Fetish

By vxjiiro

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Shoto estaba sentado en el suelo del gimnasio, observando a Bakugou y Kirishima saltar la cuerda. Sus pectora... More

🫦

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By vxjiiro


Me encantaría mucho q comenten, me encanta leer lo q opinan ʕ⁠っ⁠•⁠ᴥ⁠•⁠ʔ⁠っ.
Y no olviden de votar me ayudan en q mi cuenta sea más reconocida ✨.














Siempre había sabido que era raro.
No en todo, solo en algo muy específico.
No era simplemente admiración. No. Era un calor que lo recorría entero, un deseo que se hacía presente.

Antes, él no sabía que era un fetiche, no hasta que lo escuchó de uno de sus compañeros, Mineta. Era obvio que no debería tomarlo en cuenta: era Mineta, y nada bueno salía de su boca. Pero la curiosidad llegó después, cuando escuchó a otros compañeros hablar sobre eso. Así que decidió investigar, y fue así como descubrió que tenía un fetiche.

Un gran fetiche, y todo gracias a sus novios, Katsuki y Kirishima. No lo culpen: es inevitable no tener ese “fetiche”. No se puede ignorar, después de todo, son grandes.

Sí… hablaba de sus pectorales, sus grandes pectorales. ¿Es normal que sean así de enormes? No es como los de las mujeres, no se comparan, pero para ser hombres tampoco eran pequeños.

¿Y cómo comenzó su fetiche?

Bueno…

Antes de que ellos se convirtieran en un grupo romántico, él ya les veía los pectorales. Cuando los tres comenzaron a juntarse más por los entrenamientos, eso fue lo que despertó su fetiche.
Cuando Bakugou lo retaba a entrenar con él para demostrarle quién era más fuerte, cada vez que peleaban, su mirada siempre bajaba. Además, cuando sudaba, su camiseta se pegaba a su increíble cuerpo, dejando ver sus pectorales.

Con Kirishima no era distinto. Cuando él le proponía hacer ejercicios para ser más fuertes, siempre se sacaba la camiseta. Según él, era porque así estaba más cómodo y su ropa no se mojaba del sudor. Para Shoto, sin embargo, era imposible concentrarse en los ejercicios; solo podía observar cómo sus pectorales se movían cuando hacía flexiones. Era como una vista en 3D.

Verlos por separado ya era increíble, pero verlos a ambos a la vez… superaba cualquier cosa.
Cuando entrenaban sin camiseta, con el sudor brillando bajo las luces del gimnasio, los veía tensarse, brillar, moverse… y su corazón latía con fuerza.

Había mucho más, pero era mejor guardarlo y no contarlo aquí.

Ahora que sabía que no era el único “raro” con gustos extraños, se sentía menos extraño. Aunque la idea de que otras personas tuvieran ese fetiche no lo contentaba tanto; había chicas o chicos que quizá miraban a sus novios por la misma razón, y eso le molestaba un poco… (mucho). Porque esos chicos eran suyos (él tambien recalcaba que era suyo)… ¡pero eso no era el punto! Eran suyos.

Suyos.

Ahora se encontraba con ellos en el gimnasio. Kirishima los había invitado a entrenar para hacerse más fuertes, y él, ni lento ni perezoso (bueno, no tanto), dijo que sí. No iba a desaprovechar la oportunidad de verlos entrenar… y, bueno, también por eso… ustedes saben.

Shoto estaba sentado en el suelo, tomando un descanso mientras veía a sus novios saltar la cuerda. Era lo mejor que había visto: sus pectorales se movían con cada salto, el sudor caía de sus frentes hasta el cuello… mierda, era muy sexy.
¿Estaba mal querer que sus novios lo llevaran al cuarto ahora?

—¡Ey fresita!— escucho un grito que provenía de bakugou

—¿Ah?, ¿Paso algo?

—Te estamos llamando hace rato shou, pareces distraído, ¿Todo bien?
— ahora hablo kirishima

—Si, solo pensando en que otro ejercicio hacer.— que mentira.

—Bien, vente vamos a seguir con abdominales.—

—okey


Los ejercicios habían acabado había sido muy agotado están sudando por todas partes, shoto se dió cuenta así que les pasó una toalla a cada uno.

