegué a inculpar a Pablo de todos mis males, hasta el grado de sobrecogerme rememorando muchos de nuestros encuentros pasados. Ya no leía mi pasado inmediato a la luz de una hazaña épica sino como un lamentable estropicio. Cada noche sin excepción, mientras conciliaba el sueño, de súbito me torpedeaban en tromba imágenes dolorosas que me mortificaban. Entonces mi corazón latía estrepitosamente, lo que me destemplaba durante una o dos horas y me sumía en la postración, hasta el punto que a veces no podía reprimir un llanto. Supe entonces que mi penitencia iba para largo y

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que el sueño y la memoria habían de pasar cuentas conmigo antes de redimirme. 41 La picadura de la escolopendra Me encontré con Pablo saliendo de la panadería, muy cerca de mi nueva residencia, y me quedé estupefacta, bloqueada como si estuviera atrapada en un lodazal hasta las rodillas. Iba con Ángel y regresaban al barrio después de que éste se hubiera comprado unos zapatos. Pablo llevaba la mitad de la cabeza cubierta por un tupido vendaje sellado con esparadrapo. La boca y la barbilla estaban surcadas de magulladuras, como si una jauría de lobos hubiese pasado por encima de su cuerpo. Mientras que Ángel me saludó con una efusividad impropia de su habitual parquedad, Pablo se mostró esquivo. Ello no fue óbice para que el resorte de mis sentimientos hacia él, hasta ahora latente, invadido por el polvo y las telarañas, se desperezara y empezara a lubrificarse y a generar ilusiones a discreción, lo que se tradujo en sonsacarle una cita sin importarme lo que Ángel pudiera pensar de mi descaro y de mi más que probable reputación de pesada y posesiva. Pablo respondió con un sí receloso, como si quisiese recordarme que él nunca me había forzado a nada y que si lo quería ver, sólo tenía que fijar una hora y un lugar. Quedamos para almorzar a la semana siguiente. El ímpetu que desbordaba tras aquel encuentro fortuito, se transformó en angustia cuando escuché el cálido saludo de mamá. Me sentí la arpía responsable de la más alta conspiración que pudiera

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tramarse contra un ser querido. Me temblaba el pulso y se me trababa la lengua, confundida en medio de un batiburrillo de sentimientos encontrados, que con demasiada facilidad inclinaron la balanza hacia el lado equivocado. La aparición de Pablo echó por los suelos el pacto que habíamos convenido mis padres y yo, por el cual debía confesarles mis pensamientos pecaminosos y mis tentaciones prohibidas y hasta mis eventuales reincidencias, algo comprensible y esperable a juicio de mi madre, pero tan necesario de reconocer y compartir como que en esas debilidades anidaba el germen a combatir para evitar recaídas más severas y dolorosas. Pero ese pacto acababa de caducar porque sólo yo y nadie más que yo sabía con seguridad que no por haber quedado con Pablo, iba a coquetear con la dama blanca. Pablo pasó a buscarme sin saber que en mi casa era persona non grata, por lo que le rogué a través del interfono que no se sacara el casco mientras esperaba montado en su moto a que acabara de acicalarme. Era una mañana de cielo encapotado, gris y bochornosa como si fueran las siete de la tarde. A pesar de ello, cambiamos el almuerzo en un bar por un picnic en el campo, para lo cual fuimos a comprar un pollo a l’ast, patatas fritas y un par de refrescos. Volvimos a casa, cogí un mantel y nos trasladamos a la Colonia Güell, donde aparcamos junto a la cripta de Gaudí y nos adentramos en una pradera dejando a mano derecha un castillo en ruinas. Aquellos prolegómenos me transportaron a nuestros inicios, tal y como había imaginado en mis experiencias oníricas más esperanzadores. Hablamos atropelladamente, saltando de un tema a

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otro. Al rato, me armé de valor para formular la primera pregunta comprometedora. Me temblaba el pulso y tartamudeé: ¿Qué te ha pasado en la cara? No es lo que estás maquinando, mujer, que siempre tiendes al dramatismo. En este tiempo me he aficionado a la bicicleta de montaña. El sábado pasado, bajando una trialera de la parte de atrás de San Ramón, me di un talegazo. Hay tramos que un solo ojo no puede ver, qué le vamos a hacer. La rueda delantera se atrabancó con una raíz y salí disparado por encima del manillar, y caí en plancha sobre los riscos... Tú, sin embargo, estás tan guapa como siempre. Su explicación no me convenció porque mi intuición contemplaba algo más desagradable y violento. Por eso insistí por la tangente. ¿Qué sabemos de Nicolás? Poca cosa. Ya no me interesa trabajar con él. Es demasiado temerario. Y un bocazas. Hasta Nuria le ha dado puerta. ¿También has roto con la dama?, pregunté mientras le servía una pechuga y yo me quedaba con el muslo. Apenas he tenido contacto con ella. Una o dos veces creo recordar. O sea que te has portado muy bien. Pues claro. ¿Y qué hay del cannabis? ¡Pero bueno! Porque tú te hayas retirado no significa que todos tengamos que hacer lo mismo. Mis porros son sagrados.

