La tarde entraba a raudales por la ventana del cuarto, pintando la habitación con tonos dorados que se movían lentamente sobre las paredes y la cama. El aire estaba tibio, cargado de electricidad silenciosa, y cada sombra parecía moverse al ritmo de sus cuerpos.
El doncel completamente desnudo al pie de la cama. La cercanía que los envolvía; en un abrazo necesitado, el choque de su cadera, y la habitación entera parecía palpitar con ellos. Sus respiraciones se mezclaban, rápidas, entrecortadas, y el calor que compartían se volvía casi tangible.
El joven de veinte años arqueaba su espalda, inclinándose y permitiendo total acceso al hombre de veintiocho que devoraba su pecho, lo atraía con necesidad hacia él, cada gesto lleno de desesperación y entrega a la vez. Sus cuerpos se desplazaban sobre la cama, moviéndose con urgencia por sentirse cada vez más unidos, rozando cada centímetro posible sin necesidad de palabras.
Los suspiros se escapaban entrecortados del doncel, al sentir el latido firme del varón resonaba contra su espalda, sentir como lo llenaba de manera tan animal hacía que sus sentidos se crisparan.
El hombre trataba de llegar a lo más profundo del chico debajo de él, las estocadas frenéticas, dejándolos sin aliento.
La luz dorada resaltaba la tensión de los músculos, el doncel ahora arriba de él, hundiendo la hombría de este en lo más profundo de su ser ayudado por las firmes manos de su hermano, la inclinación de su cuello y el hombre besando cada centímetro de este, la manera en que se apoyaban y se presionaban. Cada contacto era una chispa: la palma de Itachi recorriendo todo el torso de Sasuke y deteniéndose en su cintura, los brazos del menor rodeando el cuello del mayor.
Sasuke se movía con impulsos cortos, presionando su frente contra la de Itachi, arqueando la espalda de vez en cuando al tocar su punto. Itachi respondía con firmeza masajeando y estrujando su trasero, marcando el ritmo silencioso que ambos seguían sin darse cuenta.
La habitación olía a la esencia de ambos: el crujido de la madera, el roce de las sábanas, los suspiros de Sasuke, la respiración profunda y animal de Itachi. Todo componía una melodía que nadie más podía escuchar, solo ellos dos, atrapados en la inevitabilidad de su cercanía.
Todo en conjunto hacía que la pasión contenida se sintiera aún más intensa, todo eso que estaba prohibido les hacía llegar al clímax. La tarde avanzaba lentamente, y ellos permanecían en ese universo reducido, aprovechando cada instante que tuvieran solos.
En un instante Sasuke se aferró a la ancha espalda de Itachi, como si aquello pudiera contener la corriente que recorría su cuerpo. Itachi lo sostenía con firmeza de su cintura, su mirada fija, grave, cargada de deseo viendo como su hermano se contenía.
Los latidos de Sasuke parecían rebotar en su pecho hasta desbordarse, y cada movimiento frenético de su hermano lo empujaba un poco más hacia ese límite incontrolable.
—Itachi... —su voz salió rota, temblorosa, como si no pudiera contener más lo que estaba sintiendo.
Un instante después, el mundo se contrajo. Sasuke cerró los ojos con fuerza, la garganta se le tensó en un gemido ahogado, y el calor lo recorrió entero provocando que derramara su esencia. Casi al mismo tiempo, sintió cómo Itachi también se dejaba ir dentro de él llenándolo por completo de su semilla, su respiración quebrándose contra la suya en un murmullo ronco, cargado de alivio.
Quedaron así, enredados, temblorosos, con los pechos alzándose y cayendo en un ritmo agitado que poco a poco fue cediendo a la calma.
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Sasuke apoyaba la cabeza en el pecho firme de Itachi, sintiendo cada latido del mayor que marcaba un ritmo seguro y cálido.
Levantó apenas la cabeza, mirando a Itachi con ojos cansados.
—Te necesitaba tanto... —murmuró, su voz temblando apenas. —Ya no... no habíamos tenido oportunidad de estar así...—un dedo travieso jugo en el pecho del mayor.