—Tengan

—Gracias shou
— Gracias miti

Cada uno comenzó a secarse el sudor por el rostro bajando por su mandíbula hasta el cuello, si.. muy explicado no? Bueno esq estaba viendo tan detenidamente que le es inevitable no detallarlo además llegaba la mejor parte, cuando pasan la toalla por sus pectorales. ¿Porq brillan tanto? ¡Son crepúsculo o que diablo!

—Oye, ¿qué miras?— Bakugou soltó una carcajada mientras se secaba el sudor del pecho.

Shoto giró la mirada, ruborizado.
—Nada… —murmuró, aunque él mismo sabía que mentía.

Shoto intentó distraerse, pero sus ojos regresaban una y otra vez a los movimientos de sus novios.
Bakugou dejó la toalla colgando de su cuello, su torso aún brillando, cada músculo marcado con descaro.
Kirishima, en cambio, se estiraba con los brazos por encima de la cabeza, y sus pectorales se apretaban al hacerlo, como si lo hiciera a propósito.

Shoto tragó saliva.
Ya no estaba seguro de si podía disimular mucho más.

—Nada mis huevos —rió Bakugou acercándose con esa sonrisa arrogante que lo hacía perder la compostura—. Te quedaste embobado viéndonos.

—¿Eh? ¡No! —respondió demasiado rápido. Sus mejillas se tiñeron rojas.

Kirishima arqueó una ceja, divertido.
—Shou… últimamente te pones raro cuando entrenamos.

—¿Raro? —intentó sonar normal, pero ni él se lo creía.

Kirishima se inclinó hacia él, apoyando las manos en sus rodillas, inclinándose lo suficiente para que el sudor de su pecho casi cayera sobre su rostro.
—Sí… como si nos miraras distinto.

Bakugou soltó una carcajada ronca.
—No me digas que a este idiota lindo le calientan nuestros músculos.

Shoto lo fulminó con la mirada, pero el temblor en sus dedos lo delató.
—Yo… no…

—¡JA! —Bakugou señaló con el dedo, victorioso—. Lo sabía.

Kirishima soltó una risotada, pero en lugar de burlarse, le pasó la mano por el cabello, despeinándolo con ternura.
—Entonces… ¿te gustan nuestros pectorales, Shou?

Shoto (aunque no lo dijeran en voz alta, sus instintos lo traicionaban) no supo a dónde mirar.
Sus labios se entreabrieron, incapaz de negar.

—...Mucho. —murmuró apenas audible.

El silencio duró apenas un segundo, porque Bakugou se acercó hasta quedar frente a él, agachándose lo suficiente para empujar su torso en su cara.
—¿Así de mucho?

El calor en las mejillas de Shoto fue insoportable. Tragó saliva. El olor de Bakugou mezclado con sudor y adrenalina lo mareaba.
Kirishima, divertido, se puso al otro lado, apretando sus pectorales con un gesto exagerado, casi de broma.

—Podemos dejarte tocarlos si tanto te gustan…

Shoto abrió los ojos sorprendido, pero no tuvo tiempo de responder: Bakugou ya había tomado su mano y la había empujado contra su pecho firme y caliente.

El jadeo que escapó de su boca no fue nada disimulado.

Shoto se quedó inmóvil, su mano contra el pecho de Bakugou. Sentía cómo cada respiración hacía tensar y relajar esos músculos, firmes, calientes.
No podía apartar los ojos.

—Mira su cara, Kiri, parece que se le va a explotar la cabeza —se burló Bakugou, con esa sonrisa torcida.

—Oye, no lo molestes tanto —rió Kirishima, aunque sus propios ojos brillaban de diversión—. Igual yo quiero ver hasta dónde llega esto.

El pelirrojo se inclinó un poco, llevando también la mano de Shoto hacia su propio torso, guiándola con cuidado.

—¿Qué opinas, Shou? ¿Quién los tiene mejor, yo o Katsuki?

El corazón de Shoto dio un salto.
—N-no voy a… compararlos —balbuceó, apartando la mirada, como si eso pudiera ocultar su vergüenza.

—Cobarde —Bakugou rió bajo, aunque la manera en que apretó un poco más la mano de Shoto contra su pecho lo delató—. Admítelo, te encanta.

Shoto cerró los labios con fuerza. El rubor le ardía en las mejillas. No quería darles el gusto de escucharlo… pero tampoco quería que dejaran de provocarlo.

Kirishima, siempre más suave, le acarició la muñeca.
—No tienes que decirlo si no quieres. Tu cara ya lo dice todo.