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No tuve más remedio que darle la razón. Me estaba comportando poco menos que como una misionera sectaria Fruto de mi incapacidad para romper la barrera que protegía al Avispa, no hacía más que dar palos de ciego. Terminamos de comer, metimos los platos de cartón y los restos de comida en una bolsa de plástico, nos recostamos boca arriba sobre el mantel y Pablo prendió un canuto. El cannabis le desinhibió y sin ton ni son confesó que en los últimos tiempos, de tanto en tanto consumía heroína. No le pregunté por qué vía, puesto que sabía que él se mareaba con la sangre, de modo que o bien la esnifaba, o bien la fumaba. Me va muy bien para calmar los dolores faciales, piensa que me rompí dos dientes. ¿Has traído algo?, pregunté. No, no llevo nada, bruja. ¿Te hace un tiro? No, pero pensaba que estabas calentando el ambiente y justificando una dosis inmediata. De verdad, Alejandra, tengo otras preocupaciones que presentarme ante ti como un puritano. Supuse que a Pablo le preocupaba cómo quedaría su rostro cuando cicatrizaran las heridas y le retiraran la parte que restaba del vendaje. Me preguntó si lo encontraba atractivo, si su cara no traslucía la inmoralidad que le corroía por dentro, si era digno de ser amado. Yo tumbé cada una de sus aseveraciones. Asimismo me preguntó si algún día tenía pensado formar una familia, pero no pude responder otra cosa que antes necesitaba una pareja, y que

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cuando la tuviera habría que esperar el momento oportuno. Y para todo ello habrían de pasar muchos años. Permanecimos un buen rato sin articular palabra. Pablo seguía con los ojos clavados en el cielo, en tanto que yo apenas podía abrirlos porque mi reencuentro con el humo después de una considerable abstinencia había reducido mi tolerancia. De pronto, escuché un alarido de dolor, abrí los ojos y vi como Pablo daba un respingo y se separaba dos metros del mantel en el que yacíamos, gesto que yo emulé de forma mecánica. Gritaba sin parar y se llevaba la mano a la axila y la introducía por debajo de la camiseta. ¿Qué te pasa? ¡Algo me ha picado en el sobaco, cojones! Se desembarazó de la camiseta y al dejarla caer vimos como se deslizaba entre la hierba una escolopendra del tamaño de un bolígrafo. Enseguida Pablo se ensañó con el milpiés, buscó un palo y lo hundió en su cuerpo mientras lo insultaba y éste supuraba una hiel gelatinosa. Vertí un poco de agua en la hinchazón y le apliqué un improvisado emplaste hecho de tierra silvestre. ¿Tienes algo que hacer mañana por la mañana?, preguntó con la voz de un herido de guerra. Sí... bueno, no. ¿Te hace un viajecito a Can Tunis? Por supuesto, respondí.

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42 Polígono Gornal Siempre que íbamos a Can Tunis, nos desplazábamos invariablemente en autobús y a primera hora de la mañana, pero aquel día lo hicimos en tren y a última hora de la tarde, lo que me llamó la atención. ¿Por qué cogemos el tren si no tiene parada en Can Tunis ni nada que se aproxime? Disculpa que no te lo haya aclarado antes. Se trata de medidas de seguridad. Últimamente hemos cambiado la ruta y el punto de entrega, que ahora se concreta en un piso franco de Bellvitge. Pablo se había quitado el vendaje de la cara, se había vuelto a poner el parche, y los edemas y moratones aun violetas le conferían un semblante de boxeador noqueado. No obstante su porte elegante, más propio de una boda con abolengo que de una incursión en territorio comanche, compensaba las secuelas de su trompazo en bicicleta. Llevaba unos pantalones holgados de lino beige, camisa blanca cuello mao, jersey de punto fino anudado al cuello, y mocasines Sebago, modelo que últimamente rondaba por el barrio a precio tan irrisorio que se lo calzaban los albañiles para trabajar en la obra. Nos acomodamos frente a frente junto al pasillo y Pablo se sumió en el silencio, como si viajase solo. Me sentó como un tiro. Yo estaba arriesgando de nuevo mi credibilidad ante mi familia y no esperaba menos que una atención especial, máxime cuando teníamos cosas que contarnos; sobre todo yo, que estaba

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atravesando un momento delicado y tenía una necesidad imperiosa de compartirlo con el principal protagonista, todavía convencida que él era el problema y también la solución. Reparé en que no llevaba colgada en la espalda la pertinente bolsa de deporte donde cargaba la mercancía, sino un paquete envuelto en papel de regalo anudado con un lazo de raso fucsia y una pegatina de felicidades, que descansaba sobre su falda. Preferí pensar con resignación que era parte de esa nueva estrategia de la que acababa de hablar. Había pasado en coche cientos de veces frente al Polígono Gornal, un conglomerado de bloques de corte estalinista, altos y repletos de viviendas como panales de abejas, con sus fachadas salpicadas de antenas parabólicas y tendederos atiborrados de ropa. Nunca había puesto los pies allí aunque siempre había sentido curiosidad por aquel barrio puesto que antes de radicarse en Cinco Rosas, mis padres habían estado en un tris de hacerlo en Bellvitge. Cuando salimos por las escaleras de la boca subterránea, Pablo apuntó que el barrio le recordaba a Berlín oriental, pese a que no había estado nunca en la ciudad del muro. El muro había caído tres años atrás, pero estaba seguro que la antigua ciudad comunista debía ser un trasunto del Polígono Gornal. El ambiente del barrio me resultó familiar. Los niños correteaban por las plazoletas pavimentadas chapoteando sobre los charcos que había dejado un aguacero, muchos vecinos volvían a sacar de la portería sillas y mesas plegables. Pasamos junto al ambulatorio, dejamos a nuestra izquierda una galería comercial con la mitad de los comercios abandonados, atravesamos dos plazas, y

