El amanecer en el Reino Corazón era un espectáculo digno de ser contado en canciones. El río que cruzaba la capital brillaba como plata líquida, reflejando las primeras luces del día. Los mercados despertaban con el bullicio de los comerciantes, el sonido de las ruedas de madera, las risas de los niños corriendo tras las carretas. Todo parecía perfecto, en armonía, como si los dioses hubieran bendecido esas tierras.
Y en el corazón de esa perfección se alzaba el Palacio Imperial, la joya del reino: un coloso de mármol blanco con torres de cristal, rodeado de jardines que parecían nunca marchitarse gracias a la magia protectora de los antiguos.
Desde una de las ventanas más altas, la emperatriz Noelle Silva contemplaba el paisaje. El viento agitaba suavemente las cortinas de seda azul, y sus cabellos plateados brillaban bajo la luz del sol. Era temprano, demasiado temprano para alguien de su edad y rango, pero Noelle había dejado de dormir con tranquilidad desde hacía semanas.
A sus veinticuatro años, había logrado lo que pocas mujeres podían soñar: ser emperatriz, dueña de dos reinos prósperos, respetada por nobles y adorada por su pueblo. Era una figura casi mítica: bella, firme, generosa. Se decía que su sola presencia en un acto público podía apaciguar los ánimos de una multitud o inspirar a un ejército entero.
Pero detrás de esa imagen de perfección, el peso del deber la ahogaba.
—Su Majestad, el emperador la espera en el comedor principal —anunció una doncella con voz temblorosa, inclinando la cabeza profundamente.
—Dile que en unos instantes estaré allí, También dile a Nero que me acompañe — respondió Noelle, con la calma habitual.
Noelle siempre hablaba con suavidad a sus sirvientes. Nunca levantaba la voz, nunca humillaba a nadie, y por eso la servidumbre la adoraba. Sin embargo, esa calidez no era suficiente para aliviar la inquietud que le oprimía el pecho.
Se dirigió al comedor caminando por los interminables pasillos del palacio, adornados con tapices que narraban antiguas victorias. Soldados de armaduras plateadas inclinaban la cabeza al paso de la emperatriz, y cada gesto de respeto reforzaba la imagen que debía sostener: la de una mujer fuerte, intocable, perfecta.
Al entrar al comedor, encontró a Yuno Grinberryall, su esposo y emperador, proveniente del reino del trébol. Sentado con porte impecable, parecía una estatua esculpida con precisión divina: cabello oscuro y liso, ojos que reflejaban serenidad, gestos refinados. Era el gobernante soñado por los nobles y un modelo de virtud para el pueblo.
— Buenos días —saludó Noelle, tomando asiento frente a él.
— Buenos días, Noelle — respondió Yuno, con una sonrisa leve y cortés.
El desayuno fue servido en silencio: pan recién horneado, frutas dulces bañadas en miel, té de hierbas. Los sirvientes se retiraron, dejando a los dos a solas. Por un instante, la quietud resultó asfixiante.
— Hoy tendremos reunión con el consejo al mediodía — dijo Noelle, rompiendo la calma — Debemos decidir el asunto de los impuestos en las rutas comerciales con Clover. —
— Lo sé. Ya revisé los informes — contestó Yuno sin apartar demasiado la mirada de su taza.
La conversación murió allí. Ambos siguieron comiendo en silencio, como dos socios que comparten responsabilidades, no como esposos que comparten una vida. Noelle bajó la vista al plato, consciente de que cada día la distancia entre ellos crecía un poco más.
Al terminar, se encaminó hacia el Salón del Trono, donde la esperaban los miembros del consejo imperial. Se vistió para la ocasión con un vestido de seda azul oscuro bordado con hilos de plata. Una corona ligera descansaba sobre su cabeza, discreta pero suficiente para recordar a todos quién era.
El salón estaba lleno de nobles con túnicas elegantes, generales con armaduras brillantes y eruditos con pergaminos en mano. Todos se levantaron al verla entrar.
— Su Majestad —la saludaron al unísono, inclinando la cabeza.
Noelle avanzó con paso firme, escoltada por dos caballeros reales. Se sentó en el trono de mármol blanco, junto a Yuno, que ya la esperaba. Su esposo tenía el mismo porte imponente de siempre, pero ella sentía que esa perfección lo volvía distante, inaccesible.
La reunión comenzó. Se discutieron las tensiones con Clover, las rutas comerciales, la necesidad de fortalecer las fronteras del norte. Un noble de mediana edad, lord Harven, pidió la palabra.
— Majestad — dijo con voz engolada — Propongo aumentar los tributos de los campesinos. Con ese dinero podríamos financiar nuevas expediciones y reforzar la frontera con el reino Diamante —
Un murmullo recorrió la sala. Los ojos se posaron en Noelle.
Ella lo miró con serenidad, pero su voz fue firme, sin titubeos:
— El pueblo ya soporta suficiente carga. Los campesinos alimentan nuestras mesas y sostienen nuestras ciudades. Si debilitamos las raíces, el árbol entero se desplomará. Buscaremos otros recursos, pero no a costa de quienes menos tienen. —
La respuesta resonó como un golpe de martillo. Algunos nobles se incomodaron, otros bajaron la cabeza. Nadie se atrevió a contradecirla.
Yuno intervino entonces, con tono calmado:
— Estoy de acuerdo con la emperatriz. La propuesta queda rechazada. —
Noelle sintió un pequeño alivio. Aunque la distancia con su esposo era cada vez más grande, aún eran capaces de mostrarse como un frente unido frente al consejo. A ojos del mundo, seguían siendo la pareja perfecta.