Bakugou chasqueó la lengua.
—Tch, eres un maldito libro abierto, Shoto.

Shoto quiso responder, pero entonces Kirishima se dejó caer sentado frente a él, todavía sin camiseta, y estiró los brazos hacia atrás, arqueando el pecho con descaro.
—Igual… me halaga. Nunca pensé que a alguien le interesaran tanto los pectorales.

Bakugou bufó.
—Pues a este idiota sí, y demasiado. Seguro que mientras entrenamos no aprende nada porque está ocupado mirándonos.

La acusación lo hizo erguirse.
—¡Eso no es cierto! —protestó, pero el tono sonó más desesperado que firme.

Los dos rieron al unísono.
Kirishima se acercó más y apoyó su frente en la de Shoto, mirándolo directo a los ojos.
—No te rías, Kats, se ve lindo cuando se pone así.

—Lindo mi trasero —gruñó Bakugou, aunque sus labios se curvaron en una media sonrisa—. Está desesperado, eso es lo que está.

Shoto los miró a ambos, sintiéndose atrapado entre la calidez juguetona de Kirishima y la intensidad abrasadora de Bakugou.
Y lo peor era que tenían razón. Estaba desesperado. Pero no lo iba a decir.


Había pasado como tres horas después de lo que sucedió en el gimnasio.

Huyó.

Sí, huyó. No pudo con tanto en tan poco tiempo; sentía que se iba a desmayar por el descaro de sus novios. ¿Cómo podían decirle esas cosas con tanta normalidad?

No sabía dónde estaban los chicos y tampoco iba a buscarlos. No aún. Primero quería tranquilizarse, aunque habían pasado tantas horas y él aún seguía rojo. No podía quitarse de la cabeza lo que había pasado.

Estaba subiendo por el ascensor para ir a su dormitorio; quería acostarse y descansar un poco.

Cuando llegó a su dormitorio, estaba a punto de abrir la puerta, pero alguien lo jaló dentro.

—¡Ah!

—¡Pensamos que nunca llegarías, fresita!

— Te estábamos esperando shou.

— ¿Q-que hacen aquí?

— ¿Que? Creíste que después de tu huida no íbamos a buscarte?

— Esto recién empieza shou.

Shoto retrocedió un paso, pero la puerta ya estaba cerrada detrás de él. Su corazón latía con tanta fuerza que pensaba que los demás podían escucharlo.

Kirishima estaba sentado en su cama, con los brazos cruzados y esa sonrisa de tiburón que lo hacía ver demasiado confiado.
Bakugou, en cambio, estaba de pie junto a la ventana, mirándolo como si fuera una presa que acababa de entrar en la jaula.

—¿Esperándome? —murmuró Shoto, intentando sonar tranquilo.

—Claro —contestó Kirishima, levantándose lentamente—. No ibas a escaparte de nosotros tan fácil.

—Yo… yo no huí. Solo quería descansar —dijo, aunque su voz tembló lo suficiente como para delatarlo.

Bakugou bufó una carcajada.
—Descansar mis huevos. Te largaste todo rojo porque no aguantaste mirarnos de frente.

—¡Eso no es…! —Shoto intentó protestar, pero Bakugou dio un paso al frente, acercándose tanto que pudo sentir el calor de su torso desnudo.

—Admite que no puedes con nosotros, fresita —susurró con tono bajo, provocador.

Kirishima se colocó detrás, atrapándolo entre ambos.
—No es nada malo, Shou. Si te gustan estas cosas, solo dilo.

Shoto apretó los labios con fuerza. Sus mejillas ardían, sus manos temblaban, y sin embargo no apartó la mirada.
—…Ustedes no son normales —murmuró casi en un susurro—. ¿Cómo pueden hablar así… tan tranquilos?

Kirishima rió bajito, inclinándose hasta rozar con la nariz la oreja de Shoto.
—Porque nos gusta verte perder la calma.

Bakugou sonrió de lado, inclinándose lo suficiente como para chocar suavemente su pecho contra el de él.
—Y porque sabemos que te derrites por esto.

La respiración de Shoto se volvió irregular. Entre el calor, el olor a sudor aún impregnado en ellos y la proximidad descarada, sentía que sus rodillas iban a ceder.

Kirishima le tomó la mano y la colocó sobre su propio torso, guiándola con suavidad.
—No tienes que fingir, Shou. Mira… solo tócanos.