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una amplia avenida con coches estacionados en batería. Llegamos a un parque con la hierba del parterre quemada por el sol y la falta de riego, cuyos únicos dos bancos de madera acababan de ser conquistados por una cuadrilla de quinceañeros oculta bajo una nebulosa de hachís. En medio, una anciana procuraba espantar a un perro silvestre ávido de montar a su caniche. Pablo me dio instrucciones de que aguardara allí. La entrega, recepción, o lo que fuera, vino a señalarme con un aspaviento, debía materializarse en un santiamén. Me senté en el bordillo de una portería, bajo la luz malva de un fanal alrededor del cual revoloteaba una miríada de mosquitos y mariposas peludas. Cuando lo vi perderse por entre las calles, pese a que se movía con su habitual discreción camaleónica, aprecié que medía con cautela cada uno de sus movimientos. Entonces acudieron en tropel a mi mente todos los interrogantes que se estaban encadenando desde que habíamos partido de Sant Boi. Me sorprendía que la operación tuviera lugar en un piso franco y no en un bar o incluso en un lugar público, cuando por activa y por pasiva, Pablo había insistido en que un piso era potencialmente una trampa en la que nunca sabías quien se escondía detrás de la puerta, ni sabías tampoco cómo salir en caso de que ésta fuese bloqueada. Precisamente por ello, me chocó doblemente que no consintiera que lo acompañase. Deduje que nuestra confianza se había resquebrajado, igual que había sucedido con mis padres, lo que me llevó a pensar que era yo y no el resto del mundo quien se hundía

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como un viejo buque que no soporta la embestida de las olas más inocuas. Estaba sumida en estas cavilaciones cuando al cabo de media hora Pablo retornó por la esquina opuesta a donde había desaparecido. Me hizo una señal para que fuésemos hacia la estación con paso apresurado. Me molestó la prisa, me planté haciendo caso omiso y le exigí una explicación. ¿Cómo ha ido? Vamos, vamos, en el tren te lo cuento. Estaba tan alborozado como esquivo. Yo ansiaba conocer los detalles, pero Pablo no daba su brazo a torcer. Puesto que no llevaba encima mercancía ni nada que nos comprometiese, podíamos esperar un poco más. Pero no hubo manera de retenerlo, no se detuvo y avanzó dejándome unos metros atrás hacia la boca subterránea con expresión de no comprender cómo le llevaba la contraria. En el interior del tren, su estado de gozo casi insultante y su cerrazón a dar explicaciones, me llevaron a colegir que me estaba engañando por enésima vez. Lo fulminé con una mirada enardecida porque sospeché que en algún momento de su breve ausencia había consumido coca. Pero mi intimidación no surtió efecto. Radiante, Pablo gravitaba en otra dimensión, mientras yo me debatía entre abofetearle o zarandearle por la pechera. ¿Has tomado algo? Nada de nada, corazón, sólo un soplo de aire fresco. El humor de Pablo dio otra vuelta de tuerca. Me empezó a dispensar un trato delicado que rozaba la cursilería y a explicarme no

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se qué cuentos. Incluso se atrevió a mesarme el cabello en un par de ocasiones mientras concluía una frase. Me habló maravillas de un restaurante que había descubierto y posó su mano en mi hombro, como si lo que me estaba diciendo fuese decisivo para nuestro porvenir. Yo callaba y mi disgusto iba en aumento. Lo único que estaba sacando en claro era que el ojo sano de Pablo clavado en mi cara, miraba a otra persona. Al mismo tiempo, desconfiaba de mi olfato y temía que mi propensión a la paranoia, a los espías y a todas mis imaginaciones estuvieran conspirando para jugarme una mala pasada y perder la oportunidad que siempre había estado esperando. De nuevo en Sant Boi, el rictus de Pablo se puso serio de golpe. La atmósfera se cubrió de una pátina de tirantez y de malestar que rápido me contagió y me generó rechazo y el prurito de ausentarme de allí. Estaba a punto de enviarlo directamente a la mierda, cuando sus facciones se relajaron y me preguntó en un tono firme, reconociendo tácitamente la culpabilidad de los altibajos a los que me estaba sometiendo, si disponía de diez minutos más para hablar en serio de todo un poco. 43 Deseando el Paraíso Nos encaminamos hacia la iglesia de Sant Baldiri, cruzamos la calle adoquinada y nos sentamos sobre la balaustrada desde la que se dominaban las casas de payés más antiguas del pueblo y una parte de la llanura aluvial, ribeteada con una cenefa negra del Mar Mediterráneo. A nuestras espaldas pasaba mucha gente, y Pablo me