Itachi pasó un brazo por su espalda, atrayéndolo más cerca, y dejó que su frente rozara la del menor.
—Lo sé —dijo con suavidad, casi un susurro—. Pero ahora nuestros padres siempre están en casa desde que madre renuncio a su trabajo es más difícil... Y no es como si pudiéramos escaparnos a algún lado. Padre siempre ha sido muy sobreprotector contigo. Siempre cuidando cada paso que das, cada lugar donde estás... pero no lo culpo... porque yo hago lo mismo—dijo esto último de una manera poco posesiva
Sasuke suspiró, hundiendo la cara un poco más en el pecho del mayor.
—El piensa que por que soy Doncel alguien pudiera aprovecharse de mí y para él terminar mis estudios sin distracciones es importante... —susurró. —Por eso... este momento... —se interrumpió, y un leve estremecimiento recorrió su espalda— ...significa tanto para mí.
Itachi lo sostuvo con firmeza, apretándolo suavemente contra sí, como si con ese contacto pudiera protegerlo del mundo entero.
—Lo sé, Sasuke —repitió, con un tono profundo—. Yo también te necesitaba tanto. Me mata verte todos los días y actuar como si nada, mantenerme a raya cuando me muero por tocarte... y ahora que estamos solos... podemos hacerlo, aunque sea solo por un momento.
El menor cerró los ojos, dejándose envolver por la calidez, de el cuerpo contrario. La tarde continuaba deslizándose lentamente, pero dentro de la habitación, el mundo parecía reducido a ellos dos, a su secreto, a la pasión silenciosa que los consumía, y a la calma que solo se encontraba en la proximidad absoluta del otro.
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Llevaban años moviéndose alrededor del otro como si compartieran un hilo invisible. Para todos eran hermanos comunes, unidos, tranquilos. Pero por dentro... algo había estado creciendo lentamente, sin nombre, sin explicación y sin permiso.
Sasuke había dejado de ser el niño que seguía a Itachi a todas partes. Con el tiempo se convirtió en un joven delicado, con cuerpo envidiable y una presencia que Itachi no sabía cómo manejar. Cada gesto suyo tenía un peso distinto; cada vez que reía, algo se tensaba en el pecho del mayor. Sasuke lo notaba a ratos, como una corriente extraña en el aire entre ellos, pero prefería ignorarla. Fingir era más fácil.
Hasta que Pain apareció.
Pain, era el hermano mayor del mejor amigo de Sasuke. Un joven alto, imponente y bastante atractivo. Y con una manera de mirar a Sasuke que estaba muy lejos de ser casual.
Sasuke tenía dieciocho años recién cumplidos cuando lo conoció y por primera vez, esa atención que todos los hombres le daban, con él no le resulto incómoda.
Pain comenzó a buscarlo con mayor frecuencia.
—¿Sasuke cómo te fue en el examen? —le preguntó una tarde, inclinándose hacia él con una calidez que no escondía nada.
Sasuke sonrió, tímido pero complacido.
—Bien... supongo.
No muy lejos de ahí ese pequeño gesto bastó para que Itachi, que había llegado a recogerlo sin aviso, sintiera un vuelco en el estómago. Desde la distancia observó cómo Pain se acercaba demasiado, cómo Sasuke ladeaba la cabeza con esa sonrisa que solía ser solo para él. El rictus que trató de ocultar no pasó desapercibido para nadie... excepto para Sasuke, entretenido con la conversación.
Esa misma noche, Itachi le menciono a su padre lo que había pasado.
—Padre —dijo sin rodeos—. Necesito hablar con usted.
Fugaku levantó apenas la mirada, sin prisa.
—Escucho.
Itachi apretó los dientes.
—En la escuela hay un sujeto... Pain Nagato es su nombre, el pasa demasiado tiempo con Sasuke. Y creo que no es una simple cortesía. Está rebasando límites, y no me gusta lo que está buscando con mi hermano.