Shoto tragó saliva. Su corazón se disparó de nuevo.
No sabía si debía apartarse… o dejarse llevar.

La mano de Shoto seguía temblando contra el pecho firme de Kirishima. Podía sentir el calor, la dureza de los músculos, el latido bajo la piel. Quería apartarla, pero al mismo tiempo, quería dejarla ahí para siempre.

—Míralo, está ardiendo —se burló Bakugou, inclinándose aún más, acorralándolo entre la cama y su propio cuerpo.
—Vamos, fresita, dilo de una maldita vez.

Shoto apretó los dientes, intentando mantener la compostura.
—No tengo nada que decir…

—Tch, mentiroso —Bakugou acercó los labios a su oído, su voz ronca, casi un gruñido—. Te la pasas babeando por nosotros cada vez que entrenamos.

Kirishima rio suave, apretando un poco más la mano de Shoto contra sus pectorales, obligándolo a sentir cómo se tensaban al moverlos.
—Y tu mirada nunca engaña, Shou. Siempre nos ves… aquí. —marcó el gesto con un golpecito en su pecho.

El rubor de Shoto subió hasta sus orejas. Ya no podía escapar, no con ellos tan cerca.

—¿Qué pasa? —Bakugou ladeó la cabeza, esa sonrisa arrogante en sus labios—. ¿Te gustan tanto?

Shoto cerró los ojos, como si necesitara reunir todo el valor del mundo para soltar las palabras.
Su voz salió baja, temblorosa.

—…Sí.

Ambos se quedaron en silencio un segundo, intercambiando una mirada cargada de triunfo sobre su cabeza.

—¿Ves? —rió Kirishima, inclinándose hasta darle un beso rápido en la mejilla—. No fue tan difícil.

—Sabía que lo admitirías —Bakugou gruñó satisfecho, sus ojos brillando de picardía—. Entonces, fresita… ¿cuánto te gustan?

Shoto se encogió, incapaz de sostener sus miradas.
—Demasiado.

Bakugou rió fuerte, orgulloso, mientras Kirishima apretaba con suavidad sus hombros, abrazándolo por detrás.

—Entonces… —susurró el pelirrojo contra su oído, con una calidez que lo derritió— …prepárate, porque vamos a darte justo lo que quieres.

El pecho de Bakugou rozó el suyo, firme, cálido, inevitable.
Y Shoto supo que ya no había escape.

Kirishima lo tenía abrazado por detrás, pegando su torso caliente contra su espalda, mientras Bakugou lo mantenía acorralado de frente. Shoto apenas podía respirar; sentía calor por todos lados.

—Demasiado, ¿eh? —Bakugou le tomó la barbilla, obligándolo a mirarlo—. Entonces míralos bien.

Con descaro, se pasó una mano lenta por el pecho, apretando sus propios pectorales como si se los estuviera mostrando solo a él.

Shoto tragó saliva, incapaz de apartar la vista.

—¡Jajajaja! Míralo, Kats, parece hipnotizado —rió Kirishima, apretando su abrazo y rozando con la nariz el cuello de Shoto—. Su carita lo dice todo.

—Es un maldito pervertido —gruñó Bakugou, pero con una sonrisa torcida que desmentía sus palabras.

—¡No soy…! —intentó replicar Shoto, pero la voz se le quebró cuando Kirishima, sin aviso, tomó sus manos y las colocó directamente sobre sus propios pectorales, guiándolo a apretarlos.

—¿Ves? —susurró el pelirrojo—. Son tuyos, Shou. No tienes que esconder nada.

Un jadeo escapó de la boca de Shoto. El calor en su rostro era insoportable, y sin embargo no apartó las manos. Sus dedos temblaban al recorrer la firmeza de esos músculos que tanto lo obsesionaban.

Bakugou bufó y se acercó aún más, pegando su pecho directamente contra el de Shoto, empujándolo entre ambos.
—Tch, no lo dejes solo, Kiri. Este cabrón también babea por los míos.

Shoto quedó atrapado, con un torso duro y cálido contra su espalda y otro contra su pecho. Su respiración se volvió irregular, casi desesperada.

—Esto es… demasiado… —susurró, aunque sus manos no dejaron de explorar.

Bakugou se inclinó, su aliento caliente contra sus labios.
—No, fresita. Apenas empieza.