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dijo que allí no estaba cómodo. Bajamos las escaleras y nos abrimos paso por una obertura de la barandilla, hasta dar con un reborde de piedra y cemento donde nos acomodamos mal que bien entre un cactus y malas yerbas. Nadie que no viniera a nuestro encuentro expresamente nos vería si pasaba por allí, ni siquiera si se asomaba a la balaustrada, pues ésta descansaba sobre un voladizo que nos guarecía de cualquier intromisión. ¿Quién te ha enseñado este escondrijo, tus nuevos amigos del pueblo?, preguntó con sorna. Un viejo ligue, respondí siguiéndole la corriente, un explorador intrépido de picaderos urbanos. Vaya, dichoso el que estuviera en la piel de ese ligue. Venga Pablo, ahora no me vengas con el rollo de víctima, como si tu no pudieras conseguir todo lo que te propones. Al parecer, tú lo tienes más claro que yo, pero yo no pienso lo mismo, no confío en mí, te lo juro... ¿Crees de verdad que si te hubiera propuesto algo serio nos habríamos entendido? No soy adivina, quizá hubiésemos... Lo único seguro es que después de dos años nos seguimos queriendo. Sin embargo todo esto se nos ha ido un poco de las manos, ¿no crees? Estoy de acuerdo contigo, pero nunca hay que rendirse. El mero hecho de hablar de nosotros en clave alentadora fue como una inyección de confianza para Pablo. Descarté que se hubiera drogado en el Polígono Gornal, pero su estado anímico fluctuaba, y creo que apenas lo podía controlar. Tragó aire como si

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fuese a inaugurar una de nuestras ensoñaciones bajo el dictado de la dama. Voy a desvelarte un plan que llevo mucho tiempo maquinando. ¡Uf! Qué miedo. A ver, cuéntame. Mi plan se resume en dar el palo del siglo, y hacerme con un botín suficientemente cuantioso como para olvidarse del dinero de por vida. ¿Y qué banco piensas atracar? Tu no tienes experiencia, y con las películas de ladrones me parece que no es suficiente. ¿Quién habla de bancos? Me estoy refiriendo a algo menos espectacular, y más asequible. Asequible para mí, claro. Entiendo. ¡Me cago en la mar! Esto sí que es increíble. ¿Quieres robar al hombre al que le rindes más devoción y respeto que a tu propio padre? Las cosas han cambiado mucho entre nosotros, han empeorado, y ya no soy su niño bonito. No me puedo extender, es demasiado largo, pero te aseguro que se lo merece. Además, sus arcas se recuperarán de inmediato. Te has quedado de piedra, ¿eh? Es un puto suicidio. Pues aun no he acabado de contarte la segunda parte del plan. No sé si quiero que lo hagas. Creo que tengo suficiente. De verdad, Alejandra, lo tengo todo controlado. Y lo más importante, sé cuándo hacerlo para que tengamos un par de días de ventaja. Así que, pongamos por caso que todo sale bien, que tengo en mi haber una buena pasta. ¿Vendrías conmigo?

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Vamos Pablo, deja de soñar. Tu plan no tiene ni pies ni cabeza. Olvídate de sueños imposibles, y de mezquindades. No le puedes hacer eso al Avispa. Te arrancará la cabeza con sus propias manos. Te lo pregunto por última vez. ¿Me acompañarías? Claro que sí. A ver, dime dónde se encuentra el paraíso. Muy lejos de aquí. Pero el paraíso es grande y podríamos escoger entre Méjico, Costa Rica, Santo Domingo, cualquiera de estos lugares nos acogería con los brazos abiertos. Sería tan hermoso, dije cerrando los ojos, víctima de la abducción que Pablo ejercía en mí con la mayor desenvoltura. No puedo soportar este mundo. El barrio, el Avispa, estoy atrapado en medio de un muladar. No soy feliz, sólo pido un empleo normal, una mujer, un churumbel. Este mundo es gris y aburrido, y vulgar, muy vulgar. Estás loco de atar. Pero claro que sí, claro que me encantaría estar a tu lado. Yo me quedo con Méjico. Sabes una cosa, mi madre siempre dice que conoce Méjico a la perfección aunque nunca ha estado allí. Soñó una noche que sobrevolaba Méjico en helicóptero, y recuerda ese país con una visión cenital hasta el punto que si la invitaran a cuerpo de rey, prefería viajar a otro sitio porque dice que ese ya lo conoce. Entonces no se hable más. En los próximos días iremos matizando el golpe, y en breve... Pablo, aclárame una duda, ¿Qué pasa con el Avispa? Pues que se ha caído del pedestal. Ha dejado de ser un referente para mí y ha pasado a ser un cretino, frío y calculador,

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hasta con los sentimientos más puros. Cada vez me paga menos, me exige más implicación, que pase más horas en el negocio, y encima me trata como un perro. A Pablo le faltaba combustible cuando desbarraba del Avispa. Le ocurría lo mismo que al apóstata, que después de renegar de su fe, se pasaba años temiendo que le partiera un rayo de resultas de su impopular decisión. Si quieres que vaya contigo, si quieres que me comporte como tu amiga, que te escuche y que te defienda, tú tienes que poner de tu parte y hablar en plata. Te juro que si a veces pienso que la vida te ha obligado a madurar muy deprisa, parece que ha sido a costa de dejarte completamente aturullado, imbécil e infantil en otros aspectos. Tengo mucho miedo Alejandra. Estoy solo. Temo al Avispa como a Lucifer, porque es capaz de hacer cualquier cosa. Y no sólo a mí, si sólo yo fuese el problema, ahora mismo me largaría. Pero sufro por mis padres, por mi hermana, y hasta por Óscar. Últimamente, se pasa el día llorando, como si supiera cosas que yo no sé. Incluso me ha dicho que si me tomo unas vacaciones en el Caribe, que lo lleve conmigo porque si no se marchitará. Eso me dice, el muy cínico. Y es que yo soy el culpable de todo, de todo. No voy a quitarte la razón, pero creo que tampoco es para tanto. Según tú, ni se daba cuenta de las astilladas a los paquetes porque son minucias que no le afectan en el negocio para nada, dije, suponiendo que le habrían enganchado sustrayendo mercancía, o tal vez dinero en metálico.