Fugaku dejó los papeles a un lado, pero su expresión siguió siendo impenetrable.
—Nagato. eh... hijo de Masaki, es de buena familia no veo el inconveniente, si es que se interesó en tu hermano, creo que hasta podría ser una oportunidad, ya sabes para expandir nuestro negocio. No veo motivo para alarmarse.
—Sasuke no tiene edad para tener novio aun, podría desviarlo de sus estudios —replicó Itachi, la voz tensa, casi un gruñido contenido—. Está claramente interesado en él... y Sasuke está vulnerable. No podemos permitir que alguien aproveche eso, ese sujeto es mayor que él.
Fugaku entrecerró los ojos, cansado de un drama que consideraba innecesario.
—¿Interesado en tu hermano? ¿Y qué hay de malo en eso? —preguntó con un tono que rozaba la frialdad—. Sasuke tiene edad para decidir con quién habla, con quién comparte su tiempo. No podemos aislarlo del mundo solo porque a ti no te agrada la idea.
La mandíbula de Itachi tembló ligeramente. La indiferencia de su padre lo atravesó como una cuchillada helada.
—No se trata de que me agrade o no —insistió, dando un paso adelante—. Estoy diciéndole que Pain puede desviarlo de sus estudios o mucho peor lastimarlo es ocho años mayor que el... ¿Y usted simplemente va a dejar que lo intente?
—Si Sasuke no quiere, lo dirá —sentenció Fugaku—. No veo la necesidad de intervenir antes de tiempo.
Itachi sintió que algo dentro de él se quebraba. Su padre no estaba viendo el riesgo, ni la presión, ni el estado emocional de su hermano. Solo veía aprovecharse de una oportunidad donde claramente había peligro.
—No lo va a decir —murmuró Itachi, en un tono más oscuro, dolido—. Sasuke es muy joven aún... y usted lo sabe. Él... no sabe las verdaderas intenciones de ese tipo.
Fugaku permaneció inmóvil unos segundos antes de responder.
—Entonces será responsabilidad de Sasuke aprender a hacerlo.
Las palabras cayeron como un mazo seco.
El silencio entre ambos se volvió pesado, casi insoportable. La respiración de Itachi se aceleró; la frustración le ardía en el pecho. Lo que más lo golpeaba no era la situación con Pain... sino la absoluta pasividad de su propio padre.
—Entiendo —dijo finalmente Itachi con una dureza gélida.
Pero no entendía.
No podía.
Y fue en ese instante, en ese intercambio helado, donde su rabia empezó a transformarse en una grieta profunda que luego terminaría por explotar.
Desde entonces, cada vez que Sasuke mencionaba a Pain —aunque fuera algo trivial— el ambiente se tensaba. Itachi se enfadaba y terminaban discutiendo.
—¿Te pasa algo conmigo? —le preguntó Sasuke una noche, frunciendo el ceño.
Itachi desvió la mirada.
—No —mintió—. Nada.
Pero a Sasuke no le convenció. Y, aun así, decidió dejarlo pasar.
La ruptura llegó en una tarde cualquiera, después de una discusión tan insignificante que ninguno recordaría el motivo exacto. Lo único claro era la tensión acumulada.
—No entiendo por qué te molesta tanto que Pain me acompañe —reclamó Sasuke, cruzándose de brazos.
Itachi lo miró con un brillo extraño en los ojos.
—Porque no soporto verlo cerca de ti.
Sasuke parpadeó, confundido.
—¿Y eso qué significa?
El mayor respiró hondo, como si algo dentro de él estuviera rompiéndose.
—Significa que me muero de celos, Sasuke.
El silencio cayó de golpe.
Sasuke se quedó inmóvil.
—¿Celos...? —preguntó casi en un susurro—. ¿Por qué...?
Itachi cerró los ojos apenas un segundo, como si buscara valor para cruzar una línea que llevaba años evitando.
—Porque te quiero de una forma que no debería. Y eso me enferma.
Sasuke sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. No miedo. No rechazo. Algo más profundo... y familiar.