Y antes de que pudiera reaccionar, los dos lo empujaron suavemente hacia la cama. Shoto cayó sentado, con los dos alfas encima, uno a cada lado, sus pectorales brillando bajo la luz tenue de la habitación.

Kirishima sonrió, inclinándose lo suficiente como para que el sudor de su pecho rozara la piel de Shoto.
—Dijiste que eran tuyos… entonces, tómalos.

Shoto levantó la vista, sus ojos heterocromáticos ardiendo de deseo. Y esta vez, no huyó.


Shoto estaba sentado en la cama, atrapado. Bakugou a un lado, Kirishima al otro, los dos medio desnudos, brillando todavía con el sudor del entrenamiento.
La escena parecía una emboscada cuidadosamente planeada.

—Míralo —se burló Bakugou, inclinándose hasta rozar su nariz con la de Shoto—. Parece que se va a desmayar.

—O a explotar —rió Kirishima, pellizcando con suavidad la mejilla de Shoto—. ¡Está rojo como un tomate!

—¡Cállense! —Shoto trató de sonar firme, pero su voz tembló demasiado.

Bakugou soltó una carcajada baja.
—¿Y si no queremos callarnos? ¿Qué vas a hacer, fresita? ¿Escaparte otra vez?

Kirishima lo abrazó por detrás, hundiendo la barbilla en su hombro.
—Ni puede moverse ahora. Está acorralado.

Shoto tragó saliva. Sus manos descansaban en su regazo, pero era como si ardieran, deseando volver a tocar.

—…No es justo —murmuró al fin, con voz baja.

—¿Qué no es justo? —preguntó Kirishima, divertido.

—Que se lo tomen tan… normal —confesó, apretando los labios—. Y que me hagan decirlo en voz alta.

Bakugou arqueó una ceja, su sonrisa torcida brillando en la penumbra.
—¿Qué? ¿Qué te gustan nuestros pectorales?

Shoto bajó la mirada, mordiéndose el labio.

—…Sí. —su voz apenas salió como un suspiro.

El silencio duró un segundo.
Y entonces, Bakugou soltó una carcajada fuerte y triunfante.
—¡Lo admitió otra vez! ¡Sabía que no ibas a resistirlo!

Kirishima rió también, aunque mucho más suave, apretando el abrazo contra él.
—Shou, no tienes idea de lo mucho que nos gusta verte así… tan honesto.

Antes de que pudiera responder, Bakugou se desabrochó la camiseta sin mangas que aún colgaba de un hombro y la tiró al suelo.
Su torso quedó completamente expuesto, duro, brillante, como si lo hubiera hecho a propósito.

—Ya que son tuyos… —se inclinó, poniendo sus manos sobre las rodillas de Shoto y separándolas un poco para meterse en medio— …úsalos como quieras.

Shoto sintió que la garganta se le secaba. Kirishima, a su espalda, no se quedó atrás: pasó las manos por delante, guiando las suyas directamente hacia sus propios pectorales, firmes y calientes.

—Eso, Shou —susurró en su oído—. Tócanos, apriétanos… somos todo tuyos.

El rubor de Shoto se volvió insoportable.
Sus dedos, temblando al principio, comenzaron a explorar más firmemente. La piel caliente, los músculos tensándose bajo sus caricias, el sudor resbalando… todo lo estaba volviendo loco.

Bakugou jadeó bajo, con una sonrisa maliciosa.
—Sabía que eras un maldito pervertido… pero verte así… mierda, me encanta.

Kirishima bajó una mano y acarició el muslo de Shoto, dándole un apretón juguetón.
—Y pensar que todo esto empezó por un fetiche.

—Cállense —murmuró Shoto, pero esta vez sin fuerza, con la respiración ya entrecortada.

Los dos rieron.
Y entonces, el juego dejó de ser solo provocación: Bakugou tomó su rostro y lo besó con fuerza, mientras Kirishima lo acariciaba, guiando sus manos sobre sus torsos como si lo estuvieran entrenando en algo mucho más íntimo.

La habitación se llenó de jadeos, risas entrecortadas y el sonido de cuerpos pegándose con descaro.

Shoto ya no pensaba en huir.
Ahora solo quería perderse en ellos.

Los labios de Bakugou se apretaban contra los de Shoto con la misma fuerza con la que peleaba en un entrenamiento, pero no era violencia: era hambre.
Kirishima, detrás, aprovechaba para deslizar sus manos por debajo de la camiseta de Shoto, acariciando su abdomen, rozando apenas sus costillas antes de volver a guiarlo hacia sus pectorales firmes.