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No, eso son minucias. Me refiero a otros asuntos más graves. Se me está agotando la paciencia, Pablo. ¿Te acuerdas del Sandalia, que en paz descanse? Pues claro que me acuerdo de él. Sé quién se lo peló. Fueron dos matones, dos muchachos de San Cosme que viven en los sótanos de un edificio del que no salen más que para ejecutar instrucciones de ese tipo. Me parece muy bien. ¿Es que has abandonado la guerra de los Balcanes y te ha dado por leerte El Caso? Los matones estaban a sueldo del Avispa. Y acuchillaron al Sandalia por equivocación. Pero claro, ellos no son una entidad pública obligada a emitir un comunicado para reconocer el error. O sea que sí se equivocan de persona, peor para el que le toca y mejor para el que se libra. Yo misma podría enviar una carta anónima a un periódico, o a la policía. No sueñes, por favor, a ver si la que está en los mundos de Disney vas a ser tú. Lo que te quiero decir es que mi vida corre peligro. Y con todo el cariño que me tiene, al Avispa no le va a templar el pulso para decidir según que cosas. Al más mínimo dislate que cometa, pum, apostilló Pablo dibujando una pistola con los dedos encañonando a su sien. La noche había caído sobre nosotros y el cielo, limpio de nubes, se iluminó con el resplandor de la luna llena. Para evitar ser vista por el casco antiguo, donde era probable que mi hermano estuviera en alguna terraza, acordamos separarnos allí mismo y

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tomar cursos distintos. Mirándome con su ojo vidrioso, Pablo me acarició el cabello, sólo que esta vez sí pude sentir como nunca un tacto genuino que me erizó toda la piel de la cabeza a los pies. Luego me besó en la mejilla y aguantó los labios y sentí su piel sufrida y palpitante y me estremecí. Y nos abrazamos, como si estuviese escrito en el firmamento que nos despedíamos por siempre jamás.

44 Miriam entra en acción En octubre dieron comienzo las clases en la facultad, abriéndome los ojos a un mundo de caras y lugares nuevos, que me concedió plenos poderes para reinventarme. Pese a que desde las primeras clases interioricé que la geología había dejado de entusiasmarme, opté por cargarme de paciencia y seguir adelante. A las tres semanas, quise compartir estas sensaciones con Pablo y marqué su número. Nadie descolgó el teléfono en mis tres o cuatro intentonas, así que esperé a la mañana del sábado para asegurarme el tanto, y recalé bien temprano en el barrio. Merodeé por los aledaños de su escalera, jugando por enésima vez el papel de detective. No detecté movimiento. Fui a Los Verderones, suponiendo que lo encontraría desayunando frente a dos o tres periódicos. Tomé un café solo y regresé. Una señora entrada en carnes, con el cabello plagado de rulos de la permanente, en zapatillas de estar por casa y calcetines de tenis blancos con franjas rojas en pantorrilla, salió de la

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portería y se coló en el jardín. Quise pensar que era la madre de Pablo y me dirigí hacia allí a zancadas. Pero no pude llegar porque Ángel salió a mi encuentro como si fuera él quien estuviera al quite esperando el momento adecuado para abalanzarse sobre mí. Acompáñame, vamos. Caminamos en dirección al campo de béisbol y sentí una morriña pasajera al vislumbrar el contorno del edificio donde había pasado mi adolescencia. Buscas a Pablo, supongo. ¿A ti qué te parece? Está en paradero desconocido desde hace tres días. Sólo sé que en su portería ha habido una bronca colosal entre el Avispa y el señor Pablo. Hace tres días precisamente estalló un griterío, una fuerte discusión, pero no se sabe de qué va el asunto y aquí nadie dice esta boca es mía. ¿Crees que le ha pasado algo? No. Supongo que para templar los ánimos se ha ido unos días con Mudéjar, o con cualquier otro fichaje, ya lo conoces. Seguro que mañana domingo aparece por aquí, como si nada. ¿Pero tu no tienes confianza para hablar con su madre, o con su hermana?, pregunté en clave inquisitorial. La misma que tu. Oye, no te molestes, pero será mejor que no andes por aquí hurgando, es mejor que te marches a casa. Hazme caso, en serio. Dame tu número y en cuanto sepa algo te pego un toque.