Cuando la reunión terminó, Noelle decidió salir del palacio para recorrer los jardines reales. El aire fresco y el aroma de las flores le devolvían algo de paz. Le gustaba caminar sin escolta, aunque los guardias siempre la vigilaban a la distancia.
Se detuvo frente a la fuente central, donde niños jugaban bajo la mirada de sus madres. La gente la saludaba con sonrisas sinceras, inclinando la cabeza con respeto.
— ¡Viva la emperatriz! — gritó un niño, y todos los presentes corearon con entusiasmo.
Noelle sonrió y levantó la mano para saludarlos. Ese afecto era real, lo sentía. El pueblo la amaba, y eso le daba fuerzas para seguir adelante.
Pero mientras regresaba al palacio, la sombra del recuerdo volvió a apoderarse de ella.
Recordó la voz del médico real, semanas atrás, en la penumbra de su despacho:
— Lo lamento, Su Majestad… sus exámenes son concluyentes, no podrá concebir hijos. —
El silencio que había seguido fue peor que la noticia. Noelle había sentido como si todo su mundo se derrumbara. Ella, la emperatriz perfecta, no podía dar un heredero al trono.
Guardó el secreto en lo más profundo de su corazón, pero la herida estaba allí, sangrando cada día un poco más. Y aunque no lo había dicho en voz alta, sabía que Yuno también lo sabía. Lo veía en su mirada distante, en el modo en que evitaba tocarla en la intimidad.
Esa noche, el lecho imperial fue tan frío como el mármol del palacio. Yuno se recostó a su lado, dándole la espalda. No hubo palabras de cariño ni caricias. Solo el silencio pesado de una relación que se mantenía por deber, no por amor.
Noelle miró el techo adornado con estrellas doradas y sintió que las lágrimas quemaban sus ojos. Pero se obligó a contenerlas. Una emperatriz no debía llorar. Una emperatriz debía ser fuerte.
Y así, en soledad, volvió a interpretar el papel que el mundo le había impuesto: la emperatriz perfecta, aunque por dentro estuviera rota.
Durante algún tiempo, Noelle guardó el secreto. Se encerraba en su cámara con excusas de trabajo, pero en realidad lo hacía para llorar en silencio. La corona que tanto había defendido se le aferraba ahora como un grillete.
Miraba a Yuno en los actos públicos y se preguntaba: ¿qué pensará cuando lo sepa? ¿Qué hará un hombre como él, que siempre fue el símbolo de la perfección, al descubrir que su esposa está rota?
Yuno nunca mostró sospechas, seguía siendo el mismo: impecable en sus gestos, cortés en sus palabras. Pero su frialdad en la intimidad se hacía cada vez más evidente, el espacio entre ellos en la cama imperial se ensanchaba noche tras noche.
Y el secreto, sin embargo, no tardó en revelarse.
Una tarde, Yuno entró sin previo aviso en el despacho del médico real. Lo encontró revisando de nuevo los mismos pergaminos, con expresión tensa.
— ¿Qué ocultas, viejo? — preguntó Yuno con voz baja, pero cargada de autoridad.
El médico se sobresaltó. Titubeó, pero sabía que no podía mentirle al emperador.
— Majestad… es sobre la emperatriz. Ella me pidió discreción, pero… —
— Habla. —
El médico cerró los ojos un instante, resignado.
— No podrá tener hijos. Es imposible. —
El silencio que siguió fue tan denso que parecía ahogar el aire.
Yuno no respondió de inmediato. Se quedó de pie, mirando fijamente al vacío, como si su mente procesara cada detalle. Finalmente habló, con voz tan fría como el acero:
— Entiendo —
No gritó, no golpeó nada. Simplemente salió de la sala y caminó por los pasillos con paso tranquilo. Nadie lo detuvo; nadie se atrevía siquiera a mirarlo a los ojos.
Esa noche, cuando regresó a sus aposentos, encontró a Noelle sentada junto a la ventana, mirando el cielo estrellado, ella se giró al escuchar sus pasos.
— Yuno… —
— Ya lo sé — interrumpió él.
Las palabras cayeron como un cuchillo. Noelle palideció, pero mantuvo la calma.
— ¿Quién te lo dijo? —
— El médico, no tiene sentido ocultarlo más —
Un silencio pesado se extendió entre ellos. Ella intentó hablar, pero su voz se quebró:
— Lo lamento… lo siento tanto. —
Yuno la observó con ojos inexpresivos. No hubo reproche abierto, ni insulto, ni furia. Pero su silencio era peor.
— No es tu culpa — dijo al fin, con voz calmada — Pero entiendes lo que significa, ¿verdad? —
Noelle sintió que las lágrimas ardían en sus ojos.
— Sí… lo entiendo. —
El emperador se recostó en la cama, dándole la espalda, no volvió a decir una sola palabra.
Noelle permaneció despierta mucho tiempo, con el corazón roto, el amor que alguna vez los unió parecía desvanecerse como arena entre los dedos. Ahora, solo quedaba el deber.
Fin del prólogo.
Se que a mucho no les habrá gustado como comenzó esto. Probablemente muchos ni van a seguir la historia. Pero no importa.
La verdad es un gran proyecto que tenía planeado hace un tiempo. Y si alguien decide quedarse, le aseguro que no se arrepentirá.