—No digas eso si no es verdad —murmuró, con la voz temblorosa—. ¡No juegues conmigo!
—No estoy jugando —respondió Itachi, dando un paso hacia él—. Lo he sentido durante años. Y he intentado ignorarlo, pero verlo contigo... verte reír con él... —su voz se quebró de rabia—. Me enoja.
El aire se volvió insoportable. Un silencio cargado los rodeó, hasta que Itachi, incapaz de seguir conteniéndose, acortó la distancia y tomó sus labios en un beso áspero, urgente, lleno de años reprimidos. Sasuke, aturdido, sintió cómo la rabia y el deseo se mezclaban en un vértigo que lo arrastraba sin remedio.
Lo que sucedió después fue inevitable. En aquel instante, Sasuke conoció lo que significaba entregarse por completo por primera vez, no desde la ingenuidad, sino desde un torbellino de emociones. La sorpresa, la incertidumbre y la intensidad lo envolvieron, mientras Itachi lo guiaba con manos firmes y expertas. No hubo torpeza, sino una mezcla de miedo y entrega, un aprendizaje que quedó marcado en su piel y en su memoria para siempre.
Para Sasuke, esa primera vez no fue sólo el descubrimiento del deseo, sino también la certeza de que lo prohibido podía sentirse como lo más suyo, lo más inevitable. Para Itachi, fue el punto de no retorno: el momento en que entendió que nunca podría dejarlo ir, que ni los celos ni la culpa serían suficientes para apagar el fuego que los unía.
Desde ese momento, nada volvió a ser igual.
Ambos sabían que era un límite que no debían cruzar, pero ya lo habían hecho. Y en lo profundo de su silencio, aceptaban que no había marcha atrás.
Durante esos dos años todo había sido maravilloso, hasta ahora...
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Durante días Sasuke se había sentido distinto: un cansancio persistente lo acompañaba aun después de dormir, las náuseas por las mañanas lo sorprendían sin razón aparente, y el cuerpo le pesaba de un modo que nunca había experimentado. Al principio intentó ignorarlo, convencerse de que era solo estrés por los estudios, o tal vez alguna enfermedad pasajera. Pero a medida que los días pasaban, la sospecha empezó a clavarse como un aguijón en su mente.
Los recuerdos de Itachi lo perseguían en cada momento de silencio. Los encuentros furtivos, donde sabía muy bien que ninguno de los dos se cuidaba, todas esas veces que se entregó a Itachi... Todo volvía con fuerza, encajando en una posibilidad que lo aterraba.
Una tarde, incapaz de seguir ignorando las señales, se armó de valor. Compró la prueba con el corazón desbocado después de la universidad y la llevó a su habitación siendo cuidadoso que nadie se enterara, cerrando la puerta de su habitación como si con ello pudiera protegerse de todo el mundo la hizo.
El tiempo pareció dilatarse mientras esperaba el resultado. Cada segundo era un golpe en su pecho, cada respiración se volvía más difícil hasta que el sonido de esta lo saco de sus pensamientos. Sasuke permanecía sentado en su cama, con la cabeza ligeramente inclinada, mirando la pequeña caja que había abierto minutos antes. Su corazón latía desbocado y un nudo de confusión le comprimía el pecho. La prueba que descansaba en la palma de su mano era irrefutable: estaba embarazado
El aire se le escapó de los pulmones y sus manos comenzaron a temblar. Estaba embarazado. Y no de cualquiera... sino de Itachi.
Parte de él no podía creerlo, otra parte sentía miedo puro. ¿Cómo podría enfrentar esto? ¿Cómo podrían estar juntos públicamente cuando todo entre ellos era un secreto prohibido, algo que el mundo nunca aceptaría? La idea de que alguien descubriera su vínculo lo aterraba, y la responsabilidad que se avecinaba lo paralizaba. Se sentía atrapado entre la felicidad inesperada y un miedo profundo, sin saber qué hacer ni cómo reaccionar.