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Ángel me defraudó. Sabía menos cosas que yo en cuanto a las intenciones de Pablo de desplumar al Avispa, y de exiliarse al Caribe, datos que a mí me parecían de importancia capital en esos momentos. La semana siguiente y parte de la otra no tuve más opción que permanecer en casa. Primero tuve que cuidar de mi padre, que contrajo una pulmonía después de pasarse un fin de semana de francachela, durmiendo con el culo al aire, supuse. Para mí, su afección tenía mucho que ver con la caída en picado de la facturación de su empresa y el aumento de impagados que acumuló así se clausuraron los Juegos Olímpicos. César fue el siguiente en caer, víctima de unos accesos de fiebre que le provocaron delirios, convulsiones y dolor de riñones. Con los ojos legañosos, se sinceraba y me confesaba que me quería y otras tonterías, como si fuese a palmar de inmediato, mientras le aplicaba compresas frías y le hervía arroz con cebolla y zanahoria. Transitamos de la mutua indiferencia a una intensidad prácticamente insoportable, que me estaba desquiciando, habida cuenta que él suponía que con su acercamiento yo debía sentirme un ente venturoso. En cuanto César se dotó de una mínima autonomía, salí pitando para el barrio en pos de Pablo. Presentía que ya había vuelto de dondequiera que fuese, y que el cisma con el Avispa se había resuelto sin más consecuencias. Era sábado y se repitió la misma escena que quince días atrás. Esta vez, la voz de Ángel procedía de su balcón, indicándome que subiera a su casa. La puerta estaba entornada y la empujé con los nudillos.

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Ahora sí que estoy preocupado, dijo. ¿Se sabe algo? Sólo rumores. Lleva dos semanas desaparecido, y ya empiezo a imaginarme cosas terribles, no sé, tengo mala espina. Pero su padre, su madre, su hermana, alguien tendrá que salir a la calle y relacionarse con alguien. ¿Han llamado a la policía? Ni idea, aquí nadie hace ni dice nada. Lo único que sé es que por las noches el llanto de Óscar se oye en todo el barrio. ¿Quién lo vio por última vez? No lo sé, ni puta idea, Alejandra. Entonces, ¿para qué me haces subir, para nada? ¿Cómo? ¡Anda, vete a la mierda, tía! Al perder el contacto con Ángel, no me quedó más remedio que proseguir la búsqueda en solitario. Me propuse visitar diariamente, a costa de faltar a clase, los últimos lugares que Pablo y yo habíamos visitado. Fui a la caseta del río, a la pradera de la Colonia Güell, al delta del Llobregat, y también a Bellvitge y a Can Tunis, donde no llegué a apearme del autobús porque el ambiente de la plaza me arredró. Tampoco me detuve en el casal de Marianao, porque coincidí con Mudéjar una tarde que Nuria me acompañó al ginecólogo. No sabía nada de Pablo, aunque de saber algo tampoco habría dicho nada. Por el contrario, me dio la buena nueva que habían destituido al recién ascendido cabo Salmerón por apropiarse de incautaciones de estupefacientes para revenderlas más tarde. La noche de todos los santos estaba en casa viendo una película. Sorprendentemente, mis padres habían salido juntos a

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cenar con unos amigos, al igual que mi hermano, que empezaba a coquetear con una mujer cuya identidad se negaba a revelar porque decía que la relación todavía estaba muy verde y necesitaba total discreción. Yo sospechaba que la mujer era un hombre, y deseaba que llegara el momento propicio para exhortarle a que saliera del armario. A eso de las once y media, sonó el teléfono y lo cogí de inmediato. No reconocí la voz de mujer que preguntó por mí. Me llamo Miriam, respondió una voz afónica. No me conoces, pero yo a ti sí. Vaya misterio, respondí, sin pensar en ese momento que aquella persona que no había visto nunca, me había convertido en un volcán de celos dos veranos atrás. Oye, que no hay tiempo para nada. Nos tenemos que encontrar pero ya. Dime antes donde está Pablo, o al menos si está sano y salvo. No te preocupes, te lo explicaré todo en cuanto nos veamos. Ahora toma nota. Un momento. Un momento. Adelante. El lunes a las nueve de la mañana en el ambulatorio, junto a la plaza del Mercado. ¿Te refieres al mercado de plaza Catalunya? Disculpa, me refiero al ambulatorio del Polígono Gornal. Coge el carrilet y... Para, para. Conozco la ruta. Entonces, nos vemos en el ambulatorio a las nueves, recapitulé.

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Sí, en la primera planta, frente al consultorio de pediatría. Iré vestida de negro, con un pañuelo de seda en la cabeza y, ah, en estos momentos estoy gorda como un tonel. Y colgó. Me temblaban las manos. No me cabía duda de que estaba metida en un buen lío. Durante todo el domingo previo a la cita, barajé mil conjeturas sobre el paradero de Pablo, a sabiendas que la situación me superaba. Sin descartar ninguna fuente, a media mañana bajé al quiosco y compré La Vanguardia porque me sonaba que era el diario que dedicaba más espacio a la sección de necrológicas. Crucé los dedos y repasé las dos páginas de cabo a rabo, pero no aparecían las señas de Pablo por ningún sitio. Entre mi estado de impaciencia y mi natural persistente, releí en dos ocasiones más la sección, hasta que mi madre se entrometió para preguntarme por qué me detenía únicamente en las páginas de religión. Cuando le respondí con un sonido gutural, ella me hizo un gesto de asombro, insinuando que yo era un poco rara. Entonces refunfuñé: ¿Qué pasa? ¿Desde cuando leer el diario es una excentricidad? No me refiero a eso, hija, dijo mi madre con resignación, intuyendo que más allá de mi enardecida respuesta, yo estaba de nuevo al límite. Vi cómo mi padre y mi hermano intercambiaban miradas, al principio acompañadas de una leve risa sardónica, luego más serios y espantados. Vamos a ver, qué ocurre aquí, protesté. Estoy un poco harta de que cada vez que respondo con un tono vehemente, me tratéis

