Sangre De Omega

By AjMorales624

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Los omegas fueron criados para obedecer, encadenados como esclavos, tratados como desechos. Pero en la fortal... More

Capitulo 2
Capitulo 3

Capitulo 1

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By AjMorales624

Algunos decían que la balanza entre fama y fortuna nunca era justa.
Algunos nacían sin conocer el hambre ni el miedo; otros apenas sobrevivían.

Kael sabía bien hacia dónde se había inclinado su balanza: hacia la desdicha.

Encadenado, con apenas unas telas raídas cubriéndole la piel, soportaba el ardor constante del collar de plata en su cuello. La quemadura nunca se apagaba. Había aprendido a ignorarla, a no protestar, a callar siempre. Sabía que esa era la única forma de seguir con vida.

Aun así, a veces se preguntaba: ¿Por qué sigo aferrado a sobrevivir?
Había sido reducido a lo más bajo. Era un omega. Y no solo eso: un esclavo.

La sala estaba iluminada por una lámpara amarillenta.
Alrededor de la mesa se sentaban siete hombres, todos alfas. Altos, imponentes, soberbios.

—La manada Luna Carmesí se está tomando atribuciones que no le corresponden—dijo uno, con un vaso en la mano.

Otro asintió con un gruñido.
—Se han negado a negociar, y hace unos días arrasaron con una manada pequeña en el sur. Mataron a todos... salvo a los omegas.

Uno bufó con desprecio.
—¿Para qué quieren omegas? Solo sirven para coger. Y ni todos sirven. Algunos se quejan demasiado.

La carcajada retumbó.
—¿Qué esperas cuando los violas?—rió otro, chocando su copa contra la mesa.

Kael permanecía inmóvil en la esquina, la cabeza gacha. Nunca debía mirar a los alfas a los ojos. Lo había aprendido a las malas. Su odio ardía en silencio, un veneno que lo mantenía con vida.

Los alfas seguían hablando, como si planearan un banquete.

—El cargamento de omegas está listo para la entrega. Vamos a sacar buen provecho de este negocio—dijo uno, destapando una botella. Luego señaló hacia Kael—¡Eh, tú! Ven y sírveme, maldito omega.

Kael asintió en silencio. Se acercó rápido y llenó la copa.

El alfa sonrió con asco.
—Está lindo este—murmuró, metiéndole la mano entre las piernas.

Otro chasqueó la lengua.
—Está demasiado usado. Apenas sirve para algo. ¡Oye, muévete y sírveme también!

Kael obedeció. Uno tras otro, todos bebieron animadamente mientras planeaban la próxima venta.
El tráfico de omegas era uno de los grandes negocios del momento.

Absorto en sus pensamientos, Kael sintió algo. El collar de plata limitaba sus sentidos, su capacidad de transformarse, pero aún así percibió un ruido extraño.

—Cállense...—gruñó uno de los alfas, poniéndose de pie—¡Maldita sea, alguien ent...!

La puerta estalló. Una nube de humo inundó la sala.

Cuatro figuras se deslizaron dentro como sombras. Vestidos de negro, solo sus ojos eran visibles. El primero blandía una espada larga, similar a una katana. En un solo movimiento abrió el pecho del primer alfa. El rugido de dolor llenó la sala: la herida ardía con plata.

Los demás intentaron transformarse, pero una esfera rodó por el suelo y estalló en polvo plateado. Tosieron, debilitados. Las sombras se lanzaron sobre ellos, katanas brillando. Uno tras otro, los alfas cayeron, sus heridas sin posibilidad de regenerarse.

Kael no se movió. Seguía encadenado a la pared, el humo ardiéndole en los ojos. Sus antiguos amos estaban muertos. El suelo era un charco de sangre.

Una de las figuras se le acercó. Lo observó en silencio, antes de quitarse el guante derecho. Con el dedo desnudo rozó el collar de Kael. El contacto con la plata le arrancó un ligero ardor, pero no retiró la mano.

—Malditos... —susurró—. Le pusieron un collar de plata. ¿Cómo diablos aguantas esto? Cualquier lobo estaría revolcándose en el suelo.

Con un movimiento rápido de la katana, golpeó la cadena. El sonido metálico retumbó.

El enmascarado se giró hacia sus compañeros.

—Clarke, Blake: únanse al escuadrón dos y terminen de limpiar la zona.—Su voz era firme, autoritaria. Luego señaló al más joven—Shire, busca una sierra y libera al chico. Nos lo llevamos.

Kael no protestó. Nunca lo hacía. Solo observaba.

Pero en su interior, la duda ardía:
Aquellos cuatro... su olor, su forma de moverse... eran omegas.

                           *****************

El ruido de la sierra inundó la sala. Con un corte preciso, cerca de su cuello, lograron romper el collar.
Un gemido se escapó de la boca de Kael. Desde los doce años llevaba esa cosa clavada en la piel: se la habían puesto el día que despertó a su lobo, cuando ya podía transformarse. El collar lo mantuvo débil, sumiso, incapaz de oponerse a los abusos.