Sentía todo a la vez miedo, culpa, terror... pero también algo más, una chispa de emoción que lo confundía aún más. Colocó la prueba sobre su cama, como si soltarla pudiera aliviar el peso que sentía en el pecho. Sin embargo, la certeza no lo abandonaba.
Aturdido, se dirigió al balcón de su cuarto. Con manos temblorosas sacó el teléfono y marcó el número de Itachi. Una vez. Dos veces. Tres. Incontables. Cada timbre que se perdía sin respuesta era un golpe más fuerte que el anterior.
—Contesta... por favor, contesta —susurraba, con la voz rota, mientras miraba la pantalla vacía.
Fue en ese momento que la puerta de su habitación se abrió.
—¿Sasuke estas aquí? Tu madre ah estado llamándote para que bajes a cenar. —la voz grave de Fugaku sonó tranquila, casi rutinaria, mientras entraba en busca de su hijo.
Sasuke dio un respingo, girándose desde el balcón con el teléfono aún en la mano. El corazón se le detuvo por un instante. Intentó ocultar su nerviosismo, pero su respiración agitada lo delataba. Fugaku, sin notar nada extraño todavía, caminó con calma unos pasos dentro de la habitación. Fue entonces cuando sus ojos se posaron en la cama.
Allí, sobre las sábanas desordenadas, descansaba la pequeña prueba blanca.
El cambio fue inmediato. La serenidad de su rostro se endureció como piedra; sus cejas se fruncieron y su mirada se oscureció con una furia silenciosa. Avanzó despacio, pero cada paso parecía hacer vibrar la habitación. Tomó la prueba con la mano firme. Y vio el "Positivo" en ella.
—Sasuke... —su voz ya no era tranquila, sino un bajo profundo cargado de rabia—. ¿Qué significa esto?
El menor retrocedió instintivamente, apretando el teléfono contra su pecho como si pudiera usarlo de escudo. No podía hablar, no podía respirar. El silencio entre ambos se volvió insoportable.
Fugaku cerró la puerta con un golpe seco, aislándolos del resto de la casa. Dio un par de pasos más, hasta quedar frente a él, con la prueba brillando en su mano como una verdad imposible de esconder.
—Quiero que me digas quién es ese infeliz —gruñó, su voz elevándose con cada palabra—. ¡Ahora mismo!
Sasuke bajó la mirada, las lágrimas ardiéndole detrás de los ojos. Su corazón latía tan fuerte que sentía que lo iba a delatar. Pero permaneció en silencio, sabiendo que si decía la verdad no solo se condenaría a sí mismo, sino también a Itachi.
—¡Sasuke! —el rugido de su padre sacudió la habitación—. ¡Habla!
Pero él no habló. Permaneció inmóvil, con la respiración entrecortada, atrapado entre la ira de su padre y la necesidad desesperada de proteger esa pequeña vida en su interior. La tensión se volvió tan densa que parecía que hasta las paredes contenían la respiración, a la espera de la inevitable tormenta.
El grito de Fukagu retumbó por toda la casa, atravesando pasillos y paredes como un martillo:
—¡¿Cómo pudiste arruinar tu vida así, Sasuke?! ¡Aún ni siquiera terminas la universidad y ya estás... así! ¡Nunca te he visto con ningún hombre! ¿¡Quién se atreve a hacerte esto!?
Sasuke se encogió sobre sí mismo. Su corazón latía desbocado, su respiración era rápida y superficial, y las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro. Cada palabra de su padre era como un golpe invisible que lo dejaba sin aire. La rabia y la decepción en la voz de Fukagu lo paralizaban.
—¡Exijo explicaciones! —gritó Fukagu, su voz más fuerte, su rostro rojo de ira—. ¡Dime cuándo pasó esto! ¡Dime quién es!
Antes de que Sasuke pudiera siquiera abrir la boca, la puerta se abrió de golpe y Mikoto entró. Sus ojos desconcertados al ver la escena: la prueba sobre la mesa, la expresión aterrorizada de Sasuke, y la furia de Fukagu que todavía no se calmaba.