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como si hubiese cometido un crimen. Aquí todo el mundo comportándose como si fuese un psicoterapeuta y yo una enferma. ¿Pero qué es esto? No necesito ningún consejo. Soy así, mi carácter es así de intempestivo y de inoportuno, y así voy a seguir siendo, y ya estoy hasta el moño de que me estéis perdonando la vida cada vez que meto la pata. Como si fuese yo la única, apostillé para el sonrojo de mi padre y de mi hermano, los cuales reaccionaron a estas palabras con la incredulidad de dos fanáticos que oyen algo que les perturba porque denuncia lo que son por mucho que ellos crean haberlo disimulado a la perfección. 45 Aquí, en algún lugar La sala de espera del consultorio estaba atestada de mujeres y niños, pero no me costó individualizar a Miriam de acuerdo con las indicaciones que me había dado. Era mayor que yo, quizá tendría unos veinticinco años; me esperaba sentada en la esquina del fondo. Mientras me aproximaba, ella mecía suavemente un carricoche en cuyo interior dormía plácidamente un bebé con pocos días de vida, a juzgar por su cara amoratada y su piel aterciopelada, llena de escamas de pellejo. Miriam me repasó de arriba abajo, desafiante, tasándome y escudriñándome como si buscase algún secreto escondido entre los pliegues de mi ropa y, de paso, dejando claro quién mandaba allí. Sus primeras palabras, que murmuró casi ininteligiblemente, me dejaron atónita. Me dijo que yo estaba más delgada de lo que se figuraba, y que vestía de un modo muy

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masculino. Respondí que no era el momento de hablar de mis preferencias, ni de lo que se esperaba de mí, pues yo sólo deseaba saber de Pablo. Como si hiciera una concesión a alguien de quien no espera ni siquiera que exprese su opinión porque considera que no tiene ningún derecho, me pidió que me acercara, y yo me acuclillé entre el carricoche y la hilera de asientos. Me llamo Miriam Jodorovich Ribera y soy la madre de esta niña. Al padre lo conoces muy bien. Mira Alejandra, Pablo y yo estamos enamorados desde críos o antes, ya ni me acuerdo. Mi problema, nuestro problema, es que además de Pablo, siempre he tenido que bregar con otro pretendiente, don Manuel Jodorovich, alias el Avispa. No en vano, mi padre siempre ha proclamado a los cuatro vientos que yo soy una calcomanía de él, sólo que en versión femenina, que poseo su temple, su frialdad para la toma de decisiones, su voluntad inquebrantable, su tesón, y la palabra, sobre todo la palabra. Que soy una gitana de raza, vamos. Yo comprendo su modo de pensar. El hombre tiene sus razones y siempre ha mantenido la misma posición respecto a mi futuro y al futuro de la familia, negocio incluido: que yo sólo podía casarme con un gitano, y que tal enlace debería contar con su consentimiento si no con su apaño, como manda la tradición. Me parece que Pablo te ha explicado de qué come mi familia, así que se entiende que no lo quiera dejar en manos de un pelagatos cualquiera y aun menos de un payo. Las cosas podían haber sido de otro modo, pero con dos hermanos muertos y Ramón, que no tiene cabeza, nadie está en disposición de suceder a mi padre. Aun más, según el Avispa, ni

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siquiera Pablo podría hacerlo. Pese a que es inteligente y capaz, al mismo tiempo es demasiado propenso al vicio, y mi padre, que se entera de todo, desconfía de los viciosos. Descartados mis hermanos, sólo quedaba yo. Y el plan de mi padre se habría cumplido de no haberse cruzado el accidente de Pablo, que en parte fue el culpable de unirnos para siempre. En los primeros años nuestro amor fue platónico, inocente, hecho de miradas y de sonrisas, y sin apenas besos porque Pablo es reservado y yo muy orgullosa para dar el primer paso. Añádele que soy mayor que él. Al cumplir los dieciséis, cuando Pablo empezó a hacer los primeros trabajos para mi padre y a frecuentar la casa, el Avispa ya se coscó de la jugada. Pero yo no me enteré por mi padre, sino por Pablo, al que el Avispa le había puesto en sobreaviso: tu padre me pidió el favor, pero el favor me lo tienes que devolver tú, le advirtió. El favor no se paga con dinero, porque yo no necesito dinero. El favor se paga con tu palabra de honor, que es lo mismo que tu compromiso a no poner nunca tu mano encima de mi hija. Si te comprometes conmigo, lo tendrás todo, si me fallas, te moleré a palos. Pese a que Pablo dio su palabra con la mano en el corazón, ceremoniosamente, nunca, nunca, ni siquiera inmediatamente después de su juramento, hizo honor a su palabra. De hecho nuestros primeros roces de verdad sucedieron como consecuencia de esa prohibición explícita. Ya te puedes imaginar cómo tuvimos que tirar de ingenio para inventar tretas y faroles para encontrarnos, desde cruzarnos en la escalera y besarnos en el rellano, hasta coincidir al bajar a tirar la basura después del telediario, por no