—Míralo, Kats —susurró el pelirrojo contra su oído—. Se estremece cada vez que los toca.

Bakugou se separó del beso solo para reír, ronco.
—Sí… es un maldito adicto a esto.

Shoto trató de replicar, pero otro jadeo se le escapó cuando Bakugou tomó sus muñecas y las presionó de golpe contra su propio torso, obligándolo a apretar.
—¿Lo sientes? ¿Te gusta cómo se tensan?

El calor en las mejillas de Shoto era insoportable. Cerró los ojos y, sin fuerzas para resistir, asintió con la cabeza.
—…Sí.

Kirishima sonrió, besando su cuello con calma, un contraste enorme con el ímpetu de Bakugou.
—No tienes que avergonzarte, Shou. A nosotros nos encanta complacerte.

La respiración de Shoto se volvió irregular. La sensación de tenerlos tan cerca, de poder tocarlos sin restricciones, lo estaba derritiendo.

Bakugou bajó una mano hasta su muslo, apretándolo fuerte.
—Dilo otra vez. Dinos cuánto los quieres.

Shoto abrió los ojos, sus labios temblando.
—…Los quiero. —murmuró, casi ahogado.

—Más fuerte —ordenó Bakugou, inclinándose otra vez contra él.

—¡Los quiero! —soltó al fin, su voz quebrada por el rubor y la necesidad.

El ambiente cambió.
Las risas se volvieron jadeos, los juegos se transformaron en caricias más descaradas.
Bakugou bajó hasta morderle el cuello, mientras Kirishima lo recostaba sobre la cama con suavidad, sujetándolo con su propio peso.

—Eso es lo que queríamos oír —dijo el pelirrojo, antes de deslizarse hasta dejar que los labios de Shoto rozaran su pecho—. Son tuyos, Shou… muérdelos si quieres.

Shoto, entre confundido y en trance, cerró los ojos y lo hizo: sus labios se apretaron contra la piel caliente, probando, besando, dejando que la textura firme de los músculos se quedara en su boca.

Bakugou soltó un gruñido gutural al verlo, como si la escena lo excitara tanto como a Shoto.
—Mierda… míralo, Kiri. Está perdido.

Shoto no lo negó.
Sus manos, su boca, sus jadeos… todo se aferraba a ellos, a sus pectorales, a ese fetiche que ya no podía ocultar.

—¡Ah, mierda! —Kirishima rió entre jadeos, su mano aferrando el cabello bicolor—. Es un maldito vicio como lo hace.

Bakugou, excitado por la escena, le guió la otra mano hacia su pecho y la obligó a frotar con fuerza.
—Mírame, fresita. También quiero que te pierdas en los míos.

Shoto levantó la vista, con los labios húmedos y el rostro ardiendo, y obedeció: se inclinó hacia él, besando su torso, recorriéndolo con la lengua, dejando marcas rojas mientras Bakugou soltaba gruñidos bajos de placer.

Las caderas de Shoto se movían solas contra la cama, buscando fricción. El calor entre sus piernas era insoportable.

Kirishima lo notó enseguida, bajando una mano para acariciarlo por encima de la ropa.
—Está desesperado… siente lo duro que está, Kats.

Bakugou sonrió con malicia.
—Tch, claro que sí. Si se ha estado conteniendo desde el gimnasio.

El cuarto se llenó de calor, del roce de piel contra piel, de respiraciones pesadas y gemidos ahogados.
Y lo que empezó como un juego descarado… terminó siendo un festín donde Shoto descubrió que sus novios no solo aceptaban su deseo, sino que lo llevaban hasta el límite.

Las manos grandes de ambos se deslizaron hasta despojarlo de la ropa, dejando su cuerpo expuesto y tembloroso bajo su mirada.

—Míralo, Kiri… —Bakugou lamió sus propios labios, excitado—. Todo sonrojado, gimiendo solo porque le dejamos tocarnos el pecho.

Kirishima le acarició la mejilla con ternura antes de volver a apretarlo contra su torso.
—No solo es tocar… es que somos su punto débil.