—Sasuke... —murmuró Mikoto, acercándose lentamente—. ...¿Qué paso?
Sasuke apenas pudo sostener la mirada de su madre. Su cuerpo temblaba, su garganta ardía y las lágrimas corrían sin control. El miedo lo paralizaba, el terror de revelar su secreto prohibido lo mantenía mudo. Todo lo que podía hacer era llorar, temblar y apretar la prueba contra sí, sin pronunciar palabra alguna.
Fukagu, visiblemente furioso, dio un paso más, cerrando la puerta con fuerza y bloqueando la salida.
—¡Así no podemos quedarnos! —gruñó, respirando con dificultad mientras se acercaba a Sasuke—. Necesito que pienses en lo que has hecho y en lo que vamos a hacer ahora en adelante no vas a arruinar tu futuro teniendo un hijo de alguien que ni quiera da la cara.
Mikoto se inclinó hacia su hijo, sus manos temblando mientras intentaba tocarlo, pero Sasuke se encogió, atrapado entre el miedo a su padre y la necesidad de proteger su secreto.
—Sasuke... por favor... necesito que me digas algo... —sollozó Mikoto, con la voz quebrada—. No podemos ayudarte si no hablamos.
Pero Sasuke permaneció inmóvil, solo llorando, dejando que sus sollozos llenaran la habitación mientras la tensión se acumulaba a su alrededor. Fukagu lo miró con dureza, evaluando la situación, y finalmente tomó la decisión de encerrarlo en su cuarto temporalmente, hasta que hablara y también para pensar en qué hacer, mientras Mikoto lloraba silenciosa, atrapada entre el miedo por su hijo y la furia por lo sucedido.
La puerta se cerró con un golpe final, y la habitación se volvió un pequeño universo de miedo y silencio, donde Sasuke lloraba, atrapado, y sus padres debatían cómo enfrentar la situación, sin saber aún cómo manejar el secreto que podría cambiarlo todo.
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Sasuke estaba sentado en el suelo de su habitación, abrazando las piernas contra el pecho. La puerta cerrada con llave lo hacía sentir atrapado, como si el mundo entero lo hubiera reducido a ese pequeño espacio. Cada sonido del pasillo—los pasos de sus padres, el viento que se colaba por la ventana, incluso el latido de su propio corazón—se amplificaba en su mente. Su respiración era entrecortada, sus lágrimas caían silenciosas, y su mente no podía dejar de repetir el nombre de su hermano.
Fugaku le había arrebatado el celular, computadora, incluso el acceso a la ventana había sido vigilado con recelo. No tenía cómo comunicarse con Itachi, ni siquiera cómo enviarle una señal. Solo le quedaban el silencio, la soledad y el peso insoportable de su secreto.
Se encogía, los ojos hinchados de tanto llorar, el cuerpo temblando cada vez que pensaba en lo que vendría después. Si supieran que fue Itachi... El simple pensamiento lo aterraba. Se llevó una mano al vientre, todavía plano, pero cargado con un futuro que se gestaba en su interior. No sabía si debía sentirse feliz o condenado. La ansiedad le quemaba el pecho, y lo único que podía hacer era llorar en silencio, deseando que la puerta se abriera y que fuera Itachi quien entrara a abrazarlo.
En la sala, Mikoto se encontraba sentada, con las manos temblando y los ojos rojos de tanto llorar. Fugaku estaba de pie frente a ella, el rostro duro, el ceño fruncido y la mandíbula apretada. La tensión en la casa era tan densa que parecía un peso sobre el aire.
La puerta principal se abrió y entró Itachi. Se detuvo al instante al ver a su madre sollozando y a su padre con la expresión llena de furia.
—¿Qué pasó? —preguntó, dejando el maletín de su trabajo sobre la mesa de la entrada, su voz grave, ya presintiendo que algo no estaba bien.
Mikoto levantó la mirada hacia su hijo mayor, las lágrimas recorriendo su rostro.
—Itachi... —su voz se quebró—. Tu hermano...
El corazón de Itachi se aceleró como un latido errático. Un frío repentino recorrió su espalda.
