El mundo se había mantenido en silencio demasiado tiempo.
Cien años de guerra habían marcado cada rincón de las cuatro naciones. Las cicatrices eran profundas, y aunque muchos soñaban con paz, otros sabían que esta nunca llegaría sin un golpe final contra la Nación del Fuego.
En Ba Sing Se, bajo el eco de los muros interminables, el Consejo de los Cinco había logrado lo impensable, quitarle el poder a Long Feng y someter a la mayoría de los Dai Li. Con el control de la ciudad capital asegurado, los generales podían mirar por primera vez hacia afuera, hacia la guerra que aún ardía en el mundo.
El joven Rey Kuei, sin embargo, carecía de la experiencia necesaria para comprender la magnitud de lo que significaba marchar contra la Nación del Fuego. Había crecido entre lujos y mentiras, ignorante del dolor que la guerra había sembrado más allá de los muros de su palacio. Pero no estaba solo. Los generales del Consejo, curtidos por años de sangre y derrotas, juraron lealtad a su corona y, con firmeza, lo guiaron a una decisión que cambiaría el curso de la historia, apoyar al Avatar e invadir la Nación del Fuego.
El General How, veterano de incontables batallas, golpeó la mesa con el puño.
- Si el Avatar y sus aliados se enfrentan solos, caerán. Pero si el Reino Tierra marcha con ellos, esta vez la Nación del Fuego sabrá lo que significa desafiar al mundo.
El General Sung, endurecido por años de estrategias amargas, asintió con solemnidad.
-El eclipse durará apenas unos minutos. Debemos aprovechar cada segundo. El destino del mundo depende de ello.
El General Fong, el más joven y audaz, no pudo contener la emoción.
- No solo estaremos ahí... ¡seremos la espada que atraviese el corazón de esa nación!
Los otros dos generales, tras un silencio cargado de tensión, terminaron por asentir con firmeza.
Ellos también estaban de acuerdo.
Las palabras sellaron el juramento.
Los soldados del Reino Tierra, junto con los Guerreros de la Tribu Agua del Sur y el ingenio del Mecanicista, marcharían hombro con hombro con el Avatar. Esta no sería una incursión de un pequeño grupo de valientes. Sería una invasión.
Con los sellos del Rey Kuei y del Consejo de los Cinco, se enviaron mensajes hacia el Polo Norte. Sabían que después de cien años de aislamiento no sería fácil que la Tribu Agua del Norte creyera que la petición era real... pero había que intentarlo.
El halcón mensajero de Sokka emprendió el vuelo hacia aquellas tierras lejanas, llevando la súplica de unión.
Para el Reino Tierra, la respuesta era un silencio incierto, y marchaban convencidos de que estarían prácticamente solos junto al Sur.
Con la aprobación del Rey Tierra, la decisión no fue solo política, fue un juramento de unidad frente a la oscuridad que aún amenazaba al mundo. Al frente de un vasto ejército, los cinco generales marchaban con disciplina hacia la Fortaleza Occidental, el punto de reunión de los aliados. Iban a la cabeza, montados sobre briosos caballos avestruces, que relinchaban con fiereza bajo el sol. Cada montura portaba una deslumbrante armadura dorada que reflejaba la luz como fuego, haciendo que desde la distancia parecieran un escuadrón de bestias sagradas. Los patas golpeaban la tierra con un ritmo ensordecedor, marcando el paso de miles de soldados que seguían tras ellos, mientras las estandartes del Reino Tierra ondeaban imponentes, anunciando que la guerra aún no había terminado.
Allí en la Fortaleza Occidental, bajo cientos de estandartes verdes ondeando con orgullo, aguardaban los grandes barcos de guerra, listos para zarpar y llevar la lucha más allá de las murallas de Ba Sing Se.
En el horizonte, Aang entrenaba sin descanso, consciente de que el Día del Sol Negro sería su única oportunidad de enfrentarse al Señor del Fuego. Toph, Katara y Sokka lo acompañaban, Appa rugía con fuerza en los cielos, y Momo revoloteaba inquieto como si presintiera lo que venía.
El mundo entero contenía el aliento.
La Nación del Fuego ignoraba lo que se avecinaba, no conocían el eclipse, ni sospechaban que el enemigo ya se preparaba para golpear su corazón. Aunque la resistencia para entrar en la capital prometía ser brutal, los aliados sabían que la mayoría del ejército enemigo estaba disperso por el mundo y no habría manera de reunirlo a tiempo.
La invasión sería un ataque sorpresa.
El reloj ya había comenzado a correr, y en el horizonte, las sombras del eclipse se acercaban.
Las murallas de la fortaleza occidental se alzaban imponentes, cubiertas de estandartes verdes y dorados. Los soldados del Reino Tierra, formados en filas para recibir a los visitantes, murmuraban entre sí al ver acercarse al muchacho de túnicas naranjas y flecha azul en la frente.
Tenían frente a ellos a aquel ser que, hasta entonces, solo existía en los relatos de los ancianos, el maestro de los cuatro elementos, el último maestro aire, una figura que parecía más leyenda que hombre. Un rudo teniente, marcado por los años de guerra en sus hombros, fue el primero en romper el silencio.
- Es un honor estar ante su presencia, joven Avatar -dijo con voz grave, inclinándose con una reverencia solemne.
Los jóvenes soldados, sin comprender del todo la magnitud de aquel gesto, sintieron un impulso casi instintivo. Uno tras otro, lo imitaron, inclinándose ante aquel muchacho cuya sola presencia bastaba para silenciar la explanada. No era un general ni un rey, pero su espíritu irradiaba algo mucho mayor, la esperanza misma.
Aang se detuvo, sorprendido, incómodo incluso con aquella muestra de reverencia. No estaba acostumbrado a que lo trataran como un símbolo, y menos en medio de un ejército endurecido por la guerra.
Katara sonrió con orgullo, mientras Sokka murmuraba al oído de Toph.
- Mira eso... no todos los días los soldados del Reino Tierra se inclinan así.
- No lo hacen por costumbre, cabeza de chorlito - respondió Toph con una sonrisa -. Lo hacen porque saben lo que significa tener al Avatar frente a ellos.
Cuando la puerta principal de la fortaleza se abrió y el grupo atravesó los pasillos de piedra, el rumor ya se había extendido. el Avatar había llegado.
Dentro, en la sala de guerra, los generales aguardaban. Afuera, los soldados aún murmuraban en voz baja, como si hubiesen presenciado el despertar de una leyenda que solo conocían por viejas historias.
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NOTA
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