Shoto cerró los ojos con fuerza, un gemido ahogado escapando de su garganta mientras sus novios lo tocaban, lo besaban, lo mordían, jugando con cada parte de él.
Pero siempre volvían al mismo lugar: guiando sus manos, su boca, su lengua, de regreso a esos pectorales que tanto lo obsesionaban.

El ritmo se volvió frenético. Shoto se arqueaba bajo ellos, perdido, sus jadeos cada vez más altos.
Bakugou lo besó con fuerza mientras Kirishima le susurraba al oído:

—Ven para nosotros, Shou… acaba en nuestras manos, en nuestros pechos, donde tanto lo quieres.

Y Shoto no resistió más. Su cuerpo se tensó, su voz quebrada llenó la habitación mientras se dejaba ir, temblando entre los brazos de sus dos alfas, sus manos aún aferradas a esos músculos que lo habían vuelto loco desde el principio.

El clímax lo envolvió como fuego, ardiente, incontrolable, y lo único que pensó mientras se dejaba caer sobre ellos, agotado, fue una verdad simple y clara:

Eran suyos.
Y él era completamente de ellos.


Shoto seguía tumbado, jadeante, todavía con el cuerpo sensible después del clímax. Sentía el calor pegado a su piel, las manos de Bakugou y Kirishima recorriéndolo con calma, como si quisieran memorizar cada rincón de él, pero específicamente en sus muslos.

—¿Qué… qué hacen? —murmuró con la voz rota, intentando recuperar el aire.

Bakugou sonrió con esa malicia tan suya y mordió su cuello con suavidad.
—¿De verdad pensabas que eras el único con un fetiche raro, fresita?

Shoto abrió los ojos, confundido.
—¿Eh…?

Kirishima rió bajo, bajando la mano hasta sus muslos desnudos, apretándolos con fuerza.
—La verdad es que tú también nos vuelves locos… pero sobre todo esto.

Sus dedos se hundieron en la carne firme, acariciando la piel con devoción.
Bakugou lo imitó del otro lado, atrapando la pierna contraria y separándola con brusquedad.
—Tus malditos muslos, Shouto… cada vez que los vemos queremos marcarlos, morderlos, hundirnos entre ellos.

Shoto se quedó en silencio, rojo hasta las orejas, sin saber si morirse de vergüenza o de excitación.
—¿M-muslos?

—Sí —gruñó Bakugou, inclinándose para besar la cara interna de uno—. Son perfectos. Fuertes, suaves… demasiado provocativos.

Kirishima bajó más, dejando mordidas húmedas que hacían temblar a Shoto.
—Cada vez que entrenamos contigo… juraba que iba a perder la cabeza.

Un jadeo escapó de Shoto cuando los dos se arrodillaron a los costados, atrapando cada muslo entre sus bocas, besándolo, lamiendo, succionando con adoración.
Bakugou dejó una marca roja en la parte interna, tan cerca de su intimidad que lo hizo gemir alto.
—¡A-ah!

—Míralo, Kiri —rió Bakugou, excitado—. Está chorreando solo porque le chupamos los muslos.

Kirishima sonrió, sus dientes rozando la piel sensible.
—Es que siente lo que nosotros sentimos, bro. Él con nuestros pechos… nosotros con estas piernas increíbles.

Shoto no podía más. Sus caderas se movían solas, buscando fricción, mientras ellos lo sujetaban abierto, atrapándolo entre caricias y mordidas que lo hacían retorcerse.
Cada marca, cada lamida, era como fuego directo en sus nervios.

Bakugou levantó la vista, los labios húmedos contra la piel blanca.
—Quiero acabarme aquí, entre sus piernas.

Kirishima rió, excitado igual.
—Yo también, … quiero que recuerde que son nuestros.

Los gemidos de Shoto se volvieron más altos, más desesperados, su cuerpo arqueándose con cada movimiento de ellos. La mezcla de su propio fetiche con el descubrimiento del de ellos lo estaba volviendo completamente loco.

Y cuando Bakugou lo tomó por la cadera y Kirishima lo levantó un poco para hundirse más en sus muslos, Shoto entendió la verdad:
Así como él era adicto a sus pectorales…
…ellos eran adictos a sus piernas.

La habitación se llenó de jadeos, gruñidos y gemidos mientras el fuego volvía a consumirlos a los tres, más fuerte que antes, más intenso, más sucio, hasta que ya no hubo espacio para el pudor ni para contenerse.