—¿Sasuke? —dijo, su tono convirtiéndose en preocupación—. ¿Qué le pasó? ¿Dónde esta? ¡Díganme qué está pasando!
Fugaku lo observó con el ceño fruncido, su expresión seria, rígida, pero en el fondo había algo más... algo que parecía decepción, enojo.
—Itachi —dijo con voz firme, pero baja, como si le costara pronunciar cada palabra—. Tu hermano está en su habitación, yo lo encerré ahí.
El silencio que siguió fue espeso.
Itachi dio un paso hacia él, incrédulo.
—¿Lo encerraste? ¿Por qué? —golpeó el respaldo de la silla cercana con la palma abierta—. ¡¿Qué demonios pasa?!
Fugaku inspiró profundamente. Su mirada se volvió más severa, pero también más pesada.
—Él está embarazado.
El silencio que siguió fue como un trueno mudo. Itachi sintió que la sangre le abandonaba el cuerpo. Su corazón latía con fuerza y el aire parecía faltar en sus pulmones. No podía creerlo. La mezcla de miedo, culpa y rabia lo invadió en segundos. Sus manos se crisparon levemente, pero trató de mantener la calma. Un hijo suyo... Sasuke llevaba en su vientre un hijo suyo. La noticia lo golpeó con tanta fuerza que apenas pudo contener la respiración.
—¿Qué? —murmuró, aunque ya sabía que había escuchado bien.
Fugaku intervino, su voz dura, cargada de furia:
—Lo descubrí hoy. Una prueba en su cuarto. Le exigimos que hablara, pero no dijo nada. Solo llora y no quiere hablar. ¡Y lo encerré hasta saber que hacer!
Mikoto sollozó y bajó el rostro, sus manos temblando.
—Itachi... ¿has escuchado si Sasuke habla con alguien? ¿Lo has visto cercano a algún hombre?
Itachi apretó la mandíbula, sabiendo que cada palabra que saliera de su boca podía delatarlo.
—No —respondió con firmeza—. No he visto nada.
Fugaku golpeó la mesa con la palma, su voz elevándose como un rugido:
—¡Esto es una desgracia! ¡Sasuke ha arruinado su vida antes de terminar la universidad! Y lo peor es que ni siquiera sabemos quién fue el desgraciado que lo dejó así.
Mikoto lloró con más fuerza, llevándose las manos al rostro. Itachi, por dentro, hervía de furia: furia contra la situación, contra la impotencia de no poder decir nada.
Fugaku respiró hondo, como si buscara contener su ira, y habló con tono cortante:
—Lo mejor sería llevarlo a.... deshacerse de eso, antes de que sea demasiado tarde. No podemos permitir que cometa semejante error.
Las palabras se clavaron en Itachi como cuchillas. Dio un paso hacia adelante, la sombra de su figura proyectándose larga en la sala, y su voz salió firme:
—Eso no va a suceder. ¡Jamás!
Fugaku lo miró con dureza, como si no entendiera la intensidad en la reacción de su hijo mayor.
—No entiendes, Itachi. Esto puede arruinarlo todo para Sasuke. Para nuestra familia.
—No. —Itachi lo interrumpió, sus ojos ardiendo—. Lo que arruinaría su vida sería forzarlo a hacer algo que no quiere y si él quiere tenerlo no podemos obligarlo a que haga eso. Ese niño es suyo... y lo voy a proteger.
Mikoto lo miró sorprendida, con un brillo de esperanza entre sus lágrimas, mientras Fugaku lo observaba en silencio, evaluando sus palabras con frialdad.
—Entonces ayúdame a encontrar al malnacido que le hizo esto a tu hermano —ordenó finalmente, tajante—. Y cuando lo descubramos, me encargaré de él.
Itachi apretó los puños, sintiendo la contradicción hirviendo en su interior. El culpable estaba ahí mismo, frente a ellos, y era él. Y, aun así, debía fingir, proteger el secreto y a Sasuke, incluso de sus propios padres.