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hablar de intrusiones en casa de uno o de otro, y de un tráfico permanente de misivas intercambiadas en mano de balcón a balcón. En estas, hace casi tres años, Pablo pasó a formar parte del círculo más íntimo de mi padre. Fue entonces cuando él y yo tuvimos relaciones sexuales por primera vez y cuando reparamos en lo mucho que nos amábamos, así como en el miedo que teníamos de perder lo que sólo disfrutábamos a escondidas. Y aquí, Alejandra, es donde apareces tú. Vaya en mi descargo que no fue idea mía. Fue Pablo quien determinó que necesitaba alguien que figurase como su novia de cara a la galería, a su familia, a los ojos del Avispa y a sus chivatos, para así disipar las sospechas que pesaban sobre mí. De ahí que al principio te atrajese cada dos por tres a su jardín, que acudiese a dar de comer a los gatos donde quedabais bien expuestos y retratados: sin ir más lejos, al principio mi padre mordió el anzuelo. Alto, alto, debes perdonarlo. A Pablo, no al Avispa, digo. Pablo siempre me habló de ti, y si bien al principio lo hacía con indiferencia, poco a poco se fue encariñando hasta el punto que lo vuestro llegó a incomodarme, y llegué a exigirle en más de una ocasión que dejara de verte porque veía peligrar nuestra historia. Supongo que entiendes ahora porqué se ausentaba sin mediar palabra. Pablo te quería también a su modo. De hecho, en los últimos tiempos él temía que te pasase algo tanto como a mí. Y todo marchaba bien y parecía que con esta estrategia resistiríamos. Pero el destino nos asestó un golpe inesperado, cuando hace diez meses me quedé embarazada. Entonces sí que tuve la certeza de que si no hacíamos algo la tragedia estaba servida. Mi primera reacción fue

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atiborrarme, como siempre que me pongo nerviosa, y engordar para ganar tiempo disimulando mi embarazo. No sé si como producto de esta tensión, o como producto del hecho de haberos conocido, mi embarazo coincidió con la época en que Pablo estaba más descontrolado con las drogas. Esto no entraba en los planes y complicó las cosas, sobre todo porque Pablo seguía la estela de mis hermanos. Con tanto desorden a mi alrededor, no me era posible tener la sangre fría para soportar un interrogatorio tan incisivo como los de mi padre. Tal y como le confirmé que estaba encinta, me propinó una paliza. Me dio tantos golpes en la barriga que me mentalicé de que habría perdido la criatura que llevaba dentro. Después, llegó el turno de las preguntas. Aguanté días enteros sin soltar prenda. Entonces mi padre me obligó a trasladarme aquí, a casa de su hermana. ¿Recuerdas al Sandalia? Fue el nombre que di a la desesperada cuando me dio a escoger entre abortar o cantar el nombre del padre. Yo conocía al Sandalia desde niño. El pobre estaba tan enamorado de mí, como tú de Pablo. Al parecer, los matones a sueldo del Avispa le interrogaron para asegurarse el tanto, pero él, con su chulería habitual, dijo que sí, que era el padre, y que estaba orgulloso de ello. Esa era la única respuesta que no debía dar, porque cualquier otra le hubiera salvado la vida, aunque a mí me hubiese costado otra paliza o vete tú a saber. Luego vino la calma chicha y mi padre se tranquilizó, aunque no del todo porque detectó el sentimiento de culpabilidad grabado en la retina de Pablo por la desaparición del Sandalia. La calma duró hasta que nació el bebé, porque cuando mi padre llegó al hospital y vio la cara de la criatura,

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su rostro se crispó, las venas de su frente se hincharon y afloró una furia por su boca que atemorizaría a un dragón. Con los puños apretados, bramó: me cago en los muertos y en los vivos de Pablín. Esa misma noche, Pablo se coló en mi habitación. Llevaba la muerte dibujada en su rostro, y lo sabía. Había venido a conocer a su hija y a despedirse, dijo, y a traerme sus ahorros, un paquete que contenía mucho dinero, para que algún día me fuera a Méjico con él, a la isla de Cozumel, donde soñaba con vivir el resto de su vida. Desde entonces no he vuelto a saber de él. Y sé que nunca sabremos de él. Pablo está muerto y su cuerpo nunca aparecerá. Ahora escúchame bien porque se nos acaba el tiempo. Mi padre va a deshacerse del bebé, y puede que también de mí. Todo se complica cada día que pasa. El Avispa se ha quedado tocado a pesar de que él ha dado orden de liquidarlo, y además el padre de Pablo está peleón y no va a parar hasta que encuentre el cuerpo o salga a relucir la verdad, si es que no corre la misma suerte que su hijo. Alejandra, tienes que elegir. O te vas por donde has venido y no abres la boca nunca más. O coges este carro y te vas con el bebé que hay dentro. Ahí debajo, en la cesta, está el dinero de Pablo. Toma el bebé, dijo con los ojos vidriosos, y marchaos lejos de aquí.

Xerta, 2010

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