Shoto ya estaba temblando cuando los dos lo levantaron un poco de la cama. Sus muslos estaban rojos de tantas mordidas, cubiertos de marcas que se sentían calientes al tacto.

—¡A-ah… basta…! —gimió, sin fuerza alguna en la voz, sabiendo que no quería que pararan.

—¿Basta? —Bakugou rió ronco, mordiendo la parte interna de su pierna—. Apenas estamos calentando, fresita.

Kirishima lo sujetó por la cadera y lo giró de modo que quedara sentado sobre él, su torso ancho pegado a la espalda de Shoto.
El pelirrojo le levantó las piernas, abriéndolo para que Bakugou tuviera acceso directo a su intimidad, pero lo que más hacía era hundir el rostro en sus muslos, besándolos como si fueran un tesoro.

—Tus piernas nos matan, Shou… —murmuró contra su piel—. Son demasiado sexys, demasiado perfectas.

Bakugou, mientras tanto, lo tenía de frente. Se inclinó hacia su torso, mordiendo con descaro uno de sus pezones, apretando los pectorales propios para frotarlos contra el pecho de Shoto, sabiendo cuánto lo provocaba.
—¿No te encanta esto, maldito pervertido? ¿Tus muslos y mis pectorales al mismo tiempo?

—¡Ahh…! —Shoto se arqueó, atrapado entre los dos. Su espalda contra el calor de Kirishima, su pecho contra el cuerpo duro de Bakugou, y sus muslos siendo devorados como un manjar.

Kirishima comenzó a mover sus caderas bajo él, rozando con fuerza, mientras sus manos no soltaban esos muslos tensos.
—Bakugou… míralo, está deshaciéndose.

—Lo sé —gruñó Katsuki, bajando una mano para acariciar su entrepierna húmeda y palpitante—. Está temblando como loco.

Shoto lloriqueó, enterrando las uñas en los hombros de Bakugou.
—¡N-no… no puedo más…!

—Sí puedes —le susurró Kirishima al oído, chupando su lóbulo—. Dánoslo todo, fresita.

Bakugou atrapó un muslo de Shoto y lo levantó más alto, besando la piel marcada, succionando hasta dejar otra mancha roja.
—Tus muslos son nuestros, ¿entiendes? —dijo con los dientes apretados.

—S-sí… ¡ahh! Son suyos… —respondió Shoto, sin pensar, la voz quebrada.

Los tres comenzaron a moverse en un ritmo descontrolado: Bakugou frotándose fuerte contra él, Kirishima empujando desde atrás, los tres cuerpos sudados, tensos, chocando con fuerza. Los jadeos llenaban el cuarto, mezclados con besos ruidosos y gemidos desesperados.

Shoto sintió que se rompía, que el fuego lo devoraba de adentro hacia afuera. Todo era demasiado: los pectorales de Katsuki apretándose contra él, los labios de Kiri adorando sus muslos, las manos sujetándolo como si jamás fueran a soltarlo.

—¡M-me vengo! —gimió con la voz estrangulada, los ojos vidriosos.

—Hazlo, fresita —le ordenó Bakugou, besándolo con furia.

Un segundo después, el cuerpo de Shoto se arqueó violentamente y estalló en un orgasmo tan fuerte que le arrancó un grito desgarrado. Sus muslos se apretaron instintivamente contra las manos y las bocas de ellos, que no dejaron de adorarlo ni un segundo.

Bakugou lo siguió, mordiéndole el hombro mientras gruñía su liberación, y Kirishima, apenas unos segundos después, cayó también, abrazando fuerte a Shoto como si se le fuera la vida en ello.

El cuarto quedó en silencio, solo con los jadeos pesados de los tres y el eco de lo que acababa de suceder. Shoto seguía temblando, con el rostro enterrado en el cuello de Katsuki, mientras Kiri lo sostenía por la cintura, besando su nuca con ter
nura.

—Maldición… —jadeó Bakugou, aún pegado a él—. Eres un maldito adicto, Shoto.

Kirishima sonrió cansado, acariciando los muslos marcados.
—Y ahora sabes que nosotros también lo somos contigo.

Shoto cerró los ojos, aún rojo, pero con una sonrisa suave en los labios.
Sabía que esa no sería la última vez.


.........

Wow





Mi primera vez recibiendo esto.
Les prometo q la serie si será subida.
Solo q aún no tengo la idea de lo q
se tratara.

¿Ustedes tienen ideas?







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