La muchacha observó su cuello con horror.
—Por la Luna... —murmuró—Estás en carne viva. ¿Cuánto tiempo tuviste esto puesto?

Kael no respondió. Solo la miró. Ahora, sin la capucha cubriéndole el rostro, pudo ver que era una omega. Rubia, de ojos verdes. Linda. Aunque esa misma chica había rebanado a un alfa con una katana minutos atrás.

Ella arqueó una ceja.
—No hablas mucho, ¿eh?—intentó sonreír.

En ese instante, tres figuras más entraron al cuarto. Vestidos igual que ella, cubiertos de negro.

—Shire, la limpieza está completa. —informó uno—La ocupación terminó. Ordenaron a los fauces que carguemos a los omegas y partamos.

Kael se tensó. ¿Qué significaba eso? ¿Los rescatarían... o solo los estaban trasladando para venderlos de nuevo? ¿Sirviente? ¿Burdel? ¿Nodriza? Cualquier destino era un infierno.

Shire notó la rigidez en sus hombros.

—Ey, tranquilo—dijo con una sonrisa cálida, de esas que Kael casi había olvidado que existían—No irás a un lugar como este. Te lo aseguro.

Kael avanzó con la cabeza gacha, sin mirar a los otros. Pero antes de salir, giró la vista una última vez. Sus antiguos amos yacían muertos. Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de felicidad.

Afuera, la escena era aún más brutal. Cuerpos por todos lados, algunos edificios en llamas, el aire impregnado de sangre.

A lo lejos, Kael distinguió al alfa de su manada—o mejor dicho, su carcelero. Encadenado en su forma de lobo, herido, inmovilizado. Imponente incluso derrotado. Despiadado hasta el último aliento, y Kael lo sabía mejor que nadie.

Alrededor, un grupo de encapuchados vigilaba. Cerca había camiones: unos llenos de omegas esclavizados, otros con los omegas de la misma manada.

Kael tragó saliva y, con voz baja, se atrevió a hablar:
—Hay más omegas.

Shire lo miró con asombro.
—¿Más? ¿Dónde?

Kael señaló hacia la casa más grande: la del alfa.

—En la parte trasera hay una puerta sellada. Tras ella, unas escaleras llevan a unas barracas. Ahí están.

La chica asintió, y con un movimiento de cabeza dio la orden. Dos de sus compañeros corrieron hacia allí.

—Tú nos vas a guiar—le dijo Shire, mirándolo fijo.

Kael asintió. No sabía si confiar. Pero dejarlos ahí encerrados, muriendo de hambre, sería peor que entregarse.

La puerta cedió tras tres golpes de martillo. Bajaron con linternas iluminando la oscuridad. Y el horror los golpeó.

Omegas encadenados. Niños, niñas, embarazados, algunos apenas respirando. Sus rostros, marcados por el miedo.

Kael los miró sin expresión. No era la primera vez que veía esa escena. Ya había perdido la cuenta de cuántos grupos habían pasado por esas barracas.

Después de sacar a los omegas, poco a poco fueron subiéndolos a los camiones. No todos sobrevivieron: varios ya habían muerto, consumidos por la plata incrustada en sus grilletes. Sus cuerpos yacían en el suelo, cubiertos con sábanas.

Kael, absorto en sus pensamientos, se sobresaltó al escuchar un grito:

—¡Atención al Fauce Menguante!

Todos a su alrededor se irguieron de inmediato. El chico no entendía del todo; aún procesaba lo que veía. Todos esos soldados eran omegas... y sin embargo habían logrado derrumbar una manada completa. Volteó a mirar a Shire: estaba firme, con los otros dos que habían irrumpido con ella en la habitación. Su olfato, ahora libre del collar de plata, le devolvía recuerdos. Sí, podía reconocer sus aromas.

Y también reconoció al que llamaban "Fauce Menguante".

Observó los cuerpos en el suelo y habló con voz firme:

—Hicieron un buen trabajo—Se quitó la media que le cubría el rostro, dejando ver su cabellera roja y sus ojos verdes brillantes—Que los Mandíbulas se encarguen de los más heridos y aseguren la zona. Enviaremos más refuerzos desde la base para mantener este territorio. Desde ahora... le pertenece a la manada Luna Carmesí.

Se detuvo un momento, su mirada fija en los cuerpos bajo las sábanas.

—Y denles una sepultura digna a los que no lograron sobrevivir.

Kael guardó silencio. Como siempre, solo observaba y escuchaba. Era bueno analizando, y hasta ahora se daba cuenta de algo claro: este era un escuadrón bien organizado. Ese pelirrojo parecía el líder. Mandíbulas, Fauces... nombres extraños, casi ridículos, pero efectivos.

Shire rompió el silencio.

—Él es Peter—le susurró a Kael—El segundo al mando de nuestro escuadrón. Te caerá bien... aunque a veces es algo pesado.

Peter giró hacia él, ojos fríos y voz cortante:

—Shire, lleva al chico a que lo revisen. Nos vamos ya de este basurero.

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